Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos






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1. En su novela Frente a la bandera, publicada en 1896, Julio Verne ridiculiza a un químico francés, Turpin, inventor de un explosivo: la melinita. Turpin se reconoce en Thomas Roch, personaje de la citada novela, promoviendo un proceso contra el escritor. Verne acude a París y es defendido en el juicio por Raymond Poincaré. Turpin pierde el proceso. La declaración de Julio Verne, negando toda intencionalidad en su libro, le permite ganar el pleito. La verdad es que Verne mintió, ya que en sendas cartas a su hermano Paul (en 1894 y 1895) le explicaba parte de la trama de su obra y cómo pensaba utilizar el personaje de Turpin para ridiculizar a los científicos. El caso es que aquél sería su último viaje a París. Verne no llegaría a visitar la Exposición de 1889, ni la de 1890. Curiosamente, jamás vio la torre Eiffel. (N. de J. J. Benítez.)


CAPÍTULO 20


No tengo «negros» a mi servicio Un as en la manga del destino El más singular regalo de cumpleaños Me votaron 8 591 culos de plomo Mata a ese perro. Es un crítico Aunque lo parezca, nunca escribí para la juventud ¿Yo, un plagiador? Ni «dios», ni «profeta de la ciencia»: todo estaba inventado En mi obra falta «alguien» y «algo» ¡Culos de plomo, descifrad mi último enigma!



El atentado de 1886 y las sucesivas muertes de sus familiares y amigos encierran a Julio Verne en sí mismo, convirtiéndole en un ser huraño y misterioso. Ante la sorpresa de propios y extraños, a los sesenta años se presenta a las elecciones municipales de Amiens, siendo elegido concejal por una lista «ultrarroja». Su actividad como edil es intensa y fructífera. Verne, que rechazó siempre el título de «profeta de la ciencia», fallecería en Amiens el 24 de marzo de 1905, a los setenta y siete años. Su actividad literaria fue tal que, en el momento de su muerte, el editor disponía de una decena de obras inéditas, que serían publicadas a lo largo de los diez años siguientes.



«¡Viejo oso, poco queda por contar! Sí, algunos flecos...

Podría decirse, y con razón, que hubo un Verne vivo, o medio vivo, hasta 1885. Después, un Verne muerto... En estos doce últimos años no existo. Lo que me sostiene en pie (realmente sobre un solo pie) es mi obra. En boca de Nietzsche, hace tiempo que no aspiro a la felicidad; aspiro a mi obra y por razones bien diferentes a las de mi admirado Federico. Él se refugió en su obra por convicción. Yo, por el "suicidio"... Ahora que caigo: ¡tampoco he dedicado una sola línea a Nietzsche! Dejémoslo así. Si algún culo de plomo acierta a descubrir y leer estas "confesiones", no precisará demasiado esfuerzo para intuir en Nemo todo aquello que, quince años después, representaría Zaratustra.

¿Qué ha sido de Julio Verne en estos últimos años? Si cuento el quehacer de una jornada cualquiera, contaré la verdad. Vamos, pues...

Sigo con la inveterada costumbre de levantarme a las cinco de la madrugada. Y digo bien: levantarme, que no significa despertar. No logro recordar desde cuándo sufro el martirio del insomnio... La mayor parte de esas noches en vela la consumo en la lectura y en la rabiosa afición a los criptogramas. El que conduce a estas "confesiones" no ha sido del todo malo, no, señor. Esperemos que Roze no olvide su palabra de caballero. Si no recuerdo mal, son ya más de tres mil los enigmas que descansan en mis ficheros.

estrellitas

Como decía, la cada vez más escasa inteligencia de Verne se esclarece con el alba. Es, siempre lo fue, mi hora mágica. Los sentidos despiertan y mi pluma se agiliza. Escribo sin tregua hasta las once. Desde hace años, sólo dedico a la escritura un máximo de cuatro o cinco horas. Los tiempos en los que este burro de carga se amarraba a la mesa de trabajo diez, quince horas, sólo son un terrorífico recuerdo. Nunca creí en la inspiración. Mis libros, todos, son el resultado de un laborioso y paciente "embarazo". La inspiración, como supuesta hermana de la fortuna, ha sido mal bautizada. Debería llamarse "trabajo", "constancia" y "disciplina". La inspiración está en cada palabra y, de igual forma que una casa sólo puede levantarse ladrillo a ladrillo, así ocurre con un libro. Palabra = ladrillo = obra = inspiración. En cuanto a los argumentos para esas novelas, que interroguen a los buenos periodistas... Aquellos escritores que han tenido la suerte de ser primero periodistas estarán siempre en ventaja sobre los que nunca lo fueron. Yo lo fui y es en la actualidad donde buceo a cada momento. ¡Buscad ahí las fuentes de mi obra!
estrellitas

Pues bien, como iba mencionando, en esas cuatro o Cinco horas de trabajo, escribo, planeo futuras obras, perfilo personajes o consulto mi biblioteca y ficheros. Desde antiguo padezco una manía que ya, a estas alturas del "negocio", morirá conmigo: mis primeros apuntes y borradores son escritos a lápiz. Después de una y mil correcciones, sólo entonces me decido a convertir a tinta lo que fue lápiz. ¡Cuánta paciencia han demostrado los tipógrafos y el bueno de Hetzel!
estrellitas

A partir de las ocho o las nueve de la mañana, la cosa cambia. La familia se despabila y eso significa ruido. No lo soporto. Son los peores momentos. Despacho el correo y las pruebas, si las hay.1 Contestar las cartas me produce un especial placer. Llegan desde todo el mundo. Y me preguntan las cosas más inverosímiles. No hace mucho, quizá hacia 1895, el escritor italiano De Amicis, descon certado ante lo voluminoso de mi producción literaria, se preguntaba y me preguntaba "si existía realmente Julio Verne".

1. La obsesión de Julio Verne por corregir y perfeccionar sus escritos era tal que Hetzel, su editor, tuvo que idear un sistema especial para la revisión de pruebas. En 1905, tras la muerte del escritor, su hijo Michel inició una ofensiva contra los «abusos» económicos de Hetzel. El hijo del fallecido editor redacta un informe y uno de los primeros argumentos en su defensa se refiere a los cuantiosos gastos ocasionados por Verne en materia tipográfica: «Desde este punto de vista —dice Hetzel— fue peor que Balzac. Nunca, en treinta y siete años de oficio, he visto a un autor descontar la latitud que le dejaba su editor, contar con la revisión de múltiples pruebas para poner sus novelas a punto. Una novela, por no citar más que un ejemplo, contaba en el original con una treintena de héroes; no contaba más que con quince de ellos en el momento de la edición. De ahí... una disposición inventada por mí y que, según creo, no fue nunca empleada por ningún otro autor. Se le enviaban las pruebas en una especie de álbum. Por un lado, la composición; enfrente, más papel blanco que ennegrecido, y entonces podía refundir por completo la trama de su novela, con el cuidado de hacer bien las cosas que fue siempre la preocupación de su vida. Las facturas de los impresores están ahí para probarlo.» (N. de J. J. Benítez.)

Cuando estrechó mi mano en Amiens y supo de mi sistema de trabajo, de mis veinticinco mil fichas y de mi paciente, diaria y minuciosa labor, se santiguó. "No, amigo —le dije—; no tengo 'negros' a mi servicio." ¿Negros? En todo caso, de haberlos contratado, habrían sido judíos... Resulta sintomático e insoportable. Cuando alguien trabaja duro, sin respiro, sin concederse a sí mismo lo que para otros es lógica necesidad, la obra de ese individuo es contemplada con recelo, precisamente por los que no aman el trabajo. Y, como en mi caso, es combatido con las armas de la envidia, del descrédito y de lo absurdo. No pueden admitir que un hombre anteponga la responsabilidad, el sacrificio y la tenacidad a la diversión o la ociosidad.

estrellitas

Poco más o menos hacia las once de la mañana, el Julio Verne escritor detiene su reumática mano. Es la hora del almuerzo. ¡Ah, qué tiempos aquéllos! Honorine me tiraniza. He comido y bebido tanto que, como decía Víctor Hugo, mi intestino es ahora una serpiente: "tienta, traiciona y castiga". Con mucha suerte, un huevo, y para que la formalidad alimenticia sea aliviada, me siento en una silla de niño, con la nariz a la altura del plato. ¡Qué estampa! Pero mi mujer no sabe que le hago trampas... ¡Al diablo la aerofagia! ¡Al demonio las enfermedades! Corrigiendo a Séneca, para que desaparezcan las dolencias estomacales, primero habría que asesinar a los cocineros... Y no será este viejo oso quien tire la primera piedra. ¡Vivan los cocineros!

¿Por dónde iba?...

estrellitas

A eso del mediodía, invariablemente, acudo a la biblioteca de la Sociedad Industrial. ¿Quién dice que un escritor o un artista en general deja de serlo en el momento que abandona la pluma, el pincel o la partitura? Yo, al menos, no puedo. Mientras camino, descanso o converso, mi mente sigue en ebullición, gestando escenas, planteando interrogantes o procurando resolver el final de un capítulo. En infinidad de ocasiones, mis ojos miran, pero no ven.

estrellitas

Durante dos horas, Verne lee, toma notas y se documenta, repasando desde la primera hasta la última página de los periódicos y revistas. Acto seguido, el obligado paseo, bien hacia el ayuntamiento o hacia el Círculo. El arrastre de esta caricatura de pierna me fuerza a descansar en la plaza de Saint-Denis. Siempre en el mismo banco.

El retorno al "hogar", a las 17.30 horas, en invierno, y a las 18 en verano. Pero antes, otra "trampa" a Honorine: un alto en el camino, en casa de Sibert, el pastelero. Oficialmente sólo tomo un vaso de leche. ¡Si el bueno de Sibert hablara...!
¿La cena? El mismo huevo pasado por agua, pero flotando en un caldo. Y a las 10, según, cama o "guarida". Cuatro veces por semana, durante la temporada teatral, y debido a mi condición de responsable de la Comisión de Espectáculos, ese rígido programa se ve alterado, pero no mucho.1 Honorine, cómo no, me acompaña a las representaciones. El público y los actores lo saben: jamás me quedo hasta el final de la obra. Hacia las nueve de la noche, invariable y matemáticamente, cena en el hotel Continental. A las diez, este viejo oso inicia su cotidiano combate con el insomnio. La mayor parte de las veces soy yo el que pierde.

A esto, o poco más, se reduce la vida del Julio Verne setentón. Ésta ha sido mi mortal rutina desde la muerte de Anne. Desde entonces he evitado fiestas, honores y complacencias. He rechazado incluso ser testigo de la boda de Hetzel y de la de Maxime Guillon, mi sobrino. Ni siquiera me presté a presenciar la botadura del Jules Verne, ese maravilloso velero de mi cuñado. A todos les presenté mis excusas y a todos mentí. No era sólo mi cojera lo que me impedía viajar a París o Nantes. Era mi corazón, perdido en los recuerdos.2

En cuanto a Honorine, creo que me ha dejado por imposible. Ya no estalla, ni se altera cuando me ve desaparecer a las diez de la noche, rumbo a mi dormitorio o a la "guarida". Ella sabe que sus invitados y contertulios no van a cambiar mis hábitos. Raro ha sido el miércoles que he consentido acompañarle en sus veladas al piano. Nunca me interesaron sus mundanas y superficiales relaciones sociales. Y ahora, mucho menos... Hace algunos años, cuando el reloj me recordaba el final de la jornada y desaparecía bruscamente del salón, Honorine montaba en cólera. En una oportunidad llegó a perseguirme hasta la "guarida", aporreando la puerta para que regresara con los invitados. El cerrojo, mi buen aliado, me salvó. Lo que no supo Honorine es que, al otro lado de aquella puerta, Julio Verne levantó su dedo "sexual", burlándose de su histerismo.

Poco a poco, esa venenosa atmósfera ha ido cambiando. Ahora no es venenosa; ahora es la "nada"...

El destino, sin embargo, se reservaba un as en la manga. Al año justo de la muerte de Anne, Paul, mi hermano y confidente, al percatarse de mi hundimiento, me haría entrega de una carta, escrita por mi gran amor poco antes de su desaparición. En el sobre, de su puño y letra, aparecía la siguiente frase: "Para Julio, antes que la tristeza le devore."

Paul, que sabía de mis relaciones con Anne, cumplió escrupulosamente los deseos de aquella magnífica mujer. Y sólo se desprendió del postrero mensaje cuando, alarmado, vio cómo me consumía en la amargura.
1. Además de su cargo en la municipalidad, Verne, miembro de la Academia de Amiens, asistía dos veces por mes a las reuniones de dicha academia. En julio de 1895 aceptaría también un puesto en el consejo de dirección de la Caja de Ahorros de Amiens, presidiendo igualmente las sesiones solemnes de la Sociedad de Horticultura de Normandía. En febrero de 1891 y 1894 pronunciaría sendas y cuidadas alocuciones en la referida sociedad. (N. de J. J. Benítez.)

2. Con motivo de la boda de Hetzel hijo, en 1888, Verne escribe a su editor, excusándose: «Con una pierna de cojo (sic) estoy tan poco presentable que he tenido que renunciar a esta alegría y a este honor.»

En carta del 1 de agosto de 1894 a su hermano Paul, Julio Verne se excusa igualmente por no haber asistido a la boda de su sobrino Máxime, el hijo mayor de su hermana Marie, familiarmente conocída por la Col. Verne escribe: «Tengo tantos y tantos motivos de tristeza como para mezclarme con las alegrías de la familia de Nantes. Todo alboroto me resulta insoportable, mi carácter está profundamente alterado y he recibido unos golpes de los que no me recuperaré jamás.» (N. de J. J. Benítez.)

La carta, regada con la sinceridad y generosidad de los que saben que van a morir, era un canto a la esperanza y al amor. ¡Dios infinito! ¿Cómo es posible seguir amando desde la renuncia? Anne, la mujer que mejor ha conocido el tortuoso corazón de Verne, me alertaba sobre los peligros de mi natural debilidad, exigiéndome que, tras su muerte, recuperara el rumbo del navio...
estrellitas
"... Te han enseñado que no se vive más que el tiempo que se ama. Pues bien, querido Julio, después de mi partida, ¡sigue vivo! Y si no puedes amar a tu legítima esposa, ama al menos tu obra... ¡Queda tanto por decir!... Ama, mi amor, a los que te rodean. A todos y en silencio, sin que lo noten. El amor del que te hablo y que te pido no necesita ruidosas demostraciones. Jesús de Nazaret, a quien tanto admiras, lo dejó bien claro. 'Aquel que ame y haga caridad para que le distingan, ya ha obtenido su recompensa.' Tú eres distinto, bien lo sé. No te quedes al pairo. A pesar de la tempestad, recoge tus velas y enfila el viento y la mala mar... Ama a los seres humanos, Julio, aunque tu corazón esté rendido. Lo sabes bien: antes prefiero a un equivocado que ame, que a un sabio sin corazón. Tú lo has dicho en ocasiones: seremos juzgados no por lo hecho o dicho, sino por lo que no hicimos. Yo voy ahora hacia el Amor Total. Y te esperaré con los brazos abiertos. No me decepciones. Acude a mí con la tranquilidad, al menos, de haberlo intentado..."

He meditado mucho y durante años sobre la petición de Anne. ¿Amar a mis semejantes? ¿Cómo hacerlo? Este árbol no tiene savia...

Me resistí. El problema no era amar al prójimo, sino dejar de odiarme. Me despreciaba. Carecía del mínimo de paz interior para cumplir las recomendaciones de Anne. De momento, las súplicas de mi bien amada no han sido satisfechas. Bueno, habrá que matizar, viejo mentiroso. ¿Para quién escribes? Sí, lo sé: para mí mismo y para los supuestos "culos de plomo" del futuro... Entonces, maticemos.
estrellitas
Meses después de la lectura del "testamento" de Anne, asediado a cada instante por aquella petición —"ama, aunque tu corazón esté rendido"—, Verne, tímida y secretamente, fue concibiendo algunas fórmulas para satisfacer esa última voluntad. ¿Entregarme a mis libros en beneficio de los hombres? Sí, podía ser... Pero ¿amaba así a cuantos me rodeaban? No, el cumplimiento de esa promesa exigía algo más cercano y visible. ¡De nuevo la vanidad! ¿Destinar parte de mi fortuna a los necesitados?1 Ni Honorine ni el resto de mi familia lo hubieran comprendido y aceptado. No, esa solución sólo avivaría las llamas de la discordia... ¿Debía entonces modificar mi carácter, presentándome ante la sociedad como un Verne optimista, comunicativo y abierto a las gentes? ¡Imposible! A pesar de los tiernos e increíbles brotes que pujaban por verdear aquel árbol, la madera del "verne" se hallaba demasiado seca para tan radical cambio.
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