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Nihil Obstat

P. Fortunato Pablo

Prior Provincial

Agustino Recoleto
Imprimatur

Mons. José Carmelo Martínez

Obispo de Chota (Perú)
P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.

LIMA – PERÚ


2004
ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN........................................................................................2

PRIMERA PARTE: EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO



La vida. La enfermedad.............................................................................5

Mensajes de Dios. Nuestra Madre la Iglesia............................................9

Carta del Papa Juan Pablo II. Palabras de los santos..........................15

El sufrimiento nos lleva a Dios. Ofrecimiento del dolor.......................20

¿Seres inútiles? Sé agradecido. Aprovecha el tiempo.........................27

Los ancianos. Parábola de las huellas en la arena...............................35

Parábola del hombre servicial. Parábola del juicio final......................42

Jesús es su nombre. Sufrir por los demás............................................46

SEGUNDA PARTE: AMOR SANADOR



El amor sana. ¿Te amas a ti mismo? Dios te ama................................55

Abandono total. Testimonios. Vidas ejemplares..................................66

Jesús sana hoy. El amigo de Jesús............................................ ........102

TERCERA PARTE: REFLEXIONES Y ORACIONES



Las manos de Dios. El día en que Dios se equivocó.........................110

Un niño subnormal. Dios responde.....................................................114

No te desanimes. Arriésgate a vivir.....................................................116

Vivir es amar. Siempre adelante...........................................................122

Carta del hermano Roger de Taize. Dile Sí a la vida...........................128

Vive para los demás. Ayuda a Cristo en los que sufren.................... 131

La comunión de los santos. Para reflexionar......................................137

A los familiares. Carta a un enfermo....................................................140

Oraciones. Oración de san Agustín......................................................146

El dolor. Felices ustedes........................................................................157
CONCLUSIÓN..........................................................................................161
BIBLIOGRAFÍA........................................................................................163

MÁS ALLÁ DEL SUFRIMIENTO
INTRODUCCIÓN
Este libro quiere ser una respuesta de fe para todos aquellos que sienten en su vida la espina del sufrimiento. Para muchos hombres, el sufrimiento es algo absurdo y sin sentido que debe desaparecer de la faz de la tierra. Pero lo cierto es que, mientras exista el hombre, existirá el sufrimiento. Podrán superarse algunas enfermedades, pero vendrán otras. Además, siempre habrá accidentes y hombres malos, que harán daño a los demás. El sufrimiento es parte integrante de la vida humana. Debemos saber convivir con él y no verlo como un enemigo, sino como un mensajero que llega de parte de Dios para decirnos algo importante. El sufrimiento toca la puerta de nuestra vida y nos habla de nuestra debilidad y de la posibilidad de ofrecerlo con amor para que sea una escalera, que nos acerque más fácilmente a Dios. Nos puede elevar. Nos puede hundir. Depende de nosotros.
¿Alguna vez el dolor ha llamado con fuerza a la puerta de tu vida? ¿Has sentido alguna vez toda la impotencia de tu ser humano y toda tu debilidad ante un acontecimiento que no puedes evitar? ¿Has sufrido en carne propia la muerte de un ser querido por una enfermedad? ¿O por un accidente? ¿O quizás, porque lo han matado injustamente? ¿Tienes alguna enfermedad incurable o muy grave? ¿Te has rebelado contra Dios? ¿Lo sigues amando, a pesar de todo?
Dios quiere hablarte a través de estas páginas. Léelas con detenimiento y con fe. Sin fe nada tiene sentido y, tu misma vida, no valdría la pena seguir viviéndola. Pero, si crees y amas, te darás cuenta de que ante el sufrimiento nada está definitivamente perdido. Y que Dios te espera como un Padre más allá de la muerte para abrazarte con todo su amor y darte una recompensa eterna de felicidad. Nada está perdido; mientras hay vida, hay esperanza. Pídele a Dios la salud, si estás enfermo; pídele amor y paz, si estas sufriendo la enfermedad o la muerte de un ser querido. Pero no pierdas la fe y confía en Dios.
Les dedico este libro a todos los que sufren en el cuerpo o en el alma. Que sean amigos de Jesús y encuentren en Él un apoyo en su debilidad y sean capaces de ofrecerle sus sufrimientos con amor por la salvación del mundo.

PRIMERA PARTE
EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO
En esta primera parte, vamos a dar algunas orientaciones para entender el sentido profundo del sufrimiento en el plan de Dios y cómo no es algo absurdo y sin sentido, sino un tesoro, que Dios pone en nuestras manos, si sabemos aceptarlo con amor. Para ello, veremos algunos textos bíblicos, textos del Magisterio de la Iglesia y lo que dicen algunos santos.
LA VIDA
La vida hay que vivirla en una perspectiva de eternidad. Si sólo pensamos en los cuatro días de este mundo, entonces, lo más lógico es que sólo pensemos en divertirnos y gozar de la vida. Pero, al final, habremos perdido nuestro tiempo y nuestra vida. Y ¡qué tristeza se sentirá en el último momento, cuando uno se dé cuenta de haber vivido solamente para este mundo, sin pensar en la eternidad que nos espera!
Además, el tiempo pasa tan rápidamente que los que ahora son jóvenes, dentro de muy poco tiempo, serán mayores y, en seguida, serán ancianos. Por eso, hay que pensar en el más allá, sin descuidar trabajar en el más acá. Pero hay que vivir para la eternidad.
Muchos hombres malgastan su vida en placeres y aventuras. Muchos pierden su tiempo en no hacer nada o trabajar tanto que no tienen tiempo ni para pensar. Y quieren ser siempre jóvenes. Pareciera que sólamente los jóvenes tienen derecho a vivir. Porque a los ancianos y a los enfermos se los margina como seres de segunda clase, como si tuvieran menos valor. Pero el valor del ser humano no está en su juventud ni en su dinero ni en su apariencia ni en sus títulos, sino en su corazón. Un hombre, con el corazón lleno de amor, vale inmensamente más que un hombre vacío por dentro, que va sin rumbo y cuya vida no tiene sentido.
Por eso, vive tu vida en plenitud, vive tu vida con ilusión, vive tu vida con amor. La vida es un regalo de Dios, un tesoro que Dios te ha entregado para que puedas crecer en su amor. La vida es como un libro en el que cada día debes escribir las páginas más hermosas. No importa, si estás enfermo en un lecho o si estás en una silla de ruedas, tu vida vale tanto para Dios como la de cualquier ser humano, que camina por la calle y está trabajando todo el día. Tu vida vale tanto como tu amor. Cuanto más amas, más vales para Dios.
Tu vida es de Dios, no lo olvides, y a Dios debe volver. Tu vida sólo tendrá sentido en la medida en que vivas con amor por Dios y para Dios, sólo así te realizarás como persona y serás, de verdad, plenamente feliz.
LA ENFERMEDAD
La enfermedad es un tesoro para el que sabe amar. El hombre, que no ha sufrido, no sabe lo que es amar de verdad, porque el sufrimiento es el alma del amor y el amor tiene las raíces en forma de cruz. Cuanto más amas, más capacidad tienes para sufrir por la persona que amas. Y yo te pregunto: ¿Cuánto amas tú a Dios? ¿Cuánto eres capaz de sufrir por Él? ¿Eres capaz de dar tu vida por su amor como los mártires? Cuando el dolor llame a tu puerta, no te rebeles contra Dios, ofréceselo con amor. El sufrimiento con amor es la perla más preciosa que puedes ofrecer a tu Padre Dios.
Por eso, te digo a ti, hermano enfermo; a ti que estás desconcertado ante la injusticia de la vida, a ti que caminas de la mano con el sufrimiento desde tu nacimiento, a ti que te preguntas sobre el sentido de tu vida; a ti que estás cansado de la compasión de los demás y te sientes inútil y deseas morirte para que todo esto se acabe de una vez. A ti, hermano enfermo, te digo de parte de Dios, que tu vida es preciosa a sus ojos. Él tiene contados hasta los pelos de tu cabeza, como dice Jesús. No te lamentes ni llores amargamente por tu mala suerte. Piensa que “Dios todo lo permite por nuestro bien” (Rom 8,28).
Me preguntarás: ¿Por qué Dios me ha castigado de esta manera? ¿Por qué tengo que sufrir esta enfermedad incurable? ¿Hasta cuándo? ¿Por qué Dios se ha llevado a mis seres queridos? ¿Por qué? ¿Por qué? Y podrías seguir preguntándome muchas más cosas. Yo no puedo responderte. Sólamente Jesucristo, que sufrió más que tú, que es tu Dios y te ama infinitamente, podría responderte.
Hermano enfermo, escúchame, quiero hablarte al corazón, con sinceridad. Una de las penas más grandes que puedes sufrir es tu soledad. Ya sé que los demás no pueden comprender la profundidad de tu dolor interior al sentirte inútil y sin ganas de vivir. Pero Jesús, que ha sufrido más que tú, sí puede entenderte. Acude a Él en este mismo instante y dile que te abra los ojos del alma para que puedas comprender el sentido de tu vida y de tu dolor. Dios tiene para ti una misión especial, que no ha encomendado a ningún otro. Quizás sea una misión poco brillante, quizás sea oculta y oscura a los ojos del mundo, pero no por ello, menos importante. Tú vales infinitamente para Dios. Jesús murió por ti y te ama infinitamente. No te desanimes, no pienses en el suicidio. Mira a lo alto, mira a Jesús clavado en la cruz y dile:
Señor, gracias por mi vida. Gracias por haber muerto por mí en la cruz. Gracias por tener un plan maravilloso para mí. Gracias porque a pesar de todas mis rebeldías y de todos mis miedos y rechazos, Tú sigues teniendo paciencia conmigo y me amas a pesar de todo. Gracias, porque me has hecho así. Gracias, Señor. Te ofrezco mi vida y te ofrezco mi amor con todos los besos y flores de mi corazón. Amén.

MENSAJES DE DIOS
Dios nuestro Padre nos habla a través de la Biblia para hacernos entender el sentido del dolor y para que no caigamos en la tentación de creer que es un castigo, como creían los antiguos judíos. Cuando Jesús vio al ciego de nacimiento, los discípulos le preguntan: “Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego? Contestó Jesús: Ni pecó él ni sus padres, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él” (Jn 9,2-3).

En otra oportunidad, “se presentaron algunos que le contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilatos con la de los sacrificios que ofrecían, y respondiéndoles dijo: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los otros por haber padecido esto? Yo os digo que no. Y aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿creéis que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no y que, si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis” (Lc 13,1-5).
Como vemos, Jesús nos está diciendo que los que mueren por accidente u otras causas violentas, no necesariamente son más culpables que los demás, como si la muerte prematura fuera un castigo de Dios. Más bien, vemos que Jesús, con su vida y con su muerte, nos consigue la salvación para darnos a entender el valor redentor del sufrimiento.
Por eso, san Pablo es capaz de decir: “Me alegro de mis padecimientos por vosotros. Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y, aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20).
Nos dice también: “En cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6,14). “Y gustosamente continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual, me complazco en las enfermedades, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en los aprietos por Cristo, pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Co 12,9-10). Y: “tengo por cierto que todos los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación de la gloria que se ha manifestado en nosotros” (Rom 8,18).
Y sigue diciéndonos: “Todo lo puedo en Aquél (Cristo) que me fortalece” (Fil 4,13). “Sufro, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado” (2 Tim 1,12). El mismo Cristo nos dice claramente: “El que quiera ser mi discípulo que tome su cruz de cada día y me siga” (Lc 9,23). ¿Estás dispuesto a seguir a Cristo con tu propia cruz?
Si no puedes soportar tu sufrimiento, mira a Cristo crucificado y lee en Isaías 52,13-53,12:
“Tan desfigurado estaba que no parecía un hombre… Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento… Fue Él quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores… Dios cargó sobre Él los pecados de todos… Fue maltratado y no abrió la boca. Como un cordero fue llevado al matadero y como oveja muda ante los trasquiladores… En la muerte fue igualado a los malhechores, a pesar de no haber cometido maldad alguna y no haber mentira en su boca… Fue contado entre los pecadores, llevando sobre sí los pecados de muchos e intercediendo por los pecadores”.
Ahora lee el Evangelio:
Los que lo custodiaban se burlaban de Él y lo maltrataban” (Lc 22,63). “Lo desnudaron y le pusieron sobre su cabeza una corona de espinas y se burlaban de Él… y escupiéndole le herían con la caña en la cabeza” (Mt 27,29-30).
Y tú ¿cuántas veces lo has maltratado y te has burlado de Él y hasta lo has crucificado con tus pecados? Por eso, pídele perdón, míralo crucificado y dale tu consuelo y tu amor. Pero no olvides que tu sufrimiento por sí mismo no vale nada. Solamente vale, cuando lo ofreces con amor y por amor a Dios y a los demás. Por eso, Cristo desde su cruz, te invita a unirte a Él y a ofrecerte con Él por la salvación del mundo. Lo cual no quiere decir que, cuando estés enfermo, no debas ir al médico. Sí, debes poner todo lo posible de tu parte para sanarte, si estás enfermo; pero, cuando sufres a pesar de todo, debes ofrecerlo y no desperdiciar tantas bendiciones que Dios te puede dar a través del sufrimiento aceptado y ofrecido con amor.
Tu Padre Dios te dice: “Hijo mío, si estás enfermo, no te impacientes, ruega al Señor y Él te curará. Huye del pecado y purifica tu corazón de toda culpa. Da tus ofrendas… Y llama al médico, porque el Señor lo creó y no lo alejes de ti, pues te es necesario. Hay ocasiones en que logra acertar, porque también él oró al Señor para que le guiara para dar salud y vida al enfermo” (Eclo 38,9-14).
Y, cuando sufras demasiado y ya no puedas soportar tanto dolor, escucha a tu Padre Dios que te dice: “No tengas miedo, yo te llamé por tu nombre y tú me perteneces. Si atraviesas las aguas, yo estaré contigo; si pasas por el fuego, no te quemarás. Porque yo soy Yahvé, tu Dios. Y eres a mis ojos de gran precio, de gran estima y yo te amo mucho. No tengas miedo, porque yo estoy contigo” (Is 43,1-4). O lo que dice Jesús a Jairo, cuando muere su hija: “No tengas miedo, solamente confía en Mí” (Mc 5,36). Y, en todo momento, Él nos promete alivio y consuelo en nuestro dolor: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré… y daré descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-30).
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