Por qué María es alguien en la vida creyente del obispo Casaldáliga






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Imagen polivalente de María



Nuestro insigne Lope de Vega concluía así su retrato de nuestra Señora: «... Ésta es María, sin llegar al centro, que el alma sólo retratarla puede. Pintor que tuvo nueve meses dentro.»


Nunca, dentro del tema mariano, ha sido tarea fácil hacer poesía nueva u «original». Y menos aun llegar al «centro» o intimidad de María. Lograrlo es un mérito extraordinario. Y Casaldáliga lo ha logrado en esta mini antología mariana, que nos atreveríamos a calificar de «Mariología poética», en la que el «centro» o misterio de María se ha exteriorizado de alguna manera e identificado con lo que hay de más humano -valga la redundancia- en el misterio del hombre, proyectándolo, a su vez, como sólo esta MUJER, tan divina y al mismo tiempo tan humana, podía proyectarlo.
En la obra poético-literaria de Casaldáliga se advierte casi de continuo una clara presencia mariana. ¿No tendrá en ello buena parte su vocación, vida y misión de Hijo del Inmaculado Corazón de María?


«Tengo tres amores, tres el Evangelio,
la Patria Grande,
y el corazón intacto de una Mujer
María de Nazaret, la llena de Dios, tan nuestra.»


Y ¡tan suya! No, esta María de Nazaret retratada en el presente poemario no es la mujer de los privilegios. No es una imagen metacósmica, distante, ausente, o que no supiera ya caminar por nuestro suelo, María es aquí la mujer inserta en nuestro mundo, con su «operante presencia», ¡cómo no!, pero también, y hasta sobre todo, con su mensaje -el mensaje de su propia vida- hoy más actual que nunca. Es la mujer de la cotidianidad, llena de Dios y, por eso, rebosando ternura y amor -de hermana y madre- sobre el hombre de ayer y de siempre. Es la mujer sencilla y humilde del Magníficat, que no dudara en proclamar a Dios como vindicador de los pequeños y los oprimidos, identificada con el pueblo y sus sufrimientos; pero sabiendo que ese pueblo sufriente es hoy, aquí o allá, el pueblo preterido o subestimado por los poderosos. Como Nazaret, del que, según los «grandes», muy poco cabía esperar.


Encontramos ya aquí una marcada diferencia entre estos poemas marianos y los más abstractos y esteticistas de su primera época. Los de hoy dan a María un rostro más concreto, más popular y más humano, más familiar y más al alcance de nuestras manos y de nuestros besos. Es, concretamente -y aquí empieza a retractarse su imagen- MARÍA DE NAZARET, que, al estilo de las demás madres,


«rumia la paz de Belén,
el polvo de Galilea,
el sol de Genesaret,
el gozo del pan partido...».


Es la NIÑA DEL SÍ más comprometido que ha podido un ser humano dar a Dios: un sí en tono de humildad que en las sinfonías de Dios es siempre tono mayor,


«el sí desnudo como un tallo de lino
bajo el filo implacable de la Gloria
Es la MUJER DE CADA DIA, que va y viene,
«como el ave del tiempo,
de la casa a la calle, del Misterio al misterio...».

Es la CAMPESINA, cuyo


«pedazo de tierra, detrás de aquel otero por donde entraba el sol,
lo trabajaban juntas sus manos y las Manos de Dios»;


y campesina para siempre, porque ha querido establecer su morada entre los afanes y la paciente espera del sembrador, viendo crecer el trigo como forma presentida de la Carne de su Hijo, y porque


«en el soto erizado de chopos de esperanza
permanece de guardia la alondra de su ermita».


Es la COMADRE DE SUBURBIO, simbolizado en aquella «cueva» que


«no tenía más higiene que el viento de la noche»,


pero que, desde entonces, se ha multiplicado casi hasta el infinito. Y, como ayer, también hoy María se multiplica para instalar ahí a Dios:


«Tú has instalado a Dios en el suburbio humano...,
Comadre de suburbio,
ensanche de la Gracia,
puerta y solar de la Ciudad celeste!».


En su soñar muy despierto, el poeta contempla a María perdiéndose en la inmensa Africa, como una africana más:


«Yo te saludo, Negra, divinamente hermosa...
Déjame descargar en tus espaldas este niño africano,

de tres meses de fuego,

que ha crecido conmigo, poderoso

como un clamor de mar, como un Desierto,

como la noche viva»,


o en la soñadora América, y con rostro indio, maternalmente inclinado hacia los indios:


«Señora de Guadalupe...,
carne de india morena
Por aquellas rosas nuevas,
por esas armas quemadas,
por los muertos a la espera,
por tantos vivos muriendo,
¡salva a tu América!».


Casaldáliga ve a María como SEÑORA DE LA CIUDAD, que fue ayer Jerusalén, que es hoy cualquiera de nuestras grandes urbes, donde todos tenemos un no poco de niños grandes perdidos en la vida:


«Jerusalén tenía sus resacas, y se perdía un niño fácilmente.
Pero bramabas tú, como una cierva,
y el servicio de urgencia de tu llanto
suplía de antemano la fiebre derramada de todos los perdidos.
...Vuelve a subir de Nazaret, Señora.
¡Te reclamamos todos, sin saberlo siquiera muchas veces...!»


Como pastor de la Iglesia, Casaldáliga sabe, por dolorosa experiencia, mucho acerca de esos «ausentes», con quienes tal vez nos encontramos y hasta convivimos, sin percatarnos de sus «ausencias». El poeta, comunicándonos la suya, quiere despertar nuestra propia experiencia, esperando que sea ésta una voz, un mensaje, una oración, una luz, que señale a tantos y tantos «ausentes» el camino de retorno a la casa del Padre y de los hermanos mayores. La poesía, sin dejar su región propia, se hace ahora patética oración sálmica. ¿A quién? No podía ser por menos: a María, a quien se invoca como MADRE DE LOS AUSENTES:


«Entra en casa y verás el frío que hace, con el cristal de la Alegría roto
y el Pecado azotando como un viento
Se cruzan los hermanos sin mimarse, ausentes de alma a alma...
Nadie se entiende. Todos tienen frío. Y el hambre los consume.
Madre de los ausentes,
umbral de la ternura recobrada,
postigo del retorno vergonzante.
todos los hijos pródigos te llaman, sin saberlo
¡Congréganos a todos bajo el lecho del júbilo paterno,
con el pan del Amor entre las manos nuevas...!»


Con resonancias tal vez autobiográficas, desde una fuerte vivencia de honda soledad, el poeta se refugia en María SOLEDAD, «compañía nuestra», solidaria de nuestros días o noches de soledad, para hacerla soledad sonora de amor y de ternura, como la suya:


«Sola de toda humana compañía
Sola contra la noche del Misterio...,
Sin otra luz que tu mirada pura y sometida,
descalzo el pie y el corazón abierto,
como un río desangrándose entero
Soledad tan cercana y sin estorbos,
tan sonora de aroma y de ternura...
María Soledad
toda llena de Dios y de los Hombres
¡Oh Soledad, oh compañía nuestra!»


Pero tras la noche amanece siempre. La última noche tendrá su fin. Mas no lo tendrá el último día. Porque representa la definitiva victoria de la luz sobre la oscuridad. Después de contemplar a María frente a sus noches y las nuestras, el poeta nos la retrata ahora iluminada e iluminadora con luces de Pascua, preanunciando nuestra victoria, nuestra alegría, nuestro Pentecostés, nuestra asunción. Porque todo eso es María. Y en superlativo.

María es, concretamente, la VENCEDORA DE LA MUERTE, en su sentido más realístico; pero también en su más simbólico significado:


«Tú sabes qué es la Muerte, como nadie en el mundo lo ha sabido.
Tú conoces las muertes, una a una, como las caras mismas de tus hijos pequeños,
y las llamas, segura, por su nombre.
Junto al Cuerpo de Cristo, recostado en tu seno por la Muerte vencida,
aquella tarde, todas
las muertes de los hombres descansaron su grito en tu regazo...
Todos los muertos caen buscando tu mirada...
Morir bajo tu nombre es encontrar, de pronto,
detrás de las cortinas, la Fiesta preparada...
Desde tus brazos hay un paso apenas hasta el cuello del Padre.»


Y es la mujer saludada por el mismo Dios con el nombre de ALEGRÍA, frente a tanta mentira de tristeza:


«¡Dios te salve, María, llena eres de gozo!
¡EI Señor es contigo, como un rió de leche que se sale de madre!
Una mujer de hoy, desamparada, les ha dicho a los hombres:
'Buenos días, tristeza'
Y ellos se lo han creído...
¿'Buenos días, tristeza', después que tú alumbraste Alegría?
La Alegría, María, es tu nombre... Tú la llevas
crecida sobre el pecho, como una flor silvestre huida a la Botánica.»


Es la alegría de su sábado cotidiano, que un día sería ya para siempre Domingo de Pascua, irradiándose sobre todos los hombres:


«Cada día era Sábado en tus días, porque eran la Esperanza.
Y un día fue Domingo... Domingo para siempre ..
Y tu gozo ha crecido como un río de leche que se sale de Madre
hasta llenar el mundo.»


Y es, por consiguiente, la SEÑORA DE LA ESPERANZA, con luces de Pascua definitiva en sus ojos, en sus manos, en su boca, en su vida, en su muerte; Pascua para sí y para todos en la gran Pascua del Hijo que Ella -Madre pascual- nos diera como Víctima de redención liberadora:


«Señora de la Esperanza
porque creíste en la Pascua,
porque palpaste la Pascua,
porque comiste la Pascua,
porque moriste en la Pascua,
porque eres Pascua en la Pascua.»


Desde una Pascua que todo lo ha hecho nuevo, María es la MADRE DEL MUNDO NUEVO que para el nuestro tantas veces hemos soñado y quisiéramos ver convertido en realidad en sus cinco continentes. El mundo nuevo es volver otra vez al principio, a ese segundo principio en el que un nuevo Adán y una nueva Eva dan vida para siempre a una nueva humanidad:


«Si estamos otra vez en el Principio, tendrás que amanecer el mundo Nuevo
necesita la puerta de tu seno para llegar incólume.
(Belén se apuesta siempre detrás de tus espaldas)
Todo el cuerpo de Europa se ha hecho gruta, en la herida, para enmarcar la luz de tu presencia.
América sacude sus pañales, con un grito rebelde, contra el mar transitado
Como una diosa estéril y fecunda..., como una cruz cansada de martirio,
Asia cruje, sangrando por sus lotos
Acosada por todos los pájaros secretos que hierven en la selva de la noche,
África arrulla, alborotadamente, sus veinte cunas nuevas...
¡porque hay una Mujer sobre las chozas, detrás de las estrellas, con el Sol en los hombros...!
Neófitas de sal y de promesas, las lslas balbucientes acuden al marfil de tu garganta,
con un abrazo tenso de siglos, de impaciencia, seguras del Encuentro.
¡Todos los meridianos se enhebran en la rosa de tu Nombre...!
Estamos otra vez en el Principio
y nace el mundo, nuevo, del seno de tu Gracia,
hermosamente grande y sin fronteras...
Dios llega al aeropuerto de la Historia
a tiempo en todo Tiempo
Estamos otra vez en el Principio y ha empezado tu era:
¡por derecho de Madre tú patentas la luz amanecida!»


Una luz pascual, que se hace fuego de Pentecostés en ella y por ella en los moradores de ese mismo mundo nuevo del que ella es MADRE, ahora como MARÍA PENTECOSTÉS, es decir, María plenitud sobre plenitud, marianizando con su operante presencia la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, al igual que


«cuando la Iglesia aún era
pobre y libre,
como el Viento del Espíritu..,
cuando el fuego del Espíritu
era la ley de la Iglesia.»


Tras la definitiva plenitud de Pentecostés, en la tierra, no hay ya más plenitud que la del cielo, la de la ASUNCIÓN, con la que María se adelanta como Madre universal, que nos abre camino, que nos espera,


«que reclama y guía nuestra romería de Liberación».

Y ahora sí se comprende ya bien por qué, para Casaldáliga, María escogiera, no simplemente «la mejor parte», sino


«el difícil todo:
acoger al Verbo,
dándose al silencio.
Vigilar Su ausencia,
gritando Su Nombre.
Descubrir Su Rostro
en todos los rostros...
Cantar sobre el mundo
el advenimiento
que el mundo reclama
quizás sin saberlo.»


Lo cual significa -y el signo también aquí se hace realidad- que el NOMBRE DE MARÍA es totalidad intensiva, de cuya desbordante plenitud están llenos el cielo y la tierra, porque


«Decir tu nombre, María,
es decir que la Pobreza
compra los ojos de Dios...
Es decir que la Promesa
sabe a leche de mujer...
Es decir que nuestra carne
viste el silencio del Verbo...
Es decir que el Reino viene
caminando con la Historia...»


Y es decir que el Reino va encaminando la Historia hacia su plenitud en un incesante proceso de liberación. El poeta ve a María, no sólo como la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos, sino sobre todo como «Cantadora» y «Profetisa» de la liberación. Haciendo eco al salmo oracional de María en el Magníficat, el poeta corona su florilegio poético-mariano con la sálmica ORACIÓN FINAL A SANTA MARÍA DE NUESTRA LIBERACIÓN. Ella es la


«Cantadora de la Gracia que se ofrece a los pequeños,
porque sólo los pequeños saben acogerla;
profetisa de la Liberación...
Queremos creer como tú,
queremos orar contigo,
queremos cantar tu mismo Magníficat María nuestra del magníficat, queremos cantar contigo, ¡María de nuestra Liberación...»
Valor demiúrgico de esta poética mariana



¿Cómo calificar ahora esta poética mariana de Casaldáliga? Cuando la poesía es verdaderamente tal, sobran todas las etiquetas. El mejor calificativo es su mismo desnudo sustantivo: poesía, Aquí, el adjetivo mariana es sólo fuente y vehículo de inspiración poética. Casaldáliga ha contemplado a María de Nazaret, la mujer de todos los siglos. Y, después de haber, extático ante ella, exclamado: ¡poesía eres tú!, nos ha brindado su poético recital lírico. En palabra transparente como la luz, alígera como el viento, dolida y doliente como una llaga sangrante, pero cargada de una, aunque melancólica, infinita esperanza alentada por «el Corazón intacto de esa Mujer» encarnada, a lo largo de los siglos, en todos y cada uno -hombre o mujer- e identificada con sus problemas y sus más nobles aspiraciones, y que, ya asunta -ASUNCIÓN-, «reclama y guía nuestra romería de liberación».


Poesía mariana, sí, en su sentido más teológico; pero desde una teología que, a través de María, se eleva en nombre de Dios mismo hasta Dios. Poesía filtrada, desde el principio hasta el fin, de fe, esperanza y ternura en lo que de más divino y más humano descubre el poeta en esta humano-divina Musa de su inspiración:


«Creo en Ia pobre María y en toda la Iglesia pobre.
Creo en la tierra de todos como la madre primera...»


Y es que, para Casaldáliga, si la fe, la esperanza, el amor, tienen que ver con el misterio de María -el más sensible resonador del Misterio de Dios-, desde ella -el más sensible resonador del misterio del hombre- tienen también no poco que ver con la vida y muerte de los hombres, la justicia, la verdad, la libertad, A diferencia de otras expresiones, llamémoslas más individualistas, en la poesía de Casaldáliga hay un profundo sentimiento de humana solidaridad universal. Es lo propio del verdadero poeta. Porque, como también aquí diría Unamuno, el auténtico poeta, dirigiéndose a una masa de hombres, no se dirige a la masa, sino a cada uno de ellos.

No se trata, pues, en el caso de nuestro vate, de la etérea poesía de una simplemente lúdica imaginación. La suya revela la existencia no como algo pensado en general, sino como algo vivido una y muchas veces. Y por eso revela una aguda sensibilidad y honda inquietud, en las que ni la ternura esconde vergonzosamente el sufrimiento de un mundo que le duele al poeta en el alma, ni el dolor ahoga la esperanza: una esperanza que no nace del simple optimismo psicológico o de una confianza meramente sociológica en las fuerzas de la historia, sino de la Pascua, es decir, de quien, en pos de la Señora de la esperanza, cree, como ella, en la Pascua, palpa y come la Pascua, es Pascua en la Pascua.
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