La náusea 9a. Edición editorial época, S. A. Emperadores No. 185 México 13, D. F. Título original francés La Nausée






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títuloLa náusea 9a. Edición editorial época, S. A. Emperadores No. 185 México 13, D. F. Título original francés La Nausée
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Domingo.


Esta mañana había olvidado que era domingo. Salí y recorrí las calles como de costumbre. Había llevado Eugénie Grandet. Y de pronto, al empujar la verja del jardín público, tuve la impresión de que algo me hacía una seña. El jardín estaba solitario y desnudo. Pero... ¿cómo decirlo? No tenía su aspecto ordinario; me sonreía. Permanecí un momento apoyado en la verja y bruscamente comprendí que era domingo. Estaba allí, en los árboles, en el césped, como una ligera sonrisa. Era indescriptible; hubiera sido necesario pronunciar muy rápido: “Es un jardín público, en invierno, una mañana de domingo”.

Solté la verja, me volví hacia las casas y calles burguesas, y dije a media, voz: “Es domingo”.

Es domingo; detrás de las dársenas, a lo largo del mar, cerca del depósito de mercancías, en torno a la ciudad hay cobertizos vacíos y máquinas inmóviles en la sombra. En todas las casas, los hombres se afeitan detrás de las ventanas; echan la cabeza hacia atrás, miran ya el espejo, ya el cielo frío para saber si hará buen tiempo. Los burdeles se abren a los primeros clientes, campesinos y soldados. En las iglesias, a la luz de los cirios, un hombre bebe vino delante de mujeres arrodilladas. En todos los suburbios, entre las paredes interminables de las fábricas, largas filas negras se han puesto en marcha, avanzan lentamente al centro de la ciudad. Para recibirlas, las calles han adquirido el aspecto de los días de motín: todos los comercios, salvo los de la calle Tournebride, han bajado las cortinas metálicas. Pronto las columnas invadirán en silencio esas calles que se fingen muertas: primero vendrán los ferroviarios de Tourville y sus mujeres, que trabajan en las jabonerías de Saint Symphorin; después los pequeños burgueses de Jouxtebouville; después los obreros de las hilanderías Pinot; después todos los cambalacheros del barrio Saint Maxence; los hombres de Thiérache llegarán últimos en el tranvía de las once. Pronto va a nacer la multitud de los domingos, entre comercios acerrojados y puertas cerradas.

Un reloj da las diez y media y me pongo en camino; el domingo a esta hora Bouville presenta un espectáculo de calidad, pero no hay que llegar demasiado tarde después de la salida de la misa mayor.

La callecita Joséphin-Soulary está muerta, huele a sótano. Pero, como todos los domingos, la llena un ruido suntuoso, un ruido de marea. Doblo en la calle Président Chaman, con casas de tres pisos y largas persianas blancas. Esta calle de notarios está poseída por el voluminoso rumor del domingo. En el pasaje Gillet el ruido crece aún más y lo reconozco: es un ruido de hombres. Luego, de improviso, a la izquierda, se produce como un estallido de luz y sones. He llegado: ésta es la calle Tournebride; me basta situarme entre mis semejantes y veré cómo cambian sombrerazos los señores.

Hace apenas sesenta años nadie se hubiera atrevido a prever el milagroso destino de la calle Tournebride, llamada hoy el pequeño Prado por los habitantes de Bouville. He visto un plano con fecha de 1847, donde ni siquiera figuraba. Debía de ser entonces un callejón negro y hediondo, con una zanja por donde corrían cabezas y tripas de pescado entre las piedras. Pero a fines de 1873, la Asamblea nacional declaró de utilidad pública la construcción de una iglesia en la colina de Montmartre. Pocos meses después, la mujer del alcalde de Bouville tuvo una aparición; Santa Cecilia, su patrona, la amonestó. ¿Era tolerable que la flor y nata de Bouville se enlodara todos los domingos para ir a Saint-René o Saint-Claudien a oír misa con los tenderos? ¿No había dado el ejemplo la Asamblea nacional? Bouville tenía, en la actualidad, por causa de la protección celestial una situación económica de primer orden; ¿no convenía edificar una iglesia en acción de gracias al Señor?

Estas visiones fueron bien recibidas; el Consejo municipal realizó una sesión y el obispo aceptó encargarse de las suscripciones. Faltaba escoger el emplazamiento. Las viejas familias de comerciantes y armadores opinaban que el edificio debía levantarse en la cima del Coteau Vert, donde ellos vivían, “para que Santa Cecilia velara sobre Bouville como el Sagrado Corazón de Jesús sobre París”. Los nuevos señores del bulevar Maritime, poco numerosos todavía, pero muy ricos, se hicieron rogar: darían lo necesario, pero la iglesia se construiría en la plaza Marignan; si pagaban una iglesia, creían tener derecho a usarla; no les importaba hacer sentir su poderío a esa altiva burguesía que los trataba como si fueran advenedizos. El obispo imaginó un arreglo: la iglesia fue construida a medio camino del Coteau Vert y del bulevar Maritime, en la plaza de la Halle-aux-Mornes, a la cual bautizaron plaza Sainte-Cécile-de-la-Mer. El monstruoso edificio, terminado en 1887, costó nada menos que catorce millones.

La calle Tournebride, ancha, pero sucia, y de mala reputación, hubo de ser enteramente reconstruida, y sus habitantes fueron firmemente rechazados detrás de la plaza Sainte-Cécile; el pequeño Prado se ha convertido —sobre todo los domingos por la mañana— en lugar de reunión de los elegantes y notables. Hermosos comercios se han ido abriendo, uno por uno, al paso del gran mundo. Permanecen abiertos el lunes de Pascua, toda la noche de Navidad los domingos hasta mediodía. Al lado de Julien, el salchichero, famoso por sus pasteles calientes, el confitero Foulon expone sus renombradas especialidades, admirables pastelillos cónicos de manteca malva, coronados por una violeta de azúcar. En la vidriera del librero Dupaty se ven las novedades de la casa Pión, algunas obras técnicas, como por ejemplo, una teoría del Navío o un tratado del Velamen, una gran historia ilustrada de Bouville y ediciones de lujo elegantemente presentadas: Koenigsmarck, encuadernado en cuero azul, Le livre de mes fils de Paul Doumer, encuadernado en cuero crudo con flores purpúreas. Ghislaine “Costura fina, modelos de París”, separa a Piégeois, el florista, de Paquin, el anticuario. El peinador Gustave, con sus cuatro manicuras, ocupa el primer piso de un inmueble nuevo, pintado de amarillo.

Hace dos años, en la esquina del callejón des Moulins-Gémeneaur y de la calle Tournebride, una impúdica tiendita exhibía aún una propaganda del Tu-pu-nez, producto insecticida. Había florecido en los tiempos en que se pregonaba el bacalao en la plaza Sainte-Cécile; tenía cien años. Los vidrios de la portada rara vez estaban limpios; había que hacer un esfuerzo para distinguir, a través del polvo y el vapor, una multitud de pequeños personajes vestidos con jubones color de fuego, que figuraban ratas y ratones. Los animales desembarcaban de un navío de alto bordo, apoyados en bastones; apenas tocaban tierra, una campesina coquetonamente vestida, pero lívida y negra de grasa, los ponía en fuga rociándolos con Tu-pu-nez. Me gustaba mucho esta tienda, tenía un aire cínico y obstinado; recordaba con insolencia los derechos de los parásitos y la grasa a dos pasos de la iglesia más costosa de Francia.

La vieja herborista murió el año pasado y su sobrino ha vendido la casa. Bastó derribar unas paredes; ahora es una salita de conferencias, “La Bombonera”. El año pasado Henry Bordeaux dio una charla sobre alpinismo.

Por la calle Tournebride no hay que ir con prisa; las familias caminan lentamente. A veces se gana una fila porque toda una familia ha entrado en casa de Foulon o de Piégeois. Pero en otros momentos, es preciso detenerse y marcar el paso porque dos familias que pertenecen, una a la columna ascendente y otra a la columna descendente, se han encontrado y se toman de las manos. Avanzo a pasos cortos. Mi cabeza domina las dos columnas, y veo sombreros, un mar de sombreros. En su mayoría son negros y duros. De vez en cuando se ve uno que vuela en la punta de un brazo y descubre el tierno espejeo de un cráneo; después de unos instantes de vuelo pesado, se posa. En la calle Tournebride 16, el sombrerero Urbain, especialista en quepis, hace planear como un símbolo un inmenso sombrero rojo de arzobispo cuyas borlas de oro penden a dos metros del suelo.

Se produce un alto; acaba de formarse un grupo justo debajo de las borlas. Mi vecino espera sin impaciencia, con los brazos colgando; creo que este viejecito, pálido y frágil como una porcelana, es Coffier, el presidente de la Cámara de Comercio. Según parece, intimida mucho porque nunca dice nada. Vive en lo alto del Coteau Vert, en una gran casa de ladrillos cuyas ventanas están siempre abiertas de par en par. Se acabó; el grupo se ha disgregado; reanuda la marcha. Acaba de formarse otro, pero ocupa menos lugar; no bien constituido se aprieta contra el escaparate de Ghislaine. La columna ni siquiera se detiene; apenas se aparta un poco; desfilamos frente a seis personas tomadas de las manos: “Buenos días, señor, buenos días estimado señor, cómo está usted; pero cúbrase, señor, tomará frío; gracias, señora, es que no hace calor. Querida, te presento al doctor Lefrançois; doctor, encantada de conocerlo, mi marido siempre me habla del doctor Lefrançois que tan bien lo ha atendido, pero cúbrase, doctor, este frío le hará daño. Pero el doctor se curaría en seguida; ay, señora, los médicos son los que están peor atendidos; el doctor es un músico notable. Dios mío, doctor, no lo sabía; ¿toca usted el violín? El doctor tiene mucho talento”.

El viejecito que está a mi lado es seguramente Coffier; una de las mujeres del grupo, la morena, lo devora con los ojos mientras sonríe al doctor. Como si pensara: “Ahí está el señor Coffier, el presidente de la Cámara de Comercio; qué aspecto intimidador, dicen que es tan frío”. Pero M. Coffier no se digna ver nada: éstas son gentes del bulevar Maritime, no pertenecen al gran mundo. Desde que vengo a esta calle a ver los sombrerazos del domingo, he aprendido a distinguir las gentes del bulevar y las del Coteau. Cuando un tipo lleva un abrigo nuevecito, un sombrero flexible, una camisa deslumbradora, cuando desplaza aire, no es posible equivocarse: es del bulevar Maritime. Las gentes del Coteau Vert se distinguen por un no sé qué miserable y abatido. Tienen los hombros estrechos y un aire de insolencia en sus caras gastadas. Juraría que ese señor gordo que lleva a un niño de la mano, pertenece al Coteau; su rostro es gris y su corbata está anudada como un cordel.

El señor gordo se nos acerca; mira fijo a M. Coffier. Pero poco antes de cruzarse con él, desvía la cabeza y se pone a bromear paternalmente con su hijo, clavando los ojos en sus ojos, como un papá cabal; y de pronto, volviéndose con presteza hacia nosotros, echa una viva ojeada al viejecito y hace un saludo amplio y seco, con un ademán circular. El muchachito, desconcertado, no se ha descubierto; es un asunto de personas mayores.

En el ángulo de la calle Basse-de-Vieille nuestra columna tropieza con una columna de fieles que salen de misa; unas diez personas chocan y se saludan arremolinándose, pero los sombrerazos son demasiado rápidos para que pueda detallarlos; por encima de esta multitud gorda y pálida, la iglesia Sainte-Cécile yergue su monstruosa masa blanca: blanco de tiza sobre un cielo oscuro; detrás de esas murallas resplandecientes, retiene en sus flancos un poco del negro de la noche. La marcha se reanuda en un orden ligeramente modificado. M. Coffier ha quedado detrás de mí. Una señora de azul marino se pega a mi costado derecho. Viene de misa. Guiña los ojos, un poco deslumbrada por la mañana. Ese señor que camina delante de ella y que tiene una nuca tan delgada, es su marido.

En la otra acera, un señor que lleva a su mujer del brazo acaba de susurrarle unas palabras al oído y se ha puesto a sonreír. En seguida ella despoja cuidadosamente de toda expresión su cara cremosa y da unos pasos como ciega. Esos signos no engañan: van a saludar. En efecto, al cabo de un instante el señor echa la mano al aire. Cuando sus dedos están próximos al fieltro, vacilan un segundo antes de posarse delicadamente. Mientras levanta con suavidad el sombrero, bajando un poco la cabeza para ayudar la extracción, su mujer da un saltito grabando en su rostro una sonrisa juvenil. Una sombra los domina inclinándose; pero sus dos sonrisas gemelas no se borran en seguida; permanecen unos instantes en sus labios, por una especie de remanencia. Cuando el señor y la señora se cruzan conmigo, han recobrado su impasibilidad pero todavía les queda un aire alegre en torno a la boca.

Se acabó; la multitud es menos densa, los sombrerazos escasean, las vidrieras de los comercios han perdido exquisitez; estoy al final de la calle Tournebride. ¿Voy a cruzar y remontar la calle por la otra acera? Creo que ya tengo bastante; ya he visto bastantes cráneos rosados, caras menudas, distinguidas, borrosas. Cruzaré la plaza Marignan. Al extirparme con precaución de la columna, una cabeza de verdadero señor surge, muy cerca de un sombrero negro. Es el marido de la señora de azul marino. ¡Ah! Qué hermoso cráneo largo de dolicocéfalo, con pelo corto y duro, qué bello bigote americano con hilos de plata. Y sobre todo la sonrisa, la admirable sonrisa cultivada. También hay unos lentes en alguna parte, sobre una nariz.

El marido se volvía hacia la mujer y le decía:

—Es un nuevo dibujante de la fábrica. Me pregunto qué puede hacer aquí. Es un buen muchacho, tímido; me divierte.

Contra el espejo del salchichero Julien, el joven dibujante que acaba de cubrirse, ruborizado todavía, con los ojos bajos, el semblante obstinado, guarda todas las apariencias de una intensa voluptuosidad. Es el primer domingo, no cabe duda, que se atreve a cruzar la calle Tournebride. Parece un chico de primera comunión. Ha anudado las manos detrás de la espalda y vuelve el rostro con una expresión de pudor realmente excitante; mira, sin verlas, cuatro salchichas delgadas, brillantes de gelatina que se extienden sobre un aderezo de perejil.

Una mujer sale de la salchichería y lo toma del brazo. Es su esposa, muy joven a pesar de su piel gastada. Puede rondar por los alrededores de la calle Tournebride, nadie la tomará por una señora; la traiciona el brillo cínico de sus ojos, su aire razonable y entendido. Las verdaderas señoras no conocen el precio de las cosas; gustan de las hermosas locuras; sus ojos son bellas flores cándidas, flores de invernáculo.

Al dar la una llego a la cervecería Vézelise. Allí están los viejos, como de costumbre. Dos de ellos han empezado a comer. Hay cuatro jugando a la malilla mientras beben el aperitivo. Los otros están de pie y los miran jugar, mientras les preparan los cubiertos. El más alto, de barba caudalosa, es agente de cambio. Otro es comisario jubilado de la Inscripción Marítima. Comen y beben como a los veinte años. El domingo se hartan de chucrut. Los recién llegados interpelan a los otros que ya están comiendo:

—Bueno, ¿siempre el chucrut dominical?

Se sientan y suspiran, a sus anchas:

—Mariette, nena, un medio litro sin cuello y un chucrut.

Esta Mariette es una bribona. Cuando me siento a la mesa del fondo, un viejo color escarlata se pone a toser de furor. Mariette le sirve un vermut.

—Sírvame un poco más, vamos —dice tosiendo.

Pero ella también se enfada; no había terminado de servir:

—Pero déjeme servirle, ¿quién le ha dicho algo? Usted es de los que contestan antes de que les pregunten.

Los otros se echan a reír.

—¡Triunfo!

Al ir a sentarse, el agente de cambio toma a Mariette de los hombros:

—Hoy es domingo, Mariette. ¿Esta tarde va al cine con su galán?

—¡Ah, cómo no! Hoy tiene franco Antoinette. En cuanto al galán, yo me pago la juerga.

El agente de cambio se sienta frente a un viejo afeitado, de semblante afligido. El viejo afeitado empieza en seguida un animado relato. El agente de cambio no lo escucha: hace muecas y se mesa la barba. Nunca se escuchan.

Reconozco a mis vecinos: son pequeños comerciantes de la vecindad. El domingo la criada tiene “salida”. Entonces vienen aquí y se instalan siempre en la misma mesa. El marido come una hermosa costilla rosada de buey. La mira de cerca y resopla de vez en cuando. La mujer mordisquea de su plato. Es una rubia fuerte, cuarentona, de mejillas rojas y algodonosas. Tiene hermosos senos duros bajo la blusa de raso. Se bebe, como un hombre, su botella de Burdeos tinto en cada comida.

Voy a leer Eugénie Grandet. No es que me guste mucho, pero hay que hacer algo. Abro el libro al azar: madre e hija hablan del amor incipiente de Eugénie:
Eugénie le besó la mano, diciendo:

¡Qué buena eres, mamá querida!

Estas palabras hicieron resplandecer el viejo rostro materno, ajado por largos dolores.

¿Te parece bien? preguntó Eugénie.

Mme. Grandet respondió con una sonrisa, y después de guardar silencio, dijo, en voz baja:

Entonces, ¿ya lo quieres? Estaría mal.

¿Mal?replicó Eugénie. ¿Por qué? Si te gusta, si le gusta a Nanon, ¿por qué no había de gustarme? Mira, mamá, pongamos la mesa para el almuerzo.

Dejó su labor; la madre hizo otro tanto, diciéndole:

Estás loca.

Pero se complació en justificar la locura de su hija, compartiéndola.

Eugénie llamó a Nanon.

¿Qué más quiere usted, señorita?

Nanon, ¿habrá crema para el mediodía?

Ah, para el mediodía sí respondió la vieja criada.

Bueno, dale café bien cargado; he oído decir a M. des Grassins que el café se hace muy cargado en París. Ponle mucho.

¿Y de dónde quiere usted que lo saque?

Cómpralo.

¿Y si el señor me encuentra?

Está en sus prados.
Mis vecinos habían guardado silencio desde mi llegada, pero de pronto la voz del marido me saca de mi lectura.

El marido, con aire divertido y misterioso:

—Dime, ¿has visto?

La mujer se sobresalta y lo mira, saliendo de un sueño. Él come y bebe; luego prosigue, con el mismo aire misterioso:

—¡Ah, ah!

Silencio; la mujer vuelve a su sueño. De pronto se estremece y pregunta: —¿Qué dices? —Suzanne, ayer.

—Ah, sí —dice la mujer—, había ido a ver a Víctor. —¿Qué te había dicho yo? La mujer rechaza el plato con gesto impaciente. —Eso no está bien.

Las bolitas de carne gris que ha escupido guarnecen el borde del plato. El marido continúa su idea.

—Esa mujercita...

Se calla y sonríe vagamente. Frente a nosotros, el viejo agente de cambio acaricia el brazo de Mariette soplando un poco. Al cabo de un momento:

—Yo te lo dije el otro día.

—¿Qué me habías dicho?

—Víctor, que ella iría a verlo. ¿Qué hay? —pregunta bruscamente con semblante espantado—. No te gusta

—No está bien.

—Ya no es así —dice él con importancia—, ya no es como en tiempos de Hécart. ¿Sabes dónde está Hécart?

—Está en Domremy, ¿no?

—Sí, ¿quién te lo dijo?

—Tú; me lo dijiste el domingo.

Ella come una miga de pan que toma del mantel de papel. Luego alisa con la mano el papel en el borde de la mesa; vacilando dice:

—¿Sabes? Te equivocas, Suzanne es más...

—Es posible, nenita, es posible —responde él distraído. Busca con la mirada a Mariette, le hace una seña.

—Hace calor.

Mariette se apoya familiarmente en el borde de la mesa.

—Oh, sí hace calor —dice la mujer, gimiendo—, una se ahoga aquí, y además el buey no es bueno, se lo diré al patrón, ya no es como antes, abra un poco el postigo, Mariette.

El marido recobra su cara divertida:

—Dime, ¿no viste sus ojos?

—¿Pero cuándo, pichón?

Él la remeda con impaciencia:

—¿Pero cuándo, pichón? Es muy tuyo: en verano, cuando nieva.

—¿Ayer, quieres decir? ¡Ah, bueno!

El hombre ríe, mira a lo lejos, recita muy rápido, con cierta aplicación:

Ojos de gato que en las brasas

Está tan satisfecho que parece haber olvidado lo que quería decir. Ella también se divierte, sin segunda intención.

—Ja, ja, malo.

Le da unos golpecitos en el hombro.

—Malo, malo.

El hombre repite con más seguridad:

De gato que en las brasas

Pero la mujer ya no ríe:

—No, de veras, tú sabes que ella es seria.

El hombre se inclina, le cuchichea una larga historia al oído. Ella permanece un momento con la boca abierta, el rostro un poco tenso y risueño, como quien va a desternillarse de risa; y bruscamente se echa hacia atrás y le araña las manos.

—No es cierto, no es cierto.

Él dice, con aire razonable y pausado:

—Escúchame, nena, él lo dijo: si no fuera cierto, ¿por qué habría de decirlo?

—No, no.

—Pero si él lo dijo; escucha, supón...

Ella se echa a reír:

—Me río porque pienso en René.

El hombre también se ríe. La mujer sigue, en voz baja e importante:

—Entonces es que se dio cuenta el martes.

—El jueves.

—No, el martes, sabes, a causa de...

Ella dibuja en los aires una especie de elipse.

Largo silencio. El marido moja miga de pan en la salsa. Mariette cambia los platos y les lleva tartas. Dentro de un rato yo también pediré una tarta. De improviso la mujer, un poco soñadora, con una sonrisa orgullosa algo escandalizada en los labios, dice, en voz lenta:

—¡Oh, no, sabes!

Hay tanta sensualidad en la voz que él se conmueve, le acaricia la nuca con su mano gorda.

—Charles, quieto, me excitas, querido —murmura ella sonriendo, con la boca llena. Intento reanudar la lectura:

¿Y de dónde quiere usted que lo saque?

Cómpralo.

¿Y si el señor me encuentra?

Pero todavía oigo a la mujer que dice:

—Mira, haré reír a Marthe, voy a contárselo. Mis vecinos se han callado. Después de la tarta, Mariette les ha llevado ciruelas pasas y la mujer está ocupada en poner graciosamente los carozos en la cuchara. El marido, mirando el techo, tamborilea una marcha en la mesa. Parecería que su estado normal es el silencio, y la palabra una fiebre ligera que les da de vez en cuando.

¿Y de dónde quiere usted que lo saque?

Cómpralo.

Cierro el libro, me voy a pasear.

Cuando salí de la cervecería Vézelise eran cerca de las tres; yo sentía la tarde en todo mi cuerpo entorpecido. No mi tarde: la de ellos, la que cien mil bouvilleses iban a vivir en común. A esa misma hora, después del copioso y largo almuerzo del domingo, se levantaban de la mesa, y para ellos, algo estaba muerto. El domingo había gastado su ligera juventud. Era necesario digerir el pollo y la tarta, vestirse para salir.

La campanilla del Cine Eldorado repicaba en el aire claro. Esta campanilla a la luz del día es un ruido familiar del domingo. Más de cien personas hacían cola a lo largo del muro verde. Esperaban ávidamente la hora de las dulces tinieblas, del relajamiento, del abandono, la hora en que la pantalla, reluciente como un guijarro blanco bajo el agua, hablaría y soñaría por ellas. Vano deseo: algo quedaría contraído; era demasiado el miedo de que les aguaran el hermoso domingo. Dentro de un instante, como todos los domingos, iban a sufrir una decepción: el film sería idiota, el vecino fumaría en pipa y escupiría entre sus rodillas, o Lucien estaría tan desagradable, sin una palabra gentil, o, como si lo hiciera a propósito, justamente hoy, por una vez que iban al cinematógrafo, le reaparecería el dolor intercostal. Dentro de un instante, como todos los domingos, pequeñas cóleras sordas crecerían en la sala oscura.

Seguí por la tranquila calle Bressan. El sol había disipado las nubes, el tiempo era bueno. Una familia acababa de salir de la villa “La ola”. La hija se abotonaba los guantes en la acera. Podía tener treinta años. La madre, planuda en el primer peldaño de la escalinata, miraba hacia adelante, con aire seguro, respirando ampliamente. Del padre, sólo veía yo la espalda enorme. Curvado sobre la cerradura, ponía llave a la puerta. La casa quedaba vacía y negra hasta que regresaran. En las casas vecinas, ya acerrojadas y desiertas, los muebles y los pisos crujían dulcemente. Antes de salir, alguien había apagado el fuego en la chimenea del comedor. El padre alcanzó a las dos mujeres, y la familia sin decir una palabra, se puso en camino. ¿A dónde iban? El domingo se va al cementerio monumental o de visita a casa de los parientes, o si uno está del todo libre, a pasear por la Jetée. Yo estaba libre: caminé por la calle Bressan que desemboca en la Jetée-Promenade.

El cielo era de un azul pálido; un poco de humo, algunos penachos; de vez en cuando una nube a la deriva pasaba delante del sol. Veía a lo lejos la balaustrada de cemento blanco que corre a lo largo de la Jetée-Promenade; el mar brillaba a través de los agujeros. La familia tomó a la derecha, por la calle del Aumónier-Hilaire, que trepa el Coteau Vert. Los vi subir a pasos lentos; ponían tres manchas negras en el cabrilleo del asfalto. Doblé a la izquierda y entré en la multitud que desfilaba a la orilla del mar.

Era más heterogénea que a la mañana. Parecía como si todos esos hombres no hubieran tenido fuerzas para sostener la hermosa jerarquía social de que tan orgullosos estaban antes del almuerzo. Los comerciantes y los funcionarios marchaban juntos; se dejaban codear y hasta empujar y desplazar por pequeños empleados de facha pobre. Las aristocracias, las “élites”, los grupos profesionales se habían fundido en esa multitud tibia. Eran hombres casi solos, que ya no representaban nada.

Un charco de luz en la lejanía era la baja mar. Algunos escollos a flor de agua horadaban con sus cabezas esa superficie de claridad. Sobre la arena yacían barcas pesqueras, no lejos de los pegajosos cubos de piedra arrojados en montón al pie de la escollera para protegerla de las olas, formando agujeros llenos de bichos. A la entrada del antepuerto, sobre el cielo blanqueado por el sol, recortaba su sombra una draga. Todas las tardes, hasta la medianoche, aúlla, gime y marcha a una velocidad de todos los demonios. Pero el domingo, los obreros pasean por tierra; sólo queda un guardián a bordo; la draga calla.

El sol era claro y diáfano: un vinito blanco. Su luz rozaba apenas los cuerpos, dándoles sombras, no relieve; los rostros y las manos eran manchas de oro pálido. Esos hombres de sobretodo parecían flotar dulcemente a unas pulgadas del suelo. De vez en cuando el viento empujaba hacia nosotros sombras trémulas como agua; los rostros se apagaban un instante, se ponían gredosos.

Era domingo; encajonada entre los balaustres y las verjas de los chalets de recreo, la multitud se derramaba en olitas para perderse en mil arroyos detrás del gran hotel de la Compañía Transatlántica. ¡Cuántos niños! Niños en coche, en brazos, de la mano o caminando de a dos, de a tres, delante de sus padres, con gravedad fingida. Yo había visto todos esos rostros pocas horas antes, casi triunfantes, en la juventud de una mañana de domingo. Ahora, bañados de sol, sólo expresaban calma, aflojamiento, una especie de obstinación.

Pocos gestos; todavía algunos sombrerazos, pero sin amplitud, sin la alegría nerviosa de la mañana. Todos se dejaban ir un poco hacia atrás, con la cabeza levantada, mirando la lejanía, abandonados al viento que los empujaba hinchando sus abrigos. De vez en cuando, una risa seca, pronto sofocada, el grito de una madre, Jeannot, Jeannot, vén. Y después, el silencio. Ligero olor a tabaco rubio: son los empleados que fuman. Salambô, Aïcha, cigarrillos del domingo. En algunos rostros más descuidados, creí leer un poco de tristeza; pero no, esas gentes no estaban ni tristes ni alegres; descansaban. Sus ojos muy abiertos y fijos, reflejaban pasivamente el mar y e cielo. Dentro de un rato, de regreso, beberían una taza de té en familia, en la mesa del comedor. Por el momento, querían vivir con el mínimo de gasto, economizar gestos, palabras, pensamientos, hacer la plancha: tenían un solo día para borrar las arrugas, las patas de gallo, los pliegues amargos que deja el trabajo de la semana. Un solo día. Sentían que los minutos se les deslizaban entre los dedos; ¿tendrían tiempo de acumular bastante juventud para empezar de nuevo el lunes por la mañana? Respiraban a pleno pulmón porque el aire del mar vivifica; sólo su aliento, regular y profundo como el de las personas dormidas, demostraba que vivían. Yo andaba con tiento, no sabía qué hacer con mi cuerpo duro y fresco, en medio de esa multitud trágica en reposo.

El mar estaba ahora de color pizarra; subía lentamente. A la noche habría marea alta; esa noche la Jetée-Promenade estaría más desierta que el bulevar Noir. Hacia adelante y a la izquierda una luz roja brillaría en el canal.

El sol descendía lentamente sobre el mar. Incendiaba al pasar la ventana de un chalet normando. Una mujer en candilada se llevó con aire cansado una mano a los ojos y agitó la cabeza.

—Gaston, me encandila —dijo ella con una sonrisa vacilante.

—Ah, es un lindo sol —respondió el marido—; no calienta, pero sin embargo, da gusto.

Ella añade, volviéndose hacia el mar:

—Creí que podríamos verla.

—No hay ninguna posibilidad —dice el hombre—, está al sol.

Debían de hablar de la isla Caillebotte, cuya punta meridional tendría que haberse visto entre la draga y el muelle del antepuerto.

La luz se suaviza. En esa hora inestable, algo anunciaba la noche. El domingo había pasado ya. Las villas y la balaustrada gris parecían recuerdos muy cercanos. Los rostros iban perdiendo uno a uno su ocio; muchos se pusieron casi tiernos.

Una mujer encinta se apoyaba en un muchacho rubio, de aspecto brutal.

—Allá, allá, mira —dijo ella.

—¿Qué?

—Allá, allá, las gaviotas.

El muchacho se encogió de hombros: no había gaviotas. El cielo estaba casi puro, un poco rosado en el horizonte.

—Las oí. Escucha, gritan.

El hombre respondió:

—Es algo que ha rechinado.

Brilló un pico de gas. Creí que había pasado el farolero. Los niños lo acechan, pues él da la señal de regreso. Pero era un último reflejo del sol. El cielo estaba claro aún, pero la tierra se envolvía en penumbra. La multitud raleaba; se oía distintamente el estertor del mar. Una mujer joven, apoyada con las dos manos en la balaustrada, levantó hacia el cielo su cara azul, rayada de negro por la pintura de los labios. Me pregunté un instante si no iba yo a amar a los hombres. Pero después de todo, era el domingo de ellos, no el mío.

La primera luz encendida fue la del faro Caillebotte; un muchachito se detuvo cerca de mí y murmuró con semblante extasiado: —¡Oh, el faro!

Entonces sentí mi corazón colmado de un gran sentimiento de aventura.

Doblo a la izquierda, y por la calle des Voiliers llego al pequeño Prado. Han bajado las cortinas metálicas de los escaparates. La calle Tournebride está clara pero desierta, ha perdido su breve gloria matinal; nada la distingue ya, a esta hora, de las calles vecinas. Se ha levantado un viento bastante fuerte. Oigo crujir el sombrero de lata del arzobispo.

Estoy solo, la mayoría de los paseantes han regresado a sus casas, leen el diario de la noche mientras escuchan la radio. El domingo declinante les ha dejado un gusto a ceniza, y piensan ya en el lunes. Pero para mí no hay ni lunes ni domingo; hay días que se empujan en desorden, y de pronto, relámpagos como éste.

Nada ha cambiado y sin embargo todo existe de otra manera. No puedo describirlo; es como la Náusea y sin embargo es justo lo contrario: al fin me sucede una aventura, y cuando me interrogo veo que me sucede que yo soy yo y que estoy aquí; soy yo quien hiende la noche; me siento feliz como un héroe de novela.

Algo va a producirse: en la sombra de la calle Basse-de-Vieille hay algo que me aguarda; allá, justo en el ángulo de esta calle tranquila, comenzará mi vida. Me veo avanzar, con un sentimiento de fatalidad. En la esquina de la calle hay una especie de mojón blanco. De lejos parecía todo negro, y a cada paso vira un poco más hacia el blanco. Ese cuerpo oscuro que se aclara poco a poco me hace una impresión extraordinaria: cuando esté completamente claro, completamente blanco, me detendré exactamente a su lado, y entonces comenzará la aventura. Ahora ese faro blanco que emerge de la sombra está tan cerca, que casi tengo miedo; pienso un instante en volver sobre mis pasos. Pero no es posible romper el encantamiento. Avanzo, extiendo la mano, toco el mojón.

Ésta es la calle Basse-de-Vieille y la enorme masa de Sainte-Cécile, agazapada en la sombra, con sus vitrales relucientes. El sombrero de lata chirría. No sé si el mundo se ha concentrado de golpe o si yo establezco entre los sonidos y las formas una unidad tan fuerte: ni siquiera puedo concebir que nada de lo que me circunda sea distinto de lo que es. Me detengo un instante, aguardo, siento latir mi corazón; escudriño con la mirada la plaza desierta. No veo nada. Se ha levantado un viento bastante fuerte. Me equivoqué, la calle Basse-de-Vieille era una posta: la cosa me espera en el fondo de la plaza Ducoton.

No tengo tanta prisa por reanudar el camino. Me parece que he tocado la cima de la dicha. Qué no hice en Marsella, en Shangai, en Meknes, para conseguir un sentimiento tan pleno. Hoy ya no espero nada, vuelvo a mi casa, al final de un domingo vacío: la cosa está allá.

Echo a andar. El viento me trae el grito de una sirena. Estoy solo, pero camino como un ejército que irrumpiera en una ciudad. En este momento hay navíos resonantes de música en el mar; se encienden luces en todas las ciudades de Europa; nazis y comunistas se tirotean en las calles de Berlín: obreros sin trabajo callejean en Nueva York; mujeres delante del espejo, en habitaciones caldeadas, se ponen cosmético en las pestañas. Y yo estoy aquí, en esta calle desierta, y cada tiro que parte de una ventana de Neukölln, cada vómito de sangre de los heridos, cada ademán preciso y menudo de las mujeres que se engalanan, responde a cada uno de mis pasos, a cada latido de mi corazón.

Frente al pasaje Gillet ya no sé qué hacer. ¿Acaso no me aguardan en el fondo del pasaje? Pero también en la plaza Ducoton, al final de la calle Tournebride hay cierta cosa que me necesita para nacer. Estoy lleno de angustia: el menor gesto me compromete. No puedo adivinar qué quieren de mí. Sin embargo, es preciso escoger; sacrifico el pasaje Gillet, ignoraré para siempre lo que me reservaba.

La plaza Ducoton está vacía. ¿Me equivoqué? Me parece que no lo soportaría. Realmente, ¿no va a suceder nada? Me acerco a las luces del café Mably. Estoy desorientado, no sé si entraré; echo una ojeada a través de los grandes vidrios empañados.

La sala está abarrotada. El aire es azul por el humo de los cigarrillos y el vapor que desprenden las ropas húmedas. La cajera está en el mostrador. La conozco bien: es pelirroja como yo; tiene una enfermedad en el vientre. Se pudre dulcemente bajo las faldas, con una sonrisa melancólica, semejante al olor a violetas que exhalan a veces los cuerpos en descomposición. Un estremecimiento me recorre de la cabeza a los pies: ella... ella es lo que me aguardaba. Estaba allí, irguiendo su busto inmóvil sobre el mostrador; sonreía. Desde el fondo de este café, algo retrocede a los momentos dispersos del domingo y los suelda unos con otros, les da un sentido: he atravesado todo este día para rematar aquí, con la frente pegada a este vidrio, para contemplar ese fino rostro que se abre sobre una cortina granate. Todo se ha detenido: este gran vidrio, ese aire pesado, azul como agua, esa planta carnosa y blanca en el fondo del agua, y yo mismo, formamos un todo inmóvil y pleno; soy feliz.

Al volver al bulevar de la Redoute, sólo me quedaba una amarga pena. Me decía: “Quizá no haya nada en el mundo que me interese tanto como este sentimiento de aventura. Pero viene cuando quiere; y se va tan rápido, me deja tan agotado. ¿Me hará estas breves visitas irónicas para demostrarme que he-frustrado mi vida?”

Detrás de mí, en la ciudad, en las grandes calles desiertas, un formidable acontecimiento social agonizaba a la fría claridad de los faroles: era el fin del domingo.
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