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PRÓLOGO


Como signo de los tiempos, en que un número cada vez mayor de ciudadanos tienen más ocio para leer y enriquecer su formación espiritual, hemos de aceptar la profusión de obras dedicadas al gran público, en las que se le presentan, bajo diversas formas, siempre atractivas y amenas, los asombrosos descubrimientos que en poco más de cien años han irrumpido en el dominio de las culturas olvidadas.

Bien adoptando la forma de biografías de los arqueólogos a quienes se deben tales descubrimientos y que nos son presentados como unos héroes de la ciencia moderna, bien adoptando un punto de vista más descriptivo, se llega siempre a apasionar al lector con el relato de las sorprendentes victorias logradas sobre el olvido de los siglos, por hombres, a veces de oscuro origen, pero siempre tenaces e iluminados. Pues difícilmente habrá una novela que pueda competir en interés con la relación de las vicisitudes por las que pasaron un Schliemann o un Boucher de Perthes, o por las que señalan el lento avance del conocimiento del hombre fósil y el de tantas y tantas maravillas como nos han sido reveladas por la ciencia arqueológica. El hecho de que estas obras no sólo se multipliquen, sino que vayan especializándose y cubriendo campos cada vez más concretos, es un síntoma infalible de que la afición no mengua y, por el contrario, va ganando en calidad.

Algunas de tales obras, las que abrieron el camino precisamente, se deben a la pluma de literatos famosos o de simples reporteros o periodistas en quienes los especialistas admiramos la habilidad con que logran presentar los más áridos hechos científicos, combinándolos con los datos de la vida privada y el ambiente en que cada arqueólogo se movió. Como he dicho en otro prólogo a una obra del mismo carácter y de gran difusión, esta habilidad y el éxito de público consiguiente provocan una cierta molestia en el especialista, que se ve desposeído de la popularidad que podría ser uno de los frutos de su labor. Por fortuna, en el presente libro nos hallamos ante un caso menos frecuente, que nos halaga de manera extraordinaria, y que parece ya darse con cierta reiteración en los últimos tiempos: El caso del especialista que quiere y sabe presentar a la masa de aficionados o de lectores profanos totalmente en la materia, sus propios descubrimientos y los de sus colegas. La obra tendrá así el doble valor de contribuir por una parte a la divulgación de un tema histórico poco conocido por el lector corriente, y por oirá, el de dar una visión de primera mano tan profunda, original y acertada como sólo un buen especialista puede ofrecer, en este caso, de la vida de los sumerios.

Cuando no hace mucho pudimos leer en español una obra en que se ponía al alcance de todos la historia de un pueblo tan lleno de enigmas como es el pueblo hitita, pensamos que no habría de tardar en hacerle compañía otra sobre el pueblo sumerio. Sumerios e hititas pueden rivalizar en su condición de pueblos que han jugado un gran papel en la historia humana, a pesar de lo cual han sido totalmente olvidados por la posteridad. En mi época de alumno de la cátedra de Historia antigua en la Universidad de Barcelona, hace poco más de cuarenta años, siendo yo alumno del profesor Bosch Gimpera, sumerios e hititas atraían nuestra juvenil atención, y esto explica que mis dos trabajos de clase versaran sobre esos dos pueblos. Entonces se sabía de ellos mucho menos que ahora. Aún no se habían leído los textos hititas y por tanto se ignoraba su raíz indoeuropea. Respecto de los sumerios, las excavaciones francesas habían popularizado la serie de los patesis de Lagash y empezaban a vislumbrarse las dinastías anteriores y el remoto pasado predinástico.

Para nosotros, pues, que habíamos seguido los comienzos de la Sumerología, la lectura de la obra de Kramer ha constituido un auténtico placer y nos ha permitido darnos cuenta de lo mucho que se ha progresado en este campo durante el último medio siglo. Kramer ha sabido hacer un libro ameno e instructivo, tomando sólo parte de lo que sabemos acerca del pueblo sumerio, esto es, comentando los textos que en buena parte él mismo ha estudiado y traducido.

Este libro no pretende ser una historia del pueblo sumerio. Acaso se le pueda objetar que el autor no nos haya dado, aunque fuera en forma resumida, el esquema de lo que sabemos ya y de lo que ignoramos todavía de la historia de Sumer, aun reconociendo lo claro del brevísimo esquema que Jean Bottéro nos presenta en su excelente prefacio a la edición francesa. Falta también el auxilio de la Arqueología para la reconstrucción de la vida de este pueblo. Pero tales objeciones están fuera de lugar, pues nunca el autor se propuso escribir un manual de historia de Sumer.

En realidad pretende mostrarnos, nada más y nada menos, que la raíz de nuestra civilización, tan engreída e inmodesta, se halla en la tierra de Sumer. Que fue ahí precisamente donde por vez primera el hombre organizó la Sociedad y tuvo la preocupación por problemas que han sido la base del pensamiento en todos los tiempos, problemas filosóficos, cosmogónicos, éticos.

Esta feliz conjunción de elementos étnicos —cuyo origen esta obra no trata de dilucidar— con raíces culturales diversas, sería según el autor la simiente fecunda de la que brotaría el árbol de la cultura moderna de la Humanidad. Para demostrarlo, aquél no tiene más que alinear esa serie maravillosa de textos, en cuya invención o lectura ha intervenido en muchos casos, disponiéndolos hábilmente para mostrar su honda significación.

Y así se nos ofrece el panorama de las ciudades sumerias organizando su vida en todos los aspectos, y conociendo por vez primera los problemas políticos y sociales de una Humanidad que acababa de salir de la primitiva etapa de la caza y la recolección: problemas de libertad y tiranía, de paz y de guerra, de precios y de tasas, de impuestos y gabelas de toda clase, de un código penal y civil, de dioses contrapuestos, de gobiernos sacerdotales, etc., etc. En la imagen de lo que fuera la vida en aquellas primeras ciudades, asombra el encontrarse con tantos rasgos modernos, que justifican la impresión de la proximidad de esos milenios tan lejanos para el profano, que todos los prehistoriadores experimentamos.

Naturalmente, la tesis defendida por Kramer, la de la primacía de Sumer en orden al comienzo de la historia estricta y a la génesis de nuestra civilización, será cierta si se puede demostrar que las culturas del valle del Nilo y del valle del Indo —para citar sólo dos de las que mayor atención en este sentido merecieron— son posteriores a la sumeria. Y esto nos lleva a una vieja polémica, siempre renovada, sobre el foco de origen de la revolución neolítica, que, al crear el urbanismo y permitir el ocio de algunos ciudadanos, inicia la aparición de problemas y soluciones que se han mantenido, con caracteres bastante semejantes, hasta la época actual.

En general, cada especialista en alguna de las ramas del orientalismo defiende la primacía de su respectivo país de estudio en orden a la formación de la civilización moderna. En especial, muchos autores han defendido la prioridad de Egipto, basándose en la cronología más alta que el valle del Nilo nos ofrece para sus primeras dinastías. Y Egipto tuvo también, desde muy pronto, una escritura perfecta e independiente de la cuneiforme usada en Mesopotamia.

Es éste un tema muy interesante, pero cuya discusión no corresponde a este lugar. A pesar de que el período protodinástico egipcio parece algo más antiguo que el protodinástico mesopotámico, la mayoría de los científicos se inclinan por una primacía asiática en la revolución neolítica y urbana. Pero cuando se quiere precisar en qué comarca del occidente de Asia tuvo lugar dicha revolución, trascendental hasta el punto de poderse considerar como el arranque de la historia moderna, las polémicas se encienden de nuevo. Hay que buscarla en algún lugar de la llamada fértil Media Luna, las tierras que rodean por el norte el desierto arábigo. Mientras para unos el foco neolítico estaría en Jarmo, al norte de Mesopotamia, para otros hay que buscarlo en Palestina, concretamente en Jericó. En ambos casos, hallaríamos los más viejos indicios de civilización neolítica, alrededor del 6000 a. de C., superpuestos a la cultura de los cazadores y recolectores mesolíticos. La polémica sobre este punto ha sido muy viva en estos últimos tiempos y no nos atreveríamos a darla como resuelta.

Tal vez la hipótesis más verosímil sea la de que nuestra civilización occidental se ha alimentado de una larga serie de raíces, y que a elaborarla contribuyeron, entre muchos otros grupos culturales a lo largo de la Historia, las viejas culturas de los cazadores nómadas de Europa y Asia y las de los agricultores urbanistas y sedentarios del Próximo Oriente. Y dentro de este último tampoco podemos negar un influjo, tanto en lo material como en lo espiritual, de Egipto.

El papel de los sumerios en la génesis de esta civilización primordial sigue siendo un misterio, como lo es todavía cuanto se refiere a su propio origen, relaciones étnicas y verdaderas raíces. Pero su país histórico, la baja Mesopotamia, era inhabitable cuando ya Jarmo, Hassuna, Tell Halaf, Jericó y tantos otros lugares conocían las primicias de la vida urbana. Con lo que acabamos de decir se podría objetar el título de la presente obra, ya que no se puede defender si no es por un sumerólogo enamorado de su campo de estudio, que sea precisamente en Sumer donde surge esa primera fase de lo que podemos llamar Historia en sentido estricto.

Y, sin embargo, creemos justo el título que Kramer ha dado a este libro. Pues todo lo que los semitas y presemitas de Palestina, Siria y Norte de Mesopotamia realizaron en el orden cultural durante los milenios VI y V a. de C. tuvo su más perfecta y orgánica concreción en las ciudades sumerias, que en los milenios IV y III a. de C. nos dan a conocer sus dinastías y sus conflictos, que parecen el primer modelo de los que han llenado la historia posterior de la Humanidad. Puede decirse, pues, sin que se pueda tildar la frase de despropósito histórico, que la Historia comenzó en Sumer, que aquí encontramos los textos humanos más antiguos que nos dan la imagen de gentes preocupadas por problemas de todo género. Sólo en algunos aspectos, Palestina y Egipto podrían competir con el país de Sumer.

Sin duda, el lector no habituado a la Historia de Oriente quedará asombrado ante la modernidad de los aspectos de la vida sumeria tal como resultan de esos textos incontrovertibles que Kramer maneja con sin igual soltura y perfecto conocimiento. Hay ciertos elementos de nuestra civilización actual que tienen su raíz directa en esa vieja sociedad que la presente obra nos muestra. El fijarlos con precisión alargaría demasiado este prólogo, pero cada lector puede meditar sobre las páginas que siguen y realizar como un ejercicio en que recapitule cuáles cree que son esos elementos que nacidos o desarrollados en las orillas del Tigris y del Eufrates siguen vivos en nuestra vida cotidiana. Siempre hemos sostenido que uno de ellos es cuanto se refiere al régimen financiero, con impuestos, tasas, sistema bancario y de intereses, etc., etc. Pero hay muchos más, algunos de orden espiritual y acaso trascendentes. Pues no se ocultarán al lector los problemas que plantean los textos sumerios en relación con la Biblia.

Otra consecuencia sacará también el lector. La de que no ha terminado la etapa de los descubrimientos en las tierras mesopotámicas. Cabe esperar hallazgos de nuevos archivos, con textos que completarán los que ya poseemos. El progreso en el conocimiento de la escritura y de la lengua permitirá aclarar numerosos párrafos que hoy nos resultan oscuros en los textos.

Y esperemos que los descubrimientos inevitables en esa maravillosa historia del Próximo Oriente seguirán permitiéndonos afirmar que la Historia comienza en Sumer.
Dr. Luis pericot

Catedrático de Prehistoria en la Universidad de Barcelona
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