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Grandeza literaria y

miseria moral en la España

de Alatriste







Autor: Pedro Guerrero Ruiz





POLO ACADÉMICO INTERNACIONAL
SOBRE ARTURO PÉREZ-REVERTE




Noviembre de 2000

















Grandeza literaria y miseria moral en la España de Alatriste

(un análisis interdisciplinar e intextual)
PEDRO GUERRERO RUIZ

Universidad de Murcia
Con el nombre de El capitán Alatriste se conoce la primera entrega de Las aventuras del capitán Alatriste, novela histórica popular, historia novelada, con el ingrediente de los escritores de la literatura más apreciada: Quevedo, Lope o Garcilaso en el escenario del Madrid de Felipe Cuarto.
Arturo Pérez-Reverte, con la colaboración de su hija Carlota, configura este folletín entre la clasicidad del género y el tejido crítico de nuestras miserias y nuestra grandeza histórica, con el espléndido ambiente de las ilustraciones de Carlos Puerta y el diseño gráfico de Manuel Estrada, una tipografía adecuada los versos realizados por Alberto Montaner Frutos (y no precisamente como textos paródicos, utilizando. Otros para deformarlos, sino hechos al modo de aquel Siglo de Oro tan excepcional) conforman parte de los ingredientes de la obra.
A pesar del tiempo transcurrido de la primera entrega de Alatriste(1), me parecía oportuno —en el reposo temporal de su lectura— analizar la interdisciplinariedad con función, en ocasiones, intertextual, que concierta una formulación literaria sincrónica en ámbitos de referencias diacrónicas. Y ello sin obviar la fidelidad que Pérez-Reverte trasciende del genero de la novela histórica desde Scott, Balzac o Hugo, hasta la menos conocida, pero intachable, novelación de la historia en Lourdes Ortiz, caso de Urraca, aunque ésta más en la formulación de monólogo interior.
El espadachín Alatriste está confeccionado en aquella trascendencia de la novela de género, en el modelo de las pasiones y en una geografía urbana estudiada meticulosamente, en una combinación antropológica, etnográfica y de análisis-proceso a la época, añadiendo Pérez-Reverte un conocimiento extraordinario, no superficial, que la envuelve en una novela de atmósfera aventurera de capa y espada y de heroicas manifestaciones (recordamos aquí el magnífico trabajo de José Belmonte, conocedor de los héroes cansados del autor en una verosimilitud histórica que contribuye a representar la época, en el caso que analizamos salida de entreguerras(2)), que entronca con la tradición folletinesca del siglo XIX y primera parte del XX, con Galdós y con el Lope de Aguirre de Sender.
He aquí Arturo Pérez-Reverte, prometedor artífice de la literatura de aventuras moderna, capaz de batirse en el campo literario con los novelistas más importantes, si fuera el caso. Un escritor de raza, complejo y diverso, que llama al pan, pan; y al vino, vino; y que nos regresa la Historia en aventuras, la historia de las grandezas y la intrahistoria de charanga, de miedo y de burla; una historia tremenda y ejemplar, agridulce, de grandeza bélica y corrupción política.
Novela de capa y espada (el territorio revertiano ya fue antes fragua de grandes personajes diversos: húsares, maestros de esgrima, anticuarios y bibliófilos, soldados o jugadores de ajedrez), en un Madrid de setenta mil habitantes, confiado a la audacia, a la épica, al valor y el honor de Alatriste, frente al fanatismo, a la ignorancia y a la estupidez humana. En un ambiente de temor inquisidor y de mercenarios sin dignidad, en un pasado que nos evocaba extrañeza, incertidumbre y también miseria moral, la miseria moral que encuentra paralelo con la pendular sacudida de la historia crítica de España.
Este es Pérez-Reverte: quien mira atrás desde el papel de escritor buceador de los sucesos intrahistóricos y culpa de irresponsabilidad a quienes tuvieron el deber de decir la verdad de la Historia, ofertaron miradas de tono imperial durante el franquismo, para afirmar: "Yo he cumplido en lo que creo y he cumplido con mi parte"(3).
Así es Pérez-Reverte: un contador de historias en la Historia, acusador de inmoralidades, en el epicentro de la inmoralidad del siglo XVII, inventor de héroes y villanos, en el escenario de la España con una historia diversa, conversa, exaltada y maltratada; enfrentada a la España de la mentira y de la farsa, sosteniendo la verdad en un ambiente histórico y geográfico que nos induce y nos conduce. En la convocatoria de los textos del Siglo de Oro (Quevedo y Lope), teatros de Madrid, ambientes con bolsas de oro; numismática, urbanismo, literatura y pintura; con un castellano legítimo trasladado al de hoy pero en descripciones muy estudiadas y brillantes, meticuloso observador de la vida y la muerte en el territorio de los Austrias, entre fórmulas verbales y locuciones de la lengua de Garcilaso.
Un caballero, Alatriste, y un escudero, Balboa, en el torbellino del Madrid de 1623, en sus esquinas, plazas y calles. Un Madrid reconstruido —el Madrid virtual que llama Reverte—, por donde Alatriste, amigos y enemigos, sobreviven: "Ese Madrid fascinante y peligroso, de callejuelas estrechas y mal alumbradas, tabernas, mancebías y garitos, donde en la hora menguada los vecinos arrojaban las inmundicias a la calle, y donde la vida había que buscársela a menudo en lances y emboscadas, entre el brillo de dos aceros"(4). El Madrid de la planimetría de don Pedro Texeira, de 1656. Planos que sirvieron para detallar las aventuras y desventuras de Diego Alatriste y Tenorio, soldado de los tercios de Flandes y espadachín a sueldo. Este es el paisaje de Alatriste y de Íñigo Balboa (punto de vista visionado por Carlota Pérez-Reverte), de Gualterio Malatesta, de Diego Velázquez o Lope de Vega; de Quevedo, Bocanegra, el Príncipe de Gales y hasta el mismísimo Felipe Cuarto.
El Madrid de la taberna del Turco, ficcionada por Reverte, en la esquina de la calle de Toledo y la del Arcabuz (invención revertiana), con salida de puerta a ésta y a quinientos pasos de la Plaza Mayor. El Madrid de los Austrias, el de las calles de Hortaleza, Alcalá, Montera y el Barquillo; el Madrid del palacio de Guadalmedina y el de la Casa de las Siete Chimeneas, en el cruce de la calle Torres con el de las Infantas. Geografía urbana en una novela interdisciplinar, intertextual, que nos hace vivir los primeros años del siglo XVII, en el ambiente del Prado de San Jerónimo y los mentideros de Santa María de la Almudena hasta las gradas de San Felipe o la Puerta del Sol; el Madrid de la ribera del Manzanares y la fuente del Rastro; el de las grandes decisiones políticas en el Alcázar de los Austrias y el de las emboscadas en el Portillo de las Ánimas. El que hoy vive en los archivos del Conde-Duque y en la Biblioteca Nacional.
Este es el Madrid de Alatriste, el de Felipe Cuarto; el de la estafeta de correos, el de Puerta Cerrada y la plaza de la Cebada; y el de Esparteros, la fuente del Acero y los pinares de la Casa de Campo. El de la taberna del Turco en la audacia y la memoria histórica y ficcional de Arturo Pérez-Reverte, en la escritura de aventuras: un desafío para quienes quieran vivir la Historia y el urbanismo antiguo en la creatividad literaria de un héroe mercenario, un capitán de apodo (que nunca pasó de sargento), que pasea con Quevedo y es temido por su toledana y su vizcaína; que ha luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente" (pág. 11).
Hablo de Alatriste, que Velázquez, el artista palatino, pintó —según Reverte— tras el caballo en Las lanzas o La rendición de Breda al marqués de Spínola; el que conoce los versos de Lope; quien salvó al Príncipe de Gales de la temible espada de Gualterio Malatesta; luchador contra el turco y los corsarios berberiscos; amante de la tabernera Caridad la Lebrijana. Ficción y realidad, realidad y deseo. Amigo de Quevedo y Juan Vicuña; "hombre de hígados [...] que podía hacer amigos hasta en el infierno" (págs. 16-17), quien comentaba a Íñigo Balboa: "Hay que ganarse el pan, zagal" (pág. 33). Personaje que, a diferencia de otros espadachines a sueldo, jamás hubiera acuchillado a un hombre por la espalda. Espadachín de lances pagados, sin contar los de la guerra: duelos en Flandes, en Italia, Madrid y Sevilla. Asuntos de juego, de mujeres o herencias. Leal y solitario (siempre los héroes solitarios, cazadores o no, —"yo cazo solo" (pág. 107), dice Alatriste— en la obra de Pérez-Reverte) en sus trabajos mercenarios ("yo soy cosa mía", había dicho; pág. 93), aunque, a veces, "no parecía orgulloso de sí mismo (pág. 33). Alatriste nunca fue delator y tenía sus propios códigos, sus reglas de honor (siempre el honor en la narrativa revertiana, aunque en Alatrisle no estén muy explicitadas, como lo estaban en los textos de la honra externa e interna del Siglo de Oro).
Diego Alatriste y Tenorio, paje y tambor, y soldado durante casi treinta años, de toledana a sueldo, a quien quitar la vida no es una afición, "sino un oficio" (pág. 149), aunque "más inclinado a estocadas que a buenos sentimientos" (pág. 149), al decir de él mismo; que aprecia el gesto de un valiente y al que nunca le gustó engaño o manipula ción a sus espaldas.
He aquí un personaje para una historia de aventuras. Una historia con recuerdos de duras batallas, en un ambiente de golfillos que jugaban en la calle, vendedoras de legumbres y ociosos tomando el sol, junto a la iglesia de los jesuitas; en la corte de un rey joven, simpático, mujeriego, piadoso y fatal para las pobres Españas, donde —al decir de Pérez-Reverte— hasta las conciencias podían ser compradas con dinero (págs. 32-33).
He aquí Alatriste, gustando del vino de Valdemoro y el moscatel o el oloroso de San Martín de Valdeiglesias, compañero tabernario de don Francisco de Quevedo:
[...] poeta cojitranco y valentón, corto de vista, caballero de Santiago, tan rápido de ingenio y lengua como de espada, famoso en la Corte por sus buenos versos y su mala leche [...], por temporadas, de destierro en destierro y de prisión en prisión [...] que tras la aparición de algún soneto o quintilla anónimos donde todo el mundo reconocía la mano de poeta, los alguaciles y corchetes del corregidor se dejaban caer por la taberna, o por los mentideros que frecuentaba, para invitarlo respetuosamente a acompañarlo, dejándolo fuera de circulación por unos días o unos meses [...], testarudo, orgulloso, que no escarmentaba nunca [...], sin embargo, excelente compañero de mesa y buen amigo para sus amigos. (pág. 21)
En palabras de Pérez-Reverte, era Quevedo odiado de Góngora, a quien acusaba de sodomita, perro y judío. Y del que decía:
Yo te untaré mis versos con tocino

porque no me los muerdas, Gongorilla... (pág. 22)
Y en la taberna del Turco, junto a Juan Vicuña, el Dómine Pérez y el boticario Fabrique, que tenía su negocio en la misma Plaza de Puerta Cerrada, vivía Alatriste el recuerdo en los tercios de Flandes, en el veterano Tercio Viejo de Cartagena, con Spínola.
Entre versos corrosivos e ingeniosos del cojitranco, gruñón, popular y excelente poeta don Francisco de Quevedo, el de la cruz de Santiago que, al decir de la gente, había sido espía en Venecia cuando fue a ver a los grandes pintores, se quejaba con verdades como puños, haciendo buena la valiente sinceridad de nuestro Alatriste:
¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente? (pág. 62)
La intertextualidad (tan constante en la obra de Reverte) está sometida a la historia novelada, y los hipertextos sirven para el proceso de la verdadera y documental Historia, dando como resultado un significativo complejo didáctico. El poeta Quevedo, dice Reverte en boca de Íñigo Balboa:
[...] andaba siempre en querellas de celos y pullas con varios de sus colegas rivales [...], donde la palabra ofende y mata tanto o más que la espada. Algunos como Luis de Góngora o Juan Ruiz de Alarcón, se la tenían jurada, y no sólo por escrito. Decía, por ejemplo, Góngora de don Francisco de Quevedo:
Musa que sopla y no inspira, y sabe por lo traidor poner los dedos mejor en mi bolsa que en su lira.
Y al día siguiente, viceversa. Porque entonces contraatacaba don Francisco con su más gruesa artillería:
Esta cima del vicio y del insulto; éste en quien hoy los pedos son sirenas. Éste es el culo, en Góngora y en culto, que un bujarrón le conociera apenas.
O se despachaba con aquellos otros versos, tan celebrados por feroces [...]:
Hombre en quien la limpieza fue tan poca, no tocando a su cepa, que nunca, que yo sepa, se le cayó la mierda de la boca.
Lindezas que el implacable don Francisco hacía también extensivas al pobre Ruiz de Alarcón, con cuya desgracia física —una corcova, o joroba— gustaba de ensañarse con despiadado ingenio:
¿ Quién tiene con lamparones

pecho, lado y espaldilla?

Corcovilla. (págs. 178-180)
Quevedo, quien miraba en poesía los muros de su patria, antes fuertes y hoy desmoronados, que se batía "contra la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia [...]. Que es como decir contra España y contra todo" (pág. 64), que nos concierta el dolor de España, como después lo hará Unamuno. Una España, al decir de Reverte en el idearium de su obra,
[...] todavía temible en el exterior, pero que a pesar de la pompa y el artificio, de nuestro joven y simpático rey, de nuestro orgullo nacional y nuestros heroicos hechos de armas, se había echado a dormir confiada en el oro y la plata que traían los galeones de Indias. Pero ese oro y esa plata se perdían en manos de la aristocracia, el funcionariado y el clero, perezosos, maleados, improductivos, y se derrochaban en vanas empresas como mantener la costosa guerra reanudada en Flandes [...], y nadie trabajaba salvo los pobres campesinos, esquilmados por los recaudadores de la aristocracia y el rey [...], esa desgraciada España estaba agusanada por dentro, condenada a una decadencia inexorable. (págs. 65-66)
Se trata de la España en Flandes, como de la España en Cuba, de la España en guerra, de la España en crisis moral, de la España de Quevedo tanto como la de Unamuno, de la España en crisis de valores, la de la historia más triste. Por eso le duele a Reverte, como testigo excepcional de la intrahistoria social, como le dolía a aquel grupo del 98, y antes al Arcipreste de Hita y a Quevedo, no por la pérdida de las batallas en tierras extranjeras, sino por la pérdida moral: "En aquella España corrupta donde todo estaba en venta, desde la dignidad eclesiástica a los empleos más lucrativos del Estado" (págs. 65-66), en referencia al Estado de Felipe Cuarto: "Casi medio siglo de reinado de nuestro monarca don Felipe Cuarto, por mal nombre llamado el Grande". Y añade Reverte:
A ese tiempo infame lo llaman Siglo de oro. Mas lo cierto es que, quienes lo vivimos y sufrimos, de oro vimos poco; y de plata, la justa. Sacrificio estéril, gloriosas derrotas, corrupción, picaresca, miseria y poca vergüenza, de eso sí que tuvimos a espuertas. Lo que pasa es que luego uno va y mira un cuadro de Diego Velázquez, oye unos versos de Lope o de Calderón, un soneto de don Francisco de Quevedo, y se dice que bueno, que tal vez mereció la pena. (pág. 112)
Se está refiriendo en su Alatriste a la España de la cultura, a sus grandes escritores y artistas (otra mirada como la del 98 sobre España), porque la España oficial estaba en venta: lo mismo el noble que el villano, y estaba en venta también la honra nacional porque "con ella reafirmamos de tapadillo a la primera oportunidad" (pág. 116), escribe Reverte. Quien añade que "el egoísmo, la venalidad e incapacidad de nuestros políticos, nuestros nobles y nuestros monarcas" (pág. 121) contrastaba con "la triste historia de nuestras gentes, que siempre dieron lo mejor de sí mismas, su inocencia, su dinero, su trabajo y su sangre, viéndose en cambio tan mal pagadas: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor»" (pág. 121).
Esta es la verdadera Historia que se cuenta en esta primera entrega de Las aventuras del Capitán Alatriste, la heredada del rey Felipe Tercero, que "había sido breve pero funesto en manos de un favorito incompetente y venal", la misma que recuerda Reverte en esta novela histórica de aventuras, la de Felipe Cuarto, "cumplido caballero pero abúlico e incapaz para los negocios de gobierno", la que consideraba a sus reyes "justos y magnánimos", ese "buen y desgraciado pueblo español" que "al orgullo y la admiración por sus reyes siguió el menosprecio; al entusiasmo, la acerba crítica; a los sueños de grandeza, la depresión más profunda y el pesimismo general" (págs. 170-171).
Enorme distancia entre el rey, ya en plena madurez, y el afecto súbdito al rey joven Felipe Cuarto, el que mató un toro que nadie podía reducir tirándose desde el balcón de la Casa de la Panadería hasta la misma plaza, despachándolo con arcabuz y siendo vitoreado tanto en prosa como en verso por Calderón, Hurtado de Mendoza, Vélez de Guevara, Rojas, Saavedra Fajardo, Lope de Vega y hasta el mismísimo don Francisco de Quevedo, entre otros, según señala el propio Reverte. Enorme distancia, digo, entre aquel joven monarca y el que no pudo —en palabras del narrador Iñigo Balboa— recobrar Holanda, vencer a Luis Trece de Francia y a Richelieu, limpiar el Atlántico de piratas y el Mediterráneo de turcos o invadir Inglaterra. Aquel Felipe alabado y el
[...] viudo y con hijos muertos y enclenques y degenerados [...], de una España desierta, devastada por las guerras, el hambre y la miseria [...]. Enlutado, envejecido, cabizbajo [...], de aquella infeliz España a la que había llevado al desastre, gastando el oro y la plata de América en festejos vanos, en enriquecer a funcionarios, clérigos y nobles y validos corruptos, y en llenar con tumbas de hombres valientes los campos de batalla de media Europa. (págs. 171-1 73)
Esta es la mirada de Arturo Pérez-Reverte sobre los errores monárquicos. La verdad de la Historia cíclica, repetida, de España. La España confundida en el escenario de su propia vergüenza nacional y de su propia miseria. La de la iglesia de Bocanegra y la miseria política y moral, a la que nos conduce y nos invita Reverte, explicando que otros datos más pormenorizados "se encuentran de sobra en los anales de la época", añadiendo: "A ellos remito al lector interesado en más detalles, pues ya no guardan relación directa con lo que atañe al hilo de esta historia.» (pág. 175)
Esta es la propia tesis de la investigación histórica novelada de Pérez-Reverte, su funcionalidad didáctica interdisciplinar e intertextual, donde el hipotexto, la propia historia de Felipe Cuarto y su tiempo, queda en el hipertexto de su novela de aventuras como información heurística, por descubrimiento investigador, hacia la verdad histórica, en el enlace interdisciplinar histórico-literario de una enorme profundidad. Magnífica lección la de Reverte, a quien propongo desde aquí estudiar en las aulas de Educación Primaria y Educación Secundaria, con la finalidad de no hacer la metodología histórica tan aburrida como viene siendo tradicional, en la seguridad de que nuestro alumnado, con esta aproximación didáctica de la Historia y la Literatura, busque fórmulas distintas, más significativas y motivadoras, de una intertextualidad inusual (no olvidemos, por ejemplo, los versos de Quevedo y Lope relacionados con la bravura juvenil del monarca Felipe Cuarto), insólita en la literatura contemporánea.
Lo que nos propone Reverte es que, para no perder la linealidad de su novelación, vayamos, junto a sus pesquisas escriturales, fomentando la formación de un entramado pretérito global (Literatura, Historia, Urbanismo, Etnografía, Antropología, Numismática, como veremos más adelante, partiendo de la posición de su mirada crítica). En este sentido, deseo subrayar una frase muy interesante de la propia personalidad del escritor, que sirve para descubrirnos aún más su propia independencia y perfil crítico, y la reflexión de su honradez escritural, relacionada con la sinceridad y la valentía de su pensamiento, lejos de los gustos fáciles de todas las épocas y de la falta de audacia intelectual, cuando dice: "Al fin de cuentas, por mucho que nuble, la sombra siempre termina despuntando cosida a los pies de uno. Y nadie puede escapar de su propia sombra." (pág. 176). Esta es la verdadera pasión de Reverte que utiliza como un código deontológico: buscar la verdad y denunciar, a partir de ella, la necedad y la injusticia, a través de sus personajes, desde el código de honor de sus héroes.
En esa intertextualidad pedagógica que encontramos en Pérez-Reverte, comprendemos más eficazmente sus relaciones históricas con el Madrid de Alatriste, y entendemos también sus relaciones con la obra de Quevedo, pero no le basta establecer esas relaciones en el cómo y en el dónde, sino en el porqué, en una obra muy documentada.
Pero Reverte es también un verdadero observador y su enorme perspicacia escritural le lleva a descripciones meticulosas. Veamos un ejemplo sobre la vestimenta de los personajes como en el caso de Alatriste cuando señala que no lleva ninguna nota llamativa respecto a su indumentaria y Quevedo vestía con sobriedad de traje negro, sólo desmentida por la cruz de Santiago cosida al pecho, bajo la capa corta, también negra que se conocía con el nombre de herreruelo (págs. 181-182).
El autor de Alatriste también hace repetidos homenajes a Lope de Vega, a su poesía y a su teatro. Este es el caso del comentario de la puesta en escena de El Arenal de Sevilla. Aquí Alatriste y Quevedo se personan para presenciar la obra de Lope, en el Corral del Príncipe, también llamado de La Pacheca. En otra ocasión es Garcilaso de la Vega el autor comentado, en sus versos sobre los paseos por Madrid (lo que se conocía como hacer la rúa), así como en la referencia a la comedia La banda y la flor.
Homenaje también a su amigo Alberto Montaner, que lo utiliza para introducir un anexo poético de apócrifos con el título de Extractos de las Flores de poesía de varios ingenios de esta Corte, poemas que se encuentran al final de la novela. Otro homenaje será para Juan Manuel de Prada, a quien dice en Alatriste que es un ocioso, "un estudiante de Salamanca de capa raída, alto y con cara de hambre llamado Juan Manuel de Parada, o de Pradas" (pág. 182).
Otras veces, el interés de Reverte le lleva a convocar en sus páginas la intertextualidad cultural como es el caso de la pintura. Así nos señala a Velázquez que, amigo de Alatriste, fue pintor de palacio, que recordó plásticamente la rendición de Breda y que pintó a Quevedo y los cielos de Madrid. En la novela de Reverte se despejan diversos temas de interés sobre su personalidad, que en ese momento era la de un joven sevillano de veintitrés o veinticuatro años, simpático, con mucho acento ("con er permiso de vuesa mersede"), pintor de Góngora, de Angélica de Alquézar, sobrina del secretario del rey, Luis de Alquézar.
En este sentido, las referencias culturales de Reverte son diversas: un cuadro de Tiziano mostrando a Dánae, a punto de ser fecundada por Zeus en forma de lluvia de oro; unos versos del Viaje al Parnaso, de Cervantes; personajes de la Historia de España, como el conde-duque Olivares... Se trata, por tanto, de un texto, el de Alatriste, con unas referencias hipertextuales de enorme importancia didáctica.
Es también El Capitán Alatriste una novela histórica de aventuras e intrigas, con descripciones de una perfección sobresaliente donde los aceros toledanos de los espadachines hacen resonar la escritura con la audacia de quien ama su oficio y lo relata con la misma pasión que siente, y con el trabajo necesario para que el lector modelo pueda percibir también esa pasión.
Las referencias a los ambientes teatrales de Madrid, en el corral del Príncipe, también llamado de la Pacheca, y en el de la Cruz, donde Lope estrena la celebrada comedia El Arenal de Sevilla, con la presencia del alcalde de casa y Corte asistido por alguaciles, con el ambiente del público en las gradas laterales, perfectamente detallado, y el patio con filas de bancos de madera, separados los hombres de las mujeres (ya que las mujeres ocupaban sitio en la cazuela o gradas), separación por razón del sexo que se daba tanto en los corrales como en las iglesias.
El conocimiento de Pérez-Reverte sobre la historia de la época que se relata, así como los ambientes, la literatura, el arte y hasta las armas utilizadas y su manejo es detalladamente narrado, mostrando la verdadera perspicacia intelectual del trabajo del escritor, previo a la obra literaria.
Pongamos un ejemplo de investigación: el caso de las referencias numismáticas en Alatriste. Cuando Pérez-Reverte escribe textualmente "sesenta escudos en doblones de a cuatro" (pág. 29) sabe perfectamente que el escudo es la unidad básica de oro, y que el doblón son dos escudos, pero que hay doblones de a cuatro (como también hay doblones de a ocho escudos, llamados onzas de oro). Y cuando comenta que las monedas son "limpias, bruñidas", sabe que en la actualidad no se haría esta limpieza numismática, por eso destaca el detalle. Y no se haría porque a los coleccionistas no les gusta; pero que, para deslumbrar al receptor, en esa época histórica se presentaban así. De la misma manera, cuando hace alusión a diez piezas de oro se está refiriendo a diez doblones de a cuatro. Importante es el señalamiento textual de que "en aquella época, quince doblones de a cuatro, en oro, eran más de setecientos reales" (pág. 30). Pérez-Reverte ha investigado que las monedas no eran todas redondas, ya que se recortaban, limaban o quitaban trozos de ellas para pagar, contando así sólo su peso en oro (por eso los comerciantes llevaban siempre encima los llamados "ponderales" o balanzas cuyas pesas correspondían a lo que ofrecía su peso en módulo precio oro). Y conoce Reverte que "quince doblones de a cuatro, en oro, eran más de sete cientos reales" porque no puede ofrecernos una precisión de correspondencia exacta, ya que si las monedas no estaban acuñadas en Segovia no son redondas (las que nombra Reverte estarían acuñadas en Sevilla seguramente, ya que eran las más abundantes), en general, porque no tienen el "cordoncillo" del borde exterior que impida limaduras, por lo que sólo tienen un valor aproximado, pero nunca exacto. Y sabe Reverte que aquellas monedas a las que les falta un trozo en su borde exterior, llamadas "macuquinas" o "peruleras", no tenían correspondencia real, salvo su peso en oro, hasta que no las resellaban, cambiando, por tanto, el valor inicial, por lo que dichas monedas no podían tener un valor exacto hasta que Isabel Segunda oficializa que diez escudos serán exactamente cien reales, como precio convenido a partir de ese reinado. Por eso dice Reverte que eran "más de...", rechazando un valor exacto de correspondencia.
Como hemos comprobado, El capitán Alatriste está meticulosamente estudiado. Y si además, el castellano diáfano, claro y sensato de Pérez-Reverte funciona, si las descripciones son de verdadera maestría, como así ocurre, podemos confirmar que el escritor de Cartagena y su ficción funcionan en la narrativa pretendida, tomando además la posición crítica que nos emociona, con ese carácter cultural denunciador de los males morales de España, que ya nos adelantó en El húsar, y que repetirá en sus artículos de Patente de corso, en la tradición de Larra y los escritores del 98: España y la Literatura, "temas que" —como dice Martín Nogales— "hicieron de España un problema literario"(5), temas de textos didácticos sobre una interpretación analizada rigurosamente y, por tanto, una nueva dimensión y ambición sobre la literatura popular, de una precisión inusual muy caracterizada por su didactismo.
Este es Pérez-Reverte: en apariencia un provocador; pero nadie es más honrado y valeroso que quien puede herir y hacer daño porque dice la verdad. Pérez-Reverte no miente, porque él es también, como sus personajes, un hombre de honor, del que habrá que continuar tejiendo la dimensión global de sus dos nuevas entregas con el paso del tiempo, en el reposo literario que deja el tiempo sobre la literatura. Casi todo es historia, no podía ser de otra manera si asistimos a la creación literaria, pero, como dice José Belmonte, Arturo Pérez-Reverte "está plenamente autorizado, pues de una novela se trata, para añadir a su relato cuantos anacronismos le vengan en gana"6. Historia y Literatura, reflejo significativo, interdisciplinar e intertextual, que está acercando a nuevos lectores al texto literario. Un motivo de alegría para quienes convivimos diariamente con la enseñanza de la lengua y sabemos que la literatura no sólo es fuente de placer, sino de conocimiento.

BIBLIOGRAFIA:


  1. Arturo y Carlota Pérez-Reverte: El capitán Alatriste, Madrid: Alfaguara, 1996.




  1. José Belmonte Serrano (cd.): Arturo Pérez-Reverte: Los héroes cansados, Madrid: Espasa Calpe, 1995.




  1. M. A. V.: "Arturo Pérez-Reverte", El País, Madrid, 8-XI-1997, pág. 35.




  1. Arturo Pérez-Reverte: "El Madrid del Capitán Alatriste", El País Semanal, Madrid, 24-XI-1996, pág. 43.




  1. L. Martín Nogales: "Larra en los Balcanes", en Arturo Pérez-Reverte: Patente de corso (1 993-1998), Madrid: Alfaguara, 1998.

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