Investigación sobre el entendimiento humano






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títuloInvestigación sobre el entendimiento humano
fecha de publicación30.06.2015
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EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO

Con su filosofía, Hume pretendió construir una ciencia de la naturaleza humana, es decir, lograr un conocimiento científico (seguro y fiable) del ser humano, similar al que Newton había alcanzado en el ámbito de las ciencias naturales. Cuando se lograse semejante tarea, podría considerarse culminado el proyecto de lograr un conocimiento científico, basado en el método experimental, que abarcase la totalidad de lo real. De hecho, Hume se consideró a sí mismo el “Newton de las ciencias de la naturaleza humana”. Esa ciencia experimental sobre la naturaleza humana era, a juicio del filósofo empirista, la principal de todas las ciencias, pues debería explicar el funcionamiento y el alcance del entendimiento humano, mediante la realización de un examen crítico del conocimiento. Dado que el resto de conocimientos o ciencias suponen el uso y desarrollo del entendimiento humano, cuanto mejor sepamos cómo funciona éste, entonces mejor podremos usarlo en cada ámbito de investigación. Por consiguiente, la filosofía servirá para posibilitar el avance correcto del resto de ciencias.

La metodología seguida por Hume para elaborar esa ciencia de la naturaleza humana se fundamenta básicamente en un análisis crítico del conocimiento humano, desplegado en tres pasos sucesivos:

1º. Establecer los elementos que configuran el conocimiento humano

2º. Estudiar cómo se combinan esos elementos y cómo surgen de esa combinación los conocimientos complejos

3º. Establecer los límites del conocimiento humano

  1. Elementos del conocimiento: impresiones e ideas

A diferencia del racionalismo, que afirmaba que la razón era la fuente del conocimiento, el empirismo tomará la experiencia como el origen y el límite de nuestros conocimientos. Ello supone la negación del innatismo, es decir, la negación de que existan "ideas" o contenidos mentales que no procedan de la experiencia. Cuando nacemos la mente es una "tabula rasa" en la que no hay nada impreso. Todos sus contenidos dependen, pues, de la experiencia. Al igual que el racionalismo, el empirismo tomará como punto de partida de la reflexión filosófica el análisis de la conciencia. Ante el fracaso de la filosofía antigua y de la filosofía medieval, que habían tomado como referencia el mundo y Dios respectivamente, la filosofía moderna se caracteriza por tomar el sujeto como punto de partida de la reflexión filosófica. Así, del mismo modo que Descartes, una vez descubierto el "yo pienso", pasa a analizar el contenido del pensamiento, los empiristas comenzarán sus indagaciones analizando los contenidos de la conciencia.

Tanto en el Tratado como en la Investigación sobre el entendimiento humano, Hume comienza la presentación de su filosofía con el análisis de los contenidos mentales. A diferencia de Descartes, para quien todos los contenidos mentales eran "ideas", Hume considera que todos los contenidos de la mente humana son percepciones, que pueden ser de dos tipos:

1º Impresiones: percepciones que se originan en los sentidos externos o internos. Pueden ser impresiones de sensación e impresiones de reflexión. Las impresiones de sensación son aquellas que derivan de las percepciones sensibles y se corresponden con la acción de nuestros sentidos (oído, vista, tacto, gusto y olfato). Las impresiones de reflexión son el resultado de la percepción de una idea, como cuando sentimos desagrado ante la idea de un olor. Además, las impresiones también pueden clasificarse en simples (cuando provienen de un único sentido, por ejemplo, la percepción de un color o de un sonido) o complejas (cuando provienen de varios sentidos, por ejemplo, la percepción de un paisaje).

2º Ideas: son el recuerdo actual de impresiones pasadas, es decir, son percepciones que se presentaron a la conciencia con anterioridad y ahora hacen su reaparición. Siguiendo a Locke, Hume considera que existen ideas simples (provienen de una impresión simple, por ejemplo, la idea de rojo o verde) y complejas. Las ideas complejas pueden surgir como copias de impresiones complejas, como la idea del paisaje antes mencionado, cuando yo pienso en él, o pueden también ser el resultado de las combinaciones de contenidos mentales que ya teníamos, realizadas a partir de otras ideas simples o complejas. Por ejemplo, la idea de unicornio surgiría al combinar la idea de cuerno con la de caballo, ideas que a su vez se derivarían de ambas impresiones.

Las ideas complejas surgen según tres leyes que, en opinión del filósofo escocés, estarían presentes en la naturaleza humana: ley de semejanza, contigüidad espacio-temporal y relación causa-efecto. Según Hume, estas tres leyes, que la mente humana aplica de modo automático e inconsciente, son las únicas que permiten explicar la asociación de ideas, de tal modo que todas las creaciones de la imaginación, por delirantes que puedan parecernos, y las sencillas o profundas elaboraciones intelectuales, por razonables que sean, les están inevitablemente sometidas.

Entre las impresiones y las ideas hay dos diferencias fundamentales. En primer lugar, la intensidad o vivacidad con que las percibimos, siendo las impresiones contenidos mentales más intensos y las ideas contenidos mentales menos intensos. En segundo lugar, el orden en el que se presentan. Las impresiones son siempre anteriores a las ideas, aquellas son la causa de éstas y no a la inversa. La relación que existe entre las impresiones y las ideas es la misma que la del original y la copia. Es decir, las ideas derivan de las impresiones, las impresiones son, pues, los elementos originarios del conocimiento. Este orden deja patente que, para Hume, el pensamiento es una actividad cognoscitiva de segundo orden, que se subordina y sigue a la sensibilidad.

Una vez establecidos los elementos del conocimiento y sus relaciones, Hume enuncia los dos primeros principios del entendimiento humano:

1º. Todas las ideas simples provienen de las impresiones correspondientes

2º. Para probar la validez de una determinada idea, es condición necesaria y suficiente señalar la impresión correspondiente de la que procede. (criterio de certeza).

"Por tanto, si albergamos la sospecha de que un término filosófico se emplea sin significado o idea alguna (como ocurre con demasiada frecuencia), no tenemos más que preguntarnos de qué impresión se deriva la supuesta idea, y si es imposible asignarle una; esto serviría para confirmar nuestra sospecha".

B. Modos de conocimiento: conocimientos por relación de ideas y conocimientos de hechos

En sus obras, Hume se ocupó también de determinar los tipos de conocimiento. Siguiendo la distinción que había hecho Leibniz entre verdades de razón y verdades de hecho, el filósofo empirista sostiene que todos los objetos de la razón e investigación humana puede dividirse en dos grupos: relaciones de ideas y cuestiones de hecho.

1º. Conocimiento por relaciones de ideas: se elaboran conectando entre sí ideas que guardan una determinada relación. Su verdad es independiente de la experiencia y puede descubrirse mediante operaciones del propio entendimiento. Cuando un enunciado de este tipo es verdadero, su negación implica contradicción. Las relaciones entre ideas se expresan mediante proposiciones analíticas y necesarias. Las ciencias formales (matemáticas y lógica) pertenecerían a este tipo de conocimiento.

Ejemplos de este tipo de conocimiento serían enunciados del tipo “tres veces cinco es igual a la mitad de treinta”, “el todo es mayor que sus partes” o “en un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos”. Se sabe que estas proposiciones son verdaderas sin necesidad de acudir a la experiencia, sin necesidad de demostraciones empíricas. Es suficiente con conocer el significado de los términos que en ellas aparecen para saber que son necesariamente verdaderas. Por eso, se dice que su verdad es conocida a-priori.

2º. Cuestiones de hechos: se elaboran a partir de los datos obtenidos de la experiencia y se refieren siempre a hechos empíricos. Su verdad sólo puede ser conocida mediante la comprobación experimental. La verdad o falsedad de un conocimiento de hechos depende siempre de las impresiones. Cuando una proposición de hechos es verdadera, su negación es posible, negar la verdad, en este caso, no implica contradicción. Así pues, la verdad de las cuestiones de hecho se conoce a-posteriori. Las ciencias empíricas (biología, química, física, historia, economía…) estarían compuestas por este tipo de conocimiento.

Ejemplos de este tipo de conocimiento los vemos en las siguientes proposiciones: “los felinos son ágiles”, “el sol sale por Oriente”, “el fuego calienta el agua”, “las crisis económicas producen conflictos sociales” etc… Nunca podría llegarse a saber la verdad de estas afirmaciones si no se comprobasen empíricamente. Cuando negamos una de ellas, estamos diciendo algo falso (por ejemplo, “los felinos no son ágiles”), pero no contradictorio, porque aunque lo que la frase afirma no concuerda con la experiencia, sin embargo, en opinión de Hume, podría perfectamente ocurrir. No es metafísicamente imposible que un felino no sea ágil, que el sol no salga mañana por Oriente o que una crisis económica no produzca conflictos sociales. Sin embargo, sí lo es que exista un triángulo de cuatro ángulos o un todo menor que sus partes.

Tipo de conocimiento

Se construye…

¿Depende de la experiencia?

Puede ser conocido mediante…

Su vedad es

Ejemplos

Relaciones de ideas

Conectando entre sí ideas que guardan una determinada relación

No, es total-mente independiente de ella

Operaciones del entendimiento

A-priori necesaria eterna

Matemáticas Lógica


Cuestiones de hecho

A partir de los datos obtenidos de la experiencia

Sí, se origina en ella y depende de ella

La observación de los hechos

A-posteriori contingente temporal


Física Biología Historia Economía…

C. Crítica al principio de causalidad

El conocimiento de hechos está fundado en la relación causa y efecto. Esa relación se había interpretado tradicionalmente bajo la noción del principio de causalidad, como uno de los principios fundamentales del entendimiento, y como tal había sido profusamente utilizado por los filósofos anteriores, tanto medievales como antiguos, del que habían extraído lo fundamental de sus concepciones metafísicas. Recordemos, por ejemplo, la utilización que hace Aristóteles de la teoría de las cuatro causas, o el recurso de Tomás de Aquino al principio de causalidad para demostrar la existencia de Dios en las cinco vías.

¿Pero qué contiene exactamente la idea de causalidad? Según Hume, la relación causal se ha concebido tradicionalmente como una conexión necesaria entre la causa y el efecto, de tal modo que, conocida la causa, la razón puede deducir el efecto que se seguirá, y viceversa, conocido el efecto, la razón está en condiciones de remontarse a la causa que lo produce.

Pero esta idea de conexión necesaria le parece a Hume una noción metafísica oscura y dudosa, que debe ser examinada desde su planteamiento empirista. ¿Qué ocurre si aplicamos el criterio de verdad establecido por Hume para determinar si una idea es o no verdadera? Recordemos que según este criterio una idea es verdadera si hay una impresión que le corresponde y de la que se deriva. ¿Hay alguna impresión que corresponda a la idea de conexión necesaria y, por lo tanto, es legítimo su uso, o es una idea falsa a la que no corresponde ninguna impresión? Esta es la cuestión fundamental que debe examinarse.

Si observamos cualquier cuestión de hecho, por ejemplo, el choque de dos bolas de billar, nos dice Hume, observamos el movimiento de la primera bola y su impacto (causa) sobre la segunda, que se pone en movimiento (efecto). En ambos casos, tanto a la causa como al efecto les corresponde una impresión, siendo verdaderas dichas ideas. Estamos convencidos de que si la primera bola impacta con la segunda, ésta se desplazará al “existir” una conexión necesaria entre la causa y el efecto. ¿Pero hay alguna impresión que corresponda a esta idea de conexión necesaria? No, dice categóricamente Hume. Lo único que observamos es la sucesión entre el movimiento de la primera bola y el movimiento de la segunda, de lo único que tenemos impresión es de la idea de sucesión, pero por ninguna parte aparece una impresión que corresponda a la idea de conexión necesaria, por lo que hemos de concluir que la idea de que existe una conexión necesaria entre la causa y el efecto es una idea falsa, que carece de legitimidad al no derivarse de impresión alguna.

¿De dónde procede, pues, nuestro absoluto convencimiento de la necesidad de que la segunda bola se ponga en movimiento al recibir el impacto de la primera? Únicamente de la experiencia: del hábito o la costumbre. Al haber observado siempre que los dos fenómenos se producen uno a continuación del otro, se origina en nosotros el convencimiento de que esa sucesión es necesaria, de que hay una conexión necesaria entre ambos fenómenos y de que es imposible que al entrar en contacto esas dos bolas pudiese producirse otro hecho, por ejemplo, que las dos quedaran quietas o estallasen. En resumen, si estamos convencidos de que un hecho ha de producirse de una determinada manera, es porque la experiencia nos lo ha presentado siempre asociado a otro hecho que le precede o que le sigue, como su causa o efecto. Si oímos una voz en la oscuridad, estamos seguros de la presencia de una persona, pero no porque hayamos alcanzado tal seguridad mediante un razonamiento a priori, sino que "surge enteramente de la experiencia, cuando encontramos que objetos particulares cualesquiera están constantemente unidos entre sí". Las causas y efectos, por lo tanto, no puede ser descubiertas por la razón, sino sólo por experiencia.

¿Cuál es, pues, el valor del principio de causalidad? El principio de causalidad sólo tiene valor aplicado a la experiencia, aplicado a objetos de los que tenemos impresiones y, por lo tanto, sólo tiene valor aplicado al pasado, dado que de los fenómenos que puedan ocurrir en el futuro no tenemos impresión ninguna. Contamos con la producción de hechos futuros porque aplicamos la inferencia causal, pero esa aplicación es ilegítima, por lo que nuestra predicción de los hechos futuros no pasa de ser una mera creencia, por muy razonable que pueda considerarse. Pero las creencias son en realidad sentimientos o instintos, pero no actos de razón. Dado que la idea de conexión necesaria ha resultado ser una idea falsa, sólo podemos aplicar el principio de causalidad a aquellos objetos cuya sucesión hayamos observado. Sin duda, las creencias pueden ser muy razonables (más cuanto mayor sea el número de casos pasados en que se apoyen), y por eso Hume nos invita a vivir como si realmente fuésemos capaces de inferir el modo en el que van a suceder las cosas, pero si somos realmente rigurosos, debemos tener siempre en cuenta que el futuro no tiene por qué comportarse igual que el pasado. Nunca una creencia sobre el futuro puede ser una verdad a-priori, porque siempre es posible que el curso de los acontecimientos cambien… Por otra parte, ¿qué legitimidad tiene la aplicación tradicional del principio de causalidad al conocimiento de objetos de los que no tenemos ninguna experiencia? Ninguno, dirá Hume. En ningún caso la razón podrá ir más allá de la experiencia, lo que le conducirá a la crítica de los conceptos metafísicos (Dios, mundo, alma) cuyo conocimiento estaba basado en esa aplicación ilegítima del principio de causalidad.

EL PROBLEMA DE LA REALIDAD

A. La crítica a la idea de sustancia:

Hume aplica su planteamiento gnoseológico empirista al análisis de los conceptos y problemas tradicionales de la metafísica. Comienza por la crítica a la idea de sustancia, pues la considera la idea fundamental de la metafísica occidental desde Aristóteles. Cuando la filosofía ha hablado del mundo, del alma o de Dios (los tres grandes problemas metafísicos) lo ha hecho desde un planteamiento sustancialista, pues considera que esas tres realidades son sustancias.

|El significado habitual del término sustancia ha sido el de "fundamento" de la realidad, (significado que adquiere ya de forma clara con Aristóteles), "lo que está debajo", lo que "permanece" bajo los fenómenos, lo subsistente. En cuanto tal, la sustancia es ante todo sujeto, lo que tiene su ser en sí, y no en otro, tal y como sostenía la definición de Descartes. Pues bien, Hume investiga la validez de esta noción y lo hará de nuevo recurriendo al criterio de certeza de su filosofía, es decir, investigando si la idea de sustancia se deriva de alguna impresión previa. Cuando observamos un fenómeno puede apreciarse lo que ya Aristóteles denominó accidentes (tamaño, color, forma, olor, textura, posición…), pero si eliminamos los accidentes, ¿queda algún sustrato? Según Hume, no, porque no hay ninguna impresión que corresponda a la idea de sustancia, ya que esta idea no contiene nada sensible, por lo que habrá que admitir que se trata de una idea falsa como sucedía con la de conexión necesaria. ¿Cuál es, entonces, el origen de esa idea? Sencillamente es un producto del sujeto que observa la realidad. Nuestra tendencia natural es integrar en un objeto que permanece todas las cualidades de las que tenemos una impresión sensible. Así, cuando observamos una mesa, vemos su forma, tamaño, color, textura, posición…, y se forma en nuestro entendimiento la ilusión de que todas esas cualidades que percibimos a través de los sentidos se sustentan sobre un “sustrato común” que es la sustancia mesa, que existiría al margen de tales accidentes, sirviéndoles de soporte. Pero no hay impresión alguna de dicha sustancia, únicamente de los accidentes. La idea de sustancia es producida, pues, por la imaginación, no siendo más que una "colección" de ideas simples unificadas por la imaginación bajo un término que nos permite recordar esa colección de ideas simples, una colección de cualidades que están relacionadas por contigüidad y causación.

A la crítica de la idea de sustancia se añadirá el estudio de las supuestas ideas o conceptos abstractos. ¿Podemos aceptar la existencia de ideas, de conceptos abstractos, generales, universales? ¿O, por el contrario, todas nuestras ideas son particulares? Hablar de conceptos abstractos supone aceptar la posibilidad de representar de modo universal la realidad y, por extensión, la esencia, la sustancia de la realidad. Pero ¿tenemos realmente un solo concepto abstracto, una sola idea abstracta?, ¿es posible concebir un triángulo que no sea isósceles, escaleno, equilátero, pero que sea todos y cada uno de los triángulos que pueden existir? No, nos dice Hume. Cuando hablo del concepto abstracto de triángulo tengo en la mente la imagen, la representación de un triángulo concreto, particular, al que añado la cualidad, la ficción, de que representa cualquier triángulo, del mismo modo que si concibo la idea de "perro" me represento un perro particular, al que añado la cualidad, la ficción, de representar a todos los perros. Todas las ideas son, pues, particulares. Lo que llamamos conceptos o ideas abstractas son el resultado de una generalización inductiva, procedente de la experiencia, por la que terminamos por dar el mismo nombre a todos los objetos entre los que encuentro alguna semejanza o similitud.

Una vez rechazada la idea de sustancia queda el camino abierto para realizar la crítica a los conceptos tradicionales de la metafísica: mundo, alma y Dios, precisamente las tres sustancias cuya existencia había demostrado Descartes en su filosofía.

a) El mundo: Tenemos una tendencia natural a creer en la existencia de cuerpos independientemente de nuestras percepciones. De hecho, la filosofía nunca ha dudado de la existencia de un mundo exterior al sujeto compuesto por sustancias. Descartes con su duda metódica la cuestionó, pero al final la aceptó una vez demostrada la existencia de un Dios bueno y veraz. Por el contrario, como vamos a ver, Hume niega toda posibilidad de alcanzar certeza alguna en relación con la existencia de un mundo exterior al ser humano.

Es, pues, evidente que "creemos" que nuestras percepciones están causadas por los objetos, a los que reproducen fielmente, y que si bien las percepciones "nos pertenecen", los objetos están fuera de nosotros, perteneciéndoles un tipo de existencia continuada e independiente de la nuestra. Pero si analizamos la cuestión filosóficamente, dice Hume, tal creencia se muestra enteramente infundada. En realidad, estamos "encerrados" en nuestras percepciones y no podemos ir más allá de ellas, ya que son lo único que se muestra a nuestra mente. Podemos hacer cuanto queramos, pero no podremos nunca ir más allá de nuestras impresiones e ideas. Si intentásemos aplicar el principio de causalidad para demostrar que nuestras impresiones están causadas por objetos externos, incurriríamos en una aplicación ilegítima de tal principio, ya que tenemos constancia de nuestras impresiones, pero no la tenemos de los supuestos objetos externos que las causan, por lo que tal inferencia rebasaría el ámbito de la experiencia, (al no poder constatar la conjunción entre dichos objetos y nuestras impresiones), el único en que podemos aplicar el principio de causalidad.

La creencia en la existencia independiente de los objetos externos la atribuye Hume a la imaginación, debido a la constancia y a la coherencia de las percepciones. No se puede justificar tal creencia apoyándose en los sentidos, ni apelando a la razón. No puede proceder de los sentidos, ya que éstos no nos ofrecen nada distinto de nuestras percepciones. Cuando creo percibir mi "cuerpo", no percibo nada distinto de mi percepción: lo que hago es atribuir existencia real y corpórea a dicha percepción. Tampoco la razón podría ser la base de tal creencia, ya que no es posible recurrir al principio de causalidad, ni a la idea de sustancia, (anteriormente criticada), para justificar la existencia de objetos externos e independientes de mis percepciones. En conclusión, es imposible afirmar que la realidad exterior exista. Toda la realidad de la que tenemos constancia se limita a las percepciones subjetivas. Por eso, la creencia natural en la existencia de objetos externos al sujeto puede ser aceptada, siempre que se tenga en cuenta que ello significa una concesión al "sentido común", una "creencia razonable", pero que es imposible demostrar que los supuestos objetos externos sean la causa de mis impresiones.

b) El alma: Para la tradición metafísica la existencia del alma, una sustancia inmaterial, subsistente y causa última o sujeto de todas mis actividades mentales (percepción, razonamiento, volición...) había representado un pilares fundamental desde Platón hasta Descartes.

Habiendo rechazado la validez de la idea de sustancia, ¿podemos seguir manteniendo la idea de alma, de un sustrato, de un sujeto que permanece idéntico a sí mismo, pero que es simple y distinto de sus percepciones?, ¿de qué impresión podría proceder tal idea de alma? No existen impresiones constantes e invariables entre nuestras percepciones de las que podamos extraer tal idea del yo, del alma. No hay ninguna impresión que pueda justificar la idea de un yo autoconsciente, como si el yo fuese una sustancia idéntica e invariable, fundamento de las percepciones continuas y efímeras.

El propio Hume fue consciente de que este razonamiento, aunque lógico y coherente con su planteamiento empirista, podía suscitar dudas, pues todo ser humano tiene conciencia de su propia identidad personal como algo más o menos estable y que se mantiene en el tiempo. Para explicar el origen de dicha identidad (que no es impresión ni idea), el filósofo escocés recurrió a la memoria. Gracias a ella, establecemos un vínculo y una unión entre nuestras distintas percepciones, pero el error radica en confundir sucesión temporal de percepciones con identidad personal. El alma sería, entonces, sólo la unificación ficticia de todas nuestras percepciones Rechazada, pues, la idea de alma, la pregunta por su inmortalidad resulta superflua…

¿Qué soy entonces yo? Nada más que un agrupamiento o serie de percepciones que se suceden con rapidez. No hay nada que permanezca idéntico en nuestra alma. La mente es como una especie de teatro en el que se van sucediendo las distintas percepciones?

c) Dios: La crítica humeana a la idea de Dios se explica en el apartado “El problema de Dios”

B. Fenomenismo y escepticismo:

La crítica de Hume a la idea de sustancia en general, y a las nociones de mundo, alma y Dios en particular, termina conduciendo a una interpretación fenomenista y escéptica de la realidad.

El fenomenismo es la postura que reduce la realidad a un conjunto de fenómenos, a un mero aparecer ante el sujeto que percibe, negándose la existencia de sustancias. Lo único real, de lo que es imposible dudar es de los fenómenos que percibimos por los sentidos cuando los percibimos y mientras los percibimos, pero no es posible afirmar que tales fenómenos tengan consistencia real, que existan de manera independiente de las citadas percepciones.

El fenomenismo lleva inevitablemente al escepticismo. Pero no a un escepticismo radical, sino moderado. Dudar de la validez y la existencia de las impresiones e ideas derivadas de las sensaciones es absurdo. Pero dado que el conocimiento cierto se reduce a ese ámbito, Hume termina defendiendo un escepticismo moderado sobre cualquier cuestión que rebase el umbral de la experiencia: existencia del mundo, del alma, de Dios… Escepticismo que, como se verá, tiene importantes consecuencias en el terreno ético y político, pues implica defender la idea de tolerancia como fundamento de las relaciones humanas. Al no estar seguros de casi nada, debe mantenerse la libertad de acción y de pensamiento. El espíritu ilustrado del filósofo escocés se evidencia así con claridad.


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