Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






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títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
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Juan rodaba en un maldito coche hacia la capital rusa. Un fiero coche sin colgar, que por los malos caminos no deja hueso sano. Meditaba en los reyes, en las órdenes con que asía condecorado, en la caballería y en la gloría, y si bien deseaba que todo aquello le fuera conocido muy pronto, la verdad es que mejor querría que las sillas de posta tuvieran almohadones.
A cada vaivén y cada salto miraba a su pequeña protegida y se compadecía de ella. Pero yo soy demasiado propenso a la metafísica y ando tan trastornado como el mundo. Cuento, relato, hablo, diserto demasiado. Pongamos a don Juan y su niña turca en San Petersburgo de una vez y veamos cómo es esa ciudad, envuelta por las nieves, dividida entre el lujo más ostentoso y la más inconcebible miseria que quepa imaginar.
Miremos a don Juan en un salón hermoso del palacio imperial. Viste un lindo uniforme: frac encamado con solapas negras, largo plumero blanco, ceñidos pantalones de casimir amarillo, medias brillantes de excelente seda, sin una sola arruga que estropee la línea de sus admirables piernas. Mirémosle con la espada colgada del costado, el sombrero en la mano, adornado por todos los encantos de la juventud y la gloria, y también por el sastre del regimiento, gran hechicero, cuya varita mágica crea la belleza. Vedle colocado como en un pedestal y pareciéndose al amor convertido en teniente de caballería.
Los cortesanos le miraron con atención, las damas se hablaron al oído unas a otras, la Emperatriz sonrió dulcemente y el favorito reinante se mordió los labios y frunció las cejas. No puedo recordar a quién correspondía aquel día tan íntimo servicio, ya que eran muy numerosos los que alternativamente se sacrificaban por la patria y aceptaban aquel puesto difícil desde que Su Majestad había sido coronada sola, pero sí sé que la mayoría de ellos eran unos compadres de seis pies de estatura, robustos como toros y muy capaces de despertar celos en un patagón... Juan no tenía aquella talla; delicado y esbelto, barbilampiño y de aire risueño, era de otra naturaleza que ellos; pero había, sin embargo, en su talante, y sobre todo en su mirada, algo que demostraba sin necesidad de prueba la existencia del hombre bajo su aire de serafín y sus apariencias de espíritu celeste. Por otra parte, la caprichosa Catalina amaba a veces a los jóvenes así, y acababa precisamente de enterrar a su rubio Lanskoi. No debe, por lo tanto, extrañarnos que Yermoloff, Monotoff, Schermomoff, o cualquier otro "off", temiese por su puesto, sospechando que Su Majestad diese aún cabida a una nueva llama en un corazón acreditado como elástico; pensamiento éste capaz de sobresaltar a aquél que, según el lenguaje de su empleo, desempeñaba entonces "tan elevada misión oficial".
Catalina se embelesó al ver al mozo, al héroe encantador sobre cuyo penacho se había prendido la victoria. Tan atenta estuvo contemplándole cuando él dobló la rodilla y la alargó el pliego, que se olvidó de romper el pliego y permaneció un momento con el parte en la mano. Reaccionó en seguida, rasgó el paquete y leyó con los ojos de la Corte pendientes de ella. Sonrió después, y es preciso convenir que aquella sonrisa era muy agradable. Su imperial rostro, aunque algo ancho, era noble; sus ojos, bellos, y su boca, graciosa. Aquella sonrisa, al fin demostraba tres goces de muy distinta especie. El primero era el goce de saber que había ganado una batalla, tomado una ciudad, hecho morir a treinta y tantos mil enemigos y conquistado una vez más el temor y el respeto del mundo. El segundo goce se lo dio, como siempre, la mala literatura de Suvaroff, su generalísimo comunicante. El tercero, marcadamente femenil, se lo produjo bajar la vista y hallar frente a sus ojos los del joven español. De esta simple manera brotó en ambos el amor. Catalina se sintió prendida por la gracia, por la figura, por no supo qué que halló en don Juan. La copa de Cupido embriagaba al primer trago, pues contiene una quintaesencia que nos hace perder la cabeza sin necesidad de abusar de su bebida... El hecho es que ambos se prendaron mutuamente y que Juan se sintió en brazos del amor o de la lujuria, contemplando a la Emperatriz, Y que no se nos censure por emplear juntas estas dos palabras, pues tan mezcladas andan en la vida con el polvo humano que no es posible separarlas. Y en el caso de nuestro héroe, mucho menos, cuanto que la grande soberana de todas las Rusias obraba al respecto como una mujerzuela.
Toda la Corte se dedicó al cuchicheo, mientras los ojos de los rivales de nuestro joven se llenaban de lágrimas. Los embajadores extranjeros preguntaron quién era aquel nuevo joven que prometía subir tan alto. Todos los presentes le veían ya sobre un río de rublos sonoros y llameantes, cubierto de honores y condecoraciones. Él, aún inocente, no comprendía la admiración general, pero supo conducirse conforme a su noble cuna. Había recibido, por otra parte, de la naturaleza la apostura más amable y gallarda, y así se comportó maravillosamente: habló poco, pero a propósito y con gracia, y sus modales fueran bellos y puede decirse que insuperables... Una orden de la Emperatriz le confió a los cuidados de todos sus funcionarios. Y hasta recibió muy especialmente las atenciones y sonrisas de la "señorita" Protasoff, un ángel del cielo, llamada, según los secretos de su misterioso empleo, "la probadora", término inexpresable para mi pobre musa de poeta. Abandonó con ella los salones, como parece que era su deber, y nosotros los abandonaremos a ambos, como parece lo correcto. Que mi Pegaso descanse. Descendamos de los altos lugares del mundo, cuya grandeza besa el cielo, evitemos el vértigo de las alturas, y conduzcamos despacito nuestra cabalgadura sobre el verde y humilde tapiz de algún sendero...
Don Juan llegó a ser un ruso muy civilizado, y es natural, porque muy pocos jóvenes saben resistir el choque de las tentaciones que encuentran en su camino y, además, la que se presentó ante él lo hacía ofreciéndole el almohadón de honor de un monarca. Lindas doncellas, por otra parte, banquetes, fiestas, danzas, vinos, dinero contante y sonante, hicieron que creyera un paraíso el hielo, y el invierno, verano. El favor de la Emperatriz le era muy lisonjero, y, aunque un poquito asiduo, le dejaba horas libres, además de que un joven debe y sabe cumplir con mucha gracia semejantes funciones. Mas como soy sincero cantor de su poema, debo también decir que, durante aquel tiempo, don Juan acaso se mostró un tanto disipado, circunstancia o defecto muy sensible, que no sólo marchita la flor de nuestras sensaciones más puras, sino que también suele hacernos egoístas y esconde nuestro fondo bondadoso, a la manera que la ostra, amenazada de acompañar un trago de vino aperitivo, se agazapa en su concha y une sus dos valvas. Por eso no queremos describir esta época de su vida. Baste decir, tan sólo, que su éxito fue tal que, en lugar de cortejar a la Corte, se vio cortejado por ella, acontecimiento diariamente repetido que, aunque se debiese a sus gracias, su juventud y su sastre, tenía su verdadero fundamento en la circulación sanguínea de una vieja mujer y en el empleo que representaba junto a ella.
Escribió a España y, con la distancia sin duda, todos sus deudos se alegraron de saberle en el camino de la fortuna y en la mejor disposición para colocar primos y sobrinos, elogiando, algo imprudentemente, que al fin hubiérase decidido a seguir la buena senda. Algunos de los suyos le hablaron de trasladarse a Rusia y, tomando helados, decían a todo el mundo que el clima de Madrid y el de Moscú eran casi iguales para el que se cubriera con un buen capote. Su madre se alegró también de su carrera cortesana, puesto que así no había de mandarle dinero en abundancia como antes, y le escribió diciéndole que le felicitaba por verle apartado de los placeres, que siempre representan un cuantioso gasto. Le prevenía contra el culto griego, recomendándole, sin embargo, que no llevara su actitud católica hasta un límite que pudiera ser molesto para otros sentimientos, le informaba de que ya tenía un hermanito, fruto de su segundo matrimonio, y le ensalzaba a cada paso el amor "maternal" de la Emperatriz, cuya regla de conducta, protectora de los jóvenes, nunca sería bastante alabada...
***
¡Oh! ¡Así me dieran mis musas la fuerza necesaria para cantar tus loores, vieja hipocresía! ¡Así pudiera entonar un himno tan grandioso como las virtudes de que te alabas con tanta inmodestia y que jamás practicas! ¡Ay! ¡Si me fueran dadas las trompetas de los querubines...! ¡Si me dieran, al menos, aquella trompetilla de mi anciana tía, sabia y buena, que no hubo recurso ni consuelo cuando ya no pudo seguir leyendo su devocionario a través del obscurecido vidrio de sus anteojos...! Ya que ella, cuando menos, no tuvo nunca hipocresía en el alma...
***
Pero sigamos nuestra historia. Nuestro héroe enfermó. La Emperatriz se alarmó. Tembló la Corte. El médico imperial habló de posibilidad de muerte. Catalina creyó sucumbir de tristeza. El médico tornó a hablar de clima y de peligro y de necesidad de viaje, tal vez porque un aspirante a determinado cargo le diere suficientes motivos para ello. La Emperatriz se puso algo mohína con la receta del doctor, pero, al fin, accedió, y nuestro héroe, cargado de dineros y de honores; salió para determinada misión oficial fuera de Rusia.
Su destino final era Inglaterra, y partía hacia ella muy feliz. Menos feliz quedaba Catalina, que, aunque de capa caída, no quería comprenderlo, y sufría por la pérdida de su amante en silencio, hasta tal punto que durante algún tiempo nuestro héroe no tuvo sustituto posible. Pero el tiempo es gran consolador, y nuestra querida Emperatriz, a las cuarenta y ocho horas, hubo de consolarse... Dejémosla ocupada en tal consuelo y subamos con Juan a la "barouche" que había de trasladarle fuera de Rusia. La misma barouche" en la que la bella Catalina de antaño, cual nueva Ifigenia. se encaminó a Tanride, fue dada a su favorito. En las portezuelas llevaba sus armas imperiales: un alano, una alondra y un armiño...
Con Juan iba Leila, la niña salvada en Ismail. Juan la amaba y ella le amaba a él con un extraño amor que no era afecto familiar y de sangre, ni sentimiento inspirado para nada en el sexo. Acaso por eso, por no fundamentarse en razón alguna humana, era más tierno y profundo aquel mutuo cariño... Atravesaron Polonia, el ducado de Varsovia, famoso por sus minas de sal y su yugo de hierro; Curlandia, donde hubo de ocurrir aquella farsa que dio a sus duques el nombre de Byron. Llegaron a la Prusia propiamente nombrada. Visitaron Koenisberg, su capital, cuya gloria se funda sobre Kant; pero, como a Juan no le importaba para nada su filosofía, continuaron su camino por Alemania. Conocieron Berlín, Dresde y otras ciudades del Rhin. Atravesaron Manheim y Bonn, Drachenfeds y Colonia. Llegaron, por fin, a La Haya, Helvoetsluys, patria húmeda de los holandeses y los fosos, donde la ginebra da sus mejores frutos y suple por sí sola todas las riquezas de que se ven privados los pobres. Los sabios y los senados han condenado siempre su uso, pero parece muy cruel prohibir a los hombres un cordial que es todo el vestido, todo alimento, toda la leña y todo el ensueño que puede proporcionarles un buen gobierno... En La Haya se embarcaron en un navío que bogó a toda vela hacia la patria de los hombres libres...
No tengo demasiados motivos de cariño para la rubia Albión, que contiene en sí misma cuanto hubiera sido necesario para ser la más noble de las naciones; pero, aunque sólo sea porque la debo mi nacimiento, experimento una mezcla de pesar y de respeto ante su moribunda gloria y sus antiguas virtudes en decadencia. Una ausencia de siete anos—término ordinario de una deportación—destruye todos los posibles resentimientos de un ciudadano honesto, cuando su patria está dada a los diablos... ¡Ay, si supiera ella cuánto desean todos los otros pueblos vengarse de su falsa amistad, cómo esperan el instante de hundir en su pecho el acero de la venganza, porque les prometió la libertad del género humano, ella, la misma que ahora quiere encadenar a todos los hombres, incluyendo sus almas...! Si pudiera saberlo, ¿se mostraría ella tan altiva y se vanagloriaría de ser libre, siendo la primera de las esclavas? ¿Los pueblos están aprisionados ellos solos, o con ellos lo está también su carcelero? El miserable privilegio de tener encadenado al cautivo, ¿puede considerarse como libertad? No, porque privados del goce de ella están tanto el que lleva la cadena como el que tiene la fatal obligación constante de vigilarla...
Don Juan vio las primeras bellezas de Albión: sus rocas, sus puertos, sus fondas de Douvres, tan queridas; su aduana, cuyas atribuciones son tan delicadas; sus mozos de hostería, corriendo como locos a cada campanillazo; sus paquebotes, cuyos pasajeros son alternativamente presa de los habitantes de la tierra y el mar; sus largas, sus larguísimas cuentas de hotel, sin reducción alguna posible. Aunque indiferente, joven, rico, magnífico, don Juan se asombró, y su mayordomo, diestro y vivo servidor nacido en Grecia, hubo de explicarle que acaso el aire inglés, puesto que era libre, como todo en Inglaterra, se hacía pagar por ser respirado...
***
¡Hurra! ¡Caballos, caminos y posadas! ¡Hurra! ¡Vamos a Canterbury, a galope tendido sobre la tierra llana y gentil, salpicando de barro a todo el mundo! ¡Hurra! ¡Con qué rapidez corre la posta! No sucede lo mismo, pesada Germania, en tus caminos fangosos, donde parece que los coches van a un entierro, y no se cansan de parar, para emborracharse, los postillones, para los cuales los juramentos son cosa corriente... ¡Hurra...! Mirad la catedral de Canterbury, el casco de hierro de Eduardo, el príncipe negro, y la piedra sangrienta de Becket, que enseña el bedel con el tono más frío y afectado del mundo. He aquí la gloria, que ha venido a parar en un casco mohoso y en los restos de las pobres sosas y magnesias que forman esa porción amarga que se ha dado en llamar especie humana... El efecto fue, naturalmente, sublime para Juan, que creyó ver mil Crecys mirando aquel casco... En cuanto a Leila, preguntó qué era aquéllo, y cuando la dijeron que la "casa de Dios", elogió su riqueza, pero se extrañó de que en ella entraran los "infieles" que había visto incendiar en su patria los verdaderos templos de los buenos creyentes... ¡Partamos! ¡Aprisa, aprisa! ¡Crucemos esos prados cultivados como jardines! (Después de tantos años de viaje por otras tierras cálidas, pero menos fecundas, un campo de verdor es, para un poeta, un amable espectáculo que le hace olvidar aquellos paisajes en los que vio una vez viñas, olivos, álamos, ventisqueros, hielos, naranjas y volcanes...! ¿Por qué viene a las mientes del que viaja en esta posta una simple botella de cerveza muy fría? ¡Arre, arre, postillón...! ¡Qué cosa deliciosa es un camino con portazgos, tan suave, llano y liso, donde se roza el suelo, como el águila roza con sus alas poderosas el aire...! ¡Sí, qué gloria! Lo malo es el portazgo. Tomad la vida entera de un hombre razonable; arrebatadle su esposa querida, sus libros, sus recuerdos; quitádselo todo; pero no toquéis su bolsillo, porque sus alaridos llegarán al cielo... Altivos ingleses y humildes habitantes de todo el resto de la tierra: ¡escuchad! ¿Qué importa el portazgo? ¡Estamos ahora sobre una colina insuperable, a ocho millas de Londres...!
***
El sol se ocultó, el humo se elevó como de un volcán medio apagado y nuestro héroe hubo de experimentar un sentimiento extraño, diferente al que hubiera experimentado un inglés legítimo: un sentimiento de respeto profundo por este suelo, donde nacieron aquéllos hombres que han degollado a la mitad del género humano y asustado a la otra mitad con sus fanfarronerías... Una enorme masa de ladrillo, de humo de navíos; sucia, sombría, pero que se extendía hasta donde la vista podía alcanzar; una vela que se agitaba de repente y después se perdía en una selva de mástiles: una soledad plantada de campanarios que atravesaban sus doseles negros como el hollín, asesinando el aire; inmensa y obscura cúpula, semejante al casquete de un loco gigantesco: tal parecía y es Londres... Pero Juan no lo vio así. Cada torbellino de humo se le imaginaba el vapor mágico de un hornillo de alquimista, del que brotaba la riqueza del mundo (riqueza de impuestos y de papel moneda), y hasta las tenebrosas nubes que se agrupaban sobre el techo de los edificios y apagaban el sol, que no brilla allí más que lo haga una antorcha, eran para él una atmósfera sana y francamente pura... Contemplando todo esto, se detuvo. También yo me detengo, como hace un navío de guerra antes de soltar su andanada...
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