Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad






descargar 169.5 Kb.
títuloEs probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad
página1/4
fecha de publicación07.07.2015
tamaño169.5 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Ley > Documentos
  1   2   3   4
El hornillo eslovo

Avram Davidson

Introducción

El hornillo eslovo es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad. En una ocasión, escribí a Avram para felicitarle por este relato y le comenté que mi esposa, Marianne Porter, de raíces rutenas, había sido prácticamente incapaz de averiguar nada sobre las tradiciones y cultura de sus antepasados. Avram me respondió:

«Y en lo referente a la ya desaparecida República Checoslovaca de mi juventud, la actitud de los habitantes de Yonkers era tal cual esta: “¿Y los checos?”, “Los checos… los checos son buena gente. Tienen nombres raros, pero en esencia son buena gente”. “¿Y los eslovacos?”. “Bueno… los eslovacos… los eslovacos trabajan duro… pero los sábados por la noche se emborrachan y pegan a sus mujeres y a sus hijos; los eslovacos… no llevan sombrero… ¡llevan gorra!”. “¿Y los cárpato-rutenos?”. Respuesta: “¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!”. Nunca oí a nadie mencionarlos sin reírse. E incluso hoy sigo sin saber qué demonios es lo que los cárpato-ruso-rutenos tienen o se supone que tienen para que hagan tanta gracia. NI idea.»

Porque así es como Avram escribía normalmente: con erudición, cruda lucidez y un tremendo sentido del humor. Y, a propósito, si tienen algún familiar o amigo que «no lee ciencia ficción» pero que aprecia la exquisita destreza literaria de, por ejemplo, Updike, Cheever o Raymond Carver, este es un cuento que pueden animarle a leer con total tranquilidad. Porque Avram era (lo es) su igual. En maestría, en osadía, en experiencia; sus mejores obras están al nivel de las de ellos. Era, al igual que ellos, uno de los mejores escritores estadounidenses de ficción breve.

En cuanto a por qué este hecho nunca le fue reconocido en vida, es algo que se me escapa por completo. NI idea.

Michael Swanwick

El hornillo eslovo

A Fred Silberman le hubiera supuesto un considerable esfuerzo conseguir llegar a decir algo bueno de verdad sobre su ciudad natal; «una panda de palurdos y fanáticos», la había descrito en una ocasión; y la vida lo había arrastrado a muchas leguas de allí. Sin embargo, en Parlour’s Ferry vivía la única tía que le quedaba viva, tita Pesha, y de tita Pesha (en realidad una tía abuela política) solo tenía buenos recuerdos. Sintiéndose muy orgulloso de sí mismo por ello, fue a visitarla; como premio (o castigo), lo reconocieron por la calle y casi al momento le ofrecieron un trabajo estupendo. Muy a su pesar, lo aceptó y, antes de que fuera consciente de lo que estaba sucediendo, se encontró con que ya casi se había convertido en un miembro del establishment de la ciudad en la que en el pasado casi se había sentido un paria.

Bien, ya tenía un trabajo nuevo en un negocio nuevo, ¿qué era lo siguiente? Un lugar nuevo para vivir, eso era lo siguiente. Sabía que si le decía a su anciana tía, «Tita, voy a vivir en el hotel» (Parlour’s Ferry tenía uno, bien contado: exactamente uno), ella le diría, «¡Qué bien!». Y, que si le decía, «Tita, voy a vivir contigo», la mujer le diría, «¡Qué bien!». No obstante, Fred pensaba que lo que quería era un apartamento espacioso con vistas al río. Fue confeccionando una imagen del mismo en su cabeza y, un día, caminando por una calle que había acostumbrado a frecuentar mucho tiempo atrás, casi ni se sorprendió de verlo ahí, en la acera opuesta: es decir, de ver la casa donde estaba el apartamento. No se lo había estado imaginando, sino que se trataba de un recuerdo; y ahí estaba la casera, barriendo los escalones, tal como la había visto la última vez, quince años atrás, en 1935. Cruzó a la otra acera y ella levantó la vista.

—Señora Keeley, ¿tiene un apartamento para alquilar? Me llamo Fred Silberman.

—Vaya… —dijo ella—. ¡Vaya!, usted debe de ser el nieto del viejo Jake Silberman. Gueconosco la cara.

—Sobrino nieto.

Gueconosco la cara.

El alquiler era de setenta y cinco dólares al mes, los pintores vendrían de inmediato y la señora Keeley estaba encantada de tener tan buena gente viviendo en su casa. Circunstancia bastante interesante, porque la última vez que Fred había entrado allí (Peter Touey, que vivía en el piso de arriba, le había dicho, «Vente después del colegio, tengo un libro con fotografías de la guerra»), la señora Keeley no le había permitido pasar; «Tú no vives aquí», le había dicho. Bueno, los tiempos habían cambiado. ¿De veras habían cambiado? Estaba claro que había algo que sí había cambiado.

El edificio en el que iba a tener que trabajar se alzaba detrás de donde habían estado las antiguas caballerizas; Fred ya lo había visto, por supuesto, pero se le ocurrió ir a echarle otro vistazo. Las soberbias y elegantes gruesas losas azul grisáceo de antaño aún conformaban el pavimento de la mayoría de las aceras en esas calles pasadas de moda, en las que la modernidad encarnada en el sucio cemento lleno de grietas todavía tenía pendiente inmiscuirse; mientras las admiraba, oyó a alguien llamar, «¡Freddy!, ¿Freddy?», y, al volverse sorprendido, reconoció casi al momento a un antiguo compañero de colegio.

«¿No eres Freddy Silberman? Soy Wesley Brakk. Seguimos viviendo aquí». Charlaron de esto y de lo otro durante un rato, se contaron dónde habían estado en la Guerra, repasaron una parcial lista de amigos comunes y entonces Wesley dijo, «Oye, entra en casa, estamos celebrando el gromzil —o eso es a lo que sonó— de mi padre. No sabes lo que es, ¿verdad? Verás, mi padre falleció hace tres años y tres meses, así que durante tres días tenemos algo así como unas jornadas de puertas abiertas en casa, es una tradición eslova y huzuk, y todo el mundo tiene que venir, a comer y beber». Así que entraron.

Había un montón de gente en la amplia y anticuada cocina situada al fondo del pasillo; el aire estaba cargado de apetitosos olores y los fogones estaban cubiertos de ollas, de buen tamaño, además. Una de las mujeres de más edad preguntó algo en un idioma extranjero y al momento un hombre más joven le espetó:

—¡Por amor de Dios! ¡Habla estadounidense!

El hombre tenía el rostro moreno y aire malhumorado. Fred se enteró de que se llamaba Nick. Y era de la familia.

—Esto es estómago de vaca relleno de salami y huevos duros —le explicó una mujer—. Cuidado, voy a quitar el cordel.

—¿Que vas a comer de eso? —le preguntó Nick—. Que tú no hace falta que comas de eso. Te iré por una hamburguesa a Ma’s Lunch.

¡Ma’s Lunch! ¡Con su comida grasienta! Y la propia Ma, con sus apestosos poros que emponzoñaban el ambiente.

—Gracias, Nick, pero esto está bien —dijo Fred.

Nick se encogió de hombros. Y la conversación continuó.

De vez en cuando se hacía un repentino silencio y se oía un ruidito procedente de la parte de delante de la casa. «¡Por amor de Dios!, ¿que no vas a dar de comer al bebé o qué?», gritó Nick. Su mujer intentó levantarse de la silla en la que estaba prácticamente atrapada detrás de la mesa, pero la «abuela Brakk», que o bien era la madre de Wes o su tía, le indicó con un gesto que no se moviera; «Ya voy yo», le dijo. Y cogió un biberón y un cazo que llenó en el fregadero. Alguien hizo ademán de ir a apartar una de las pesadas ollas de encima de la cocina para que tuviera espacio para calentar el biberón, pero la anciana dijo una o dos palabras y ninguna olla fue movida. Es posible que Fred fuera el único que se percatara de que se dirigía hacia un montoncito de pañales y ropita de bebé que había en una hornacina, como si quisiera llevárselo con ella, pero Fred también se percató de que la mujer tenía las manos ocupadas. Así que él mismo lo cogió y con un gesto le indicó que la acompañaría.

—Gracias, caballero —le dijo la señora Brakk.

Y a continuación le dirigió una extraña mirada, casi como tuviera un secreto, del que ella estaba al tanto perfectamente y que él desconocía por completo. Extraño, sí, ¿qué sería? Daba igual.

Y una vez estuvieron en su habitación.

—Tú nunca viste hornillo eslovo —dijo la mujer. No se trataba de una pregunta, sino de la constatación de un hecho.

Hasta ese momento, Fred ni siquiera había oído hablar de ningún hornillo eslovo. Le echó una ojeada, carecía de interés, así que apartó la vista, y a continuación lo volvió a mirar. Colocado encima de un trozo de madera, de un trozo de madera de lo más normal, había una especie de rejilla recortada de una lata de chapa grande, que estaba claro que no había sido traída de Europa por el eslovo que había traído el hornillo. Encima de la rejilla había algo negro, más o menos igual de largo y ancho que un libro, pero más delgado. ¿Piedra? Lo tocó con cuidado con un dedo. Piedra… o algo con una composición parecida a la de la piedra. Y con un tacto ligeramente grasiento.

—Primero tienes que poner lo negro —le explicó la señora Brakk. Su cabello podía ser de un ébano brillante, pero las arrugas surcaban su moreno rostro. La mujer colocó encima el cazo con agua y metió el biberón dentro—. Luego el cazo y agua. Y entonces deslizas, debajo, lo azul. —Este «azul» tenía más o menos el tamaño y grosor de una revista, y era de un tono azul ligeramente pálido. Tanto la pieza azul como la negra mostraban fisuras. Y mientras metía la azul en la rejilla, la mujer añadió—: Antes mucho más grande. Los dos. Uy, sí. Podía cocinar comida entera. Ahora, solo sitio para cazuela pequeña; a veces preparo a mí un té, cuando estoy demasiado cansada para ir cocina.

A Fred le dio la sensación de que la pieza negra estaba ligeramente tibia; y cuando desplazó el dedo hasta la pieza de abajo (entre ambas había un espacio libre de unos centímetros), se encontró con que sin duda estaba fría. La anciana cogió al niño que se estaba despertando y, con una gran sonrisa, se arrancó con una serie de ternezas de lo más exótico: «Sí, paquetito mío; sí, mi rubí; sí, mi tarrito de miel…». Del cazo pareció salir un ligero vapor mientras la señora Brakk continuaba con su canturreo, ahora ya en su lengua materna; no había duda, del cazo estaba saliendo ¡vapor! Un instante después, Fred estaba de rodillas, examinando el «hornillo» por dentro y por fuera. Se humedeció la punta de un dedo como había visto hacer un millón de veces a su madre y a sus tías antes de comprobar si la plancha estaba caliente y tocó «lo azul», la pieza de abajo. La señora Brakk soltó un risueño resoplido. La pieza azul seguía estando fría. Y, tras humedecerse de nuevo la punta del dedo y con muchísimo cuidado, comprobó «lo negro» de arriba. Apenas estaba templado. ¿Y el cazo? Tirando a caliente. Sin embargo, seguía saliendo vapor, y por encima del cazo y de la botella el aire estaba… uf… ¡caliente! ¿Y por qué no?

—Puedes meter dedos entre medio —le animó la mujer, y con el bebé sujeto entre el pecho y un brazo se acercó e introdujo los dedos de la mano que tenía libre entre la pieza de arriba y la de abajo.

Fred siguió su ejemplo. El espacio intermedio no estaba en absoluto caliente; ni siquiera estaba más templado de lo normal.

Fred lo miró por todas partes y no vio nada más, nada (nada de nada) que pudiera explicar… bueno… algo… La mujer lo miró a la cara y rompió a reír, luego quitó el bloque de piedra de abajo (si es que era piedra) y aparentemente lo dejó por cualquier lado. Entonces cogió el biberón y, sacudiéndolo, hizo caer unas pocas gotas en su muñeca y otras pocas en la de Fred Silberman… y, sí, sí que estaba templada. Y mientras ella le daba el biberón al bebé, llamando a su nieto mi collar, mi alhaja, mi terroncito de azúcar, Fred se percató de pronto de dos cosas: una, de que el cuarto olía muy parecido al del de su tita Pesha, a falta de ventilación y a un ligerísimo aroma a una cocina que no tenía nada que ver ni con la comida de las cadenas de restaurantes ni con la del popular libro de recetas de Fanny Farmer (¡y menos aún con la de Ma’s Lunch!); dos, de que el corazón le latía muy, muy deprisa. Empezó a hablar y se oyó tartamudear.

—Pe… pe… pero ¿có… có… cómo fucio… funciona, ¡funciona!? ¿Cómo…?

La abuela Brakk le dirigió esa leve sonrisa que Fred llegaría a considerar habitual en ella y se encogió de hombros.

—¿Cómo se enamora chico y chica? ¿Cómo vuela pájaro? ¿Cómo convertir el agua en nieve y la nieve en agua? ¿Cómo?

Fred balbuceó y sacudió brazos y manos; y un momento más tarde ya estaba en la cocina, al igual que dos recién llegados. Reparó en que los había visto cientos de veces muchos años atrás. Y de que no sabía cómo se llamaban, ni nunca lo había sabido.

—El señor y la señora Grahdy —los presentó Wesley.

Wes parecía un tanto inquieto. El aspecto de la señora Grahdy era, y no hay otras palabras que puedan describirla, de elegancia desvaída. El señor Grahdy tenía un bigote curvado hacia arriba y una barbita canosa estilo Van Dyke, y daba la sensación de que en el pasado había sido todo un dandi. Sin señalarlo con el dedo de manera precisa sino inclinándolo en la dirección aproximada en la que se encontraba Fred, el señor Grahdy dijo:

—¡Bien me acuerdo de tu abuelo! [«Tío abuelo»], ¡de su caballo y su carro! Compraba chatarra y periódicos viejos. Y a veces vendía huevos.

Fred se acordaba perfectamente, de los huevos y de todo. En otro momento hubiera estado encantado de ponerse a hablar sobre la historia local y sobre los primeros Silberman, pero no ahora. Señalando hacia el pasillo por donde había venido dijo todo excitado y casi gritando:

—¡Nunca antes había visto nada igual! ¿Cómo funciona?, ¿cómo… funciona?, ¿el… el… —¿cómo lo había llamado la anciana?—… el hornillo eslovo?

Lo que sucedió a continuación no es que lo sorprendiera, es que lo dejó estupefacto. El matrimonio Grahdy se echó a reír, al igual que el hombre de cabello blanco que estaba en el rincón más alejado de la cocina. Este dijo algo en voz alta en su propio idioma, a todas luces una pregunta, sin dejar de reír incluso mientras hablaba. El señor y la señora Grahdy se desternillaron. Una de las mujeres de la familia Brakk soltó una risita ahogada. Otras dos lucían sonrisas avergonzadas. Y otra abrió la boca y, con el rostro carente de toda expresión, se dedicó a mirar el techo, el cual, aunque en sus orígenes había sido de estaño troquelado, había sido pintado y repintado tantas veces que el diseño ya casi ni se distinguía. Un hombre descomunal estaba sentado inclinado hacia delante (¿acaso Fred no lo había visto hacía mucho tiempo con un caballo y un carro, probablemente alquilados durante el día en la vieja caballeriza, gritando «¡Hielo! ¡Hielo!» en verano y «¡Carbón! ¡Carbón!» en invierno?); y este hombre, con la punta de la lengua asomando, bajó la cabeza y fue recorriendo con la vista a los presentes. Wesley miró a Silberman de manera inexpresiva. Y Nick, con el moreno rostro ardiendo, le dirigió una mirada de lo más fulminante. Ante todo esto, totalmente inesperado, totalmente misterioso, Fred sintió cómo su excitación titilaba para a continuación apagarse.

Finalmente, el señor Grahdy se secó los ojos y dijo algo, ¿el mismo algo de antes?, ¿un algo distinto?, ¿ese algo era eslovo?, ¿era huzuk?, ¿había alguna diferencia?, ¿qué diferencia era esa? Con expresión jovial y satisfecha, miró a Fred, el cual, al no haber entendido nada, nada dijo.

—¿No entiende nuestro idioma, caballero?

—No.

—Su abuelo sí lo entendía.

—Sí, pero no me lo enseñó.

En realidad, el tío Jake sí que le había enseñado unas cuantas palabras, pero Fred, a punto de que le vinieran a la memoria al menos una o dos de ellas y dispuesto a decirlas, decidió de pronto callarse. El tío Jake había tenido un sentido del humor bastante irónico y burlón, y cualquiera sabía si el significado de las palabras era realmente el que su tío le había dicho.

La hermana (¿prima?) de Wes, tal vez por educación, tal vez porque quería cambiar de tema, tal vez por algún otro motivo, dijo:

—La señora Grahdy es famosa por lo bien que recita. A lo mejor podemos convencerla para que nos recite algo…

La señora Grahdy fue convencida. Primero se levantó. Puso cara como de tontita. Se metió un dedo en la boca. Era una niña pequeña, a la que remedó con la voz. Y, sucesivamente, se fue mostrando: ilusionada, tímida, obstinada, llorosa y alegre. Y de los presentes: unas cuantas risitas ahogadas, unas cuantas risitas entre dientes. Y entonces la señora Grahdy dejó de jugar con su falda y, tras desaparecer de su rostro todas esas otras expresiones, las comisuras de sus labios se volvieron hacia abajo y ella recorrió con la mirada a todos los que estaban en el cuarto. Se oyeron algunas exclamaciones de, supuestamente, alabanza, y algunos aplausos dispersos, que la señora Grahdy silenció al momento. Durante un segundo se quedó ahí plantada, con cara de póquer, rígida. Y entonces empezó un rápido recitado de lo que a todas luces era una poesía. Su rostro se mostró exaltado, trágico, indignado, severo… ¡tantas cosas! ¡Y cómo movía los brazos y manos!, ¡cómo miraba con ojos escrutadores y reconocía el terreno!, ¡cómo subía montañas y esgrimía espadas! Una voz, medio susurrando, le dijo a Fred al oído, «Es un poema patriótico». La señora Grahdy clavó la bandera en, por así decirlo, Iwo Jima. Fuertes gritos del público. ¡Aplausos abundantes! Estaba claro que el poema patriótico había llegado a su fin. Y en ese momento se desveló que la boca vuelta hacia abajo no era la máscara de la tragedia, sino la disciplinada expresión de alguien demasiado educado para alegrarse o sonreír ante su propio éxito.

Tras unos instantes, la mujer se volvió hacia Fred y le dijo:

—Sé que no habrá entendido ni una palabra, pero ¿reconoció de oído que los versos eran alejandrinos?

A Fred, que a duras penas era capaz de distinguir un alejandrino de una alcachofa, la pregunta le pilló por sorpresa. Sin tomarse unos instantes para hacer memoria o pensarse bien la respuesta, dijo:

—Una vez oí una grabación de Sarah Bernhardt… —tras lo cual sintió ganas de darse cabezazos contra la pared, porque seguro que ella iba pensar que le estaba tomando el pelo.

En absoluto. Con el rostro libre de toda «expresión» fingida, la mujer le hizo una pequeña reverencia; una reverencia perfectamente hecha, muy sofisticada a su pequeña escala, como aceptando un merecido cumplido, un intercambio entre iguales. Lo que dejó bastante pensativo a Fred.

—¿Así que no entendió lo que ha preguntado el señor Kabbaltz? —dijo el señor Grahdy señalando hacia el hombre de cabello blanco del rincón. Fred negó con la cabeza; si la pregunta tenía que ver con los pentámetros yámbicos le iba a dar algo—. El señor Kabbaltz preguntó que si el hornillo eslovo, ya sabe cuál, «¿siquiera se calentó ya?».

¡Jo, jo, jo!, rieron el señor Grahdy, la señora Grahdy y el señor Kabbaltz, ¡jo, jo, jo!

Fred decidió que la ignorancia era una bendición; desvió la atención hacia la humeante fuente que tenía delante y de la que los presentes se servían más comida. ¿Sopa?, ¿estofado?, ¿guiso de lentejas? Por el momento no iba a hacer más preguntas, aunque seguro que si alababa las vituallas no podía meter la pata.

—Muy bueno. Esto está muy bueno —dijo, sin duda lo que correspondía decir y en el tono adecuado… porque realmente estaba muy bueno.

El señor Grahdy de nuevo:

—¿Su bisabuelo nunca le mandó al Centro Huzuk-Eslovo para que aprendiera el idioma?

—No, nunca fui.

—Entonces, ¿adónde lo mandaban?

—A la Escuela Hebraica, como la llamaban ellos. Para que aprendiera las oraciones. Y los salmos.

Al instante Fred volvió a ver esas gigantescas y ancestrales letras negras bien gruesas marchando por la página. Página tras página tras página. Y una fracción de segundo menos al instante, el señor Grahdy repitió ese gesto de señalar no señalando del todo y declamó algo. Y se interrumpió. Y preguntó:

—A ver, ¿cuál es el segundo verso?

Fred:

—Señor Grahdy, ni siquiera he entendido el primero.

Sorpresa.

—¿Qué me dice?, ¿que no? Pero si es un
  1   2   3   4

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconEs probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en...
«Vente después del colegio, tengo un libro con fotografías de la guerra», la señora Keeley no le había permitido pasar; «Tú no vives...

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconPresidente de los Estados Unidos Mexicanos, en ejercicio de la facultad...

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconLa Generación Perdida fue la que abrió el mercado del vino en Estados Unidos”

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconBreve semblanza de los escritores participantes
«brillantísimo debut con una novela instructiva», Boek (Holanda); su «suspense inteligente y original», Dagbladet (Noruega); su «inteligente...

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconLos riesgos del paso de los Centroamericanos hacia Los Estados Unidos

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconDespués de la guerra contra Estados Unidos las posturas políticas...

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconComo sabemos este hecho histórico sucedió en los años de 1946 y 1948,...

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconRepresentante poeta de estados unidos
«Generación perdida»— que predicó fogosamente el rescate de la poesíaantigua para ponerla al servicio de una concepción moderna,...

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconPresidente de los Estados Unidos

Es probablemente el alegato definitivo sobre un proceso clave en la experiencia de los inmigrantes llegados a los Estados Unidos: la pérdida de la etnicidad iconEl “Spanglish” en los Estados Unidos






© 2015
contactos
l.exam-10.com