Sinopsis Celia Vallerand, recién casada con un aristócrata, reza para que la liberen de las garras de los sangrientos piratas que la raptaron cuando iba en barco camino de Nueva Orleans.






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títuloSinopsis Celia Vallerand, recién casada con un aristócrata, reza para que la liberen de las garras de los sangrientos piratas que la raptaron cuando iba en barco camino de Nueva Orleans.
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Lisa Kleypas

Solo con tu amor
Pamela Bergeron con amor...

Carpe Diem

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

Sinopsis

Celia Vallerand, recién casada con un aristócrata, reza para que la liberen de las garras de los sangrientos piratas que la raptaron cuando iba en barco camino de Nueva Orleans. A pesar de la escasa estima que siente por su vida, y dando por segura la muerte de su amado esposo, la hermosa y reservada muchacha francesa teme por encima de todas las cosas al elegante bucanero que ha arriesgado su vida para poseerla: el más famoso pirata del Caribe, al que todos llaman Grifo. Aunque no quiera reconocerlo, Celia siente que el rudo renegado despierta en ella deseos tan peligrosos como irresistibles. Pero él es, en realidad, un hombre atrapado en una trama de engaños, que esconde un secreto que podría privarle del amor de la joven que ha encendido su pasión y esclavizado su corazón…

Prólogo

Golfo de México

Abril de 1817
Yacían juntos en el desvencijado lecho, escuchando el crujir de las maderas del barco. Apoyada en el pecho de su marido, Celia observaba con leve melancolía la decoración del elegante camarote. En los largos días de travesía transcurridos desde su partida de Francia, el camarote se había convertido en una especie de refugio para ella, un lugar del que no le apetecía salir. En Nueva Orleans la esperaba un mundo totalmente diferente, y no estaba convencida de estar preparada para afrontarlo.

—Hemos llegado al Golfo —dijo Philippe, y la apartó de su pecho para incorporarse. Los músculos de su espalda se tensaron cuando estiró los brazos—. El viaje toca a su fin, cariño. Supongo que esta misma noche estaremos en nuestro hogar.

—Nuestro hogar —repitió ella forzando una sonrisa.

Philippe advirtió su falta de entusiasmo y se volvió para mirarla a los ojos, colocando las manos a ambos costados de su menudo cuerpo. Con un deje de timidez, ella se arregló el cuello del camisón y tiró de la sábana para cubrirse el pecho.

—Celia —dijo él con ternura—, no tienes nada que temer. Nueva Orleans te encantará. Y no te costará nada querer a mi familia.

—¡Ojalá pudiese estar igual de segura de que ellos también van a quererme!

La familia de Philippe era una de las más renombradas de Nueva Orleans. Su padre, Maximilien Vallerand, era un hombre poderoso, un acaudalado aristócrata criollo muy influyente en el ámbito político. Además de su plantación, poseía un pequeño pero rentable negocio naviero. De hecho, el buque en que viajaban, el Golden Star, era uno de los barcos mercantes de Vallerand.

—Ya te quieren —dijo Philippe con una sonrisa—. Lo saben todo sobre ti. Cuando acabé los estudios en Francia y regresé a Nueva Orleans, no hice otra cosa que hablar de ti. Y les leí tus cartas...

—¡Philippe! —exclamó ella al tiempo que se sonrojaba. Siempre le había costado expresar sus emociones. El mero hecho de pensar que Philippe había aireado sus sentimientos íntimos ante su familia...

—Por supuesto, una versión cuidadosamente adaptada de tus cartas —repuso él con una sonrisa cariñosa—. Ciertos pasajes me los reservé sólo para mí.

Celia alzó la mirada. La persuasiva sonrisa de su marido siempre la cautivaba. Él había sido el único hombre en su vida capaz de ver más allá de su timidez. Amable y paciente, le había hecho concesiones como nadie antes. Otros hombres se habían sentido atraídos por su belleza, pero después topaban con el muro de su retraimiento. Nadie había sabido ver que se trataba de miedo, no de indiferencia, lo que la llevaba a mostrarse tan desmañada y reservada. Pero a Philippe le había importado bien poco que no fuese coqueta o seductora.

—¿Le explicaste a tu familia que soy... una vieja solterona? —preguntó.

Philippe dejó escapar una carcajada.

—Tener veinticuatro años no convierte a nadie en viejo, chérie.

—¡A una mujer sí!

—Podrías haberte casado hace años de haberlo deseado.

—Se inclinó hasta alcanzar la suave curva de su cuello—. Eres una mujer hermosa, Celia. No tienes excusa alguna para ser tan vergonzosa.

—No soy hermosa —replicó ella con brusquedad.

—Sí que lo eres. Extraordinariamente hermosa. —Le acarició el cabello, que destellaba a la luz plateada de la luna, y clavó la mirada en sus ojos castaños. Le dio un ligero beso, apenas un roce de labios—. Y aunque no lo fueses, yo te adoraría igualmente.

Celia sintió una profunda dicha al mirar a su marido. A veces le costaba creer que fuese suyo. Era tan apuesto, con aquella tupida cabellera y sus ojos azules. Jamás habría soñado que pudiese existir un hombre tan fuerte y a la vez tan tierno como él.

—Je t'aime —dijo con amorosa ternura.

—No, no —la corrigió él con una sonrisa—. A partir de ahora, en inglés. En la casa de los Vallerand se usa al menos en la misma medida que el francés.

Celia frunció el entrecejo con fingida indignación y le respondió con un defectuoso inglés:

—Pero... en francés mejor suena.

—Sí, tienes razón —coincidió Philippe con otra sonrisa. Con cuidado, le tomó la sábana de las manos y la deslizó hasta sus caderas. Ella se tensó y él rió entre dientes antes de acariciar su cuerpo apenas cubierto—. ¿Sigues sintiendo vergüenza conmigo?... No voy a permitirlo, chérie. Ahora ya me conoces lo suficiente para saber que nunca te haré daño.

—Te... te conozco sólo por tus cartas y tus visitas de cortesía —dijo ella casi sin aliento, sintiendo la exploración de aquella cálida mano—. Pero no hemos pasado mucho tiempo a solas, Philippe, y... —Se interrumpió cuando él le acarició un pecho por encima de los pliegues del camisón.

—¿Y?—susurró él mirándola a los ojos.

Temblorosa, ella le rodeó el cuello con los brazos, olvidando al instante lo que pensaba decir.

Los labios de Philippe se curvaron ligeramente.

—He sido tan paciente contigo porque te amo con todo mi corazón. Pero además te deseo, Celia. Ha sido una tortura dormir contigo en la misma cama sin llegar a convertirte realmente en mi esposa. Tomamos los votos y me perteneces hasta que la muerte nos separe. Pero tú me pediste que esperase, y yo acepté porque no quería que tuvieses miedo de mí... o de las intimidades que íbamos a compartir. —La besó en la frente—. Ya hemos esperado más que suficiente, ma chére.

—Yo... yo siento lo mismo, pero...

—¿Sientes lo mismo? No lo creo. Tendrás que demostrármelo. —Inclinó la cabeza y la besó.

Ella protestó sin mucha convicción, consciente de que finalmente la paciencia de su marido se había agotado.

—Philippe, has sido tan atento...

—Ya no quiero serlo, cariño. Ahora quiero a mi esposa. —Sus manos se deslizaron por aquel cuerpo deseable, abarcando los pechos, tirando del arrugado camisón—. Demuéstramelo, Celia —susurró contra su cuello. Ella se estremeció ante el roce de aquel mentón sin afeitar y volvió su boca hacia él.

De repente, llamaron con apremio a la puerta del camarote.

—¡Monsieur Vallerand! ¡Monsieur! —gritó un joven aspirante a oficial al tiempo que aporreaba el panel de caoba. Su voz rezumaba pavor.

Cuando su marido se levantó presuroso, un escalofrío de miedo recorrió a Celia. Philippe, sin los pantalones o siquiera una bata, entreabrió la puerta unos centímetros.

—¿Qué pasa? —preguntó lacónico.

—Señor, me envía el capitán Tierney para que le avise... —dijo el muchacho casi sin resuello—. Vimos una goleta americana que parecía en apuros y nos acercamos para echarles una mano... Pero entonces izaron la bandera de Cartagena.

Antes de que Philippe pudiese responder, el muchacho se alejó gritando. En el pasillo se oyó un estallido de ruido y movimiento.

—¡Abordaje! —gritó alguien—. ¡Están abordándonos por la proa, a estribor!

Celia oyó el fragor de disparos y el entrechocar de espadas que llegaba desde cubierta. ¡Estaban atacando el barco! Asustada, se llevó la mano a la garganta y sintió el pulso del corazón.

—Piratas —logró decir con estupor.

Philippe no la contradijo.

A Celia se le agolparon los pensamientos. Había oído hablar de barcos bajo el pabellón de Cartagena que asaltaban a los buques españoles. Surcaban las aguas del Golfo, el canal de las Bahamas y el Caribe. Había oído historias referentes a sus tropelías y su crueldad, sobre cómo torturaban a sus víctimas y las cosas horribles que hacían a las mujeres. El miedo creció en su interior y le costó tragar saliva. No, no podía ser cierto, pensó. Se trataba de una pesadilla... ¡Tenía que ser una pesadilla!

Philippe se puso a toda prisa los pantalones, las botas y una camisa blanca.

—Vístete —se limitó a decirle a su esposa, y se abalanzó hacia el armario de palo de rosa donde guardaba las pistolas.

A Celia le castañeteaban los dientes cuando se levantó, olvidándose de sus maneras retraídas y arrastrada por la precipitación. Rebuscó en el arcón donde guardaba parte de su ropa y sacó un vestido de damasco azul. Casi desgarró el camisón al sacárselo, y se puso el vestido de cualquier manera, sin importarle que no llevaba ropa interior. Su pálido y sedoso cabello se alborotó, cayéndole en largos mechones hasta la cintura, sobre el cuello y la cara. Mientras buscaba una cinta para recogerse el pelo, oyó los estremecedores gritos que llegaban de arriba, y sus temblores se agudizaron.

—¿Cómo es posible que pase algo así? —se oyó decir a sí misma—. ¿Cómo es posible que el capitán no se diese cuenta de que eran piratas? ¿Por qué no hemos disparado nuestros cañones?

—Demasiado tarde para los cañones. Por lo visto, ya nos han abordado.

Philippe le puso algo en la mano. Celia bajó la vista al notar el peso del frío metal en la palma. Su marido acababa de entregarle una pistola para duelos, ¡un arma de fuego! Lentamente, alzó la vista para mirarlo a los ojos.

Él había adoptado una expresión extraña: estaba alerta, atemorizado y en guardia. Celia supuso que ella parecía aturdida, porque él la sacudió con suavidad, como si pretendiese despertarla.

—Celia, escúchame. La pistola es de un solo disparo. Si entran aquí... ¿entiendes lo que tendrás que hacer?

Ella asintió ligeramente; apenas le llegaba aire a los pulmones.

—Buena chica —murmuró él, y le tomó la cara entre las manos para besarla con fuerza.

Ella aceptó con docilidad la presión de sus labios, todavía anonadada ante la constatación de que todo aquello era real. Todo iba demasiado deprisa... no había tiempo para pensar.

—Di... dime que todo irá bien —tartamudeó agarrando a su marido por la camisa—. Philippe...

Él la estrechó entre sus brazos.

—Por supuesto que sí—dijo con la boca pegada a su cabello—. No te preocupes, Celia. Yo... —Se detuvo abruptamente y la abrazó una vez más antes de soltarla. Dio un paso atrás y se volvió para salir del camarote.

En silencio, los labios de Celia formaron su nombre: «Philippe». Al alejarse, las sombras de la escalera lo envolvieron. Y no miró atrás. Ella tuvo una horrible premonición.

—Mon Dieu, jamás volveré a verte —musitó, y cayó de rodillas temblando.

Cerró la puerta a duras penas y después retrocedió hasta un rincón del camarote sujetando la pistola contra el pecho.

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Capítulo 1

Menos de diez minutos después cesó todo el fragor del combate, aunque cientos de pasos aporreaban la cubierta. Celia permaneció en el camarote, a pesar de lo mucho que deseaba salir y enterarse de qué había pasado. Lo único que podía hacer era esperar con aterrada expectación.

Se estremeció al oír pasos que descendían por la escalera. Alguien intentó abrir la puerta.

—¡Está cerrada con llave! —bramó una voz.

Celia dio un salto cuando un objeto contundente golpeó la puerta astillando el fino panel de madera. Con decisión, amartilló la pistola. Otro golpe y las bisagras rechinaron.

La joven se secó el sudor frío que perlaba su rostro. Se llevó el cañón de la pistola hasta la sien. Al notar el contacto del metal, su cabeza se convirtió en un hervidero de pensamientos. Si Philippe había muerto no quería seguir viviendo. Y si no usaba el arma para acabar con su propia vida en ese momento, tendría que afrontar un horrible destino en manos de aquellos crueles bandidos del mar. Pero algo en su interior se rebeló ante la idea de apretar el gatillo. Respiró hondo y relajó la mano.

La puerta acabó cediendo. Paralizada, Celia observó a los dos hombres que irrumpieron en el camarote, ambos morenos y desaliñados. Llevaban el pelo recogido hacia atrás con pañuelos, lucían barba de varios días y sus caras estaban bronceadas por el sol. El más bajo empuñaba una corta espada curva y el otro, un garfio de abordaje manchado de sangre.

El hombre de menor talla, aunque de aspecto duro, bajó la espada, se relamió y le dedicó una mirada penetrante.

—Bajad el arma—ordenó con marcado acento americano, haciendo un gesto hacia la pistola.

Celia no pudo responder. «Hazlo ahora —insistió su mente—. Acaba con todo...» Pero lo que hizo fue bajar el brazo. Sintió una punzada de odio hacia sí misma por ser demasiado cobarde para quitarse la vida.

—Voy a tomar mi parte del botín ahora mismo —le dijo un pirata al otro. Entreabrió la boca, mostrando una dentadura amarillenta, y echó a andar hacia ella.

Como guiada por una fuerza ajena, Celia alzó la pistola y apretó el gatillo. La bala que tendría que haber puesto fin a sus días se hundió en el pecho de aquel hombre. Una mancha carmesí fue extendiéndose por su sucia camisa. La sangre salpicó en todas direcciones y Celia se oyó gritar cuando el hombre cayó a sus pies.

—¡Maldita zorra! —Furioso, el otro pirata la agarró del brazo y la lanzó contra un tabique.

La pistola cayó de su mano y su cabeza golpeó contra la dura madera. Casi perdió el conocimiento, sumiéndose en una niebla gris. Gimoteó mientras tiraban de ella escaleras arriba hasta la cubierta, donde la arrojaron sobre el entarimado. Por todo el barco se oía ruido de voces, barriles y cajas trasladados de un sitio a otro. Un extraño olor se mezclaba con el del agua salada y la brisa marina.

Celia parpadeó con fuerza varias veces y logró sentarse. Vio cómo un pirata dejaba caer un cajón con pollos, parte de los animales vivos que el Golden Star llevaba para que la tripulación dispusiese de carne fresca. El cajón se rompió y las asustadas aves huyeron en todas direcciones, provocando carcajadas y exabruptos. Al observar la dantesca escena que la rodeaba, Celia se llevó una mano a la boca para contener las náuseas.

Había cadáveres por todas partes, con horripilantes heridas, miembros amputados y ojos vidriosos e inertes... La sangre corría por la cubierta. Reconoció algunos de los rostros sin vida: el tonelero de la embarcación, siempre tan alegremente ocupado con sus aros metálicos y sus tablas; el encargado de las velas; el cocinero; el muchacho que hacía las veces de sastre y zapatero; algunos de los oficiales con que Philippe se había sentado a la mesa. «Philippe»... Se lanzó frenéticamente hacia los cuerpos, desesperada por encontrar a su marido.

Un pie calzado en una bota la devolvió al suelo de la cubierta. Lloró de dolor cuando una mano la agarró por el pelo y tiró de ella hacia atrás. Inmóvil, clavó la mirada en los ojos más crueles que jamás había visto. El hombre, bien afeitado y de tez morena, tenía una mandíbula angulosa y su nariz era una marca de resolución en su bien dibujado rostro. Llevaba el cabello castaño rojizo recogido en una tirante coleta. Al contrario que los demás piratas, vestía ropas de calidad, sin duda confeccionadas a medida para su enjuta complexión.

—Me habéis costado uno de mis mejores hombres —dijo con sequedad—. Pagaréis por eso. —Evaluó su cuerpo de caderas estrechas y pecho escaso con una mirada fría. Ella intentó bajarse el dobladillo del vestido, que dejaba a la vista sus pies desnudos y sus pantorrillas. Él sonrió revelando una irregular dentadura—. Sí, le serviréis de entretenimiento a mi hermano André. —Le tiró otra vez del pelo haciéndola gemir de dolor—. André necesita una provisión constante de mujeres. Por desgracia, nunca le duran mucho.
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