Graciela Genta 15. 09. 10






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Graciela Genta 15.09.10

Sobre el libro de Edda Piaggio Camino de ronda, 2ª edición.

Editorial Botella al Mar, Argentina.
Si en algún momento de la vida, ésta nos devuelve con generosa dádiva un hecho, un acontecer, una posición, el hecho de que mi amiga y hermana en la palabra, la poeta Edda Piaggio, me haya pedido estar hoy acá, junto a este gran poeta, Rafael Gomensoro, contando algo de lo experimentado al leer su libro Camino de Ronda en su segunda edición, me hace sumamente feliz.

Conocer el corazón de Edda en su intimidad, allí donde nacen sus poemas, es un honor y una enorme responsabilidad, porque me encuentro frente a la obra de una mujer que canta con voz distinta, trágicamente humana, hondamente sufrida.

Bajo el imperturbable manto de la epidermis de Edda se desata, irrumpe el verso con reciedumbre de dolor, pero sin abandonar en ningún instante esa imagen lírica, con metáforas que embelesan: Bancos de malva, Campanarios de luces, Espejo de credenciales, Cenizas entre las vértebras, y en medio de ellas, el drama, la tragedia, el poema fuerte de potentes imágenes, donde muertas horas bastardas, «enterrados secretos», en los que se pregunta para qué vinieron estos ángeles quiméricos, «puros como luna menguante», a este caos, a esta confusión que es la vida misma.

Edda no le teme a las palabras, no le teme a llamar caos al caos, destrucción a la destrucción, al dolor, dolor, así, sin subterfugios, sin adornadas siluetas seductoras al oído.

Hay sufrimiento hondo, real, intenso, pero cuando ese dolor se vuelve canto, estamos en presencia de la mujer-poesía, de la mujer con esa capacidad interior de sentir, de amar, de soñar, de sufrir y de hacer de todo eso canto, canto profundo, intenso.

Me impresionaron en sus poemas determinados versos que quiebran el dramatismo de su poesía, por ejemplo en el poema 5, cuando dice:

Deslizándose en páramos sin ningún recurso,

un clavel encogido titubea en la tarde

como lancha de duelos resbalando en cenizas.

¡Qué hermosa imagen a la que sigue el pueblo áspero, la gente insurrecta, entre muelles de insomnios! Los animales están presentes con un simbolismo tan perfecto, que todo lo explican en el caos del mundo. En ningún momento está ausente la lírica voz de Edda, cargada de imágenes oníricas o reales.

Leyendo a Friedrich Nietzsche, quien dice:

Debemos elevarnos resueltamente hasta una concepción metafísica del arte y recordar la afirmación anteriormente expuesta de que el mundo y la existencia no pueden parecer justificados sino en cuanto fenómeno estético y precisamente en este sentido, el mito trágico tiene por objeto convencernos de que aun lo horrible y lo monstruoso no son más que un juego estético, que la voluntad juega con ella misma en la plenitud alterna de su alegría,

llegamos a la conclusión de que todo lo maloliente, los perros con sarna, insectos, caballos… caballos que ruedan y ruedan, vagabundos, «caballos como metrallas en las salas aéreas» no hacen más que mostrarnos a la mujer-poeta, profunda, intensa, nimbada por la luz que le es dada a unos elegidos llamados poetas, como es el caso de Edda. Un oleaje subterráneo la posee.

Una gran poetisa, a quien aprendí a conocer en un viaje que hice a la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, República Dominicana, dice en uno de sus poemas:

Poeta: el arte debe cantar del hombre

su lucha y su dolor.

Que tu poesía comience cuando comience a ser lucha

el poeta es ahora el mensajero de la ruina del viejo cambio.

Hay un orden que siento destruido,

Un orden que es el principio de ese juego prohibido

Que es la vida.

Leyendo por segunda o tercera vez el libro de Edda, descubro a la «otra», la del poema 39, por ejemplo:

Esculpida en el aire

una martineta manchada avanza

cansada

hacia la higuera que la cobija,

cintero de sigiloso amor.

El lirismo presente; la imagen del pájaro buscando el refugio en el verde áspero de la higuera, amor, palabra que todo lo encierra, actitud y aptitud, a pesar del dramatismo de su obra. Edda no quiere blasones, quiere que la amen tal cual es, quiere el amor, en toda su plenitud de mujer, sin trampas, sin apologías.

Hay en esa poesía lacerante, verdaderas imágenes líricas de hermosísima composición. Su poma 10 es un ejemplo clarísimo de esa decepción enmarcada en un entorno de costa y primavera, de un río que canta, de ese alcatraz que despierta. El poema 13 es una verdadera pintura de un estado del alma, transmutado en la naturaleza en que se inscribe.

Tengo la impresión —yo no soy, ni pretendo ser crítica, pues lo mío es el verso— que ese lirismo sano, no tan desgarrador como en otros poemas leídos, está de pie en su poema 16, a pesar de hacer entrar en él a los demonios. Canta Edda a la destrucción del mundo, pero lo hace con un lenguaje que no molesta, que no hiere los oídos, un lenguaje superior de mujer culta y sufrida.

Recordando y mencionando las palabras cariñosas de Ernesto Sábato a esta mujer de temple: de acero y mimbre, de águila y golondrina. Leo en Antes del fin de Sábato, la siguiente reflexión que me sirve para entender más aún a Edda. Dice: «Quizás al escribir esto encuentre yo un sentido de trascendencia en este mundo plagado de horrores, de traiciones, de envidias, de desamparos, torturas y genocidios».

Edda recurre varias veces a la nostalgia, pero siempre culminada en dolor.

Tiene poemas breves, como el poema 22, donde no falta ni sobra nada.

Una cruz. Desde lejos la miro y me mira, me habla.

Debajo los escombros.

El poema 24:

Pájaro frágil en larguísimo viaje,

hay un miedo de tiempo a la distancia.

Todo, todo lo que necesitaba decirse se encierra en esos dos versos perfectamente hilados.

Podría seguir analizando los breves poemas dedicados a esas amigas que ella quiere, pero basta con ver en esa Edda a la mujer de sentimientos puros y profundos que se traducen a veces en dos o cuatro versos.

La lucha por el bien la atormenta. ¿Logrará el hombre desprenderse, por el amor, de tanta destrucción y tanto desgarro? Y por ahí aparecen como brotando de sus sueños, hadas, junto a la luna de los andamios. ¡Cuánta belleza de imágenes! ¡Cuánta belleza detrás de ese destrozado ambular por la desesperanza!

De pronto, me encuentro nuevamente leyendo el poema 32, que dice:

Hacia las chircas, un pájaro intranquilo

es corchea sobre alambres de púa

y no quiere volar.

Música de alas retenidas por las hirientes púas de un alambre que lo sostiene. ¡Cuántas veces pensé en esa imagen alegórica de vuelo retenido, que tantas veces sentimos quienes escribimos! ¡Cómo siente Edda el dolor de la vida que pasó!: «¿No habrá —dice— en estas tierras despojadas de todo el amable cariño y la cornisa sonriente? Delantal de entonces… mis quemados cantos.»

La naturaleza acompaña siempre los poemas. El hábitat y los animales mencionados como símbolos. Ídolos rotos, desechos humanos desgarrados, nada queda del mundo que ella hubo de querer mirar y vivir. El pecado del mundo es haber desgarrado la tierra con sus odios, porque Edda es una mujer toda amor; amor a quienes la rodean, amor a los seres que a su alrededor tejen ilusiones y esperanzas, para devolverle a la mujer-poeta, profunda, genuina, de alta poesía, la alegría que merece, los dones de la sonrisa y la esperanza que vienen de las manos de todos quienes la conocemos, y conociéndola la amamos y respetamos.

¿Qué es la desesperanza? ¿Cuánto nos duele? ¿Cuánto encierra de dolor? ¿Cuánto de lunas apagadas e inciertos caminos? Cuando leo de Edda un poema que encontré, llamado Troncos, ese sentimiento se hizo carne en mí. Dice Edda:

Todo es cerrado en el mundo,

me busco en la inmediata

esperanza y me disperso

en la alegría de vivir,

pero no me encuentro.

Hay vertientes de ilusión vacía.

Quiere ser feliz, quiere apresar la alegría… pero no se encuentra, no navega por su sangre. La ilusión está vacía de sueños y sonrisas.

Una poeta dramática en su quehacer, pero poeta de una fina sensibilidad, de un depurado lenguaje, de una fuerza innata que golpea de lleno en el corazón; sabe que «el olvido no tiene sangre. Al olvido no se le puede matar. Yo le busco el corazón, pero no suena. Es un reloj sin ojos y sin tic tac. No nos ve ni nos oye. Y sin embargo, nosotros lo recordamos siempre». Estas palabras de la poeta costarricense Victoria Urbano, caben a la perfección en la poesía de Edda, de esa Edda que trasciende en amor, que tiene en su voz el arpegio de su dulzura, que siempre guarda una palabra dulce para el oído de quienes tenemos la suerte de tenerla, de saberla y de admirarla. Pero el caos existe, es real, el mundo está lleno de odios, de guerras, de metrallas, de injusticias, a pesar de todo. El mundo es un disloque que aterra y el poeta, a pesar de ese poderoso amor que es el disparador de su vida, sabe, entiende que no está en su corazón la fuerza para alejar demonios y desesperanzas, injusticias y desmanes, iras y descontentos. Pero mientras haya poetas de la talla de Edda Piaggio, encontraremos la razón para seguir soñando con ese mundo mejor, donde a pesar de figuras de amaranto como Barrabás y Cristo, ella se inclina ante Cristo y agita su nombre en diademas de ternura, y solo la peripecia de una cruz eterna nos invita al convite de la palabra de esta enorme figura de nuestras letras. Pero no olvida a Barrabás, el asesino perdonado, representando lo turbio y lo violento. La pregunta final es otro regalo de amor, pues Edda necesita saber si el Barrabás capaz del crimen, en oposición al amor sacrificado de Jesús, es capaz de tener un sentimiento hacia ella, pese a sus condiciones. Una vez más el amor triunfando sobre el caos del mundo; el amor de una mujer que vive la tragedia de un orbe en crisis para suplicar también el amor de aquellos que no saben que la esencia de la vida, es y será siempre el amor.

Edda Piaggio canta con dramática voz, pero en el rincón donde el alma se encuentra con su verdadero yo, es amor, solo amor, la añoranza de un mundo mejor que se esconde detrás del muchas veces aparente trágico y dramático mundo de su poesía.

Graciela Genta

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