Rubén Darío azul






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Estival


I

                              

   La tigre de Bengala,




          




con su lustrosa piel manchada a trechos,










está alegre y gentil, está de gala.










Salta de los repechos










de un ribazo, al tupido

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carrizal de un bambú; luego, a la roca










que se yergue a la entrada de su gruta.










Allí lanza un rugido,










se agita como loca










y eriza de placer su piel hirsuta.

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 * 




   La fiera virgen ama.










Es el mes del ardor. Parece el suelo










rescoldo; y en el cielo










el sol, inmensa llama.










Por el ramaje oscuro

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salta huyendo el kanguro.










El boa se infla, duerme, se calienta










a la tórrida lumbre;










el pájaro se sienta










a reposar sobre la verde cumbre.

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 * 




   Siéntense vahos de horno;










y la selva africana










en alas del bochorno,










laza, bajo el sereno










cielo, un soplo de sí. La tigre ufana

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respira a pulmón lleno,










y al verse hermosa, altiva, soberana,










le late el corazón, se le hincha el seno.







 * 




   Contempla su gran zarpa, en ella la uña










de marfil; luego toca

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al filo de una roca,










y prueba, y lo rasguña.










Mírase luego el flanco










que azota con el rabo puntiagudo










de color negro y blanco,

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y móvil y felpudo;










luego el vientre. En seguida










abre las anchas fauces, altanera










como reina que exige vasallaje;










después husmea, busca, va. La fiera

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exhala algo a manera










de un suspiro salvaje.










Un rugido callado










escuchó. Con presteza










volvió la vista de uno y otro lado.

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Y chispeó su ojo verde y dilatado,










cuando miró de un tigre la cabeza










surgir sobre la cima de un collado.










El tigre se acercaba.







 * 




                                   Era muy bello.

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Gigantesca la talla, el pelo fino,










apretado el hijar, robusto el cuello,










era un don Juan felino










en el bosque. Anda a trancos










callados; ve a la tigre inquieta, sola,

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y le muestra los blancos










dientes, y luego arbola










con donaire la cola.










Al caminar se vía










su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.

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Se miraban los músculos hinchados










debajo de la piel. Y se diría










ser aquella alimaña










un rudo gladiador de la montaña.










Los pelos erizados

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del labio relamía. Cuando andaba,










con su peso chafaba










la yerba verde y muelle;










y el ruido de su aliento semejaba










el resollar de un fuelle.

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Él es, él es el rey. Cetro de oro










no, sino la ancha garra










que se hinca recia en el testuz del toro










y las carnes desgarra.










La negra águila enorme, de pupilas

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de fuego y corvo pico relumbrante,










tiene a Aquilón; las hondas y tranquilas










aguas el gran caimán; el elefante










la cañada y la estepa;










la víbora, los juncos por do trepa;

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y su caliente nido










del árbol suspendido,










el ave dulce y tierna










que ama la primer luz.










                                       Él, la caverna.

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 * 




   No envidia al león la crin, ni al potro rudo










el casco, ni al membrado










hipopótamo el lomo corpulento,










quien bajo los ramajes del copudo










baobab, ruge al viento.

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 * 




   Así va el orgulloso, llega, halaga;










corresponde la tigre que le espera,










y con caricias las caricias paga










en su salvaje ardor, la carnicera.







 * 




   Después, el misterioso

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tacto, las impulsivas










fuerzas que arrastran con poder pasmoso;










y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso










bajo las vastas selvas primitivas.










No el de las musas de las blandas horas,

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suaves, expresivas,










en las rientes auroras










y las azules noches pensativas;










sino el que todo enciende, anima, exalta,










polen, savia, calor, nervio, corteza,

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y en torrente de vida brota y salta










del seno de la gran naturaleza.







 * 

IV




   El príncipe de Gales, va de caza










por bosques y por cerros,










con su gran servidumbre, y con sus perros

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de la más fina raza.







 * 




   Acallando el tropel de los vasallos,










deteniendo trahíllas y caballos,










con la mirada inquieta,










contempla a los dos tigre, de la gruta

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a la entrada. Requiere la escopeta,










y avanza, y no se inmuta.







 * 




   Las fieras se acarician. No han oído










tropel de cazadores.










A esos terribles seres,

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embriagados de amores,










con cadenas de flores










se les hubiera uncido










a la nevada concha de Citeres










o al carro de Cupido.

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 * 




   El príncipe atrevido










adelanta, se acerca, y se para;










ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;










ya del arma el estruendo










por el espeso bosque ha resonado.

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El tigre sale huyendo,










y la hembra queda, el vientre desgarrado.







 * 




   ¡Oh, va a morir!... Poco antes, débil, yerta,










chorreando sangre por la herida abierta,










con ojo dolorido,

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miró a aquel cazador; lanzó un gemido










como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.







V




   Aquel macho que huyó, bravo y zahareño,










a los rayos ardiente










del sol, en su cubil después dormía.

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Entonces tuvo un sueño:










que enterraba las garras y los dientes










en vientres sonrosados










y pechos de mujer; y que engullía










por postres delicados

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de comidas y cenas,










-como tigre goloso entre golosos-










unas cuantas docenas










de niños tiernos, rubios y sabrosos.






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