Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






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títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
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—¿Qué entiendes tú de amor, miserable? ¡Vete! ¡Vete y ejecuta mi voluntad!
Baba desapareció, porque sabía muy bien que si llevaba adelante sus razonamientos, se hubiera visto expuesto a seguir la misma suerte de don Juan, y, por más que deseaba acabar el asunto sin hacer mal al prójimo, prefería su cabeza a la de otro cualquiera. Marchó, pues, a ejecutar su comisión, si bien refunfuñando contra las mujeres, en especial cuando son Sultanas. Llamó en su auxilio a dos compañeros, enviando a uno de éstos para que advirtiera a la joven pareja que se ataviase sin tardanza y se presentase a la soberana, la cual se había informado de Dudú y Juana con la más tierna solicitud. Al oír tal mensaje, una y otra parecieron sorprendidas, pero hubieron de obedecer de buen o mal grado. Dejémoslas ahora que se preparen para asistir a la audiencia imperial. ¿En ella Gulbeyaz se compadeció de nuestro héroe y de la tierna niña, libertando a una y otro, como hubieran hecho tantas mujeres de su especie, o no lo hizo? He aquí algo que conviene saber más adelante.
Ahora es preciso que nuestro poema cambie de escenario. Esperando que la dulce Juana y su compañera, o nuestro hermoso héroe y su reciente esposa, porque ya casi no sabemos lo que en verdad era don Juan, se libraran de ser pasto de los peces, utilizamos el incontenible vuelo de la fantasía para iniciar el canto de sucesos y personas distintos...
Cantemos los amores feroces y los combates infieles. Cantemos las hazañas y los cañonazos que hicieron famoso el sitio de una fortaleza llamada Ismail, sitio que fue sostenido, al frente de sus ejércitos, por el bravo general Suvaroff, guerrero, aficionado a la sangre, como los alemanes a la cerveza. La fortaleza lo era de primer orden y guarnecía todo un arrabal de la ciudad. Su foso era profundo, como el mar mismo, y sus murallas se elevaban a una altura, de la cual no quisierais por cierto veros ahorcados.
La mañana de nuestro relato, los ejércitos rusos se hallaban dispuestos para el asalto de la ciudadela. ¡Ay! ¿ Qué he de hacer para poder citar los gloriosos nombres de sus generales, todos a las órdenes del inmarcesible Suvaroff? ¿Qué ortografía y qué esfuerzo no serán necesarios para introducir sus inmortales nombres en mis versos? Sin embargo, he de citar algunos. Strongenoff, Strokonoff, Meknoff, Sergio Loff, Arsnieuw, de la Grecia moderna; Tchitsshakoff, Rokenoff, Chokenoff y otros de doce consonantes para una vocal, de los cuales harían mención, si pudiera sacarlos del olvido. Entre todos ellos había también extranjeros ilustres, voluntarios que combatían contra el turco; ingleses inmortales, de los cuales dieciséis se llaman Thompson y diecinueve se llamaban Smith; franceses valientes, jóvenes y alegres; españoles, alemanes, y diversas mezclas de europeos.
La batalla comenzó casi de madrugada, y durante mucho tiempo las baterías rusas bombardearon la ciudad y la fortaleza. Más tarde, los barcos sitiadores avanzaron en orden de combate acercándose a la ciudad y comenzando un feroz cañoneo contra ella. Entonces los barcos turcos contestaron el fuego, y durante seis horas hubieron de sufrir las naves rusas la horrible lluvia de proyectiles de la armada turca. En tales juegos, unos y otros perdieron muchos buques, a la vez que veían morir a miles los bravos soldados de su infantería. Entre todos éstos se destacaba especialmente un verdadero hércules, llamado Potemkin, gran personaje de los ejércitos rusos, muy destacado en los tiempos en que el homicidio y la prostitución podían servir para hacer una grandeza.
Fue este Potemkin quien tuvo la fortuna, en medio del combate, al realizar un valeroso avance sobre el terreno enemigo, a fin de averiguar el emplazamiento de su artillería, de encontrar al anochecer una banda desconocida de turcos, uno de los cuales hablaba su lengua bien, o mal, y traerlos prisioneros ante el gran Suvaroff. Suvaroff, en aquel momento, en mangas de camisa, arengaba a una compañía de cosacos, intentando convencerles de la enorme belleza que anida en la noble ciencia de matar, pues, considerando la naturaleza humana como barro vil, aquel gran filósofo proclamaba sus preceptos, a fin de probar a las inteligencias marciales que, en una batalla, la muerte equivale a una buena pensión para las viudas. Viendo Suvaroff que Potemkin se acercaba con aquella tropa de prisioneros, le preguntó:
—¿De dónde vienen esos hombres?
—De Constantinopla, señor. Somos cautivos escapados del serrallo— dijo uno de los prisioneros.
—¿Quiénes sois?
—Los que veis.
—¿Vuestros nombres?
—Jhonson es el mío. Juan, el de mi compañero.
Los otros dos son mujeres. El quinto no es ni mujer ni hombre.
—He oído ya vuestros nombres; el vuestro no es nuevo para mí. En cuanto a esa quinta persona... En fin... Bien, ya veremos... Digo que creo haber oído vuestro nombre en el regimiento Nikolaiew.
—Precisamente.
—¿Servíais en Midis?
—Sí.
—Conducíais el ataque?
—Sí.
—¿Qué ha sido de vos después?
—Un tiro me derribó y me hicieron prisionero.
—Seréis vengado... ¿Dónde queréis servir?
—Donde queráis.
—Y ese joven, ¿qué puede hacer?
—A fe, general, que si es tan bueno en la guerra como en el amor, podía ser puesto a la cabeza de los encargados del asalto.
—Se le pondrá, si se atreve a ello.
A estas palabras, nuestro héroe, que no era otro el desconocido, se inclinó con el respeto que merecía el cumplido de su amigo y se cuadró marcialmente ante el general. Este prosiguió:
—Una providencia especial ha querido que vuestro antiguo regimiento sea el señalado para el asalto. He jurado a más de un santo que entraremos en la fortaleza, quieran o no quieran... ¡Así, pues, hijos míos, a la gloria!... Vos, Jhonson, volveréis a incorporaros al mando de vuestro regimiento. El joven extranjero se quedará entre los bravos que me rodean. En cuanto a las mujeres, y a ese otro que pertenece a una clase especial, irán con sus bagajes a las tiendas de los heridos.
Pero aquí tuvo principio una verdadera escena. Las damas, que por cierto no habían sido educadas de modo que se pudiera disponer de ellas de tal manera, a pesar de su educación de harén, levantaron la cabeza y, con los ojos inflamados y arrasados en llanto, extendieron sus brazos y se agarraron firmemente a Jhonson y a don Juan. Entonces Suvaroff, que tenía poco miramiento ante las lágrimas y poca simpatía hacía las lamentaciones, creyó ver, sin embargo, cierta emocionada simpatía en aquellos ademanes femeninos, y dijo a Jhonson con el más blando acento aue le fue posible usar:
—Pero, Jhonson... ¿en qué diantre pensáis trayendo aquí a mujeres? Se les tendrán todas las consideraciones que sean precisas, pero habrán de ser conducidas, para su propia seguridad, al hospital de sangre. Hubierais debido comprender que este equipaje femenino no es cómodo en una batalla. No me gustan los reclutas casados, y tengo muy buenos motivos para sostener esta opinión.
—No se disguste vuestra excelencia —replicó nuestro inglés—, pues son las mujeres de otro y no las nuestras. Soy antiguo en el servicio y estoy al corriente de las costumbres militares. Estas no son sino dos damas turcas que de consuno, con su guardián, han favorecido nuestra fuga y nos han acompañado por entre mil riesgos bajo este peligroso disfraz. Comprended que para ellas, pobres mujeres, el que han dado es un primer paso algo penoso. Os ruego por ello que sean tratadas con todo miramiento.
Entretanto, las pobres mujeres, deshechas en llanto, empezaban a perder la confianza que tenían en sus propios protectores, y en medio de su tristeza se sorprendían de que un anciano, en mangas de camisa, sucio, con el barro hasta las rodillas, fuese más respetado y ordenara con mayor soberanía aún que el más ostentoso sultán del mundo. Tal comprobación no hizo sino aumentar sus penas, y, viendo Jonhson el dolor que las aquejaba, intentó dirigirles, a su modo, algunos consuelos. Don Juan, que era mucho más sentimental, les juró que volvería a verlas al alba, o que se arrepentiría de ello todo el ejército ruso, consiguiendo que tales palabras, por lo que gusta a las mujeres la exageración, llevaran a su ánimo algún consuelo. En seguida, después de algunas lágrimas, algunos suspiros y algunos besos, se separaron de ellas. Los hombres tomaron las armas para incendiar una población que no les había hecho daño alguno, en tanto que las mujeres fueron a esperar su regreso Suvaroff, que consideraba la vida como una pequeñez, y que con tal de obtener un triunfo se le daba muy poco de la pérdida de su ejército, se olvidó al momento de las dos mujeres y media abandonadas. La obra de su gloria continuaba entretanto y se preparaba un cañoneo tan terrible como el de Ilión, si Homero hubiera hallado morteros que enfilar contra las murallas.
Escuchad, entre el silencio de la fría y monótona noche que caía sobre el campamento, el murmullo de las conversaciones de los soldados. Vedlos moverse a lentos pasos, como sombras tristes, a lo largo de los sitiados muros, mientras la temblorosa y escasa luz de las estrellas forma a su alrededor como un velo mucho menos espeso que el que les cubrirá en la batalla. Detengámonos por ahora frente a ellos. Hagamos una corta pausa, un momento todavía, antes que el grito de la muerte convoque el estrépito de la lucha.
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TERCERA PARTE
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Todo estaba preparado, el fuego, el hierro y los hombres, para salir de su madriguera. El ejército avanzó, y a las anchas filas de soldados caídas frente a la metralla sustituían otras, igualmente destinadas para la muerte.
La Historia sólo considera las cosas en conjunto. Es tal vez éste su recurso moral para evitarse el pensamiento de que, en cada guerra, con oro y con sangre se paga un poco de lodo. Secar una sola lágrima es gloria más honrosa que derramar mares de sangre...
Tras el terrible duelo de la artillería, avanzaron, unos contra otros, los infantes. Un instante después ya pueden ser contempladas las angustias, siempre renacientes, que son el espectáculo de las batallas. Aquí gime uno, allí se revuelca otro en el polvo y un tercero hace girar en las órbitas sus ojos de lívido color. Esa es la recompensa reservada a la mitad de cada batallón, mientras la otra mitad alcanzará quizá una cinta para el ojal de su casaca... Pero, de todos modos, la lucha tiene su profunda belleza. Mirad los granaderos rusos subiendo acompasadamente, en medio del fuego más nutrido que pueda imaginarse, una loma fortificada. Entre ellos camina nuestro héroe. Sigámosla, abandonando a sus compañeros a la gloria de las gacetas y los partes, a la cual corresponde recordar a los muertos. ¡ Feliz mil veces aquel cuyo nombre ha sido bien escrito en el comunicado! Yo he conocido a un oficial muerto en Waterloo, citado con el nombre de Grove, a pesar de llamarse realmente Grosse...
Juan y mi amigo Jhonson combatieron como unos valientes y, aunque fuera aquel el primer lance en que nuestro héroe se encontraba, hay que reconocer que supo quedar a la mejor altura. En un momento de la batalla, separado de los suyos, por uno de esos azares del combate que separan a un guerrero de otro, de modo semejante a como sucede a las castas esposas con sus constantes maridos al ano de matrimonio, Juan se encontró solo, entre las ruinas de un parapeto, y tuvo la sensación clara de su importancia como soldado. Un instante ocupó aquellas ruinas nuestro héroe frente al fuego infernal de los turcos. Después sus companeros, que habían acaso huido momentáneamente, volvieron a su lado impresionados por el ejemplo, y todos juntos, con Juan a la cabeza, dieron la última embestida y tomaron las murallas. Y ahí está, sobre ellas, nuestro héroe, como toda su vida ha estado junto al hermoso seno de las bellas, del que por cierto no se separó nunca, mientras conservaba sus atractivos, a no verse obligado a ello por el fiero destino, los bárbaros elementos o los parientes próximos, que viene a ser lo mismo.
Pero no acabó aquí el heroísmo de Juan. Viendo al general Lascy, con parte de sus tropas, rodeado y en peligro en otro lugar de la brecha, corrió hacia él con los suyos para auxiliarle. No le conocía, en realidad, ni entendía sus palabras cuando le daba las gracias, puesto que sabía de alemán lo que de sánscrito; pero viendo a un hombre lleno de cintas negras, azules y doradas, escudos, medallas y espada ensangrentada en la mano, que le hablaba en tono cortés, comprendió que se hallaba ante un oficial superior, y también él estuvo muy amable. En tanto se cruzaban estos saludos ininteligibles, la batalla seguía y las tropas rusas y de sus aliados entraban en Ismail. No es posible referir siquiera cuánto fue el esfuerzo necesario para ello, ni cómo los cosacos fueron acribillados a balazos y a cuchilladas por las cimitarras hasta llegar a conseguirlo. Lo cierto es, olvidando las hazañas de los bravos de tanda, que, muchas horas después, en las que fue disputado el terreno palmo a palmo, don Juan y Jonhson y algunos de los suyos tomaron un baluarte que su defensor turco les hizo pagar muy caro. Juan le ofreció cuartel, pero esta palabra debe sonar muy mal a los oídos de un turco que se precie de serlo, y aquél prefirió morir merecedor de todas las lágrimas turcas presentes y futuras. Aquello fue espantoso. Tres mil turcos cayeron y su jefe fue lindamente traspasado por dieciséis bayonetas rusas.
* * *
La ciudad fue tomada, pero en cada esquina, en cada trozo de muralla, en cada casa, los turcos no han depuesto todavía las armas, y la lucha no cesa en toda la noche. Don Juan recorre los baluartes sin descanso. En un rincón, donde poco ha han sido degollados unos turcos, una hermosa niña de unos diez años de edad gime inconsolable, asustada del aspecto feroz de dos cosacos que la persiguen. Luchando con los dos fieros soldados rusos, nuestro héroe la salva de sus garras. La niña le mira y en el ánimo de don Juan se mezclan por primera vez las emociones de los más puros sentimientos. Consulta con su amigo Jonhson cómo poder dejar a aquella criatura a salvo del horror de la batalla y acuerdan enviarla al campamento con unos soldados que la guarden. Hecho así, nuestro héroe continúa batallando. Las incidencias de la lucha le conducen con su amigo ante la propia torre donde el Sultán se defiende desesperadamente, no pudiendo creer en la derrota. Ambos le ruegan que se rinda, pero, a despecho de toda la fraseología turca prodigada por ellos, el Sultán no cede y hasta les ataca personalmente con su cimitarra. Caen entonces sobre su feroz sultanería resueltos a acabar con su inhumana resistencia. ¡Nunca sabrá don Juan hasta qué punto el Sultán no veía, olvidando los encantos de sus cuatrocientas jóvenes esposas terrenales, sino los de las huríes de ojos negros que preparan en el paraíso el lecho de los valientes que rechazan el cuartel de los vencedores! El buen turco sonrió mentalmente a los mil deleites que le esperaban, se arrojó sobre sus enemigos y murió dignamente...
***
Toda la ciudad fue devastada en un abrir y cerrar de ojos. La Historia canta a menudo proezas semejantes. Leed en vuestros propios corazones, recordando la historia actual de Irlanda. Decidme luego si la gloria de Wellington la consuela del hambre. Hoy existe, para un pueblo patriota que tanto se ama a sí mismo y tanto ama a su rey, un sublime gozo, y es ése de la gloria de los héroes... Aunque de nuevo se nos ocurra meditar en que el dolor y la devastación... Si bien hemos de convenir que Irlanda puede morir de hambre, pero el gran Wellington pesa doscientas libras...
Ismail sucumbió, y Suvaroff, vencedor, pudo gritar a voces: "¡ Viva la emperatriz! ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a la gran Catalina!" (¡Eternidad, qué alianza de nombres!...)
He cumplido mi palabra. Habéis tenido escenas de amor, de tempestades, de viajes, de guerra... Podría deciros lo que ha sucedido y sucederá aún al héroe de este gran enigma poético, pero me complazco en detenerme ante la ciudad incendiada y cubierta de sangre, y envío a Juan, con un parte de la batalla victoriosa, a San Petersburgo, donde todos esperan angustiosamente. Tal honra le ha sido concedida en premio a su valor. La huerfanita musulmana que salvó en el fragor del combate partió con él para aquella capital de salvajes civilizados por el Zar Pedro. Ya sé bien que aquel inmenso Imperio se ha granjeado ahora muchas adulaciones y que hasta el viejo Voltaire le elogia; pero yo prefiero ser sincero y decir que considero a los autócratas absolutos, no como bárbaros, sino como algo mucho peor que eso...
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