Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad






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versículo —dijo pronunciando una «v» labiodental—, de un salmo. Está en latín, por supuesto. ¿Y bien…?

—No nos enseñaban latín.

Otra sorpresa. Y luego una cabeza moviéndose negativamente. A Fred se le ocurrió que podía citar un salmo en hebreo, repasó las palabras mentalmente y se sintió abrumado por las dudas. ¿Realmente se trataba de un versículo de un salmo y no, por ejemplo, de la invocación que había que decir tras ver un elefante… o alguna otra cosa? El profesor de hebreo, un aspirante fracasado a rabino que estaba algo loco, tampoco es que hubiera sido un hombre muy dado a las explicaciones. «Leed —acostumbraba a decir—. Leed».

Trajeron más comida: carne envuelta en hojaldre. Y entonces (el señor Grahdy):

—¿Cuándo vendrá mañana? A lo mejor puedo traer mi violín —pronunciado con otra «v» labiodental— y tocar algo.

—Estaría muy bien —dijo Fred sin comprometerse, y continuando con la comida del banquete conmemorativo añadió—: ¡Delicioso!

Señor Grahdy:

—¿Está ya siquiera caliente?

Señor Grahdy, señora Grahdy, señor Kabbaltz:

—¡Jo, jo, jo!

La gente entraba, charlaba, comía, se marchaba.

Alguien:

—¿Eres nieto del viejo Jake Silberman?

—Sobrino nieto.

Al rato, Fred echó un vistazo a su alrededor: el señor Kabbaltz y los Grahdy se habían marchado. Durante un instante los oyó justo al otro lado de la puerta. Risas. Pisadas. La verja se cerró; al parecer los únicos que quedaban eran los miembros de la familia. Y Fred. Silencio.

Alguien dijo:

—Bien, ya se han ido los zuketes.

Un alguien distinto:

—No los llames así. Llámalos huzuks.

Wesley se puso de pie tan bruscamente que a punto estuvo de volcar la silla, y empezó a dar cabezazos contra la pared.

—¡Pase lo de chinorris! —Clonc—. ¡Pase lo de japos! —Clonc—. ¡Pase lo de espaguetis, gabachos y morutas!

—Wesley…

—Wes…

—Wassyli…

—Was…

—Pase lo de sudacas y negratas. —¡Clonc! ¡Clonc!—. Pero lo que no aguanto es lo de… ¡zuketes! —¡Clonc! Y de pronto se sentó y se agarró la cabeza.

Y Fred se dijo: «Pregunta: Entonces, ¿qué es un «zukete»? Respuesta: Un huzuk al que nos referimos desdeñosamente».

Wes empezó otra vez:

—Ellos hablan latín. Nosotros poco más que gruñimos. Ellos recitan poemas. Nosotros a duras penas somos capaces de contar un chiste guarro. Ellos tienen violinistas. Bastante suerte tenemos nosotros de tener rascatripas. ¿Por qué Dios nos castigó a nosotros, a los pobres patanes eslovos, poniéndonos en el mismo país que a ellos allá en Europa? Y ¿por qué seguimos mostrando esa deferencia hacia ellos incluso aquí, en los Estados Unidos? Que alguien me lo explique, por favor. ¡¿Por qué?!

Una hermana, o tal vez una cuñada, respondió con bastante parsimonia:

—Bueno… son más cultos…

Lo que consiguió que Wes la emprendiera de nuevo:

—En ese dialecto suyo, ellos tenían libros, revistas, periódicos… Nosotros, en el nuestro, lo único que teníamos era el catecismo y el misal. Ellos…

—Teníamos un periódico. ¿No nos lo enviaba el hermano de papá… a veces? Nosotros…

Wesley apartó con la mano el invisible periódico de los de su etnia.

—¿El Patriótsk? ¿El Patriótsk? Que salía una vez al mes. Cuatro páginas impresas en un único pliego de papel. ¿Y qué tenía? Las nuevas leyes, el precio de los cerdos, algunos obituarios, cero nacimientos y los santos de los días en los calendarios de ambas iglesias: eso era absolutamente todo. ¡El Patriótsk!

Al parecer, el periódico invisible había vuelto a subirse a la mesa, porque Wesley lo apartó de nuevo de un manotazo y luego lo pisoteó. Con fuerza.

—Vaya, mira qué hora es… Tengo que marcharme. Y, por supuesto, muchas gracias por la deliciosa…

—Damos a ti una poca para llevar a casa —dijo una tía, ¿o era una sobrina?

—Bueno, yo…

—Es costumbre. Y te ha gustado.

—Sí, por supuesto, pero mi nuevo apartamento todavía no está listo y mi tía sigue una dieta estrictamente kosher.

Ni le hicieron ningún comentario a favor de la unidad de las distintas iglesias ni le aseguraron que la Ley de Moisés estaba muerta y condenada; tan solo empezaron a meterle fruta en una bolsa de papel. En una bolsa de papel enorme.

Pero Wes, levantando la cabeza de las manos, todavía no había terminado:

—¿Por qué?, ¡¿por qué?!, ¿me puede decir alguien por qué?

Alguien, seguramente una hermana, con aire demasiado grave como para estar hablando realmente en serio, dijo:

—Son guapísimos y montan caballos rojos.

Wes a punto estuvo de gritar. ¿Cuándo había visto ella un huzuk montado a caballo? ¿Cuándo había visto un caballo ¡rojo!? La mujer de Nick le explicó a Fred que era un dicho. Un refrán.

—En cualquier caso, ya sabes que hay gente que dice que no era el caballo el que era rojo, sino, bueno… lo de encima del caballo. ¿Cómo decirlo?, ¿el traje del caballo?

Nick, que había estado leyendo las tiras cómicas del periódico con expresión de no encontrarles gracia alguna, saltó de pronto. ¿Y a quién demonios le importaba?, preguntó. Que dejaran de hablar de todas esas viejas historias de Europa, exigió. Fred dio las gracias por la fruta. Wes le preguntó a Nick si es que acaso no sentía interés alguno por su rica herencia del Viejo Continente; Nick, con quien intentar ser sutil era perder el tiempo, gritó que ¡no!, que no sentía interés ninguno; Wes dejó de ser sutil y le contestó a gritos; Fred Silberman dijo que de verdad se tenía que marchar. Y se encaminó hacia la puerta.

Alguien salió al pasillo y lo acompañó: la anciana señora Brakk… de lo más educada, pensó Fred. En la habitación de la mujer brillaba una débil luz. La señora Brakk se paró. Fred se detuvo para despedirse. De haber sido ella cuarenta años más joven, la mirada que la mujer le dirigió hubiera implicado una determinada invitación, significado que Fred sabía que era inconcebible en el presente; así que ¿cómo interpretarla ahora?

—Quieres entrar —le dijo ella—. Quieres ver cómo funciona.

La mujer entró en el cuarto. Fred la siguió, empezando a respirar agitadamente, empezando a volver a sentir la excitación de antes. Se había olvidado del hornillo. Pero ¡cómo se había podido olvidar!

—Primero colocar la cosa negra, aquí arriba. —El bloque de tamaño de un libro se deslizó en su lugar en la rejilla. El bebé suspiró en sueños—. Sí, mi collarcito de perlas —dijo ella quedamente—. Luego, poner encima cazuela con agua dentro. Ahora, solo preparo un tazón de té, para mí. Y entonces… después… es meter la cosa azul —la del tamaño de una revista— aquí… abajo. ¿Ves? Esto es lo que llamamos hornillo eslovo. Y ahora ya se calienta…

¿Qué es lo que los huzuks, esos casi compatriotas de estos viejos eslovos, qué es lo que habían querido decir en realidad con ese, «¿Está ya siquiera caliente?»? Fred se olvidó de la pregunta cuando vio alzarse los vapores; sintió calentarse el aire por encima; sintió cómo seguía sin calentarse el espacio entre las dos «piezas», el trozo más grueso de piedra negra (si es que realmente era piedra) y el trozo delgado azul pálido; vio, sorprendentemente pronto, cómo se formaban diminutas burbujas del tamaño de los ojos de un cangrejo y, finalmente, la borboteante ebullición. Todavía seguía aturdido cuando la mujer se preparó el té; no recordaba haber dejado la bolsa con fruta, pero ahora la recogió y, tras dar las gracias y desear buenas noches en voz baja, salió de la casa.

En la cocina todavía se oían gritos.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—¡Qué bien! —dijo la tita Pesha cuando Fred le entregó la fruta.

—Tita, ¿qué problema tienen los huzuks y los eslovos?

Fuera los plátanos.

—¿Los huzuks? —La mujer lavó los plátanos y los secó con papel de cocina que tiró a la basura—. Los huzuks. Son buena gente.

Fuera las naranjas.

—Vale, ¿y los eslovos?

Tita Pesha lavó las naranjas.

—¿Los eslovos? —Secó las naranjas con papel de cocina y lo tiró a la basura—. ¿Los eslovos? Son muy limpios. Podrías comer del suelo de su casa. Los sábados por la noche se emborrachan. —Fred siguió esperando algo más, pero no llegó nada: la tita Pesha estaba lavando las manzanas. Una vez terminó, fue presa de los escrúpulos y añadió—: O al menos así era antes. ¿Ahora? Desde que no vivo allí ya no sé.

¿Cuánto habían vivido ella y el tío Jake cerca del vecindario de huzuks y eslovos? La mujer empezó a secar las manzanas con papel de cocina. ¿Cuánto? Cuarenta años, dijo.

—¿Cuarenta años? ¿Cuarenta y dos? Digamos que cuarenta.

¿Y alguna vez había oído hablar de un hornillo eslovo? No…, nunca.

—Y ¿por qué…?, ¿cómo es que huzuks y eslovos no se caen nada bien?

La tita Pesha lo miró durante unos instantes.

—¿Qué no se caen bien? —se extrañó. Y dejó caer el papel de cocina en la basura. Luego colocó la fruta en un gran frutero y, tras apartarse un poco, lo contempló—. ¡Qué bien! —dijo.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

A la mañana siguiente, bien temprano, Fred fue en coche hasta la ciudad, organizó su mudanza y luego condujo de vuelta a Ferry. Fue a echar un vistazo a su futuro apartamento y hete aquí que los pintores sí que estaban pintándolo. La señora Keeley dejó de barrer para asegurarle que todo estaría listo en un día o dos.

—Bueno, en un paj de días —se corrigió—. No va repentir; esta siempre ha sido una manzana muy agradable, y eso no puedo decir de otros barrios, con los elementos que están viniendo a vivir últimamente. Le pongo una nevera estupenda, señor Silberman.

—Vaya, gracias, señora Keeley. Se lo agradezco de veras. Por cierto, señora Keeley, ¿qué diferencia hay entre huzuks y eslovos?

La señora Keeley se encogió de hombros y frunció los labios.

—Bueno, la mayoría no viven en por aquí mismo. Sobre todo viven en por… esto… Tompkins… Gerry… De Witt… sobre todo en por allí.

La mujer se ajustó la redecilla del pelo.

—Pero… ¿hay alguna diferencia entre ellos? Bueno, haberla tiene que haberla, si unos se llaman huzuks y otros se llaman eslovos. Así que tiene que haber alguna…

La señora Keeley le dijo que bueno, que si le era sincera, no era ese un asunto que nunca le hubiera interesado demasiado.

—Monseñor, el de Santa Carol, esa iglesia grande de la colina, era hozok, ¡descanse en paz! Eso dicen a mí. Ahora, esos bosnios, como llaman a ellos, viven sobre todo en por Greenville Street, Ashby y Saint Lo. Y los lemkos, que quién demonios sabrá quiénes son, y disculpe mi lenguaje, a esos se los encuentra en por esas callegüelas de cerca del arroyo: Ivy, Sumac, Willow, Lily, Rose. Bueno… se los encontraba. Hoy día… hoy día la gente se mueve de aquí p’aiá, de aquí p’aiá —dijo con tono quejumbroso—. Y mejor si no lo hacían. Ojalá que la gente se quedaría quieta. Y bueno, de esos que me pregunta, los hozoks y los eslovos, a la mayoría los encontrará en por Tompkins… Gerry… De Witt… por esas calles de allá. ¿Qué hora es? ¿Que empieza ya mi programa?

La mujer entró en su apartamento y cerró la puerta tras de sí. Un segundo más tarde, tras oír cómo subían el volumen de una radio, Fred salió a la calle.

Las calles.

Las calles habían sido sobradamente amplias cuando su tío Jake con su carro tirado por un caballo no era ni de lejos el único comerciante que ejercía su oficio en ellas. Aunque de eso hacía mucho tiempo. Por entonces las calles estaban llenas de niños, ¡y que alegría daba verlos!, ¿verdad que sí? Para Fred Silberman, de pequeño, esto había sido territorio comanche, lleno de enemigos. ¡Qué tiempos…! Luego, durante la Depresión, gran parte de la población se había marchado. Las tiendas habían ido cerrando, y habían seguido cerradas, e incluso una de las escuelas públicas, «la número siete», también había sido clausurada. Sin embargo, uno o dos años antes de la Segunda Guerra Mundial, varias fábricas abandonadas habían sido reabiertas como plantas de producción de suministros de guerra y las calles se habían llenado de caras nuevas: negros del sur, morenos de las islas, blancos de las montañas… Entonces Fred se había marchado para incorporarse al ejército… y… la verdad… no había vuelto hasta ahora. Al salir de su ensoñación, se sintió como si hubiera retrocedido en el tiempo.

Los bloques de apartamentos de cuatro pisos habían ido desapareciendo, uno tras otro, y Fred se encontraba en un barrio de casas de madera, viejas casas de madera, viejas vallas de madera, viejos árboles de madera. Justo al otro lado de la calle había un almacén, un rectángulo combado construido con tablones. Aparentemente justo tal como él lo recordaba, incluso las letras en relieve en el escaparate de cristal: H LADOS M KO. El letrero «Mat. Grahdy. Carnes, Ultramarinos» no había sufrido recientemente los estragos de la pintura. Fred entró, sabiendo que se oiría una campanilla y, por supuesto, así fue.

La vitrina que había a un lado era lo suficientemente grande como para que se expusieran en ella montones de carnes y embutidos; pero lo que había expuesto ahora eran unos escuálidos pedazos de cerdo, un trozo de fiambre, otro de queso suizo, una bandeja de salchichas color lila y (en un charco de sangre coagulada) media cabeza de algo, cortada longitudinalmente y con un aspecto increíblemente orgánico. El almacén parecía tener un tamaño desmedido y estaba desmedidamente vacío; el olor revelaba que Coolidge era presidente1; el suelo estaba astillado pero limpio. Levantando la vista de algo que había en el mostrador, el señor Grahdy le dirigió una mirada de total asombro. ¿Estaba simplemente asombrado de que Fred Silberman estuviera entrando en su almacén?, ¿de que alguien clavado a Fred Silberman estuviera entrando en su almacén?, ¿o simplemente de que alguien, quienquiera que fuera, estuviera entrando en su almacén?

Y entonces sonrió. Inclinó la cabeza hacia un lado. Se estrecharon la mano. Fred pidió un artículo de nada. El señor Grahdy encogió un hombro. Fred pidió otro artículo distinto. Otro encogimiento. Fred intentó pensar en un tercer artículo, abrió la boca para decir algo, dijo, «Esto…», y no llegó a nombrar nada. El señor Grahdy se echó a reír, se acarició con el dedo sus largos bigotes: ¡derecho!, ¡izquierdo!

«¿Arroz? —preguntó—, ¿azúcar?, ¿patatas?». Fue el turno de reír de Fred. El hombre se le unió. Un trozo del fiambre de la vitrina fue su siguiente sugerencia; «¿y un pedazo de queso suizo?, ¿un bocadillo preparado al momento? La mostaza la pongo gratis». De algún modo terminaron compartiendo el bocadillo. Fred se fijó en que había un libro abierto encima de un periódico sobre el mostrador y le preguntó al señor Grahdy qué estaba leyendo.

El libro fue girado, pero para Fred fue como si estuviera en chino.

—Schiller —dijo el tendero pasando páginas—. Heine. ¿Puede leerlos en su lengua original? —Y puso los ojos como platos cuando Fred negó con la cabeza—. Se está perdiendo todo un placer. Bueno, pero… ¿Lermontov?, ¿Pushkin?, ¿qué…?, ¿tampoco…? —Una mirada de ligera sorpresa. Y de ligera reprobación. Un suspiro—. Bueno. ¡No me extraña que tenga amigos eslovos! —La parte de delante de su muy limpio y muy raído delantal se agitó a causa de la risa.

Aquí estaba. La oportunidad.

—Señor Grahdy… —el señor Grahdy le dirigió una pequeña venia: su caballo y su carruaje estaban a disposición de Fred Silberman—, señor Grahdy… ¿qué pasa… qué pasa entre… entre ustedes… ustedes, los huzuks… y los eslovos? ¿Me lo podría explicar? Me gustaría saberlo. Me gustaría saberlo de veras.

El señor Grahdy se acarició la sonrisa, bigotes, Van Dyke, todo. Se parecía (fue lo que de pronto se le pasó por la cabeza a Fred), se hubiera parecido un montón al Kaiser… si el Kaiser en algún momento hubiera dado la impresión de tener sentido del humor.

—Bien, se lo explicaré. En nuestro antiguo reino, allá en Europa, en una provincia vivían principalmente solo huzuks, en una provincia vivían principalmente solo eslovos. En nuestra provincia vivíamos ambos. ¿Cómo explicarlo?, ¿diciendo que los eslovos eran nuestros siervos? No exactamente. ¿Nuestros arrendatarios?, ¿nuestros criados? Esto… aunque… bueno… ¿nuestros esclavos? Se hace una idea, ¿no? Y los reyes, los reyes eran de origen extranjero, una dinastía. Nosotros éramos sus vasallos. Nosotros, los huzuks. Y los eslovos, los eslovos, ¡ellos eran nuestros vasallos! —Su sonrisa no se debía tanto a lo satisfecho que estaba por la posición subordinada de los eslovos como a lo satisfecho que se sentía ante su propia explicación.

Y, mientras Fred continuaba apoyado en el mostrador asimilando todo esto, el anciano tendero continuó.

Los eslovos no eran, bueno…, no eran mala gente. Eran un tanto simples. Gente muy simple. Llegaron a Europa mucho tiempo atrás siguiendo a los magiares y los ávaros. Se les había concedido permiso para asentarse en un «territorio sin ocupar» que pertenecía a los huzuks. Se habían convertido al cristianismo. Se habían civilizado. Abandonaron su idioma ancestral. Adoptaron el de los huzuks. Que hablaban mal. Muy mal. Y, en este punto, entre abundantes risitas, el señor Grahdy le proporcionó diversos ejemplos del cómico dialecto de los eslovos, ejemplos de los que Fred, por supuesto, no entendió ni palabra.

Fred aprovechó que las risas del anciano se transformaron en un ataque de tos y a continuación en un silencio risueño.

—¿Y ese hornillo suyo, señor Grahdy? ¿Qué me dice del hornillo eslovo? ¿Qué es?, ¿qué es?, ¿cómo funciona?

Momento en el que el señor Grahdy echó la cabeza hacia atrás y rió y rió y tosió y tosió y rió y tosió y rió.

Al señor Grahdy le llevó un rato recuperarse. Y después de que hubiera recibido varias palmadas en la espalda, de que se hubiera bebido un vaso de agua, de que hubiera chupado un caramelo y de que hubiera asegurado a Fred (con mucha mímica y gestos) que ya estaba bien, habló con voz débil, incomprensible; luego, con voz algo más clara aunque ronca, preguntó:

—¿Siquiera se calentó ya?

Fred se apartó sobresaltado del mostrador.

—Pero ¿a qué se refiere con eso? Ya lo dijo anoche, y también el señor Comoquieraquesellame, el de la mata espesa de cabello blanco, y entonces ustedes dos se rieron sin parar…

—Pues a la mujer de la historia. A la mujer eslova de la historia. De esa famosa anécdota. Ya sabe…

Pero finalmente Fred consiguió que el señor Grahdy comprendiera que no, que no lo sabía. Al señor Grahdy le hizo mucha gracia que no lo supiera, aunque a continuación se mostró incrédulo. Por fin, una vez convencido de que de verdad, famosa o no tan famosa, Fred Silberman desconocía por completo la anécdota («¿De verdad que nunca se la contó su bisabuelo?, ¿que no?, ¿de verdad que no?»), se mostró totalmente encantado. La de tiempo que hacía que no tenía una audiencia totalmente virgen…

Una emigrante eslova recién llegada a los Estados Unidos estaba alojada con unos familiares. Cuando llevaba poco tiempo con ellos, alguien pidió que pusieran a calentar agua para preparar té. «Ya voy yo», se ofreció la recién llegada. ¿Sabía cómo hacerlo? ¡Por supuesto!, ¡por supuesto! ¡Qué se creían! ¡Por supuesto que sabía! «¿No debería ir alguien a enseñarle?» Tonterías, ¡no hacía falta! Así que allá se fue, del salón a la cocina para preparar el agua para el té. Y ellos hablaron y esperaron y esperaron y esperaron, sin que les llegara ninguna señal de vida desde la cocina. ¿Se habría marchado por la puerta trasera? Así que alguien fue a ver. La encontraron de pie frente a la cocina, mirándola. Y ahora el señor Grahdy le mostró la mirada de perplejidad de la mujer. ¿Estaba ya caliente el agua? Y ahora el señor Grahdy hizo un gesto indicando que se acercaba el gran golpe cómico final; y ahora el señor Grahdy se puso en jarras con una expresión de fastidio y desconcierto en el rostro.

«“¿Está ya caliente el agua?”»

«“¿Caliente?, ¿caliente? ¡Si ni siquiera está templada!”»

Como tampoco lo estaba Silberman. ¿Dónde demonios estaba la gracia? Pero la anécdota no había terminado. Al golpe cómico final le siguió una explicación. (a) La recién llegada eslova no tenía ni idea de lo que era una cocina de gas. (b) La recién llegada eslova había dado por hecho que la cocina de gas era, sencillamente, un hornillo eslovo de estilo estadounidense. (c) Así que, al ver la rejilla (que para ella era, por supuesto, «la pieza negra»), al ver que esta ya estaba en su lugar, había puesto agua en la olla y la había colocado encima. (d) Apoyada contra el quemador estaba la bandeja que se acostumbraba a colocar debajo de los fuegos para recoger los jugos o grasa que pudieran gotear o salpicar; la acababan de lavar y por eso estaba donde estaba. Era una bandeja esmaltada de un tono azul pálido. (e) Así que, dando por hecho que esta era «la pieza azul», la mujer la había colocado en su lugar, debajo de los quemadores. (f) No había encendido el fuego, (g) no había encendido una cerilla, (h) se había limitado a esperar a que la cocina de gas estadounidense se comportara como un hornillo eslovo… Y aquí llegaron de nuevo pregunta y respuesta, una detrás de la otra, tan inexorables como una tragedia griega y ya casi tan familiares como el Gordo y el Flaco o Abbott y Costello:

«“¿Está ya caliente el agua?”»

«¿Caliente?, ¿caliente? ¡Si ni siquiera está templada!”»

Este era sin lugar a dudas, y a estas alturas Fred ya había tenido montones de pruebas, el momento cumbre del humor huzuk en toda la historia del mundo mundial: barón Munchausen, Oscar Wilde, Charlie Chaplin… dad un paso atrás. Y preparaos para algo verdaderamente desternillante: la anécdota de la mujer eslova que recién llegada a los Estados Unidos creyó que simplemente colocando la bandeja para la grasa debajo de los quemadores de una cocina de gas y sin necesidad de hacer nada más ¡podía producir calor!

¡Tachán!

¡Ratatachán!

Los motivos por los que este venerable chascarrillo racial, que bien es cierto se hubiera merecido una risita cuando estaba fresco y reciente, todavía seguía provocando carcajadas en su avance por los túneles del tiempo, requerían un estudio demasiado profundo como para que Fred pudiera entregarse a él. Sin embargo, sí que era mucho, muchísimo más fácil comprender por qué los eslovos, que llevaban oyéndolo durante… ¿cuánto tiempo?, ¿cuarenta años?, ¿ochenta años?… estaban empezando a hartarse. Y…

—Y ¿cómo funciona realmente, señor Grahdy? Me refiero a… la base científica.

El encogimiento de un hombro.

—¿Quién sabe?, mi estimado y joven caballero. Acuérdese de las propiedades eléctricas del ámbar, toda una curiosidad en el pasado; sin embargo, hoy en día, nos limitamos a darle a un interruptor.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La librería pública local no había cambiado gran cosa desde que Andrew Carnegie2 había contribuido a dotarla de fondos; en el catálogo no había nada bajo los epígrafes «huzuk», «eslovo» ni «hornillo» que iluminara a Fred en lo más mínimo. La enciclopedia tenía información sobre la antigua dinastía y sus innumerables y mediocres soberanos; y también «La regiones huzukya se han industrializado moderadamente» y «Las regiones eslovoya siguen siendo principalmente agrícolas; entre los productos que exportan se incluyen el plumón de pato, las cerdas porcinas, y la lana y el pelo de cabra poco procesados». Pues qué bien…

En la sala de consulta, el menudo bibliotecario de grandes gafas escuchó su petición y le dijo, con la voz ultrasecreta de un profesional con larga experiencia, «Creo que hay un folleto»… y efectivamente sí que había un folleto; estaba encuadernado, y encuadernado de forma bien compacta, junto con otro montón de folletos que versaban sobre un montón de otros asuntos. El autor-editor anónimo («Publicado por el autor») había disimulado el hecho de que no tenía demasiado que decir utilizando caracteres de bastante buen tamaño para decirlo. Apoyándose sobre el volumen con ambas manos para mantenerlo abierto, Fred se enteró de que «los propios eslovoi ya no afirman saber cuál era la ubicación, ni exacta ni siquiera aproximada, de su antigua «Morada Ancestral» u «Hogar Ancestral» cerca de «el Gran Mar». Se ha sugerido que este último podía tratarse del mar Caspio o del mar de Aral, e incluso se ha llegado a proponer con gran imaginación que pudiera ser el lago Baikal. En Parlour’s Ferry abundan los huzuki de clase media dedicados al comercio, y no se equivocan quienes dicen que los eslovoi acostumbran a ser unos obreros de encomiable honestidad y dedicación». Sobre hornillos no había nada, y Fred sintió que, a menos que quisiera terminar vendiendo fotografías de sus muñecas para que fueran utilizadas en la propaganda de algún método de culturismo, más le valía soltar el volumen de los panfletos encuadernados; así lo hizo, y el tomo se cerró igual que una trampa para osos.

Lo más probable es que el texto del panfleto fuera un trabajo escrito para alguna clase de educación nocturna para adultos de antes de la Primera Guerra Mundial, cuyo autor, obnubilado ante la buena nota recibida, se había apresurado a llevarlo a una imprenta; a Fred se le pasó por la cabeza que probablemente (¿probablemente?) se tratara de un huzuk.

De vuelta en el futuro nuevo apartamento de Fred, hete aquí que ya no había pintores pintando; de hecho, ya no había pintores, aunque el apartamento tampoco estaba terminado de pintar. Ahora bien, en mitad del escurridor del fregadero de la cocina había un sándwich de sardinas de pan blanco al que le faltaba un único y simétrico bocado. Uno de esos enigmas sin resolver; salvo que el sándwich hubiera aparecido allí por un agrupamiento de átomos al azar, y ¿por qué no podía haber sido así? Así que Fred bajó y llamó al timbre de la señora Keeley. Tras unos instantes, la puerta se abrió mostrando una rendija lo suficientemente grande como para que la atravesara una respiración jadeante y el olor a ginebra y cebollas; casi de inmediato, la puerta se volvió a cerrar de nuevo y momentos después el volumen de la radio fue subido. La señora Keeley no era una de esas oyentes quisquillosas del País de la Radio que necesitan una sintonización perfecta, por lo que Fred fue incapaz de saber si la mujer estaba escuchando una vieja grabación de un tema folk tradicional de los Tasty Yeast Jesters o tal vez de una canción de amor interpretada por el presidente Harding3. Fred se marchó.

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