Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos






descargar 1.55 Mb.
títuloPretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos
página11/23
fecha de publicación17.07.2015
tamaño1.55 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   ...   7   8   9   10   11   12   13   14   ...   23

1.En septiembre de ese año (1854), Julio Verne escribe a su padre, comunicándole estas excelentes proposiciones: «... Espero de un día para otro el nombramiento del nuevo director, que me dejará libre, conservando unas excelentes relaciones con el señor Perrin.

Éste ha hecho todo lo que ha podido, de nuevo, para hacerme aceptar la dirección del teatro Lírico, incluso sin sueldo, y buscando arreglos remotos. Me he negado. Incluso me ha ofrecido dirigir el teatro, yo solo, permaneciendo director de nombre y teniendo una parte de los beneficios: me he negado también; quiero ser libre y demostrar lo que hago. He escrito mucho más de lo que crees, mi querido padre, pero reconozco que he hecho cosas que no son buenas, y de las que, ciertamente, no me serviré. Ahora bien, si las obras que considero buenas pueden triunfar, lo voy a ver una vez que haya salido del teatro Lírico.» (N. de J. J. Bentíez.)
CAPÍTULO 12

Un piano por veinticinco francos Nunca fui un escritor de verdad Donde me profetizan que seré cornudo Un 9 de mayo fatídico Honorine, la de los pechos interminables Un plan perfecta y fríamente engrasado El Gran Patriarca se opone a mi boda Cincuenta mil francos me convierten en agente de Bolsa «Uniforme» para mi «entierro»: traje blanco y guantes negros



Hasta mayo de 1856 la vida de Verne, recluido en su buhardilla, se reduce al estudio y preparación de su ambicioso proyecto literario. Nuevo cambio de domicilio y adquisición de un viejo piano. Recién cumplidos los veintiocho años, Julio Verne es invitado a la boda de un amigo, en la ciudad de Amiens. Allí conocería a Honorine, una viuda con dos hijas. Ocho meses más tarde contraería matrimonio con ella y se haría agente de Bolsa.



«He estado a punto de abandonar la redacción de estas "confesiones". Me siento incapaz de profundizar en la vida de nadie. Mucho menos, en la mía. Los biógrafos, sinceramente, son unos ilusos. ¿Quién puede decir nada medianamente sensato o aproximado de la existencia de otro hombre? Las fuerzas me fallan. Pero, en fin, proseguiré. Me limitaré, eso sí, a lo que supongo las "cuadernas" de este viejo buque varado que lleva el nombre de Julio Verne. La mudanza de casa —esta vez al 18 del bulevar de Poissonniére—, la adquisición de un prehistórico piano y la tertulia del Círculo de la Prensa Científica fueron los grandes alicientes de aquellos duros veintisiete-veintiocho años. Soy un artista estirando los ahorros. El piano fue un descubrimiento de mi inseparable amigo Hignard, que por aquel entonces vivía en el mismo rellano de mi escalera. ¡Veinticinco francos! Para Hignard fue una ganga. Para mí, una tentación irresistible. Tuve que pagarlo a razón de cinco francos al mes. Una vez más, el estómago pagaría mi encendido amor por la música. ¡Viejo oso, deberías escribir la gran novela de tu estómago! Él ha padecido tus fracasos y desengaños. No seguiré lamentándome. A fin de cuentas, fui fiel a mí mismo. ¿Qué es la música? En palabras de Hoffmann, la natural continuación del lenguaje. Donde terminaba mi palabra escrita, allí nacía mi música. De no haber sido marino, pintor o escritor, Verne habría sido músico.

Mas, ¡no desvaríes, viejo loco! ¿Qué fue de mi vida en aquellos años? Podría asociarla a tres lugares concretísimos: buhardilla-Biblioteca Nacional-Círculo de la Prensa Científica. Me despertaba —es un decir— con la oscuridad, trabajaba hasta media mañana y, acto seguido, me enclaustraba en la biblioteca, tomando cientos de fichas sobre las más variadas materias. Mi proyecto exigía conocerlo todo: botánica, física, matemáticas, astronomía, oceanografía, geología, balística, historia... Me detuve muchas veces en mitad de aquel pandemónium de información, preguntándome: "¿Qué pretendes?" No lo sabía con precisión. No podía intuir aún los frutos concretos de tan gigantesco y siempre inacabado esfuerzo. Pero supe aguardar. La "luz" se encendería...
estrellitas

Cuando los ojos y la mente se negaban a trabajar me refugiaba en el Círculo de la Prensa Científica. Allí escuchaba, discutía y planeaba, de la mano de exploradores, geógrafos y soñadores como yo. La geografía era mi "diosa". Humboldt, con su espléndida obra «Cosmos» había creado en 1845 un nuevo concepto de geografía. Y yo compartía plenamente esa relación íntima y directa del hombre con su medio físico y natural. Aquellas interminables y románticas tertulias fueron modelando mi espíritu, preparando lo que, años más tarde, sería el gran "árbol verniano". La necesidad de dinero y un innegable afán de protagonismo en el siempre agitado remolino parisiense me forzaron a seguir escribiendo "pequeñas bagatelas", tan carentes de interés como preñadas de frivolidad: «Un invierno en los hielos» y «Los felices del día» hablan por sí solos. A Dios gracias, mi pensamiento apuntaba en otra dirección. Mi horizonte era otro. Pero ¿qué hacer con mi estilo literario? Pocas veces lo he confesado: ¡carezco de estilo! Entonces y ahora me he esforzado por ser un estilista. Inútil. Estoy castrado para la creación literaria, en el más puro sentido de la expresión. Soy directo, espartano y austero en el lenguaje porque, sencillamente, nunca fui un escritor de verdad. Mis lectores se estremecerían si pudieran leer semejante aseveración. Poco importa. Así lo pienso y así es. Pero en aquella época yo no lo sabía. Y luchaba con todas mis fuerzas por depurar mi escaso y desértico lenguaje. La terminología científica y mi obsesión por los detalles me dominaron desde un principio. Y ahí quedó anclado el ilusionado Verne. No busquéis perífrasis o circunlocución y mucho menos metáforas en mis libros. Los sustantivos han sido y son mi bastón, pero no por gusto, sino por necesidad... Tampoco es cuestión de olvidar la fuerza del periodismo, que actuó en mí como un yunque.
estrellitas

Mentiría si olvidara otro "detalle", más que importante, obsesivo, de aquella juventud que escapaba. Las noches, sin una mujer, se hicieron interminables. La bolsa vacía, a pesar del entusiasmo desplegado en el proyecto de la "novela de la ciencia", refrescaba a cada momento la memoria. No, no había olvidado el prosaico objetivo de la "rica heredera". Quedó apaciguado, pero no muerto. Había que casarse y asegurar el futuro. Así se lo hice saber a mi amigo Génevois. Y Ernest, que recordaba muy bien una cruel misiva mía en la que le aconsejaba no cometer la tontería de contraer matrimonio, se apresuró a pagarme con la misma moneda. ¡Me llamó cornudo!1 Justo castigo a mis contradicciones. Jamás se debe predicar lo que no se cree ni se practica...
1.En respuesta a esa carta de su amigo Ernest Génevois, Julio Verne contesta con otra carta que refleja con precisión sus ideas sobre el matrimonio. He aquí el texto de la misma, revelado por Marc Soriano: «Bravo, viejo amigo, tu encantadora carta me ha entusiasmado; seré cornudo; pues viva la cornamenta, así no me diferenciaré de los maridos de todas clases más que en haber estado perfectamente prevenido antes de casarme.

»No, Ernest, no voy a decirte que no me casaré. Lo que sí te diré, Ernest, a ti, que pretendes que seré un cornudo, es que eso me importa un cuerno. Además es un buen ahorro de "fornicio". El amante de una mujer casada economiza a su marido un doméstico y dos sirvientas. El amante de una mujer casada vale por un ingreso neto de mil escudos para un matrimonio. Es el factótum, el pagano del hogar doméstico, y habría que tener cuarenta mil libras de renta, al menos, para desaprovechar una fortuna semejante: es como si un teatro se quejara de ser subvencionado.

«Has olvidado una cosa, Ernest, y has cometido un grosero error en medio de las grandes verdades que me asestas, y es que yo no cargaré con la primera muchachita que tenga unos buenos ojos y una buena pechuga, si su pechuga no tiene esperanzas y si sus ojos no tienen una perra.

»La pechuga es algo importante, lo confieso, cuando se está junto a ella, pero es también menos que nada cuando uno está a cientos de leguas, pues no tengo la pretensión de que mi mujer tenga una espetera de Quimper a Lons-le-Saunier. Preferiría incluso que tuviese una teta de menos y una propiedad de más en la Beauce, una sola nalga y unos buenos pastizales en Normandía. Así soy yo: un castillo y un corazón.

»Por otra parte, me dices, Ernest, que todas mis conquistas se han reído de mí. Bueno: sin eso ¿dónde estaría el placer? Balzac lo ha dicho y lo ha demostrado que más vale ser abandonado por una mujer que abandonarla. Trata de hacer comprender eso a las jóvenes y vulgares muchachas a las que honras con tus bondades.

«También pareces creer que no soy capaz de hacer conquistas. ¡Anda, desmemoriado! Se ve que has olvidado las mejores casas de la calle d'Amboise o de la calle de Monthyon, en las que se me recibe como al niño mimado, ¡qué digo!, como al niño podrido de la familia. ¿Acaso no se me ama allí por mí mismo, cuando encuentro la ocasión de dejarme unos cuantos luises? ¿O es que crees, si no, amigo mío, que el dinero es el único móvil de esos puros afectos? No, sin duda, y el día que me presente en esas castas mansiones sin una perra, me pondrán de patitas en la calle, y con razón. Como ves, he hecho conquistas como cualquier otro...» (N. de J. J. Benítez)

En algo sí acerté a la hora de replicar a Ernest: no cargaría con una muchachita sin dote, propiedades o dineros... ¡Necio! A cambio de esa supuesta seguridad económica, hipotequé mi vida, mi libertad y lo más santo bajo el cielo: el amor. De nuevo, la falta de valor... Pero el destino pasa siempre recibo. No conozco a nadie con memoria tan prodigiosa. Veamos si digo verdad.

En abril de ese año de 1855, con motivo de la boda de mi entrañable amigo Victor-Marie, escribí a Nantes, burlándome del matrimonio: "... Acaba de casarse Victor-Marie, mi médico y amigo. Todos se casan menos yo. Gran baile, la vigilia en el hotel de la Moneda. El lunes de Pascua fui a Saint-Germain-des-Prés para los obsequios. Estaba singularmente conmovido viendo pasar el cortejo fúnebre. Dos suizos vestidos de gala hacían resonar el pavimento del templo con golpes sordos y prolongados. El padre avanzaba llevando a la pura víctima al altar; el esposo y después la familia desfilaban, serios como senadores romanos; el órgano tocaba la fuga y sus truenos. Estaba singularmente conmovido, quiero decir que me dio una risa que me dura todavía. No, jamás podré figurar seriamente en una ceremonia de este tipo."

¿Por qué era tan cretino? Ciertamente, quizá desde la "execrable boda" de Caroline, la ceremonia nupcial me recordó siempre un cortejo fúnebre. Nunca pude remediarlo. Ni siquiera en la confección de mis posteriores novelas...1 La burla de Antífanes fue mía durante años: "¡Cómo! ¿Que se ha casado? ¡Y pensar que lo dejé gozando de tanta salud!" Temía el matrimonio, me espantaba, pero lo necesitaba. Sofía Arnould se cansó de cantarlo, pero nadie la escucha: "El matrimonio es una ciencia que nadie estudia." Yo, a fuerza de estudiarlo, equivoqué la "carrera"...

Meses después de aquella burla sangrienta, el destino se ensañaría conmigo. No podía ser de otra manera. Y lo hizo —ojo por ojo...— al estilo de Verne.

Quizá, si para entonces hubiera conocido a Anne, mi querida astróloga, aquel mayo de 1856 no me hubiera puesto en camino hacia Amiens. Pero los astros no conocen la misericordia. ¡De nuevo una boda! Esta vez, la de mi compañero Auguste Lelarge, con una joven de Amiens, la señorita Aimée de Viane. Y un 9 de mayo, viernes, le daba el brazo en la iglesia a una encantadora viuda, hermana de la desposada, cuya gracia —Honorine— me sonó a violines... ¡Ciego! ¡A qué ocultarlo! Su estampa y su bolsa me deslumhraron. Honorine, dos años menor que yo, era grande, bien plantada, con unos senos interminables, ojos rientes, una piel tersa, cuidada y desafiante como sus caderas, voz de soprano ligera, deliciosa y un humor natural e impropio de una mujer... Digo yo que caí rendido a sus pies, no muy perfectos, dicho sea de paso... Mi timidez se vio derrotada por una mujer liberal en su talante y talen» to. Honorine no retrocedía ante nada, nunca supo del sonrojo. Era natural y espontánea, incapaz de mentir, casi una niña..., con dos hijas de corta edad. ¡Ah, mi eterna tragedia! Mis "prometidas", siempre acompañadas de dificultades. Y las hijas de la viuda lo fueron, ya lo creo que lo fueron... ¿Un flechazo? Dejémoslo en un pinchazo.

Y lo que en un principio sólo debía prolongarse una jornada escasa, se convirtió en ocho días de deliciosas atenciones. Está claro que hubo mutua complicidad y confluencia de intereses. Yo interesaba a la familia y la familia interesaba a este cazador de dotes. Pero, como sentenciara Montaigne, "poco ventajoso es que un hombre vaya buscando una mujer que le traiga una buena dote; no existe ninguna otra deuda extraña que traiga más ruina a las casas".


1.Julio Verne gusta de esta comparación «boda-entierro» en algunas de sus obras. Así, en Las tribulaciones de un chino en China, escribe sin el menor pudor: «Por ahí pasaba un entierro de gran pompa, que estorbaba la circulación; por allá una boda, menos alegre quizá que el convoy fúnebre, pero igualmente embarazosa.» (N. de J. J. Benítez.)
Mejor que mis recuerdos son las cartas cruzadas entonces (mayo de 1856) con mis padres. En una de ellas, quizá la primera, en un arrebato de pasión y de interés, confesaba a mi sorprendida madre: "... La familia De Viane, en la que entra Auguste, es encantadora, compuesta por una joven viuda muy amable, hermana de la desposada, que parece muy feliz, y por un joven de mi edad, agente de cambio en Amiens, donde gana mucho dinero, y que es el muchacho más gentil que ha dado el mundo. El padre es un viejo militar retirado y que es mejor de lo que suelen ser generalmente esos guerreros retirados del servicio, y la madre es una mujer de carácter excesivamente fuerte.

"Tú no estás habituada a verme hacer así un elogio general de toda la familia, y tu perspicacia natural va a hacerte creer que hay algo debajo. ¡Me parece que estoy enamorado de la joven viuda de veintiséis años! ¡Ah!, ¿por qué tiene dos hijos? ¡No tengo suerte! Caigo siempre en imposibles de una clase o de otra..."

La respuesta de Pierre Verne, moralista hasta la tumba, no se hizo esperar. "¡Su hijo, casado con una viuda y madre de dos hijos!" ¡Ni pensarlo! ¡Ah, qué escándalo! ¡Qué "increíble" trayectoria la del primogénito de los Verne-Allotte! Primero se fuga de casa, rumbo a las Indias; más tarde se enrola en las galeras de la perdición, en París, compartiendo el pan y la sal con libertinos, literatos de escasa reputación y libertarios que buscan la perdición de Napoleón III. Y no contento con el teatro, tras renunciar al sólido futuro de un despacho de abogado en Nantes, ahora, ¡Dios misericordioso!, intenta casarse con una viuda...

Mi padre pasó a la ofensiva. Nuevas disputas, nuevas peleas y nuevos rencores. Pero la idea de contraer matrimonio con una viuda, madre de dos hijas de corta edad, no fue lo peor. A los veinte años se puede correr tras la moneda de cinco perras. A los treinta, uno está cansado y pone en grave riesgo su dignidad. Necesitaba dinero. ¡Vaya novedad, querido oso! Esta vez iba en serio. Si en verdad deseaba casarme con Honorine, tenía que encontrar un trabajo seguro y con un mínimo de rentabilidad. Detengámonos en este decisivo lance.

¿Por qué me hice el firme propósito de casarme? ¿Por el apasionado amor hacia una mujer? Mi muchísimo menos. En lo más íntimo, yo seguía queriendo a mi prima Caroline. Quizá fue motivado por dos o tres razones, a cuál más despreciable. Veamos... En primer lugar, las largas conversaciones con mi futuro cuñado, durante mi estancia en Amiens, me decidieron a probar suerte. ¡Podía hacerme agente de Bolsa! Las influencias y conocimientos de mi suegro y cuñado resultaban oportunísimas. Este oficio me regalarla el tiempo necesario para profundizar en mi proyecto literario. Honorine, según esto, fue utilizada como una herramienta. Con ella ajustaría las tuercas de mi "edificio en construcción". ¿Qué importaba que no estuviese enamorado? ¡Ah, miserable proverbio francés, que hice mío en todo momento!: "Se desposa a una mujer, se vive con otra y no se ama en realidad más que a uno mismo." Por último, la ciega oposición de mi padre a ese matrimonio provocaría en aquel Julio Verne, terco y rencoroso, un efecto contrario. De modo que Pierre Verne se opone a mi boda... ¡Muy bien, habrá boda!

Planteé mis intenciones a la familia y Ferdinand, mi futuro cuñado, me señaló a un tal Eggly como posible socio. Sólo había un "insignificante" obstáculo: cincuenta mil francos. Ésta era la cantidad requerida para asociarme e iniciar el negocio de la Bolsa. ¿A quién podía recurrir? Haciendo de tripas corazón, planteé el enojoso asunto a mi señor padre. La guerra, más que batalla, el tira y afloja, el "sí" y el "no" de una y otra parte, nos consumiría a ambos durante ocho largos meses. El Gran Patriarca echó mano de todos sus argumentos y argucias, incluyedo uno, el último, que me dejó perplejo. Pierre Verne, acérrimo enemigo hasta entonces de un Julio Verne escritor, llegó a lamentar que mi capricho por la Bolsa me hiciera renunciar a la literatura.1
1   ...   7   8   9   10   11   12   13   14   ...   23

similar:

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos icon¿Cómo y por qué llegué hasta allí? Por los mismos motivos por los...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconIntroducción
«objetivamente» o no, por los historiadores. La aversión por la historia y el miedo ante su veredicto rio son incompatibles con la...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEs, sin duda, entre los diálogos de Platón, uno de los que más bibliografía...
«naturaleza» (physei), por lo que al­gunos no corresponden a quienes los llevan, por ejemplo: el mismo de Hermógénes. Éste, por el...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEs, sin duda, entre los diálogos de Platón, uno de los que más bibliografía...
«naturaleza» (physei), por lo que algunos no corresponden a quienes los llevan, por ejemplo: el mismo de Hermógénes. Éste, por el...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconNo deberás colgarlo en webs o redes públicas, ni hacer uso comercial del mismo
«última guerra» o cualquiera de sus incidentes. Quienes hayan tenido una experiencia como la del autor reconocerán inmediatamente...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEste ejemplar es dedicado a todos los docentes y estudiantes lectores...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos icon5. Menciona los periodos históricos en los que se divide la historia...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconDesde la antigüedad, una lenta etapa experimental precedió al «Cinematógrafo»...
«Cinematógrafo» de los Lumière. Ya fuera por ciencia, curiosidad o espectáculo, se trabajó incansablemente por ofrecer al publico...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos iconEs una gran historia, te hace comprender el honor y amor de un hombre...

Pretende ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos icon¿Los combates por la historia (¿Y la geografía?) o por las horas de historia?






© 2015
contactos
l.exam-10.com