Estoy en el centro comercial con mi hermana Cara, haciendo mi imitación de un robot. «Zzzt-chu. Zzzt. Zzzt». Pivotar rígidamente sobre los talones, cuarenta y






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títuloEstoy en el centro comercial con mi hermana Cara, haciendo mi imitación de un robot. «Zzzt-chu. Zzzt. Zzzt». Pivotar rígidamente sobre los talones, cuarenta y
fecha de publicación18.07.2015
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La hija de Frankenstein

Maureen McHugh

Estoy en el centro comercial con mi hermana Cara, haciendo mi imitación de un robot. «Zzzt-chu. Zzzt. Zzzt». Pivotar rígidamente sobre los talones, cuarenta y cinco grados, recolocarme para continuar hacia el frente, en dirección a la tienda de la cadena Sears, con los brazos rígidos y moviéndome con precisión mecánica.

—¡Robert! —dice Cara.

No es difícil hacerla reír, y la imitación del robot le encanta. La hice por primera vez hará alrededor de un año, y me siento un tanto raro haciéndola en público, en el centro comercial; pero quiero que Cara esté contenta. Cara tiene seis años, pero es retrasada mental, así que es más como si tuviera tres o cuatro, y probablemente su edad mental nunca llegue a superar los cuatro o cinco. Aunque es muy grande. Ya nació grande, con huesos grandes, como de vaca. Mandíbula grande, nudillos grandes. Y grandes ojos azules. El pelo rubio es lo único que tiene fino. Te tienes que fijar muy bien para percatarte de su parecido con Kelsey. Kelsey era mi hermana mayor. Yo tengo catorce años. A Kelsey la atropelló un coche a los trece, y ahora tendría veinte. Cara es el clon de Kelsey, salvo por el detalle, por supuesto, de que Kelsey no era retrasada mental ni grande como una vaca. En el salón de casa hay una fotografía de Kelsey en mallas de gimnasia de pie junto a la barra de equilibrio, en la que más o menos se puede ver cómo se le parece Cara.

—Vamos a entrar a Spencer’s —propongo.

Cara me sigue. Spencer’s, la tienda de regalos, es una especie de paraíso para una niña retrasada, con todas esas falsas bebidas derramadas, las luces negras, las lámparas de lava, las proyecciones ópticas y lo que más le gusta a Cara: las guirnaldas de luces japonesas. Están al fondo, con las guirnaldas con lucecitas con forma de chiles y de botellas de Coca-Cola. Parecen una especie de luces de Navidad raras. Si las miras directamente, solo parpadean, pero si las miras como de reojo, ves todas esas letras y símbolos japoneses. Cara solo las mira fijamente. Yo creo que es por el parpadeo. La dejo mirándolas y me acerco hasta la parte de delante de la tienda.

Spencer’s es el paraíso de los ladrones, así que tienen unas medidas de seguridad excelentes. Al fondo está ese tipo rechoncho, colocando mercancía y sudando a mares. También hay cámaras. Y en la caja registradora de la entrada hay una chica que se aburre como una ostra y que está jugueteando con uno de esos bolígrafos estrafalarios que venden, pero que si se molesta en mirar ve prácticamente toda la tienda. Pero yo tengo a Cara. Y además, estoy al tanto de cuál es el secreto de un buen ratero: no sentir emoción alguna. Mantener la calma en todo momento. Soy capaz de desconectar por completo y convertirme en una máquina pensante que se ciñe al plan al pie de la letra. Si estás nervioso, entonces la gente se fija en ti. Témpano. Ese es mi nombre, mi mote. Ese es mi nick cuando chateo. Ese soy yo.

Miro los juegos de mesa picantes. Me coloco delante de la estantería de manera que prácticamente bloqueo la visión de la cámara. No sé con exactitud dónde están las cámaras, pero si no dejo demasiado espacio entre mi cuerpo y la estantería, ¿cómo van a poder ver gran cosa? Espero. Un minuto o dos más tarde, Cara ya está agarrando las guirnaldas de luces, y un par de minutos después, la chica que está vigilando desde la caja registradora pide que alguien vaya a pararle los pies, y yo birlo un mazo de la Baraja de la noche de bodas. Es demasiado pequeña para que tenga alarma antirrobo. No sudo ni una gota, mi corazón no se acelera, nada de nada. El hombre témpano. Echo a andar hacia donde está Cara.

Todos se limitan a mirar a la extraña niña retrasada, excepto el tipo regordete, que está intentando hacer que deje las luces, pero que no se atreve a tocarla.

—Eso no se toca —le dice—. ¿Dónde está tu mamá? ¿Está en la tienda?

—Lo siento —intervengo.

El tipo regordete me mira frunciendo el ceño.

—Cara, las cosas no se tocan —digo.

Cara me mira, mira las luces. Intento quitárselas con suavidad.

—¡No! —gimotea—. ¡Bonitas!

—Lo siento, soy su hermano. Es deficiente mental. ¡Cara! Cara, no. Eso no se toca.

Gimotea, pero me deja que le desenrede las manos.

—Lo siento —repito, el preocupado hermano mayor—. Estaba echando un vistazo y pensaba que estaba conmigo. Nuestra madre está en mirando ropa en Dillard’s.

El tipo regordete se queda por allí cerca hasta que le quito las luces a Cara y, en cuanto las dejo en la estantería, las agarra y empieza a estirarlas para volverlas a colocar bien.

Conduzco a Cara hacia la parte de delante de la tienda y articulo un «lo siento» para que la cajera de la entrada lo lea en mis labios. Es bastante guapa y me sonríe. El educado hermano mayor con una hermana retrasada.

Cuando salimos de nuevo al centro comercial, Cara está gimoteando, lo que le podría desencadenar un ataque de asma. Así que para distraerla le pregunto si quiere una galleta.

Mamá la tiene a dieta, así que por supuesto que quiere una galleta. Se anima igual que se anima nuestra perrita sheltie cuando se le dice «chuche». La llevo a la zona de restauración y le compro una galleta con trocitos de chocolate; yo me pido un refresco y, mientras se come la galleta, saco la baraja del bolsillo y le quito el envoltorio. Faltan quince minutos para que nos tengamos que reunir con nuestra madre.

La idea es ir consiguiendo parejas, y cuando se tiene una entonces se tiene que hacer lo que digan las cartas: «Átale las manos a tu pareja con un pañuelo de seda. Bésale por donde quieras, para ver cuánto aguanta sin moverse y sin hacer ningún ruido. El que más aguante tiene derecho a sacar una carta extra».

Nada salvaje, pero mola bastante. Me muero de ganas de enseñársela a Toph y a Len.

Cara se ha manchado la boca de chocolate, pero me deja que se la limpie.

—¿Preparada para volver con mamá? —le pregunto.

Cuando volvemos a pasar por Spencer’s, Cara se detiene.

—Uhhh —dice, señalando la tienda.

Mamá siempre intenta obligarla a que diga qué es lo que quiere, pero yo ya sé qué es y no quiero pelearme con ella.

—No —digo—. Vamos con mamá.

Cara arruga la cara y se encorva alzando sus recios hombros.

—Uhhh —repite, enfadada.

—Venga, vamos.

Cara intenta golpearme. Le agarró la mano y la arrastro detrás de mí. Hace ademán de ir a sentarse, pero yo no dejo de tirar, así que me sigue, gimoteando y tragando con esfuerzo.

—¿Qué has hecho? —pregunta mi madre cuando nos ve.

Mi madre tenía que comprar varias cosas (pantalones cortos de deporte para mí y ropa interior para ella), así que yo me había ofrecido a quedarme con Cara mientras ella iba a hacer sus compras. En la mano lleva una bolsa de Dillard’s.

—Como quería entrar en Spencer’s, entramos, pero no paraba de tocar las cosas, así que me la tuve que llevar y ahora está enfadada.

—Robert… —dice con irritación mi madre mientras se pone en cuclillas—. Vamos, Cara, no llores, cielo.

Salimos del centro comercial con paso cansino, Cara de la mano de mi madre, sin dejar de gimotear.

Cuando llegamos al coche, Cara está respirando con dificultad. Mamá saca su inhalador y Cara obedientemente se mete un chute. Yo lo probé una vez y fue bastante horrible. La sensación que tuve mientras intentaba que esa sustancia llegara a mis pulmones fue de lo más rara, y me hizo sentir un tanto colocado, pero ni siquiera me resultó agradable, así que me resulta bastante alucinante que ella lo haga.

Cara se sienta en el asiento de seguridad infantil en la parte de atrás del coche y durante todo el camino a casa no deja de jadear, poniéndose cada vez peor; para cuando aparcamos en la entrada, tiene la zona de alrededor de la boca con esa misma palidez de otras veces.

—Robert, voy a tener que llevarla a urgencias —dice mi madre.

—Vale —digo yo, y salgo del coche.

—¿Quieres llamar a tu padre? No sé cuánto tardaremos en volver. —Mi madre mira el reloj. Son las tres y pico—. A lo mejor no hemos vuelto a la hora de la cena.

No quiero llamar a mi padre, que, de todas maneras, seguramente estará con Joyce, su novia. Joyce está todo el tiempo esforzándose por caerme bien, lo que me saca de quicio al cabo de un rato… porque es que se pasa.

—Me puedo preparar un sándwich y listo.

—Entonces no quiero que te muevas de casa. Llevo mi móvil por si necesitas llamarme.

—¿Puedo invitar a Toph y a Len?

—Vale —dice con un suspiro—, pero nada de armar jaleo. Y acuérdate de que mañana tienes clase.

Abre la puerta del garaje para que yo pueda entrar.

Me quedo allí y la miro salir marcha atrás. Se gira, para mirar por dónde va, y pienso que tiene que volver a ir a la peluquería porque las raíces canosas se le distinguen perfectamente. Cara me mira a través del cristal mojado, con la boca un poco abierta. Le digo adiós con la mano.

Me alegro de que se hayan marchado.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Observo cómo mi hija se esfuerza por respirar. Cuando Cara tiene un ataque de asma, se queda quieta, supongo que ahorrando energía. El rostro se le vuelve inexpresivo. La gente cree que Cara siempre es inexpresiva, pero su cara suele estar llena de vida… aunque es posible que no sea más que un débil y tembloroso reflejo del mundo que la rodea, como el titileo de luces en el fondo de una piscina, de ese mundo lleno de experiencias en el que se encuentra sumergida.

—Cara, mi niña —digo.

No entiende por qué ya no la cojo en brazos, pero es que pesa más de treinta kilos y me resulta totalmente imposible.

No le gusta la sala de urgencias, pero tampoco le da miedo porque ya está acostumbrada. Con la mano en su espalda la voy guiando a través de las puertas, hasta el mostrador de admisiones. No conozco a esta recepcionista. Le entrego mi tarjeta sanitaria. Cuando Cara nació, la adoptamos de manera oficial, igual que si hubiéramos recurrido a una fecundación in vitro convencional de una madre de alquiler y luego hubiéramos adoptado al bebé, así que Cara está cubierta por nuestro seguro médico. Por supuesto que hoy en día los seguros sanitarios no cubren a los niños clonados, pero Cara fue uno de los primeros casos.

La recepcionista nos toma todos los datos. La sala de espera no está demasiado llena.

—¿Está hoy el doctor Ramanathan? —pregunto.

El doctor Ramanathan, un indio de voz suave y manos pequeñas, ya conoce a Cara. Es amable con ella y está al tanto de las extrañas particularidades de su afección: tiene los pulmones extrañamente vascularizados, en ocasiones reacciona de manera atípica a la medicación… Pero el doctor Ramanathan no está.

Nos sentamos en la sala de espera.

Las sillas de la sala de espera no tienen brazos, así que coloco a Cara atravesada sobre una silla con la cabeza sobre mi regazo y le acaricio la frente. Si se la calma, se evita que el ataque se agrave. Necesita que se le cambie el pañal, pero no se me ha ocurrido traer uno. Estábamos haciendo algunos progresos en nuestra campaña por que aprendiera a ir al baño ella sola hasta que, hará unos dos meses, decidió que odiaba el váter.

Aprendí a no forzar las cosas cuando Cara resolvió ponernos las cosas difíciles a la hora de la cena. Es grande y, aunque no sea exageradamente fuerte, cuando se enfada golpea con fuerza. La última vez que quise enseñarle a utilizar un tenedor, cuando le puse uno en la mano e intenté hacer que la cerrara, empezó a gritar. Son gritos estridentes, furiosos, que no tienen nada de animalesco, sino que están llenos de algo terriblemente humano y demasiado viejo para una niña tan pequeña. Le agarré la mano, y ella me pegó en la cara con el puño y me rompió las gafas de leer. Así que ya no fuerzo las cosas.

La enfermera nos llama poco después de las cinco.

Coloco a Cara en la mesa de examen. Como hace frío la arropo con una manta. Me mira, cargada de paciencia, la boca abierta. Tiene unos ojos azulísimos. Los mismos ojos de Kelsey y de mi ex marido, Allan. Noto en su respiración la opresión que tiene en el pecho. Me siento a su lado y tarareo, y ella me frota el brazo con la palma de la mano, como si estuviera alisando una arruga en una manta.

No conozco al médico que entra. Es joven y su cara tiene una expresión jovial y amable. Tiene una oreja agujereada. No lleva pendiente, pero veo un pliegue donde la oreja está perforada y eso me anima un poco: amable y un tanto inconformista. Parece una buena combinación. Se llama doctor Guidall. Suelto mi discursito: que tiene asma, que ha tenido un ataque y que no ha respondido al inhalador, que tiene un retraso en el desarrollo…

—¿Han tenido que venir anteriormente a urgencias? —pregunta.

—Muchas veces, ¿verdad, Cara?

Cara no contesta, tan solo me mira.

El doctor la examina con cuidado. Le avisa de que el estetoscopio va a estar frío y la trata como a una persona, lo que es una buena señal.

—Su vascularización pulmonar es atípica —señalo.

—¿Es usted médico? —pregunta.

Cuando Kelsey, la hermana de Cara, tuvo el accidente, yo estaba al frente de la división internacional de la empresa de alimentación Kleinhoffer Foods. Ahora trabajo como vendedora en una inmobiliaria.

—No, pero es que he aprendido mucho con Cara. A veces nos atiende el doctor Ramanathan. Él ya está familiarizado con los problemas de Cara.

El doctor Guidall frunce el ceño. A lo mejor el doctor Ramanathan no le cae bien. Es joven. Los médicos de urgencias suelen ser jóvenes, al menos en el hospital al que llevo a Cara.

—No tiene síndrome de Down, ¿verdad?

—No —respondo. No quiero añadir nada más.

Me mira, y me doy cuenta de que acaba de encajar las piezas.

—¿Su hija es el clon?

«El», no «un».

—Sí.

El doctor Ramanathan me pidió permiso para escribir sus observaciones sobre Cara y publicarlas, y yo se lo di, porque me pareció que su preocupación por Cara era sincera. Y a veces me llegan peticiones de otros médicos para examinarla. Cuando nació, también recibí cartas insultantes y amenazadoras, de gente que decía que no debería haber nacido, que ante los ojos de Dios era una abominación. Me molesta que el doctor Ramanathan haya hablado de Cara con otros.

El doctor Guidall está examinándola en silencio. Me imagino su desaprobación. Aunque a lo mejor me equivoco, a lo mejor lo único que pasa es que está sorprendido.

—¿Es alérgica a algo?

—No es alérgica, pero tiene reacciones atípicas ante determinados fármacos, como los antagonistas de los receptores de leucotrienos.

En la cartera llevo siempre una lista de medicamentos. La saco y se la entrego. La lista está vieja, con arrugas tan marcadas que el papel está empezando a rasgarse.

—¿Utiliza un nebulizador? —pregunta—. ¿Y qué fármaco está utilizando?

—Budesonida.

No son imaginaciones mías. Me trata con sequedad.

El doctor le coloca en la cara un nebulizador, más una máscara que un inhalador, para que lo único que tenga que hacer sea respirar. Se marcha para ir a buscar su historial en los archivos.

Sé que vamos a estar aquí un buen rato. He pasado mucho tiempo en hospitales.

El doctor quiere castigarme. Examina a fondo a Cara, que se ha quedado dormida al ir remitiendo el ataque de asma. Le ausculta los pulmones, comprueba los reflejos y le mira el interior de los oídos. Lo de los oídos es totalmente innecesario, pero ¿cuántos niños clonados va a tener la oportunidad de examinar? La clonación de humanos es ilegal en los Estados Unidos, aunque no hay ninguna ley que impida que te clonen un niño en Israel, por ejemplo, y que luego lo adoptes y lo traigas aquí.

—No me gusta cómo suena su respiración —dice—. Me gustaría hacerle algunas pruebas.

Su actitud es más formal, lo que quiere decir que pasa algo malo. Me muero de ganas de irme a casa, no quiero que esta noche empiecen las complicaciones. Las complicaciones… No es que las crisis sobrevengan siempre cuando se está cansado y pensando en la casa que se tiene que enseñar al día siguiente, pero sí muchas veces.

El doctor Guidall es muy joven y muy severo. Cuando se es joven es fácil ser severo. Me imagino lo que le gustaría preguntarme: «¿Por qué coño hizo esto? ¿Cómo lo justifica?». Los problemas respiratorios de Cara van a acabar con ella, probablemente antes de los doce años y, casi con toda seguridad, antes de los dieciocho.

Puede que él esté furioso conmigo, pero Cara está aquí. Toda esta gente que está enfadada conmigo, ¿qué es lo que quieren que haga?, ¿que me la lleve a casa y le tape la cara con una almohada? ¿Cómo le explico, les explico, que cuando Cara fue concebida yo no estaba en mis cabales? No hay nada que te prepare para la muerte de un hijo. Nada que te enseñe cómo vivir con ello.

Como me diga algo, yo le voy a decir, «¿Tiene hijos? Espero que nunca pierda uno».

Pero no dice nada.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La baraja de la noche de bodas no impresiona a nadie, porque Toph se ha apuntado un muy buen tanto. Acompañó a su padre a una tienda de informática donde este iba a comprar un programa de contabilidad y, cuando Toph estaba matando el rato jugando con los videojuegos, un vendedor sacó un Hacker Vigilante, para enseñárselo a un cliente, y justo entonces lo llamaron por megafonía y se olvidó de volverlo a guardar bajo llave.

—Así que lo cogí y me lo metí debajo de la camiseta —explica Toph—, y cuando llegamos al coche, lo escondí debajo del asiento antes de que mi padre entrara.

Nos ha dejado impresionados, a Len y a mí. Es la hazaña más grande jamás lograda por uno de nosotros. Toph está examinando la caja, como si no fuera nada del otro mundo, pero sabemos que en realidad está dando botes de contento con todo este asunto.

A mí no me dejan tener el Hacker Vigilante. En ese juego, tienes que realizar misiones en las que debes averiguar el paradero de terroristas, y haces de todo para conseguir dinero, como robar. Mi madre no me deja tenerlo porque una de las cosas que se pueden hacer para ganar dinero es recoger a dos adolescentes en la estación de autobuses, conseguir que te hagan una película porno y luego colgarla en internet. Tampoco es que se llegue a ver nada: las chicas empiezan a quitarse la blusa y entonces la puerta de la habitación del hotel se cierra; pero te partes de la risa.

Alucino en colores. Es que no me lo creo.

—Tío, menuda potra… —digo, porque es la verdad: ningún vendedor se ha dejado nunca nada tan guay delante de mí.

—Es que hay que saber aparentar naturalidad —dice Toph.

—Yo aparento naturalidad, soy de lo más natural, pero es que a ti te cayó como llovido del cielo.

—Anda, pringao —dice Toph, riéndose de mí—, ¡que te den!

Len también se está riendo de mí. Noto cómo me sonrojo y cómo me arden las orejas, y estoy tan enfadado que me gustaría partirles la cara. Toph se limita a recoger lo que deja por ahí tirado algún tonto del culo que no tiene ni puta idea de lo que vende, mientras que yo tengo que andar preparando estratagemas en el maldito Spencer’s, donde todo el mundo sabe que es muy difícil apuntarse un tanto porque tienen unas desquiciadas medidas de seguridad de lo más jodidas.

—Vais a ver, gilipollas, vais a ver —digo—. Se me ha ocurrido una buena. Mañana abrid bien los ojos cuando vayáis en el autobús escolar y vais a ver.

—¿El qué? —pregunta Len—. ¿Qué vas a hacer?

—Ya veréis.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Para cuando trasladan a Cara a una habitación, ya son casi las siete. Me las apaño para ir a un teléfono y llamar a Allan. Lo coge Joyce, su novia.

—Hola, Joyce —digo—. Soy Jenna, ¿está Allan?

—Sí, un momento, Jenna.

Joyce. Jenna. A Allan le gustan las mujeres con «J». En realidad, a Allan le gustan las mujeres delgadas, con pelo oscuro y con un cierto toque de implacabilidad irlandesa. Joyce y yo podríamos ser primas, aunque ella es más guapa que yo, y más joven. Siempre que hablo con ella, utilizo su nombre demasiadas veces, y lo mismo le pasa a ella con el mío. Y estamos haciendo todo lo posible por tener una relación cordial.

—Jenna, ¿qué hay? —pregunta Allan.

—Estoy en el hospital con Cara.

—¿Hace falta que vaya? —me pregunta, demasiado deprisa.

Allan es una persona concienzuda y se está mentalizando. «¿Es una crisis?», es lo que quiere saber.

—No, solo es un ataque de asma, pero al médico de urgencias no le han gustado sus niveles de oxígeno o algo por el estilo, y quieren que se quede. Pero Robert está en casa solo, y quieren hacerle más pruebas a Cara esta noche…

—Ah, vale. Déjame que piense un momento.

Es domingo por la noche. ¿Qué puede tener que hacer un domingo por la noche?

—¿Estás ocupado? Quiero decir, ¿te pillo en mal momento…?

—No, no. Joyce y yo íbamos a vernos con unos amigos, pero puedo llamar y avisarles. No era nada importante.

Intento pensar en qué es lo que irían a hacer un domingo por la noche.

—Solo es la congregación de Joyce —me explica Allan ante la pausa—. Los domingos por la noche tienen un acto social, bueno, en realidad es una especie de reunión de estudio.

No sabía que Joyce fuera religiosa.

—En ese caso, a lo mejor puedes simplemente pasar a ver cómo está… ¿O te va a obligar a desviarte demasiado de tu camino?

—No, me pasaré.

—Échale un vistazo. Si te parece que está bien, a lo mejor bastaría con que le llamaras alrededor de las diez para asegurarte de que está en la cama, o por si necesita algo.

—No, puedo quedarme con él. Tú te vas a pasar horas en el hospital, lo sé.

—Tiene catorce años. Haz lo que te parezca oportuno, pero es que odio tener que importunaros a ti y a Joyce.

—No pasa nada. Son mis hijos.

Me siento bastante culpable, así que cuelgo sin decir, «¿La congregación?». Unas Navidades, la cabeza loca de mi hermana mayor había estado hablando de cómo Dios le había evitado una calamidad insignificante, una crisis doméstica en la que la camioneta de su marido podía haber resultado abollada, y cuando más tarde íbamos en el coche camino a casa, Allan había comentado con una sonrisa, «Me alegro tanto de que Dios cuide de la camioneta de Matt… Hace que le perdone que durante… pues lo de Camboya o la Peste Negra estuviera ocupado con otras cosas».

Allan va a la iglesia por Joyce.

Bueno, también pasó por todo el proceso de la clonación por mí. No es que yo sea quién para echarle nada en cara.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Me acuesto pronto porque mi padre y su novia se han plantado en casa para hacerme de canguro. Toph y Len se esfuman en cuanto aparece papá. Joyce se muestra tan cariñosa que tengo la sensación de que está actuando, aunque con mi padre también se porta de lo más raro, amabilísima. Han traído una película que han alquilado y, cuando mi padre le pregunta si le apetecen unas palomitas para la película, Joyce le dice algo como, «Sí, por favor, te lo agradecería», como si apenas se conocieran.

Así que juego un rato en mi cuarto con el ordenador y luego me acuesto. Shelby, nuestra perra, se sube conmigo a la cama de un salto, aunque normalmente duerme a los pies de la cama. Me acuesto con los vaqueros puestos, con intención de no dormirme, pero me quedo dormido. Shelby me despierta cuando mi madre llega a casa, porque cuando la oye llegar empieza a golpear la cama con la cola. Mi madre habla unos minutos con Joyce y mi padre; no alcanzo a oír lo que dicen, pero sí el murmullo. Cuando mi madre entra a verme, finjo que sigo dormido. Shelby está hecha un ovillo, pero se alegra de ver a mi madre, que entra, la manda callar con un «chist» y la acaricia unos instantes.

Lo difícil es mantenerme despierto después. Mi reloj dice que son las 11.18 cuando mi madre sale de mi cuarto, y quiero darle al menos media hora para que tenga tiempo de dormirse profundamente. Pero me quedo dormido y, cuando me despierto con un sobresalto, es la 1.56 de la madrugada.

Estoy a punto de quedarme en la cama. Estoy agotado, pero me obligo a levantarme. Shelby se despierta y salta al suelo. Ella es mi mayor preocupación a la hora de escabullirme de casa. Si la dejo encerrada en mi habitación, se pondrá a arañar y luego a ladrar. Así que me sigue hasta el piso de abajo y la dejo salir por la puerta de atrás. Con suerte, mi madre pensará que necesitaba salir, aunque cuando eso ocurre yo no me suelo despertar y ella baja al piso de abajo y se mea en el comedor, y a la mañana siguiente mi madre pilla un buen cabreo conmigo.

Estoy a punto de quedarme dormido en el sofá mientras espero que Shelby vuelva a entrar. Podría decirles a Toph y Len que como vino mi padre no pude escaparme, y que lo haré mañana por la noche. Pero mientras Shelby está fuera, me obligo a bajar al sótano para coger un spray de pintura negra. Mi madre utilizó pintura negra en spray para repintar el mobiliario exterior, y este envase está sin utilizar en su mayor parte.

Me pongo una sudadera azul marino con capucha y abro la puerta corredera de atrás; dejo que Shelby entre y luego salgo. De este modo, la puerta solo se ha abierto dos veces: una para dejar salir a Shelby y otra para dejarla entrar.

El jardín de atrás está oscuro y el frío que hace resulta un tanto chocante. Mi madre no deja de repetir que le parece increíble que solo falten cuatro semanas para que sea junio y se abran las piscinas, pero a mí me gusta el frío. Levanto la mirada hacia las estrellas. La única constelación que conozco es Orión, pero, si está en el cielo, debe de estarlo detrás de los árboles o al otro lado de la casa. Cuando llego a la parte de delante, estoy seguro de que Shelby está mirándome por la ventana. No la distingo, pero sé la pinta que tendrá, porque lo hace siempre que alguien se marcha en coche; se pone encima del sofá, erguida sobre las patas de atrás para poder mirar por la ventana, aunque lo único que alcanza a ver el que se marcha es una carita, como de una Lassie en miniatura, con las orejas tiesas… una monada.

Camino calle abajo y tengo la sensación de que la gente me está mirando por las ventanas, como Shelby; pero todas las ventanas están a oscuras. En cualquier caso, si alguien mirara me vería, y es después del toque de queda. Debería atajar por los jardines, pero están demasiado oscuros, y los perros de las casas ladrarían, los vecinos se pensarían que estoy robando y avisarían a la policía… y sobre todo es que no me apetece.

La comisaría está a unos tres kilómetros, pasado el instituto. Al cabo de un rato, dejo de tener la sensación de que la gente me está mirando. Todo el mundo está en la cama y yo estoy aquí, en la calle. Soy el único que se está moviendo. Me los imagino, bien arropados en la cama. Sin enterarse de nada.

Lo contrario a mí. Eh, vosotros, los durmientes, aquí estoy, en la calle. Y no tenéis ni idea de que estoy aquí. Mientras vosotros dormís, yo podría hacer cualquier cosa.

¡Cómo mola! Es genial. Como si yo fuera un asesino o algo así. Un asesino a sueldo. Ese soy yo. Moviéndome por las calles oscuras. Soy un lobo y vosotros no sois más que conejos o algún otro bicho.

¡Me siento genial! No tengo frío porque voy andando y me siento genial. Para cuando llego a la comisaría, me siento mejor que nunca. Mejor que después de robar algo, que hasta ahora había sido lo más de lo más. Pero esto es todavía mejor. El asesino a sueldo avanzando en la oscuridad. La oscuridad es mi amiga. Vigilo un rato la comisaría, pero no hay movimiento alguno. Sacudo el spray de pintura y el cojinete que hay dentro hace bastante ruido, y durante unos instantes el corazón me late con fuerza, pero enseguida ya vuelvo a sentirme bien.

Soy un soldado. Mejor que eso: soy de las Fuerzas Especiales. ¡Soy el terror de las calles!

Me tomo un minuto para mirar la pared antes de empezar a escribir en un extremo con el spray, las palabras bien grandes, lo suficientemente grandes para que se vean desde el autobús: «para dar parte de un delito, llame al 425-1234».

Las bosquejo deprisa y luego las voy rellenando con cuidado. Y después esbozo mi firma: «Témpano». Pinto las letras bien angulosas y puntiagudas. Es una putada que solo tenga pintura negra: deberían haber sido azules y blancas con el borde negro. Con cuidado empiezo a pintar la «T» más oscura. A Toph y a Len les va a dar algo. Me parece tan divertido que hasta estoy sonriendo. Aquí estará cuando ellos pasen en el autobús. ¡Joder, en la mismísima comisaría! El 425-1234 es el número de verdad de la policía. Al principio iba a poner «protegido por la patrulla de vigilancia vecinal», pero me pareció que esto era más gracioso.

Y entonces el coche patrulla llega sigilosamente, enciende los reflectores y el mundo entero se vuelve de color blanco.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

No tenía ni idea de que en las comisarías hubiera salas de espera, pero cuando voy a recoger a Robert, ahí es donde acabo. Es una sala, con asientos a lo largo de las paredes, luces fluorescentes y una ventanilla a prueba de balas. La ventanilla tiene un círculo metálico, como las taquillas de cine. Le digo a la joven que soy la madre de Robert y que me han llamado para que viniera a recoger a mi hijo, y ella coge un teléfono para informar a alguien de que estoy aquí.

Sale un policía acompañado por Robert, que parece estar bien asustado. El policía, que tiene el pelo castaño claro, un bigote estilo Dalí y aspecto bastante juvenil, se presenta diciendo que se llama Bruce Yoder. Yoder es un apellido amish, aunque está claro que Bruce Yoder no lo es. Seguro que sus padres son menonitas, que son menos estrictos que los amish. Es lo que haces cuando eres amish y no has ido al instituto pero quieres tener coche: te haces menonita. Y ahora su hijo es poli: el mismo camino hacia la asimilación de mis antepasados irlandeses. Pero ¿por qué estoy pensando en esto mientras mi hijo, que casi es tan alto como el policía, está ahí de pie, sombrío y asustado, con las manos hundidas en el bolsillo delantero de la sudadera?

Salimos y rodeamos el edificio para que pueda contemplar la obra de Robert.

La comisaría es de ladrillos de color arenisca clara y las letras negras, tan altas como yo, destacan incluso bajo la tenue luz. No sé qué decir.

—¿Qué es eso de «Témpano»? —pregunto finalmente—. Robert… —digo ante la ausencia de respuesta.

—Es un apodo —me explica.

—Ustedes son la familia de la niñita, la clon… —dice el policía.

—Sí, Cara.

Cuando la gente la llama «la clon», siempre siento el impulso de decir su nombre. El policía parece un tanto azorado.

Volvemos a entrar y hablo con él. Robert ha sido fichado y tendrá que presentarse ante un funcionario de un juzgado de familia. Repito varias veces que lo siento. Un funcionario de un juzgado de familia, justo lo que necesitamos. Es justo lo que todo el mundo necesita: alguien que le explique las reglas. Cuando sonó el teléfono, pensé que sería del hospital, que a Cara le había pasado algo, y luego me invadió una irrefrenable cólera fría. «¿Cómo puedes hacerme esto?», pensé. Pero está claro que esto no tiene nada que ver conmigo.

Llega Allan. Lo llamé antes de salir de casa y, en cuanto comprendió que no se trataba de Cara, en cuanto comprendió lo que estaba pasando, dijo: «Tendrá que venirse a vivir conmigo. Teniendo a Cara, esto es demasiado para ti».

Me alegro mucho de ver a Allan. Ha habido momentos en los que lo he amado, otros en los que lo he odiado, pero ahora mismo él es de mi familia. A pesar de todos sus defectos y de todos los míos, cuando lo veo entrar con una vieja sudadera de la Universidad de Michigan, el cabello alborotado, lo que me permite apreciar cómo le ralea y vislumbrar sus pobres y vulnerables sienes, solo siento alivio, y los ojos se me inundan de lágrimas. Un llanto que me pilla por sorpresa.

Allan habla con el policía, con el poli ex amish, mientras yo gimoteo con la cara hundida en un pañuelo de papel viejo y arrugado que he encontrado en el bolsillo de la chaqueta.

Salimos de la comisaría.

—Creo que esta noche debería llevármelo a mi casa —dice Allan—. Te seguiremos hasta la tuya, para que coja algunas cosas. Mañana me pasaré y empezaré a organizarlo todo para que vaya al instituto en Marshall.

—¿Qué? —interviene Robert.

—Te vas a venir a vivir conmigo.

—¿Durante cuánto tiempo? —pregunta Robert con la voz entrecortada.

—Para siempre, supongo —responde Allan.

—¿Está Joyce…? —«¿Está Joyce en tu casa», casi llego a preguntar, pero no lo consigo.

—Joyce se ha marchado temprano, mañana tiene que ir a trabajar —responde Allan, y mira hacia el otro extremo del aparcamiento, con la boca fruncida.

Esto es un problema para él, toda una contrariedad. Empiezo a alargar la mano mientras repito que lo siento, y los ojos se me inundan de lágrimas, de nuevo.

—¿Y qué pasa con el instituto? —pregunta Robert—. Mañana tengo que ir. ¡El martes tengo un examen de Álgebra!

—Ese es el menor de tus problemas —dice Allan sin alterarse.

—¡¿Y mis amigos?! ¡No me puedes hacer esto!

Veo que a él también le brillan los ojos. La familia que llora unida…

—Sí que puedo, y lo voy a hacer. Y ahora que ya nos lo has hecho pasar suficientemente mal a tu madre y a mí, sube al coche.

—¡No! ¡No me puedes obligar!

Allan alarga la mano para cogerle del brazo y Robert se escabulle, de un salto, alto y desgarbado, y luego, como en un arrebato, se da media vuelta y echa a correr.

Abro la boca, tomando aire para gritar su nombre, y él corre, las piernas largas como las de su padre, lleno de salud y desesperación, corre en vano. Es imposible escapar, de aquello de lo que huye, pero justo antes de gritar su nombre, me alegro, me alegro de verlo correr, a mi hijo, que creo que conseguirá sobrevivir.

—¡Robert! —grito justo a la vez que su padre, pero Robert avanza calle abajo, con la cabeza bien levantada y moviendo vigorosamente los brazos. No llegará lejos.

—¡Robert! —vuelve a gritar su padre.

Me alegro, sí, cómo me alegro… «Corre —pienso con alborozo—, corre, cabroncete, ¡corre!».

2003 Maureen McHugh

Traducido del inglés por Marcheto



El texto original (y por lo tanto también esta traducción) está publicado bajo licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0.

Sobre La hija de Frankenstein, por Ted Chiang

La primera vez que leí La hija de Frankenstein fue durante un taller literario, y me encontré defendiendo una opinión minoritaria. No en cuanto a si el relato gustaba o no, sino en cuanto a si era ciencia ficción o no. Muchos de los participantes en el taller eran de la opinión de que en realidad no era ciencia ficción, que el elemento de la clonación se podía eliminar sin cambiar la historia de manera significativa, que sin grandes problemas podría convertirse en una historia de fuera del género sobre lo que es la vida con una hija deficiente mental.

Ahora que el relato se ha publicado tanto en internet como en papel, me he percatado de que algunos críticos han expresado opiniones similares, afirmando que el ingrediente característico de la ciencia ficción incluido en la misma está infrautilizado. Por supuesto que esta ha sido mi misma reacción cuando he leído muchísimas otras historias, incluso algunas con un marco mucho más futurista que La hija de Frankenstein. No obstante, me gustaría apuntar que, si se analiza con cuidado, resulta que esta historia no se podría contar sin su componente de ciencia ficción. El motivo se puede resumir en una sola palabra: culpabilidad.

La palabra «culpabilidad» no llega a aparecer en ningún momento del relato, pero impregna la vida de sus personajes. Si las deficiencias físicas y mentales de Cara, la niña de seis años, fueran consecuencia del azar, nadie culparía a su madre; es posible que ella sí lo hiciera, pero sería la única. Sin embargo, los problemas de Cara son el resultado directo de la decisión de su madre de recurrir a la clonación, y todo el mundo lo sabe. Tanto si lo dicen en voz alta como si no, tanto si tienen razón como si equivocan, los demás la culpan.

Cuando más claro se ve esto es en la escena en la que la madre de Cara la lleva a urgencias por un ataque de asma. «El doctor quiere castigarme», piensa. «Me imagino lo que le gustaría preguntarme: “¿Por qué coño hizo esto? ¿Cómo lo justifica?”». Estas no son preguntas que se les haga nunca a las madres de los niños discapacitados corrientes; esta no es una escena que aparecería en una historia de fuera del género. Y, aunque en ninguna otra parte del relato resulten tan visibles estas acusaciones, está claro que son algo a lo que la madre de Cara ha tenido que enfrentarse desde el nacimiento de esta.

Y que quede bien claro; la madre de Cara sí que tomó una decisión equivocada. En parte porque eligió utilizar la clonación cuando la tecnología todavía no estaba perfeccionada, pero también porque estaba intentando recrear a Kelsey, su hija muerta, y la clonación no recrea a los muertos. Incluso si Cara hubiera nacido sana, no hubiera sido Kelsey. Al considerar al nuevo bebé un duplicado de otra persona en lugar de un individuo de pleno derecho, cometió un error terrible.

Tal vez no sea justo culparla por ello. «¿Cómo le explico, les explico, que cuando Cara fue concebida yo no estaba en mis cabales? No hay nada que te prepare para la muerte de un hijo. Nada que te enseñe cómo vivir con ello», piensa en respuesta a la censura del médico. Y tiene razón. No hay manera de saber cómo se reaccionaría ante la muerte de un hijo, y es posible que no sea razonable responsabilizar de sus decisiones a una persona que está atravesando una situación tan estresante. Sin embargo, esto no quiere decir que todas las decisiones sean correctas. La madre de Cara tomó una decisión equivocada y lo sabe.

Y el que sea consciente de su propia responsabilidad es lo que hace que el final de la historia se nos quede tan grabado. Los padres de Cara acaban de ir a buscar a su hijo Robert a la comisaría tras ser arrestado acusado de vandalismo, y este intenta evitar el castigo de sus padres echando a correr calle abajo. Robert no está simplemente tratando de escapar de su mala suerte, de una mala mano de cartas que le ha tocado: está intentando escapar de la responsabilidad de sus insensatas acciones. Y aunque esa fuga sea imposible, se trata de un impulso con el que su madre se puede identificar.

A mí, La hija de Frankenstein me dice más sobre las auténticas consecuencias de la clonación que cualquier historia llena de ejércitos de trabajadores idénticos gestados en tanques. Puede que exponga sus argumentos sin bombo ni platillo, pero lo que nos cuenta es algo que una historia de fuera del género no podría contar, y eso es lo que distingue a la auténtica ciencia ficción.

Copyright © 2005 Ted Chiang

Traducido del inglés por Marcheto


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