Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






descargar 415.83 Kb.
títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
página10/17
fecha de publicación10.09.2015
tamaño415.83 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Ley > Documentos
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   17
El eunuco, sin dignarse apenas dirigir una mirada a las bellezas que tanto admiraban los cautivos, se acercó a una especie de armario o guardarropa, oculto en un rincón, lo abrió y sacó de él unos vestidos dignos de adornar el cuerpo del más distinguido musulmán. El traje escogido para el compañero de Juan se componía de una capa que descendía hasta las rodillas, un ancho pantalón otomano, un chal de cachemira, unas chinelas amarillas, una daga de riquísima empuñadura y, en una palabra, de todo lo que constituye el tocado de un petrimetre turco.
Mientras el compañero de Juan se vestía aquellas ropas, el eunuco, cuyo nombre era Baba, explicaba a los dos cristianos las inmensas ventajas que podrían lograr sólo con seguir el sendero que la fortuna abría ante ellos, alabando incesantemente la suerte de los dos cautivos, siempre que supieran conducirse con inteligencia ante los hechos y sucedidos que les esperaban.
Cuando el inglés se hubo convertido en un elegante ciudadano de Constantinopla, Baba se volvió hacia Juan, rogándole que se vistiera el otro traje, con el cual se hubiera ataviado magníficamente y con gusto una princesa. Juan permanecía mudo e inmóvil; su humor no estaba propicio a los disfraces, y rechazó aquellos vestidos con la punta de su pie cristiano, diciendo:
—Anciano, yo no soy una mujer.
La discusión que se sostuvo al respecto fue larga y hasta violenta, pero Baba la terminó concisamente, asegurando a don Juan que si no accedía a cubrirse con aquellos vestidos, a él le sería muy fácil acabar la cuestión llamando a alguien que en un momento le resolvería, dejando a don Juan al margen de uno u otro sexo.
Jurando y perjurando, hubo, pues, nuestro héroe de meterse en aquellas ropas, que no eran otras sino un precioso pantalón de seda color carne, una túnica de gasa blanca y un simple cinturón que le ceñía el talle. Como sus cabellos no eran muy largos, Baba unió a ellos unas trenzas postizas, cubriendo luego su cabeza conforme a la moda entonces usada en Turquía. Finalmente, perfumó a don Juan con las más amables esencias.
Equipado así del todo como una mujer, gracias a las ropas, los postizos, las tenacillas, los afeites y los perfumes, diestramente manejados por Baba, nuestro héroe parecía una muchacha joven y hermosa, hasta el punto de que el eunuco se mostró inconcebiblemente encantado de contemplarla. Llamó a unos enanos y ante ellos y los cautivos, con una risible solemnidad, dijo lo siguiente:
—Vos, —señor— dirigiéndose al compañero de Juan—, no tendréis inconvenientemente en ir a cenar con estos señores—y señalaba a los enanos—. En cuanto a vos—se dirigía a Juan—, respetable monja cristiana, me seguiréis. Pocas chanzas, caballero, porque cuando digo una cosa debe hacerse. ¿Qué teméis? ¿Tomáis este sitio por la cueva de un león? Es un palacio donde los verdaderos sabios ganan anticipadamente el paraíso del Profeta, y donde, a veces, hasta lo gozan.
Y como don Juan protestara, añadió:
—Vamos, locuela, os digo que nadie os hará mal.
Don Juan se volvió hacia su compañero, el cual, aunque algo triste, no pudo contener una sonrisa ante la metamorfosis de que era testigo:
—Adiós—dijo don Juan.
—Adiós—replicó el otro—. Conservad vuestro honor, aunque la misma Eva haya sido la primera que nos mostró el camino del pecado.
Y don Juan, con orgullo, aseguró:
—Estad tranquilo. Ni el mismo sultán me poseerá, a no ser que su Alteza me dé palabra formal de casamiento.
Con esto, que indica un cierto buen humor, se separaron ambos, tomando cada uno distinto rumbo. Baba condujo a Juan, de aposento en aposento, atravesando suntuosas galerías, hasta llegar a una ancha puerta de mármol que se distinguía a lo lejos entre las tinieblas. Los vapores de un rico perfume les envolvían a los dos y parecía que se acercaban a un templo, porque todo cuanto les rodeaba era vasto, silencioso, odorífico y divino. La gigantesca puerta de mármol se hallaba recamada de bronces dorados, cincelados con exquisito talento. Cerraba la entrada de una extensa sala. Antes de entrar, Baba se detuvo para dar a Juan, como fiel guía de su conducta, algunos sanos consejos:
—Si pudierais probar, tan solo, a modificar vuestro paso, realmente majestuoso, pero demasiado varonil, todo iría mejor. Deberíais balancearos un poco de uno a otro costado, cosa que os comunicaría una gracia encantadora. Sería también conveniente que tomaseis un aire más modestito. Lo digo porque los guardianes de esa puerta podrían ver a través de vuestras ropas, y si llegase a descubrirse vuestro disfraz, lo mismo vos que yo, dormiríamos esta noche en el Bósforo dentro de un saco, modo de navegar, en realidad, un poco difícil.
Después de haber animado así a nuestro héroe, Baba introdujo a Juan en una sala más esplendorosa aún que la última de que hemos hablado. Un confuso montón de riquezas deslumbraba la vista del que penetraba en ella. En aquel aposento maravilloso, bajo un dosel de las más ricas telas imaginables, se extendía un amplísimo lecho, cubierto de pieles y de sedas, en el que se hallaba recostada una dama, con el aire de bienestar y abandono de una reina. Baba se paró y, doblando la rodilla, hizo una seña a Juan, que, poco acostumbrado a rezar, se arrodilló también por instinto, ignorando lo que esto podía significar, en tanto el eunuco continuaba sus zalemas hasta el fin de la ceremonia. La dama, levantándose con gracia singular, con la gracia de la misma Venus Afrodita saliendo de las ondas, fijó sobre los dos sus ojos voluptuosos, como los de una gacela, que eclipsaron toda la pedrería que la cercaban, y, levantando un brazo, tan blanco como un rayo de luna, hizo una seña a Baba, el cual, después de haber besado sus sandalias de púrpura, la habló en voz baja, mostrándole a Juan.
Todo en la dama era tan noble como su mismo rango y su belleza. Tenía ese encanto omnipotente que una descripción literaria debilitaría. Prefiero abandonarla a vuestra imaginación que perjudicarla con mis palabras, ya que quedaríais deslumbrados totalmente si fuera posible que os describiera y detallara sus atractivos, ajustándome a la realidad verdadera. Debo decir, sin embargo, que tan hermosa mujer había pasado ya la primera juventud y podría tener de veinticinco a veintiséis primaveras. Pero hay bellezas en las que el tiempo no deja la menor huella; tal fue María Estuardo, porque aunque el amor y las lágrimas perjudiquen la belleza y el dolor marchite sus encantos, es cierto que hay hermosas que nunca pierden la belleza. Tal fue también, y el ejemplo es todavía más justo, Ninón de l'Enclós.
La dama dijo algunas palabras a las doncellas que formaban un grupo de 10 ó 12 jovenzuelas e iban uniformemente vestidas con la misma ropa que don Juan. Parecían todas verdaderas ninfas, y hubieran podido tratar como hermanas a aquellas doncellas de Diana que el tiempo no olvida. Claro está que esta doncellez comparativa era sólo exterior y que yo no puedo, por mucho que lo quiera, ofrecer garantía de lo demás... Hicieron todas ellas un saludo respetuoso y se retiraron. Luego que hubieron salido, Baba hizo una seña a Juan para que se acercara y después para que se arrodillase y besase los los dos lindos pies de la hermosa dama. Juan se hizo repetir esta invitación, haciendo notar a Baba que lo sentía mucho, pero que él no podía besar ningún zapato, excepto el del Papa. Indignado Baba con aquella orgullosa contestación, le amenazó en voz baja, hablándole del Bósforo. Al fin, hubo un arreglo, que consistió en que Juan, ya que no quería besar el pie, besase la linda mano de la dama. Así lo hizo, y preciso es convenir que si el estado de su alma, fiel a la memoria de la dulce Haida, hubiera sido otro, acaso no se hubiese limitado a aquella fórmula de cortesía, cuanto que en manos como aquélla que besaba se detiene la boca con amor, y daría muy gustosa dos besos en vez de uno.
Miró la dama a Juan de pies a cabeza y ordenó a Baba que se marchase, lo cual hizo éste al momento Después que el guía salió, se produjo en la dama, que hasta entonces había permanecido solemne y desdeñosa, un cambio repentino. Su frente dejó ver una extraña conmoción y sus mejillas se cubrieron de un rubor semejante al de las nubes que recorren el cielo en el estío a la hora de la puesta del sol. Mezclábanse en sus ojos las variadas luces que indican el orgullo y el deleite. Su belleza tenía en tal actitud todas las gracias de su sexo, y sus facciones poseían el aire seductor del demonio cuando tomó la forma de un querubín para engañar a Eva y abrirnos, Dios sabe cómo, la senda del mal. Iguales defectos hubieran podido encontrarse en el sol que en ella. Le faltaba, sin embargo, algo, como sí pareciese más propia a mandar que a conceder. Su sonrisa era altiva, aunque muy dulce. Sus movimientos, soberanos e imperiosos. Había orgullo hasta en las uñas de sus lindos pies pequeñitos, como si ellas también hubiesen comprendido su rango. Parecía caminar sobre cabezas humilladas. Para acabar plenamente su descripción entera en alma y cuerpo, diremos que un puñal, con la empuñadura cargada de pedrería, adornaba su cintura admirable. Señal que indicaba, además de las condiciones de su carácter, que era la esposa del Sultán.
Todo merece ser explicado en un poema. La verdad es que don Juan, el último de los caprichos de esta hermosa Sultana, la había seducido con su sola presencia cuando ella pasó entre sus esclavos delante del mercado. Mandó al instante que se lo comprasen, y Baba, que jamás había rehusado su ministerio para ninguna mala jugada, recibió sus instrucciones para obrar. Si ella no tenía prudencia, el eunuco suplía esa falta, y ello explica el traje que don Juan se había visto obligado a vestirse tan a pesar suyo. La juventud y las facciones de nuestro héroe favorececieron el disfraz, y esto fue todo. Si vosotros me preguntáis cómo se aventuraba la esposa de un Sultán a satisfacer semejantes caprichos, he ahí un punto cuya contestación dejo al arbitrio de las propias Sultanas. Los emperadores más poderosos y exigentes no son sino maridos a los ojos de sus mujeres, maridos simplemente, con idéntica facultad en sus frentes, y los reyes, como las reinas, son engañados muchas veces, cosa que la experiencia y la tradición atestiguan.
La Sultana creía haber zanjado ya todas las dificultades. Estimando a Juan de su absoluta propiedad, le dirigió una tierna mirada amorosa, no exenta de autoridad, y le dijo, sin preámbulo alguno, persuadida de que su frase sería más que suficiente para abrir-le las puertas a su deseo:
—Cristiano ¿sabes amar?
Hubiera sido suficiente aquello, en tiempo y lugar oportunos, pero Juan, cuya alma estaba llena aún del recuerdo de Haida, sintió retroceder hasta el corazón la sangre que coloreaba su rostro, cambiándose el encarnado que lo cubría en una palidez extrema. La pregunta de la hermosa mujer penetró en él como una lanza, le emocionó profundamente, trajo a su memoria el dulcísimo recuerdo de otras horas, y su tierna juventud se deshizo en llanto. Chocó esto a la Sultana, no por las lágrimas, que las mujeres usan con tanta frecuencia, sino porque siempre hay algo desagradable en los ojos húmedos de un hombre. Un momento, Gulbeyaz, que así se llamaba la hermosa, tuvo el impulso de consolar a Juan, pero no supo cómo hacerlo, puesto que conocía escasamente la manera de dirigirse de igual a igual a un semejante. No pudo, pues, intervenir, y las lágrimas de don Juan hubieron de cesar solas. En ello se perdió un tiempo que Gulbeyaz consideraba muy valioso, ya que, arriesgando como arriesgaba, dado el carácter del Sultán, su vida en aquella agradable lección de amor que había proyectado, era para ella un verdadero martirio perder la hora de que podía disponer, y de la cual se había pasado ya una parte considerable, viendo verter lágrimas al varonil objeto de sus caprichos.
He de afirmar que la bella Sultana tenía razón y tengo que aconsejar a los que se encuentren en iguales circunstancias que ella que aprovechen su tiempo, sobre todo, si viven en un país meridional, puesto que, entre nosotros, en general, hay menos prisa para eso. Pero en los climas del mediodía, toda dilación es un crimen. Como mucho favor no se conceden más que dos minutos o tres para preparar el asunto, y la tardanza de un momento más menoscaba la buena fama de cualquiera.
La reputación de Juan como amador era bastante buena y aún, dada su juventud, hubiera podido mejorarse, pero se le había metido Haida en la cabeza, y por extraño que fuera frente a una mujer como Gulbeyaz, no podría olvidarla, lo que le hacía parecer muy mal educado. La Sultana, que lo consideraba como deudor suyo por haberlo traído a su palacio, empezó a ruborizarse hasta el blanco de los ojos, empalideció después rápida e intensamente, volvió a ruborizarse, tornó a ponerse pálida, y luego se ruborizó de nuevo. Finalmente, colocó sus manos entre las de él y le dirigió una tierna mirada, con ojos que no necesitaban nada para persuadir al menos propicio, buscando el amor en los suyos; pero no lo encontró. Su frente se obscureció entonces, pero se abstuvo de toda amenaza, porque esto es lo último que hace una mujer verdaderamente altiva. Se separó de Juan y fue a reclinarse sobre su lecho.
Don Juan, entonces, conociendo lo embarazoso de la prueba por la que pasaba, para la que le servían de coraza el dolor, la cólera y el orgullo, pero deseoso de salvar la opinión que de él pudiera haber Gulbeyaz, se acercó a ella y, altivamente, dijo:
—El águila rehusa anidar; yo rehuso también servir los sensuales caprichos de una Sultana. ¿Me preguntas si sé amar? Con no amarte a ti, te pruebo cuánto he amado. Bajo este vil disfraz, más que el amor me convendrían el huso y la rueca. El amor pertenece a los corazones libres. No me fascinan ni tu poderío ni la belleza de estos espléndidos artesonados. Cualquiera que sea tu poder, que tan grande parece, las frentes se humillan ante él, las rodillas se doblan, los ojos velan, los brazos obedecen; pero aún nos pertenecen nuestros corazones.
Eran estas de don Juan unas verdades muy comunes entre nosotros, los europeos, mas Gulbeyaz no había oído jamás palabras semejantes. Creía que el menor de sus mandatos constituía un placer para aquél que lo recibía, e imaginábase que la tierra entera no había sido creada sino para los Sultanes y las Sultanas. Apenas sabía si el corazón estaba a la derecha o a la izquierda. Por otra parte, era tan hermosa, que, en una situación mucho más humilde que la suya, hubiera podido ser reina o turbar un reino. Jamás sus atractivos habían sido desdeñados por nadie. Por consiguiente... Recordad vosotros lo que sucedió cuando conservasteis vuestra castidad juvenil contra los propósitos de amor de una viuda desesperada y dolida por vuestro desdén en la canícula; recordad su rabia y todo cuanto se ha dicho y escrito sobre el tema, y en seguida tendréis una idea aproximada de la figura que hacía la bella Sultana en el mismo caso. Suponed... la esposa de Putifar, lady Boody, Fedra y todos los buenos ejemplos que la historia nos ha dejado, y después suponed que aún os halláis lejos de concebir el furor de Gulbeyaz.
Su rabia no duró más que un minuto, lo cual fue una felicidad, porque un momento más la hubiera hecho morir. Fue como un relámpago, y pasó sin palabras. En realidad, Gulbeyaz no podía hablar, puesto que la vergüenza natural en su sexo, por débil que hubiese sido en ella hasta entonces, se manifestó de repente, humillándola dolorosamente. Su primer pensamiento fue mandar que cortaran la cabeza de Juan...; el, segundo despedirle...; el tercero, preguntarle dónde había recibido su educación...; el cuarto, excitar su arrepentimiento...; el quinto, llamar a sus doncellas y echarse a dormir...; el sexto (lo cual indica que la ira intentó retornar), darse de puñaladas a sí misma...; el séptimo, mandar azotar al pobre Baba... Pero, al fin, se sentó de nuevo en el borde de su lecho y... se puso a llorar.
Enternecióse Juan al verla; mas era tanto su heroísmo, que se hubiera dejado empalar, descuartizar, degollar en medio de los mayores tormentos, arrojar a los leones, o servir de cebo a los peces, antes que consentir en el pecado, excepto cuando ello le conviniese. De todos modos, su virtud vaciló ante aquel tierno espectáculo. En un momento se asombró de haber rehusado las proposiciones de la Sultana y hasta soñó que aún podía volver a entablar negociaciones, concluyendo por acusar a su salvaje virtud lo mismo que el monje acusa al voto que ha contraído o la mujer al juramento que ha prestado, de lo que resulta con frecuencia que una y otro violen su juramento y quebranten su voto... Empezó, pues, Juan, a tartamudear algunas excusas, pero las palabras no bastan en semejante negocio. Sin embargo, en el momento en que una lánguida sonrisa de Gulbeyaz le traía la esperanza de hacer las paces, entró de repente, sin aviso, y con una expresión de terror en los ojos saltones, el viejo Baba. Se arrojó a los pies de la Sultana y exclamó, sin aliento:
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   17

similar:

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconEl poema criollo “Yo soy gavilán primito cuando me enfrento a la...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconEste fanfic esta dedicado a todos los fanáticos de este fabuloso héroe y también a Steele

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconTodo mi pasado de la Laboral apareció de pronto en mi mente al leer...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconLa tierra nos enseña más sobre nuestra propia Naturaleza que todos...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconEl Héroe En la mitología y el folclore, un héroe
«edad heroica», que termina poco después de la Guerra de Troya, cuando los legendarios combatientes volvieron a sus hogares o marcharon...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconS bienvenidos a todos a mi página. Pongo todos los deberes, (de todos...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconPlatón (427-348 a. C.) es el primer filósofo del que nos han llegado...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconTítulo de la edición original
«Si dispusiéramos de una Fantástica, como disponemos de una Lógica, se habría descubierto el arte de inventar.» Era muy bello. Casi...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconCuando era joven, vivía en Darien. A mí me gustaba jugar los deportes....

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconEl propietario de una cosa tiene derecho a hacer suyo todos los frutos...






© 2015
contactos
l.exam-10.com