Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad






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títuloEs probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad
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A côte chez Brakk, cuando Fred entró una de las tías dijo, «Te he guardado un poco de fruta en compota», y Wes también le sirvió algo de aspecto potente. Estaba claro que el conventículo/festín ceremonial no había terminado y la presencia de Fred seguía siendo aceptable. Sin embargo… Alguien bajó el periódico; y ese alguien que estaba detrás era… ¡Nick!

—No la pidas a la vieja que te vuelva a enseñar ese maldito hornillo —le dijo—. Está agotada.

—Vale, Nick —repuso Fred como sin darle importancia, y preguntó dirigiéndose a todos en general—: ¿Quién más tiene uno?

Unos instantes de reflexión. Y Wes le dijo que, que él supiera, nadie.

—Es el último de los mohicanos —añadió Wes.

Nick dio un golpe con el periódico.

—Mejor la valiera librarse de él, ¿me oís? Lo voy a machacar, lo voy a tirar por el puente; no quiero ni oír hablar de él… ¡así cómo no se van a burlar de nosotros todo el tiempo!

Nadie dijo ni una palabra, así que Nick aprovechó para decir una, una palabra corta y rotunda, y, como si se hubiera escandalizado a sí mismo, se marchó de la habitación dando un portazo. Un instante más tarde un coche se alejó a toda velocidad. Wes permaneció inexpresivo y aparentemente impasible.

Fred probó la fruta en compota. ¿Era lo mismo que la compota de fruta?, no, para nada. No obstante estaba buena. En cuanto su cuchara rozó el fondo, una fuente de otra cosa fue colocada a su lado. Y un plato de una tercera. «En este es puré de alubias con vinagre y crema agria. En este son croquetas de cordero con eneldo fresco». ¡Caray, qué raro sonaba todo! ¡Caray, qué bueno estaba todo!

En la esquina opuesta de la habitación, un hombre y una mujer de avanzada edad cantaban desafinando; cantaban, de un libro grande y antiguo que compartían, himnos religiosos en ese gran y ancestral idioma que es el huzuk, o en algo por el estilo.

—Dicen que beneficia al alma del difunto —explicó un hombre muy joven de rostro amplio y radiante, en tono precavidamente desafiante.

—Ya está el listillo… —le espetó Wes—. ¿Es que acaso le puede perjudicar?

Fred Silberman dejó la cuchara. Porque ¿se pueden comer croquetas con cuchara? Por supuesto. ¿Por qué no? ¿Acaso te puede perjudicar?

—Oídme, ¿dónde estaba la «Morada Ancestral junto al Gran Mar»? —preguntó.

Y el listillo se apresuró a responder:

—Gichigami4.

Wes dijo, con un encogimiento de hombros mucho más marcado que el de Mat Grahdy:

—¿Quién coño sabe? ¿Quién lo ha sabido nunca? ¿O es que crees que en aquella época tenían mapas? Supongo que un año las cosechas fueron mal y las boñigas de cabra no alimentaban lo suficiente, así que ¡carretera y manta! ¡Rumbo al oeste! Y una vez hubieron atravesado un par de montañas y cruzado un par de ríos, no solo no sabían ni dónde estaban entonces sino que tampoco tenían ni idea de dónde habían estado antes.

—Vamos, vamos… —dijo Fred—, ni Nick ni los huzuks están ya aquí, solo quedamos nosotros, así que déjate… déjate de milongas. ¡Que me parta un rayo si me río de ti! ¿De dónde demonios han salido los hornillos?, ¿los hornillos eslovos?—preguntó todo excitado.

—¿Y quién coño sabe?

—A ver, ¿los tenían ya cuando se marcharon de… de donde quiera que se marcharan? Del lago Ontario o del mar Amarillo. ¿Los tenían ya…?

Wes se limitó a suspirar. Sin embargo su, probablemente, hermana se lanzó a responder la pregunta, y las preguntas que vinieron a continuación y, cuando no sabía la respuesta, preguntaba a sus mayores y traducía las respuestas. Según contaban las ancestrales leyendas, sí, efectivamente tenían los hornillos antes de abandonar el Hogar Ancestral. Las piezas negras provenían de la montaña, y las azules, del Gran Mar. De dentro de la montaña, de qué montaña, nadie sabe qué montaña, y del fondo del Gran Mar. ¿Cómo se les ocurrió la idea? Bueno, el padre Yockim decía que se la dieron los ángeles. ¡Bah!, el padre Yockim decía…. Eso no es lo que decían nuestros antepasados… ¿Y qué decían ellos? Ellos decían que fueron los diosecillos negros y blancos, pero al padre Yockim, a él le parecía que la gente iba a pensar que se referían a demonios o algo por el estilo, así que lo cambió y… Pero, ¡por el amor de Dios!, si los diosecillos blancos y negros no existen… Vaya, como te crees tan listo te piensas que tú…

—¿Y si vinieron del espacio exterior? —propuso Fred, sorprendiéndose a sí mismo tanto como a los demás.

Un silencio de lo más profundo. Y entonces el «listillo», probablemente o bien un sobrino o un primo, dijo con voz pausada:

—A lo mejor fue así.

Otro silencio. Tras el que todos se volvieron a lanzar a la carga.

Todos los problemas empezaron con el conde Cazmar. El conde Cazmar tenía algo así como una especie de monopolio sobre toda la leña del bosque. Se lo había dado el rey. Sí, pero el rey no se lo «dio» así sin más: el conde tenía que pagar al rey. Bien, así que, como él tenía que pagar al rey, pues todos los que quisieran leña, pues todos tenían que pagar al conde Cazmar. Y entonces el conde se picó porque los eslovos no le estaban comprando leña bastante y, pues eso, que él seguía teniendo que pagar al rey. ¿A qué rey? ¿Quién coño sabe a qué rey? ¿Y a quién coño le importa? Total, ninguno valía un pepino. ¿Qué dices?, ¿que el viejo rey Joseph no valía un pepino?, ¿el que sacó a Yashta Yushta de los calabozos? A ver, ¿queréis dejar en paz al rey Joseph y continuar con la historia?

Así que el conde Cazmar envió a todos los herreros para que fueran casa por casa con sus descomunales mazos a destrozar todos los hornillos eslovos para así obligar a los eslovos a comprar más leña y… ¿Qué…? Sí, por eso el hornillo de la abuela está como roto. Todos acabaron, pues eso, como rotos. Aunque por supuesto que se podían utilizar todavía. Pero el bobo del conde Cazmar, no lo sabía. Así que lo que al final ocurre, lo que al final ocurre, es que todo el mundo tuvo que pagar una tasa por la leña y daba igual la cantidad que utilizaran. Así que un montón de eslovos pensaron, total, ¿que tienes que pagar por ella igual?, pues ya puestos la utilizamos. ¿Lo ves? Un montón de eslovos piensan, total, ¿que tienes que pagar por ella igual?, pues ya puestos la utilizamos. Y así, un montón de eslovos dejaron de utilizar los hornillos eslovos. Pues eso.

—Ahí tenéis, vuestra civilización huzuk tan superior… —dijo Wes.

Justo entonces, el diácono y la diaconisa del rincón, o lo que quiera que fueran, alzaron sus cascadas y viejas voces y terminaron su canto; y todo el mundo dijo algo en voz bien alta mientras pataleaba.

—Oye, Fred, tómate un poco más de… tómate otro vaso de cerveza de mora —le ofreció Wes.

Y de inmediato una tía colocó dos fuentes más delante de Fred. «En este es un guiso con trocitos de bazo y trigo sarraceno. Y en otro es morro de vaca cocinado bajo cebolla. Espera. Te doy pimienta».

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Finalmente, Fred se mudó a su nuevo apartamento y, finalmente, se mudó a su nuevo trabajo; su nuevo trabajo le obligó (entre otras cosas… entre otras muchísimas cosas) a visitar a los fabricantes de tipos, a los impresores y a los proveedores, y qué bien le vino que los tres estuvieran ubicados en un nuevo o tirando a nuevo polígono industrial y comercial bastante a las afueras… Mientras iba conduciendo, los lugares conocidos por los que iba pasando, como un acueducto, un cementerio y una vieja fundición de ladrillos, le hicieron acordarse de que más o menos en donde ahora estaba el polígono industrial y comercial tiempo atrás estuvo Applebaum. Y, ¡quién lo iba a decir!, al parecer seguía estando. Decrépito, pero todavía anunciando, «M. APPLEBAUM AUTOSERVICIO MAYORISTA DE COMESTIBLES». ¿Y qué si a todos esos otros intrincados comercios e industrias probablemente no les gustaba demasiado que el viejo y cochambroso autoservicio aguantara en mitad de ellos? Mala suerte, ¡que se volvieran por donde habían venido!

Más tarde, allí, una vez liquidados el resto de asuntos:

—Freddy. ¡Ho-la!

—Hola, señor Applebaum. ¿Cómo está usted?

—¿Y cómo quieres que esté? Tengo la sensación de cada semana otro pequeño negocio de ultramarinos muerde el polvo. Nu5. Tengo una cienaguita en Florida y a lo mejor cierro el gesheft6 y me voy a vivir a una casa barco con agua y cocodrilos corrientes, fríos y calientes. ¡Ja, ja! Aquí llega un viejo cliente con sus diez dólares para gastar en mi negocio, y eso si ambos estamos de suerte: Mat Grahdy.

Efectivamente. Le ganaría por la mano.

—Hola, señor Grahdy, ¿se ha calentado ya?

El señor Grahdy rió y rió, y luego me dio la réplica oficial:

—¡Si ni siquiera está templada! ¡Jo, jo, jo, jo! —Señaló a otro hombre—. Este es Petey Plazzek, es mestiso. Eh, Petey, ¿se ha calentado ya? ¡Jo, jo, jo, jo! ¡Mosek! —esto dirigido al viejo Applebaum—, un poco de azúcar necesito, y un poco de sémola, un poco de harina de repostería, caramelos de regaliz, galletas rellenas.

El señor Applebaum dijo que justo ese día le podía ofrecer las galletas a buen precio, así que entraron juntos al comercio.

Petey Plazzek, un hombre de aspecto ajado con una chamarra de leñador de aspecto ajado, fue directo al grano.

—Si va a pasar por la estación de bus, podría llevarme.

—Por supuesto, suba. —Y se fueron. La mirada de Fred no apreció unos pómulos iroqueses—. Disculpe, y sin ánimo de ofender, pero ¿a qué se refería el señor Grahdy con lo de «mestizo»?

—De mestizo na. Medio huzuk, medio eslovo.

Una chispa de excitación.

—Bueno, esto… señor Plazzek…

—Petey, solo Petey.

—Bueno, esto, Petey, ¿cuánta gente queda que tenga uno de esos antiguos hornillos eslovos?

—Nadie. Los hornillos son ahora cosa del pasado. Cuida ese camión.

—¿Y eso, Petey? ¿Cómo se ha llegado a eso?

Petey se frotó la nariz, lanzó un muy profundo suspiro.

—Pues bueno, cuando alguien acababa de llegar a Norteamérica… como solíamos decir, «Tenía seis cabras y vendió cinco para comprar el billete del barco y le dio una al cura para que rezara por que tendría una buena travesía». Me refiero en concreto a los eslovos. Los huzuks, esa es otra historia por completo. Así que aquí está el pobre eslovo con sus botas altas, los pantalones bien remetidos, con el blusón, un abrigo de piel de borrego y un gorro de piel. Esto era antes de la isla de Ellis. Por Castle Garden se entraba por entonces. Y el eslovo en cuestión no tenía ni baúl para llevar el equipaje en el barco, ni bolsa de viaje, tan solo tenía una especie de morral; y ¿qué había en el morral? Un blusón limpio y algunos harapos para los pies, porque no utilizaban calcetines; y una olla pequeña de hierro y algunas de esas galletas duras que aguantan mucho, y las dos piezas del hornillo, la negra y la esto…, la…

—¡La azul!

—… la azul, eso. Cuida ese Chevy. Pues bueno, el eslovo conseguía un puesto haciendo el trabajo más sucio y peor pagado, y arrendaba una choza que ni le habrías pedido a un perro que viviría allí, ¿lo pillas, verdad, chaval? Luz… luz ni tenía, ni un candil siquiera, no tenía más que una lata con un poco sebo y un cachico de trapo pa’cer de mecha. Y cogía algún ladrillo viejo aquí y allá y se montaba su hornillo eslovo, y cocinaba el trigo sarraceno en la ollita de hierro y dormía en el suelo encima del abrigo de borrego. Pero con el tiempo las cosas mejoraban; ¡esto era América!, la tierra de las oportunidades. Así que en cuanto empezaba a ganar un pelín de dinero, se traía la parienta y se mudaban a una habitación, una habitación de verdad, y se compraban una lámpara de queroseno y un par de zapatos para cada uno, aunque, bueno… la gente se seguía riendo de ellos, sobre todo los zuketes se los seguían riendo porque siguieran utilizando el hornillo eslovo. Así que acababan comprándose una cocina de leña. O una cocina de carbón. Y empezaban a usar lámparas de gas. E incluso se acordaban de no soplar para apagarlas.

—Sí, pero, Petey, la madera y el carbón ¡costaban dinero! Y el hornillo eslovo les salía gratis. Así que…

Petey volvió a suspirar.

—Bueno, a decir verdad, sí que se podía cocinar con él, claro. Aunque no es que diera demasiado lo que se dice calor. Si hervirías un montón de agua, el lugar se llenaba de vapor.

—Calefacción a vapor, ¡calefacción a vapor! —gritó Fred Silberman.

Petey pareció sobresaltarse primero y a continuación, y por primera vez, interesarse; pero su interés se esfumó al momento, y dijo con un suspiro:

—Ninguno era fontanero. Nunca se los pasó por la cabeza nada parecido, ni a ellos ni tampoco a nadie. Y el hornillo eslovo… ¿de qué acaba siendo sinónimo?…, pues acaba siendo sinónimo de pobreza, ¿lo pillas? Acaba siendo sinónimo de ridículo. Y en cuanto dejaban de ser pobres como ratas, pues eso, que si lo he visto no me acuerdo.

Y Fred preguntó, lleno de ansiedad:

—Pero ¿no quedan todavía muchos por los desvanes? Bueno… ¿unos cuantos?, ¿en los sótanos?

—Pero ¿ande vas? —le espetó Petey con tono de fastidio—. Para la estación de bus, ¡debieras haber girado a la izquierda! Vaya, vas a rodear la manzana. Pues no… se limitaron a eso… a tirarles. Cuida esa camioneta.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

El nuevo trabajo y las nuevas responsabilidades de Fred lo mantuvieron ocupado y preocupado la mayor parte del tiempo, pero una tarde, mientras estaba revisando una factura con el contratista encargado de instalar el sistema de calefacción en la planta, hete aquí que de pronto se acordó de la cuestión de días atrás.

—¿Se le ha ocurrido de repente algo? —le preguntó el señor McMurtry.

—Esto… ¿us… usted no habrá oído hablar alguna vez de los… hornillos eslovos?

Al momento:

—No. ¿Acaso debería?

Y si Fred se lo contaba, ¿qué pasaría? ¿Reacción ludita por parte de McMurtry?

—Permítame que le haga una pregunta hipotética, señor Mc…

—Soy todo oídos.

Así que… desinformado y titubeante… Fred (sin mencionar ni nombres ni grupos étnicos) le explicó el asunto lo mejor que pudo, terminando:

—Así que ¿se le ocurre alguna explicación científica de cómo un artilugio tal puede, o podría, quizás, de algún modo, llegar a funcionar?

La frente del contratista se frunció, rizando los pelos de sus cejas siamesas: un efecto de lo más extraño.

—Bueno, resulta evidente que el líquido en el recipiente actúa como algún tipo de catalizador no contiguo, lo que amplifica el vórtice del campo de fuerza creado por la yuxtaposición de la pispireta y el placebo. —Bueno, por supuesto que el señor McMurtry no dijo exactamente eso, pero así fue como le sonó a Fred. Así que como si lo hubiera dicho. Y el señor McMurtry añadió unas últimas palabras—: Si estos artilugios no fueran hipotéticos sería interesante examinarlos. Con solo un par de trocitos bastaría. Lo que se puede analizar se puede llegar a duplicar.

Una vez que las cosas se encarrilaron en el trabajo, Fred pensó que podía ir a pedirle a la señora Brakk… ir a pedirle a la señora Brakk ¿qué? ¿Le dejaría el único hornillo eslovo existente para que lo examinara un experto?, ¿para que lo analizaran en un laboratorio?, ¿para que lo rasparan para conseguir muestras que pudiera ser examinadas con un microscopio electrónico?

¿¿¿???

Podría sugerir que, si no se fiaba de él, podría llevarse a cabo mediante una Fundación Brakk… o algo así… que se creara con ese objetivo. A través de Wes… y, por ejemplo, incluso de Nick…

Podría haberlo sugerido, ¡sin duda!

Pero esperó demasiado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Fred no sabía nada, por supuesto, ¿cómo podría haberlo sabido? Los propios habitantes de la casa se acababan de enterar. Cuando llegó temprano una noche, lo único que Fred sabía era que, según se estaba acercando a la casa, dentro había estallado un tumulto. Montones de gente gritando. Y cuando entró en la cocina de los Brakk, Nick era el único que estaba gritando.

—Somos es-ta-dou-ni-den-ses, ¿verdad? —vociferaba—. Pues vivamos como estadounidenses; ya es bastante malo que los huzuks se rían de nosotros, estoy hasta las narices de todas esas costumbres de nuestra vieja patria. ¿Qué será lo siguiente?, ¿qué más?, ¿gorros de piel?, ¿botas?, ¿una cabra en el patio? —Y dirigiéndose a su esposa—: Cien veces la he dicho a tu vieja, «Tíralo, tira el condenado cacharro, estoy más que harto de que se rían de nosotros, madre, ¿me oye?». Pero no lo tiró. No lo tiró. Así que lo tiré yo. —Se interrumpió, con la respiración agitada—. Y listo…

Fred empezó a notar una desagradable sensación en el pecho.

La esposa de Nick:

—¿Dónde lo tiraste? ¿Dónde? ¡No era tuyo! —Nick apretó los labios. Su esposa se dio una palmada en la frente—. Siempre lo decía. «Lo tiraré por el puente. ¡Lo tiraré por el puente!». ¡Ahí fue! ¡Ay, so bruto!

Durante unos instantes, Nick la miró indignado. Luego se encogió de hombros, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar con un exagerado aire de inmensa despreocupación.

La vieja señora Brakk siguió sentada unos momentos con su leve sonrisa, y luego comenzó a hablar en su lengua natal. Su voz derivó hacia un canturreo y terminó por quebrarse, y entonces se llevó el delantal a los ojos.

—Dice, es lo único que ella tenía para acordarse de su vieja patria. Lo único que quería poder hacer era calentar a veces el biberón del bebé o prepararse a veces una taza de té en su propio cuarto si estaba cansada. Es vieja y ha trabajado duro y nunca ha querido molestar a nadie…

Nick arrojó el cigarrillo al suelo de linóleo y, sin prestar atención a los gritos, lo pisó con fuerza. Tras lo que se quedó repentinamente tranquilo.

—Muy bien. A ver, mañana la compro una pequeña cocina eléctrica un… un… ¿cómo le dicen? ¡Un hornillo eléctrico! Mañana para su propio cuarto la compro un hornillo eléctrico, ¿vale?

El revuelo fue enorme; no se sabía de ninguna ocasión en la que, de manera voluntaria, Nick hubiera comprado nada de nada, ¡para nadie!

La anciana señora Brakk exclamó, en inglés:

—¿Me lo comprarás?

Nick asintió solemnemente con la cabeza.

—Lo juro ante Dios —afirmó llevándose la mano al corazón—. Mañana. El mejor que haya en la tienda. Madre me puede acompañar —añadió.

Su mujer le besó. El mayor de sus cuñados le dio unas palmaditas en la espalda. La anciana recuperó la sonrisa.

Fred sintió que su corazón latía al doble de su velocidad habitual. No se atrevía a decir nada. Y, cuando al cabo de un rato, Nick salió al patio y encendió otro cigarrillo, Fred salió detrás de él.

—Nick.

—Sí.

—Te voy a preguntar algo, pero no te enfades.

—Adelante.

—¿De verdad que tiraste las piezas del hornillo por el puente?

—Sí. Bueno… los… pedazos.

—¿Los pedazos?

Nick bostezó. Movió la cabeza afirmativamente.

—Me fui con el maldito cacharro al taller.
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