Las manifestaciones del espiritu I. El Primer Centro Abstracto 6 II. La Impecabilidad del Nagual Elías 9 el toque del espiritu






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VIII. EL SALTO MORTAL DEL PENSAMIENTO
Al despuntar el día salimos de la cueva y empezamos el descenso hacia el valle. Don Juan, en lugar de seguir la ruta más directa, dio un rodeo muy grande que nos llevó por la orilla del río. Explicó que debíamos recobrar el juicio antes de llegar a casa.

Le dije que era muy amable de su parte el decir que "debíamos recobrar el juicio" cuando en realidad yo era el único que debía hacerlo. Replicó que la suya no era amabilidad sino simplemente comportamiento de gue­rrero, puesto que ser un guerrero implicaba, en este caso, estar siempre en guardia contra la natural brusque­dad de la conducta humana. Dijo que un guerrero es, en esencia, un ser implacable, de recursos muy fluidos y de gustos y conducta muy refinados; un ser cuya tarea en este mundo es el afilar sus aristas cortantes, una de las cuales es la conducta, para que así nadie sospeche su inexorabilidad.

Entramos a su casa alrededor del mediodía, a tiem­po para almorzar. Yo tenía un hambre feroz, pero no me sentía cansado. Después del almuerzo pensé que sería dable ir a dormir, pero don Juan, mientras me escu­driñaba de pies a cabeza me increpó diciendo que no tenía tiempo que perder. Me dijo que muy pronto perdería la poca claridad que aún me restaba y que si me acostaba la perdería por completo.

-No se necesita ser un genio para darse cuenta de que casi no hay ninguna manera de hablar acerca del in­tento -dijo de pronto cambiando la conversación-. Pero decir eso no significa nada en particular, y ésta es la razón por la que los brujos mejor se fían de las historias de brujería, con la esperanza de que algún día quien las escuche entienda sus centros abstractos.

Comprendí lo que decía, aunque seguía sin concebir lo que era un centro abstracto o lo que supuestamente de­bería significar para mí. Traté de reflexionar sobre eso y me invadieron toda clase de pensamientos. Imágenes cruzaban por mi mente con suma velocidad, sin darme tiempo a recapacitar. Ni siquiera las podía detener lo su­ficiente como para poder reconocerlas. Finalmente la fu­ria se apoderó de mí y di un puñetazo a la mesa.

Don Juan se sacudió de pies a cabeza, ahogado de risa.

-Haz lo que hiciste anoche -me exhortó guiñándome un ojo-. Apacíguate.

Mi frustración me tornó muy agresivo. De inmedia­to le saqué en cara un argumento disparatado: que no hacía nada por ayudarme. Me di cuenta de mi error y le pedí disculpas por mi falta de control.

-No te disculpes. -dijo-. Debo decirte que en­tender como quieres hacerlo no es posible en este mo­mento. Quiero decir que los centros abstractos de las his­torias de la brujería no te pueden decir nada por ahora. Más tarde, esto es, años más tarde, las comprenderás a la perfección.

Le supliqué a don Juan que no me dejara a oscuras, que me explicara más sobre los centros abstractos, porque no estaba claro en absoluto lo que él quería que yo hiciera con ellos. Le aseguré que mi estado de conciencia acre­centada del momento me podría ayudar inmensamente a entender su exposición. Lo exhorté a apresurarse, ya que no podía garantizar cuánto tiempo permanecería en dicho estado. Agregue que en breve entraba a la concien­cia normal y eso significaba todavía más idiotez de la que ya existía en ese instante. Lo dije un poco en broma. Su carcajada me indicó que él lo había tomado como tal, pero yo en cambio me tomé muy en serio. En cuestión de un instante se apoderó de mí una tremenda melan­colía.

Don Juan me tomó del brazo y con mucha conside­ración me condujo hasta un cómodo sillón y se sentó frente a mí. Fijó su vista en mis ojos y, por un momen­to, fui incapaz de sustraerme a la fuerza de su mirada.

-Los brujos constantemente se acechan a sí mismos -aseveró en un tono alentador, como si quisiera cal­marme con el sonido de su voz.

Quise decirle que mi nerviosidad había pasado y que tal vez había sido causada por mi falta de sueño, pero él no me dejó decir nada. Me aseguró que ya me había enseñado cuanto cabía saber sobre el acecho, pero que yo aún no había rescatado ese conocimiento del fon­do de mi conciencia acrecentada, donde lo tenía almace­nado. Yo admití tener la fastidiosa sensación de estar em­botado. Sentía que había algo encerrado dentro de mí, algo que me hacía dar portazos y patear las mesas, algo que me frustraba y me ponía irascible.

-Esa sensación de estar enfrascado es algo que to­dos los seres humanos experimentamos -dijo-. Eso es lo que nos hace acordar de que tenemos un vínculo con el intento. Para los brujos esa sensación es tan aguda que crea una presión inaguantable, justamente porque su meta es sensibilizar ese vínculo de conexión hasta hacer­lo funcionar a voluntad.

"Cuando la presión es demasiado grande, los brujos la alivian acechándose a sí mismos.

-Creo que todavía no comprendo qué significa acechar -dije-. Pero en cierto nivel creo saber exactamente lo que es.

-Pues entonces, vamos a aclarar lo que sabes -ma­nifestó-. El acecho es un procedimiento simplísimo. Es un modo de conducta especial que se ajusta a ciertos principios; una conducta secreta, furtiva y engañosa, que esta diseñada para darle a uno algo así como una sacudi­da mental. Por ejemplo, acecharse a uno mismo significa darse un sacudón usando nuestra propia conducta en una forma astuta y sin compasión.

Explicó que cuando la conciencia de ser de los brujos se atasca debido a la enormidad de lo que perciben, lo cual era mi caso en ese momento, lo mejor o tal vez lo único que se podía hacer era usar la idea de la muerte para provocar ese sacudón mental que era el acecho.

-La noción de la muerte es de monumental impor­tancia en la vida de los brujos -continuó don Juan-. Te he hablado innumerables veces de la muerte a fin de convencerte de que lo que nos da cordura y fortaleza es saber que nuestro fin es inevitable. Nuestro error más costoso es permitirnos no pensar en la muerte. Es como si creyéramos que, al no pensar en ella, nos vamos a pro­teger de sus efectos.

-Tendrá usted que admitir, don Juan, que dejar de pensar en la muerte ciertamente nos protege de preocu­parnos acerca de morir.

-Sí, sirve para ese propósito -concedió-. Pero es un propósito indigno, para cualquiera. Para los brujos, es una farsa grotesca. Sin una visión clara de la muerte, no hay orden para ellos, no hay sobriedad, no hay belleza. Los brujos se esfuerzan sin medida por tener su muerte en cuenta, con el fin de saber, al nivel más profundo, que no tienen ninguna otra certeza sino la de morir. Saber esto da a los brujos el valor de tener paciencia sin dejar de actuar, les da el valor de acceder, el valor de aceptar todo sin llegar a ser estúpidos, les da valor para ser astutos sin ser presumidos y, sobre todo, les da valor para no tener compasión sin entregarse a la importancia personal,

Don Juan fijó su mirada en mí. Sonrió y meneó la cabeza.

-Sí -continuó-. La idea de la muerte es lo único que da valor a los brujos. ¿Es extraño, no?, la muerte dándonos valor.

Sonrió de nuevo y me dio un ligero codazo. Yo le dije que me sentía absolutamente aterrado con la idea de mi muerte, que pensaba en ella constantemente, pero que no me daba valor ni me alentaba a actuar. Tan sólo me volvía cínico o me hacía caer en estados de profunda melancolía.

-Tu problema es muy simple -dijo-. Te obsesionas con facilidad. Te he dicho muchísimas veces que los brujos se acechan a sí mismos para romper el poder de sus obsesiones. Hay muchas formas de acecharse a uno mismo. Si no quieres usar la idea de tu muerte, usa los poemas que me lees y acéchate con ellos.

-¿Qué me aceche con ellos? ¿Qué quiere usted de­cir?

-Te he dicho que hay muchas razones por las que me gustan los poemas -dijo-. Una de ellas es que me permiten acecharme a mí mismo. Me doy una sacudida con ellos. Mientras tú me los lees y yo los escucho, apago mi diálogo interno y dejo que mi silencio cobre impulso. Así, la combinación del poema y el silencio se transfor­man en el procedimiento que descarga el sacudón.

Explicó que los poetas, sin saberlo, anhelan el mun­do de los brujos. Como no son brujos, ni están en el cami­no del conocimiento, lo único que les queda es el anhelo.

-Veamos si puedes sentir lo que te estoy diciendo -dijo entregándome un libro de poemas de José Coros­tiza.

Lo abrí adonde estaba marcado y él me señaló el poema que le gustaba.
...este morir incesante,

tenaz, esta muerte viva,

¡oh Dios! que te está matando

en tus hechuras estrictas,

en las rosas y en las piedras,

en las estrellas ariscas

y en la carne que se gasta

como una hoguera encendida,

por el canto, por el sueño,

por el color de la vista.
...que acaso te han muerto allá

siglos de edades arriba,

sin advertirlo nosotros,

migajas, borra, cenizas

de ti, que sigues presente

como una estrella mentida

por su sola luz, por una

luz sin estrella, vacía,

que llega al mundo escondiendo

su catástrofe infinita.
-Al oír el poema -dijo don Juan una vez que hube terminado de leer-, siento que ese hombre está viendo la esencia de las cosas y yo veo con él. No me in­teresa de qué trata el poema. Sólo me interesan los senti­mientos que el anhelo del poeta me brinda. Siento su an­helo y lo tomo prestado y torno prestada la belleza. Y me maravillo ante el hecho de que el poeta, como un verda­dero guerrero, la derroche en los que la reciben, en los que la aprecian, reteniendo para si tan sólo su anhelo. Esa sacudida, ese impacto de la belleza, es el acecho.

Su explicación tocó una cuerda extraña en mí y me conmovió muchísimo.

-¿Diría usted, don Juan, que la muerte es el único enemigo real que tenemos? -le pregunté, un momento después.

-No -dijo con convicción-. La muerte no es un enemigo, aunque así lo parezca. La muerte no es nuestra destructora, aunque así lo pensemos.

-¿Qué es, entonces? -pregunté.

-Los brujos dicen que la muerte es nuestro único adversario que vale la pena -respondió-. La muerte es quien nos reta y nosotros nacemos para aceptar ese reto, seamos hombres comunes y corrientes o brujos. Los bru­jos lo saben; los hombres comunes y corrientes no.

-Si alguien me lo preguntara, yo diría que la vida es un reto, don Juan, no la muerte -dije.

-Como nadie te lo va a preguntar sería mejor que ni lo dijeras -replicó y soltó una carcajada-. La vida es el proceso mediante el cual la muerte nos desafía -agre­go en un tono más serio-. La muerte es la fuerza activa. La vida es sólo el medio, el ruedo, y en ese ruedo hay únicamente dos contrincantes a la vez: la muerte y uno mismo.

-Yo diría, don Juan, que nosotros los seres huma­nos somos los retadores -argüí.

-De ningún modo -replicó-. Nosotros somos seres pasivos. Piénsalo. Si nos movemos es debido a la presión de la muerte. La muerte marca el paso a nuestras acciones y sentimientos y nos empuja sin misericordia hasta que nos derrota y gana la contienda. O hasta que nosotros superamos todas las imposibilidades y derrota­mos a la muerte.

"Los brujos hacen eso; derrotan a la muerte y ésta reconoce su derrota dejándolos en libertad, para nunca retarlos más.

-¿Significa esto que los brujos se vuelven inmor­tales? -pregunté.

-No. No significa eso -respondió-. La muerte deja de retarlos, eso es todo.

-Pero, ¿qué quiere decir eso, don Juan? -pregunté.

-Quiere decir que el pensamiento ha dado un salto mortal a lo inconcebible -dijo.

-¿Qué es un salto mortal del pensamiento a lo in­concebible? -pregunté, tratando de no parecer belico­so-. El problema entre nosotros dos don Juan, es que no compartimos los mismos significados.

-No, eso no es verdad -protestó don Juan-. Tú entiendes bien lo que quiero decir. El que tú exijas una explicación racional de un salto mortal del pensamiento a lo inconcebible es una grosería. Tú sabes exactamente de qué se trata.

-No, le aseguro que no lo sé -dije.

Y en ese momento me di cuenta de que sí lo sabía, o más bien intuí que sabía lo que significaba. Una parte de mí podía trascender mi racionalidad y, sin entrar en un nivel puramente metafórico, entender y explicar lo que era un salto mortal del pensamiento a lo inconcebible. El problema era que esa parte de mí no era lo suficiente­mente fuerte como para emerger a voluntad.

Cuando le expliqué esto a don Juan, él comentó que mi conciencia de ser era como un yoyo. Algunas veces se elevaba, como en ese momento, hasta un punto alto y eso me daba un extraño dominio sobre mí mismo, mien­tras que otras veces descendía, convirtiéndome en un idiota racional, o simplemente se quedaba estacionada en un miserable punto medio donde yo no era ni chicha ni limonada.

-Un salto mortal del pensamiento a lo inconcebible -explicó, con aire de resignación- es el descenso del espíritu, el acto de romper nuestras barreras perceptuales. Es el momento en el que la percepción del hombre alcan­za sus límites. Los brujos practican el arte de enviar pre­cursores, exploradores de vanguardia a que sondeen nuestros límites perceptuales. Esta es otra razón por la que me gustan los poemas. Los considero exploradores. Pero como ya te dije, los poetas no saben con tanta exacti­tud como los brujos lo que estos exploradores de van­guardia pueden lograr.
Don Juan dijo que teníamos muchas cosas que dis­cutir y me preguntó si quería ir al centro, a la plaza, a dar un paseo. Yo me encontraba en un estado de ánimo muy peculiar. Algo más temprano había notado un retrai­miento en mí que iba y venía. Al principio, pensé que era el cansancio físico que nublaba mis pensamientos. Pero mis pensamientos eran claros como el agua. Esto me convenció de que lo que sentía era un resultado de mi cambio a la conciencia acrecentada.

Al caer la tarde, salimos de la casa y fuimos a la pla­za del pueblo. Allí, me apresuré a preguntarle a don Juan, antes de que él tuviera la oportunidad de decir cualquier otra cosa, a qué se debía mi estado de ánimo. Lo atribuyó a un desplazamiento de energía. Me explicó que al limpiarse, al aclararse el vínculo de conexión con el intento, la energía que de ordinario era utilizada para en­turbiarlo y mantener fija su posición en el sitio habitual se liberaba y se concentraba de manera automática en el vínculo mismo. Me aseguró que no había técnicas pre­concebidas o maniobras que un brujo pudiera aprender con anticipación para mover esa energía. Más bien, era cuestión de un desplazamiento automático e instan­táneo que sucedía una vez que se había alcanzado un determinado grado de pericia.

Le pregunté cuál era ese grado de pericia. Me dijo que los brujos lo llamaban "el puro entendimiento". La comprensión proporcionaba el impulso. Para lograr ese desplazamiento instantáneo de energía se requería una conexión clara y límpida con el intento y, para obtener una conexión clara y límpida, todo lo que se necesitaba era intentarla mediante el puro entendimiento.

Naturalmente, quise que me explicara "el puro en­tendimiento". Él río y se sentó en una banca.

-Voy a decirte algo fundamental acerca de los bru­jos y sus actos de brujería -continuó-. Algo acerca del salto mortal del pensamiento a lo inconcebible. Quizás esto te dé la clave para comprender el puro entendimiento.

Dijo que algunos brujos se dedicaban a relatar his­torias. El narrar historias era para ellos no sólo el explo­rador de vanguardia que sondeaba sus límites percep­tuales, sino también su camino a la perfección, al poder, al espíritu, al puro entendimiento. Guardó silencio por un momento; era obvio que buscaba un ejemplo apro­piado. Me recordó que los indios yaquis poseían una co­lección oral de eventos históricos que ellos llamaban "fe­chas memorables". Yo sabía que las fechas memorables eran una compilación de relatos orales de su historia como nación en pie de guerra contra los invasores de su tierra: los españoles primero, los mexicanos después. Don Juan dijo de manera enfática, siendo él mismo un indio yaqui, que las fechas memorables constituían un acopio de sus derrotas y de su desintegración.

-¿Que dirías tú -preguntó- tú que eres un hom­bre educado, si un brujo que relata historias tomara un relato de las fechas memorables, digamos por ejemplo, la historia de Calixto Muni y le cambiara el final? En vez de decir que Calixto Muni fue descuartizado por sus ejecu­tores españoles, como realmente ocurrió, él narrara la historia de Calixto Muni como el rebelde victorioso que logró liberar a su pueblo.

Yo conocía la historia de Calixto Muni, un indio ya­qui quien, según las fechas memorables, sirvió durante muchos años en un barco bucanero en el Caribe, con ob­jeto de aprender estrategias de guerra. A su regreso a So­nora, se las arregló para levantarse en armas contra los españoles y declarar la guerra de independencia, tan sólo para ser traicionado, capturado y ejecutado.

Don Juan me instó a hacer algún comentario. Le dije que yo me veía obligado a creer que, el cambiar un relato objetivo, basado en hechos reales, conforme él lo describía, era un recurso psicológico del brujo narrador para expresar sus anhelos ocultos. O quizás una forma personal e idiosincrática de aminorar la frustración. Agregué que inclusive hasta llamaría a ese brujo narrador un patriota, porque era obviamente incapaz de aceptar la amarga derrota.

Don Juan se ahogó de risa.

-Pero no se trata sólo de un específico brujo que re­lata historias -arguyó-. Todos los brujos que relatan historias hacen lo mismo.

-En ese caso, es una estratagema socialmente apro­bada que expresa los anhelos ocultos de toda una sociedad -respondí-. Una forma socialmente aceptada de desa­hogar colectivamente la tensión psicológica.

-Tu argumento es locuaz, convincente y muy ra­zonable -comentó-. Pero debido a que te falta el puro entendimiento no puedes ver tu falla.

Me miró como si me estuviera persuadiendo a comprender lo que me decía. Yo no hice ningún comen­tario; cualquier cosa que hubiera dicho me habría hecho parecer resentido.

-El brujo que relata historias y que cambia el final de un relato real y socialmente aceptado -dijo- lo hace bajo la dirección y los auspicios del espíritu. Como puede y sabe manejar su conexión con el intento, puede tam­bién manejar el puro entendimiento y cambiar las cosas. El brujo narrador hace señas de que ha intentado cam­biar el relato, quitándose el sombrero, poniéndolo sobre el suelo y dándole una vuelta completa de derecha a iz­quierda. Bajo los auspicios del espíritu, ese simple acto lo precipita dentro del espíritu mismo. Ha dejado que su pensamiento dé un salto mortal a lo inconcebible.

Don Juan levantó el brazo por encima de la cabeza y, por un instante, apuntó hacia el cielo, sobre la línea del horizonte.

-Debido a que su puro entendimiento es un ex­plorador de vanguardia que sondea aquella inmensidad -prosiguió don Juan- el brujo narrador sabe, sin lugar a dudas, que, en algún lugar, de alguna manera, ahí en ese infinito, en este mismo momento, ha descendido el espíritu. El pensamiento ha dado un salto mortal a lo in­concebible y Calixto Muni es el victorioso. Ha liberado a su pueblo. Su lucha ha trascendido lo personal.

-¡Quién eres tú y tu pinche racionalidad para poner cadenas al pensamiento!

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