Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos






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1.Con el título Diez horas de caza, Verne contaría esta desafortunada aventura cinegética en una sesión pública en la Academia de Amiens, en diciembre de 1881. En esa misma época —veintidós años después del tiro al sombrero del gendarme—, Julio Verne publica su novela La jangada, introduciendo una «prohibición de caza». Toda una novedad en su trayectoria como escritor. (N. de J. J. Benítez)

CAPÍTULO 14


Donde cuento mi providencial descubrimiento de Allan PoeA punto de perder el tren Mi hora no había llegadoSegundo viaje, abortado en Dinamarca Honorine «expulsa» Nadar o de cómo la providencia sabe tocar todas las flautas * «¡El globo..., sólo tu globo!»




A los treinta y un años, Verne parece recuperar parte de su optimismo. La investigación en torno a la figura y la obra de Edgar Alian Poe resulta providencial: su viejo proyecto literario «resucita» incontenible. Efectúa un segundo viaje, esta vez a Escandinavia, pero debe regresar precipitadamente ante el inminente nacimiento de su único hijo, Michel. Conoce a un romántico aventurero —Nadar—, que influiría en la concepción de su primera gran novela: Cinco semanas en globo.




«La mala suerte se alejaría de forma provisional tan bruscamente como llegó. El año del Señor de 1859 fue escenario de derrotas y victorias. Hay que ser ecuánime. No sólo es cierto que la providencia vigila; además, para nuestro regocijo, ayuda. Y lo hace por los senderos más insospechados. Me ayudó con el segundo matrimonio de mi querido hermano Paul. Me ayudó, en especial, con el "hallazgo" de ese poeta maldito —Poe—, con el romántico fervor de otro "loco insigne" —Nadar— y, por último, con el regreso a Francia de mi verdadero "padre": Hetzel, el editor. Anota esos tres nombres, como tres gemas: Poe-Nadar-Hetzel, y por ese orden...

estrellitas

Poe me sacaría del peligroso pantano en el que me hundía. El escaso o nulo éxito de las bagatelas teatrales estaba minando el corazón de Verne. La máquina de la ilusión perdía vapor y fuerza. Mas, he aquí que la providencia, de la mano de Baudelaire, puso a mi alcance la traducción de las «Historias extraordinarias», del errante poeta-cuentista de Richmond. ¿Qué estaba leyendo? "¡Aquello —me dije con mal disimulada cólera— era mi proyecto!" ¡Lo "extraordinario"! Sí, y también su pasión por los números, los enigmas, lo exótico...

El éxtasis de Alian Poe duraría meses. Lo leí todo. ¡Lástima no haber aprendido la lengua inglesa! La temática de sus relatos, su concepción de la realidad, su interpretación de los sueños y hasta la mecánica y estructura de sus libros era similar a lo que yo había ido concibiendo durante años. "Todo lo que vemos o creemos ver no es más que un sueño dentro de otro sueño", escribió en «A Dream within a Dream.» ¿Y qué fueron mis "viajes extraordinarios"?

Sólo encontré una objeción. Poe construía su fantasía sobre la fantasía. Grave error, en mi opinión. Jamás acepté esa flagrante violación de las leyes físicas y de lo verosímil. Cada dato, cada párrafo, cada paisaje, cada idea de mis novelas han sido minuciosamente verificados. Mas ¿qué puede importar esto al lado de su genialidad y de lo que significó su lectura? ¿Cómo es posible que dos hombres, separados por el tiempo, puedan coincidir tan exacta y escrupulosamente en sus planteamientos, concepciones e incluso en el procedimiento de composición y redacción?1 "Un buen autor — leí con asombro— tiene ya su última línea a la vista cuando escribe la primera." Este axioma era de Poe, sí, y mío. Así han sido escritas todas y cada una de mis novelas. ¿Debo creer en una transmisión de ideas o pensamientos, a través del tiempo? Por supuesto que sí. Entonces, poco o nada iniciado en el universo mágico de las "otras realidades" invisibles que pueblan este mundo, me costó comprender tan singular y mágico fenómeno. Hoy es otra cosa...
estrellitas
Mis vivencias sobre Poe fueron tan excitantes que me comprometí con Wallut a escribir un extenso ensayo sobre el poeta norteamericano para el Museo de las Familias.

¡Poe! Primer nombre mágico. Julio Gabriel Verne Allotte, conviene decirlo, "resucitó" gracias a sus Historias extraordinarias. El arrinconado proyecto de la "novela de la ciencia", a punto de perecer bajo la mediocridad de mis locuras teatrales, volvió a la luz en aquel 1859.

En ocasiones conviene hacer un alto en la vida. Y yo, merced a Poe, me detuve. Observé a mi alrededor. ¿Qué veía? ¡Oh gran Dios! Estuve a punto de perder el tren... La ciencia, alimentada por un torrente de hallazgos, marchaba a la cabeza de la sociedad. La gente asistía fervorosa y atónita a la puesta en marcha de los primeros velocípedos, de las cocinas de gas, de las máquinas de coser, del primer cable submarino entre Europa y América, de la perforación del primer pozo petrolífero en Pennsylvania, del convertidor siderúrgico Bessemer, del evolucionismo de las especies de Darwin, del análisis espectral de Kirchhof y Bunsen... El espíritu de la ciencia lo preñaba todo: desde la filosofía a la literatura. Los periódicos y revistas abrían sus páginas a las más audaces ideas y proyectos técnico-científicos. Los ferrocarriles y las compañías de navegación desvelaban nuevas rutas, maravillosos e increíbles países, junglas inexploradas y, en definitiva, acortaban los caminos del globo. La velocidad, el único vicio nuevo, según Morand, empezaba a contagiar a propios y extraños. ¿Qué había sido de aquellos prejuicios de 1830? ¡Médicos absurdos y burriciegos! Llegaron a clamar públicamente en contra del tren, sentenciando que la velocidad de semejantes "engendros del diablo" (no más allá de los 20-30 kilómetros a la hora) dejaría ciegos a sus insensatos pasajeros... Confucio, mi buen amigo, ¡tú sí que sabías! En sus Diálogos escribe, como si de este siglo se tratase: "Únicamente son inmutables los grandes sabios y los grandes ignorantes." El tren, hoy, sigue corriendo y yo, al menos, no me estoy quedando ciego por sus 40 kilómetros de velocidad... ¿Y para qué vamos a hablar de esos "locos" que pretenden volar? No hace mucho, en un destacado periódico norteamericano, el matemático Newcomb profetizaba un imposible futuro para aquellos cuerpos, más pesados que el aire, que pretendan volar. Está claro. Y Víctor Hugo lo ha hecho más claro todavía: "El progreso está en manos de los osados."

El mundo estaba cambiando. Ya nada era igual, ni siquiera el café. La invención del percolateur hidrostatique, una divertida máquina para filtrar ese licor de dioses, conmocionó a Europa. ¡La taza de café se puso a veinte céntimos! ¿Se ha visto mayor locura? Balzac, de haberlo visto, se hubiera estremecido. Pues bien, a pesar de los negros vaticinios de los agoreros, la ciencia, el realismo y la búsqueda de la verdad desnuda ganaron la batalla en la calle, en los claustros y en los laboratorios. No faltaron trasnochados idealistas noveleros, como Fromentin, Cherbuliez o Feuillet que, cobijados bajo el reaccionario manto del gobierno, odiaron a la nueva generación de científicos, exploradores y periodistas. El historiador inglés Froude los caricaturizó a la perfección: "Los reformadores tímidos odian siempre a quienes los sobrepasan."

1.Edgar Allan Poe nació en 1809 y desapareció en 1849. En consecuencia, el año del fallecimiento del poeta norteamericano, Julio Verne contaba veintiún años de edad. (N. de J. J. Benítez.)
El caso es que los escritores de aquel tiempo, ante mi asombro, se destaparon en la prensa con ensayos y artículos en pro de la nueva era del maqumismo, de la ciencia, de la ingeniería y de las exploraciones geográficas... ¡Oh, estuve a punto de perder el tren que había esperado durante años! ¿Cómo era posible? Este oso despistado gozaba de una gran ventaja sobre todos ellos: mis ficheros, fruto de años de estudio e investigación en las bibliotecas, eran envidiables. Mi erudición —no lo niegues, vanidoso—, superior a la de los mejores periodistas del momento. Mi posición en la Bolsa, por añadidura, me había familiarizado con el "riesgo", con la imparable ascensión del capitalismo industrial y con la trepidante evolución del planeta.

¡Lo tenía todo y no tenía nada! El terreno se hallaba sembrado. La sociedad, ansiosa y dispuesta para esa literatura de la ciencia. ¿A qué esperaba?

Ahora lo sé. Dios, el Gran Sembrador, es el único que conoce el tiempo de germinación de cada corazón humano. Mi hora no había llegado. El destino, eso sí, se encargó de "airear y abonar la tierra", despabilándome. Julio Verne estaba cayendo en un nada recomendable sopor espiritual, olvidando el trabajo de años. Las "bagatelas teatrales" me tenían como distraído... Poe fue el primer toque de atención. Faltaban un segundo y un tercero. Las piezas del "edificio verniano" iban encajando...

Y llegó 1861. O quizá tendría que referirme a diciembre de 1860. ¡Es lo mismo, viejo puntilloso! Coincidiendo, semana arriba o abajo, con el estreno en el teatro Lírico de la ópera cómica en un acto La posada de las Ardenos, Honorine quedó embarazada. No debo mentir: el acontecimiento me trastornó. Y no de alegría precisamente...

Cauta ella, su maternidad no fue oficialmente anunciada a la familia hasta junio del año siguiente, en Provins. Poco más o menos, a escasos días del aceptable éxito en París de Once días de asedio. La noticia alegró a los Verne-Allotte-Viane y enfureció, aún más, a los Morel, familia política de mi esposa. (Me refiero al embarazo, claro; no al estreno.) Más de una vez intenté adoptar oficialmente a mis hijastras, pero esta insidiosa familia Morel se opuso, tachándome de advenedizo, "cazadotes" y "soplamocos". Sin comentarios...

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Lo que no he dicho es que la estancia en Provins fue el preludio de una nueva borrasca matrimonial. Semanas antes, el hermano de Aristide Hignard volvió a proponernos un segundo y apetecible viaje, igualmente gratis, en esta ocasión por Noruega y demás países escandinavos. ¿Cómo resistir la tentación? Acepté encantado, pero, temeroso ante la reacción de Honorine, procuré ocultarlo hasta el último momento. ¡Qué absurdo! ¿Por qué esconder lo que se ama? Honorine debería haberlo comprendido. La mar me arrastraba. Era parte de mi sangre. Si ella lo hubiera aceptado, todo habría sido más dulce... El destino, frío y calculador, me situó entre la espada y la pared. Tenía que escoger: viajar o permanecer en el hogar, al lado de la "portadora del globo". Y en el Julio Verne de treinta y tres años se alzó la bandera de la verdad (de la mía, claro): elegí la mar.

Lloros, súplicas, insultos y la amenaza de separación definitiva. "Tú no me quieres... Tú sólo piensas en tus estúpidos sueños... Tú amas a otra... No volverás a verme... Tu hijo nacerá sin padre... ¡Maldito fracasado!"

Honorine acertó en casi todo. En el fondo, jamás me conoció. Habría sido un buen esposo si ella, simplemente, me hubiera aceptado como era: soñador, siempre cargado de lejanos ideales e inseguro. Y ya que lo menciono, inseguro, sí, pero, como todos los de mi signo, inflexible cuando, al fin, tomo una decisión. ¡Lástima que esas "decisiones" hayan sido tan escasas y tan laboriosamente gestadas!... Pero así soy yo.

Habló de separación. Para un individuo con un ascendente canceriano, el hogar es un templo. No puede vivir desarraigado. Eso me torturaría hasta el final de mis días. De nuevo, la falta de valor... ¿Qué habría sucedido si, en lugar de echarme a temblar ante la amenaza de Honorine, acepto la proposición? Es posible que Julio Verne fuera hoy un hombre libre y en paz, forjador, no de sesenta novelas, sino de ciento veinte. También cabe especular con lo contrario... ¿Quién puede saberlo? Además, estaba y está el destino...

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Acepté la separación... momentánea, en mi total y egoísta beneficio. Ella y las niñas viajarían a Amiens. Allí me esperarían.

El 15 de junio nos hacíamos nuevamente a la mar. En lontananza, los fiordos, el sol de medianoche, el Ártico... Infinidad de anotaciones, vivencias y, sin saberlo, las "cuadernas" de futuros libros: La esfinge de los espejos, Un billete de lotería, buena parte de Viaje al centro de la Tierra, El capitán Hatteras y un maravilloso embrión: Veinte mil leguas de viaje submarino, entre otros. Brumas, hielos, bosques inexplorados, tesoros y, cómo no, el nacimiento de una magnética e irresistible tentación: ¡el Polo Norte!

La aventura fue abortada a los cincuenta días. En Copenhague, mientras Hignard trabaja entusiasmado en su nueva ópera, recibo un cable —¿o debería calificarlo de "ultímátum"?— de Honorine. "Ha llegado la hora." Abandono a mi amigo y a su Hamlet en Elseneur. Y parto de Dinamarca como un fracasado. Debes emplear un lenguaje más exacto. Regresé a Francia como un energúmeno, incapacitado para comprender. Honorine tenía razón, pero me había sacado de un bello sueño. Creo que fue a partir de este suceso cuando me hice el firme propósito de apartar a las mujeres de la trama de mis novelas...1 Bueno: digamos que el "incidente" echó raíces en mi espíritu... y que, con el tiempo, emergió a la superficie de mis libros. Pero sepamos distinguir: de igual modo que la caza es una constante en mi obra (yo, enemigo declarado de los cazadores), los críticos deberían volver la oración por pasiva: el escaso protagonismo de la mujer en los "viajes extraordinarios" no tiene por qué significar que Julio Verne sea o haya sido un misógino. Jamás sentí aversión por el sexo débil. Ya lo dije: en todo caso, respeto y temor. Una, dos mujeres, me han defraudado en la vida. Eso no puede significar que el resto sea medido por el mismo rasero. Soy torpe y lento de inteligencia, pero no estúpido. Anne lo supo... En esta sociedad hipócrita aún campea la sentencia del autor de las Noches áticas: "La mujer es un mal necesario." ¡Cuándo cambiaréis! ¡Ojalá hubiera sido dotado por el Creador con el don de la buena pluma! Escribiría entonces mi obra maestra: la novela del amor. El célebre novelista toscano Guerrazzi ha simplificado mi opinión sobre la mujer: "No existe criatura alguna que se exalte por el sacrificio como la mujer. Delicada por naturaleza, se enciende por todo aquello que le parece generoso. La mujer se decide a abandonar al hombre en última instancia, incluso después que la esperanza."

Honorine "expulsó" el 3 de agosto de ese año de 1861. Sábado terrible... La familia permaneció semanas sin dirigirme la palabra. Mi hijo recibiría el santo nombre de Michel, un arcángel muy querido por este tardío descubridor de esas otras "verdades invisibles"...


1.En 1895, en efecto, en una entrevista para el Strand Magazine, Verne declara: «El amor es una pasión absorbente que deja muy poco sitio para otra cosa en el corazón del hombre. Mis héroes necesitan de todas sus facultades, de toda su energía, y la presencia cerca de ellos de una encantadora mujer les habría impedido realizar sus gigantescas hazañas.» (N. de J. J. Benítez)


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El regreso a nuestra casa en Montmartre dulcificó en parte la tensa situación, permanentemente agriada en Amiens por las directas e indirectas de suegros, primos y demás cortejo. La presencia de aquella nueva criatura en nuestras vidas limó algunas asperezas. Se produjo una especie de tregua. Honorine fue una buena madre. En realidad, al margen de mi "secreto", es justo reconocer que se encontró con cuatro niños: sus dos hijas, Michel y yo... Pero el "mal" viajaba en lo más profundo de Julio Verne. No lo negaré: jamás fui un buen padre. Ni entonces ni ahora. Los fantasmas de mi propia infancia actuaron como un muro. Y fui cayendo en los mismos errores que había criticado en el Gran Patriarca. Uno tras otro... ¡Ah, destino implacable!

La vivienda se estrechó de pronto. Y descubrí con terror que los niños, además de agitarse, lloran. Michel lo hacía a todas horas. Imposible escribir en aquel "manicomio". Inútil encerrarse en el último y mísero camarote del piso. Los parloteos de mis hijastras, pobrecillas, las reprimendas de Honorine, exigiendo silencio y compostura, los alaridos de Michel y mis continuas entradas y salidas de la "guarida", reclamando piedad, resultaron estériles. Más aún, acabarían con la paciencia general. Honorine, con razón, me recriminó mi egoísmo y falta de comprensión, emplazándome a buscar una casa más confortable. Sí, yo también lo deseaba; pero ¿con qué dinero?

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Ahora me sonrío. La providencia sabe tocar todas las flautas...

Busqué refugio en mis viejos hábitos: la Biblioteca Nacional, mis fichas y la tertulia en el Círculo de la Prensa Científica. ¿Impropio de un buen marido o de un padre honesto? Ciertamente. Que nadie se llame a engaño por mis novelas. Siempre lo dije y lo mantengo: mis libros, mi obra, pueden ser nobles; yo no.

El caso es que, en una de aquellas habituales "huidas" del "infierno de Montmartre", el destino puso en mi camino el segundo nombre-hombre mágico: Felix Tournachon, alias "Nadar", domiciliado en el 25 del bulevar de los Capuchinos. Otro "loco imprescindible", escritor como yo, periodista como yo, dibujante como yo, fotógrafo de renombre y apasionado, como yo, por la ciencia y la aerostática. Su "locura", en palabras de Dossi, era soñar despierto. Y, ya se sabe, un loco siempre encuentra a otro que está más loco... Pero, en mi caso, corrigiendo al fabulista alemán Lichtwer, "sí supe admirarle suficientemente". Más que admirarle, venerarle. Con Poe, fue mi segundo y decisivo aliento hacia mi destino. Nadar, en cuyo estudio "nacería" el impresionismo, era un acérrimo defensor de la navegación aérea, partiendo de cuerpos más pesados que el aire. La opinión pública, dividida, asistía a una curiosa e imprevisible batalla entre los partidarios de "lo más ligero" y "lo más pesado" que el aire. ¡Ah, Leonardo, viejo amigo, cómo hubieras disfrutado en aquel ambiente! Los periódicos y revistas de la época no hablaban de otra cosa. Nadar me explicó una y mil veces su acariciado proyecto: construir un globo gigante, el Géant, y cruzar los espacios. De ahí al transporte masivo de pasajeros de una ciudad a otra, de un continente a otro y a las exploraciones "por el camino de los cielos", sólo había un paso. Su "locura" fue también la mía. Como Wieland, siempre he preferido una locura capaz de entusiasmarme a una verdad que me abata. No podría precisar en qué momento de aquel otoño-invierno de 1861 concebí la idea de escribir una historia sobre un globo... De lo que sí respondo es de que Nadar fue segura fuente de inspiración, catalizador, motor y barquilla sustentadora de mi primer gran "sueño". Justo es reconocerlo. ¡Bendito sea su nombre! ¡Y más bendita aún la providencia, que lo interpuso en mi camino!

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Fue como un trueno o como un relámpago. Como si un faro o una estrella prendieran súbitamente en mi cerebro. Había llegado el momento. El proyecto de la "novela de la ciencia" se encendió como la "araña" del viejo teatro histórico. Y presa de un nerviosismo desconocido hasta entonces, me encerré en mi "guarida", trazando esquemas, borradores y dibujos de lo que "veía" en mi mente. La trama, la acción de la novela, brotó fluida, como una fuente largamente sellada. La precisión en los detalles, lugares, mecanismos ascensionales del «Victoria» —mi globo—, estudio de los vientos y del continente elegido para mi primera peripecia: África, no fue tan sencillo. Mi afán por calcular y ser exacto frenaría notablemente la labor. Así ha sido siempre y lo tengo a gala: todos mis libros, lo dije antes, pueden ser escrupulosamente diseccionados. Lo aparentemente inverosímil se sustenta siempre en verdades científicas comprobadas.

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La exploración desde el aire fue cautivándome conforme avanzaba en la redacción del libro. África, además, misteriosa siempre, ejercía en mí un magnetismo tan poderoso como el del Ártico. Fue la combinación perfecta. La sombra de Allan Poe compartió conmigo aquellas interminables horas sobre el papel. No caeré en el error de negar su poderosa influencia. ¿Qué escritor que se precie no se ha inspirado alguna vez en las obras de otros? Yo tomé el nombre de mi globo, el Victoria, de la célebre novela de Poe El pato en globo. Aquel Victoria norteamericano cruzó el Atlántico con ocho hombres, pero su volumen y maniobrabilidad no son comparables al Victoria de Verne. Durante semanas, varios físicos e ingenieros amigos, con mi primo Garcet a la cabeza, trabajaron desinteresadamente para este "loco", proporcionándome un dispositivo revolucionario, capaz de dilatar y contraer el gas del globo, de forma que sus pasajeros pudieran ascender y descender a voluntad. Ésta fue la clave de mi primera novela: exactitud y minuciosidad en las descripciones, al servicio de la aventura, del romanticismo, del hombre. Una fórmula —la aproximación de la ciencia a la literatura o viceversa— que jamás he abandonado.

Recuerdo con amor aquellos meses de apasionada redacción. Creo que jamás puse tanto corazón en una obra. Vivía, comía, caminaba y soñaba con los pensamientos flotando sobre África. No sabía conversar sobre otro asunto que no fuera el globo... Honorine, en un primer momento, lo tomó como una nueva manía de aquel "soplamocos", nunca satisfecho de sí mismo y siempre embarcado en las más ridiculas peripecias. Curiosamente, ahora que lo pienso, la fiebre que me asaltó fue tan tropical que, mientras escribía, apenas si me percaté del llanto o de los gritos de los niños. La creación me absorbía, aislándome del mundo exterior. Sin embargo, con el paso de los días y semanas, mi mujer estalló: "¡El globo!... ¡Sólo tu globo!... ¿Es que no existe otra cosa que tu globo?... ¿Cuándo terminará?... ¿Cuándo me dejarás en paz con tu maldito globo?"

La incomprensión de Honorine me irritaba. ¿Cómo era posible que su sensibilidad no diera para más? Ella sabía que me hería mortalmente con sus comentarios y risas. Mi trabajo era sagrado, mi trabajo era yo mismo... Después, lentamente, fui modificando mi actitud. Ya no me sentía dolorido por sus sarcasmos; me sentía solo, dramáticamente solo... Y Julio Verne, forzado por supuesto, dio una vuelta más a la llave de su mutismo y de sus silencios. Años más tarde, cuando Honorine se preguntó alarmada sobre el porqué de aquel Verne hermético y oscuro, debió de comprender que la causa madre radicaba en ella misma: en su primitiva e injusta incomprensión. Pero fue demasiado tarde.

Poco antes del comienzo del verano de 1862, los casi cuarenta capítulos y doscientas cincuenta páginas de Cinco semanas en globo se hallaban dispuestos. Mis tensiones y amarguras aflojaron. Fue una sensación de alivio y satisfacción. Una sensación que se repite con cada uno de mis libros. Y yo sigo en mis trece: semejante "descanso" sólo puede estar justificado por una aparentemente absurda y contradictoria razón: ¡que no me gusta escribir!

La gratificante sensación de alivio, sin embargo, se extinguiría pronto. La novela estaba terminada, sí, pero ¿cómo y dónde publicarla?»

CAPÍTULO 15


En el que descubro que estoy en un capítulo mágico Quince necios me rechazan Hetzel o la mano izquierda de Dios Mi segunda y escatológica entrevista «Hágame de esto una verdadera novela» Donde me caso por ciento veinte mil francos Ha nacido Julio Verne



1862: el año decisivo en la vida de Julio Verne escritor. Tras un doloroso peregrinaje por las editoriales de París, su amigo Nadar le pone en contacto con Hetzel. Éste lee el manuscrito de Cinco semanas en globo, le aconseja que lo perfeccione y el 23 de octubre firma un contrato con el editor. Al año siguiente, a punto de cumplir los treinta y cinco años, Julio Verne asiste a la publicación de su primera novela. El éxito sería arrollador.



«¡Curioso! Yo mismo me sorprendo. Viejo oso, no es aceptable a estas alturas de la vida...

Pues sí, cuanto más me fijo, más me desconcierta. Y bien sabe Dios que no ha sido premeditado...

Observa, culo de plomo, que te encuentras en el capítulo 15. ¿Y qué dicen los sagrados guarismos? Uno más cinco es igual a seis. ¡El seis! El número de la creación, según el Hexamerón bíblico. El "mediador" entre el "principio" y la "manifestación". ¿Y qué acontece si los mágicos nombres de Poe, Nadar y Hetzel son traducidos a sus equivalentes numéricos? ¡La suma de tales números arroja nuevamente el seis! ¿No es maravilloso? Y es más: ¿no consta Hetzel de seis letras? Resulta inquietante que este capítulo —que suma seis— coincida con el de mi primera y genuina "creación" y, muy especialmente, con el descubrimiento de Hetzel, mi editor y padre espiritual. El seis, mediador entre el "principio" de Julio Verne y la "manifestación"' de Julio Verne...

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Lo sé. Habrá quien lo atribuya al azar. Ya lo dije: blasfema palabra. El azar jamás podría repetir la excelsa geometría verde de un cactus, ni la matemática perfección de una estrella de nieve, ni el regular flujo de las mareas, ni la arquitectura de la colmena, ni siquiera el periódico y siniestro rictus de la muerte...

Muchos sabios se han cansado de repetirlo: la casualidad no existe. El hombre, en su temor a la Verdad Suprema, prefiere rehuir esa palabra. No sabe o no desea saber que el azar también se halla regido por un orden, tal y como pregonaba Novalis. El azar no es otra cosa, si me permites la licencia, que la mano izquierda de Dios. Con la derecha nos crea; con la izquierda nos conduce.

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Y esa "mano izquierda" me llevaría finalmente al tercer nombre mágico en la vida de Verne: Hetzel.

Pero antes de que eso ocurriera, ¡qué desolación! Yo conocía bien ese "peregrinaje" literario. No obstante, aquél fue el más duro y descorazonador. Con el manuscrito bajo el brazo visité un total de quince editores. ¡Quince, cielo santo! ¿Dónde estaban mis viejos amigos? ¿Dónde los que antaño me adulaban por mis infernales vodeviles y óperas cómicas? Y los quince —a cuál más necio— rechazaron la obra. No tuvieron siquiera la gentileza de leerla. "Señor Verne —exclamaban conciliadores—, ¿desde cuándo se dedica usted a la novela?... No malgaste su talento... Lo suyo ha sido siempre el género menor." ¡Culos de plomo del arte! ¿Desde cuándo existen géneros mayores o menores en la creación?

Cada vuelta al hogar fue un segundo suplicio. Honorine, a la vista de nuestros cada vez más exiguos recursos económicos, daba rienda suelta a su mal humor, colmándome de reproches, cuando no de chanzas o silencios.

Al borde de la desesperación, poco faltó para quemar aquellas Cinco semanas en globo. Durante algún tiempo perdí el interés por todo. ¿Había fracasado? ¿Qué significaban los años de estudio? ¿Para qué tanto sacrificio, hambre y enfrentamientos con mi familia? ¿No habría sido mejor aceptar los sensatos consejos de Pierre Verne y vegetar en Nantes? ¿Qué significado tenía el gran proyecto de la "novela de la ciencia"?

Comprendo muy bien a los autores noveles. Yo padecí sus mismas ansiedades y fracasos.

Mas, por enésima vez, olvidaba esa palabra santa: providencia.

Derrotado, fui a aliviar mi pena junto a Nadar. Y en silencio, como corresponde a todo loco sensato, mi amigo y confidente se apresuró a entrevistarse con Julio Hetzel, un recién llegado del exilio.1 Le habló de mí y del manuscrito y, al parecer, según las bondadosas palabras de Nadar, el editor se mostró interesado.

Mi escepticismo era tal que no le creí. Y Nadar, como si se tratase no de mi libro sino del suyo, me arrastró hasta el despacho de Hetzel, en la truculenta calle de Jacob.

estrellitas
Guardo en el alma y en la retina cuatro especiales pinceladas de aquella histórica primera visita a Hetzel. Veamos si sé describirlas...
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