Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos






descargar 1.55 Mb.
títuloPretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos
página17/23
fecha de publicación17.07.2015
tamaño1.55 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   23

1. El 19 de julio de 1870 estalla la guerra. Napoleón III se enfrentó a Bismarck, utilizando la confrontación como un magnífico pretexto para evitar la revolución que se larvaba en Francia. A excepción de la clase obrera y de algunos reducidos círculos de intelectuales, el país entero acogió la declaración de guerra con entusiasmo. Verne se pronunció siempre en contra de esta guerra. A uno de sus lectores, ardoroso patriota, le responde en los siguientes términos: «... Yo nunca he tenido ganas de sacudir a los prusianos y menos aún de ser sacudido por ellos, lo que muy bien puede suceder. Convengamos que todos los combatientes valen lo mismo.» Durante el período bélico, Honorine y sus hijos permanecen en Amiens. París se rinde y la paz se firma el 26 de febrero de 1871. (N. de J. J. Benítez.)

2. La idea de llevar La vuelta al mundo en ochenta días al teatro parece ser que arranca del propio editor, Hetzel, entusiasmado ante el fulminante éxito de la novela. Verne acepta, intentándolo primero con un tal Cadol. El proyecto no prospera y, finalmente, se hace cargo de la empresa Adolfo Ennery, especialista en grandes espectáculos. Ennery trabaja en la obra durante el invierno de 1873 a 1874 desde su villa, cerca del cabo Antibes, en la Costa Azul. La vuelta al mundo se convierte así en un drama en cinco actos, un prólogo y quince cuadros, con decorados de Cheret, Poisson, Robecchi y Cornil. La revolucionaria escenografía presenta, por primera vez en el mundo, una locomotora, el asalto de los sioux e incluso un naufragio. La inversión de semejante "locura", que aterra a Julio Verne, asciende a más de ciento cincuenta mil francos. Años más tarde se representarían Los hijos del capitán Grant y Miguel Strogoff, con idéntico éxito. (N. de J. J. Benitez.)

3. El segundo yate de Verne fue construido en los astilleros del Havre. El Saint Michel II tenía 32,7 metros de eslora por casi 4 de manga. (N. de J. J. Benitez.)

1876, el velero navegaba por primera vez, rumbo al mar del Norte. Después, Inglaterra...

¿No olvidas algo? Sí, evidentemente...

¿Por qué no mencionar aquel otro viaje?... El autor de Cinco semanas en globo, el acérrimo defensor de Nadar, pudo satisfacer su íntimo sueño de volar un 28 de setiembre de 1873, gracias a la generosidad de Eugene Goddard: El Météore se elevó majestuoso desde la plaza de Longueville, posándose veintiséis minutos después en las inmediaciones de Amiens. ¡Qué sensación, qué sublime experiencia y qué terror mal contenido! Poco después, a través de las páginas del periódico local, este discípulo de Leonardo tuvo la satisfacción de relatar la aventura, excepción hecha de un pequeño y poco elegante detalle: que el miedo ensució mis pantalones... Dicho queda.

¡Sabia norma! Fue uno de los escasos aciertos de Julio Verne. Durante años trabajé sin reposo ni medida. No importaba la familia, la salud, los amigos o la diversión. Pero el "burro de carga", al fin, entendió que, al menos una vez al año, el reposo era tan saludable para el alma como para el editor...

Y dicté la sagrada ley de navegar de julio a setiembre. Ésa fue mi única debilidad.

El Saint Michel II no tardaría en quedarse corto para las cada vez más ambiciosas aventuras oceánicas de Verne. En dieciséis meses estaba liquidado. Y con el producto de la venta y cuarenta mil francos más, Julio Gabriel Verne Allotte compraba al marqués de Préaux un flamante yate de 28 metros, 38 toneladas y un motor de 25 caballos, capaz de desarrollar más de 100.1

Hetzel puso el grito en el cielo. ¡Cincuenta y cinco mil francos! "¡Hijo mío, estás loco!"

Sí, toda una locura. Pero ¿qué sería del mundo y de nuestras vidas sin ese pellizco de locura? Además —le tranquilicé—, de este barco nacerán nuevos proyectos, inmensas novelas, soberbios relatos... Con él surcaré los siete mares.

Del 25 de mayo al 26 de agosto del año siguiente (1878), el Saint Michel III partiría de Nantes, rumbo a la aventura. ¡Dios, qué crucero triunfal!

estrellitas

Vigo... Lisboa... El ministro de la Marina sabe de nuestra presencia y agasaja a Julio Verne... Cádiz... Tánger... Recepciones e invitaciones por doquier... Cacerías... Gibral tar... Málaga... Mi desprecio por todo lo español se suaviza. El mundo civilizado ha leído a Verne.


1. El Saint Michel III funcionaba a vapor y vela. Hacia popa disponía de un salón, forrado en caoba, con divanes que hacían las veces de literas. El dormitorio había sido trabajado a base de roble. En proa se hallaban el comedor y el camarote del capitán. Detrás de éste, la cocina y el dormitorio de la tripulación, capaz para seis marineros. El motor y la sala de calderas ocupaban el centro del barco. Ollive, el contramaestre, mandaba una tripulación total de nueve hombres: cuatro marineros, cuatro mecánicos y un cocinero. En su primer crucero importante, el Saint Michel III llevó como invitados a Paul, hermano de Verne; Maurice, uno de los hijos de Paul; el hijo del editor, Jules Hetzel, y el diputado R. Duval. El Saint Michel III, cuyo nombre primitivo era San José, fue adquirido en cincuenta y cinco mil francos. Hoy vendría a suponer una suma de trescientos mil francos aproximadamente. (N. de J. J. Benítez.)
España, incomprensiblemente, también. Quizá sea éste el momento de hacer una íntima confesión. Si, como creo, la reencarnación es posible, Julio Verne, cuando retorne a este mundo, deberá pagar esa falta de caridad, naciendo, justamente, en uno de los dos países que más ha aborrecido: Inglaterra y España. Sería de justicia. Personalmente prefiero el primero. ¿Qué peor penitencia para un vanidoso que nacer en un país de tenderos? En cuanto al segundo, la madre naturaleza no debió separarlo jamás del continente negro. ¡Dios me libre de incluir un solo héroe español en mis novelas!1 El destino no puede ser tan cruel. Un segundo Verne español no sería triturado por su padre, por su editor o por sus hijos; lo sería por su propio país... Más aún, para que ese segundo Verne triunfara en una nación como España debería ser dotado por los cielos de la fuerza de un titán.
estrellitas
Decía que aquel crucero del Saint Michel III fue un regalo a mi vanidad. Tetuán... Argel... Mis obras, traducidas a decenas de idiomas, levantaron el fervor de las masas, que se agolpaban en los puertos, colmándonos de presentes, solicitando audiencias, entrevistas y toda suerte de favores.

¡Soy el autor preferido de los culos de plomo!

De aquel inolvidable viaje nacerían Hector Servadac y Un capitán de quince años.
estrellitas
¡La mar!... La mar lo es todo para mí. Su hálito es puro y sano. Es el inmenso desierto en el que el hombre no está nunca solo, pues siente agitarse la vida a su lado. El mar es el vehículo de una sobrenatural y prodigiosa existencia; es movimiento y amor, es el infinito vivo.... ¡Movimiento! ¿Pueden decir lo mismo las montañas?
estrellitas
Y al siguiente año, ¡Escocia! Y en 1880, de nuevo el mar del Norte: Noruega, Irlanda... En el 81 el yate surcaría las aguas de Copenhague y de Rotterdam. ¡Qué locura! No es de extrañar que en una de mis visitas a París, el conserje del hotel, nada más verme, se apresurara a buscar una silla, exclamando: "Siéntese, señor Verne, que buena falta le hace con tantas andanzas." ¡Delicioso! Seguro que, de haber estado allí Brazza, el bueno del conserje le hubiera dejado de pie...

Y en el verano de 1884, la culminación. El más honroso y espectacular de los cruceros. Y también mi "entierro" como viajero.


1. En este aspecto, el estudio de María Helena Huet resulta definitivo y definitorio. Después de seleccionar 410 personajes, todos ellos con cierto protagonismo en los «Viajes extraordinarios» de Verne, Huet los clasificó por nacionalidades. He aquí el cuadro final: 89 ingleses en 25 novelas; 85 norteamericanos en 26 novelas; 82 franceses en 36 libros; 27 escoceses en 10 novelas; 20 rusos en 7 novelas; 17 irlandeses en 6; 12 alemanes en 6, y otros 12 canadienses en 4 de sus libros. El conjunto de origen celta —franceses, escoceses, irlandeses y canadienses— se sitúa en primer puesto, con 119 personajes en 56 novelas. El Julio Verne «chovinista» está fuera de toda duda, así como su gran simpatía por Estados Unidos. En cuanto a héroes o protagonistas españoles, la cuestión aparece igualmente nítida: rechazo total. (N. de J. J. Benítez.)
El Saint Michel III acogió entonces a la familia Verne al completo. Honorine incluso se dignó acompañarnos. Pero el invitado de honor, al menos para mí, fue mi hijo Michel, reconciliado ya con sus padres. Zarpamos de Nantes, según la costumbre, con el propósito de recoger a mi esposa e hijo en Orán, donde nos aguardaban. Escala en Gibraltar y nuevas demostraciones de entusiasmo. La cena con las autoridades del Peñón fue digna de los césares. No recuerdo muy bien si regresé al barco por mi propio pie o con la ayuda de Paul... Orán... Argel... Bona...

El mal estado de la mar nos obligó a cambiar los planes. Mejor dicho, fue Honorine la que se negó a embarcarse, forzándonos a una más que penosa travesía por tierra, con dirección a Túnez. Pésimas posadas, peores trenes, ácidos y corrosivos enfrentamientos con mi esposa y, de nuevo, la sorpresa: el rey de Túnez, al conocer la identidad del viajero que atravesaba sus dominios, me envía un lujoso "tren personal". Mis improperios contra la "maldita tierra" se verían acallados por la pompa de aquel tren y la posterior recepción oficial en Túnez.

Embarcados, al fin, rumbo a Malta, el mal tiempo nos obligó a refugiarnos en la bahía de Sidi-Yusif, tras el cabo Bon. ¡Qué delicia! ¡Una tripulación, solitaria y perdida en el culo del mundo! Disfruté como un niño. Nadamos como Dios nos echó al mundo, bailamos como los pieles rojas, matamos árabes imaginarios y nos sentimos náufragos. Todos menos Honorine, que se negó a bajar del barco.

Poco antes de anclar en Malta, el Saint Michel III fue zarandeado por una violenta tormenta. Esta vez, la realidad superó la imaginación del novelista. Julio Verne no yace ahora en el fondo del Mediterráneo por pura misericordia divina. Lógicamente, mi esposa me devolvió el tiro: "¡Maldita mar!", repetía cuando el terror y los vómitos se lo permitían. Mis novelas Clovis Dardentor y Mathias Sandorf encierran pasajes vividos en aquel crucero.

Malta... Sicilia... ¡El Etna!... ¡Qué hermosos recuerdos!... Michel, después de una penosa escalada hasta el cráter, pretendió emular a los héroes del Viaje al centro de la Tierra. A mis cincuenta y seis años, bastante hice con subir...

Tuve que renunciar a inspeccionar el Adriático. El barco había sufrido serios desperfectos en la tempestad.

Nápoles y Civitavecchia...

Cuando Honorine pisó tierra firme se revolvió furiosa hacia Julio Verne y, escupiendo al mar, juró por sus hijos que jamás volvería a engañarla. "El mar ha muerto para mí." ¿Quién podía imaginar que también moriría para mí?

Roma... Florencia...

En esta última ciudad tuvimos suerte. Verne consiguió pasar de incógnito. Pero en Venecia... Con el ánimo y el estómago descansados, mi esposa volvió a las andadas. Supo ingeniárselas para que la noticia de la llegada de Verne a Venecia entrara en la ciudad de los canales antes que nosotros.

¡El triunfo de los triunfos! Julio Verne engordó de gloria.

Desfile en mi honor, laureles sobre las sienes, fuegos de artificio, cenas de gala, recepción en el palacio de Luis Salvador, el archiduque de Austria, flores desde las ventanas, "Viva Giulio!", la oferta de las autoridades de una mansión para que siga escribiendo desde la bella Italia..., y Honorine, resplandeciente, respondiendo por mí a las preguntas de los admiradores. ¡Hipócrita! "¿Cuándo terminarás con tu maldito globo?"... De aquello, al parecer, no recordaba nada...

Milán... Leonardo da Vinci, mi maestro... Pasé horas en la Brera, frente a sus dibujos... ¿Era yo la reencarnación de aquel genio? ¡Qué sospechosas nuestras afinidades! La música, los inventos, la ciencia, la naturaleza, los mismos conflictos con su padre, el dibujo, la visión del hombre y del futuro... Incluso la declarada homosexualidad del genio del Renacimiento parecía depurarse ahora, en aquel Verne intensamente erótico y capaz de hacer el amor, en sus buenos tiempos, hasta dos y tres veces al día... Paul, que sabía de mi pasión por Leonardo, fue el único que supo interpretar la solitaria lágrima que derramé en aquella visita...

No sé si referirme a Roma. ¡Fue tan emotivo y carente de sentido al mismo tiempo!

Nunca traté de averiguarlo, pero imagino que la visita al Papa fue cosa de Godeffroy y Jules Hetzel hijo, que nos acompañaban en el viaje. ¡Poco importa! León XIII nos recibió por espacio de una hora. Emotivo, sí, y también ridículo. "No nos ha escapado la parte científica de sus obras —me dijo el Santo Padre—. Pero lo que más apreciamos en ellas es la pureza, el valor moral y espiritual. Nos las bendecimos y le exhortamos a perseverar." Cuando le pregunté sobre la novela que más le había satisfecho, el Papa dudó. Estaba claro: no las había leído. Además, ¿cómo se atrevía a calificar mi obra de "espiritual"? Jamás hice alusión alguna a los evangelios. Renuncié a otro de mis sueños dorados: escribir sobre Jesucristo. La venganza y el odio, mis propios dramas personales, están por todas partes en mis libros... ¿Es eso "pureza y valor moral"? Fue el Julio Verne engreído y vanidoso el que se sintió feliz por aquella audiencia especial del pontífice. El auténtico, el verdadero Verne, salió defraudado...

París... Amiens...

El Verne indómito y viajero agonizaba. Pero yo no podía saberlo. En febrero de 1886, súbitamente, el Saint Michel III sería malvendido, por la mitad de su valor real, al príncipe de Montenegro. Fue entonces, sólo entonces, cuando me hice aquella solemne promesa: "Sólo viajaré en sueños... de biblioteca en biblioteca." Y he cumplido. Son doce los años que llevo sin pisar la cubierta de un barco sin adentrarme en la mar... Con la muerte de Anne murió también la vida que sostenía a este perpetuo perdedor. Son muchos los que creen que mi desgana por la mar, por viajar y por vivir arrancó con el "accidente Eso fue posterior Fue a fines de 1885 cuando el destino, inmisericorde… Pero dejemos eso. ¿Es que también debo revelar mi "gran secreto"?»

CAPÍTULO 19


Uno de mis secretos: Atine De por qué abandoné París y me instalé en Amiens «Mi marido se me escapa de las manos» Anne murió de amor Verne eligió el «suicidio» por el trabajo Fue el destino quien me dejó cojo Sólo lamento la pésima puntería de mi sobrino



Son pocos los biógrafos que dudan del fracaso matrimonial de Verne. La mayoría está de acuerdo: Honorine y Julio tuvieron graves dificultades desde el principio. En 1871, a los cuarenta y tres años, Verne abandona definitivamente París y se instala en Amiens. Recibe la Legión de Honor y comienza para el escritor una «racha negra», que culminará en 1886, con un grave atentado. Meses antes, al parecer, fallecía en París una misteriosa dama, considerada como el «secreto y último amor» de Verne.



«¡Qué gran verdad la de Nietzsche! "Malo es todo lo que procede de la debilidad."

A mis setenta años, sobrevolando mi propia vida, apenas descubro nada bueno. Sólo veo un hombre sin valor.

Éxito = fracaso.

estrellitas

Está claro que, a pesar de las apariencias, Verne fue un fracaso. ¿Éxito en la literatura? Sí... ¿Éxito en el dinero? Sí... ¿Éxito en el teatro? Sí... ¿Éxito social? Sí... ¿Éxito en mis viajes? Sí... Pero ¿y debajo de esa gloriosa aureola externa? Fracaso... Fracaso en mi vocación marinera. Fracaso como hijo. Fracaso como esposo. Fracaso con mi hijo. Fracaso como hombre. Y todo a causa de mi debilidad.

No pienso eludir mi "gran secreto". En realidad debería hablar de "secretos", en plural. Mis "confesiones" es uno de ellos... Empezaré por el más doloroso. Un secreto nacido del fracaso y muerto por el fracaso.

Anne amaneció en mi vida recién cumplidos los cuarenta y dos años. Todo ocurrió vertiginosamente. Meses antes, hacia febrero de 1870, mi buen amigo Ferdinand de Lesseps, triunfante constructor del canal de Suez, llevado de su habitual entusiasmo, había propuesto a este vanidoso para la Legión de Honor. El estallido de la guerra demoró el asunto. Pero tres días antes de su caída, el gabinete de Ollivier pasó la propuesta a la emperatriz Eugenia, la española que decía gobernarnos, y que, en aquellos momentos de caos y fuego, ostentaba la regencia del Imperio. Julio Verne obtuvo su condecoración de caballero de la Legión de Honor, el más grande privilegio de Francia. Las fiestas y agasajos se triplicaron y, en uno de aquellos salones de moda, alguien se acercó, preguntándome si creía en el poder y en la influencia de los astros. «Amadine», sobrenombre de Anne, era una bella danesa, casada con un tal Mohacarc, una especie de bestia negra, de origen árabe, tan pretencioso, déspota y cargado de maldad como cobarde. La profunda y dulce mirada de aquella criatura me hipnotizó. Había en ella tal fragilidad, tal infinitud y amor contenidos que no pude apartarla de mis pensamientos. La visité y, como algo natural, como algo escrito desde mucho antes de nuestros nacimientos, nos entregamos en cuerpo y alma. Pero, aterrorizados, huimos el uno del otro. Aquel intenso amor era imposible... Ella tenía su hogar, sus hijos... Yo, a Honorine. Verne era un hombre público, un ídolo de las masas, un ejemplo para la juventud...

estrellitas

El final de la guerra y la temporal ruina de mi editor vinieron a complicar las cosas. Julio Verne se vio obligado a retornar a su trabajo en la Bolsa y a soportar las violentas críticas de Honorine, que, desolada, veía extinguirse nuestros ahorros y, con ello, sus fiestas y comadreos mundanos. Afortunadamente, tanto Hetzel como mis libros no tardarían en recuperarse. Ese mismo año de 1871, en setiembre, se firmó un nuevo contrato y la situación económica de los Verne mejoró. Pero Anne, a pesar del tiempo transcurrido, seguía viva en mi corazón... Así que, deseoso de evitar un escándalo, huyendo en definitiva de mi propio destino, fui concibiendo la idea de abandonar París. Ese mismo año se cumplieron mis propósitos. La batalla para convencer a Honorine fue mortal. En el fondo tuve que arrastrarla... En cierta medida, la escasa distancia existente entre Amiens y París, los noviazgos de mis hijastras con dos jóvenes de aquella ciudad y la presencia de la familia y antiguos amigos de mi esposa en Amiens me ayudaron notablemente. Hetzel conocería mi nueva dirección en Amiens, el 23 del bulevar de Guyencourt, con no poca sorpresa. Tanto el editor como mis amigos recibirían una justificación que sólo se ajustaba a parte de la verdad. "Usted sabe —le comuniqué a Hetzel— por qué, en parte, estoy en Amiens. La vida en París con una mujer tal como usted la conoce era imposible." Cierto, a medias...

En cuanto a los amigos, desconcertados por tan extraña elección, salí del paso como pude: "... A petición de mi mujer voy a instalarme en Amiens. Amiens está cerca de París, lo suficientemente cerca para que le llegue el reflejo, sin el ruido insoportable y la agitación estéril. Y para decirlo todo, mi Saint Michel está anclado en Crotoy." Cierto, a medias...

estrellitas

Debí suponerlo. El verdadero amor no muere con la distancia, de igual forma que la belleza, la poesía o la maldad no pueden abandonarse en el muelle, cuando uno parte. Y Anne, lejos de morir, fue sublimada. Si mis relaciones habían sido rudas con Honorine, a partir de mi amor por Anne se convertirían en un infierno. Mis silencios se hicieron tan frecuentes como las huidas del hogar. Huidas a ninguna parte o, en el mejor de los casos, a orillas de la mar. Allí compuse encendidos poemas y maldije una y otra vez mi falta de valor. Ciertamente, en frases de Hamerling, el primer amor no mata. Caroline no pudo con Julio Verne. Sólo se muere con el último... Anne sí pudo con Verne. Courteline, ese joven humorista francés, ha escrito todo un tratado sobre la mujer... en dos frases: "La mujer nunca ve lo que por ella se hace. Sólo ve lo que no se hace." ¡Bravo! No entiendo por qué, viejo oso miserable, te regocijas con tu propia tragedia...

Honorine lo sabía. Intuía que "algo" grave atravesaba mi corazón. Mis siempre escasas atenciones y delicadezas para con ella se habían secado irremisiblemente. He conocido mujeres de toda índole y condición, pero aún no sé de ninguna que carezca de instinto.


estrellitas

La sospecha de que mi mujer, a su vez, "sospechaba", sería confirmada, en secreto, por Hetzel, a mi vuelta de un viaje relámpago a Nantes, en el otoño de ese ingrato año de 1871. El editor me mostró una carta, enviada por Honorine durante mi ausencia. De aquel dramático texto sólo recuerdo las últimas palabras, que me sumieron en la más profunda desesperación: "... Adiós, mi querido amigo —confesaba mi esposa a Hetzel—, perdonadme y compadecedme, pues mi marido se me escapa de las manos; ayudadme a retenerle."1

¿Escapar de sus manos? ¡Qué ingenuidad! En todos aquellos años, jamás me tuvo. Honorine no podía ver lo que estaba haciendo por ella: sacrificarme y sacrificar mi gran amor, en beneficio de la estabilidad familiar, de las apariencias y de su propia seguridad. Sólo veía lo que no hacía... ¿Retenerme? ¿Es que no lo había logrado? Honorine debería haber matizado esa expresión. "Ayudadme a retenerle para seguir satisfaciendo mi ego, mi fortuna, mi brillo social..." Eso hubiera sido lo exacto y sincero. La posesión de Honorine nada tenía que ver con el amor. Yo poseía mi barco; ella poseía al Verne famoso y envidiado.

1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   23

similar:

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos icon¿Cómo y por qué llegué hasta allí? Por los mismos motivos por los...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconIntroducción
«objetivamente» o no, por los historiadores. La aversión por la historia y el miedo ante su veredicto rio son incompatibles con la...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEs, sin duda, entre los diálogos de Platón, uno de los que más bibliografía...
«naturaleza» (physei), por lo que al­gunos no corresponden a quienes los llevan, por ejemplo: el mismo de Hermógénes. Éste, por el...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEs, sin duda, entre los diálogos de Platón, uno de los que más bibliografía...
«naturaleza» (physei), por lo que algunos no corresponden a quienes los llevan, por ejemplo: el mismo de Hermógénes. Éste, por el...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconNo deberás colgarlo en webs o redes públicas, ni hacer uso comercial del mismo
«última guerra» o cualquiera de sus incidentes. Quienes hayan tenido una experiencia como la del autor reconocerán inmediatamente...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEste ejemplar es dedicado a todos los docentes y estudiantes lectores...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos icon5. Menciona los periodos históricos en los que se divide la historia...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconDesde la antigüedad, una lenta etapa experimental precedió al «Cinematógrafo»...
«Cinematógrafo» de los Lumière. Ya fuera por ciencia, curiosidad o espectáculo, se trabajó incansablemente por ofrecer al publico...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEs una gran historia, te hace comprender el honor y amor de un hombre...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos icon¿Los combates por la historia (¿Y la geografía?) o por las horas de historia?






© 2015
contactos
l.exam-10.com