1. las cartas de san pablo






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1. C. CARTAS DE LA CAUTIVIDAD



Bajo este título se incluyen las cuatro cartas que san Pablo diri­gió desde su cautividad en Éfeso primero y luego en Roma a las iglesias de Filipos (Macedonia), Éfeso y Colosas (Asia Menor) y a Filemón (cristiano de Colosas). Todas ellas forman un grupo homo­géneo, tanto por su afinidad doctrinal y narrativa como por la época y situación personal del Apóstol al escribirlas. La mayoría de los crí­ticos acatólicos niegan la autenticidad de estas cartas, especialmente la de Efesios y Colosenses, no así los católicos que, salvo excepcio­nes, las admiten.

La paternidad paulina de estas cartas está confirmada por la tra­dición más antigua de la Iglesia; de otra parte, se deduce del análisis interno del texto. Sobre el lugar en que fueron escritas, aun cuando no haya unanimidad, puede colegirse de la lectura de las cartas. Da­tos tan expresivos como el de la expansión de la fe cristiana por todo el pretorio, incluida la misma casa del César (Flp 1,13; 4,22), o la esperanza de Pablo, y aun la certeza, de su próxima liberación (Flp 1,25; 2,23; Flm 22), junto con la relativa libertad de que gozaba al escribirlas, indican que, salvo Filipenses, en las otras tres el Apóstol se encontraba en Roma, prisionero por Cristo, como lo hace constar en la despedida a Colosenses, que firma personalmente (Col 4,18).

En cuanto a la enseñanza de estas cartas, además de lo doctrinal su finalidad es principalmente práctica, al tratar de dar solución a los problemas que iban surgiendo en aquellas jóvenes comunidades. Entre otros, el peligro para la fe que suponían ciertas doctrinas sin­cretistas, las cuales exageraban de intento las prácticas del judaísmo en relación con la preeminencia de los ángeles, así como otros pro­blemas más caseros que se planteaban y que hacían necesaria una mínima organización pastoral.

El Apóstol centra su argumentación en torno a Jesucristo, único mediador, a quien están sometidas todas las cosas, también los ánge­les. Tras una breve exposición cristológica, pone de relieve lo que es derivación de ella: la eclesiología. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo. Por ser Cristo su cabeza, da vida y coherencia a todos y cada uno de sus miembros. Este es el misterio de Dios o de Cristo -como le gusta llamarlo- revelado en el Hijo, a través del cual nos llega la gracia de la Redención. Cualquier planteamiento organizativo en el seno de aquellas jóvenes iglesias debía asentarse en los principios de esta eclesiología.


Efesios



A forales de su segundo viaje apostólico (año 52), san Pablo se de­tuvo en Éfeso (Hch 18,19 ss), una de las ciudades más florecientes de Asia Menor. Allí fundó la iglesia a la que dirige esta carta. No mucho después apareció en Éfeso un personaje ilustre llamado Apolo, de cu­ya instrucción cristiana, como quedó dicho, se encargaron Áquila y su mujer Priscila (Hch 18,24-26). Una vez instruido, Apolo preparó el te­rreno para la predicación que llevaría a cabo el Apostol en su tercer viaje, entre los años 54-56. Tampoco en esta ocasión le faltaron todo tipo de pruebas y tribulaciones (Hch 19-20). A causa del tumulto pro­vocado por el platero Demetrio, Pablo se vio obligado a abandonar la ciudad y a todos aquellos fieles por los que tanto había trabajado.

Ya en Roma, durante su primera cautividad, aprovecha para es­cribirles esta carta. No todos los críticos concuerdan, porque algu­nos piensan que se trata más bien de una carta circular dirigida a todas las iglesias. Lo dicen por no encontrarse en ella referencias personales, como tampoco el saludo y la conclusión tan característi­cos del Apóstol. Bastaría -afirman- con suprimir el encabezamien­to, que por otra parte falta en algunos códices antiguos, para que re­sultara fiable esta hipótesis. Sin embargo, la mayoría de los autores antiguos y modernos sostienen que la carta fue dirigida desde un principio a los fieles de Éfeso, no sólo por el título, sino por afirmar­lo, entre otros, san Ireneo, el Fragmento de Muratori, Clemente de Alejandría, Tertuliano, etc.

La intención que lleva a san Pablo a escribir esta carta parece que es la de darles a conocer el gran misterio de la Redención, en el cual Cristo es la piedra angular (2,20). Por ser cabeza suprema de la Iglesia y «plenitud» de su Cuerpo7, es el fundamento de todo edifi­cio espiritual. De ahí la división de la carta en dos partes, una dog­mática y otra moral.
Dogmática (1,3-3,21). Expone en ella un principio nuclear: los beneficios derivados de la Redención se dirigen a todos los hombres sin distinción, predestinados antes de la creación del mundo para ser hijos de Dios. Por esto, tanto judíos como paganos están llamados a ser uno en Cristo Jesús, con un fin: formar un solo cuerpo, el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. Esta unión de todos en Cristo, querida ex­presamente por Dios Padre, es merecida por la redención del Hijo y realizada en cada uno por la acción del Espíritu Santo. Para anunciar este misterio, escondido desde siglos, ha sido elegido Pablo y desti­nado como apóstol a predicar entre los gentiles la salvación por la fe en Jesucristo. Su conclusión es ésta: el cristiano -y la Iglesia mis­ma- ha de saberse universal, católico, actuando en todo momento con la misma apertura de mente y espíritu que su Señor. Pues «la Iglesia -enseña el concilio Vaticano II- para poder ofrecer a todos el miste­rio de la salvación y la vida traída por Dios, debe introducirse en to­dos los grupos (pueblos que aún no conocen el Evangelio) con el mismo afán con que Cristo, al encarnarse, se adaptó a las condicio­nes sociales y culturales concretas de los hombres con quienes con­vivió» (AG 10).
Moral (4,1-6,9). En esta segunda parte, el Apóstol exhorta a los cristianos a vivir una misma fe y a ser consecuentes con ella; o lo que es lo mismo, a vivir la unidad, buscando en todo lo que une y evitando lo que divide, cuanto suponga un obstáculo contra la paz y el amor que debe reinar entre ellos; es éste un rasgo distintivo del verdadero discípulo de Cristo. Y, para concretarlo, recuerda los de­beres que lleva consigo la vida doméstica, de modo particular lo que se refiere a las relaciones entre padres e hijos, siervos y amos, y los deberes recíprocos entre los esposos. Doctrina ésta hoy de gran ac­tualidad. Pues «en virtud del sacramento del matrimonio, por medio del que significan el misterio de la unidad y del amor fecundo entre Cristo y la Iglesia y del que participan, se ayudan mutuamente para ser santos en la vida conyugal y en la aceptación y educación de la prole, teniendo su propio don en el Pueblo de Dios, dentro de su es­tado de vida y condición» (LG 11).


Filipenses



La ciudad de Filipos, situada en Macedonia junto a la frontera con Tracia, fue denominada así por Filipo, padre de Alejandro Mag­no (360 a.C.). En ella se estableció la primera comunidad cristiana fundada por san Pablo, cuando pasó a Europa en su segundo viaje apostólico, alrededor del año 51.

Tras varios años de permanencia entre ellos, los filipenses -la mayoría procedían de la gentilidad- fueron objeto de especial predi­lección por parte del Apóstol, en justa correspondencia al amor y ge­nerosidad que ellos le habían mostrado. No le importó a Pablo sufrir por los filipenses azotes y hasta la misma prisión (Hch 16,11-40). En pago de gratitud, los filipenses le corresponden enviando a Epa­frodito para que cuide de él, prisionero entonces por el Señor. Este detalle produce en el Apóstol, tan sensible a los detalles de afecto y gratitud, una alegría inmensa. Pero Epafrodito, de gran ayuda en un principio, se siente muy pronto aquejado de una grave enfermedad. Una vez curado, aunque quizá no repuesto del todo, san Pablo deci­de que regrese a Filipos.

Al marcharse, Epafrodito es portador de una misiva del Apóstol. No se sabe con exactitud si la escribe durante la cautividad de Éfeso. Lo más probable es que sea así, en cuyo caso la carta habría que da­tarla entre los años 54-57. Más que doctrinal, la carta es exhortativa; no hace en ella el Apóstol un planteamiento propiamente dogmático ni aborda temas apologéticos; simplemente quiere expresar su agra­decimiento al Padre de toda consolación, así como a los filipenses por la solicitud que le habían mostrado. Gracias a su buen corazón, nunca le habían hecho sufrir, todo lo contrario: siempre le dieron satisfacciones y consuelos, por contraste con lo sucedido en Corinto o Galacia.

De ahí que la carta rebose de alegría y venga a ser como un des­ahogo personal del Apóstol en conversación íntima y confiada con sus hijos. Lleno de ternura, los consuela y anima, a la vez que les ex­horta a que corran cada vez más, como buenos atletas de Cristo, has­ta alcanzar la meta: la santidad.

Utiliza el símil de las competiciones atléticas, entonces muy po­pulares, para referirse al ejercicio de las virtudes que debe vivir el cristiano. Como el atleta, no deben mirar atrás, sino que, con los ojos fijos en la meta, han de correr confiando en que Dios les dará los medios. Por esto nunca, como el verdadero atleta, deben sentirse satisfechos hasta que no hayan llegado a la meta final.

A pesar del carácter eminentemente familiar de la carta, san Pa­blo aporta uno de los capítulos más profundos de su cristología, al mostrar a Cristo como modelo de humildad y abnegación. Se sirve para ello de un himno, seguramente utilizado desde el principio en las reuniones litúrgicas. Refiriéndose a Cristo, dice:
«El cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Por el contrario, se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese: ¡Cristo Jesús es el Señor!, para gloria de Dios Padre» (2,6-11).
Es un canto a la humillación y exaltación de Cristo. Pues siendo Dios,verdadero, imagen viva del Padre (Col 1,15; Heb 1,3), consus­tancial y coeterno con Él, se anonadó muriendo en la cruz, siendo para todos ejemplo de obediencia. Es ésta la kénosis del Verbo, de su rebajamiento al asumir la naturaleza humana: hecho en todo seme­jante a nosotros, excepto en el pecado (Heb 2,7). Pero por su obe­diencia y muerte de cruz, Dios Padre le exaltó por medio de su resu­rrección, otorgándole «el nombre que está sobre todo nombre», es decir, el nombre de Señor. Que Cristo sea humillado o exaltado hace referencia a su dimensión humana, pues sólo su naturaleza humana es pasible, no la divina, que es impasible.

Colosenses



Desde la relativa libertad de la que gozaba en su prisión de Roma, san Pablo escribe su carta a los colosenses entre los años 61-63. Colosas, ciudad de Frigia, estaba situada a unos 200 km de Efeso, próxima a Laodicea. Esta iglesia, formada por fieles proce­dentes en su mayoría de la gentilidad, no la fundó directamente el Apóstol, sino que se sirvió de un discípulo llamado Epafras (1,7). Sin embargo, en todo momento se mantenía al tanto de lo que suce­día en aquella pequeña comunidad.

La ocasión que dio lugar a la carta fue una visita realizada por Epafras a Roma, donde informa al Apóstol ampliamente de las doc­trinas erróneas que se habían introducido últimamente entre los co­losenses; pensaba él que si no se atajaban con prontitud, amenaza­rían seriamente la fe y la moral de aquellos fieles. Y es que unos falsos maestros les insistían en la obligación de atenerse a las prácti­cas mosaicas; entre ellas, a la observancia de la ley sabática, a la dis­tinción entre alimentos puros e impuros, además de la doctrina sobre los ángeles como intermediarios entre Dios y los hombres. Esto su­ponía ciertamente un peligro para la doctrina sobre la mediación única de Jesucristo y su redención infinita. Nadie, en consecuencia, puede añadirle nada.

El Apóstol no espera. Aprovecha la ocasión para instruir a los colosenses y reafirmarles en la doctrina sobre la supremacía absolu­ta de Jesucristo, principio y fin de todo lo creado. Por ser el Hijo de Dios encarnado, es el Creador de todas las cosas, su conservador y redentor. Lo expresa con estas palabras:
«Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatu­ra, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tie­rra, las visibles y las invisibles, ya sean los tronos o las dominaciones, los principados o las potestades. Todo ha sido creado por él y para él. Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en él. Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea él quien tenga la supremacía en todo» (1,15-18).
Este himno constituye un canto al señorío de Jesucristo sobre toda la creación: nada hay que escape al influjo de su acción redentora: su domino abarca el cosmos entero. San Pablo pone especial énfasis en la preexistencia del Verbo y en su acción creadora. En esa preexistencia funda la razón de su divinidad, eternidad que compar­te con el Padre. Al «hijo amado» de 1,131e llama ahora «primogéni­to de toda criatura», expresión que ha de entenderse en sentido com­parativo: es decir, antes de toda creación; o lo que es lo mismo, el que existe desde toda la eternidad. Una clara evocación de lo que se dice al comienzo de la Biblia (Gen 1,1), o como hará después san Juan en el prólogo de su evangelio (Jn 1,1).

Lejos, pues, del pensamiento paulino presentar al Hijo de Dios como la primera de las criaturas, error en el que incurrió Arrio por hacer una mala interpretación de este texto sagrado. San Pablo no designa a Jesucristo como criatura, sino como Creador, en su senti­do más universal y pleno, propio y exclusivo de Dios. Por esto le llama «imagen del Dios invisible», para subrayar la identidad de na­turaleza y la relación de correspondencia entre el Padre y el Hijo. Su consecuencia es ésta: «en él (en Cristo) reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (2,9)8. Por medio de su sacrificio ha sido constituido mediador universal, reconciliando a los hombres con Dios. Porque ha borrado «todo lo que estaba contra nosotros, el plie­go de cargos que nos era contrario, el cual quitó de en medio y lo enclavó en la cruz» (2,14).

De aquí se sigue una conclusión: los que han resucitado con Cristo, han de «gustar las cosas de arriba, no las de la tierra» (3,2), lo que obliga a rechazar la vida mundana, propia de quienes no co­nocen a Cristo. No es, por tanto, en los alimentos o en las cosas me­ramente externas al hombre en lo que se han de fijar, sino en la rec­titud de su corazón, en el amor a Dios y al prójimo. De ahí que el Apóstol les exhorte:
«Desechad la ira, la indignación, la malicia, la blasfemia y la obs­cena conversación. No os engañéis unos a otros, puesto que os despo­jasteis del hombre viejo con sus obras y os revestisteis del nuevo, que se renueva para adquirir el pleno conocimiento según la imagen de su Creador... Revestíos, por tanto, como elegidos de Dios, santos y ama­dos, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros, perdonándoos mutuamente si al­guno tiene queja contra otro» (3,8-13).
Y puntualiza cómo debe ser ese trato mutuo. La conversación, termómetro de la verdadera caridad -dirá-, ha de estar sazonada de gracia y de sal; es decir, de prudencia y discreción, de suavidad y de­licadeza, sabiendo hablar con cada uno lo que más le convenga y le aproveche en ese momento (4,6).


Filemón



Este breve opúsculo está dirigido a Filemón, un rico propietario de Colosas a quien Pablo, amigo personal suyo, había ganado para la fe. Tenía éste un esclavo llamado Onésimo, quien después de ha­berle robado, escapó de su casa para librarse del castigo. En su hui­da, Onésimo llega hasta Roma, donde en ese momento se encontra­ba el Apóstol privado de libertad. En contacto con el Evangelio y como fruto de su trato personal con el Apóstol, Onésimo se convier­te y es bautizado.

Tras una breve permanencia en Roma, Pablo pide a Onésimo que regrese a Colosas, con su amo, para lo cual le hace entrega de esta misiva que ha de servirle de presentación. Con Onésimo va Tí­quico, portador de la carta a los Colosenses (Col 4,7-9), de lo que se deduce que a ambas cartas se les ha de asignar la misma fecha.

En su brevedad, este opúsculo a Filemón es toda una obra maestra en el arte epistolar, llena de exquisita sensibilidad y de fina caridad. El tono que emplea el Apóstol no es de mandato, y podía haberlo hecho, sino de súplica humilde y confiada hacia Filemón, ante el que se pre­senta en su condición de «anciano y además prisionero de Cristo Je­sús» (v. 9). El Apóstol juega con el significado de la palabra Onésimo (= útil) para interceder por él, ahora bautizado, ante Filemón.

Desde antiguo fue denominado este escrito como la carta mag­na de la libertad cristiana. El Apóstol aborda en ella de modo indirecto un tema de especial importancia en aquel tiempo: el de la es­clavitud. Sobre ella se fundaban entonces las relaciones laborales. San Pablo no la denuncia, pero sienta las bases y establece los prin­cipios para su abolición. Y lo hace poniendo en el primer plano de toda relación interpersonal la dignidad de la persona humana. Las relaciones de dependencia de los esclavos respecto de su señor de­bían pasar necesariamente por la relación de aquellos con Cristo, a quien en realidad servían. Y lo hacen sirviendo a sus amos o seño­res. De ahí que el mismo Apóstol recuerde que no trabajan para «agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad del Señor» (Ef 6,6). Es la consecuencia inme­diata de la libertad que Cristo nos ha ganado. Pablo enseña que al participar de la misma fe, el cristiano entra en comunión con Cristo y con sus hermanos. Por tanto, si somos hijos de Dios, somos tam­bién hermanos de quienes participan de nuestra misma fe, sin distin­ción alguna por razón de raza, color, clase o condición. Siglos más tarde, cuando esta doctrina impregne con su espíritu las leyes civiles de los pueblos, quedará definitivamente abolida la esclavitud.

1. D. CARTAS PASTORALES


Con el título de «Cartas pastorales» se denominan desde el siglo XVIII las tres cartas dirigidas por san Pablo a sus discípulos y cola­boradores Timoteo (dos) y Tito (una), en su condición de pastores de las iglesias de Éfeso y Creta, respectivamente. En ellas se contienen una serie de normas y consejos para el buen gobierno de aquellas jó­venes comunidades, formadas por cristianos procedentes en su ma­yoría de la gentilidad, junto con algunos conversos del judaísmo.

Timoteo (1 y 2)
Timoteo, natural de Listra, era hijo de padre gentil y de madre judía (Hch 16,1). Una vez convertido a la fe cristiana, como antes lo hicieron su madre Eunice y su abuela 1,0i(la (2 Tim 1,5), se unió a Pablo en su segundo viaje a su paso por Listra. Después de que el Apóstol mandase circuncidarle, participa con él en la fundación de las iglesias de Filipos y Tesalónica (Heli 11,,12; 17,14). Discípulo predilecto del Apóstol, Timoteo comparte con él su cautiverio roma­no. En sus cartas lo menciona como «mi leal colaborador». Después de encomendarle importantes misiones, lo pone al frente de la igle­sia de Éfeso. Antes de morir, lo llama nuevamente a Roma, para re­gresar definitivamente a Éfeso tras su muerte.

La primera carta a Timoteo la escribe san Pablo hacia el año 66, seguramente desde Macedonia. Preocupado como estaba por la si­tuación que habían creado en Éfeso unos falsos maestros, altamente peligrosa para la fe de aquellos cristianos, quiere aliviar y descargar en parte con sus consejos la responsabilidad que recaía sobre Timo­teo.

Poco tiempo después, y cuando se encontraba preso en Roma, le escribe la segunda carta. El Apóstol presiente que su fin está muy próximo y pide a Timoteo que se dé prisa en llegar, pues está solo y tiene necesidad apremiante de su ayuda. No se trata, por tanto, de la primera cautividad romana (61-63), pues de aquélla salió Pablo en libertad, y es probable que pudiera realizar su deseado viaje a Espa­ña (Rom 15,24-28), hacia el año 65. El segundo y último cautiverio romano, desde el que ahora escribe, debe fijarse poco antes de su martirio, alrededor del año 67. Esta segunda carta, por la fecha, es seguramente el último de sus escritos, por lo que se la considera como su testamento espiritual.

Algunos críticos, no obstante, pusieron en duda la autenticidad paulina de estas cartas pastorales, confirmada sin embargo por la Tradición de la Iglesia. Sus dudas proceden, principalmente, de las diferencias literarias o de estilo que aprecian en ellas, así como por la doctrina y la organización eclesiástica tan avanzada que presen­tan, si se compara con la de otras cartas del Apóstol. Tampoco les parecen propias del estilo paulino las alusiones tan frecuentes a la «sana doctrina» (1 Tim 1,10; 2 Tim 1,13), a la que Timoteo debía atenerse, o la recomendación de que guarde el «depósito de la fe» (1 Tim 6,20; 2 Tim 1,14).

La mayoría de estas objeciones desaparecen si se tiene en cuen­ta que el estilo -más sencillo y aun menos rico que en otras cartas- responde a la situación personal del Apóstol, en ese momento ya an­ciano y preso. Por lo que se refiere a la doctrina que pretenden ver como nueva, sobre todo la de la necesidad de las buenas obras, es ex­plicable por el carácter pastoral de estas cartas. Si apela, por ejemplo, a la «buena doctrina», o al «depósito de la fe» es porque ve ya muy próximo su fin y quiere poner en guardia a Timoteo, como hará tam­bién con Tito, contra los innovadores de doctrinas erróneas y alta­mente peligrosas, por las que algunos «naufragaron en la fe» (1 Tim 1,19). No aparece aún en estas cartas en todo su vigor el influjo de las doctrinas gnósticas que tanta confusión crearían a finales del siglo I y comienzos del II. Las de ahora son «disputas y palabras vanas» (I Tim 6,4) defendidas por algunos judaizantes como fruto de las in­fluencias del judaísmo helenizado y sincretista contra el que san Pa­blo tuvo que luchar años atrás, como él mismo dice en Col 2, 4-8.

La doctrina de estas cartas es rica y abundante, aun cuando pre­dominen en ellas los aspectos prácticos o pastorales. Por lo que se deduce, a san Pablo le preocupaba dejar bien asentada la organiza­ción en el interior de aquellas comunidades de reciente formación. Para esto, uno de los puntos básicos era el establecimiento de la Je­rarquía. Lejos, pues, de suponer un gran desarrollo de la organiza­ción eclesiástica -como algunos trataron de ver- propio más bien de una época posterior, lo que reflejan estas cartas es una organización aún incipiente, en la que los títulos de obispo y presbítero no estaban aún bien definidos e incluso en ocasiones se consideraban sinóni­mos (Tit 1,5-7). Nada extraño, pues así venía sucediendo desde años atrás (Hch 20,17-18). Sin embargo, la falta de distinción nominal no implicaba confusión en la misión o en los grados de la jerarquía, ya qué Timoteo y Tito ejercían un ministerio episcopal en el seno de sus respectivas iglesias, por lo que ellos mismos conferían la ordenación de presbíteros (1 Tim 5,19-22; Tit 1,5-7). Por tanto, lo que al principio dependió exclusivamente de los Apóstoles como misión específica suya, poco a poco fue pasando a quienes ellos elegían como sus sucesores. Por la consagración episcopal les transmitían su misma misión, como se colige de las palabras de san Pablo a Timo­teo: «Las cosas que oíste de mí ante muchos testigos, confíalas a hombres fieles» (2 Tim 2,2). La misión recibida por Timoteo -pro­bablemente el día de su consagración episcopal- era la de velar y transmitir fielmente el depósito de la fe que se le había confiado, tal como el mismo Pablo lo había recibido del Senor. De este pasaje se colige la importancia de la tradición oral en la instrucción de los fie­les, propia y específica del magisterio episcopal.

Como resumen, y con independencia de la autoría de estas car­tas, se puede decir que reflejan el tránsito pacífico de la autoridad apostólica -e1 episcopado, tal corno el Señor lo quiso- a los suceso­res de los Apóstoles, próxima ya su desaparición. Será en el siglo lI cuando se fije definitivamente el término «obispo» para designar al que rige el colegio de los presbíteros. A estos presbíteros les ayu­daban los diáconos, instituidos probablemente a partir de la elección de los siete hombres que ayudarían a los Apóstoles en la «diaconía» o servicio de las mesas (Hch 6,1-7). Con esto quedaban diferencia­dos los tres grados que constituyen la Jerarquía de la Iglesia: episco­pado, presbiterado y diaconado (CEC 1593).

Junto a esta mínima organización eclesiástica, se pone de relieve en estas cartas lo que es punto central del dogma cristiano: la fe en Cristo. Pues como «uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (1 Tim 2,5), que «vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim 1,15). Por medio de él -y ésta es la voluntad salvífica universal- «Dios quiere que todos los hombres se salven» (2 Tim 2,4), en la Iglesia de Cristo, que es «la casa de Dios, la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad» (1 Tim 3,15). A ella, por ser santa y universal, están lla­mados todos los hombres, sin exclusión por raza, lengua o nación.

De esta realidad surgen varios compromisos: la necesidad de orar unos por otros, el dar buen ejemplo y huir del activismo, y el progreso en las virtudes. Todo ello como un eco fiel de las enseñan­zas del Maestro a sus discípulos.


Tito



Tito era hijo de padres paganos; se convirtió a la fe cristiana por el trato con el Apóstol de las gentes. Más tarde lo acompañó, junto con Bernabé, al concilio de Jerusalén (Gal 2,1-5). Ya casi al final de su tercer viaje, y cuando se encontraba en Éfeso, san Pablo lo envía a Corinto con la denominada «carta de las lágrimas» (2 Cor 2,13). Ciudad a la que vuelve de nuevo para hacer la colecta y entregarles la 2ª Carta a los Corintios. Gracias a su prudencia y exquisito tacto supo ganarse a los fieles de aquella comunidad, a la que el Apóstol daba por perdida.

Como obispo de Creta, no fue nada fácil su labor. Se topó con el carácter un tanto anárquico y díscolo de los habitantes de aquella isla. Para ayudarle en su labor pastoral, el Apóstol le escribe la carta que lleva su nombre.

Comienza dándole una serie de instrucciones pastorales sobre los presbíteros (1,5-9), los falsos doctores (1,10-16) la organización de la Iglesia (2,1-3,11), en especial sobre el modo en que debía tra­tar a las mujeres, a los hombres y a los esclavos. Le orienta igual­mente sobre el modo de conducirse con las autoridades y los falsos maestros.

En su aspecto doctrinal, esta carta recuerda la l.a a Timoteo, es­crita como aquélla alrededor del año 65. Después de encomendarle la misión de organizar la comunidad de Creta, le da unas pautas so­bre las que debe basar sus enseñanzas y deshacer los errores que ha­bían comenzado a difundirse.

Comienza por recordarle que la Iglesia es el pueblo redimido por Cristo, por cuanto prolonga y actualiza en el tiempo su acción salvadora para todas las gentes (2,14). Los fieles cristianos son aquellos que han sido salvados «por medio del baño regeneración y renovación del Espíritu Santo» (3,5), llamados por tanto a destacar por sus buenas obras (3,8). Sobre estos dos ejes doctrinales, Iglesia de Cristo y fieles cristianos, debe organizar toda su acción pastoral.


2. LA CARTA A LOS HEBREOS

Después de las trece cartas paulinas precedentes y antes de las siete católicas que le siguen, aparece entre los escritos canónicos del Nuevo Testamento la carta a los Hebreos. La tradición más antigua atribuyó este escrito a san Pablo, aunque sin unanimidad, ya que la Iglesia en Occidente no aceptó la paternidad paulina de Hebreos hasta el siglo IV La Iglesia oriental sí la reconoció, pero con ciertas reservas, debido a su especial forma literaria. Así Clemente de Ale­jandría y Orígenes, entre otros. Y es que, en realidad, si nos atene­mos al examen interno del texto, se notan en esta carta grandes dife­rencias con los demás escritos del Apóstol. Por ejemplo, su lenguaje y estilo son de una gran elegancia y de un griego muy correcto. De otra parte, carece de saludo y preámbulo, tan habituales en las cartas del Apóstol. Además, la manera de citar la Sagrada Escritura tampo­co parece suya. Sin embargo, la doctrina sí lo parece, aunque ex­puesta con tal originalidad que resulta difícil atribuirle su paternidad literaria.

Fuera de dudas la canonicidad de la carta, incluida por el conci­lio de Trento (8-IV-1546) entre los demás libros sagrados, no se di­rimió del todo el asunto de la autenticidad paulina. El hecho es que la Comisión Bíblica, en decreto del 24-IV-1914, tuvo que salir al paso de quienes se oponían a ella. Después de afirmar su canonici­dad, contesta a la siguiente cuestión: «Si el apóstol Pablo ha de ser de tal modo considerado como autor de esta carta que deba necesa­riamente afirmarse, no sólo haberla concebido y expresado toda ella por inspiración del Espíritu Santo, sino que le dio también la forma en que se conserva». La respuesta fue negativa, «salvo ulterior jui­cio de la Iglesia» (DS 3592-3593).

No zanjada aún la cuestión sobre la paternidad de la carta, el caso es que la Iglesia, en la edición de los libros litúrgicos, ha supri­mido toda referencia expresa a san Pablo como autor de la carta a los Hebreos. Hay que decir, no obstante, que la doctrina de Hebreos es claramente paulina. La pregunta, pues, sigue en pie: ¿quién escri­bió realmente la carta a los Hebreos? Tal vez siguiendo sugerencias del Apóstol, se ha pensado que pudieron hacerlo Bernabé o Silas, discípulos de san Pablo; otros se inclinan por Apolo, hombre de gran elocuencia (Hch 18,24-28) y muy original en el modo de citar la Sa­grada Escritura, de quien procederían asimismo los giros literarios de muchas de las expresiones de esta carta, de gran estilo y belleza. En realidad, nada sabemos con certeza. En cualquier caso, parece ésta una cuestión secundaria que en nada afecta a la fe, una vez que ha sido declarada por la Iglesia la inspiración y canonicidad de este escrito.
LUGAR, FECHA Y DESTINATARIOS

Respecto al lugar, lo más probable es que el autor se encontrara en Italia cuando escribió la carta, como se deduce de la despedida (13,24). Aunque también pudo escribirla en otro lugar donde hubie­ra cristianos de esa procedencia.

La fecha de su composición puede colegirse con cierta probabi­lidad de las referencias que hace al Templo de Jerusalén y su culto, que presenta como una realidad viva en ese momento. De otra parte, al poner en guardia frente a la tentación de volver al esplendor del antiguo culto levítico, se piensa que la carta debió escribirse antes del año 70, fecha a partir de la cual desapareció el Templo y con él su culto. Como, de otra parte, el autor conoce las cartas de la cauti­vidad, que utiliza, es también probable que la carta sea posterior al 63 y, casi con toda seguridad, muy cercano ya el 67, por las llama­das apremiantes que hace a una fe perfecta, «tanto más cuanto veis que se acerca el día» (10,25).

Por lo que se refiere a los destinatarios, se deducen del uso casi continuo que hace el autor del Antiguo Testamento, en el que se su­pone expertos a sus lectores. Se ha pensado que éstos podrían ser conversos del judaísmo, sin descartar que hubieran sido sacerdotes o levitas en otro tiempo. Al abrazar la fe cristiana, y debido a las difi­cultades del momento, tal vez abandonaran apresuradamente Jerusa­lén, la ciudad santa, para ir a refugiarse en alguna ciudad costera, que bien pudo ser Cesarea o Antioquía. La situación de desterrados en que ahora se encontraban debía resultarles especialmente dura. Incluso es posible que añorasen el esplendor del culto en el que ha­bían participado antes de su conversión. Nada tendría de extraño que, en una situación así, pudieran pensar que habían sido engaña­dos, sufriendo continuas tentaciones de abandono o de rechazo de su nueva fe. A esto se unía el desconcierto que había creado en ellos la persecución a la que se veían sometidos.

Es evidente que se hacía urgente ayudarles, sobre todo para cla­rificar sus ideas y fortalecer su fe.

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