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LOS LIBROS DIDÁCTICOS DEL NUEVO TESTAMENTO

1. LAS CARTAS DE SAN PABLO



Tras los libros de carácter histórico o narrativo -Evangelios y Hechos-, aparece en el canon del Nuevo Testamento un segundo grupo: son los llamados libros didácticos, en los que se aplica la doctrina a las diversas circunstancias de la vida cristiana. Entre éstos ocupan un primer lugar las cartas de san Pablo, catorce en total. To­das ellas salieron de la pluma del Apóstol como complementos de su vasta predicación: unas veces para exhortar e instruir y otras para amonestar o aclarar puntos de especial dificultad doctrinal a los fie­les de aquellas primeras comunidades.

Pablo apóstol es, sin duda, el escritor mejor conocido de todo el Nuevo Testamento. Los Hechos dedican dos terceras partes de su texto a relatarnos su vida, lo cual nos permite, junto con la informa­ción que suministran sus cartas, conocer con detalle el ambiente que vivió en su juventud, su conversión y, finalmente, su extraordinario apostolado entre los gentiles.

Por lo que sabemos, nació en Tarso de Cilicia, de padres judíos, celosos y fieles cumplidores de la Ley (Hch 23,6). Su primera edu­cación fue hebrea, aunque aprendió también en Tarso el griego y se inició en la cultura helénica. El hecho de usar indistintamente dos nombres, Saulo y Pablo, refleja este doble ambiente cultural, así como la doble faceta de su personalidad. Ya en Jerusalén completó su formación religiosa y practicó la doctrina farisaica (Hch 23,6) bajo la dirección de Gamaliel (Hch 22,3), hombre piadoso y de gran rectitud moral.

A su gran cultura unía Pablo un carácter apasionado por las co­sas de Dios. Su entrega en este sentido fue total. Dios lo era todo para él y por eso le sirve incondicionalmente y con entera lealtad. La visión que tuvo de Jesús en el camino de Damasco (Hch 9,1 ss) transformó radicalmente su vida. Su conversión no fue consecuencia de un simple proceso natural, psíquico o emotivo; se debió más bien a una gracia especial de Dios que, como él mismo confiesa (Flp 3,12), le «apresó» por entero. A partir de ese momento, su celo por Dios y por el prójimo se traducirá en una vida de completa entrega. Ni trabajos, ni renuncias, ni sufrimientos o privaciones, ni aun los mismos peligros de muerte a los que se vio expuesto, podrán separar­le ya «del amor de Dios que está en Cristo Jesús» (Rom 8,35-39). Al contrario, todo eso le llevará a una identificación mayor con su Maestro (2 Cor 4,10-11; Flp 3,10), hasta el punto de que puede decir: «Con Cristo estoy crucificado; y vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19-20). De esta identificación arranca su celo por evangelizar, por llevar a todos la doctrina de Cristo, su abne­gación y solicitud por todas las Iglesias (2 Cor 11,28).


Tres fueron sus viajes apostólicos. El primero (años 45-49) tuvo lugar después de haber sido elegido para esta misión por el Espíritu Santo, junto con Bernabé (Hch 13,2). Se dirige a predicar a los gen­tiles, para lo cual recorre la isla de Chipre, Atalia, Perge de Panfilia, Antioquía de Pisidia y tres ciudades de Licaonia: Iconio, Listra y Derbe. A pesar de las muchas dificultades que ha de afrontar, casi todas procedentes de la intransigencia de ciertos judíos, pudo dejar asentada entre los gentiles la primera comunidad cristiana en aque­llas tierras.

A la vuelta del primer viaje, tiene lugar el concilio de Jerusalén (Hch 15,1 ss), que dirimió la cuestión planteada por los cristianos judaizantes sobre la obligatoriedad de la ley mosaica para los cristia­nos procedentes de la gentilidad. El acuerdo al que llegan, ratificado por Pedro, Santiago y Juan, confirma en su apostolado a Pablo y Bernabé. Desde este momento queda claro que no es necesaria la práctica de la ley antigua para entrar en la Iglesia.

El segundo viaje (años 50-52) lo emprende el Apóstol en com­pañía de Silas. Desde Antioquía cruza Cilicia y visita en Licaonia la iglesia que había fundado en su primer viaje. En Listra se le une Ti­moteo. Atraviesa Frigia y Galacia y, a pesar de encontrarse enfermo, predica sin descanso. El Espíritu Santo le conduce a Troade y de allí a Europa, pasando por Macedonia, donde funda las iglesias de Fili­pos, Tesalónica y Berea. Debido a la fuerte oposición que encuentra entre los judíos, ha de marchar a Corinto. En esta ciudad predica durante año y medio; aquí coincide con Aquila y Priscila, matrimonio judío que había sido expulsado de Roma por la persecución de Wlau­dio. En el tiempo que permanece en Corinto, y antes de regresar a Antioquía, escribe las dos cartas a los Tesalonicenses, consideradas cronológicamente sus primeras cartas y tal vez los primeros libros canónicos del Nuevo Testamento.

El tercer viaje (años 53-58) lo inicia en Antioquía. Cruza por Frigia y Galacia hasta llegar a Éfeso. En esta ciudad permanece del 54 al 57 y escribe la carta a los Gálatas junto con la primera a los Corintios y probablemente también la de Filipenses. Tras su marcha precipitada de la ciudad (Hch 19,23 ss), se encuentra en Macedonia con Tito, que le da noticias inquietantes de la iglesia de Corinto, ra­zón por la cual escribe la segunda carta a los Corintios. Acabando ya el invierno del 57 llega a Corinto, meta final de su tercer viaje. Des­de aquí escribe la carta a los Romanos.

De regreso en Jerusalén es acusado por los judíos, encarcelado y conducido bajo arresto a Cesarea. Tras dos años de prisión y des­pués de someterse a los interrogatorios de los procuradores Félix y Festo, apela al César por su condición de ciudadano romano. A fina­les del 60 sale camino de Roma, y bajo custodia permanece en esta ciudad por espacio de otros dos años. A pesar de todo, predica el Evangelio con entera libertad, con la fuerza y el vigor con que lo ha­bía hecho hasta entonces. Durante esta primera cautividad romana (años 61-63) escribe las cartas a Efesios, Colosenses y Filemón, dentro del grupo de cartas conocidas como de la cautividad.

Por lo que cuenta san Lucas en los Hechos, es probable que al cabo de estos dos años quedara en libertad. Tal vez entonces -año 63- realizara su deseado viaje a España. A su regreso, realiza su úl­timo viaje por Oriente, según el testimonio de la primera carta a Ti­moteo y la de Tito, escritas ambas en Macedonia. De la segunda car­ta a Timoteo se desprende que le aguardaba una segunda cautividad en Roma. Según tradición unánime, fue precisamente en esta ciudad donde recibió martirio entre los años 64 y 67.

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