La náusea 9a. Edición editorial época, S. A. Emperadores No. 185 México 13, D. F. Título original francés La Nausée






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títuloLa náusea 9a. Edición editorial época, S. A. Emperadores No. 185 México 13, D. F. Título original francés La Nausée
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Jueves por la mañana, en la biblioteca.


Hace un rato, al bajar la escalera del hotel, oí a Lucie que por centésima vez se quejaba a la patrona mientras enceraba los peldaños. La patrona hablaba con esfuerzo, usando frases cortas porque aún no se había puesto la dentadura postiza; estaba casi desnuda, con una bata rosada y babuchas. Lucie sucia, como de costumbre; de vez en cuando dejaba de frotar y se erguía sobre las rodillas para mirar a la patrona. Hablaba sin interrupción, con aire razonable.

—Preferiría mil veces que la corriera —decía—; a mí me daría lo mismo puesto que no le haría daño.

Hablaba de su marido: al frisar los cuarenta años esta negrita consiguió, con sus economías, un joven maravilloso, ajustador en las fábricas Lecointe. Es desgraciada en el matrimonio. Su marido no le pega, no la engaña; bebe, vuelve borracho todas las noches. Anda de mal en peor; en tres meses lo he visto ponerse amarillo y consumido. Lucie piensa que es la bebida. Yo creo más bien que está tuberculoso.

—Hay que tomarlo con calma —decía Lucie.

Esto la corroe, estoy seguro, pero lenta, pacientemente; ella lo toma con calma, no es capaz de consolarse ni de abandonarse a su mal. Piensa en él un poquitito, muy poquitito, de vez en cuando. Sobre todo cuando está acompañada, porque la consuelan, y también porque le alivia Un poco poder hablar del asunto en tono pausado, como si diera consejos. Cuando está sola en las habitaciones oigo cómo canturrea para no pensar. Pero vive todo el día taciturna; en seguida se cansa y se enfada:

—Es aquí—dice, tocándose la garganta—, no pasa.

Parece como una avara. También ha de ser avara con sus placeres. Me pregunto si a veces no desea verse libre de ese dolor monótono, de ese masculleo que vuelve no bien deja de cantar; me pregunto si no desea sufrir un buen golpe, hundirse en la desesperación. Pero de todos modos, sería imposible: está atada

Jueves por la tarde.


“M. de Rollebon era muy feo. La reina María Antonieta lo llamaba por lo general su “querida mona”. Sin embargo, tenía todas las mujeres de la corte, no porque hiciera bufonadas, como Voisenan, el macaco, sino por un magnetismo que impulsaba a sus bellas conquistas a los peores excesos de la pasión. Rollebon intriga, desempeña un papel bastante turbio en el asunto del collar y desaparece en 1790, después de mantener relaciones continuas con Mirabeau-Tonneau y Nerciat. Aparece en Rusia, donde asesina en cierto modo a Pablo I, y desde allí viaja a los países más lejanos, a las Indias, a China, al Turquestán. Trafica, maquina, espía. En 1813 vuelve a París. En 1816 ha alcanzado todo su poder: es el único confidente de la duquesa de Angulema. Esta vieja caprichosa, obstinada en horribles recuerdos de infancia, se apacigua y sonríe cuando lo ve. Gracias a ella Rollebon hace y deshace en la corte. En marzo de 1820 casa con Mlle. de Roquelaure, muy bella, de dieciocho años. M. de Rollebon tiene setenta; ha llegado a la cumbre de, los honores, al apogeo de su vida. Siete meses más tarde, acusado de traición, es apresado y arrojado a un calabozo donde muere después de cinco años de cautiverio, sin habérsele instruido proceso.”

He releído con melancolía esta nota de Germain Berger6. A través de estas escasas líneas conocí a M. de Rollebon. ¡Qué seductor me pareció, y cómo me gustó en seguida por estas pocas palabras! Por él, por este buen hombre estoy aquí. Cuando regresé de viaje, hubiera podido igualmente radicarme en París o Marsella. Pero la mayoría de los documentos que conciernen a las largas estadas del marqués en Francia, figuran en la biblioteca municipal de Bouville. Rollebon era castellano de Marommes. Antes de la guerra aún quedaba en este villorrio uno de sus descendientes, un arquitecto llamado Rollebon-Campouyré, quien, a su muerte, en 1912, hizo un importante legado a la biblioteca de Bouville: cartas del marqués, un fragmento de diario, papeles de todas clases. Aún no lo hurgué todo.

Me alegra haber encontrado estas notas. Hace diez años que no las releo. Me parece que mi letra ha cambiado; antes escribía más prieto. ¡Cómo me gustaba M. de Rollebon aquel año! Recuerdo una noche, un martes a la noche; había trabajado todo el día en la Mazarine; acababa de adivinar, por su correspondencia de 1789-1790, su manera magistral de envolver a Nerciat. Estaba oscuro; yo descendía por la avenida del Maine y en la esquina de la calle de la Gaîté compré castañas. ¡Qué feliz era! Me reía solo pensando en la cara de Nerciat cuando regresó de Alemania. El rostro del marqués es como esta tinta; ha palidecido mucho desde que me ocupo de él.

Ante todo, a partir de 1801 no comprendo nada más de su conducta. No es que escaseen documentos: cartas, trozos de memorias, informes secretos, archivos de policía. Al contrario, casi tengo demasiados. Lo que falta en todos esos testimonios es firmeza, consistencia. No se contradicen, no, pero tampoco concuerdan; no parecen concernir a la misma persona. Y, sin embargo, los otros historiadores trabajan sobre noticias del mismo tipo. ¿Cómo hacen? ¿Soy más escrupuloso o menos inteligente? Además, planteado de esta manera, el asunto me deja completamente frió. En el fondo, ¿qué busco? No sé. Durante mucho tiempo el hombre, Rollebon, me interesó más que el libro por escribir. Pero ahora el hombre... el hombre comienza a aburrirme. Me apego al libro, siento una necesidad cada vez más fuerte de escribirlo —a medida que envejezco, se diría—.

Evidentemente, puede admitirse que Rollebon tomó parte activa en el asesinato de Pablo I; que aceptó en seguida una misión de alto espionaje en Oriente por cuenta del zar, y traicionó constantemente a Alejandro en provecho de Napoleón. Al mismo tiempo pudo mantener una activa correspondencia con el conde de Artois, enviándole informes de poca importancia para convencerlo de su fidelidad; nada de todo esto es inverosímil; en la misma época Foucbé representaba una comedia mucho más compleja y peligrosa. Acaso también el marqués hiciera por su cuenta tráfico de fusiles con los principados asiáticos.

Bueno, sí, pudo hacer todo esto, pero no está probado; comienzo a creer que nunca se puede probar nada. Estas son hipótesis juiciosas que explican los hechos; pero veo tan bien que proceden de mí, que son simplemente una manera de unificar mis conocimientos. Ni una chispa viene del lado de Rollebon. Lentos, perezosos, fastidiados, los hechos se acomodan en rigor al orden que yo quiero darles; pero éste sigue siendo exterior a ellos. Tengo la impresión de hacer un trabajo puramente imaginativo. Además estoy seguro de que los personajes de una novela parecerían más verdaderos; en todo caso, serían más agradables.
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