Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos






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1. Esta carta de Honorine a Hetzel, que figura en el índice de la correspondencia Verne-Hetzel de la Biblioteca Nacional, desaparecería misteriosamente. M. Soriano y el nieto del escritor, J. J. Verne, que tuvieron acceso a ella, la han publicado íntegramente. Dice así: «Esta mañana vuestra oportuna carta ha venido a colmar la felicidad y, tal vez, a volver a traer la alegría a esta casa, porque no ignoráis que Julio, desde hace ya algunos meses, está triste y con mala salud. ¿Le fatiga el trabajo? ¿O le parece menos fácil? En fin, parece desanimado. Y hace recaer sobre mí las molestias que le causa este desánimo. Noto que le cuesta trabajo ponerse a la obra; apenas sentado, se levanta; se queja de este estado de cosas y es a mí a quien no puede ver. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? Lloro y me desespero. Cuando la familia le aburre y le cansa demasiado, toma su barco y hele aquí que se va, y lo más frecuente es que no sé dónde está. Vos..., que ponéis todo vuestro empeño en hacer de él un escritor distinguido, ¿creéis que hay que abandonar la idea de hacer de él un marido pasable? Os pido perdón por abriros así mi corazón; al comenzar la carta quería, simplemente, daros las gracias, pero las alegrías grandes le hacen a uno comunicativo. Tal vez encontréis un remedio para librarnos de esta situación tensa y dolorosa.

»No sé si Julio os habrá contado alguna vez todas estas cosas... Os rogaría, pues, que guardaseis el mayor silencio; si me vais a es cribir, ya para consolarme, ya para darme consejos, escribidme a Crotoy, a lista de correos; iré a ver a la oficina el jueves por la mañana. ¿Os ha escrito Julio sobre su partida? ¿Habéis recibido una carta suya el martes pasado? Respondedme a este propósito, pues estaba muy triste; tal vez os haya abierto su corazón.

»A mi entender, el mayor error de mi marido es haber dejado París. Vive demasiado solo aquí, se encuentra demasiado a menudo consigo mismo... ¡Adiós, mi querido amigo, perdonadme y compadecedme, pues mi marido se me escapa de las manos; ayudadme a retenerle.»

La «felicidad» a la que hace alusión Honorine se refiere a la concesión de la Legión de Honor a su marido, en cuya gestación tomaron parte activa el propio Hetzel, Lesseps y Jean-Jacques Weiss, destacado crítico.

(N. de J. J. Benítez)

¡Ah, sí, calificaba aquel año de 1871 de "ingrato"! Con la edad me vuelvo misericordioso... ¿Ingrato? Mejor sería tacharlo de nefasto. El 3 de noviembre, viernes, a los setenta y tres años, fallecía Pierre Verne repentinamente. El destino, compasivo, hizo que le viera semanas antes de su muerte, con motivo de la Legión de Honor. El Gran Patriarca, enfermo pero radiante, me abrazó, exclamando: "Me siento muy feliz. El éxito de mi hijo es de buena ley..."

estrellitas

No derramé una sola lágrima cuando supe de su muerte. Sencillamente, desapareció un hombre al que había odiado. En cambio, sí experimenté una honda zozobra cuando, poco antes del fallecimiento de mi padre, mi primo Henri Garcet nos dejaba, en París. La muerte de aquel estrecho colaborador y mejor amigo me alertó sobre algo en lo que apenas había reparado hasta entonces. La muerte, eso que siempre le sucede a los demás, empezaba a rondar el territorio íntimo de Verne. Durante algún tiempo me estremeció. El miedo a ser enterrado vivo me torturaba. Después, con la ayuda de Anne, con una mejor comprensión de lo que en realidad constituye ese paso, la obsesión se desmoronó. Y Verne vive desde entonces con la curiosidad y la blanca esperanza de reemprender esa "otra vida", tan real y cierta como ésta.

Y la providencia, implacable, corrigió el rumbo, enfrentando al solitario y amargado Verne consigo mismo. ¡Qué cierto es que todo está escrito de antemano! Cada hombre y mujer deben vivir unas determinadas experiencias, quieran o no quieran, luchen o no luchen contra ellas. Al año exacto de nuestra mutua y pactada separación, volvería a encontrarme con Anne. Y nuestro amor, como un volcán, cubrió de fuego los cielos de París. Verne, entonces, experimentó una especie de mágico y terrible desdoblamiento. Con Anne era él mismo: sereno, cordial, extrovertido, dulce, seguro de sí mismo, intensamente sexual, optimista... Con el retorno a Amiens, a la vista de Honorine, Verne enmudecía, se cargaba de tristeza, se volvía irascible, descortés, maquinaba y deseaba incluso la muerte de su esposa... Mil veces reflexioné y me hice el firme propósito de terminar con aquella doble y envenenada vida. ¡Tenía que ser sincero y contárselo a Honorine! Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo abandonarla? Los muchos años de convivencia, a qué negarlo, me habían acostumbrado a ella y, ¡oh paradoja!, a pesar de odiarla, tampoco podía hacerme a la idea de vivir sin su compañía. Sólo en un hombre inseguro y falto de valor pueden darse estas aparatosas contradicciones. Llegué a planear, en secreto, todos los detalles de nuestro divorcio. En el último minuto me echaba atrás. Para mayor desastre y desesperación, Anne, infinitamente más valiente que yo, terminó por separarse de la bestia. Julio Verne no supo corresponder. Alguna vez, si vuelvo a este mundo, deberé pagar sus lágrimas, su soledad y su violento padecer. Así transcurrieron aquellos años: entre la felicidad, siempre temporal y provisional, encarnada en Anne y en mis frecuentes viajes a París, y la muerte, instalada en Amiens. Los cambios de domicilio, los triunfos de mis novelas, los honores de la Academia, los cruceros y las fiestas y bailes de disfraces no fueron otra cosa que una continua huida hacia delante. Julio Verne falló en el amor. Lo dejó escapar. Y aunque pagué un alto precio por ello, nunca será suficiente. La sociedad me ha contemplado y considerado con respeto. Mas ignoran que saludan y aplauden a un cadáver...

estrellitas

Anne murió con los primeros fríos de 1885. Yo sé que murió de amor. Nunca protestó ante su precaria e injusta situación. Su amor fue tan noble y generoso que se extinguió como había surgido: en silencio. Estoy convencido de que, a pesar de sus sufrimientos, fue infinitamente más feliz que yo. Dardenne ha escrito con la sabiduría propia de una mujer: "En el amor se siente más enojado aquel que más recibe..." Ése fue mi caso.

Semanas más tarde, consumido por los recuerdos y los remordimientos, me hice una solemne promesa: a partir de ese momento, yo también pondría fin a mi vida. Pero, ante la falta de valor para cortarme las venas o volarme la cabeza, elegí el peor de los "suicidios": el del trabajo. Todo había terminado para Verne: los viajes, la mar, las fiestas, los honores, las gentes... Y a principios de ese año de 1886, el Saint Michel III, ante el desconcierto general, era vendido y malvendido. ¿Qué podía importarme el dinero? En alemán, dinero (geld) rima a la perfección con mundo (welt). Lichtenberg, aquel escritor satírico, la consideró la más razonable de las rimas. Pues bien, con la desaparición de mi bien amada, el árbol "verne" sólo rima ya con "nerve", como si, en lugar de "poner los nervios a un libro", éstos hubieran sido arrancados. Un árbol sin savia, sin la energía vivificadora que lo haga florecer... Verne está en pie, sí, como un árbol muerto.

Quien afirme que la maldad y los pecados del hombre sólo se pagan en la otra vida, es que no ha empezado a vivir. Lo sé por experiencia. El destino es como el sol que se oculta. ¡Gozad del escaso margen de la noche para saborear vuestras iniquidades! Al amanecer, ese destino regresará inexorable y os pondrá en evidencia ante los demás y ante vosotros mismos. El implacable recibo, la factura por mi cobardía, no se hizo esperar. Ese mismo año de 1886, al mes justo de mi quincuagésimo octavo aniversario, una "racha negra" terminaría por desarbolar aquel buque a la deriva. Como afirmaba Shakespeare, "cuando la desgracia llega, nunca lo hace en solitario; siempre en batallones". ¿No es asombroso y altamente significativo? Entre marzo de 1886 y febrero de 1887 fui herido y vi morir a mi segundo padre, Julio Hetzel, y a mi querida madre, Sophie. En el ridículo plazo de catorce meses, el destino me arrebató a Anne, mi barco, mi amigo y editor, mi madre y la ilusión de vivir... Y dejó intacto, como un castigo, lo que menos deseaba y necesitaba: Honorine, mi obra y a Julio Verne.

¿Merece la pena recrearse ahora, viejo oso, en tales sucesos? Sería muy fácil culpar a otros de mis desgracias. Epicteto, estoico él, lo aclaró hace dieciocho siglos... "Acusar a los demás de las desgracias propias es una consecuencia de nuestra ignorancia; acusarse a sí mismo es comenzar a comprender; no acusar a los demás ni a nosotros mismos es la verdadera sabiduría."

Conclusión: mi sobrino Gaston, en efecto, disparó su arma contra mí en aquella tarde del 9 de marzo de 1886. Pero ¿fue responsable de su acto? ¡No y mil veces no! Fue el destino el que apretó el gatillo. Estaba escrito.1 Lo que nunca dije es que lamenté su pésima puntería...
1. Existen diferentes versiones en relación a los detalles y, en especial, a las motivaciones que llevaron al sobrino de Verne, Gaston Verne, hijo de Paul, a disparar dos tiros contra su tío, a las puertas del domicilio de éste, en la calle de Charles Dubois, en Amiens. Al parecer, alrededor de las cinco o cinco y media de la tarde, cuando Julio Verne concluía su habitual paseo y se disponía a entrar en su casa, su sobrino Gaston, de veinticinco años, empleado en el Ministerio de Asuntos Exteriores y con el que Verne había mantenido unas entrañables relaciones, empuñó un revólver, disparando a corta distancia contra el escritor. El primer tiro fue a estrellarse contra el saliente de piedra de la puerta. El segundo, desviado por un manotazo de Verne, fue a alojarse en el pie de Julio. La bala no pudo ser extraída, dejando cojo al «viejo y vanidoso» bretón. A causa de la diabetes que padecía, la herida tardaría meses en cicatrizar. Desde entonces, Julio Verne se vería obligado a utilizar un bastón. Los periódicos de la época relataron así lo sucedido: «A eso de las seis de la tarde —publicaba L'Echo de la Somme el 12 de marzo—, el señor Jules Verne fue objeto de un inexplicable atentado en el momento en que entraba a su casa. Uno de sus familiares ha disparado dos veces contra él. La segunda bala le alcanzó la pierna y está alojada entre el pie y el tobillo.» Por su parte, Le Journal d'Amiens del 11 de ese mes amplía algo más la información: «Uno de sus vecinos, el señor Gustave Frezon, que pasaba en ese momento con su familia, acudió en su ayuda, mientras otras personas huyeron. El ruido también atrajo al criado de J. Verne. En un instante, el tirador fue de sarmado y arrestado. Suponemos lo doloroso que tiene que haber resultado para el herido haber reconocido a su sobrino en el atacante. Gaston Verne, a quien quería mucho, padecía una enfermedad mental desde hacía meses. Empleado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, Gaston Verne había regresado con su familia para curarse de una monomanía persecutoria que le aquejaba. Se le vigilaba de cerca y estaba bajo tratamiento desde hacía tiempo. Como parecía estar curado, su padre, Paul Verne, que vive en Blois, le dejó ir a París para asistir a una boda. El martes por la mañana desapareció y tomó, en la estación del Norte, el tren para Calais y Douvres. Durante el viaje tuvo la idea de bajarse en Amiens para hacer una manifestación, según dijo. Dos veces se presentó esa tarde en el Círculo de la Unión, preguntando por su tío, y al no encontrarle, lo esperó en la puerta de su casa.»

Al parecer, la enajenación mental de Gaston Verne es esgrimida por casi todos los biógrafos. Se menciona incluso en el telegrama enviado a Hetzel el 10 de marzo a Montecarlo: «Godeffroy escribe de Amiens que Gaston, presa de un ataque de locura, ha disparado dos tiros de revólver sobre Verne. Éste, ligeramente herido en un pie...»

Paul Verne, padre de Gaston, en una carta dirigida a su cuñado, Léon Guillon, nos proporciona otras claves: «Mi querido Léon: ¡qué espantosa desgracia! Vuelvo de Amiens, donde he visto al pobre Gaston, que ha sido internado en el hospital a petición de su tío. El pobre muchacho no es consciente de lo que ha hecho. Dice que ha querido atraer la atención hacia su tío para que entre en la Academia —es la única explicación que he podido obtener de él—. El fiscal de la República y los médicos que le han visto le declaran absolutamente irresponsable; va a ser internado en una casa de salud.

«Nada podía hacernos prever tal desgracia. Fue al llegar a París cuando desapareció —volvía de Blois con su tía para asistir a la boda de su prima—. Salió del coche a mitad de camino con el pretexto de ir a la peluquería, y ya no reapareció. Estuvimos buscándole durante veinticuatro horas, y tan sólo tuvimos noticias suyas por el telegrama de Jules llamándome a Amiens. ¡Qué desgracia! He perdido la cabeza, y todos estamos sumidos en una desolación que vosotros compartiréis.

»Te escribo estas líneas para que puedas comunicarlo a la familia. Espero que podáis evitar a mamá esta horrible noticia. Jules está herido en un pie, pero los médicos esperan que la herida no tenga consecuencias graves; la bala no ha sido extraída y no lo será probablemente. No sufre. Van a ponerle un aparato para inmovilizarle el pie hasta su curación.»

Algunos «vernólogos» defienden la posibilidad de que el sobrino de Verne se detuviera en Amiens con la intención de solicitar de su tío una cantidad de dinero lo suficientemente importante como para trasladarse y acomodarse en Inglaterra. Según estos especialistas, Julio Verne pudo haber ayudado económicamente a Gaston en otras ocasiones. Al negarse Verne a los deseos de su sobrino, éste disparó su arma.

Daniel Compère, en su documentado e interesante trabajo La vida amienesa de Julio Verne, comparte esta hipótesis, añadiendo algo más: «... el 9 de marzo de 1886, Gaston parece curado. Su padre le lleva a París para asistir a una boda. Sin embargo, Gaston se siente todavía perseguido por unos enemigos imaginarios, en particular por un gendarme, que cree ver en todas partes. En París toma un tren para Inglaterra, a fin de escapar de esos enemigos. Hace una parada en Amiens y se va a ver al tío Julio para pedirle dinero... Julio Verne, por el bien del muchacho, se niega: "¿Cómo podría vivir este pobre chico solo en el extranjero, y en su estado?" Intenta calmarle, pero Gaston saca un revólver que lleva para "defenderse" de sus fantasmas. Julio Verne intenta desarmarle, pero el arma se dispara y Verne es herido en una pierna.»

Esta versión entra en contradicción con lo publicado por los periódicos de la época, que afirman cómo Julio Verne se vio sorprendido al capturar y reconocer al agresor. Charles Lemire, en su biografía, aparecida en 1908, comparte la versión de los periódicos: «... Cuál no fue el asombro de Julio Verne cuando en el autor del atentado reconoció a uno de sus propios familiares, Gaston Verne, su sobrino, al que profesaba un gran afecto...» Maurice Garet, en una conferencia pronunciada en la Sociedad Industrial de Amiens el 8 de febrero de 1928, es de la misma opinión que Lemire: «... Julio Verne, ayudado por un sirviente, echó a correr al instante, detuvo al agresor y se quedó estupefacto, al mismo tiempo que apenado al reconocer en este último a su propio sobrino...» (N. de J. J. Benítez.)

Morir a los cincuenta y ocho, a los setenta o a los setenta y siete años poco importa, cuando hace tiempo que uno murió por dentro. ¡Bacon, Bacon! ¡Cuánta razón y sabiduría en tu sentencia: "La muerte es el menor de todos los males"!

Una semana después del "accidente", el destino se presentó ante mí con una nueva factura. Postrado en cama, abotargada la mente por la morfina y la palabrería de los médicos, alguien me trajo la noticia de la muerte de Jules Hetzel, mi amigo, consejero, padre espiritual y creador de Julio Verne. Se fue a los setenta y dos años, después de haber lanzado a la fama treinta de mis novelas. Su hijo, Julio, ha sido digno representante de su padre. Ha sabido escuchar y comprender a este viejo caduco, pero su padre fue mi padre...

Nueva factura del destino. El 15 de febrero de 1887, Sophie Allotte, mi madre, nos decía adiós. Al igual que ocurriera con el Gran Patriarca, tampoco me fue concedido estar a su lado en ese supremo momento. La cojera es para siempre, dicen los médicos y "decir" es lo único que saben "hacer". ¡Ah, los médicos! Como proclamaba Voltaire, "meten drogas que no conocen en un cuerpo que conocen todavía menos". Doce años hace que arrastro mi pierna por el mundo. Doce años hace que la providencia apuntaló este viejo árbol con un bastón, temerosa quizá de que la soledad pudiera tumbarlo. Ahora ya sólo hablo con mi bastón y con mi perro...

Dos únicas veces he abandonado mi "guarida", en Amiens. En 1887, para liquidar la casa familiar de Chantenay y todo lo relacionado con los bienes de mi madre y hace un par de años, en 1896, a París, a cuenta del enojoso proceso con Turpin.1 La tercera, y última, será a La Madeleine; esa vez, sin bastón...»

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