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EXORDIO


El mundo sumerio es un descubrimiento moderno. Hasta podemos decir que es el mayor de los descubrimientos recientes en el terreno de la historia de la civilización.

Al principio de nuestro siglo XX sólo algunos especialistas, muy pocos y muy valientes, se atrevían a pronunciar tímidamente y aun entre ellos nada más, el nombre de Sumer, caído en un olvido total, cuatro veces milenario, sin que nada hiciera evocar a los hombres el mundo glorioso que esta palabra había designado en otro tiempo. Incluso un erudito de la talla de G. Maspero, en su magistral Histoire ancienne des peuples de l'Orient classique, no decía ni palabra del primero y más fecundo de estos pueblos, los sumerios.

Entonces estaba de moda Egipto. Los descubrimientos extraordinarios realizados en el valle del Nilo desde la expedición a Egipto emprendida por Bonaparte y la exhibición, todo a la vez, de tantas obras maestras y de tantos vestigios humildes de la vida cotidiana de un pueblo tan antiguo, habían dejado deslumbrado al universo durante mucho tiempo. Y cuando se intentaba remontar hasta el extremo horizonte de la historia, cuando se quería reconstruir el camino recorrido por el hombre después de la interminable noche prehistórica, cuando se pretendía establecer y fijar los primeros progresos decisivos de su edad «adulta», se encontraba infaliblemente a Egipto en este vasto fluir del tiempo que conduce hasta nosotros.

Todavía hoy en día, para la mayoría de los espíritus cultos, hasta entre los historiadores, es la misma visión de conjunto la que predomina. Con sus tres mil años de existencia antes de nuestra era, se considera a Egipto, consciente o inconscientemente, como «la cuna de la civilización» y «el antepasado directo del hombre moderno». En más de un «Manual de Historia de la Antigüedad», actualmente en uso, el país de Sumer ni siquiera se menciona, o bien se le trata como a un pariente pobre, como a una especie de gacetilla periodística sobre las civilizaciones desaparecidas.

Sin embargo, bajo el punto de vista de una ciencia histórica rigurosa y al día, semejante posición resulta actualmente falsa y anacrónica.

Pero hay muy pocas personas que estén al corriente de la prodigiosa revolución introducida en nuestros conceptos en la historia antigua del hombre, por cincuenta años de trabajos obstinados y arduos, casi secretos si se tiene en cuenta la tendencia al retraimiento y al poco amor al ruido que manifiestan sus sabios autores; por cincuenta años de descubrimientos, menos espectaculares, sin duda, que los de las tumbas reales de Egipto, pero de un contenido con toda seguridad más rico para la comprensión de nuestro pasado.

Gracias al cúmulo de información que estos sabios exploradores del tiempo han podido constituir durante medio siglo, con el rigorismo de un juez de instrucción, se ha efectuado la prueba pericial requerida, y el asunto puede quedar desde ahora sometido al juicio de nuestros lectores: La Historia empieza en Sumer.

Es decir, que se trata de la primera civilización del mundo, y no de una simple «cultura», como tantas hay escalonadas a lo largo de nuestra inmensa prehistoria, sino el resultado de todas estas «culturas» en progreso, su fruto más perfecto, la civilización, plena y auténtica, con la riqueza de vida, la perfección y la complejidad que implica: la organización social y política; el establecimiento de ciudades y de Estados; la creación de instituciones, de obligaciones y de derechos; la producción organizada de alimentos, de vestidos y de herramientas; la ordenación del comercio y de la circulación de los bienes de intercambio; la aparición de formas superiores y monumentales del arte; los comienzos del espíritu científico; finalmente, y en lugar principal, el invento prodigioso, y del que no se puede medir toda la importancia, de un sistema de escritura que permitía fijar y propagar el saber. Pues bien, todo esto fue creado e instaurado por los sumerios. Este enriquecimiento y esta organización admirables de la vida humana no aparecieron sino en el cuarto milenio antes de nuestra era y precisamente en el país de Sumer, en la región de la Baja Mesopotamia, al sur de la Bagdad moderna, entre el Tigris y el Eufrates.

Las otras dos civilizaciones entre las más antiguas conocidas en la actualidad, o sea la egipcia y la «protoindia», del valle del Indo, parecen ser, por lo que se desprende de los últimos trabajos arqueológicos, posteriores en varios siglos a la civilización sumeria. Pero aún hay más: ha quedado demostrado que esta última ha representado respecto a las otras dos, en sus principios, el papel de excitador y de catalizador o incluso algo más.1 La civilización más antigua de la China, en la cuenca del río Amarillo, no se remonta más que a los principios del segundo o al extremo final del tercer milenio; las civilizaciones andina y mesoamericana no son anteriores a la mitad del primer milenio antes de nuestra era. Y todas las demás civilizaciones históricas conocidas dependen en más o en menos de aquéllas.

Semejante descubrimiento es tanto más notable cuanto que es evidente que resulta de datos más modestos e insignificantes. En Sumer, a diferencia de Egipto, no habían quedado testimonios de su antiguo esplendor sobre la tierra, esos monumentos eternos como son las pirámides, para recordar a cada siglo la gloria de sus antiguos constructores; desde hacía cuatro mil años, el mundo se había olvidado hasta del nombre de Sumer y de los sumerios; e incluso los mismos personajes de la antigüedad clásica, los hebreos y los griegos, por ejemplo, si bien nos hablan a menudo de Egipto, no dicen ni una palabra de sus lejanos antepasados, los sumerios.

Lo que de ellos se ha encontrado se ha tenido que ir a buscarlo a las entrañas de la tierra, por medio de profundas excavaciones. Y lo más corriente ha sido que el pico de los arqueólogos haya puesto al descubierto el modesto y frágil ladrillo, cocido o, aún más a menudo, crudo, en lugar de encontrarse con la piedra de las salas hipóstilas; no se han descubierto obeliscos gigantescos, enormes esfinges o estatuas imponentes y desmesuradas de faraones, sino modestas esculturas, rarísimas veces superiores al tamaño natural, por economía de un material duro que se había de hacer venir de lejos en ese país de aluviones y de arcilla; como tampoco se han encontrado suntuosos anales, esculpidos o pintados en los muros de las tumbas y de los templos, con toda la finura y la gracia de los caracteres jeroglíficos, hechos ex profeso para deleite de la vista, sino que han sido, por lo general, humildes tabletas de arcilla, más o menos deterioradas y fragmentadas, recubiertas de minúsculos signos cuneiformes, rarísimos, erizados, entremezclados y ásperos.

Sin embargo, estos textos de aspecto irrisorio, tan penosos de estudiar, tan difíciles de comprender y de descifrar, han sido excavados en cantidades ingentes, de varios cientos de millares, que abarcan todas las actividades, todos los aspectos de la vida de sus redactores: gobierno, administración de justicia, economía, relaciones personales, ciencias de todos los tipos, historia, literatura y religión. Estudiando y descifrando el contenido de los vestigios, utensilios, estatuas, imágenes, templos, palacios y ciudades, puestos bajo la luz del sol por los arqueólogos, una pléyade de eruditos ha conseguido, después de medio siglo de trabajos y esfuerzos oscuros y encarnizados, no solamente redescubrir y colocar en su sitio de honor el nombre de los sumerios, sino también redescubrir el secreto y el mecanismo complejo de su escritura y de su idioma2 y, por si ello fuera poco, reconstruir, trozo por trozo, su extraordinaria aventura olvidada.

Si tanto en el tiempo como en el espacio (y principalmente en lo que se refiere a la prehistoria) subsisten inmensas lagunas que las nuevas investigaciones se esfuerzan en reducir, no obstante, ya nos es posible ahora, no solamente recorrer la historia entera de Sumer, sino situarla con exactitud en el contexto de la evolución del Próximo Oriente y ajustaría a los mundos y a los tiempos que la precedieron y la prepararon.

Las primeras instalaciones humanas en Mesopotamia se remontan a unos cien mil años, mucho antes de que la parte baja del Valle de los dos Ríos hubiera surgido de entre la mezcolanza de sus poderosas aguas; es, pues, en las laderas de las montañas del norte de Irak, principalmente en el país kurdo (estaciones de Barda-Balka, Palegawra, Karim-Shahir, etc.), donde se han hallado los vestigios.

Durante un primer período, inmensamente largo, que parece durar hasta el año 6000 antes de nuestra era, los hombres, en una especie de estancamiento interminable, vivían aislados, en familias o agrupaciones minúsculas, en cavernas o en pequeños campamentos transitorios, fabricando utensilios groseros de madera o hueso, o con las esquirlas de una piedra dura, y hallándose reducidos para su subsistencia a los azares de la caza y de las cosechas cotidianas.

Es solamente hacia los años 5000 a 4500 (datos obtenidos por el análisis de la radiactividad del carbono encontrado en las excavaciones) cuando aparecen las primeras ciudades (estaciones y épocas de Jarmo, de Hassuna, de Halaf) y cuando se advierten los primeros progresos dignos de ser notados, a medida que la progresiva desecación de la región baja del Valle permite su ocupación, cada vez más extensa, en dirección al golfo Pérsico. El hombre va creando utensilios cada vez más perfeccionados y más complejos: empieza a cultivar el suelo, a domesticar los animales, a trabajar el primer metal: el cobre; se organiza en sociedades, construye sus primeros edificios públicos, sus primeros templos; y su sensibilidad artística se expresa y se traduce en una incomparable cerámica pintada, tan hermosa que no se sabe qué admirar más, si la elegancia de las formas, la imaginación, prodigiosamente rica, de la decoración, o la seguridad del trazo y del gusto de los artistas.

Esta cultura en constante progreso alcanza su apogeo en la época llamada de El Obeid, hacia el final del quinto y comienzo del cuarto milenio. Parece como si entonces se extendiera, fundamentalmente idéntica no solamente por la Mesopotamia y sus aledaños, sino desde la Turquía moderna hasta el Beluchistán, en la extremidad oriental de la meseta iraní, y hasta el valle del Indo.

Hacia el año 3500 antes de nuestra era, y sobre este vastísimo fondo de cultura antigua, común a todo el Próximo Oriente, en el sur de la Mesopotamia, y en las orillas del golfo Pérsico, surgen, de golpe, según parece, los sumerios.

¿Quiénes eran los sumerios? ¿De dónde venían? ¿Cómo llegaron? No se ha podido responder todavía a estas preguntas: las «pruebas» arqueológicas e históricas son, a menudo, difíciles de establecer y además muy delicadas. La luz es, de momento, tan endeble sobre estas cuestiones, que ciertos especialistas han juzgado inútil plantear estos problemas y están dispuestos a considerar a los sumerios como los primeros y más antiguos habitantes del país. Sin embargo, actualmente nos parece más probable que los sumerios hayan venido de otra parte (¿tal vez del este?), como conquistadores o como masa de emigrantes y es muy posible que hubieran adoptado y asimilado rápidamente la cultura de sus predecesores con los que seguramente se integraron más o menos profundamente hasta transformarla totalmente a la medida de su propio genio. Esta época de la instalación de los sumerios en la Baja Mesopotamia ha sido llamada por los arqueólogos época de Uruk, cuya última parte, entre los años 3000 y 27003, ha recibido de los excavadores norteamericanos el nombre de protolítera.

Los siete u ocho siglos de Uruk fueron los que vieron a los sumerios crear, instaurar y madurar, sobre el fondo de las culturas anteriores, esta primera civilización, por la que hoy en día se les reconoce todo el mérito. Hacia el final de esta época aparecen los primeros testimonios de la escritura que, con el tiempo, se convertiría en «cuneiforme», la primera escritura del mundo, inventada por los sumerios. Pero los textos son aún muy raros en esta época, y su carácter, difícilmente penetrable, no permite situar, de golpe, entre los tiempos históricos, el periodo protolítero de la evolución sumeria, sino que constituye más bien una a modo de protohistoria que se va reconstruyendo principalmente con la ayuda de los vestigios arqueológicos.

La verdadera historia de Sumer empieza en la época siguiente, llamada protodinástica, entre los años 2700 y 2300, poco más o menos. Se verá en la presente obra (véase sobre todo el capítulo V, pero también los capítulos III, IV y VI) cómo los textos, ya más abundantes e inteligibles, nos permiten reconstruir ciertas porciones de ella. Es ésta la época en que se desarrolla plenamente la civilización sumeria iniciada unos siglos antes. Sumer se encuentra distribuida en pequeños Estados urbanos, porciones, en realidad, de territorio rural, agrupados, cada uno de ellos, alrededor de una ciudad-capital. La ciudad, rodeada de murallas y fortificada, está centrada en el Palacio, residencia del monarca terrestre que la gobierna, y también en el Templo, morada del personaje divino cuya representación ostenta el rey. Templo y Palacio, construidos en obra de ladrillo con un sentido cada vez más perfecto de la arquitectura y del urbanismo, yacen al pie de la «atalaya» de las ciudades sumerias, el ziggurat4, torre piramidal con pisos, que unía el mundo divino al de los hombres. Una administración civil y religiosa, cada vez más compleja, pulula por el barrio oficial de cada ciudad y responde a una organización y a una especialización cada vez más detalladas de la vida pública y de la privada. Alrededor del Palacio y del Templo, que también sirven de universidad y de cuartel, se agrupan las casas de los ciudadanos, las tiendas de los obreros, los almacenes, los depósitos, los graneros.

Estos siglos están henchidos (véase especialmente el capítulo V) de las luchas y rivalidades de estas ciudades-Estado, que aspiran a la hegemonía, tan pronto conquistadoras como conquistadas. Al final de este período, el país de Sumer por entero, agrupado alrededor del venerable centro religioso de Uruk, acaba por hallarse sujeto al poder de un monarca único, Lugalzaggisi, ex gobernador de la ciudad de Umma.

Estas tendencias imperialistas llegaron aún más lejos. Pero no fueron los sumerios los que pudieron establecer el primer imperio mesopotámico, sino que fueron los semitas. Estos últimos, antiguos beduinos nómadas del desierto sirio-arábigo, se habían ido infiltrando, desde hacía mucho tiempo, por bandas más o menos fuertes, entre los sumerios y, sin duda, ya entre los predecesores de éstos, en el bajo Valle de los dos Ríos, y sobre todo al norte de este valle, en el país de Accad. Hacia el año 2300, uno de ellos, el Carlomagno de Mesopotamia, Sargón de Agadé, o Sargón el Viejo, reunió bajo su cetro no solamente la Mesopotamia entera, Sumer inclusive, sino hasta el Elam, al este, y una parte de Siria y del Asia Menor al oeste. De este modo se inició un nuevo período de la historia sumeria, el período llamado de Accad o de Agadé, o, sencillamente, período «accadio», que duraría más de dos siglos; dos siglos de sueño político para los sumerios suplantados.

Pero éstos despertaron por fin, cuando una enorme avalancha de gutis, montañeses semibárbaros del Kurdistán, sumergió al imperio y la dinastía de Sargón. Un siglo después de la invasión de los gutis, o sea, poco antes del año 2000, amaneció una nueva época para los sumerios, la última y, seguramente, la más brillante de su historia. Es la época llamada de Ur III o dé la tercera dinastía de Ur, o, también, la época «neosumeria», en el transcurso de la cual su civilización conoció un extraordinario renacimiento. Entonces la civilización sumeria se extiende alrededor de los límites propios del país mucho más que lo que se extendiera en el pasado, al este, hasta Elam y Persia; al oeste hasta Capadocia y Siria; al norte hasta Armenia, de tal modo que la sumeria llega a ser la cultura común de todo el Próximo Oriente. Como signo de esta preponderancia intelectual, se manifiesta el Gran Siglo de las letras y las ciencias sumerias, el momento en que poetas, escritores y eruditos de todas clases empiezan a componer, a escribir y a difundir, a menudo partiendo de tradiciones orales muy antiguas, sus mitos, sus himnos, sus ensayos, sus tratados, que ya iremos conociendo en el curso de la presente obra.

Pero otras bandas semíticas, venidas del inagotable desierto sirio-arábigo, los amoritas o amorreos, se infiltran poco a poco también entre los sumerios de Ur III. Poco después de los comienzos del segundo milenio ponen fin a la dinastía. De momento sólo quedan los reinos meridionales, fuertemente semitizados, por otra parte, de Isin y de Larsa; pero, finalmente, ellos también, conquistados y absorbidos, terminan por caer bajo la férula del amorreo Hammurabi, hacia el año 1750 a. de Jesucristo, creador del imperio semítico de Babilonia.

Aquí termina la historia de los sumerios; desde entonces, anegados por la preponderancia semítica, ya no se hablará más de ellos, y, si los mesopotamios, sus herederos, pronuncian todavía su nombre durante siglos, también ellos acabarán por olvidarlo, y más rápidamente aún el resto del mundo...

Pero, si su existencia política y aun étnica ha tocado a su fin, los sumerios no han dejado de sobrevivir por lo mejor que queda de ellos; los babilonios y más tarde los asirios (y hasta en gran parte los hititas de Anatolia) y los hebreos no han hecho más que recoger y continuar la civilización sumeria. De los sumerios, esos semitas nómadas de la Mesopotamia, habían aprendido casi todo lo que se refería a la vida civilizada: formas y contenido material de la religión, instituciones políticas y sociales, organización administrativa, derecho, técnicas de la industria y del arte, ciencias, arte de pensar, y hasta escritura, la escritura cuneiforme, que ellos no hicieron sino adaptar a su propia lengua. Uno de los signos más reveladores de la permanencia «espiritual» de los sumerios durante toda la historia de Babilonia y de Asiria es éste: hasta el final, o sea, hasta un siglo antes de la era cristiana, los semitas mesopotamios conservaron el sumerio como lengua litúrgica y científica, igual que hacían nuestros reinos de la Edad Media, que usaban el latín.

Esta civilización sumeria, la primera y más antigua del mundo, desarrollada en el curso de una larga historia y transmitida a los babilonios y a los asirios y, por intermedio de ellos, al mundo helenístico, precursor inmediato del nuestro, la han podido reconstruir los asiriólogos y sumerólogos, a menudo hasta en sus detalles más concretos y más inesperados. Ya se verá en el transcurso de la presente obra, la cual, bajo su forma original y directa, constituye el mejor exponente actual de la cuestión, el más accesible, el más nuevo y el más seguro.

Hay que hacer hincapié en el hecho de que este libro no haya sido escrito, como sucede demasiado a menudo con síntesis de este género, por un ensayista cualquiera, por un periodista, por un autor que, aun siendo culto y hasta erudito, hubiera trabajado de «segunda mano» con un material leído y descifrado por otros. S. N. Kramer es uno de los sumerólogos más competentes y más célebres del mundo. Gracias a un largo trabajo de estudio, implacable y oscuro, sobre el que el mismo autor se explica al principio del libro, ha conseguido ser el mejor conocedor contemporáneo y el mejor informado de los «textos literarios» sumerios, de esta literatura sumeria que más que nadie él ha contribuido a resucitar, a reconstruir y a dar a conocer.

Para el lector no especializado resulta un acontecimiento, como una especie de privilegio, esto de poder verse desembarazado de una sola vez de todos los cristales filtrantes y deformantes de los «vulgarizadores», y encontrarse mano a mano con un sabio auténtico. Estos hombres retirados, a menudo aislados dentro de sus investigaciones y sus técnicas, no abandonan de buen grado la jerigonza algebraica que emplean al hablar entre ellos, para ponerse a relatar sencillamente sus descubrimientos, igual que un viejo viajero que refiriera su vuelta al mundo ante unos niños extasiados. Pero, cuando consienten en explicar lo que han observado en el extremo de sus extraños telescopios, nada puede igualar la riqueza de sus enseñanzas ni la fuerza de sus síntesis. Incluso otros sabios, otros especialistas como ellos mismos, encuentran allí también el pábulo nutricio de su instrucción. Éste es el caso de la obra que vamos a leer; todo el mundo la comprenderá y la leerá apasionadamente, y, no obstante, resulta una verdadera golosina incluso para nosotros, los asiriólogos.

Era necesario un maestro así para semejante tema. Para todo aquel que se interese por su pasado, para todo aquel que busque el origen de las cosas, de las instituciones y de las ideas; para aquel que quiera averiguar esa explicación genética que sólo puede dar la Historia; para aquel que no considere la civilización y sus riquezas como un encadenamiento de milagros, sino como un «continuo», como una especie de río, cuyas fuentes una vez exploradas permiten una mejor percepción de la naturaleza, no hay actualmente ningún descubrimiento tan grande como el de los sumerios, no hay tema más digno de atención y de estudio que su civilización. Y es que, verdaderamente, «la Historia empieza en Sumer». No solamente la historia de los mayores progresos materiales e intelectuales del Hombre, sino, más concretamente aún, de su civilización, que es su síntesis orgánica, y, para ser más precisos, de esta civilización occidental que nos han transmitido los griegos y los cristianos y que se ha extendido por toda la tierra.

Maestros del pensamiento del mundo del Próximo Oriente antiguo, los sumerios elaboraron, bajo una forma imaginativa, mitológica y todavía irracional, toda una «metafísica» del universo (véase especialmente el importantísimo capítulo XII de esta obra), y esa ideología formó e impregnó el pensamiento de los «Clásicos», nuestros padres.

S. N. Kramer insiste varias veces, con mucha lucidez (véanse principalmente los capítulos XIV y siguientes), en la dependencia, indirecta pero profunda, de los autores de la Biblia en relación a la «metafísica», ya que no a la religión, de los sumerios. Esta sola evidencia ya decuplica el interés que pudiéramos tener por esos grandes iniciadores.

El lector que esté un poco al corriente de la historia del pensamiento griego también quedará asombrado al leer este libro por los puntos de contacto fundamentales que lo relacionan con el pensamiento sumerio, transmitido por Babilonia y Anatolia. Todo el trabajo, la originalidad y la gloria externa de los primeros filósofos griegos ha consistido en deducir y extraer las ideas subyacentes a imágenes y mitos que se remontan, en definitiva, a los sumerios. Pero si los griegos llegan a exaltar el pensamiento y la reflexión hasta la razón pura, la dirección de este pensamiento y de sus investigaciones permanece dentro de la trayectoria esbozada por los sumerios. Igual que los griegos, los sumerios se interesaron, ante todo, por el destino de las cosas, y no vieron la necesidad de suponer en ellas un Origen absoluto; igual que los griegos, los sumerios consideraron el universo organizado como el resultado de la diferenciación infinita de una inmensa Primera Materia, al principio caótica; igual que los griegos, los sumerios englobaron dentro de este Universo todo lo que existe, hasta los dioses, cuyo único papel seria el de organizadores y gobernadores...

Es verdad que, a pesar de aceptar la dialéctica racional de los griegos, el judeo-cristiano propuso, y a menudo impuso, otra visión de conjunto, ignorada por los sumerios y por sus discípulos helenos: por encima y aparte del universo material, ha colocado una Esfera sublime, inaccesible y eterna, donde todo el potencial divino se halla concentrado en una Personalidad única, pero infinita y directamente incognoscible e indefinible; sería un acto «creador» de este Ser absoluto el que habría dado, a partir de la nada, y no de una Primera Materia, el origen y la existencia de nuestro universo perceptible... Pero esta «metafísica» judeo-cristiana, en sus mismas innovaciones y alteraciones, depende de la ideología bíblica, y puede, por consiguiente, relacionarse aún, por otros sesgos, con los pensadores sumerios. ¿Quién podrá decir, por ejemplo, la incalculable importancia que ha podido tener, en esta búsqueda judeo-cristiana de la Omnipotencia y del Absoluto de lo divino, la «espiritualización» de la acción divina imaginada por los sumerios, cuando llegaron a la idea (conservada y reforzada aun en la Biblia) de la «palabra eficaz»?

Estas breves sugerencias (¡y únicamente dentro del terreno del pensamiento filosófico y religioso!) pueden dar idea de las riquezas que guarda el estudio de la civilización y del pensamiento sumerios. Actualmente y todavía durante muchos años no encontraremos en todo el terreno de la Historia, de la Filología y de la Arqueología, un campo más vasto y más fecundo abierto a nuestras investigaciones, porque en él tenemos todavía mucho que descubrir. Que la primera síntesis para el público en general; la primera síntesis de un mundo tan insospechado y tan henchido de promesas y de realidades, haya sido elaborada por uno de sus mejores exploradores doblado de gran erudito, constituye una ventaja inapreciable, de la que el lector de la presente obra nunca podrá felicitarse lo suficiente.
jéan bottéro

Al maestro del método sumerológico; a mi maestro y colega

arno poebel


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