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INTRODUCCIÓN


El sumerólogo es uno de los especialistas más restringidos dentro de los ámbitos académicos más altamente especializados; es casi un ejemplo perfecto del hombre que «más sabe sobre menos cosas». El sumerólogo reduce su mundo a la pequeña parte conocida con el nombre de «Oriente Medio», y limita su historia a lo que ocurrió allí antes de los días de Alejandro Magno. El sumerólogo confina sus investigaciones a los documentos escritos descubiertos en Mesopotamia, principalmente en forma de tabletas de arcilla inscritas con caracteres cuneiformes, y restringe sus publicaciones a los textos escritos en lengua sumeria. El sumerólogo escribe artículos y monografías, y los publica con títulos tan interesantes como éstos: «Los prefijos be- y bi- en la época de los primitivos príncipes de Lagash», «Lamento sobre la destrucción de Ur», «Gilgamesh y Agga de Kish», «Enmerkar y el señor de Aratta». Al cabo de veinte o treinta años de estas y otras investigaciones tan resonantes como las referidas, alcanza su premio: ya es sumerólogo. Al menos, así fue como me sucedió a mí.

Y, sin embargo, por increíble que parezca, este historiador de minuciosas nimiedades, este Toynbee al revés, tiene en reserva, como un triunfo que va a sacarse de la manga, un precioso mensaje para el público. En mucho mayor grado que la mayoría de los otros sabios y especialistas, el sumerólogo se halla en condiciones de satisfacer esa curiosidad universal que tiene el hombre respecto a sus orígenes y a los primeros artesanos de la civilización.

¿Cuáles fueron, por ejemplo, las primeras ideas morales y los primeros conceptos religiosos que el hombre haya fijado por medio de la escritura? ¿Cuáles fueron sus primeros razonamientos políticos, sociales, incluso filosóficos? ¿Cómo se presentaron las primeras crónicas, los primeros mitos, las primeras epopeyas y los primeros himnos? ¿Cómo fueron formulados los primeros contratos jurídicos? ¿Quién fue el primer reformador social? ¿Cuándo tuvo lugar la primera reducción de impuestos? ¿Quién fue el primer legislador? ¿Cuándo tuvieron lugar las sesiones del primer parlamento bicameral y con qué objeto? ¿A qué se parecían las primeras escuelas? ¿A quién y por parte de quién se daba la enseñanza? ¿Qué programa había en las escuelas?

Todas estas «creaciones» y otras muchas más que iluminan los albores de la Historia hacen la delicia del sumerólogo, quien, incidentalmente, puede responder correctamente a muchísimas preguntas relativas a los orígenes de la civilización. No se trata, desde luego, de que el sumerólogo sea un genio, de que esté dotado de segunda visión, ni de que sea una persona excepcionalmente sutil o erudita. Casi diríamos que todo lo contrario; el sumerólogo es un hombre de capacidad limitada, al que generalmente se coloca en los últimos peldaños, los más bajos, de la escalera del saber, entre los sabios más humildes. La gloria que acompaña esas múltiples «creaciones» realizadas en el orden cultural no pertenece al sumerólogo sino a los sumerios, a esas gentes tan bien dotadas y prácticas que, hasta que no se tengan otras informaciones, hemos de considerar como los primeros en constituir y elaborar un sistema de escritura cómoda.

Es curioso comprobar que sólo hace cien años se ignoraba todo de esos lejanos sumerios, hasta su misma existencia. Los arqueólogos y eruditos que, hace poco menos de un siglo, emprendieron una serie de excavaciones en esa parte del Mediano Oriente llamada Mesopotamia no buscaban allí los vestigios de los sumerios, sino los de los asirios y babilonios. Por fuentes de procedencia griega o hebraica disponían de un considerable cúmulo de información sobre los asirios y los babilonios y sus respectivas civilizaciones, pero, en cuanto a los sumerios y a Sumer, ni sospechaban su existencia siquiera. Entre toda la documentación accesible a los eruditos de la época no había ni un solo indicio identificable de aquel país ni de aquellas gentes. El mismo nombre de Sumer se había borrado de la memoria de los hombres desde hacía más de dos milenios.


Actualmente, por el contrario, los sumerios se cuentan entre los pueblos mejor conocidos del Próximo Oriente Antiguo. Conocemos cuál era su aspecto físico gracias a sus propias estatuas y a sus propias estelas, diseminadas por los museos más importantes de Francia, de Inglaterra, de Alemania, de los Estados Unidos y de otros países. Además se encuentra en esos museos una abundante y excelente documentación sobre su cultura material; se pueden ver allí las columnas y los ladrillos con los que edificaban sus templos y sus palacios; se ven allí sus utensilios y sus armas, su cerámica y sus jarras, sus arpas y sus liras, sus alhajas y sus adornos. Todavía hay más: en las colecciones de estos mismos museos se hallan reunidas las tabletas sumerias, descubiertas en cantidades fabulosas, por decenas de millares, y en estas tabletas se hallan consignadas las transacciones comerciales de los sumerios y sus actos jurídicos y administrativos, lo cual proporciona una información abundantísima sobre su estructura social y su organización urbana. Incluso (y a pesar de que en este terreno la arqueología, ciencia cuyos objetos son mudos e inmóviles, no suele dar ninguna información provechosa) podemos penetrar, hasta cierto punto, en sus corazones y en sus almas, porque, en efecto, disponemos de un gran número de tabletas donde se hallan transcritas ciertas obras literarias que nos revelan su religión, su moral y su «filosofía». Todas estas informaciones las debemos al genio de este pueblo, que (cosa rara en la historia del mundo) no sólo inventó (lo cual es, al menos, muy probable), sino que supo perfeccionar todo un sistema de escritura, hasta el punto de hacer de él un instrumento de comunicación vivo y eficaz.

Probablemente fue hacia el final del cuarto milenio antes de J. C. (hará de esto unos cinco mil años) que los sumerios, apremiados por las necesidades de su economía y de su organización administrativa, imaginaron el procedimiento de escribir sobre arcilla. Sus primeras tentativas, aún someras, no fueron más allá del diseño esquemático de los objetos, o sea, eso que nosotros denominamos «pictografía». Este procedimiento no podía utilizarse más que para registrar las piezas administrativas más elementales; pero, en el transcurso de los siglos siguientes, los escribas y los letrados sumerios modificaron y perfeccionaron poco a poco la técnica de su escritura, hasta tal punto que ésta perdió su carácter de pictografía y de «jeroglífico» para transformarse en un sistema perfectamente capaz de traducir no ya únicamente las imágenes, sino los sonidos de la lengua. Desde la segunda mitad del tercer milenio a. de J. C. el manejo de la escritura en Sumer ya era lo bastante flexible para poder expresar sin dificultades sus obras históricas y literarias más complejas. Es casi seguro que hacia el final de este tercer milenio los hombres de letras sumerios transcribieron efectivamente, en tablillas, prismas y cilindros de arcilla, un gran número de sus creaciones literarias que hasta entonces no se habían divulgado más que por tradición oral. Sin embargo (y la culpa está en los azares de los descubrimientos arqueológicos), sólo un pequeño número de documentos literarios de esta época primitiva ha podido ser desenterrado hasta la fecha, mientras que, correspondientes a la misma época, se han hallado centenares de inscripciones y decenas de millares de tabletas «económicas» y administrativas.

Fue solamente a partir de la primera mitad del segundo milenio antes de J. C. cuando se descubrió un conjunto de varios millares de tabletas y fragmentos, inscritas con obras literarias. La mayor parte fue excavada entre 1889 y 1900, en Nippur, estación arqueológica unos doscientos kilómetros al sur de la Bagdad moderna. Las «tabletas de Nippur» están actualmente depositadas, en su mayor parte, en el Museo de la Universidad de Filadelfia y en el Museo de Antigüedades Orientales, de Estambul. La mayor parte de las otras tablillas y otros fragmentos han sido adquiridos por intermedio de traficantes y de excavadores clandestinos más que por medio de excavaciones regulares, y actualmente se encuentran casi todos en las colecciones del Museo Británico, en el Louvre, en el Museo de Berlín y en el de la Universidad de Yale. Estos documentos tienen una categoría y una importancia muy variable, ya que entre ellos se cuentan desde las grandes tablillas de doce columnas, cubiertas por centenares de líneas de texto en escritura apretada, hasta los fragmentos minúsculos que no contienen más allá de algunas líneas interrumpidas o maltrechas.

Las obras literarias transcritas en estas tabletas y en estos fragmentos pasan de un centenar. Su extensión varía desde menos de cincuenta líneas en ciertos «himnos» a casi un millar en ciertos «mitos». En Sumer, un buen millar de años antes de que los hebreos escribiesen su Biblia y los griegos su Ilíada y su Odisea, nos encontramos ya con una literatura floreciente, que contiene mitos y epopeyas, himnos y lamentaciones, y numerosas colecciones de proverbios, fábulas y ensayos. No es ninguna exageración decir que la recuperación y la restauración de esta antiquísima literatura, caída en el olvido, se nos revelará como una de las contribuciones mayores de nuestro siglo al conocimiento del hombre.

Sin embargo, la realización de esta tarea no es cosa fácil, ya que exige y seguirá exigiendo durante largos años los esfuerzos conjugados de numerosos sumerólogos, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayor parte de las tabletas de arcilla cocida o secada al sol están rotas, melladas o desgastadas, de modo que en cada fragmento sólo ha subsistido una exigua parte de su contenido original. Este inconveniente queda, sin embargo, compensado por el hecho de que los antiguos «profesores» sumerios y sus discípulos ejecutaron numerosas copias de cada una de las obras. Así, pues, las tabletas con lagunas o con desperfectos pueden restaurarse a menudo a partir de otros ejemplares, los cuales, por su parte, también pueden hallarse en estado incompleto. Pero para poder manejar cómodamente estos «duplicados» complementarios y poder sacar de ellos todo el provecho, es indispensable volver a copiar sobre papel todos los signos marcados en el documento original, cosa que obliga a transcribir a mano centenares y más centenares de tabletas y de fragmentos recubiertos de caracteres minúsculos, trabajo cansado y fastidioso que devora un tiempo considerable.

Tenemos, no obstante, el caso más sencillo, es decir, el caso raro de veras en que no existe este obstáculo por haber quedado anteriormente restaurado el texto completo de la obra sumeria de manera satisfactoria. Entonces no queda más que traducir el antiguo documento para percatarse de su significado esencial. Ahora bien; esto es mucho más fácil de decir que de hacer. No hay duda de que la gramática sumeria, gramática de una lengua muerta desde hace tanto tiempo, es actualmente bastante bien conocida, gracias a los estudios que, desde hace medio siglo, le han consagrado los eruditos. Pero el vocabulario plantea otros problemas, tan intrincados a veces que el desdichado sumerólogo, después de arduos trabajos, hipótesis y pesquisas, se encuentra de nuevo en el punto de partida, sin haber sacado nada en claro. En efecto, muy a menudo sucede que no llega a adivinar el significado de una palabra sino cotejándolo con el sentido del contexto, el cual, a su vez, puede depender de la palabra en cuestión, lo que crea, en definitiva, una situación algo deprimente. Sin embargo, a pesar de las dificultades del texto y de las perplejidades del léxico, han aparecido durante estos últimos años un buen número de traducciones dignas de todo crédito. Basándose en los trabajos de diversos eruditos, vivos o muertos, estas traducciones ilustran brillantemente el carácter acumulativo e internacional de la erudición eficaz. En realidad, lo que ha ocurrido es que, durante las décadas consecutivas al descubrimiento de las tabletas sumerias literarias de Nippur, más de un erudito, dándose cuenta del valor e importancia de su contenido para el conocimiento del Oriente, y del hombre en general, ha examinado y copiado buen número de ellas. Aquí podríamos citar a George Barton, Léon Legrain, Henry Lutz y David Myhrman. Hugo Radau, que fue el primero en consagrar casi todo su tiempo y sus energías a los documentos sumerios de carácter literario, preparó con sumo cuidado copias fieles de más de cuarenta piezas pertenecientes al Museo de la Universidad de Filadelfia. Aunque fue empresa prematura, Radau trabajó con grandes ánimos en la traducción e interpretación de algunos textos e hizo algunos progresos en este sentido. El conocido orientalista angloamericano Stephen Langdon reanudó, hasta cierto punto, la obra de Radau, a partir del momento en que éste la había interrumpido. A tal efecto, Langdon copió cerca de un centenar de piezas de las colecciones de Nippur, en el Museo de Antigüedades Orientales, de Estambul, y en el de la Universidad de Pensilvania. Langdon tenía cierta tendencia a copiar con demasiada rapidez, y en sus trabajos se han deslizado, por este motivo, bastantes errores. Además, sus intentos de traducción y de interpretación no han podido resistir la prueba del tiempo. En cambio, a él se debe la restitución, bajo una u otra forma, de cierto número de textos sumerios de carácter literario de verdadera importancia, los cuales, sin su acertada intervención, hubieran podido quedar amontonados e ignotos en los armarios y vitrinas de los museos. Por su celo y su entusiasmo, Langdon ha contribuido a que sus colegas asiriólogos pudiesen evaluar la importancia del contenido de estos textos. En la misma época, los museos europeos editaban, y poco a poco ponían a disposición de todos los especialistas, las tabletas sumerias de índole literaria contenidas en sus colecciones. Desde 1902, cuando la sumerología estaba todavía en pañales, el historiador y asiriólogo británico L. W. King publicó dieciséis tabletas del Museo Británico, perfectamente conservadas. Diez años más tarde, Heinrich Zimmern, de Leipzig, imprimía cerca de doscientas copias de piezas del Museo de Berlín, En 1921, Cyril Gadd, en aquel entonces conservador del Museo Británico, publicaba, a su vez, la «autografía» (como la llamamos entre especialistas) de diez piezas excepcionales, mientras que el llorado Henri de Genouillac, gran sabio francés, ponía a disposición, de todos, en el año 1930, noventa y ocho «autografías» de tabletas, en muy buen estado de conservación, que el Louvre había adquirido.

Uno de los que más han contribuido a esclarecer la literatura sumeria en particular y los estudios sumerológicos en general es Arno Poebel. Este verdadero sabio dio a la sumerología sus bases científicas para la publicación, en 1923, de una gramática sumeria detallada. Entre las soberbias copias de más de 150 tabletas y fragmentos de que consta su obra monumental Historical and Grammatical Texis, una cuarentena de piezas, procedentes como las otras de la colección de Nippur del Museo de la Universidad de Filadelfia, contienen pasajes de obras literarias. Pero, en realidad, es el nombre de Edward Chiera, catedrático durante muchos años de la Universidad de Pensilvania, el que domina el campo de investigación de la literatura sumeria. En mayor grado que ninguno de sus predecesores, Edward Chiera poseía clarísimas nociones sobre la amplitud y el carácter de las obras literarias sumerias. Consciente de la necesidad fundamental de copiar y publicar los documentos esenciales de Nippur que se hallaban en Filadelfia y en Estambul, Edward Chiera partió para esta última ciudad en 1924 y copió allí unas cincuenta piezas. Buena parte de ellas eran grandes tablillas bien conservadas, y su contenido dio a los eruditos una perspectiva novísima de la literatura sumeria. En el transcurso de los años siguientes, Chiera copió más de otras doscientas tablillas o fragmentos de la misma colección en el Museo de la Universidad de Pensilvania, y, en consecuencia, puso a disposición de sus colegas mayor cantidad de textos literarios él solo que todos sus predecesores reunidos. Gracias, en gran parte, a su trabajo de desbrozamiento, pacientísimo y clarividente, se ha podido empezar a percibir la verdadera naturaleza de las bellas letras sumerias.

La afición que yo mismo tengo a este tipo estudios tan particulares me proviene directamente de los trabajos de Edward Chiera, aunque, por otra parte, yo debo mi formación como sumerólogo a Arno Poebel, con quien tuve el privilegio de trabajar en estrecha colaboración hacia 1930 y años siguientes. Cuando Chiera fue llamado por el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago para que dirigiera la publicación del gran Diccionario Asirio, se llevó consigo las copias de las tabletas literarias de Nippur, que el mismo Instituto Oriental se encargó de publicar en dos tomos. A la muerte de Chiera, sobrevenida en 1933, el departamento de publicaciones del mismo Instituto me encargó la preparación de estos dos tomos, en vistas a publicar una edición póstuma bajo el nombre de Chiera. Fue precisamente durante este trabajo que me percaté de la importancia tanto de los documentos literarios como de los esfuerzos que aún tendría que desplegar yo para traducirlos e interpretarlos satisfactoriamente. No se habría logrado nada definitivo mientras una cantidad aún más importante de las tabletas y fragmentos de Nippur, todavía por copiar, no se hubiera puesto a disposición de los especialistas.

En el transcurso de las dos décadas siguientes he consagrado la mayor parte de mis esfuerzos científicos a «autografiar», a juntar cuando eran incompletas, a traducir y a interpretar las obras literarias sumerias. En 1937 partí para Estambul, provisto de una bolsa de estudios del fondo Guggenheim, y, con la cooperación total del Departamento Turco de Antigüedades y del personal competente de su museo, copié más de 170 tabletas y fragmentos de la colección de Nippur. Actualmente estas copias se han publicado con una introducción detallada en turco y en inglés. Pasé la mayor parte de los años siguientes en el Museo de la Universidad de Filadelfia. Allí, gracias a los múltiples y generosos donativos de la American Phihsophical Society, estudié y catalogué centenares de documentos literarios sumerios, aún inéditos, e identifiqué el contenido de la mayoría de ellos, de modo que pudieran ser atribuidos a tal o cual de las abundantes obras sumerias, y copié buen número de los mismos. En 1946 emprendí un nuevo viaje a Estambul para poder copiar allí un centenar de nuevas piezas que representaban, en su casi totalidad, fragmentos de mitos y de «cuentos épicos», textos todos ellos cuya publicación es inminente. Pero quedaban todavía en el Museo de Estambul, como yo muy bien sabía, centenares de piezas no copiadas y, por consiguiente, inutilizables. A fin de poder proseguir en esta tarea, me concedieron una bolsa de estudios en Turquía, y en el transcurso de este curso universitario 1951-1952, emprendí junto con las señoras Hatice Kizilyay y Muazzez Cig (archiveras de las tablillas cuneiformes en el Museo de Estambul) la copia de cerca de 300 tabletas y fragmentos nuevos.

En el transcurso de estos últimos años se ha descubierto un nuevo conjunto de obras literarias sumerias. En 1948, el Instituto Oriental, de la Universidad de Chicago, y el Museo de la Universidad de Filadelfia aunaron sus recursos económicos y enviaron una delegación a reanudar las excavaciones de Nippur, después de 50 años de interrupción. Como ya podía preverse, esta nueva expedición ha desenterrado centenares de nuevos fragmentos y de nuevas tabletas, los cuales son, actualmente, cuidadosamente estudiados por Thorkild Jacobsen, del Instituto Oriental, uno de los asiriólogos más eminentes del mundo, y por el autor de estas líneas. Parece ser que los materiales nuevamente descubiertos llenarán numerosas lagunas existentes en las bellas letras sumerias. Tenemos buenas razones para esperar que en la próxima década quedarán descifradas buen número de obras literarias, las cuales nos revelarán aún más creaciones entre los fastos de la Historia del hombre.
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