De tanto ver como los niños de ahora, sólo pueden divertirse con juegos que tengan un mínimo de 400 megabites de tamaño, no podemos evitar recordar nuestra






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-LA VERDAD FUE, QUE NUNCA

NOS ABURRIMOS

Dr. Jaime Arias

De tanto ver como los niños de ahora, sólo pueden divertirse con juegos que tengan un mínimo de 400 megabites de tamaño, no podemos evitar recordar nuestra infancia donde el único programa disponible eran los meses del año. Nosotros disponíamos de un cronograma fantástico de juegos y actividades, siéndonos difícil recordar ahora su secuencia, pero nos sentimos obligados a transcribirlos a las nuevas generaciones, para que comparen los juegos de sus computadoras, con el espacio infinito en el que volaba nuestra niñez.

Antes de empezar con la descripción de los juegos, debemos señalar que cuando niños, todos teníamos "un barrio" y "un chino de la esquina", este último, era el proveedor acucioso de cuando insumo requiriéramos para el juego de turno y a quien siempre encontrábamos con su cigarrillo Inca o Nacional Presidente que le colgaba del labio, con una ceniza infinitamente larga y que nunca vimos caer.

Una cuestión previa, es el asunto de la regida o chuzada de manos, (" te la rijo o te la chuzo" ) que era la forma como decidíamos quien tomaba la iniciativa en cualquier juego; el regirla o chuzarla no era otra cosa que el japonesísimo enfrentamiento de manos que desplegaban las figuras de piedra, papel y tijera, y podíamos regir a la primera (a la seca) o a la tercera (a la yankenpó) según se considerase el que ganara en una sola chuzada de manos o el que ganaba más en tres, respectivamente.

El juego más universal sin lugar a duda fue el de las bolas (existen evidencias que ya se empezaban a jugar a fines del Neolítico), las mismas que eran de vidrio con incrustaciones de colores adentro como ojos de gato, o blancas con manchas (lechera), la que mejor suerte daba para la puntería era llamada la "lecheronga", existían además unas bolas más grandes llamadas "cholones" pero nunca las vimos participar en ningún juego especial, excepto para quiñar bolas, eran como obesas que observaban a las bolas normales jugar. Todas las bolas se guardaban en una bolsa de tela color tierra de lo más ecológica, con su lazo que la cerraba. Había dos juegos principales, -el primero era el del chimpli con sus dos variantes el chimpli puro y el chimpli con cuarta. Ambas variantes consistían en quiñar la bola del adversario, maniobra que exigía mucha de suerte y algo de puntería, se diferenciaban en que en el chimpli con cuarta, usábamos la medida de un palmo de la mano para acercar la propia bola a la del adversario, si tratábamos de hacer trampa haciendo la cuarta mas larga o adelantando la bola maliciosamente, nos acusaban de ser langueros: que no debíamos hacer langonas. También podía acordarse decir sali o no, antes de cada tirada. Si no se deseaban hacer una tirada definitiva sino una prueba, había que decir versi o versito. Si la bola quiñadora fallaba al quiñar bola adversaria y quedaba a menos de una cuarta de distancia, la bola que iba ser quiñada se convertía en quiñadora aplicando uno de dos severos castigos: la tirada a la Luna o la patada a la China. La tirada a la luna consistía en golpear con el dedo mayor flexionado, la propia bola. la misma que estaba detrás de la castigada, sujetadas ambas bolas entre el índice y el pulgar, todo ello conjuntamente con un movimiento pendular del brazo hacia adelante, y se disparaba al mismo tiempo nuestra bola contra la del adversario la que salía disparada ya que sujetábamos nuestra bola con las puntas de los dedos índice y pulgar impidiendo que siga el vuelo de la otra, con una envidiable coordinación psicomotora. La patada a la China era similar a la de tirada a la Luna, pero algo más fuerte, ya que se ponían las dos bolas debajo del zapato, y se pateaba la propia bola contra la del adversario y se retenía la propia en el zapato impidiendo que siguiera a la otra en su viaje a la China. Sin embargo existía una regla que permitía una especie de clemencia, por medio de la cual quien iba recibir uno de los mencionados castigos, solicitaba que se le aplicase el de la media chalaca o de chalaca de tu tamaño, según se arrojaba la bola quiñadora contra la bola adversaria, desde una altura de medio cuerpo o de cuerpo entero respectivamente, para este fin se empleaban los cholones. Se decidía que castigo se aplicaba, según quien fuese el jugador que mencionara el nombre del castigo deseado, al momento de constatarse si la bola estaban a menos de una cuarta de distancia.

Si por asuntos del juego, la bola atacante quedaba pegada a la atacada, eso se llamaba plantón, fatalidad que convertía al quiñador en víctima de cualquiera de los castigos mencionado, según se hubiese acordado previamente. Por lo general una recibía el quiñe o pagaba con una bola que no era la lecheronga. Donde el juego de las bolas llegaba a su máxima expresión era en el juego de los ñocos, en donde a la justicia de las reglas descritas se le agregaba un comienzo y final fijo. Los ñocos eran unos agujeros hechos en la tierra de unos 10 cm de diámetro y con 2 a 3 metros entre cada uno, si las distancias eran menores de un metro, entonces los ñocos eran del tamaño de la bola. El juego consistía en embocar la bola primero en el ñoco mas lejano, luego en el siguiente en cercanía y así sucesivamente hasta completar 3 vueltas (eran las raíces de los raylles todo terreno), podían ser ñocos con cuarta o sin cuarta, según se permitiera o no usar la palma como medida de distancia del punto de partida inicial de cada lanzada desde el ñoco. Si un jugador no había embocado ningún ñoco, era llamado moro, si ya había pasado una vuelta era llamado zapatero y si ya se iba a la última vuelta se le decía que cierra. Solo había un tiro por jugador por vez, uno podía obtener un tiro adicional si lograba quiñar la bola del otro, lo que además alejaba al adversario de los ñocos. Se podía hacer malilla, esto es enunciar una frase para darle mala suerte al adversario: Por aquí pasó Pilatos, haciendo mil garabatos. El juego terminaba cuando uno de los jugadores terminaba primero el circuito y cobraba las respectivas bolas a los adversarios.

El juego del trompo (a quien ya Virgilio le canta un poema en la Eneida), era realmente bello se iniciaba con la compra del trompo en el chino de la esquina, trompo hecho de huarango o naranjo, se le lijaba con lija fina y se le pintaba con franjas de colores, la punta era acentada raspándola contra el cemento de la vereda: se le ponía sedita, para que el trompo no saltase al bailar: no fuera carretón. Sin embargo podíamos tener trompos con puntas afiladas o con punta de hacha (como un formón), los mismos que se usaban para sacar quiñes a la volada o en el castigo final del juego de la cocina, respectivamente. Luego se conseguía una pita de pabilo trenzada que también se vendía en el chino. Lo primero era aprender a bailar el trompo, esto era enrollar la huaraca alrededor, la misma que tenía un nudo en un extremo, que retenía una chapa perforada de gaseosa, lo que permitía retener la huaraca entre el dorso del pliegue interdigital del anular y meñique. Luego se arrojaba al trompo con arte y oficio para que una vez que el trompo llegaba al extremo de la huaraca, se jalaba ésta. Acción que volteaba al trompo y caía de punta, dándonos nuestras primeras clases de las acciones de las fuerzas centrípetas y centrífugas con su giro y zumbidos perfectos. Podía jugarse habilidades con él: levantarlo con el índice a la palma de la mano y verlo bailar en ella, arrojarlo sobre una moneda para sacarla de un círculo en la tierra o en el cemento, empararlo en la mano sin que toque el suelo: empararlo a la volada, maniobra algo difícil pero no tanto como hacerlo bailar a lo largo de la huaraca. También podíamos jugar a los quiñes, arrojando el trompo sobre el trompo chantado del rival o luego de recoger el trompo con la mano, arrojarlo sobre el otro. Debido a que los quiñes al trompo chantado no saciaban nuestros angelicales impulsos sadistas), se ideó el juego de la cocina, en la que le arrojábamos nuestro trompo que bailaba en la mano de manera que empujábamos al trompo chantado, hasta un lugar dibujado en la tierra: la cocina, y si uno fallaba en uno de los lances uno quedaba chantado a su vez. Una vez que algún trompo llegaba a la cocina, era objeto de un número de quiñes previamente convenidos, estos quiñes podían darse ya sea golpeando el dorso del trompo, para que a la manera de punzón, sacarle un pedazo de madera al trompo cocinado: una lonja. Algún amigo tenía su bolsita o caja de trofeos, en donde guardaba las lonjitas sacadas de los trompos con el transcurrir de los años. El golpe se podía dar con la mano con una trompo normal o con un trompo grande ad - hoc (con las púas especiales ya descritas) o darlo con una piedra, siendo posible llegar a romper en dos al trompo rival, cuyo dueño de manera no reglamentaria soltaría desconsoladas lágrimas. Si bien el juego de la cocina tal vez parecía ser bastante sádico, por lo general uno usaba un trompo distinto para chantarse que para jugar, por lo que la tragedia no era tan grande.

Tal vez el más simple de los juegos, era el de los cartones, que eran las tapas de cartón con que venían las botellas de vidrio de la leche (PLUSA, UPA, por ejemplo), que eran sabiamente prensadas y secadas al sol, juntando uno todas las que podía, para luego jugar con otro amigo contra sus cartones. El juego consistía en que uno ponía su cartón: lo chantaba, encima de una de las tapas de hierro fundido, de las cajas de los medidores de agua, las mismas que tenían unos rombos en alto relieve equidistantes, de tal manera que siempre el cartón quedaba con un borde levantado, ante lo cual el adversario arrojaba su cartón de canto, procurando darle al cartón chantado en el borde para voltearlo con el golpe, si no lo lograba - ley de la vida - tenía que quedarse chantado y era a su vez susceptible de ser volteado, pero si lo lograba se adueñaba del cartón, y así sucesivamente. Esas manos negras del juego tal vez fueron nuestras mejores inmunizaciones. Recientemente ha aparecido una versión modera de este juego, ahora son discos de plásticos de dos pulgadas de diámetro con figuras estampadas a ambos lados y para voltearse los unos a los otros se arrojan cara contra cara.

Otro juego era el del run - run. Con un hilo de pabilo ensartábamos las tapas de botellas gaseosas: chapas o chapitas, que previamente se habían aplanado y biperforado con un clavo, de esa manera en medio del óvalo del pabilo quedaba la chapa, con sus bordes dentados y cortantes, sujetábamos al pabilo en sus dos extremos con los pulgares, luego girábamos en círculo al pabilo trenzándolo y al darles un movimiento de vaivén, comenzaba a girar la chapa a una velocidad vertiginosa, emitiendo su ruido característico y divertido, el mismo que solamente la física de la universidad pudo convencernos que se originaba en el pabilo y no en la chapa. Si queríamos emociones más fuertes, podíamos fantasear con una guerra de run runes, en la cual los dientes de las chapas se convertían en sierras voraces con las que se podía cortar el pabilo del run run adversario, nunca en realidad lo jugamos de esa manera, ni vimos nunca una guerra de run runes, como si la terrible advertencia familiar de niños tuertos por esas chapas voladoras , hubiese sido parte del juego y el run - run del sonido era la música con que nuestra imaginación acompañaba a la escena de la desgracia, cada vez que hacíamos un run - run para nunca hacer la guerra.

En cuanto al juego de los boleros habían dos tipos. El primer tipo era el bolero de madera, que consistía de un palo con una bola hechos de madera con una artesanía perfecta: torneado, pulido y laqueado. No sabemos por qué, pero le adjudicábamos una nacionalidad mejicana, la bola estaba unida por un pabilo al centro del palo y había que embocar el hueco de la bola mediante un balanceo pendular en la punta del palo, algo moderadamente difícil, pero que luego de algunos chinchones en la cabeza, podíamos aspirar a dominar. La siguiente habilidad consistía en embocar y desembocar el bolero con la pita acortada a la mitad y repetir la maniobra sucesivamente. Ganaba quien hacía más embocadas. El segundo tipo era el bolero de plástico, que consistía en una copita con una bolita unida por un pabilo, (los dioses en nuestra infancia eran el dios pabilo y la diosa tierra). No recordamos haberlo comprado, ya que solían venir como sorpresas dentro de los huevos de chocolate de Semana Santa. La maniobra consistía en embocar la bola en la copita, maniobra relativamente fácil, que de alguna manera indemnizaba a los que nunca pudieron dominar al bolero de madera.

Un juego sencillo consistía en hacer un teléfono de lata, uníamos dos latas de leche por medio de un pabilo largo, a cada una se le perforaba en el medio de una de sus bases y se le destapaba la otra. Total nos las pasábamos todo el tiempo diciendo a través del lado destapando ¿me oyes? y el otro lado respondía también ¿me oyes?

Ya un poco más complicada la cosa era la radio galena, que consistía en una radio artesanal, que contenía todos los elementos básicos de una radio transistorizada, ya que la parte más difícil de conseguir era la piedra galena, que era por así decir un transistor natural, ya que tenía la capacidad de convertir las ondas de radio en impulsos eléctricos que a su vez estimularan un audífono (similar a los usados por operadores de radio de los aviones o barcos de la segunda guerra mundial). Ya con la piedra galena y el audífono, solo necesitábamos de un condensador variable que proviniera del cadáver de un radio de tubos y un diodo, este último me parece que lo vendían en las ferreterías (¡!). Primero un alambre que hacía de antena, luego el diodo, luego el condensador variable (sintonizador), la piedra galena y al final los audífonos, y así en un área de un libro mediano, teníamos nuestro radio portátil de la época. Si no teníamos el condensador variable, se podía sintonizar diferentes estaciones, cambiando el punto de contacto del alambre de cobre sobre la piedra galena. Está demás decir que la calidad del sonido era horrorosa.

Pero el centro de la casa la constituía el radio de tubos tan grande como un televisor de ahora, con su tremendo parlante, su ojo mágico de sintonía y su dial con solo AM y en donde escuchábamos, la Voz de América (...la radio del Nuevo Mundo...), el Mundo en 10 minutos, el reporter Esso, La cajita de música y la Hora de la Melodía (¡Que tal amigos, les habla Jorge Pelaez Rioja...), Un programa de música italiana a mediodía (¿?), Tamakum: el vengador errante, Poncho Negro (Aqui viene Poncho Negro, el jinete más valiente y más audaz...), El Monje Loco, Tarzán, Los cuentos de las Mil y una noche, El Zorro Iglesias (...y al pobre Fernández, se le dijo, se le avisó, pero no hizo caso...), Loquibambia (para recontramatarse de risa), La Escuelita Nocturna, Radio Club Infantil (¿Maruja Venegas?), el Programa del tio Johnny (Johnny Salim) con sus cuentos narrados para niños y las canciones de Cri - Cri el Grillito Cantor (Gabilondo Soler), Pregón deporttivo (¿Oscar Artacho?), Radio Reloj, Radio Victoria (Carreras de Caballos de Augusto Ferrando), a las 7 p.m. transmitían “Los colosos del catch” desde el Coliseo cerrado del Puente del Ejército (con las luchas del Yanqui contra la Momia, etc) hasta la telenovela El Derecho de Nacer con Albertito Limonta y un sinnúmero de seriales.

También comenzamos la onda reproductora de música con el tocadiscos a cuerda y su altavoz y su aguja de acero que cuando se gastaba, pues de lo más ecológicos la volvíamos a afilar con una lija. Los discos eran sólo de 78 rpm de bakelita y con una canción por lado.

El rondín era el instrumento musical a la mano que era muy barato, que todos soplábamos pero que muy pocos sabíamos tocar.

En cuanto a lecturas, pues éramos insaciables lectores de las revistas de historietas o chistes: Pato Donald, Rico MacPato, Ciro Peraloca, Daisy y sus 3 sobrinos, El Lobo Feroz y lobito, Tribilín, Pluto, La pequeña Lulú, Periquita, Tuco y Tico, Chip y Dale, Supermán, Batman, Dick Tracy, La Mujer Maravilla, Mandrake el mago, Porky, el Pájaro Loco, Lorenzo y Pepita, Archie, Tom y Jerry, Piolín y Silvestre, Los Halcones Negros, Kid Dinamita, Supercholo, etc.

En las playas de piedras jugábamos a los patitos que consistía en arrojar piedras planas sobre la superficie del mar, ganaba quien lograba que la piedra diera más botes.

Otra actividad era la matineé del domingo, se iba al cine de barrio donde la entrada costaba sólo S/.2.70 (nuestras monedas eran el chico: 1 ctvo., el gordo: 2 ctvs. el medio: 5 ctvs. el real 10 ctvs y la peseta 20 ctvs), así que si uno conseguía S/. 5.00 de propina se la pasaba bomba con su chocolate sublime doble o su turrón Donofrio (la antípoda de los Turrones de almendra de Jijona) o sus Muniches (pasas bañadas en chocolates) o los toffees Vrovi, y nos alcanzaba para por lo menos dos de dichos dulces. Antes de cada película siempre nos pasaban 15 minutos de dibujos animados, si esto no se cumplía, pues toda la chiquillada comenzaba a zapatear en el piso hasta que se pasara el corto, (¡que INDECOPI, ni que Derechos de del Consumidor ni Defensor del Pueblo ni nada!). Veíamos todas las películas mejicanas habidas y por haber, las de caballería americana, en las que siempre al final la caballería aparecía para rescatar al joven y toda la platea zapateaba y aplaudía y gritaba o donde el final era un beso con un THE END encima, etc. También disfrutamos del Drive In o autocine donde se iba con toda al familia en carro a ver por ejemplo Drácula con Christopher Lee. Ya más adelante lo máximo era ir al Cine Metro, República o Roma y ya eran películas a colores y en estéreo.

Ya que estamos en eso de los dulces lo máximo era un Pezziduri de a litro en el PARISI de la Plaza Bolognesi que era hecho de vainilla, lúcuma y chocolate. En la carretilla Donofrio comprábamos el Pibe que era un conito de papel con helado de vainilla dentro que era consumido hasta chuparse todo el papel y convertirlo en una bolita diminuta. También teníamos el Alaska que era de vainilla forrado con chocolate y la Cassata similar al Pezziduri pero con forma de triángulo paralelepípedo con fruta confitada en el medio. También habían los que vendían revolución caliente (para rechinar los dientes), turrón amarillo con miel, sanguito (¿?), cocoliche (arroz con miel prensado en forma de paralelepípedo o suelto en canutos), la melcocha (un dulce de caramelo con ¿? rompe dientes), la manzana ácida con su baño de caramelo rojo, el arrocillo, el pop corn o palomitas de maíz, el algodón de azúcar, la gelatina china (gelatina neutra con miel de chancaca), yuquitas fritas, cachangas (tortilla crocante de huevo, harina y miel), la cocada o el coquito confitado, las habas, el maní o el maní confitado, etc.

En cuando a colecciones, se juntaban e intercambian chelis en el barrio o en el colegio, eran pedazos de películas de 35 mm., que conseguíamos en los cines, siendo sobrantes de las películas que cortaban. Eran objeto de intercambio y solíamos adivinar el significado de la escena del mismo. Igualmente juntábamos chapitas, en especial las de Kola Inglesa que al parecer las hacían con reciclando chapas, ya que cuando limpiábamos la tapa pintada de rojo con kerosene, aparecían otras impresiones debajo de otra marca de gaseosa americana. Por supuesto que también coleccionábamos álbums que llenábamos con figuritas de animales o banderas de paisse y que eran objeto de un intenso intercambio en el barrio o en el colegio, hasta llenar el álbum respectivo

Fue todo un acontecimiento la aparición del chicle bomba en forma de barras pegadas, y que venían con la figura de Henry en el lado interior del papel. Se le masticaba hasta poner dura la mandíbula, otros lo guardaban para usarlo otro día, pero siempre acababan pegados en las butacas de los cines, debajo de las mesas y las sillas.

Dentro del colegio había la guerra con liguitas en la cual una liga era enganchada entre los dedos índice y pulgar a manera de honda. Usábamos como proyectil un cuadradito de papel de 5 cm de lado enrollado firmemente por una de sus esquinas y doblado en el medio. Ya un poco más tecnificados hacíamos unas horquillas con alambre y con la liga como honda.

También había el Organillero de la Suerte con su mono o su lorito, que sacaban papelitos de la suerte.

Confeccionábamos pistolas de ganchos de colgar, los cuales eran desarmados y de manera ingeniosa cortábamos un extremo de una de las pinzas, las volteábamos y poníamos el resorte de forma que se enganchada en una ranura y ambas pinzas de sujetaban entre sí con una liga gruesa (de las que se usaban para sujetar las medias). Entre las pinzas se colocaba un palo de fósforo (que podía ir encendido), y al apretar el resorte, el extremo del mismo, sujeto por la ranura se soltaba y disparaba al palito. Pero sin duda el arma más potente creemos que era: el cañon de pepa de palta, que consistía en una carga de lapicero de metal que había sido previamente limpiado y cortada la punta, seguidamente con cada uno de los extremos se hacia un sacabocado en una pepa de palta, de manera que quedaba taponeado en sus dos extremos, luego se introducía con rapidez un alambre duro por uno de los extremos taponeados como una acción de pistón, haciendo que el tapón del otro extremo saliera disparado, y esa bala era la que más dolía en las distancias cortas.

Hacíamos también dardos con palos de fósforos, en la que amarrábamos cuatro palos de fósforos con hilo, y en un extremo le poníamos una aguja y en el otro insertábamos una cheli doblada que hacía de las alas del dardo. Con ellos practicábamos el tiro al blanco.

Un juego adecuado para jugarlo en plena clase, era combate, donde mediante coordenadas alfanuméricas ordenábamos ataques contra barcos y portaviones dibujados con cuadraditos en un gráfico con coordenadas del compañero, y cada ataque nuestro si daba en el blanco o no, se nos informaba e íbamos reconstruyendo en un mapa guía, la ubicación de las naves adversarias y a cada turno nuestro, le seguía un turno del adversario, y así sucesivamente.

Un juego también para dentro de la clase y cuyo nombre no recordamos (¿tutti frutti ?), el cual consistía en la confección de columnas, cada una de un género de cosas distintas, tales como nombre, país, animal, etc., y por turnos uno proponía una letra, la cual era la indicada para ver quien llenaba sus columnas mas rápido con sustantivos que comenzaran en dicha letra.

Una actividad normal e infaltable en el día, era el lonche su Milo o cocoa con leche fresca o Gloria y su chancay con mantequilla. Esto en verano era entre las 4:30 y 5:00 de la tarde, hora exacta en que pasaba el panadero. Como siempre caía dicha hora en lo mejor de los juegos, nos hacíamos los sordos, y nos caían los gritos de la mami o de la muchacha.

Existió un personaje al que llamábamos truquero, quien solía vender todo tipo de bromas y pasatiempos como las bombitas apestosas (con anhidrido sulfhídrico), caleidoscopios, etc. pero que su mas impresionante producto de venta eran sus globos, que el mismo fabricaba en la vereda con su mini laboratorio, en donde reaccionaba al ácido sulfúrico con las granallas de zinc, y el hidrógeno naciente de un solo viaje inflaba al globo.

Había un juego que se llamaba Mundo o Rayuela (que al parecer es bastante antiguo, universal y con diversas variantes). Era un juego por lo general mixto, con dos o más jugadores, y en el cual con una tiza o con un pedazo de yeso sacado de alguna pared, se dibujaba en la vereda una serie de cajones o cuadrados de 50 cm. por lado, uno después de otro, numerados el primero con el número 10, el segundo con el 20 y así hasta llegar a un círculo de unos 80 cm de diámetro que valía 100 puntos, Los cajones 30 y 40, y 70 y 80 estaban uno al lado del otro y separados por un rectángulo de 50 cm de largo por 10 cm de ancho, y con el dibujo de una culebra estilizada en el medio, a este casillero se le llamaba culebrón o culebra. Para jugarlo utilizábamos generalmente unas tejas que se podían hacer con: cáscaras de plátano chancadas y dobladas, planchas de plomo de 4 x 2 cm. fabricadas a partir de pedazos de tuberías (nunca fue nuestra preocupación la intoxicación por plomo) o con tallos de geranios de 4 cm. de largo (chancados con zapatazo violento pero calculado). Por turno el primer jugador arrojaba su teja al casillero 10, lo saltaba con un pie, e iba pisando con un pie los restantes casilleros, cuando llegaba a uno de los casilleros dobles ponía un pie en cada uno y así sucesivamente, hasta llegar al Mundo donde daba la vuelta y al regresar recogía la teja. Luego el segundo jugador hacía lo mismo. Para el siguiente turno ya se arrojaba la teja sobre el casillero 20 y así sucesivamente. Las faltas durante el juego eran: que la teja tocase algún borde delineado con tiza o que no se achuntase al casillero correspondiente o que se pisara con los dos pies un casillero de un solo pie. El castigo consistía en la pérdida del turno en esos casos, pero si uno pisaba el culebrón o si caía la teja en él, teníamos que empezar otra vez desde el casillero 10. Cuando se completaban todos los cajones, uno tenía que "cerrar el cajón" que consistía en pararse de espaldas al trazado del Mundo y tirar la teja por sobre el hombro. Si la teja caía en un cajón, ese cajón era "cerrado" con el nombre de ese jugador, dibujándole con la tiza un cuadradito de 10 cm. de lado en la esquina superior derecha. Si la teja caía fuera del Mundo o tocaba línea, uno volvía a tratar de cerrar el cajón en su próximo turno. Si la teja caía en Culebrón o en el cajón de otra persona, ese jugador perdía el turno y tenia que empezar de nuevo. La ventaja de tener cajones a nombre de uno, era que siempre podíamos poner los dos pie en ese cajón. Sin embargo, los otros jugadores no podían pisar ese cajón. El juego terminaba cuando todos los cajones estaban cerrados y se hacía la suma de los valores numérico de cada cajón (del 10 al 100) que cada jugador había obtenido. El que obtenía el mayor puntaje era el que ganaba. Algunos barrios realizaban campeonatos intercuadras y llegaban a la sofisticación de usar cajas para guardar las tejas.

Una actividad deportiva importante eran los
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