Platón (427-348 a. C.) es el primer filósofo del que nos han llegado casi la totalidad de sus obras. Es uno de los pilares de toda la filosofía occidental






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títuloPlatón (427-348 a. C.) es el primer filósofo del que nos han llegado casi la totalidad de sus obras. Es uno de los pilares de toda la filosofía occidental
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CIENCIA ---- MUNDO


(Episteme) INTELIGIBLE

Razonamiento (Dianoia) Objetos matemáticos
------------------------------------
Creencia Realidades materiales

OPINIÓN ----- MUNDO


(Doxa) SENSIBLE

Imaginación, conjetura Imágenes, sombras

De este cuadro deducimos que, para Platón, no podemos alcanzar verdadera ciencia o conocimiento acerca de las cosas materiales de este mundo, que no es el mundo verdaderamente real. Sólo en el ámbito inteligible, esto es, el de las esencias inmateriales, se alcanza la verdad, pues las Esencias o Ideas son permanentes, siempre iguales, inmutables y eternas: las verdaderas causas ejemplares o modélicas de las cosas.

Para alcanzar las Ideas, para llegar a conocerlas, Platón propone como método la dialéctica16. Esta, en palabras del propio Platón, es la ciencia que consiste en dar y recibir una explicación de las cosas. Pero, más allá del mero razonamiento, consiste sobre todo en ser capaz de remontarse al conocimiento de los primeros principios y verdades, al conocimiento de lo incondicionado, que no depende de nada pero de lo que todo depende y se deriva: al fundamento de todo. Este fundamento es el Bien o el Uno, que es la fuente y origen de las Ideas. Habría, pues, una dialéctica ascendente (hasta el Uno) y otra descendente (desde el Uno hasta lo que de él depende o se deriva). La dialéctica consiste en la capacidad de relacionar unas Ideas o esencias con otras, sin recurrir a ninguna imagen o apoyo sensibles (como sí hacen los geómetras), sin aceptar ninguna hipótesis o verdad provisional, antes bien, como hemos dicho, procurar llegar al fundamento de toda verdad17.


  1. LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN.


“Si con una buena educación y un natural recto [el hombre] llega a ser de ordinario el más divino y el más dulce de los seres, cuando le falta una educación buena y bien llevada se convierte en el ser más salvaje de todos los seres que produce la tierra” (Las Leyes, 766 a).
5.1. Introducción. La virtud como conocimiento y el mal como ignorancia.
Como sabemos, este curso se nos pide expresamente, obligatoriamente, que en el comentario de texto del mito de la caverna (sobre todo en el análisis y explicación del fragmento) hablemos de los temas: la dualidad de mundos, esto es, el dualismo de Platón, y en segundo lugar, del tema de la educación.

El dualismo está tratado ya en nuestro tema. Ahí nos ocupamos del triple dualismo: ontológico (mundo sensible-mundo de las Ideas o inteligible), gnoseológico (referido al conocimiento: contraposición entre sentidos e inteligencia) y antropológico (cuerpo-alma). Vamos ahora a ocuparnos del tema de la educación.
La teoría de que la bondad y la virtud consiste esencialmente en conocimiento puede ser atribuida al Sócrates histórico, con más seguridad que otra cualquiera. Pero Platón mantuvo igualmente esta doctrina, siendo consciente de sus dificultades, y dicha tesis (que podemos resumir en la fórmula: virtud = conocimiento = felicidad) aparece prácticamente en todas sus obras y se repite en las Leyes -último escrito Platónico- con un énfasis especial.
Esta doctrina puede resumirse en dos fórmulas: “la bondad es conocimiento” y, lo que de ahí se sigue: “nadie obra mal voluntariamente”. Ambas fórmulas están íntimamente relacionadas con el precepto del oráculo de Apolo en Delfos: “conócete a ti mismo”. Y esto, tanto en Sócrates como en Platón, significa: conoce tu alma y cuida de ella, mejorándola por el ejercicio de cada una de las virtudes y por lo que les da sentido, que es el amor a la sabiduría.
Tengamos en cuenta que los griegos tendían a identificar, o al menos no separaban, lo útil con lo bueno, y la palabra “areté” (“virtud”, “excelencia”) se usaba para indicar tanto una cualidad particular como la virtud en general. Así, la “areté” de un técnico consistía precisamente en que fuera bueno en su oficio. Si un buen arquitecto es aquel que sabe hacer bien una casa, un buen constructor de barcos es aquel que realiza correctamente su tarea, una buena persona, o una persona virtuosa, será aquella que sabe vivir correctamente, esto es, sabe en qué consiste el valor de la vida y dónde está su belleza y su sentido.

Relacionada con todo lo que estamos diciendo se encuentra la cuestión de si la virtud puede ser enseñada, pregunta que se repite muy a menudo en los primeros diálogos platónicos. Obviamente se concluirá que sí. Otra pregunta interesante es la de si la virtud es una o si hay muchas virtudes distintas; Platón se inclina por la primera alternativa: hay una unidad en la virtud, esto es, las virtudes de alguna manera se reclaman y ayudan mutuamente.
Además, si la virtud es conocimiento, hay que establecer que la maldad o el vicio, la injusticia en todas sus formas, consistirá en la ignorancia. En efecto, Platón mantuvo toda su vida la paradoja implicada en la fórmula socrática “nadie obra mal intencionadamente”. Precisando un poco más hay que decir que distingue Platón dos tipos de maldad (kakía) en el alma: la primera corresponde a la enfermedad en el cuerpo y a la falta de armonía entre las partes o facultades del alma. El otro tipo de maldad es mucho más fundamental, y corresponde a la fealdad más bien que a la enfermedad: es la ignorancia. Así, todos los hombres desean el bien, pero, cuando intentan alcanzarlo, su falta de conocimiento les hace errar en su objetivo18.
5.2. El sistema educativo que propone Platón.
“La educación no debe ser nunca menospreciada, ya que constituye la más preciosa ventaja de los hombres mejores” (Las Leyes, 643 b).
Acabamos de referirnos a que el segundo tipo de vicio, el que se opone al autocontrol o la moderación o templanza, es la ignorancia y Platón se niega en las Leyes a denominarlo delito (adikía) porque quiere subrayar que la justicia correctiva, el castigo, no sirve en este caso. La única forma de eliminar ese vicio, esa ignorancia, y en esto coinciden los diálogos el Sofista el Timeo y las Leyes, no es el castigo, sino la educación.
La educación tiene una importancia enorme en Platón. Vamos a ocuparnos de lo que establece al respecto en las dos obras en que más trata este tema, la República y las Leyes, coincidentes en todos los puntos importantes. Pero antes digamos lo fundamental: Con la educación pretende Platón dos cosas que están íntimamente relacionadas: a) la purificación, perfeccionamiento y armonización del alma, para que pueda separarse progresivamente de lo que no le es propio, y se facilite así su libración o subida al mundo divino y superior en el que ya estuvo y al que realmente pertenece; y b) la formación de los futuros guardianes y gobernantes de la polis o ciudad-estado ideal, que garantizarán así la justicia, la felicidad y el bien de todos los ciudadanos.
Fijémonos en que el famoso mito de la caverna comienza con estas palabras de Sócrates: “compara con la siguiente escena el estado en que, con respeto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza”. Es decir, que todo el mito hace referencia a la educación, a la adquisición del verdadero conocimiento que se compara con un salir a la luz, con el descubrimiento de un mundo más grande y más hermoso.
Es verdad, como pronto veremos, que la educación tiene en Platón un sentido integral (afecta tanto al alma y a la inteligencia como al cuerpo, sin descuidar las emociones), pero consiste esencialmente en orientar al alma en la dirección correcta. No consiste, como querían los sofistas, en proporcionar unos conocimientos que no se tenían en absoluto, sino en despertar y estimular la capacidad que el alma ya tiene de ver y conocer, hasta el máximo posible, fomentando el amor por la sabiduría. De igual modo, el prisionero de la caverna es desatado y movido, guiado en la subida de modo gradual hasta que pueda ver por sí mismo: primero a la luz del fuego que hay en el interior, luego a la luz del sol cuando ha salido al mundo exterior (que representa en el relato el mundo de las Ideas, el mundo inteligible o plenamente real). La educación necesita un guía experto (el recuerdo de Sócrates está siempre presente), una orientación en el camino correcto19.
El programa educativo que Platón establece en la República se divide en dos partes la primera, que aparece descrita en los libros segundo y tercero de esta obra, se refiere a la educación de la clase de los guardianes y soldados. Constituye el complemento platónico del aprendizaje en la cultura física y las artes, común en Atenas. En efecto, los futuros guardianes, serán educados en la gimnasia y la música (bien entendido que esta comprende, además de la música propiamente dicha, la gramática y la poesía). La segunda, la educación superior, es más compleja y larga y se dirige exclusivamente a los futuros filósofos que serán los gobernantes.
Platón da enorme importancia la educación de los niños y subraya la necesidad de que aprendizaje comience con los primeros años de la vida (“¿Te das cuenta de que lo más importante es siempre el comienzo de cualquier cosa, especialmente en el caso de algo que sea a la vez joven y tierno?”, dice Platón por boca de Sócrates). Pero, centrándonos en la educación física y la música, digamos que su objetivo es el bienestar del alma, armonizar el alma. El auténtico objetivo de la educación física consiste en hacer posible que el alma ejerza sus funciones sin estorbos, mientras que la música y la poesía poseen una capacidad extraordinaria para modelar el carácter. Se buscará la simplicidad en ambas, pues la simplicidad en la música produce autocontrol, mientras que la simplicidad en la educación física conduce salud. Además, ambas se complementan, pues la gimnasia sola hace al hombre rudo y fogoso, mientras que la música sola le hace demasiado blando.
En cuanto a la educación de los filósofos, que serán los futuros gobernantes y magistrados, comenzará con la matemática (aritmética, geometría, estereometría), continuando con la astronomía y terminando con la armonía o ciencia del sonido20. Éstas son las ciencias que, si son llevadas hasta el punto en que se evidencia su esencial parentesco, conducirían al hombre hasta la comprensión de la verdad. De todos modos, no pasan de ser una introducción o una preparación, pues más allá de por encima de todo esto se encuentra la ciencia dialéctica: aquella que consiste en dar y recibir una explicación de las cosas, que supone la lógica, pero que más allá de ella tiene la capacidad de captar las Ideas, remontarse a su fuente (la idea del Bien) y comprender la relación entre todas las Ideas. La dialéctica constituye la cima y el colofón de todas las demás enseñanzas.
El hombre libre no debe aprender por fuerza; no debe obligarse al aprendizaje de las ciencias, pues “lo que se aprende a la fuerza no dura”. Por eso dice Platón que los niños deben aprender jugando y por eso deja a cada uno seguir el camino que esté conforme con sus capacidades naturales y sus inclinaciones o gustos a la hora de elegir un trabajo. Entiéndase bien no se priva a nadie de educación (y las mujeres se educan exactamente igual que los hombres), pero no se educa tampoco a la fuerza aunque la educación exija disciplina. Y además, el proceso educativo es largo: Entre los 20 y los 30 años, los alumnos que han mostrado condiciones, profundizan en el conocimiento de las ciencias. A los 30 años se lleva a cabo una segunda selección, pues siguen cinco años dedicados al estudio de la dialéctica, no exento de dificultades y peligros21.
5.3. Conclusión: el sabio no obra mal.
La afirmación Platónica de que la auténtica un bondad consiste en conocimiento así como que el mal (además del que se origina en el desorden del alma) proviene de la ignorancia -afirmación por doquier repetida en el Vedanta y en general en toda la filosofía de la India- la vemos íntimamente relacionada con la concepción que el mismo Platón tiene de la genuina sabiduría. Es obvio que este conocimiento (asociado al nous, a la inteligencia en su función más alta, a la intuición intelectual de los primeros principios –en Platón el Bien y la Díada indeterminada-) que engendra virtud ha de tener un sentido muy especial, pues cualquier otro conocimiento, la habilidad técnica o científica, puede hacer bien o mal según la forma en que sea utilizado. La bondad, la virtud lograda, no es conocimiento en el mismo sentido en que no es la medicina, la ingeniería o la carpintería.

La sabiduría no se confunde con la erudición (como ya señalara Heráclito), no se identifica con el ingenio (“deinotés”, en griego) o la mera capacidad intelectual. El verdadero filósofo no descansa hasta alcanzar una verdad suprema por relación a la cual pueda ser explicado todo lo demás. “El que es capaz de ver la totalidad es filósofo; el que no, no”, afirma Platón. Y sabemos, por la República, que el conocimiento más elevado, más sublime, es el conocimiento del Bien, causa de la verdad, de las Ideas, causa del ser. La sabiduría es la medida de toda medida, como afirmaba Solón. El Bien como Principio se asocia a la divinidad y sabemos que para Platón, corrigiendo a Protágoras, no es el hombre la medida de todo, sino que “Dios es la medida de todas las cosas”.

Además, la apariencia de sabiduría no es lo mismo que la sabiduría. Aquí es preciso hilar muy fino. Hay quienes creen saber lo que en realidad desconocen (el viejo tema socrático), pues no han tenido verdadera experiencia de la verdad, no han madurado en la vida, algo en ellos les impide su plena realización personal –prejuicios o defectos enraizados en su temperamento- o no están tocados por el dedo de la gracia y subordinan la vida verdadera y la más alta religiosidad a doctrina o práctica moral, a recetas o casuística. Confunden los mandatos divinos con preceptos y costumbres humanos (las tradiciones de los insufribles “tradicionalismos” que hemos sufrido tanto en España). A estas personas puede moverlas buena intención, mas también celo farisaico. Pueden accidentalmente ayudar pero, más aún, pueden hacer bastante daño sin saberlo. A ellas creo que se refiere de alguna manera Platón en el pasaje de las Leyes que reproduzco a continuación en nota a pie de página22.

El largo proceso de la educación, los muchos años dedicados al estudio y aprendizaje de los distintos saberes, nos parece que tiene para Platón (por algunos significativos pasajes, como el final del discurso de Diotima en el Banquete) la finalidad de preparar o hacer posible una repentina iluminación. El alma se engrandece, se embellece y transforma de modo que -al captar el profundo sentido de las cosas- ya no se puede vivir de manera que contradiga lo que uno ha visto y logrado23.


  1. LA ÉTICA PLATÓNICA. LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES.


La ética platónica es fácilmente deducible de lo que ya se ha dicho. A las tres facultades del alma corresponden tres virtudes fundamentales (prudencia, fortaleza y templanza), siendo la justicia la síntesis y el resultado de las tres anteriores. Así como una ciudad es justa y está bien gobernada y estructurada cuando cada clase de ciudadanos vive de acuerdo con la virtud que le es propia (ver el epígrafe siguiente) y, de este modo, hace lo que debe y cumple con su función sin interferir en la de los demás, igualmente, una persona es justa y buena cuando posee las tres virtudes que regulan las tres facultades del alma y, por ello, podemos decir que está en armonía consigo misma.

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