La náusea 9a. Edición editorial época, S. A. Emperadores No. 185 México 13, D. F. Título original francés La Nausée






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títuloLa náusea 9a. Edición editorial época, S. A. Emperadores No. 185 México 13, D. F. Título original francés La Nausée
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Una hora más tarde.


El tiempo está gris, se pone el sol; dentro de dos horas parte el tren. Crucé por última vez el jardín público y me paseo por la calle Boulibet. que es la calle Boulibet, pero no la reconozco. Por lo general, cuando me metía en ella, me parecía atravesar una profunda capa de buen sentido; tosca y cuadrada, la calle Boulibet se asemejaba, con su seriedad sin gracia alguna, su calzada comba y embreada, a las rutas nacionales cuando atraviesan las villas ricas, flanqueadas, durante más de un kilómetro, por voluminosas casas de dos pisos; yo la llamaba calle de paisanos y me encantaba por estar tan fuera de sitio, tan paradójica en un puerto comercial. Hoy las casas están ahí, pero han perdido su aspecto rural; son inmuebles, nada más. En el jardín público tuve, hace un rato, una impresión del mismo tipo; las plantas, el césped, la fuente de Olivier Masqueret parecían obstinadas a fuerza de ser inexpresivas. Comprendo: la ciudad es la primera en abandonarme. No he salido de Bouville y ya no estoy. Bouville guarda silencio. Me parece extraño tener que quedarme dos horas todavía en esta ciudad que sin preocuparse ya de mí ordena sus muebles y los enfunda para descubrirlos en toda su frescura esta noche, mañana, a los recién llegados. Me siento más olvidado que nunca.

Doy unos pasos y me detengo. Saboreo el olvido total en que he caído. Estoy entre dos ciudades: una me ignora, la otra ya no me conoce. ¿Quién se acuerda de mí? Quizá una mujer joven y pesada, en Londres... ¿Y acaso piensa en mí? Además está ese tipo, ese egipcio. Tal vez acaba de entrar en su cuarto, tal vez la ha tomado en sus brazos. No soy celoso; bien sé que ella se sobrevive. Aunque me quisiera con toda el alma, sería un amor de muerta. Yo he tenido su último amor vivo. Pero con todo, él puede darle esto: placer. Y si está a punto de desfallecer y de hundirse en lo turbio, entonces ya no hay nada en ella que la una a mí. Goza, y para Anny no soy más que si nunca la hubiera conocido; de golpe se ha vaciado de mí, y todas las otras conciencias del mundo también están vacías de mí. Esto me hace gracia. Sin embargo sé que existo, que yo estoy aquí.

Ahora, cuando digo “yo”, me suena a hueco. Ya no consigo muy bien sentirme, tan olvidado estoy. Todo lo que me queda de real es existencia que se siente existir. Bostezo dulce, largamente. Nadie. Antoine Roquentin no existe para nadie. ¿Qué es eso: Antoine Roquentin? Es algo abstracto. Un pálido y pequeño recuerdo de mí vacila en mi conciencia. Antoine Roquentin... Y de improviso el Yo palidece, palidece, y ya está, se extingue.

Lúcida, inmóvil, desierta, la conciencia está entre paredes; se perpetúa. Nadie la habita ya. Todavía hace un instante alguien decía yo, alguien decía mi conciencia. ¿Quién? Afuera había calles parlantes, con colores y olores conocidos. Quedan paredes anónimas, una conciencia anónima. Esto es lo que hay: paredes y entre las paredes, una pequeña transparencia viviente e impersonal. La conciencia existe como un árbol, como una brizna de hierba. Dormita, se aburre. La pueblan pequeñas existencias fugitivas, como pájaros en las ramas. La pueblan y desaparecen. Conciencia olvidada, abandonada entre estas paredes, bajo el cielo gris. Y éste es el sentido de su existencia: que es conciencia de estar de más. Se diluye, se desparrama, trata de perderse sobre la pared parda, a lo largo del farol o allá en el humo del atardecer. Pero no se olvida jamás; tiene conciencia de ser una conciencia que se olvida. Es su suerte. Hay una voz sofocada que dice: “El tren parte dentro de dos horas” y hay conciencia de esta voz. Hay también conciencia de un rostro. Pasa lentamente. Lleno de sangre, embadurnado, y sus grandes ojos lagrimean. No está entre las paredes, no está en ninguna parte. Se desvanece: lo reemplaza un cuerpo agobiado con una cabeza ensangrentada, se aleja a pasos lentos, a cada paso parece detenerse, no se detiene nunca. Hay conciencia de ese cuerpo que camina lentamente por una calle oscura. Camina, pero no se aleja. La calle oscura no acaba, se pierde en la nada. No está entre los muros, no está en ninguna parte. Y hay conciencia de una voz sofocada que dice: “El Autodidacto vaga por la ciudad”.

No en la misma ciudad, no entre estos muros inexpresivos; el Autodidacto camina por una ciudad feroz, que no lo olvida. Hay gentes que piensan en él: el corso, la señora gorda; quizás todo el mundo, en la ciudad. Aún no ha perdido, no puede perder su yo, ese yo ajusticiado, sangriento que no han querido ultimar. Le duelen la nariz, los labios; piensa: “Me duele”. Camina, tiene que caminar. Si se detuviera un solo instante, los altos muros de la biblioteca se erguirían bruscamente a su alrededor, lo encerrarían; el corso surgiría a su lado, y la escena volvería a empezar, exactamente igual en todos sus detalles, y la mujer se mofaría: “Estas basuras deberían estar en la cárcel” Camina, no quiere volver a su casa: el corso lo espera en el cuarto, y la mujer, y los dos muchachos: “No vale la pena negarlo, lo he visto”. Y la escena empezaría de nuevo. Piensa: “¡Dios mío, si no lo hubiese hecho, si pudiera no haberlo hecho, si pudiera no ser cierto!”

El rostro inquieto pasa una y otra vez delante de la conciencia: “Puede que se mate”. Pero no; esa alma dulce y acosada no puede pensar en la muerte.

Hay conocimiento de la conciencia. Ella se ve de parte a parte, apacible y vacía entre los muros, libre del hombre que la habitaba, monstruosa porque no es nadie. La voz dice: “Las valijas están registradas. El tren parte dentro de dos horas”. Los muros se deslizan a derecha e izquierda. Hay conciencia del macadam. Conciencia de la ferretería, de las aspilleras del cuartel, y la voz dice: “Por última vez”.

Conciencia de Anny, de Anny la gorda, de la vieja Anny en su cuarto de hotel; hay conciencia del dolor, el dolor es consciente entre los largos muros que se van y no volverán nunca: “¿Pero no terminará esto?” la voz canta entre los muros una melodía de jazz, “some of these days”; ¿pero no terminará? y la melodía vuelve despacito, por detrás, a recobrar la voz, y la voz canta sin poder detenerse, y el cuerpo camina y hay conciencia de todo esto y conciencia ¡ay! de la conciencia. Pero no hay nadie para padecer y retorcerse las manos y compadecerse de sí mismo. Nadie; es un puro padecimiento de las encrucijadas, un padecimiento olvidado, que no puede olvidarse. Y la voz dice: “Ahí está el Rendez-vous des cheminots” y el Yo surge en la conciencia, soy yo, Antoine Roquetin, salgo para París dentro de un rato; vengo a despedirme de la patrona.

—Vengo a despedirme de usted.

—¿Sé marcha, señor Antoine?

—Me instalaré en París, para cambiar.

—¡Afortunado!

¿Cómo pude oprimir mis labios contra ese amplio rostro? Su cuerpo ya no me pertenece. Todavía ayer hubiera sabido adivinarlo bajo el vestido de lana negra. Hoy el vestido es impenetrable. Ese cuerpo blanco, con las venas a flor de piel, ¿era un sueño?

—Lo echaremos de menos —dice la patrona—. ¿No quiere tomar algo? Convido yo.

Nos instalamos, brindamos. Ella baja un poco la voz.

—Me había acostumbrado a usted —dice con un pesar cortés—, nos entendíamos bien.

—Vendré a verla.

—Eso es, señor Antoine. Cuando pase por Bouville, vendrá usted a hacernos una visita. Se dirá: “voy a saludar a Mme. Jeanne, será un gusto para ella”. Es cierto, a uno le gusta saber qué es de la gente. Además, aquí siempre vuelven. Tenemos marinos, empleados de la Transat; a veces me paso dos años sin verlos; unas veces están en Brasil o en Nueva York o hacen el servicio en Burdeos en un barco mercante. Y un buen día vuelvo a verlos. “Buenos días, Mme. Jeanny”. Tomamos un vaso juntos. No me crea si quiere, pero recuerdo lo que suelen beber. ¡A dos años de distancia! Digo a Madeleine: “Sírvale un vermut seco a M. Pierre, un Noilly Cinzano a M. León”. Me dicen: “¿Cómo se acuerda, patrona?” —“Es mi oficio”, les contesto.

En el fondo de la sala hay un hombre gordo que se acuesta con ella desde hace poco. La llama.

—¡Patronita!

La patrona se levanta:

—Discúlpeme, señor Antoine.

La criada se me acerca:

—¿Así que nos deja usted?

—Voy a París.

—He vivido en París —dice con orgullo—. Dos años. Trabajé en el Simeón. Pero sentía nostalgia de esto.

Vacila un poco, y se da cuenta de que no tiene nada más que decirme:

—Bueno, adiós señor Antoine.

Se limpia la mano en el delantal y me la tiende.

—Adiós, Madeleine.

Se va. Acerco el Diario de Bouville y luego lo rechazo; hace un rato, en la biblioteca, lo leí de la primera a la última línea.

La patrona no vuelve; abandona a su amigo sus manos regordetas que él oprime con pasión.

El tren parte dentro de tres cuartos de hora.

Hago mis cuentas, para distraerme.

Mil doscientos francos por mes no son gran cosa. Sin embargo, reduciéndome un poco, deberían bastar. Una habitación de trescientos francos, quince francos por día para la comida; quedarán cuatrocientos cincuenta francos para la lavandera, los gastos menudos y el cine. No necesitaré ropa interior, ni trajes por mucho tiempo. Los dos que tengo están limpios aunque un poco brillantes en los codos; me durarán tres o cuatro años más si los cuido.

¡Dios mío! ¿Yo voy a llevar esta vida de hongo? ¿Qué haré de mis días? Pasearé. Iré a las Tullerías a sentarme en una silla de hierro, o más bien en un banco, por economía. Iré a leer a las bibliotecas. ¿Y después? Una vez por semana, cine. ¿Y después? ¿Un Voltigeur, los domingos? ¿Iré a jugar al croquet con los jubilados del Luxemburgo? ¡A los treinta años! Me doy lástima. Hay momentos en que me pregunto si no me valdría más gastar en un año los trescientos mil francos que me quedan, y después... ¿Pero qué conseguiría con eso? ¿Trajes nuevos? ¿Mujeres? ¿Viajes? Lo he tenido todo y ahora se acabó, ya no me tienta; ¡para lo que queda! Dentro de un año me encontraría tan vacío como hoy, sin un recuerdo siquiera y cobarde frente a la muerte.

¡Treinta años! Y 14.400 francos de renta. Cupones a cobrar todos los meses. ¡Sin embargo no soy un anciano! ¡Que me den algo a hacer, lo que sea! Sería preferible que pensara en otra cosa, porque en este momento estoy por representarme la comedia. Sé muy bien que no quiero hacer nada; hacer algo es crear existencia, y ya hay bastante existencia.

La verdad es que no puedo soltar la pluma; creo que voy a tener la Náusea y mi impresión es que la retardo escribiendo. Entonces escribo lo que me pasa por la cabeza. Madeleine, que quiere agradarme, me grita de lejos, mostrándome un disco:

—Su disco, tenor Antoine, el que a usted le gusta; ¿quiere escucharlo, por última vez?

—Si le parece.

Lo dije por cortesía pero no me siento en muy buena disposición para escuchar una melodía de jazz. Con todo, prestaré atención porque, como dice Madeleine, escucho este disco por última vez; es muy viejo, demasiado viejo aun para la provincia; en vano lo buscaré en París. Madeleine va a ponerlo en el platillo del fonógrafo, girará; en las ranuras, la aguja de acero se pondrá a saltar y a rechinar, y cuando la hayan guiado en espiral hasta el centro del disco, habrá terminado; la voz ronca que canta Some of these duys callará para siempre.

Comienza.

Decir que hay imbéciles que obtienen consuelo con las bellas artes. Como mi tía Bigeois: “Los Preludios de Chopin me ayudaron tanto a la muerte de tu pobre tío”. Y las salas de concierto rebosan de humillados, de ofendidos que, con los ojos, cerrados, tratan de transformar sus rostros pálidos en antenas receptoras. Se figuran que los sonidos captados corren en ellos, dulces y nutritivos, y que sus padecimientos se convierten en música, como los del joven Werther; creen que la belleza se compadece de ellos. Basuras.

Quisiera que me dijesen si consideran compasiva esta música. Hace un rato yo estaba, por cierto, muy lejos de nadar en la beatitud. En la superficie bacía mis cuentas, mecánicamente. Debajo, se estancaban todos esos pensamientos desagradables que han tomado la forma de interrogaciones no formuladas, de asombros mudos, y que no me dejan ya ni de día ni de noche. Pensamientos sobre Anny, sobre mi vida frangollada. Y más abajo todavía, la Náusea, tímida como una aurora. Pero en aquel momento no había música, yo estaba taciturno y tranquilo. A mi alrededor todos los objetos estaban hechos de la misma materia que yo, de una especie de sufrimiento fofo. El mundo era tan feo, afuera, tan feos esos vasos sucios sobre las mesas, y las manchas pardas en el espejo y el delantal de Madeleine y el aire amable del gordo enamorado de la patrona, tan fea la existencia misma del mundo, que me sentía cómodo, en familia.

Ahora está el canto del saxofón. Y me avergüenzo. Acaba de nacer un pequeño padecimiento glorioso, un padecimiento modelo. Cuatro notas de saxofón. Van y vienen como si dijeran: “hay que hacer como nosotras, padecer con ritmo”. ¡Bueno, sí! Naturalmente, bien quisiera padecer de este modo, con ritmo, sin complacencia, sin piedad para mí mismo, con árida pureza. ¿Pero es mía la culpa si la cerveza está tibia en el fondo del vaso, si hay manchas pardas en el espejo, si estoy de más, si el más sincero de mis padecimientos, el más seco, se arrastra y se pone pesado, con demasiada carne y la piel demasiado grande a la vez, como el elefante de mar, con grandes ojos húmedos y conmovedores, pero tan feos? No, no puede decirse que este pequeño dolor de diamante que gira sobre el disco y me deslumbra, sea compasivo. Ni siquiera irónico; gira alegremente, ocupado de sí mismo; ha tronchado como una hoz la insulsa intimidad del mundo y ahora gira y a todos nosotros, a Madeleine, al hombre gordo, a la patrona, a mí mismo y a las mesas, a las banquetas, al espejo manchado, a los vasos, a todos los que nos abandonábamos a la existencia porque estábamos entre nosotros, nos ha sorprendido en el desaliñe, en el dejarse estar cotidiano; me avergüenzo por mí mismo y por todo lo que existe en su presencia.

Él no existe. Hasta es irritante; aunque me levantara y arrancara el disco del platillo que lo sostiene y lo rompiera en dos, no lo alcanzaría. Está más allá, siempre más allá de algo, de una voz, de una nota de violín. A través de espesores y espesores de existencia, se descubre, delgado y flexible, y cuando uno quiere atraparlo, sólo encuentra existentes, tropieza con existentes desprovistos de sentido. Está detrás de ellos; ni siquiera lo oigo; oigo sonidos, vibraciones del aire que lo descubren. No existe, puesto que no tiene nada de más; todo el resto es lo que está de más con respecto a él. Él es.

Y yo también quise ser. Fue lo único que quise; ésta es la clave del asunto. Veo claro en el aparente desorden de mi vida: en el fondo de todas esas tentativas que parecían sin relación, encuentro el mismo deseo: arrojar fuera de mí la existencia, vaciar los instantes de su grasa, torcerlos, desecarlos, purificarme, endurecerme, para dar al fin el sonido neto y preciso de una nota de saxofón Hasta podría constituir un apólogo: era una vez un pobre tipo que se había equivocado de mundo. Existía, como la otra gente, en el mundo de los jardines públicos, de los cafés, de las ciudades comerciales, y quería persuadirse de que vivía en otra parte, detrás de la tela de los cuadros, con los dux del Tintoreto, con los graves florentinos de Gozzoli, detrás de las páginas de los libros, con Fabricio del Dongo y Julián Sorel, detrás de los discos de fonógrafo, con las largas quejas secas del jazz. Y después de hacer el imbécil, comprendió, abrió los ojos, vio que había sido un error; estaba en una taberna, justamente, frente a un vaso de cerveza tibia. Permaneció abrumado en el asiento; pensó: soy un imbécil. Y en ese preciso momento, del otro lado de la existencia, en aquel otro mundo que puede verse de lejos, pero sin alcanzarlo nunca, una pequeña melodía se puso á danzar, a cantar: “Hay que ser como yo, hay que padecer con ritmo”

La voz canta:
Some of these days

You’ll miss me honey.
El disco ha de estar rayado en ese sitio, porque hace un ruido raro. Y hay algo que aprieta el corazón: que esa tosecita de la aguja en el disco no afecta en absoluto a la melodía. Está tan lejos, tan lejos, atrás. También lo comprendo: el disco se raya y se gasta, quizá la cantante haya muerto; me iré, voy a tomar el tren. Pero detrás de lo existente que cae de un presente a otro, sin pasado, sin porvenir, detrás de esos sonidos que día a día se descomponen, se descascaran y se deslizan hacia la muerte, la melodía sigue siendo la misma, joven y firme, como un testigo despiadado.

La voz calla. El disco raspa un poco y se detiene. Libre de un sueño inoportuno, el café rumia, mastica de nuevo el placer de existir. A la patrona le ha subido la sangre a la cara, da palmadas en las gordas mejillas blancas de su nuevo amigo, pero sin conseguir colorearlas. Mejillas de muerto. Yo me estanco, me duermo a medias. Dentro de un cuarto de hora estaré en el tren, pero no lo pienso. Pienso en un americano afeitado, de espesas cejas negras, que se ahoga de calor en el piso veinte de un inmueble de Nueva York. Encima de Nueva York, el azul del cielo se ha inflamado; enormes llamas amarillas vienen a lamer los techos; los chicos de Brooklyn se ponen, en pantalones de baño, bajo las mangueras. El cuarto oscuro, en el piso veinte, se cocina a fuego vivo. El americano de las cejas negras suspira, jadea y el sudor le corre por las mejillas. Está sentado, en mangas de camisa, delante del piano; tiene un gusto a humo en la boca, y vagamente, vagamente, el fantasma de una melodía en la cabeza, “Some of these days”. Tom vendrá dentro de una hora con su frasco chato sobre la nalga; entonces se desplomarán los dos en los sillones de cuero y beberán grandes vasos de alcohol y el fuego del cielo inflamará sus gargantas, sentirán el peso de un inmenso sueño tórrido. Pero primero hay que anotar esta melodía. “Some of these days”. La mano húmeda toma un lápiz sobre el piano. “Some of these days you’ll miss me honey”.

Sucedió así. Así o de otro modo, poco importa. Así nació. Escogió para nacer el cuerpo gastado de ese judío de cejas como carbón. Sujetaba blandamente el lápiz y gotas de sudor caían de sus dedos enjoyados al papel. ¿Y por qué no yo? ¿Por qué se necesitaba precisamente ese gordo estúpido lleno de cerveza sucia y de alcohol para que se cumpliera el milagro?

—Madeleine, ¿quiere poner de nuevo el disco? Una vez más, antes de que me vaya.

Madeleine se echa a reír. Hace girar la manivela y la cosa empieza de nuevo. Pero ya no pienso en mí. Pienso en aquel tipo que compuso esta melodía, un día de julio, en el calor negro de su cuarto. Trato de pensar en él a través de la melodía, a través de los sonidos blancos y acidulados del saxofón. Hizo esto. Tenía dificultades, no todo le iba como Dios manda: cuentas que pagar —y además debía de haber por ahí alguna mujer que no pensaba en él como lo hubiera deseado—, y además había esa terrible ola de calor que transformaba a los hombres en charcos de grasa derretida. Todo aquello no tenía nada de muy lindo ni de muy glorioso. Pero cuando oigo la canción y pienso que la hizo aquel tipo, considero... conmovedores su sufrimiento y su transpiración. Tuvo suerte. Por lo demás, no se habrá dado cuenta. Debió de pensar: ¡con un poco de suerte, sacaré unos cincuenta dólares! Es la primera vez desde hace años, que un hombre me parece conmovedor. Quisiera saber algo sobre ese tipo. Me interesaría conocer sus dificultades, si tenía una mujer o si vivía solo. No por humanismo; al contrario. Porque hizo todo esto. No tengo ganas de conocerlo; además quizá haya muerto. Obtener sólo algunos informes sobre él y poder pensar en él, de vez en cuando, al escuchar este disco Eso es. Supongo que a aquel tipo no le haría ni fu ni fa si le dijeran que en la séptima ciudad de Francia, en los alrededores de la estación, hay alguien que piensa en él. Pero yo sería feliz si estuviera en su lugar; lo envidio. Tengo que irme. Me levanto, pero vacilo un instante, quisiera oír cantar a la negra. Por última vez.

Canta. Dos que se han salvado: el judío y la negra. Salvado. Quizá hasta el fin, se hayan creído perdidos, ahogadas en la existencia. Y sin embargo, nadie podría pensar en mí como yo pienso en ellos, con está dulzura. Nadie, ni siquiera Anny. Para mí son un poco como muertos, un poco como héroes de novela; se han lavado del pecado de existir. No por completo, claro, pero tanto como puede hacerlo un hombre. Esta idea me trastorna de golpe, porque ni siquiera la esperaba ya. Siento que algo me roza tímidamente y no me atrevo a moverme por temor de que se vaya. Algo que ya no conocía, una especie de alegría.

La negra canta. ¿Entonces es posible justificar la propia existencia? ¿Un poquitito? Me siento extraordinariamente intimidado. No es que tenga mucha esperanza. Pero soy como un tipo completamente helado que después de un viaje por la nieve, entrara de pronto en un cuarto tibio. Pienso que se quedaría inmóvil cerca de la puerta, frío aún, y lentos temblores recorrerían todo su cuerpo.
Some of these days

You’ll miss me honey.
¿No podría yo intentar...? Naturalmente, no se trataría de una música... ¿pero no podría, en otro orden?... Tendría que ser un libro; no sé hacer otra cosa. Pero no un libro de historia; la historia habla de lo que ha existido, un existente jamás puede justificar la existencia de otro existente. Mi error era querer resucitar a M. de Rollebon. Otra clase de libro. No sé muy bien cuál, pero habría que adivinar, detrás de las palabras impresas, detrás de las páginas, algo que no existiera, que estuviera por encima de la existencia. Por ejemplo, una historia que no pueda suceder, una aventura. Tendría que ser bella y dura como el acero, y que avergonzara a la gente de su existencia.

Me voy, me siento vago. No me atrevo a tomar una decisión Si estuviera seguro de tener talento... Pero nunca, nunca he escrito nada de este tipo; artículos históricos, sí. Un libro. Una novela. Y la gente leería esa novela y diría: la escribió Antoine Roquentin, era un individuo pelirrojo que se arrastraba por los cafés; y pensarían en mi vida como yo pienso en la de esa negra: como en algo precioso y semilegendario. Un libro. Naturalmente, al principio sólo sería un trabajo aburrido y fatigoso; no me impediría existir ni sentir que existo. Pero llegaría un momento en que el libro estaría escrito, estaría detrás de mí y pienso que un poco de su claridad caería sobre mi pasado. Entonces quizá pudiera, a través de él, recordar mi vida sin repugnancia. Quizá un día, pensando precisamente en esta hora, en esta hora lúgubre en que espero, con la espalda agobiada, que llegue el momento de subir al tren, quizá sienta que el corazón me late más rápidamente, y me diga: fue aquel día, aquella hora cuando comenzó todo. Y llegaré —en el pasado, sólo en el pasado— a aceptarme.

Cae la noche. En el primer piso del hotel Printania acaban de iluminarse dos ventanas. El depósito de la Nueva Estación huele fuertemente a madera húmeda; mañana lloverá en Bouville.


F I N


1 Espacio en blanco.

2 Hay una palabra tachada (quizá “forzar” o “forjar”); otra, agregada encima, es ilegible.

3 De la noche, evidentemente. El párrafo que sigue es posterior a los anteriores. Nos inclinamos a creer que, a más tardar, fué escrito al día siguiente.

4 El texto de la hoja sin fecha se detiene aquí.

5 Origier P…, de quien se hablará a menudo en este diario. Trabajaba en los tribunales. Roquentin lo había conocido en 1930 en la Biblioteca de Bouville.

6 Germain Berger, Mirabeau-Tonneau y sus amigos, pág. 406, nota 2. Champion 1906 (Nota del editor).



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