Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos






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1. Resulta significativo y elocuente analizar la correspondencia cruzada entre padre e hijo en aquellos meses. He aquí varios párrafos de algunas de esas cartas. El lector sacará sus propias conclusiones...

(29 de mayo de 1856) «... Mi querido padre, tu carta me ha producido, a la vez, placer y pena, porque, por un lado, veo que no pides más que el ayudarme a crear una posición, pero, por otro, observo que me tomas todavía por un muchacho irreflexivo, al que se le sube a la cabeza una idea nueva, vuelto a todos los vientos de la fantasía y que no quiero ocuparme del cambio más que por gusto del cambio. No quiero echar la soga tras el caldero; lejos de ello; se trata menos que nunca de abandonar la literatura; es un arte con el que estoy identificado, y que nunca abandonaré. Pero necesito una posición, una posición presentable, incluso para las personas que no admiten a los hombres de letras... Aprovecho, por otra parte, la primera ocasión que se me presenta de casarme; estoy harto de la vida de soltero, que me aburre; me ocurre lo mismo que a todos los amigos que piensan como yo... Esto te parecerá curioso, pero tengo necesidad de ser feliz, ni más ni menos. Ahora bien, una situación de agente, que me permita vivir en París, puede facilitar mucho las cosas.»

(También en mayo de ese mismo año) «... Por otra parte [refiriéndose a su futuro cuñado], lo que hace en Amiens es todavía más fácil hacerlo en París a escala más pequeña... El señor De Viane [su suegro] está muy introducido en este mundo de financieros y agentes; podría fácilmente interesar a un amigo suyo en un gran cargo en París, incluso por una módica cantidad... Ahora bien, mi querido padre, se trataría de saber, si llega la ocasión, si querrías hacer que me interese por un cargo tan oficial como lo puedan ser un despacho de abogado o de notario. Tengo necesidad de modificar mi existencia porque esta situación precaria no puede prolongarse... Como llevo un año sin ganar nada... ando escaso de medios.»

En otra misiva, Verne trata de apaciguar los ánimos de su padre y escribe: «... Hablas de desilusión literaria; pues bien, te juro que no existe; veo solamente que una situación literaria no puede conseguirse, por el tiempo de postura y salida de pollos, al menos antes de los treinta y seis años. Por otra parte, no quiero esperar hasta ese momento para adquirir cierta estabilidad en mi existencia, por lo que quiero pedirle a otros trabajos más lucrativos el que completen el insuficiente e incierto beneficio de las operaciones literarias.»

Ante los miedos de Pierre Verne por una actividad tan arriesgada como la de la Bolsa, su hijo responde con firmeza y verdad: «... ¿Que el gobierno querrá poner término al agio? Error. El gobierno de Napoleón III, que reposa enteramente sobre las finanzas, no puede introducir la menor restricción en los asuntos de la Bolsa sin perder una parte de su fuerza. La carta de Ponsard es una de esas añagazas de moralismo que hacen sonreír a la gente familiarizada con las cómicas pamemas del poder.» (N. de J. J. Benítez.)

¡Cuánto odié a este miserable! ¿Qué valor tenía para él un hijo? ¡El de la apariencia ante la encorsetada y reaccionaria sociedad nantesa! La Bolsa tiene muy "mala prensa", afirmó. Pero ¿qué podía importarme "el qué dirán"? Hacía años, gracias al continuo ejercicio de la miseria, que mi orgullo flotaba a muchos codos por encima de comadreos y apariencias. Pierre Verne estaba convencido que su "loco" primogénito había saltado de la amenaza de la destrucción y de los hospitales, por la literatura, a la más oscura de las bancarrotas, por la Bolsa. La realidad de una Francia consumida entonces por la fiebre de la especulación y de los negocios, no era garantía suficiente para él, hombre realista y poco dado a aventuras.1

Aún no sé muy bien cómo o por qué se produjo el "milagro". Mis sospechas cayeron sobre Sophie, mi madre. Si Pierre Verne aflojó finalmente su bolsa y los cincuenta mil francos no fue por gusto, sino por la astuta y constante presión de su esposa. A fin de cuentas, Sophie estaba harta de remendar mis camisas y calcetines...

Y el "plan" entró en funcionamiento, como una máquina fría y calculadamente engrasada. Un corto aprendizaje en el despacho de mi amigo Giblain, agente de Bolsa, la firma con Eggly y un postrer "detalle": el ruego a mi familia para que procedan a la protocolaria petición de mano de Honorine. Yo mismo fijo la fecha de la boda: enero del año siguiente (1857). El reciente luto de mi prometida sólo fue un problema menor.

Desde París, mi "cuartel general", despliego una actividad inusitada, no exenta, debo reconocerlo, de una anormal felicidad. ¡Al fin me caso! "¿Estaré tocando la felicidad con las manos?" Ahora lo entiendo. Aquel optimismo es común y corriente en todo novio, semanas antes del "desastre"...

Pero los disgustos no habían terminado para el esperanzado Julio Verne. Mi familia se rasgó las vestiduras. ¿Una boda en secreto? "Nuestro hijo pretende una ceremonia a la ligera y un banquete aún más ligero..." Protestas, amenazas y desconsuelo general. Pero el testarudo Verne no cede. Auguste Lelarge redacta el contrato y servidor, como digo, se ocupa de los detalles. Honorine me deja hacer. Ella —aún no puedo creerlo— está de acuerdo en armar el menor ruido y juerga posibles. ¡Buenos son mis amigos! De invitarlos a la boda, ¡nada de nada! Sólo de pensarlo se me erizan los cabellos. Mis padres interpretaron aquella carta mía como la de un lunático: "... Por favor, nada de formalidades. Mis hermanas, para estar guapas, no tienen más que mostrarse al natural. Después de la ceremonia os llevaré a comer a casa de un tal Bonnefay, a tanto por barba, y se acabó..."

Ahí surgió mi primera decepción. Honorine no aportó a la boda grandes dineros o tierras. ¡Oh, traición! ¿El ajuar? Un sofá, un reloj de pared, una alfombra roja y algo de bronce... Inútil presionar a mi suegro. El viejo capitán de coraceros, perigurdino por más señas, sonríe maliciosamente ante mis sibilinas insinuaciones. La madre de Honorine, borgoñona o, lo que es lo mismo, de entrecejo y puños cerrados, se limita a desprenderse del menor bronce posible... Me resigno.


1.La idea de Verne de convertirse en agente de Bolsa, tenien» do presente el panorama financiero de aquella Francia de la segunda mitad del siglo XIX, no era del todo descabellada. Tras el golpe de estado bonapartista del 2 de diciembre de 1851, el orden fue la regla de oro de una sociedad reaccionaria. Como escribiera Marx en El 18 brumario, la aristocracia francesa se hizo bonapartista. Oleadas de inversionistas, alentadas por el propio gobierno, se lanzan entre 1855 y 1856 a la especulación por la especulación. El derroche, el lujo y el dinero fácil —fruto de la Bolsa— deslumbran a la alta burguesía. Y Julio Verne no fue ajeno a esta radical mutación de la sociedad en la que se movía.

(N. de J. J. Benítez.)

Todo está a punto para el "entierro". Sabedor de las crueles burlas que pueden empañar al último y recalcitrante soltero de "Los once sin mujer", propalo toda suerte de mentiras respecto al lugar donde debe celebrarse la boda. A los amigos de París les hago saber que me caso en Amiens; a los de Amiens, en Nantes, y a éstos, en París. El lío fue monumental y épico. Nunca me lo perdonaron.

En total, doce invitados, contabilizando a mis padres y hermanas. Ni siquiera Paul estará presente: en aquellos momentos hacía su última travesía. Pierre Verne exige que, al menos, se invite a los tíos de Châteaubourg. Negativa sin paliativos. No soporto la idea de una procesión de coches de alquiler en mi boda.

El 10 de enero de 1857 —¿por qué no consultaría los astros?—, en presencia de Hignard y mi primo Garcet como testigos, tiene lugar la ceremonia civil en la alcaldía del tercer distrito de París. A continuación, la boda religiosa en la iglesia de Santa Eugenia, muy cerca del bulevar de Poissonnière.

¡Qué fulminante e incendiaria mirada la de mi padre! Al verme a la puerta de la alcaldía se tornó de una palidez cadavérica; se atusó los largos mostachos y masculló medio ahogado por la sorpresa: "¡Fantoche!"

Supuse que se trataba de mi atuendo. Al Gran Patriarca le sobraba razón. ¿A quién se le hubiera ocurrido casarse con un traje blanco como la nieve y guantes negros? Naturalmente, al más frío y rencoroso de los hombres. Todo obedeció a un tenebroso ritual, nacido en la lejana juventud y, una vez más, en venganza por la "execrable boda" de Caroline. ¡Era evidente que el "santo Simón Stylita" del siglo XIX sólo podía ir al altar vestido del blanco manto de las vírgenes! Más aún, cuando la novia, en su calidad de viuda, no podía lucir semejante color. En cuanto a los guantes negros, saltaba a la vista: ¿es que no son obligados en un entierro que se precie? Medio en broma, medio en serio, Julio Verne estaba dibujando su verdadero funeral. La muerte entró en mi alma aquel 10 de enero de 1857, sábado. Yo sí puedo responder a Confucio. Preguntaba el sabio chino: "Si todavía no se conoce la vida, ¿cómo podrá conocerse la muerte?" La muerte no consiste únicamente en el final del viaje; la muerte, la peor de todas, es saber que, torpe y neciamente, has perdido el tren del amor y de la libertad. Ese "muerto" caminará y respirará, sí, pero habrá sido desposeído de sus más nobles deseos. ¡Maldito y bendito Nietzsche! ¿Por qué no lo escribiste antes? "Amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar." Y yo, precariamente, cierto, estaba habituado a amar mis "sueños", mi libertad, mi obra... Todo se perdió en el transcurso de un día y una noche, como la Atlántida de Platón. Honorine, sin ella desearlo, fue mi verdugo. No creo equivocarme si hablo de un Verne, antes de aquel 10 de enero, y un Verne posterior. El primero, una promesa; el segundo, una mutilación.

Mi familia fue ajena a esa irremediable tragedia personal. Para Pierre Verne, la misa rezada, casi clandestina, fue una chapuza. En cuanto a la comida, a lo Béranger, un insulto a la rancia tradición burguesa de los Verne-Allotte. A los postres, sin embargo, el Gran Patriarca, sin perder la compostura, dio la bienvenida a Honorine, leyendo unos versos que me estremecieron... de cólera. Más o menos terminaban así:
Venid, mi cuarta hija.

A pesar de que una numerosa familia

se estrecha en torno a mi hogar,

habrá allí un sitio para vos.

Sitio reducido... Ah, no busquéis otro,

en él nos apretamos para mimarnos.
¡Hipócrita! ¡Siempre las apariencias...! "¿Una viuda en la familia?... ¡Recapacita, hijo!..." "¿Nos apretamos para mimarnos?"... ¡Válgame el cielo'.... Pero ¿de qué o de quiénes hablaba?... Cuando de verdad quise "apretarme" contra su pecho y su comprensión de padre, me fustigó y humilló. Cuando acudí a él en petición de auxilio, de dinero, para alimentarme, cerró su bolsa y me abandonó en la miseria... Cuando le expliqué que necesitaba ser fiel a mí mismo y a mi vocación de escritor, ¿qué ocurrió? ¿Me apretó para mimarme? ¡No! El Gran Patriarca me apretó para estrangularme...

No mires hacia atrás, viejo oso caduco. Pocos años después, con tu hijo Michel, ¿no harías tú lo propio? A pesar de haber leído Los recuerdos de Marco Aurelio, no supe o no quise poner en práctica su sabia recomendación: "El mejor procedimiento para vengarse de una injuria consiste en no parecerse a quien la ha inferido."

¿No piensas escribir sobre tu "luna de miel"? Pues no... Mejor dicho, sí; pero ese capítulo tiene título aparte.»

CAPÍTULO 13


El del «no supersticioso, con mala suerte» Un secreto del viaje de bodas Honorine o un globo con excesivo lastre Donde mi esposa confunde a Caroline con la Venus de Milo Sigue la mala suerte: mi primera navegación y los reproches de Honorine Un Julio Verne mozo de cuerda El certero ojo de un cazador




Entre los veintinueve y treinta y cuatro años, Julio Verne alterna su trabajo en la Bolsa con la producción de obras teatrales y una minuciosa labor de documentación. Atraviesa periodos de pesimismo respecto a su gran proyecto —«la novela de la ciencia»—, en parte por las dificultades económicas, no extinguidas, por el fracaso y la mediocridad de sus óperas cómicas y comedias y por la incomprensión de Honorine. En esta época lleva a cabo, al fin, uno de sus grandes sueños: viajar.



estrellitas

«Como expresaba Bacon, el más grande genio de la Inglaterra isabelina, inmerecido a todas luces por esos odiosos ingleses, "hay una superstición al huir de la superstición". ¿Julio Verne supersticioso? ¡Imposible! Ser supersticioso, además, trae muy mala suerte... Así que bautizaré este capítulo, tal y como dije, ¿o no lo dije?, como el del "no supersticioso, con mala suerte". Como defendía Salustio, cada uno es forjador de su propia fortuna; de la buena y de la mala, me atrevería a enmendar al historiador latino.

Esa época, que se levanta justo con mi matrimonio, sería el principio del fin. Y aún se mantiene. Y crecida, diría yo... Los éxitos posteriores, el gran triunfo del escritor, están a la vista. La historia, en boca de Rückert, juzga a los hombres por el resultado. Pero ¿y la trastienda de la historia? ¿Qué puede importarme ganar el mundo —san Ignacio me perdonará— si en la mitad del camino descubro que viajo en solitario? Julio Verne reconocería su aterradora soledad a los veintinueve años. Justamente en el viaje de bodas. Al amanecer del tercer día, como una maldición evangélica, este ruin e interesado cazador de dotes recibió el gran "aviso". Honorine dormía, ajena a mis pensamientos. Fue como una inspiración, como un despertar, como la inexorable caída del telón al final de una representación. De cara al naciente y débil sol de Provins supe que había fracasado. ¡No estaba enamorado de mi mujer! Y el recuerdo, la imagen y la voz de Caroline lo llenaron todo, hasta el extremo de romperme por dentro. ¿Qué podía hacer? Era un miserable, sí, pero no hasta el punto de abandonar a Honorine a las setenta y dos horas de la boda... Guardé y he guardado silencio desde entonces. Me humillé y acepté el castigo. ¡Ay de mí cuando sea llamado a la presencia del Altísimo! Seré juzgado y severamente condenado no por lo que he hecho, sino por lo que no he hecho. Los seres humanos, confundidos por las religiones, se afanan por llenar las alforjas de su conciencia de méritos y gracias, sin comprender que, en el "otro lado", no existen balanzas. Yo seré mi propia balanza. Y el único bien medible será la honestidad conmigo mismo. Honestidad que no tuve... Deshonestidad que no se paga a medio o largo plazo, como imaginan los necios, sino al punto. ¡Absurda teología! Los hombres son siempre mejor que ella. ¿Por qué no enseñarán al niño a desconfiar de los que se dicen en posesión de la verdad? Yo quizá no habría sido tan desgraciado...

estrellitas

A raíz de aquel sangrante "descubrimiento" me torné huidizo, parco en palabras y amabilidades. A pesar de mi insaciable erotismo, mis relaciones sexuales con Honorine fueron siempre comedidas, estudiadas, casi teatrales. También seré juzgado por ello. Más aún cuando, según confesión de la propia señora de Verne, su primer marido, Auguste Morel, empleado en una notaría de Amiens, no fue jamás generoso en caricias... Dios se lo llevó en 1856 de neumonía... y aburrimiento.

Las abuelas de Amiens se habían hecho cargo de Suzanne y Valentine, las dos hijas de Honorine, de cuatro y dos años, respectivamente. Ello nos proporcionó cierta libertad durante algunas semanas. Tras el insulso viaje de bodas, la "feliz pareja" posó para el célebre Delbarre, fotógrafo de su alteza imperial la princesa Matilde. Servidumbres de una familia de rancia tradición que anteponía el brillo social a la voluntad de sus hijos...

Mala suerte, sí, la de aquellos años...

estrellitas

Mala suerte al descubrir el auténtico carácter de Honorine: posesiva, mundana, amante de las fiestas, del cotilleo social, superficial en todo lo concerniente al espíritu y ansiosa de un éxito que no era el mío. Mil veces intenté explicarle mi gran proyecto, mis ilusiones, mi "novela de la ciencia". Antes de que hubiera pronunciado media docena de palabras, ya había cambiado de conversación o, lo que era más irritante, de sitio, dejándome con la palabra en los labios. Luché por aceptarla como era. Pero algo en mi interior se revelaba. Aquel "globo" llamado Julio Verne había sido cargado con un lastre excesivo. ¡Dios Santo! Había escapado de la tiranía del Gran Patriarca para caer en la de una esposa dominante, insensible y pendiente de sí misma. ¡Ah, hermano Tolstói, cómo te comprendo!

No olvides que escribes para ti mismo... Sí, naturalmente. En ese caso contempla también los justificados lamentos de Honorine. ¿Qué clase de individuo le tocó en suerte?: un soñador empedernido, casi siempre inseguro, rico en proyectos que necesitarían años para fraguar, pobre de solemnidad, amante de la soledad, irritable, vanidoso, excéntrico, esclavo de una literatura que se demoraría en brillar, misterioso y enamorado en secreto de otra... Honorine me amaba y me ama a su manera. ¿Puedo reprocharle algo? Soy yo quien debe disculparse. ¿Es que un hombre así es fácil de llevar y comprender?

estrellitas

A pesar de mi tragedia interior, aquellos primeros meses en París fueron un torbellino: cenas, bailes, fiestas, teatro... Honorine rebosaba felicidad. Al fin había encontrado su lugar, su ciudad y su ambiente.

Tuve que ingeniármelas para repartir el tiempo entre la Bolsa, mis piezas teatrales, el siempre inacabado fichero del gran proyecto y Honorine. Un día cualquiera en mi vida hubiera agostado el amor de los Capuletto y de los Montesco. Ante la extrañeza primero de mi mujer y la indiferencia después, saltaba del lecho mucho antes del alba. A las cinco ya estaba escribiendo. A las diez de la mañana me dirigía a la oficina de Eggly y de allí a la Bolsa. Por la tarde, horas y horas de estudio y documentación en la gélida Biblioteca Nacional, a la búsqueda de un "milagro" que no llegaba nunca.

Pero el destino, como cuenta La Fontaine, sale al paso justamente en aquellas veredas que hemos elegido para evitarlo. Honorine no soportaba mis periódicas cenas con "Los once sin mujer" (ahora, todos con mujer). La irritaba el talante desenfadado de los Duquesnel, Carvaillac, Wallut, Gille, Feydeau, Zobbah, Delioux, etc. Y, lo que era peor, sospechaba de nuestras andanzas por las casas secretas. En eso se equivocaba. Ahí surgieron las primeras peleas. Pero el destino, insisto, es burlón. Y "Los once sin mujer", por uno de esos generosos gestos de la providencia, ¡terminaríamos en la Bolsa! Por razones más o menos semejantes a las mías, todos ellos, amantes del teatro, de la música y de la literatura, fueron a componer sus maltrechos bolsillos en la especulación y las transacciones económicas. No es de extrañar, por tanto, que la Bolsa se convirtiera en una de las más divertidas, jugosas y magnéticas tertulias de París. El "lateral de la columnata" fue famoso, ¡ya lo creo!

En cuanto al Julio Verne corredor de Bolsa, ¿qué puedo decir? A pesar del asesoramiento de mis amigos, en especial de Eggly y Charles Maisonneuve, "aquello" no era lo mío. Indeciso, sin un convencimiento mínimo sobre lo que hacía e incapaz de arriesgar lo que no era de mi propiedad, las cosas fueron de mal en peor. En 1859 me apuntaré el éxito, la "mala racha" se quebró..., una sola vez. Al cerrarse la campaña de Italia con la victoria de Magenta y el tratado de Villafranca, el Julio Verne periodista olfateó el alza. Aposté y gané. Mejor dicho, ganaron mis clientes. Ése fue mi único acierto como agente de Bolsa. El curriculum no puede ser más paupérrimo...

estrellitas

¿Capitulo de la "mala suerte"? Creo que sí, lo mire por donde lo mire. Porque mala fortuna fue visitar el museo del Louvre en aquellos primeros meses de matrimonio. ¿Fui yo o fue el destino quien nos condujo hasta la Venus de Milo? ¡Destino irrespetuoso! Para mi desgracia, no éramos los únicos admiradores de la obra maestra. A nuestro lado, de improviso, ¿por azar?, apareció mi prima Caroline, con su petimetre... Saludos, risas, miradas de complicidad, presentaciones y mi voz, quebrada por la emoción y mil recuerdos, arrancados en tromba de lo más profundo de un corazón desesperado. Mi amor, como un mar sin riberas, se encrespó, destrozándome. Nadie pudo notarlo. ¿O quizá sí? ¿Observó Caroline, deformada por la obesidad, el relámpago negro de la amargura? ¿Lo observó en mis ojos? Nunca lo supe. Tan sólo recuerdo una oportunísima frase, dirigida a mi prima, que Honorine, ajena a mi infierno interior, asoció a la Venus de Milo. "He aquí —le dije— la única mujer de la que podrás estar celosa durante toda tu vida..."

El encuentro con mi primer amor me aniquiló algún tiempo. Mi encierro fue enclaustramiento. Honorine, inquieta, no acertaba a comprender. Renuncié a la Bolsa durante semanas. No probaba alimento y mi única compañía fueron la soledad y la pluma. Los dolores de estómago arreciaron y Honorine, excelente cocinera, sufrió una nueva decepción.

El destino, ¿compasivo?, vino en mi auxilio. Detrás de aquella excelente noticia, sin embargo, toda una advertencia para el futuro...

En el verano de ese nefasto 1859, Alfred Hignard, hermano de mi inseparable Aristide, que trabajaba a la sazón como agente de una compañía de navegación, en Nantes, nos ofrece sendos pasajes gratuitos a Escocia. No puedo creerlo. ¡Navegar! ¡Mi gran sueño! ¡Mi truncada vocación! ¡Y gratis! Aún lo recuerdo con amargura. Llegué a casa radiante. Expuse el proyecto y, ¡desastre de los desastres!, mi esposa rompió a llorar, reprochándome mi egoísmo, mi locura, mi ineptitud en los negocios, mi falta de gusto por las comidas y no sé cuántas lindezas... La escuché perplejo. ¡Era mi gran ilusión! Y sólo disponía de un pasaje. ¿Qué podía hacer? Nuestros ahorros no daban para más. La discusión fue feroz. Mi timidez y compasión, a punto estuvieron de dejarme en tierra. Pero, alzándome sobre aquella ruina, me impuse. Honorine me esperaría en Amiens. El viaje fue desolador. Ni una palabra, ni un gesto de reconciliación, ni una señal de mutua comprensión. ¡Ah, Julio Verne, tu futuro estaba escrito! Tus viajes, a partié de ese momento, se convertirían en un infierno. Mi matrimonio era un infierno...

estrellitas


Aristide y yo embarcamos el 25 de julio en Nantes. ¡Escocia! ¡El país de mis ancestros! ¡La tierra del arquero Allott y de Walter Scott! ¡La mar..., agria y dulce..., gris y, blanca de tormenta..., salina en la madera y en la brisa..., total y absolutamente mía! Mis cuadernos empezaron a llenarse de notas. Tenía prisa por saber, por experimentar, por vivir. Esos apuntes y dibujos —Glasgow, Edimburgo, después Londres, Liverpool, el gran buque de hierro (el Great Eastern), los castillos y las tierras verdes, las gentes...— fueron mi primer arsenal de campo. De aquel excitante viaje nacerían después el Duncan, a la búsqueda del capitán Grant, las Indias negras, el Chancellor, el Rayo Verde, La casa de vapor, Cinco semanas en globo, Viaje al centro de la Tierra... y, cómo no, La ciudad flotante. Al visitar los astilleros de Londres y admirar el magnífico Great Eastern me hice una solemne promesa: algún día, cuando fuera rico, embarcaría en aquel coloso de los mares y disfrutaría de sus doscientos once metros de eslora y diecinueve mil toneladas de desplazamiento. ¡Promesa cumplida, vive Dios!

El retorno, mortal. Honorine, que jamás olvida, me destrozaría con sus indirectas.

estrellitas

Y la mala suerte siguió alimentándose con mi sangre. En el espacio de cuatro años cambiamos cinco veces de domicilio. Del bulevar de la Buena Nueva al de Magenta, de allí al de Montmartre, a la encrucijada de la Cruz Roja y, finalmente, a la calle de Sevres. Yo fui el culpable de tan enojoso trasiego. Los pisos eran pequeños y las hijas de Honorine, muy pequeñas aún, no podían entender la palabra "silencio". Necesitaba quietud y un mínimo de orden para trabajar. Los gritos, amenazas y recomendaciones de aquel Julio Verne desquiciado, ansioso y permanentemente empobrecido sólo sirvieron para enrarecer aún más mis relaciones con Honorine. ¿La solución? Buscar una vivienda amplia y despejada en la que nadie molestara a nadie.

estrellitas

Eso, claro está, costaba dinero. Y mis ganancias en la Bolsa apenas si soportaban los elementales gastos domésticos. Si añadimos a esto el enfermizo y progresivo empeño de mi esposa por lucir nuevos vestidos y alternar en restaurantes, fiestas y teatros, es comprensible que, a cada mudanza, fuera yo quien se viera obligado a tirar del carro de los muebles. Julio Verne, el excelso novelista de la ciencia, palafrenero... sin caballo. Todo hay que decirlo: ¡estas mudanzas fueron ejecutadas siempre con nocturnidad y alevosía!... ¡Dios mío! ¿Qué hubieran pensado nuestras amistades, nuestras regias familias, si alcanzan a descubrir a un Verne-Allotte, sudoroso y desmelenado, tirando de un carromato por las calles de París y subiendo camas, espejos y sillas como un mozo de cuerda?

Mala suerte también con el teatro. Sería mejor no recordar aquellas piezas... Las sabinas, en colaboración con Charles Wallut, nuevo director del Museo de las Familias; Señor de Chimpancé, otra ópera bufa, con música de Hignard; La posada de las Ardenas, con Michel Carré y Aristide; Once días de asedio, Un sobrino de América, Los dos Frontignac, etc., fueron simples juguetes cómicos y libretos musicales más o menos certeros que apenas me proporcionaron otra cosa que «cuatro cuartos», un mediocre brillo social y fuertes dolores de cabeza. Fueron escritos en la oscuridad que precede al alba y así quedarán para la pequeña historia de Verne. Eso sí, ¡que nadie yerre! Fui y moriré amante del teatro. Porque, en realidad, ¿qué son mis novelas y mis "Viajes extraordinarios"? ¡Teatro, señores! ¡Puro teatro! Hasta la última de las escenas y descripciones han sido concebidas como si me moviera sobre las "tablas". Creo que el rotundo éxito de las adaptaciones de la Vuelta al mundo y Miguel Strogoff no necesitan comentario... Por cierto, jamás gané tanto dinero como en aquellas apoteósicas adaptaciones. ¿Es que también piensas escribir sobre tu fortuna? Pero ¿qué fortuna, viejo oso chiflado? El dinero llegó y se fue... ¿Puede darse mayor goce? Nunca desprecié el dinero; eso, en palabras de Chamfort, sería como destronar a un rey. Tampoco me encadené a su lustre; amar la bolsa por encima de todas las cosas es como adular a ese mismo rey...

Mala suerte, en fin, hasta con la autoridad...

¡Demonios de año! En octubre de 1859 fui invitado a una partida de caza en las inmediaciones de la ciudad de mi esposa. Jamás me entusiasmaron las armas. Y a pesar de lo que digan mis libros sobre el particular, odio la caza, la guerra y a los héroes. Comparto la opinión del ensayista británico Carlyle: "Cada guerra es un malentendido"... entre estúpidos, añado por mi cuenta.

¿Los héroes? ¿Qué mejor definición que la de Rochefoucauld —nada menos que del siglo XVII— cuando asegura que "son como ciertos cuadros. Para contemplarlos no se debe mirar demasiado cerca"? Por seguir con la metáfora, con algunos de mis héroes, y es más: con mis libros, debe procederse como enseña el agudo escritor francés. ¿Lo entenderán, viejo oso?

Volvamos a la caza.

Yo, al menos, lo interpreté como un aviso celeste. Cada uno es muy señor de vestir a la verdad como guste...

Esa mañana, mientras cargaba el cañón derecho de mi escopeta, el izquierdo, cansado de funcionar mal, se reveló en plena faena y a punto estuvo de terminar con mi barba y mi vida. Susto épico... Mas la providencia, nada indulgente, me dejó vivo.

Horas después, en ese punto de la tarde-noche en el que, como reza el Talmud, no se distingue un hilo blanco de otro negro, este experto zoólogo y rastreador divisó con gran alborozo una atractiva pieza de pelo negro y ojo redondo y rojo. Parecía descansar sobre un matojo... Apunté cuidadosamente, conteniendo el pulso y el agitado corazón como Dios me dio a entender. El disparo fue glorioso. ¡Qué digo "glorioso": sublime! Y el pájaro, herido de muerte, se desplomó en la maleza. Al abalanzarme entre gritos de júbilo sobre el arbusto, la sangre se heló en mis venas. Tomé la pieza incrédulo: ¡era el sombrero de un gendarme! ¡Oh Dios! ¿Y el gendarme? Mi descarga había sido buena, pero ¿hasta el extremo de desintegrar al representante de la autoridad...?

Al pasear la aterrada mirada a mi alrededor, comprendí. A cuatro pasos, tumbado en la hierba, el propietario del gorro, pálido como la cal, me asesinaba, a su vez, con la vista. Recompuesta la figura, me arrebató su legítima propiedad, comprobando tembloroso y estupefacto lo que quedaba de su hermosa y multicolor escarapela. El gendarme fue hinchándose, hasta que la cólera hizo estallar los botones de su guerrera. Procedí a recogerlos y, respetuosamente, le dije: "Amigo, yo he nacido por la mañana; usted, evidentemente, por la tarde..."

Para qué vamos a registrar las groseras alusiones a mi padre y a mi señora madre... En fin, fui denunciado, procesado verbalmente, multado y condenado a indemnizar al "recién nacido". Lo peor sobrevino a nuestro retorno a París. La noticia se extendió entre los buenos y malos amigos. Y, como pasa siempre, fui acusado por los dos bandos. Los unos —antibonapartistas— por no haber matado al gendarme; los otros —reaccionarios y fieles al gobierno—, persuadidos de mis torcidas intenciones... Las intenciones no sé si eran aviesas. Podría discutirse. Del tiro sí respondo: fue perfecto.1

Como decía, yo lo interpreté a mi aire: ¿un aviso de la providencia? Así lo creí y así lo sigo creyendo. Víctor Hugo, el Grande, fue sabio y lo definió casi para mí: "El ojo no acierta a ver a Dios más que a través de las lágrimas." De las lágrimas y del fogonazo de un fusil...

Es menester que me detenga para hablar del destino. Pero ¿en qué momento de estas desordenadas "confesiones"? La ventaja de ser viejo es que puedes asomarte al balcón de tu propia vida y contemplar tus setenta años, como si de un desfile se tratara. Pues bien, en cada uno de los uniformes de esos setenta soldados se distingue el destino. Es más: es la providencia la que marca el paso de la compañía... Pero hace falta llegar a viejo para descubrirlo. Y, aun así, es mayoría la que muere sin advertir que jamás fueron dueños de su existencia. En el mejor de los casos, "arrendatarios".

¿Que de qué sirvió aquella mi primera y última expedición de caza? Elemental: para no perder la fe en el Altísimo. Por aquel entonces, este oso gruñón se estaba distanciando. Esa confianza era vital para lo que se avecinaba... Si el destino me había preservado de una muerte segura, no fue gratuitamente.»
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Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEste ejemplar es dedicado a todos los docentes y estudiantes lectores...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos icon5. Menciona los periodos históricos en los que se divide la historia...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconDesde la antigüedad, una lenta etapa experimental precedió al «Cinematógrafo»...
«Cinematógrafo» de los Lumière. Ya fuera por ciencia, curiosidad o espectáculo, se trabajó incansablemente por ofrecer al publico...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEs una gran historia, te hace comprender el honor y amor de un hombre...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos icon¿Los combates por la historia (¿Y la geografía?) o por las horas de historia?






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