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magic bleeds (kate daniels, #4)

La magia sangra

Kate Daniels 04

Ilona Andrews

TRADUCIDO ÍNTEGRAMENTE POR MÓNICA

FECHA DE FINALIZACIÓN: 16/10/2011

PRÓLOGO

NO IMPORTABA LO CUIDADOSAMENTE que colocase la manzana picada en su lugar, bajo la corteza superior de mi pastel de manzana siempre parecía que había tratado de enterrar un cuerpo desmembrado. Mis pasteles resultaban feos, pero tenían buen sabor. Este pastel en particular estaba perdiendo rápidamente su último calor.

Examiné el desorden de mi cocina. Filetes de carne de venado marinados en cerveza, ligeramente sazonados, colocados en una cazuela y listos para entrar en el horno. Yo los guardaba para el final, solo necesitaban diez minutos en la parrilla. Rollos hechos en casa ahora fríos. Mazorcas de maíz también frías. Patatas al horno, si, muy frías. Había añadido unas setas salteadas y una ensalada por si acaso el resto no era suficiente. La mantequilla de las setas estaba haciendo su mejor esfuerzo para volver a su estado sólido. Por lo menos la ensalada se suponía que era fría.

Cogí una nota arrugada de la mesa. Hacía ocho semanas, Curran, Señor de las Bestias de Atlanta, amo y señor de mil quinientos cambiaformas y mi psicópata personal, se había sentado en la cocina de mi apartamento de Atlanta y escrito una nota en este pedazo de papel. Había perdido una apuesta con él y, de acuerdo con los términos de la misma, le debía una cena desnuda. Había añadido una advertencia explicando que se conformaba con que usase un sujetador y unas bragas, ya que no era una completa bestia, una afirmación totalmente abierta a debate.

Él había fijado la fecha, el quince de noviembre, que era hoy. Lo sabía porque lo había comprobado en el calendario tres veces. Yo lo había llamado a la fortaleza hacía tres semanas y fijado el lugar, mi casa, cerca de Savannah, y la hora, las cinco de la tarde. Eran las ocho y media.

Había dicho que no podía esperar.

Comida, comprobada. Mi favorecedor juego de braga y sujetador, comprobado. Maquillaje, comprobado. Curran, en blanco. Deslicé mi dedo a lo largo de la pálida hoja de mi espada, sintiendo el frio metal bajo mi piel. ¿Dónde exactamente estaría su majestad?

¿Se le habrían enfriado los pies a Don “Dormirás conmigo y me lo pedirás por favor antes y me darás las gracias después”?

Él había perseguido un palacio volate a través de una selva encantada y se había abierto camino a través de una docena de demonios Rakshasas para salvarme. Una cena era un gran paso para los cambiaformas. Ellos no se toman la comida a la ligera, pero hacer una cena para alguien que te interesa románticamente eleva una comida sencilla a un nivel completamente nuevo. Cuando un cambiaformas te hace la cena te está haciendo la promesa de cuidar de ti o está tratando de entrar en tus pantalones. La mayoría de las veces ambas cosas. Curran me había alimentado con sopa una vez, cuando estaba medio muerta, y el hecho de que me lo hubiera comido, incluso sin saber lo que significaba, le divertía en extremo. No se perdería esta cena.

Cogí el teléfono. Por otra parte disfrutaba acosándome. No me extrañaría que estuviese oculto en la maleza, viendo como me retorcía. Curran trataba a las mujeres como juguetes maravillosos, les daba vino, cenaba con ellas, se hacía cargo de sus problemas, y una vez que eran totalmente dependientes de él se aburría. Tal vez lo que percibía entre nosotros estaba solo en mi cabeza. Se habría dado cuenta de que había ganado y habría perdido el interés. Llamándolo simplemente le daría la oportunidad de regodearse.

Colgué el teléfono y miré el pastel un poco más.

Si abrías el diccionario y buscabas maniático del control encontrarías una foto de Curran. Gobernaba con garras de acero y cuando decía “salta” tenías mucho de lo que responder si no saltabas. Estaba enfurecida y lo dejé salir. Incluso si él no estaba interesado realmente, no se perdería la oportunidad de verme servirle la cena en ropa interior. Su ego era demasiado grande. Algo debía haber pasado.

Ocho y cuarenta y cuatro. Curran era la primera y última línea de defensa de la Manada. Cualquier indicio de una amenaza significativa y estaría allí, rugiendo y rasgando cuerpos por la mitad. Podría haber resultado herido.

El pensamiento me dejó helada. Haría falta un ejército sanguinario para derribar a Curran. De los mil quinientos maniacos homicidas que estaban bajo su mando, él era el hijo de putas más duro y más peligroso. Si había pasado algo, tenía que ser malo. Habría llamado si se hubiera retrasado por algo de menor importancia.

Ocho y cuarenta y nueve.

Cogí el teléfono, me aclaré la garganta y marque a la Fortaleza, el bastión de la Manada a las afueras de Atlanta. Lo haría en plan profesional. Sería menos patético de esa manera.

-Ha llamado a la Manada. ¿Qué quiere?-, dijo una voz femenina por el teléfono.

Personas amables los cambiaformas.-Soy la agente Daniels. ¿Puedo hablar con Curran, por favor?

-Él no recibe llamadas en estos momentos. ¿Quiere dejar un mensaje?

-¿Está en la Fortaleza?

-Sí, lo está.

Una roca pesada se materializó en mi pecho y me hacía difícil respirar.

-¿Algún mensaje?- Dijo la mujer cambiaformas.

-Solo dígale que llamé, por favor. Tan pronto como le sea posible.

-¿Es urgente?

A la mierda. –Sí. Si, lo es.

-Espere.

Reinó el silencio. Goteaba por momentos, poco a poco se iba haciendo mas y mas delgado.

-Él dice que está demasiado ocupado para hablar con usted en estos momentos. En el futuro, por favor, utilice los canales apropiados y dirija todas sus preocupaciones a Jim, nuestro jefe de seguridad. Su número es…

Oí mi voz, extrañamente plana. –No es necesario. Tengo el número. Gracias.

-Cuando quiera.

Colgué el teléfono con mucho cuidado. Un sonido diminuto apareció en mis oídos y tuve la absurda sensación de que era mi corazón agrietándose.

Me puse en pie.

Madrugué. Cociné una gran cantidad de comida. Me senté al lado del teléfono las últimas cuatro horas. Me maquillé, por segunda vez en el último año. Compré una caja de condones. Por si acaso.

Te quiero Kate. Siempre voy a venir a por ti, Kate.

Que hijo de puta, ¿no? –Ni siquiera tuvo los cojones de hablar conmigo.

Me levanté de la silla. Si él iba a pasar de mí después de toda esa mierda, lo forzaría a hacerlo en persona.

Me tomó menos de un minuto vestirme y cargar mis muñequeras con agujas de plata. Mi espada, Asesina, tenía suficiente plata en ella para hacer daño incluso a Curran, y tenía mucha s ganas de hacerle daño. Rondé por la casa en busca de mis botas con una furia impregnada de aturdimiento, las encontré en el cuarto de baño y me senté en el suelo para ponérmelas. Tiré de la bota izquierda hacia delante, coloque el tacón en su lugar y me detuve.

Supongamos que llego a la fortaleza. ¿Y luego qué? Si él había decidido que no quería verme, tendría que abrirme camino a través de su pueblo para llegar hasta él. No importaba lo mucho que me estuviera doliendo, no podía hacer eso. Curran me conocía lo bastante bien como para saberlo y usarlo en mi contra. Una visión de mi sentada durante horas en el vestíbulo de la Fortaleza se me pasó por la mente. Por supuesto que no.

Si el imbécil se dignaba a hacer acto de presencia, ¿qué le diría? ¿Cómo te atreves a dejarme incluso antes de que la relación haya comenzado? ¿He viajado seis horas para decirte lo mucho que te odio porque significas mucho para mí? Se reiría, luego yo lo rajaría y él me rompería el cuello.

Me obligué a andar a tientas al estar cegada por la niebla de la rabia. Trabajaba para la Orden de los caballeros de la ayuda misericordiosa, en conjunto con la División de Actividad Paranormal (DAP) de la policía y la Unidad de Defensa Sobrenatural (UDS) formando la defensa de la ley contra magia peligrosa de cualquier tipo. No era un caballero pero era representante de la Orden con estatus de amigo de la Manada, lo que significaba que cuando había problemas relacionados con los cambiaformas no me destrozaban de inmediato. Cuando la Manada tenía algún problema con la ley se dirigía a mí.

Los cambiaformas se dividían en dos aromas, el pueblo libre del código, que mantenía un estricto control sobre el Lyc-v, el virus de la rabia en sus cuerpos, y los lupos, que se habían rendido ante él. Los lupos asesinaban indiscriminadamente, rebotando de atrocidad en atrocidad hasta que alguien le hacía un favor al mundo y terminaba con esos jodidos caníbales. El DAP de Atlanta veía a cada cambiaforma como un lupo en potencia, y la Manada había respondido aislándose, elevando el nivel de paranoia y desconfianza de los extraños a un nuevo y vertiginoso nivel. Su relación con las autoridades era precaria en el mejor de los casos y de una abierta hostilidad en la cooperación con la Orden. Si Curran y yo nos enzarzábamos, nuestra lucha no sería vista como un conflicto entre dos individuos, sino como el asalto del Señor de las Bestias a un representante de la Orden. Nadia se creería que yo era tan tonta como para haberlo iniciado.

El estatus de los cambiaformas se desplomaría. Tenía solo unos pocos amigos, pero a la mayoría de ellos les crecían pelo y garras. Convertiría sus vidas en un infierno para calmar mi dolor.

Por primera vez en mi vida tuve que hacer lo responsable.

Me saqué la bota y la lancé al otro lado de la habitación. Rebotó en el panel de madera del pasillo.

Durante años, primero mi padre y luego mi tutor, Greg, me habían advertido que me mantuviera alejada de las relaciones humanas. Amigos y amantes solo me traerían problemas. Mi existencia tenía un propósito, y ese propósito, y mi sangre, no dejaban espacio para nada más, había ignorado las advertencias de los hombres muertos y dejado caer mi escudo. Era el momento de asumirlo y pagar por ello.

Yo lo había creído, se suponía que iba a ser diferente, a ser más. Él me había hecho esperar cosas que creía que nunca conseguiría. Cuando la esperanza se había roto me había lastimado. La mía era muy grande, una esperanza desesperada, y dolía como una hija de puta.

La magia inundó el mundo con una ola silenciosa. Las lámparas eléctricas parpadearon y tuvieron una muerte tranquila, dando paso a la radiación de las luces feéricas de las paredes. El aire encantado en tubos de vidrio brillo más y más hasta que un misterioso brillo azul inundo la casa.

Esto ocurría desde el cambio, la magia llegaba en oleadas, negando la tecnología, y desapareciendo tan abruptamente como había aparecido. En todas partes los motores de gasolina se ahogaban y las armas de fuego se encasquillaban. Los hechizos de defensa alrededor de mi casa se elevaron, formando una cúpula por encima de mi tejado y sacudiendo mi casa. Necesitaba protegerme, había dejado caer mi escudo y que el león entrase. Era hora de pagar las consecuencias.

Me levanté del suelo. Tarde o temprano mi trabajo me pondría en contacto con el Señor de las Bestias. Era inevitable. Necesitaba algo para el dolor de mi sistema ahora, así que cuando nos encontrásemos de nuevo, lo único que conseguiría seria una fría cortesía.

Fui a la cocina, tiré la cena a la basura y salí. Tenía una cita con un pesado saco de arena y no tendría problemas para imaginar la cara de Curran en él.

Una hora más tarde, cuando iba a mi apartamento en Atlanta, estaba tan cansada que me quedé dormida por momentos en mi coche después de meterlo en la línea ley y la corriente mágica lo arrastrase a las afueras de la ciudad.

CAPITULO 1

RECORRÍ LAS CALLES DE ATLANTA MECIÉNDOME con las pisadas de mi mula favorita Marigold, a la que no le importaba la jaula atada a su silla y no se molestaba por los pagotes de saliva de lagarto que goteaban de mis vaqueros. La jaula contenía un grupo del tamaño de un puño de pelusa gris, que tenía un demonio que había capturado y que podía o no haber sido un conejo de polvo en vida. Mis pantalones contenían alrededor de dos litros de saliva de dos lagartos del condado de Tremble, que me había arreglado para encerrar de nuevo en su hábitat en el Centro para la investigación mitológica de Atlanta. Llevaba once horas y trece minutos en mi turno, no había comido nada desde esa mañana y quería una rosquilla.

Habían pasado tres semanas desde que Curran me había plantado, durante la primera estaba tan enojada que no podía ni ver bien. La ira se había calmado ahora, la pesada piedra seguía hundida en mi pecho. Curiosamente, los pasteles ayudaban, especialmente los rociados con chocolate. El chocolate era caro en nuestro mundo y no me podía permitir una tableta entera, pero un chorrito sobre los donuts era lo bastante bueno.

-Hola, querida.

Después de casi un año trabajando con la Orden, escuchar la voz de Maxine en mi cabeza ya no me hacía saltar. –Hola Maxine.

La secretaria telepática de la Orden llamaba a todo el mundo “querido”, incluyendo a Richter, una nueva adición al departamento de Atlanta que era tan psicótico como un caballero de la Orden podía serlo sin ser despojado de su titulo. Sus “queridos” no engañaban a nadie. Prefería correr quince quilómetros con una mochila llena de piedras que enfrentarme a Maxine en la calle. Quizás fuera el aspecto que tenía, alta, delgada, erguida, con un halo de pelo plateado muy rizado y los gestos de una profesora de instituto veterana que había visto de todo y no soportaba a los tontos.

-Richter es un santo, querida. ¿Y hay alguna razón para imaginar a un dragón con mi pelo en la cabeza y un donut de chocolate en la boca?

Maxine no leía los pensamientos a propósito, pero si se concentraba lo suficiente, durante “la llamada”, no podía evitar recoger imágenes mentales.

Me aclaré la garganta. –Lo siento.

-No hay problema. En realidad, siempre he pensado en mi misma como en un dragón chino. Nos hemos quedado sin rosquillas pero tengo galletas.

Mmm, galletas. -¿Qué tengo que hacer por una galleta?

-Se que tu turno ha terminado, pero tengo una petición de emergencia y nadie para manejar la situación.

Argh. -¿Cuál es la petición?

-Alguien ha atacado El caballo de acero.

-¿El caballo de acero? ¿En la línea de la frontera?

-Sí.

Desde que Atlanta de había dividido en facciones, cada una tenía su propio territorio. De todas las facciones de Atlanta la Nación y la Manada eran las más grandes y las dos que más quería evitar. El caballo de acero estaba justo en la frontera invisible de sus territorios. Era un lugar neutral que atendía tanto a la Nación como a los cambiaformas, siempre y cuando pudieran mantenerse civilizados. En su mayor parte lo hacían.

-¿Kate? – preguntó Maxine.

-¿Tienes alguna información?

-Alguien empezó una pelea y se fue. Ellos tienen algo arrinconado en el sótano y tienen miedo de dejarlo salir. Están histéricos. Hay al menos un muerto.

Un bar lleno de nigromantes histéricos y cambiaformas. ¿Por qué yo?

-¿Vas a cogerlo?

-¿Qué tipo de galletas?

-Chocolate chip con trozos de nueces. Incluso te voy a dar dos.

Suspiré y giré a Marigold hacia el oeste. –Llegaré en veinte minutos.

Marigold suspiró profundamente y comenzó a bajar la calle en la noche empapada. Los miembros de la Manada bebían poco. Mantenerse humanos requería una disciplina de hierro por lo que los cambiaformas evitaban el contacto con sustancia que alteraban el contacto con la realidad. Un vaso de vino con la cena o una sola cerveza después del trabajo era más o menos su límite.

La Nación también bebía poco, principalmente por la presencia de los cambiaformas. Ellos eran un hibrido extraño entre una religión, una empresa y un instituto de investigación que se ocupaba del estudio de los no-muertos, sobre todo de los vampiros. El Vampirus Inmortus, el, patógeno responsable del vampirismo, erradicaba todo rastro de ego de sus víctimas, convirtiéndolos en monstruos con una loca lujuria de sangre y dejando su mente agradablemente en blanco. Los maestros de los muertos, la Nación, se aprovechaban de este hecho para pilotar a los vampiros montando en sus mentes y controlando todos sus movimientos.

Los maestros de los muertos no eran luchadores. Bien educados, eran intelectuales generosamente pagados, pero eran implacables y oportunistas. Los maestros tampoco visitaban un bar como El caballo de acero, salvo con la cabeza muy baja. El caballo atendía a los curritos, los navegantes en formación y después de los asesinatos del Red Stalker, la Nación había estrechado el control sobre su personal. Un par de disturbios de borrachos y sus estudios sobre los no-muertos llegarían prematuramente a su final. Los oficiales eran demasiado jóvenes y tenían demasiado dinero para su propio bien pero no la cargarían en un bar de cambiaformas.

Una sombra se escabulló por la calle, era peluda y con demasiadas piernas, Marigold resopló y siguió imperturbable.

La Nación estaba dirigida por una figura misteriosa conocida como Roland. Para la mayoría era un mito. Para mí, era el blanco. También era mi padre biológico. Roland había renunciado a los hijos porque ellos siempre trataban de matarlo, pero mi madre realmente me deseaba y decidió que por su bien podría intentarlo una vez más. Excepto que él cambio de opinión y trató de matarme en el útero. Mi madre huyó y el señor de la guerra de Roland, Voron, huyo con ella. Voron sobrevivió, mi madre no. No la había conocido, pero sabía que si mi padre biológico me encontraba removería cielo y tierra para terminar lo que había empezado.

Roland era una leyenda. Había sobrevivido durante miles de años. Algunos pensaban que era Gilgamesh, algunos pensaban que era Merlín. Él tenía un poder increíble y yo aun no estaba lista para luchar. Todavía no. El contacto con la Nación implicaba el riesgo de ser descubierta por Roland por lo que los evitaba como una plaga.

Contactar con la Manada significaba correr el riesgo de contactar con Curran, ahora mismo no sabía que era peor.

¿Quién demonios atacaría El caballo de acero de todos modos? ¿Cuál era la idea detrás de hacerlo? “Aquí hay un bar lleno de asesinos psicóticos a los que les crecen garras gigantes y personas que pilotan no-muertos para ganarse la vida. Creo que voy a ir a destrozar el lugar” ¿Sonaba eso razonable? No.

No podía evitar a la Manada para siempre, solo porque su amo y señor hacía que me hormiguease el brazo de la espada. Entrar, hacer mi trabajo, salir. Bastante simple.

El caballo de acero ocupaba un bunker feo en un edificio de ladrillo reforzado con barras de acero en las ventanas y una puerta de alrededor de seis centímetros de espesor. Sabía cuál era el grosor de la puerta porque Marigold acababa de trotar sobre ella. Alguien la había arrancado de las bisagras y tirado a la calle.

Entre la puerta y la entrada, extendidos en el asfalto con baches, cubiertos con manchas de sangre al azar, licores, y cristales rotos, unos pocos cuerpos gimiendo en distintas etapas de embriaguez y daños de la pelea.

Maldita sea, me había perdido toda la diversión.

Un montón de tipos duros estaban en la puerta de la taberna. No exactamente con aspecto histérico, ya que el término estaba convenientemente ausente de su vocabulario, pero la forma en que se apoderaron de las armas improvisadas hechas de muebles rotos hacía que quisieras acercarme a ellos poco a poco, hablando en tonos suaves. A juzgar por la escena de la batalla, acababan de recibir una paliza en su propio bar. Nunca se puede perder una pelea en tu bar, porque si lo haces, ya no es tu bar más.

Aflojé mi mula hasta ir al paseo. La temperatura se había desplomado en la última semana, y la noche era amarga, inusualmente fría. El viento cortaba la cara. Nubes tenues de aire revoloteaban alrededor de los chicos en el bar. Un par de los más grandes, con aspecto de matones, se divertían un poco haciéndose los duros: el grande, un tosco hombre de la derecha, lleva una maza, y su amigo, el de la izquierda, manejaba un machete. Gorilas. Solo a los gorilas se les permite tener armas reales en un bar de la frontera.

Recorrí la multitud en busca de reveladores ojos brillantes. Nada. Sólo los iris humanos normales. Si había habido cambiaformas esta noche en el bar, o bien habían despejado el lugar o mantenían su piel de forma segura en modo humano. No sentí ningún vampiro cerca tampoco. No había caras conocidas entre el público. Los currantes debían de haberse retirado también. Algo malo había pasado y nadie quería ser empapelado por ello. Y ahora era todo mío. Oh, sorpresa.

Marigold me llevó más allá de los humanos expulsados y de la puerta. Saqué la billetera de plástico que llevaba en una cuerda alrededor del cuello, y la levanté para que pudieran ver el pequeño rectángulo con la identificación de la Orden

-Kate Daniels. Trabajo para la Orden. ¿Dónde está el dueño?

Un hombre alto salió del interior de la barra y me apuntó con una ballesta, era una ballesta decente curvada y moderna, con cerca de cien kilos de fuerza. Venía equipada con una mira de fibra óptica y era de gran alcance. Dudaba que hubiera necesidad de tanto a solo unos tres metros. A esta distancia el proyectil no solo me penetraría, sino que pasaría a través de mí, y se llevaría mis tripas a dar un paseo.

Por supuesto, a esta distancia yo podría matarlo antes de que me alcanzase el tiro. Era difícil errar con un cuchillo de lanzar a tres metros.

El hombre me miró con ojos sombríos. De mediana edad y delgado, parecía como si hubiera pasado al aire libre mucho tiempo haciendo trabajos forzados. La vida le había derretido toda la carne de sus huesos, dejando sólo la piel curtida, la pólvora, y los cartílagos. Una barba oscura y corta abrazaba su mandíbula. Él asintió con la cabeza al gorila más pequeño. -Vik, comprueba su identidad.

Vik caminó hacia mí y miró mi cartera. -Pone que lo que ella ha dicho.

Yo estaba demasiado cansada para ello. –Lo estás mirando mal-. Tomé la tarjeta de la billetera y se la ofrecí. -¿Ves el cuadrado en la esquina inferior izquierda?

Su mirada fue iluminada por el cuadrado de plata encantada

-Coloca el pulgar sobre ella y di ID.

Vik vaciló, miró a su jefe, y tocó el cuadrado. -ID.

Un estallido de luz golpeó el pulgar, y el cuadrado se volvió negro.

-La tarjeta sabe que no es su propietario. No importa cuántos de ustedes lo intenten con ella, se mantendrá negro hasta que la toque-. Puse mi dedo sobre la plata. –ID-.

El negro se desvaneció, dejando al descubierto la superficie clara.

-Así es como se distingue a un agente de la Orden real de uno falso-. Desmonté y até a Marigold a la barandilla. -Ahora, ¿dónde está el cadáver?

El dueño del bar se presentó como Cash. Cash no me pareció que fuera un tipo de confianza, pero al menos mantuvo su arco apuntando al suelo mientras me conducía detrás del edificio y giraba hacia la izquierda. Como la elección de los representantes de Orden se limita a mí y a Marigold, decidió arriesgarse conmigo. Siempre es bueno ser juzgado más competentes que una mula.

Una multitud de espectadores formaba un círculo tras el edificio. Yo preferiría haber hecho esto sin una audiencia, pero no tenía ganas de discutir. Ya había perdido bastante tiempo haciendo trucos de magia con mi ID.

-Tenemos un cerco seguro aquí-, dijo Cash. -Tranquila. Nuestros clientes habituales no quieren problemas.

El viento de la noche arrojó el olor agrio de la descomposición del vómito en mi cara, y un toque de un aroma totalmente diferente, jarabe espeso, duro, y empalagoso. No era bueno. No había ninguna razón para que el cuerpo oliese todavía. -Dime lo que pasó.

-Un hombre comenzó una pelea con Joshua. Joshua perdió- dijo Cash

Él había desperdiciado su vocación. Debería haber sido un poeta épico.

Llegamos a la parte trasera del edificio y se detuvo. Un enorme agujero se abría en la pared de al lado de la barra, alguien había reventado para atravesarla. Los ladrillos estaban esparcidos por el asfalto. Cualquiera que fuese la criatura podía atravesar paredes sólidas como una bola de demolición. Demasiado pesado para un cambiaformas, pero nunca se sabía.

-¿Alguno de sus cambiaformas asiduos hizo eso?

-No. Todos desaparecieron una vez que la pelea comenzó.

-¿Qué pasa con los pilotos de la Nación?

-No vinieron esta noche-. Cash negó con la cabeza. -Por lo general vienen los jueves. Es aquí.

Cash señaló a la izquierda, donde el terreno se inclinaba a un estacionamiento pintado con un poste eléctrico en el centro. En el poste, clavado con una palanca a través de su boca abierta, colgaba Joshua.

Partes de su cuerpo estaban cubiertas por jirones de cuero curtido y vaqueros. Todo lo descubierto ya no parecía humano. Bultos duros agrupados en cada centímetro de su piel expuesta, de color rojo oscuro e interrumpido por las lesiones y las úlceras húmedas, estaba abierto, como si el hombre se hubiera convertido en un ser humano de percebes. La corteza de las llagas era tan densa en su rostro que ni siquiera podía distinguir sus rasgos, a excepción de los ojos lechosos, abiertos y mirando al cielo.

Mi estómago se hundió. Todo rastro de la fatiga huyó, quemado en una inundación de adrenalina.

-¿Le parece que fue antes de la pelea empezase?- Por favor, di que sí.

-No-, dijo Cash. -Eso ocurrió después.

Un grupo de protuberancias sobre lo que podría haber sido la nariz de Joshua cambió, se hinchó hacia el exterior, y cayó, dando espacio a una nueva úlcera. El trozo de Joshua rodó por el asfalto y se detuvo. El pavimento de alrededor brotó un delgado anillo de pelusa color carne. La misma pelusa recubría el poste por debajo y ligeramente por encima del cuerpo. Me concentré en el borde inferior de la línea de pelillo y lo vi arrastrarse muy lentamente por la madera.

Joder.

Mantuve la voz baja. -¿Alguien tocar el cuerpo?

Cash negó con la cabeza. -No.

-¿Alguien se ha acercado a él?

-No.

Lo miré a los ojos. -Necesito que metas a todos de nuevo en el bar y los mantengas allí. Nadie puede irse.

-¿Por qué?-, Preguntó.

Me puse a su altura. -Joshua estaba enfermo.

-Está muerto.

-Su cuerpo está muerto, pero la enfermedad está viva y es mágica. Está creciendo. Es posible que todo el mundo esté infectado.

Cash tragó. Sus ojos se agrandaron y miró por el agujero al interior del bar. Una mujer de pelo oscuro, delgada y con huesos de aves, limpiaba los charcos del mostrador, arrastrando el cristal roto al cesto de basura con su trapo. Miré hacia atrás Cash y vi el miedo.

Si le entraba el pánico, la multitud se dispersaría e infectaría a la mitad de la ciudad.

Mantuve mi voz tranquila. -Si quieres que ella viva, haz que todos entren de nuevo en el bar y evita que se marchen. Átalos si es necesario, porque si se marchan, vamos a tener una epidemia. Una vez que la gente esté retenida, llama a Biohazard. Díles que Kate Daniels dice que tenemos una María. Dales la dirección. Sé que es duro, pero hay que estar tranquilos. No entres en pánico.

-¿Qué vas a hacer?

-Voy a tratar de contenerlo. Voy a necesitar sal, todo el que tengais. Madera, queeroseno, alcohol, lo que tengas que pueda arder. Tengo que construir una barrera de fuego. ¿Tiene mesas de billar?

Se me quedó mirando, sin comprender.

-¿Tiene mesas de billar?

-Sí.

Dejé caer mi capa en la cuesta. -Por favor, tráeme la tiza. Toda.

Cash se alejó de mí y habló con los gorilas. -Muy bien-, gritó el portero más grande. -Todo el mundo de nuevo al bar. Una ronda por cuenta de la casa.

La multitud se dirigió a la barra a través del agujero en la pared. Un hombre vaciló. Los guardias se movieron sobre él. -En la barra-, dijo Vik.

El hombre levantó la barbilla. -Vete a la mierda.

Vik le hundió un golpe rápido y duro en sus entrañas. El hombre quedó doblado por la mitad, y el portero más grande lo colgó de su hombro y se dirigió de nuevo al caballo de acero.

Dos minutos más tarde uno de los guardias salió con un gran saco de sal y luego corrió hacia la barra. Corté la esquina de la bolsa y empecé a dibujar un círculo de tres pulgadas de ancho alrededor del poste. Cash salió del agujero de la taberna llevando algunas cajas rotas, seguido por la mujer de pelo oscuro con una gran caja. La mujer dejó la caja de madera. Llena de cuadros azules de tiza de billar. Bien. -Gracias.

Ella alcanzó a ver de Joshua en el poste. La sangre huyó de su rostro.

-¿Has llamado a Biohazard?- Le pregunté.

-El teléfono no funciona-, dijo Cash suavemente.

-¿Puede ser que algo me vaya bien hoy?

-¿Tiene que cambiar las cosas?- Preguntó Cash

-Cambió una solución a corto plazo en una defensa a largo plazo. -Voy a tener que trabajar más para hacerlo que para decirlo.

Terminé el círculo de sal, tiré la bolsa y empecé a poner la madera en otro círculo alrededor del poste. El fuego no se mantendría indefinidamente, pero me compraría algún tiempo.

La pelusa de color carne probó la sal y la encontró deliciosa. Imaginé. No me sentía diferente, y yo era la más cercana al cuerpo, por lo que sería el primera en caer. Un pensamiento reconfortante.

Cash habían roto algunas botellas, y arrojaron sus contenidos en las cajas, empapando la madera con el licor y el queroseno. Una cerilla, y el anillo de madera estalló en llamas.

-¿Es eso todo?-, Preguntó Cash

-No. El fuego lo enlentecerá, pero no por mucho tiempo.

Parecía como si los dos estuvieran en su propio funeral.

-Todo va a estar bien.- Kate Daniels, agente de la Orden. Nosotros nos ocupamos de sus problemas de magia, y cuando no podemos, os mentimos en la cara. -Todo va a salir bien. Vosotros entrad ahora. Mantened la paz y seguid intentándolo con el teléfono.

La mujer rozó la manga de Cash con sus dedos. Se giró hacia ella, le acarició la mano, y juntos regresaron a la taberna.

La pelusa se arrastró hasta la mitad a través de la sal. Empecé a cantar, pasando por toda la lista de conjuros de purificación. La magia se construyó a mí alrededor, lentamente, como algodón de azúcar sinuoso en la aguja de mi cuerpo y que fluyó hacia el exterior, alrededor del círculo de la llama.

La pelusa alcanzó el fuego. La primera que lamió las tablas sacó zarcillos de color rosado, y se fundió en negro con un silbido débil. Las llamas aparecieron con el hedor nauseabundo de la quema de grasa. Así es, hijo de puta. Vete al infierno detrás de mi fuego. Ahora sólo tenía que mantenerse quieto hasta que terminase el círculo primer pabellón.

Mientras realizaba los canticos, cogí la tiza de billar y dibujó el primer glifo.
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