Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos






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1. De acuerdo con los estudios realizados por Charles-Noël Martin, a pesar de la innegable explotación a que fue sometido por su editor, en cuarenta y dos años de vida literaria el escritor percibió unas ganancias totales muy próximas a los tres millones de francos (de 1988). Es decir, alrededor de sesenta millones de pesetas. Hetzel, por su parte, en el mismo período de tiempo, alcanzaría un beneficio de unos catorce millones de francos (también de 1988): aproximadamente, 280 millones de pesetas. Es comprensible, por tanto, que, a raíz de la muerte de su padre, Michel Verne ejerciera todo tipo de acciones legales contra el editor. (N. de J. J. Benítez.)
Una vez más, la providencia me salió al paso, mostrándome, con gran sutileza, cuál podía ser el camino. En los primeros días de 1888, con motivo de mi sexagésimo cumpleaños, mi buen amigo Godeffroy se presentó en mi casa con el más singular de los regalos: una lista electoral. El nombre de este oso vacilante aparecía en ella. Ciertamente, a título poco menos que de inventario, Robert y yo habíamos hablado y discutido sobre las inminentes elecciones municipales, bromeando, incluso con la remota posibilidad de que Verne se aventurara en semejante jungla... ¿Yo en la política?

Y como suele ocurrir con las grandes decisiones, una mañana de enero, mientras trabajaba en la "guarida", lo vi claro. ¿Por qué no? Si resultaba elegido, ésa podría ser la fórmula para que el abatido Verne se entregara eficaz y discretamente a sus semejantes. Anne lo hubiera aproba do. Reflexioné sobre los pros y los contras de semejante audacia. Yo, hombre de orden y "orleanista" de toda la vida, ¿en una lista republicana? ¿Y por qué no? La burla fue siempre otra de mis grandes debilidades. Mi ideal político, jamás practicado, es el anarquismo puro. Mas ¿dónde ejercitarlo? El vanidoso Verne, además, no podía fracasar. ¿Por quién apostar entonces? Por los vencedores, ¡cómo no! ¡Por los republicanos progresistas! Y con tanto temor como vergüenza, así se lo comuniqué en secreto a Godeffroy.1

El alcalde saliente y la familia republicana aceptaron, más tentados, digo yo, por mi popularidad que por mi dudosa afinidad "ultrarroja"... Así es la política. Para los orientales, el arte del disimulo; para los occidentales, con Barbey d'Aurevilly a la cabeza, un mundo que ignora la verdad y la belleza. Me justificaré, ahora que estoy a tiempo. Yo sí amo la verdad y la belleza. En realidad, me he servido de la política no para defraudar a mis conciudadanos, sino para cumplir una secreta promesa. Pero eso nadie lo sabe. Como dijo Dickens en su excelso David Copperfield, estoy lo suficientemente introducido en el mundillo del teatro como para entender la política. Por eso, cada vez que puedo, asisto a sus "odiosas representaciones"... desde fuera.

1. Con fecha 31 de enero de 1888, Robert Godeffroy, que a sus treinta años era ya consejero municipal, escribe la siguiente carta al alcalde de Amiens, Frédéric Petit, cabeza de lista de los mencionados republicanos: «Jules Verne desea entrar en el consejo municipal, con la lista encabezada por el ciudadano Frédéric Petit. Hace diez años, la cosa le hubiera parecido a usted algo más que extraña, pues el amable escritor, pese a haber permanecido al margen de la política, no pasaba apenas por un ardoroso republicano. Al contrario, sus sentimientos orleanistas me eran conocidos. ¿Qué quiere usted? Él ha sufrido, como muchos otros, la tiranía de los recuerdos de infancia. Verne debe de haber nacido hacia 1829; su juventud se desarrolló, pues, bajo el reinado de Luis Felipe, esa edad de oro de la burguesía, de la que debió oír muchos elogios a toda su familia. A pesar de eso, era republicano en 1848: él mismo me ha contado que en Nantes distribuyó boletines de voto a favor de los candidatos del gobierno provisional. Pero esa fiebre liberal no era más que un sarampión. No es necesario que le cuente la continuación, ya la conoce usted.

«Hoy, como hombre inteligente que es, reconoce que la república es querida por la gran mayoría del país y que una revolución es imposible; los golpes de Estado sólo pueden darse a condición de tener el poder. Se adhiere, pues, muy francamente, ya que la ambición personal no tiene aquí nada que ver. Si cree usted que su nombre es susceptible de aportar no digo ya votos sino adhesiones que le permitan poner a punto una lista conveniente, él está a su disposición.

«Como todos los virginales en las luchas políticas, Verne me ha preguntado si tiene posibilidades de ser elegido, pues en el caso contrario no se arriesgaría a ver su nombre en un cartel. Yo le he afirmado, como siempre lo he hecho a todo el mundo, que su éxito sería aplastante.»
¡Qué escándalo! Honorine y los míos me tacharon de "loco senil", "oportunista" y "traidor". Guardé silencio. Para colmo, cuando la noticia se hizo pública, mis enemigos desenterraron el hacha de guerra, recordando a los votantes mi "sospechoso pasado como orleanista".1 Me defendí como pude; es decir, mintiendo... Pero los resultados fueron elocuentes: 6 598 votos a favor de Julio Verne en la primera vuelta, sobre un total de 14 678. En la segunda, sobre 14 000, la cosa fue mejor: 8 591, de otros tantos "culos de plomo"... Algo sí era cierto en semejante locura política: esos casi 8 600 votantes no eran "rojos rabiosos", sino amantes del orden y de la moderación, como un servidor. Y me dispuse a servir a la ciudadanía, al margen de los laberintos de la política. Lo mío era otra cosa. Y creo haber trabajado con honestidad y eficacia.2 Las pasadas elecciones, en 1892 y 1896, constituyen la mejor prueba de cuanto afirmo. De haber sido un "político", en el sentido literal de la palabra, "que se sirve de los hombres, haciéndoles creer que les sirve", el pueblo no me hubiera reelegido.
1. Saliendo al paso de estas maledicencias, el periódico al servicio de los republicanos, Le Progrès de la Somme, publicaba el siguiente comunicado en aquel mes de mayo de 1888: «Se acusa a Jules Verne de ser un orleanista. No es verdad. Al margen de sus relaciones privadas, que no interesan a nadie (el periódico se refiere a la amistad y a los encuentros de Verne con los Orléans en 1878 y 1880), Jules Verne, esta gloria de nuestra ciudad, se ha comportado siempre como un leal republicano. Su presencia misma en la lista de Frédéric Petit es la garantía de sus opiniones.»

El martes siguiente, 8 de mayo, Verne puntualiza en los diarios locales: «Señor director: cuando Le Progrés de la Somme apareció el domingo por la mañana era demasiado tarde para que yo pudiera responder antes del escrutinio. No sé lo que haya podido autorizar a su periódico a pensar que yo haya cambiado nunca las opiniones políticas que han sido las de toda mi vida. Yo pertenezco al partido conservador y es en tanto que conservador como he sido admitido en la lista del señor alcalde de Amiens con el fin de obtener un mandato puramente administrativo. Esta admisión honra a Frédéric Petit, y yo creo actuar como buen ciudadano al ofrecerle mi concurso en la lucha contra la intransigencia municipal. Ahora no hay ya equívoco entre los electores y yo.» (N. de J. J. Benítez.)
2. En una carta fechada el 11 de mayo de 1888, Verne aclara y confiesa sus intenciones políticas a su buen amigo Charles Maisonneuve: «Mi vieja borrica: ¿quieres aclaraciones? Helas aquí: mi única intención es la de hacerme útil, y sacar adelante ciertas reformas urbanas. ¿Por qué mezclar siempre la política y el cristianismo en las cuestiones administrativas? Me conoces lo suficiente como para saber que, en los puntos esenciales, nunca he sufrido ninguna influencia. En sociología, mi gusto es el orden; en política, he aquí mi aspiración: crear, en el gobierno actual, un partido razonable, equilibrado, respetuoso de la justicia, de las elevadas creencias, amigo de los hombres, de las artes, de la vida... Así pues, lo que tú quieres llamar mi "prestigio" no podrá más que servir a las causas respetables. Añado que, al obligarme mi enfermedad a una vida más sedentaria, me es útil permanecer en contacto con los negocios y con mis semejantes. Cuestión de oficio. Muchos de mis colegas son unos exaltados; ya se les calmará. Otros tienen buen sentido. ¡Tanto mejor! ¡Algunos son unos imbéciles. ¡Mejor todavía! Sus opiniones me divertirán. Tengo necesidad de ello.»

El minucioso trabajo de investigación de Daniel Compère sobre la actividad municipal de Verne arroja datos elocuentes. Julio Verne, reelegido en 1892, 1896 y 1900, desplegó, como concejal, una intensa labor, asistiendo prácticamente a todas las sesiones, durante los dieciséis años de sucesivos mandatos. Sólo a partir de 1903, a causa de su salud, permanece ausente en esas sesiones municipales. Verne trabajaría muy especialmente en las áreas urbanísticas, de instrucción, espectáculos y bellas artes en general. Fue un concejal combativo y tenaz. Gracias a él se reconstruyó el teatro de Amiens, reemplazando también el viejo circo de madera de la ciudad por uno de líneas modernistas, capaz para más de cuatro mil espectadores. De acuerdo con su «furor» por la ciencia y el maquinismo, este soberbio circo, que aún se conserva, estrenaría un revolucionario sistema de producción eléctrica: una máquina de vapor que actuaba como generador. Verne reclamó asimismo unas mejores condiciones para los estudiantes, exigiendo que los cuarenta mil francos destinados por el ayuntamiento al alojamiento de un batallón fueran a becas para los alumnos de la Escuela de Medicina de la ciudad. La propuesta del concejal Verne prosperó, provocando la dimisión del alcalde Fiquet. Se preocupa y mejora la situación de los «feriantes» (las «gentes de la bola», como él los llamaba), impulsando las actividades teatrales y culturales de toda índole. Llegó a proponer incluso que los valiosos cuadros colgados en el ayuntamiento fueran expuestos en el museo de la ciudad, para que todos los ciudadanos pudieran beneficiarse de ello. (N. de J. J. Benítez)

Es posible que no haya hecho lo suficiente. En mi fuero interno estoy satisfecho. A mi manera, estoy cumpliendo la voluntad de Anne. ¡Que Dios la bendiga!

estrellitas

¡Y que ese mismo Dios confunda a los críticos, zánganos de la colmena de la literatura! Pichler fue benevolente en su sentencia... "Se aproximan a las flores y, zumbando, les chupan la miel." ¿Críticos? ¡Fracasados en el arte y en la literatura! No es mío el improperio, sino de lord de Beaconsfield. Yo cargaría la frase... ¿Que por qué me sublevan los críticos? En especial, por su arrogancia. Ni ellos han perdonado que Julio Verne se haya dedicado a la política, ni yo les perdono sus envenenados venablos contra mi obra. ¿Qué menos que decir la verdad? Sí, pero antes, esos críticos deberían conocerla.

Mis novelas han sido tachadas de "género menor", "muy propias para incultos adolescentes" y "amantes de la frivolidad". He sido injustamente acusado de plagio, de comprar argumentos, de destruir a brillantes y prometedores escritores, de "sembrar de literatura barata el viejo y el nuevo continentes", de "falso educador de niños" y, en fin, de "visionario" y "profeta de la ciencia".

estrellitas

Veamos: ¿es Verne un escritor para adolescentes?

¿Qué saben esos críticos? Ésa fue la intencionalidad de mi editor, en efecto. Hetzel deseaba educar, instruir y divertir a las nuevas generaciones de jóvenes y niños. Me lo repitió una y mil veces. Me vi obligado a rectificar, mutilar o añadir decenas de pasajes, con tal de no "herir y lastimar" los buenos principios y la férrea moralidad de las familias burguesas de la época. Pero ¿saben esos malnacidos si era ésa la meta de Verne? ¡Ah, papagayos, que sólo sabéis decir tres o cuatro palabras y, como recordara Grillparzer, las repetís a más no poder!... Críticos: ¡necios! ¡Julio Verne jamás escribió para niños! Mis libros pueden ser leídos por ellos, pero no son los niños los verdaderos destinatarios. Para comprenderlo, situación harto dudosa, deberíais conocer primero los dramas personales, las frustraciones y sueños de este viejo oso. Ésta ha sido, y sigue siendo, una de las metas de mis libros: traspolar a la supuesta ficción de una trama novelesca todo el patetismo, la angustia o la desolación de un Verne sin infancia, de un Verne sin padre, de un Verne sin vocación, de un Verne rechazado en el amor, de un Verne que, a pesar de su condición burguesa, amaba la soledad y defendía a los oprimidos... ¡Críticos subidos al pedestal de la honorabilidad a costa del sudor y de las lágrimas de los que criticáis, tendríais que nacer de nuevo para desvelar los "secretos" de los "Viajes extraordinarios"!... ¿O es que pensáis que Nemo es tan sólo un pobre solitario, loco y aventurero? No seré yo quien os acompañe al "interior" de mi obra... Bastante hago con abriros la puerta... En el fondo, mi fuerza reside en mi "secreto". Quizá algún día otras generaciones más avisadas y limpias de espíritu sepan "leer" a Julio Verne. Vosotros, miopes de mollera, ¿cómo podéis aspirar siquiera a adentraros en los "abismos" extrahumanos de un Viaje al centro de la Tierral ¿Qué sabéis de mis astucias, enigmas, trucos, artificios literarios y juegos de palabras para confeccionar en muchas de esas obras una segunda y subterránea obra?

"Mata a ese perro —gritaba Goethe—. Es un crítico."


¿Es Verne un plagiador?

Esas injuriosas acusaciones han nacido de la mala fe y de la ignorancia, a partes iguales. El torpe Delmas me acusó en 1875 de haber plagiado en “Viaje al centro de la Tierra» su "excelsa obra" “La cabeza de Minerva». También es curioso que los plagiados sólo aireen la "ofensa" cuando la obra requerida se ha convertido en un triunfo... ¿Cuántos ejemplares ha vendido «La cabeza de Minerva»? La envidia, como el orín, sólo corroe a los que viven a la intemperie, más pendientes de los demás que de sí mismos. Pero este Verne es de madera... Jamás he plagiado. Y si en alguna ocasión me he inspirado en otras obras, caso de Poe, no he tenido reparo en reconocerlo.1 ¿O es que las ideas, como el viento, no son libres de despeinar las cabelleras que crean oportuno?

«Los quinientos millones de la Begún», a diferencia de lo que han pregonado los mediocres de siempre, no es otro plagio, ni tampoco fue escrita por mis "asalariados". Esos críticos y perros aulladores deberían haber consultado primero a mi editor. El argumento inicial de dicha novela, ciertamente, no fue mío, sino de Pascal Grousset, un comunero con inclinaciones literarias que, en 1877, refugiado en Inglaterra, escribió un folletón impresentable, con el título de «La herencia de Langevol». Escaso de dinero, Grousset remitió el manuscrito al abate de Manas y éste, con el auxilio de un periodista de «Le Fígaro», lo puso sobre la mesa de Hetzel. El editor, como yo, estimó el libro negativamente. Aquello era impublicable. Pero Hetzel, con su especial instinto, se empeñó en rehacer la novela, encomendándome el nada grato trabajo. Me resistí, aunque finalmente, en beneficio de nuestra amistad, accedí. Y Hetzel, siempre legal y pudoroso, impuso sus condiciones al primitivo "padre" del engendro... Grousset recibió sus mil quinientos francos con la condición de que renunciase, por escrito, a la paternidad de la obra.2
1. La influencia de Edgar Alian Poe en la obra de Verne es innegable. La vuelta al mundo en ochenta días, por ejemplo, está inspirada en un cuento de Poe: Tres domingos en una semana. Y algo similar sucede con Cinco semanas en globo, que destila situaciones ya conocidas en La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, de Poe. La mano, el estilo y la técnica del poeta norteamericano son fáciles de descubrir igualmente en Viaje al centro de la Tierra, La jangada, El doctor Ox, Veinte mil leguas de viaje submarino, El Chancellor y La esfinge de los hielos. Basta con comparar estas novelas con El escarabajo de oro, El diablo en el campanario, Un descenso al maelstrom y Narración de Arthur Gordon Pym, respectivamente. De la misma forma, Hoffmann influyó poderosamente en Verne. La obsesión por el tiempo y los relojes de Poe y Hoffmann aparece nítida en Maestro Zacharius y El castillo de los Cárpatos.
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