Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos






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2. Hetzel escribiría al abate de Manas, exponiéndole esta idea: «... que un escritor aceptara hacer del manuscrito un libro publicable y que lo haría publicar bajo su responsabilidad exclusiva y con su único nombre, sin que el del primitivo autor de la obra pudiese aparecer nunca ligado a ella de ningún modo. Ese escritor pudiera ser Jules Verne, a quien Jules Hetzel pensaba ofrecer ese trabajo con preferencia a cualquier otro.» (N. de J. J. Benítez.)

La respuesta de Grousset no se hizo esperar: otorgaba al citado abate los poderes necesarios para «ceder al señor Hetzel la propiedad de mi novelita La herencia de Langevol, al precio de mil quinientos francos».

Después de un cierto «pulso» con su editor, Verne, en efecto, claudica y acepta rehacer la obra. Y le escribe a Hetzel en los siguientes términos: «La novela, si es que es una novela, está sin hacer. La acción, la lucha y, consecuentemente, el interés brillan por su ausencia. Nunca he visto nada tan descosido, y en el momento en que podría nacer el interés, se desvanece. No hay que engañarse, el interés estriba en la anunciada lucha entre el cañón y el torpedo; ahora bien, ¡el primero no dispara y el segundo no estalla! Absolutamente fallido. Tampoco veo que exista el deseado contraste entre la ciudad de acero y la del civilizado bienestar, que no se nos describe en absoluto. El doctor Sarazin no es más que un yanqui. Un francés, opuesto a este alemán, debe operar más en artista... No he visto nunca tal ignorancia de las más simples nociones del novelista... ¡Habría que rehacerlo todo! Hay quizá un tema ahí, o al menos un tema que yo sería capaz de desarrollar.» (N. de J. J. Benítez.
El resultado final de mi trabajo, «Los quinientos millones de la Begún,» nada o poco tiene que ver con aquella bagatela inicial de Grousset. Pero, ya se sabe, esos críticos que se pasean por los salones de moda con la vanidad tan engominada como su cabellera, pisaverdes que osan comparar a Goethe con Schiller, prefieren publicar basura a investigar la verdad... Todo el mundo lo sabe: la basura atrae a las masas, y eso "vende". Savage ha tenido certeras palabras para esos críticos y periodistas de tres al cuarto, deshonra de una profesión tan noble, a la que debo lo que soy: "Los que fracasaron como pintores se convierten en barnizadores de cuadros; los que fracasaron como escritores se hacen críticos."
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También me han bautizado como "iluminado" y "profeta de la ciencia".

¡Viejo oso!, ¿qué más te llamarán?

¿Un iluminado? ¿Es que no comprenden que no he inventado nada? Me tocó nacer en un momento crucial de la historia. He sido testigo de excepción del gran "salto" del hombre: de la herrumbre de los carros a la magia de la electricidad. En mis novelas hay documentación, una exhaustiva labor de análisis y estudio de los descubrimientos y hallazgos técnico-científicos y, si lo deseáis, altas dosis de imaginación y de sentido común. Los lectores, muchos periodistas, incluso mi familia, se empeñan en hacer de Julio Verne un "dios" que profetiza.1 Nada más erróneo. La vuel ta al mundo en ochenta días, el Nautilus de Nemo, la conquista de la Luna..., todo estaba dicho previamente. Esas maravillas de la ciencia y del progreso humanos han sido discutidas largamente por los círculos especializados, mucho antes que Verne las novelara. Sencillamente, se trata de un problema hasta cierto punto lógico: la mayor parte de esas informaciones científicas no trasciende al gran público. Muchas terminan por perderse en el silencio del tiempo. Yo, atento a esas teorías y hallazgos, supe aprovecharlos, ofreciéndolos a la sociedad a través de mis libros. ¿Qué otra cosa es la "novela de la ciencia"? Lo he repetido miles de veces. Mi gran sueño, mi gran proyecto, fue hacer de "puente" entre el hombre y la técnica. El submarino hacía tiempo que flotaba en las mentes y en las mesas de trabajo de los ingenieros. Quizá mi único mérito ha sido "ver un poco más allá" y creer en lo que muy pocos creían respecto al futuro de esa formidable máquina de navegación. Hasta tal punto es cierto lo que digo que, en 1867, dos años antes de la aparición de Veinte mil leguas de viaje submarino, otro escritor con menos fortuna que yo, Aristide Roger, publicaba una novela que me dejó atónito: Viaje bajo las olas. Yo me encontraba en plena preparación de mi Nautilus y, al leer las aventuras de aquel otro submarino, el Relámpago, gobernado por el capitán Trinitus, me eché a temblar.1 Por fortuna, Nemo pudo con Trinitus...
1. En sendas entrevistas a Julio Verne, publicadas por The Strand Magazine (1895) y por The Pittsburgh Gazette (1902), el supuesto «profeta de la ciencia» declaraba a este respecto: «... "Jamás me las he dado de sabio, pero me siento feliz de haber venido al mundo en un momento de descubrimientos asombrosos y maravillosos inventos..." "Usted sin duda sabrá —interrumpió la señora Verne con orgullo— que muchas de las cosas que 'anticipó' mi marido, supuestamente imposibles, se han vuelto realidad..." "¡Calla, calla! —protestó Verne—. Es una simple coincidencia, y sin duda se debe al hecho de que cuando inventaba algo que era una 'anticipación' científica, me esforzaba por hacerlo lo más sencillo posible. En cuanto a la exactitud de mis descripciones, esto se debe a que mucho antes de escribir la novela yo había recolectado numerosos datos de libros, periódicos, revistas científicas de todo tipo. Esas notas, clasificadas por materias, me brindaban un arsenal de incalculable valor para mí..."»

En The Pittsburgh, afirmaba: «... Los libros en los que he insertado profecías sobre los descubrimientos más recientes de la ciencia no han sido, en realidad, más que medios tendentes a un fin. Le sorprenderá quizá saber que no me enorgullece particularmente haber escrito sobre el automóvil, el submarino, el dirigible, antes de que entraran en el dominio de las realidades científicas. Cuando he hablado de ellos en mis libros como de cosas reales, ya estaban inventadas a medias. Yo me limité simplemente a realizar una ficción de lo que debía convertirse después en un hecho, y mi objetivo al proceder así no era el de profetizar, sino el de extender el conocimiento de la geografía entre la juventud, revistiéndola de la manera más atractiva posible. Cada hecho geográfico y científico contenido en cualquiera de mis libros ha sido examinado con mucho cuidado y es escrupulosamente exacto.»

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Un segundo ejemplo: “De la Tierra a la Luna».

Cuando esa novela fue escrita, allá por el año 1865, no fui yo el "iluminado", el genial, el sublime pionero de una idea semejante. ¿Visitar la Luna? ¡Por Dios, Luciano, Sorel, Cyrano de Bergerac y hasta Poe habían hablado y escrito sobre ello! Mi único posible mérito fue saltar de la poesía y el encendido romanticismo de esos autores al cientificismo.2 Incluso en eso, gran parte del éxito no se debe a mí, sino a los esforzados y magníficos colaboradores que me asesoraron.
1. La aparición de este libro, en Le Petit Journal, desagradó profundamente a Verne, que esperaba ser el primero y causar un gran impacto con su Nautilus. Y curándose en salud, escribió una carta al director del referido periódico (28 de octubre de 1867) en la que le anunciaba y advertía que, desde hacía un año, venía trabajando en un tema similar, cuyo título provisional era Viaje bajo las aguas. No contento con ello, detallaba en su misiva que dicho libro había sido anunciado públicamente el 5 de setiembre de 1867 a través del Magasin d'Éducation et Recreation. Si esta obra no había visto aún la luz pública, informaba Verne, se debía únicamente al hecho de haber tenido que ocuparse de otro trabajo: la Geografía ilustrada de Francia. Julio Verne concluye su carta suplicando la inserción de la misma, «para evitar toda reclamación acerca de la analogía del tema de ambas obras». (N. de J. J. Benítez).

2. A pesar de la obstinada y poco frecuente modestia de Julio Verne en este sentido, la verdad es que el viaje a la Luna encierra altas dosis de «visión de futuro», por no utilizar una expresión más directa. «No puede tratarse de simples coincidencias», afirmó el astronauta Frank Borman, cuya nave espacial, como se recordará, se elevó desde el mismo punto en que Verne hace disparar su cañón. Borman fue a caer, igualmente, en el océano Pacífico, a tan sólo cuatro kilómetros del lugar marcado por Julio Verne. El genial escritor tuvo la audacia de transformar el viaje a la Luna en una posibilidad científica. Algo impensable en aquellos tiempos. E inimaginable también en la segunda mitad del siglo XIX la instalación en las montañas Rocosas de un «supertelescopio» de 4,8768 metros, tal y como escribe Verne. Mucho tiempo después, el observatorio astronómico de monte Palomar, en esas mismas montañas y con un telescopio de cinco metros de diámetro llegaría a ser una realidad. En cuanto al célebre Nautilus del capitán Nemo, tampoco comparto la inmodestia de mi admirado Verne. Ciertamente, el submarino era conocido cuando escribió su novela. Pero ¿se puede decir lo mismo de la genial intuición de lo que seria la navegación subpolar? Tendrían que pasar ochenta y ocho años (agosto de 1958) para que el hombre hiciera realidad lo apuntado por Verne... Y aunque este apresurado y superficial trabajo sobre la vida de Verne no se propone, ni mucho menos, entrar a analizar en profundidad sus sesenta y cuatro novelas, me resisto a dejar pasar la oportunidad de recordar algunas de las más espectaculares «anticipaciones» de Verne: el culto a la electricidad, que Verne denominaba «el alma del universo»; la fisiología y psicobiología en los viajes espaciales; el envío anticipado de animales al espacio (un gato y una ardilla); la bomba atómica, intuida en su novela Frente a la bandera (1896); en La caza del meteoro (1900), Verne, adelantándose a Einstein, escribe: «...por mucho que se descomponga [se refiere a la materia] en moléculas, átomos y partículas, siempre quedará una última fracción por la que se replanteará íntegramente el problema y su eterno recomienzo, hasta el momento en que se admita un principio primero que no será ya materia. Este primer principio inmaterial es la energía.» ¿Y qué decir de las «premoniciones» del nazismo; del auge de Estados Unidos y la decadencia de Europa; de la televisión y de las computadoras? (N. de J. J. Benítez.)

Mi primo Henri Garcet, Bertrand, Nadar y Paul fueron los que calcularon y trazaron las curvas, trayectorias, parábolas, fuerzas, etc., del obús lanzado por el cañón del Gun-Club. Y así fue siempre. Tanto en las novelas geográficas como en las expediciones a África, al Polo o a la Rusia de Miguel Strogoff, una lista interminable de científicos-exploradores-matemáticos-físicos amigos se ocupó de materializar y convertir a números mis sugerencias. Hasta el difunto Hetzel tuvo que colaborar, buscando los horarios de los trenes que cruzan las Rusias...

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Siempre lo dije. Una de las posibles claves del éxito de mis libros se asienta en la verosimilitud de cuanto escribo. Todo ha sido escrupulosamente verificado de la mano de la ciencia. Ello explica la confianza y, en ocasiones, la extrema e ingenua credulidad de los lectores, que no atinan a distinguir la realidad de la ficción. Y dime, viejo tramposo, ¿puede darse algo más hermoso y romántico?

La gente sueña despierta, olvidando, aunque sólo sea momentánea y temporalmente, sus más inmediatas y prosaicas realidades. ¡Viva Verne, sí, señor! En 1865, a raíz de la publicación en el Journal des Débats de mi novela De la Tierra a la Luna, sucedió algo prodigioso y tierno. Conforme iban apareciendo los capítulos del libro, los ciudadanos fueron volcándose en la acción y en la trama, compartiendo las venturas y desventuras del héroe: Ardan. ¡Cientos de lectores escribieron al periódico solicitando una plaza en el obús que debía viajar a la Luna! ¿Hay algo más sublime? ¡Y para qué vamos a hablar de La vuelta al mundo en ochenta días! ¿Julio Verne un "iluminado"? ¿Cómo pudo prever este loco semejante audacia? Los lectores me preguntan y se hacen cruces, perplejos ante mi "profecía". La verdad, como casi siempre, es mucho más elemental y terrestre. La idea surgió merced a mi pasión por los periódicos. Un buen día leí una noticia que me entusiasmó: ya era posible dar la vuelta al mundo en menos de tres meses.1 El artículo incluso me proporcionó el itinerario... Fueron suficientes algunos ligeros "retoques" y del anuncio turístico de la agencia Cook brotó una novela.

¿Yo un "iluminado"? No... Yo, Julio Verne, sólo soy un incomprendido, un árbol muerto, un viejo oso acosado por la diabetes, amenazado de ceguera, cojo y definitivamente solo. El 27 de agosto del pasado año, mi querido hermano Paul también me dejaba... Jamás imaginé que le sobreviviría. ¡Ah, Paul, cómo te añoro! Tú fuiste mi consejero, mi guía y mi confidente. ¿En quién descansaré ahora? Tu muerte anuncia la mía. 1897 suma "7"... ¿Serán ésos los años que

1. El «vernólogo» René Escaich fue el «descubridor» del anuncio, publicado en 1870 en Le Magasin Pittoresque, que «iluminó» a Verne. Decía textualmente: «Gracias a la horadación del istmo de Suez, es posible ahora, partiendo de París, dar la vuelta al mundo en menos de tres meses. El servicio para este viaje circular no ha de tardar en ser organizado. He aquí el itinerario, cuya duración podría ser incluso más breve: De París a Port-Said, cabecera del canal de Suez, por ferrocarril y barco de vapor: 6 días; de Port Said a Bombay, por barco de vapor: 14 días; de Bombay a Calcuta, por tren: 3 días; de Calcuta a Hong Kong, por barco de vapor: 12 días; de Hong Kong a Yedo, por barco de vapor: 6 días; de Yedo a las islas Sandwich, por barco de vapor: 14 días; de las islas Sandwich a San Francisco, por barco de vapor: 7 días; de San Francisco a Nueva York, por el ferrocarril del Pacífico, ya acabado: 7 días; de Nueva York a París: 11 días. Total: 80 días.» (N. de J. J. Benítez.)


me restan para emprender contigo y con Anne la última y azul singladura de los cielos? ¿Será 1905 el año de mi desaparición? Estoy listo. Mi equipaje cabe en mi corazón. Fui un hombre que amó... tardíamente. Quizá eso me salve...

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Pero partiré de este mundo con una íntima tristeza. Sólo tú, Paul, y Anne lo sabíais. Ahora no hay tiempo para rectificar... Salgo de la vida con decenas de novelas, sí... Muchas de ellas —dicen— admirables... Pero en la obra de Verne falta "alguien" y "algo"... Dos palabras son suficientes para resumir el lamentable "vacío" de estos treinta y cinco años de trabajo:
JESÚS DE NAZARET Y AMOR.
A pesar de mi admiración por Él, no he sido valiente. Mi secreto sueño —escribir sobre el Hijo del Hombre— queda pendiente...

En cuanto al AMOR, sí, con mayúsculas, mi obra queda igualmente vacía.

Y a la sombra de ambas frustraciones, otros pequeños-grandes sueños incumplidos me escoltarán hasta la tumba, la que Roze tiene preparada para mí:

REESCRIBIR LA HISTORIA... ¿Y por qué no?

ESTUDIAR ESAS MISTERIOSAS "LUCES" QUE, DICEN LOS PERIÓDICOS NORTEAMERICANOS, HAN EMPEZADO A SURCAR LOS CIELOS DESDE 1897.

ABRIR LA CONCIENCIA DE LA HUMANIDAD CON LA ESPADA MÁGICA DEL ESOTERISMO, YA APUNTADO SUBTERRÁNEAMENTE EN MIS LIBROS...

Pero muero optimista. De igual forma que yo, Julio Verne, continué la truncada labor de Alian Poe, otro hombre, más audaz y resuelto que yo en el dominio de las cosas aparentemente imposibles, nacerá un día, no muy lejano, y llevará a buen fin lo que este viejo oso, culo de plomo, ha dejado inconcluso...

Y ese hombre seré yo, Julio Verne, de acuerdo con lo que me ha sido revelado. He aquí la revelación, que nace de mi propio epitafio:

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VERS L'IMMORTALITÉ ET L'ETERNELLE JEUNESSE
(HACIA LA INMORTALIDAD Y LA ETERNA JUVENTUD)
Mandé construir mi tumba, bajo el espíritu de este epitafio.

En su eslabón está el camino que conduce a la inmortalidad, a través del secreto de la eterna juventud.

Mi nombre envuelve el camino.

Por él fui y, por él, he de volver.

El número de los días que excederán a los millares de los días de mi vida, será el de las centenas de los días de mi muerte.

El número de los días que excederán al de las centenas de los días de mi muerte, será el de los millares de los días de mi vida.

El número de los días de mi vida y el número de los días de mi muerte tendrán, como veréis, el mismo número secreto.
Por mis obras me conocéis, y

por mis obras me reconoceréis.»



A partir de 1900. Julio Verne se resiente de la visión. Amenazado de cataratas, se resiste a ser operado. En 1902 sólo ve ya por el ojo izquierdo. El 26 de julio de 1904 escribe: «... No marcho apenas; estómago deshecho, piernas enfermas, reumatismo por todas partes. Y a mi edad, uno no se recupera.» El 16 de marzo de 1905 sufre una nueva crisis de diabetes. Verne recibe los últimos sacramentos. Paralizado primero de la parte derecha y después de la izquierda, entra en coma el 24 de marzo de 1905. Antes de perder el conocimiento exclama: «Sed buenos.» Los biógrafos no terminan de ponerse de acuerdo sobre el momento exacto de su muerte. Para algunos, Verne falleció a las ocho de la mañana del día siguiente, 25, sábado. Para otros, el 24. Por su parte, el oficio del registro civil hace alusión a las catorce y cuarenta y cinco del 24 de marzo. En la tumba de La Madeleine, en Amiens, aparece como fallecido el 24 de marzo, viernes. A sus funerales asistieron más de cinco mil personas. Le fueron rendidos honores militares. Numerosos embajadores y delegaciones de todo el mundo tomaron parte en las exequias. Al parecer fue enterrado con los brazos a lo largo del cuerpo y no sobre el plexo solar, puesto que, según decía Verne, esta postura «obstaculizaba la salida del astral». En 1907, dos años después de su muerte, Albert Roze levantaría en la tumba el monumento funerario que puede contemplarse en la actualidad.




En Larrabasterra, a 2 de octubre de 1988, siendo las 13 horas y 45 minutos.

Apéndices

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Inscripción oficial en el registro del fallecimiento de Julio Verne. La traducción dice así: «En el año mil novecientos cinco, el veinticinco de marzo, a las tres de la tarde ?ante Auguste Petit, adjunto y delegado del alcalde de la ciudad de Amiens, en funciones de funcionario del estado civil, comparece Michel Verne, de cuarenta y tres años, ingeniero, con domicilio en la calle de Litoral ocho, hijo del fallecido, y Georges Lefebvre, de cincuenta y seis años, representante de comercio, con domicilio en Amiens, calle Charles Dubois dieciséis, yerno del difunto, que declaran que la víspera, a las dos horas cuarenta y cinco minutos de la tarde, falleció en su domicilio de Amiens, de la calle Longueville cuarenta y cuatro (que hemos verificado), JULES GABRIEL VERNE, a la edad de setenta y siete años, nacido en Nantes (Loire Inferior) el ocho de febrero de 1828, hombre de letras, oficial de la Legión de Honor, funcionario de instrucción pública, antiguo consejero municipal de la ciudad de Amiens, casado con HONORINE ANNE HÉBIÉ DEVIANE, de setenta y cinco años, sin profesión, con el mismo domicilio, hijo legítimo de los difuntos Pierre Verne y Sophie Henriette Allotte. Después de proceder a la lectura del documento, los comparecientes y nosotros firmamos.» En opinión de Karmen Goizueta, prestigiosa astróloga, Julio Verne falleció a las tres de la tarde y siete minutos (hora local de Amiens) del mencionado 25 de marzo de 1905.

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ALGUNAS DE LAS MUCHAS COSAS

QUE SE HAN DICHO SOBRE JULIO VERNE


Yo he leído sus obras, ya en edad madura, y me han entusiasmado. Julio Verne es un maestro sorprendente (Tolstói).
Tengo muchos de tus libros para jóvenes, pero no tengo todos los de Julio Verne, que adoro, y me gustaría me los enviases para mis pequeños y para mí (George Sand, en carta a Hetzel).
Pídame mi vida, pero no me pida que le preste un Julio Verne. Tengo tal fanatismo por sus obras, que confina en los celos. Si vuelve a leerlas, le suplico que no me hable de ello, incluso que no pronuncie su nombre ante mí, pues me parece un sacrilegio pronunciar este nombre si no es de rodillas. Es él, y con mucho, el más grande genio literario de todos los siglos; él permanecerá, cuando todos los demás autores de nuestra época estén olvidados... Por lo demás, es tan monstruoso hacer leer a Verne a los niños como obligarlos a aprenderse las fábulas de La Fontaine, tan profundas que muy pocos adultos son capaces de apreciarlas... (Raymond Roussel).
Julio Verne es mi padre, cuyos personajes abandonan la espada y toman el revólver (Dumas hijo).
Verne, con Lautréamont, es el más grande magnetizador de los tiempos modernos (André Bretón).
¡Qué estilo el de Julio Verne! ¡Sólo sustantivos! (Apollinaire).
Verne, uno de los autores más leídos, es el peor leído (M. Salabert).
Viaje alrededor del mundo, ese espectáculo maravilloso, ese drama, es un atlas viviente en geografía, que junta los nombres de Dennery y de Julio Verne (S. Mallarmé).
Verne era un clásico (Gorki).
Yo no recuerdo que Turguéniev se haya entusiasmado por nadie tanto como por Verne (Tolstói).
Tenía la expresión atenta y seria de un chico leyendo un libro de Julio Verne (Marcel Proust).
Julio Verne fue uno de los cretinos más fundamentales de nuestra época (Salvador Dalí).
Julio Verne sólo quería ser para nosotros un hermano mayor (Maurice Barrès).
Por más que se lean los «Viajes extraordinarios», ayudándose de una potte lupa, la obra de Julio Verne es tan densa que ocurre que se dejan pasar por alto cosas esenciales (Marcel Moré).
Verne es, tal vez, el mejor cuando describe cavernas (Simone Vierne).
Desde hace veinte años, los pueblos que avanzan lo hacen gracias a Julio Verne (mariscal Lyautey).
Fue Julio Verne quien me inculcó el gusto por la ciencia. Son sus prodigiosas «anticipaciones» las que me inculcaron el sentido de la invención (George Claude).
La obra de Verne comprende sesenta y cuatro «viajes extraordinarios», en uno o dos tomos; dieciocho novelas, cuatro obras de divulgación geográfica, varias adaptaciones teatrales e innumerables piezas, libretos de opereta o de óperas cómicas; es decir, una amplia nebulosa de obras, muchas de las cuales brillan con un vivo destello y son conocidas en todo el mundo, pero de las que la mayor parte son mal conocidas e incluso completamente ignoradas (Marc Soriano).
Dele a leer a un inglés la mitad de Veinte mil leguas de viaje submarino en su idioma y la otra mitad en francés, y se las arreglará para comprenderla (R. Kipling).
De no haber sido por Verne, jamás habría ido al polo (almirante Byrd).
Creo que sin Julio Verne jamás me hubiera sentido atraído hacia el estudio de los procedimientos y la organización de las telecomunicaciones (Édouard Belin).
Soy el sucesor del profesor Liddenbrock (Norbert Casteret).
Julio Verne fue un iniciado y un iniciador (Michel Lamy).
Un profesor enérgico... siempre he rendido culto a su obra (Jean-Baptiste Charcot).
Verne ejerció una influencia considerable en mi amor por la geología (Obrutchev).
Julio Verne ha sido el autor francés que, junto con Rimbaud y Guillaume Apollinaire, me ha producido las mayores alegrías (Giorgio de Chirico).
¿Verne?: un genio científico. Leo sus obras constantemente (Mendeléiev).
Si soy un apasionado de la aviación es por haber leído, releído y meditado Cinco semanas en globo (Charles Richet).
Leyendo Veinte mil leguas de viaje submarino concebí, a los diez años, la idea y el propósito de construir un submarino (Simon Lake).
Toda mi infancia la pasé en mi dormitorio gracias a su libro sobre Verne y leyendo, a mis anchas, a través del sueño (Jean Cocteau, en carta a Allotte de la Fuye, autora del libro Jules Verne, su vida, su obra).
Ha sido Verne quien me ha decidido a la astronáutica (Gagarin).
Nada se sabe de la vida íntima, replegada y expresamente prohibida de Verne (La Varende).
Julio Verne gustaba de ser una X para el público (Margueritte Allotte de la Fuye).
Yo no he leído aún los «Viajes extraordinarios» del señor Verne. Nuestro amigo Aubineau me dice que son encantadores, salvo una ausencia que no estropea nada, sin duda, pero que desembellece todo y que deja las maravillas del mundo en estado de enigma. Es bello, pero inanimado. Falta alguien (Veuillot, en carta a Hetzel).
Julio Verne fue siempre católico, como buen bretón (Bernard Frank).
Mi marido jamás relee un solo capítulo de sus novelas. Cuando las pruebas están corregidas, cesa su interés por los héroes, aunque durante años viva la intriga y la trama con respecto a ellos para ser utilizada en la novela (Honorine de Viane, esposa de Verne, en declaraciones a la periodista Marie A. Belloc).
Hay que compadecer a los que no han conservado para Julio Verne la ternura de los doce años (Robert Basillach).
Gracias, Julio Verne, por describir esa belleza de Las Cañadas, de nuestro Teide, de su violeta..., por incorporarla a sus escritos y pensemos que, a pesar de ese relato, El eterno Adán, con evidentes signos de destrucción para la actual civilización, continúen así hasta un siempre jamás (Francisco Padrón Hernández).
¿Osaría yo proponeros una conclusión? ¿No serian los «Viajes extraordinarios» el fruto de una amalgama entre el ansia de un corazón que escribe para el teatro y la voluntad de un cerebro que colma la laguna de la literatura francesa en el ámbito de la geografía? Si esto es cierto, Verne, el misógamo —y no el misógino, como lo creía Moré—, habrá realizado uno de sus matrimonios: entre la razón, el teatro y la geografía; unión donde la posteridad podrá apreciar la gran fecundidad (profesor R. Pourvoyeur).
La lectura de La isla misteriosa me hirió como una zarpa de hierro (Jean Giono).
Julio Verne se interesaba por el esperanto, la lengua universal... En una de sus últimas obras, El eterno Adán, el escritor usa expresiones y frases de un idioma que se hablará, según decía, entre nuestros descendientes lejanos, que emergerán de la Atlántida (Mauchien).
Todo el mundo ha leído a Jules Verne y ha percibido esa fuerza prodigiosa con que nos hace soñar. Los mitos de Verne, expuestos en un idioma preciso, aún perduran en nosotros (Michel Butor).
Para Verne, la naturaleza se ha anticipado al hombre (Macheray).
Más que un novelista de la mecánica, Julio Verne fue el novelista del hombre, del hombre visto desde el ángulo frontal, el europeo (J. de la Varende).
Cuando era niño, los libros de Julio Verne me dejaron frío, excepto uno, Viaje al centro de la Tierra (Marcel Aymé).
¿Cuáles son los Julio Verne de nuestro tiempo? ¿Y esta cuestión tiene incluso un sentido? ¿Quién sabrá, con una visión magistral, evocar como él, el curso complejo de la política contemporánea en los cinco continentes, hacer balance de la explosión tecnológica que convulsiona tan profundamente hoy a los individuos y a las sociedades, concretar también las estructuras nuevas de la vida internacional, desplegamiento, mercado mundial y multinacionales, todo bajo una forma novelesca que pueda aún ayudarnos a ir al fondo de nosotros mismos para encontrar la medida de la angustia y la felicidad?... (Jean Chesneaux).
También puede reconocerse al romántico en Jules Verne, que fue poeta y vidente (Victor L. Tapie).
Cuando hablo a mis alumnos, en la universidad, del nuevo, subterráneo y mágico Verne, quedan hipnotizados (Isabel Gracia).
Sería interesante buscar en otras obras de Verne una dependencia, inmediata o mediata, a los problemas de los misterios de la vida espiritual. La creación de su imaginación, probablemente, condujo al narrador, la mayor parte de las veces, más allá de donde podía llegar (Marcel Brion).
Los «Viajes extraordinarios» dividen en dos la historia de la imaginación. Para mí, el mundo tiene seis continentes: Europa, África, Asia, América, Australia y Julio Verne (Claude Roy).
Sin él, nuestro siglo hubiera sido estúpido (René Barjavel).
La tumba de Verne, en Amiens, es la síntesis simbólica y esotérica de un gran iniciado. La rama de palmera es lo más apropiado; no en vano, en griego, se denomina «phoenix», el inmortal pájaro que renace de sus propias cenizas. Hay que saber morir para renacer, en palabras de H. Lawrence. Y la palmera es también el «etz-ha-jaím» o árbol de la vida de los cabalistas, así como la «tariqat» o asociación iniciática sufí. La estrella de seis puntas es la unión del fuego y el agua para la reconstrucción interior del «fuego celeste», que los cabalistas llaman «shamaim». En cuanto a la cruz inscrita en un círculo, alude a la «cuadratura del círculo»: el opus alquímico completo, acabado y realizado. La rama de olivo es la «paz del justo», una versión bíblica del laurel olímpico. La lápida pentagonal es pitagórica y nos recuerda la salud microcósmica. Los siete abetos es quizá el misterio más grande... (Mario Satz).
Me considero un poco como el hijo ilegítimo de Julio Verne. Estamos muy cerca uno del otro (Ray Bradbury).
Sólo un gran iniciado, un alquimista, un miembro de las sociedades secretas podía concebir una obra como la de Verne (doctor Manuel Larrazábal).
Estas escenas son para mí casi tan importantes como los mitos, o las imágenes de la poesía homérica (J. M. de Clezio).
Julio Verne ha escrito la Odisea o el Ulisses de Joyce en ochenta días u ochenta volúmenes. Cada viaje es un trozo del ciclo homérico, el despliegue de una hora en Dublín... Verne termina a Hornero, y Joyce lo reduce (Michel Serres).
La obra de Verne está ahí: persiste y gana en calidad a medida que transcurre el tiempo (Pierre Versins).
¡Ah, si Julio Verne hubiera conocido a Einstein...! (Manuel Audije, oficial de la Armada española).
Lautréamont y Verne toman sus descripciones de los naturalistas, de los geógrafos y de los sabios, inventando al mismo tiempo la práctica del collage y haciendo del saber colectivo el origen de la poesía moderna (Roger Bordery).
Jules Verne es un mundo (Georges Neveux).
Verne conoció el éxito desde el primer momento. Entre 1863 y 1904, las ediciones no ilustradas de sus primeras novelas alcanzaron las siguientes tiradas: La vuelta al mundo en ochenta días, 108 000 ejemplares; Cinco semanas en globo, 76 000; Veinte mil leguas de viaje submarino, 50 000; Viaje al centro de la Tierra, 48 000, y La isla misteriosa, 44 000 (Charles-Noël Martin).
... Una sucesión de evocaciones a través de las cuales permanece la imagen de Julio Verne, maestro de la imaginación, pero, sobre todo, héroe «surrealista» y solitario de la aventura interior [Nemo, Robur, Hatteras...] (David Rissin).
No hay, no ha habido nunca Julio Verne y compañía... Hay Julio simplemente (De Amicis).
El modelo del capitán Nemo no es ni Julio Verne, ni Hetzel, como se ha dicho. Sin duda, sus ideas reflejan en parte las del autor; no obstante, el origen del personaje se encuentra en el coronel Charras, que tomó parte en las revoluciones de 1830 y 1848. Éste se opuso al golpe de Estado de Napoleón III en 1851 y murió exiliado en Suiza en 1865; justamente, en el momento en que Verne empezaba Veinte mil leguas de viaje submarino (Daniel Compère).
Si ellos prefieren la nobleza y reivindican sus fabulosos principados a la usanza de Nerval y Villiers de la Isla Adán, al amar al pueblo, amarán al mejor, como Nodler o Julio Verne (Marcel Schneider).
Hacía falta mucha ignorancia e ingenuidad para calificar esta obra como de ciencia ficción. El autor estaba más bien en retraso sobre la historia, pero la crítica literaria no está obligada a conocer la historia de la ciencia (M. Serres).
La perfección de su letra hace suponer que Julio Verne, además, disfrutaba de facultades paranormales (Ignacio Mendieta, grafólogo).
Nietzsche vino a romper un camino trazado. Julio Verne abrió un camino no trazado aún (Karmen Goizueta).
El héroe del mito verniano es un titán de los tiempos modernos que no teme enfrentarse a los cielos encolerizados, dando a luz más máquinas, cada vez más vivas, cada vez más potentes (M. Moré).

ANÁLISIS GRAFOLÓGICOS DE VERNE


Según el especialista Pierre Louys, Julio Verne reunía las siguientes características: «Revolucionario subterráneo. Intrepidez: es decir, coraje que no tiembla. Resolución determinada, pero secreta, contra todo. Dirección invariable de la voluntad. Perseverancia en la acción. Tenacidad contra el obstáculo. Orgullo solitario y mudo. Vuelta de llave que cierra el pensamiento íntimo al fin de la firma.» (Arts Lettres, núm. 15.)

Por su parte, el profesor español Mauricio Xandró ha elaborado el siguiente informe, en base a la escritura de Verne:

(Julio Verne (1828-1905) es el escritor que llenó de sueños nuestra adolescencia y de asombro nuestra madurez al comprobar el atisbo profético de sus fantasías, casi premonitorias. La llegada del hombre a la Luna fue tan increíble, en las precisiones anticipadas, que llena de alegría y confirma la frase que él mismo pronunciara: "Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, serán capaces otros hombres de convertirlo en realidad.» (Carta a su padre.)

«Ofrezco en este trabajo varios grafismos de este admirable y admirado escritor, que proceden de fuentes diversas, algunas de mi propia colección, iniciada en 1946. Gracias a ello vamos a poder seguir su evolución humana y artística, como me gusta hacer cuando profundizo en algún personaje. Esta vez lo estoy haciendo por petición de un amigo.

«Poseemos siete escritos fechados y cuatro sin fechar que vamos a analizar, pero como lo hacemos habitualmente en una investigación histórica, decidimos que el escrito 10, del que suponemos de madurez (unos cincuenta años), va a servir para realizar un perfil psicológico, sujeto a comentarios posteriores.

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