Resumen Este documento es una reflexión intimista sobre la narración oral de cuentos y su relación con la formación lectora e investigadora en el hábito de lectura.






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títuloResumen Este documento es una reflexión intimista sobre la narración oral de cuentos y su relación con la formación lectora e investigadora en el hábito de lectura.
fecha de publicación10.07.2015
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l.exam-10.com > Historia > Resumen
Investígame un cuento: narrar para formar lectores

Kyliel Casillas.

Universidad de Guadalajara.

kyliel68@hotmail.com
Resumen

Este documento es una reflexión intimista sobre la narración oral de cuentos y su relación con la formación lectora e investigadora en el hábito de lectura. El cuento oral permite aprender el sentido simbólico. Los chismes, las noticias, la difusión de los conocimientos científicos, la base de las religiones y hasta la fantasía pura y juguetona son parte de una necesidad humana: la de contar y ser contado. Contar es la verdadera diversión, la diversificación mediante el paso a la interpretación y adaptación personal de quien es portador del relato.

Palabras clave: narración de cuentos, hábito de lectura.

This paper is an intimate reflection on the oral narration and its relationship with the reading and researcher formation by means of reading habit. Oral stories allow to learn the symbolic sense. The gossips, the news, the science popularization, the basis of religions and even the playful and pure fantasy are part of a human need: to tell and to be told. Story telling is the true diversion, the diversification by means of the step toward the interpretation and personal adaptation of whom is bearer of the story.
Key words: story tellings, reading habit.

Quiero iniciar saludando este Congreso, expresando el gusto de estar aquí y agradeciendo el espacio para contarles acerca de mis experiencias en el diálogo con la imaginación.

El cuento es ficción que proviene de la tradición oral, de la mitología, de la historia convertida en leyenda e incluso de la fabulación; de ahí su carácter ficticio… y su descrédito en cuanto que origen del pensamiento científico.

A menudo se entiende al cuento como un objeto menor de la cultura frente a la filosofía o la historia; sin embargo, generaciones y generaciones de niños alegres, asustados, insomnes o gentilmente inducidos al sueño, demuestran que es no sólo el mejor de los vínculos con el hábito de la lectura, sino también una excelente manera de formar mentes investigadoras.

Contar cuentos es enseñarles a los interlocutores no sólo a leer el mundo, sino también a entenderlo en su sentido simbólico, a ver la realidad desde perspectivas diversas, críticas e introspectivas, según lo requiera el caso: yo soy una amorosa de Paulo Freire, y cuando me leí “La importancia de leer y el proceso de liberación”, me prometí que un día yo diría mi palabra y mencionaría su nombre como referencia, porque si bien no aprendí de contar leyéndolo, si comprendí a partir de sus textos la razón y el propósito de mi afición, porque “El hombre que narra se humaniza al mismo tiempo y penetra en la oscura materia de que están hechos los sueños” (Janer-Manila, 1993).

Me encanta narrar y por ello es que intento demostrar el modo en que los cuentos nos llevan hacia los albores de la cultura. Partiremos, pues, de un breve análisis etimológico de la palabra investigar, que proviene del latín investigare, a su vez descendiente de vestígium, en español vestigio; es decir, investigar es ir en pos de la huella: así pues, digo que el cuento es la forma primigenia de historia, de religión e incluso de conocimiento empírico.

Las primeras civilizaciones trataron de explicar su realidad mediante el pensamiento mágico-religioso, nos legaron versiones trastocadas de su historia mediante la leyenda, construyeron su pensamiento y fundaron sus religiones en torno a mitos; o sea, nos contaron cuentos y nos los creímos todos: tan nos los creímos que nuestro concepto de estética, de filosofía y de sociedad, al menos en Occidente, es herencia directa de la antigua Grecia. En todo caso, las culturas no occidentales no se creyeron esos cuentos, sino otros: “El arte de contar cuentos es tan viejo como el hombre. Mucho antes que éste inventara el alfabeto, ya se las ingeniaba para idear cuentos” (Droke, 2000)

Los niños que tienen acceso a los cuentos, se preparan para ser investigadores, porque algún día recordarán con nostalgia la fábula aquélla que la tía solterona les contaba sobre un cuervo vanidoso y una zorra adulona; buscarán ansiosos, primero en una memoria traicionera, después con conocidos y si con esto no bastara, en libros e internet, el increíble relato sobre el Hombre de la piel de oso que tenía un saco sin fondo con monedas de oro, y que la maestra de la primaria refería con inconmensurable entusiasmo; anhelarán volver a sentir la emoción de esperar el estribillo aquél de:

"Hoy tomo vino, y mañana cerveza,

después al niño sin falta traerán.

Nunca, se rompan o no la cabeza,

el nombre Rumpelstiltskin adivinarán.."

(Grimm & Grimm, 2008)

La literatura es una expresión cultural que no nació para gozarse en soledad, sino para ser escuchada: durante la época clásica, bardos y aedos cantaban de localidad en localidad; en la Edad Media lo hicieron los juglares; durante la Revolución Mexicana oímos cuentos de muchachas tan bonitas que algunos generales soñaban con obsequiarles buques de guerra y trenes militares, o de cucarachas y zopilotes en fascinantes funerales dedicados a la mujer guerrera.

Así que el oficio de contar cuentos nada tiene que ver con buscar maneras lindas para matarles el tiempo a los niños traviesos, sino con la necesidad humana de contar y de escuchar historias. Parece un oficio noble e inofensivo y yo digo que noble sí, pero jamás inofensivo y mucho menos ingenuo… Por eso los periodistas a menudo sufren persecución y violencia, son exiliados e incluso muertos, porque contar, más que un acto de profesionalismo, es un ejercicio de la esencia puramente humana. No es que sean obcecados y por eso hablen de más, es que son gente y requieren decir su palabra para no perder su identidad.

Los chismes, las noticias, la difusión de los conocimientos científicos, la base de las religiones y hasta la fantasía pura y juguetona son parte de una necesidad humana: la de contar y ser contado, la de decirse en voz alta, en canciones, en cine, en televisión y hasta en los libros. Contar es la verdadera diversión, la diversificación mediante el paso a la interpretación y adaptación personal de quien es portador del relato.

Yo aprendí a contar contándome a mí misma, y aprendí a escuchar en un cuento de la siguiente manera: Había una vez una señora gorda, gorda, que estaba casada con un señor flaquito, flaquito; vivían en una casa grande, grande, con árboles altos, altos de los que era posible cosechar aguacates sabrosos, muy sabrosos. Habitaban un pueblito mágico junto a un lago, en el que los pescadores tendían redes de plata.

La señora gorda y el señor flaquito tenían hijos y también contaban entre sus riquezas con una escalerita al pie de la cocina, donde una nieta de trenzas largas se sentaba a contar el cuento de Caperucita, que se comió al lobo, vinieron los leñadores, lo rescataron y todos vivieron felices por siempre.

La señora gorda tenía ojos de encanto, sonrisa sin dientes para no morder a los lobitos indefensos, ojos de serenata y manitas de amor. Ella era mi abuelita, yo era la narradora de la escalera y, aunque siempre la quise mucho, no llegué a conocerla sino hasta que se quedó viuda y supe que amaba los libros, que le gustaban los cuentos, que siempre deseaba saber y saber…

Cuando pasaron los años, mi abuelita gorda de cuento de hadas se quedó casi ciega y desde joven había sido casi sorda, así que a gritos leí para ella mis poemas favoritos, mis cuentos privilegiados, mis ensayos sobre el amor… Recuerdo el último invierno en que fui a visitarla para despedirme de ella: fue una semana agridulce, pero nos reímos mucho, le dije de memoria el poema aquel de la princesa que sin querer se robaba una estrella, le dije de memoria versos sobre los amigos sinceros y las rosas blancas y escuché angustiados consejos sobre cuidar a mi madre y ser siempre feliz.

Ella me contó en su lecho de muerte sobre sus andanzas de infancia y juventud: cuando su madre la ocultó de los cristeros en el tapanco bajo las pacas de paja; de la ocasión aquella en que su novio pasó a otra muchacha en su caballo sobre el riachuelo y ella por eso le dio calabazas; de la tía que modelaba palomitas de queso y les ponía ojitos de capulín; de cómo vio al Diablo y del día en que San Miguel Arcángel le sirvió de padrino en la pila bautismal… también me hizo entonces una pregunta socarrona: “¿Te acuerdas cuando contabas que Caperucita se comió al lobo?”… Entonces y sólo entonces, comprendí que no soy cuentacuentos por azar sino por un afán abrazado en la cuna.

Han pasado varios años desde esa despedida, pero no por ello son menos mis afanes contando cuántos cuentos cuento: hace unos meses, me pasó una de las situaciones anecdóticas más felices y a la vez más ad hoc para ilustrar el impacto de los cuentos en la construcción de la cultura: tengo una sobrina nieta de cuatro años de edad, que por una peculiar confusión de parentescos ha concluido que soy su tatarabuela. Su padre, en cuya crianza intervine siendo aún una niña, refiriéndole cuentos de los Grimm, de Andersen, de la tradición oral y del arcón de los recuerdos de mi madre, le dijo que yo me sabía muchos cuentos, incluso más que su abuelita.

Comprendí entonces que el papá treintón había hallado una forma airosa de exigirme un cuento, así que comencé a referir la historia aquélla de los siete chivitos cuya madre iba ataviada con vestidito blanco de encajes y delantalito de holán. Y si bien, debo confesarlo, me asombró, no me sorprendió atraparlo con una mueca de reproche cuando cambié por accidente un estribillo. Los niños, aún cuando lleguen a ser padres de niñas en edad de seguir un relato, no dejan de requerir la “versión original”, siendo ésta la que escucharon del primer, del mejor, tal vez del cotidiano o al menos recurrente cuentacuentos de su infancia. Así pues, es desde esta versión autorizada por los expertos que se viaja hacia la autenticidad.

Como se ve, una muy primitiva forma de investigación es esa mediante la cual el niño le pregunta al mentiroso: “¿oye, mentiroso, de dónde sacas tus cuentos?” y cuando el cuentacuentos cuentero cuentón, responde que los saca del pozo (Cfr. Carmen Baez), el niño con ansiedad pregunta si no se sabe el cuento de la niña que tenía lombrices en la panza, o alguna otra cosa imposible de hallar, y si por acaso, si por una feliz coincidencia, el niño acierta y el embustero sabe la historia solicitada, corregirá a cada paso porque no lo cuenta igual que su maestra, que su abuelita hermosa, que su mamá a la luz de una vela…

La industria hollywoodense es, de veras, una gran competidora de la tradición oral, plagiaria y corruptora de la versión original, ha formado su propia tradición audiovisual, pero aún así no puede competir con los finales del Romanticismo, del Renacimiento, del Medioevo y hasta de la mitología clásica grecolatina: mis alumnos a menudo me preguntan, por ejemplo, cuál es la verdadera historia de la Cenicienta, y no puedo sino decirles que no sé a cuál de todas las verdaderas versiones se refieren, entonces debo ejemplificar con el mito egipcio de la muchacha que calzaba una delicada sandalia en un pie bonito (omito, desde luego, aclarar que siendo ella campesina y virtuosa, amante del trabajo y el cumplimiento de sus responsabilidades, seguramente tenía una planta con callosidades más resistentes que la suela de una bota de explorador); el caso es que un halcón le robó la sandalia y se la llevó al faraón, quien se casó con ella; también tengo el relato de la princesa que se pone por casualidad el anillo de su difunta madre; le sirve a la medida y, por ley, tenía que casarse con su padre. Desde luego, ni el padre ni ella quieren eso, de modo que ella posterga la temida ceremonia demandando fabulosos vestidos confeccionados con tela de araña, con hilos de plata, con bordados de estrellas y zapatillas de oro labradas por los más hábiles orfebres de la región; también me sé un cuento del Pentamerón en el que la gata cenicienta hace a su odiada madrastra que se asome al arcón, quien ingenuamente obedece y entonces nuestra dulce protagonista le cercena la cabeza con un golpe de la tapa, de modo que se consigue la madrasta con quien ella había pactado regalos y mimos por montón, prefiero no enfatizar en que esta madrastra, autora intelectual del crimen, resulta traidora y le hace la vida imposible. Y por supuesto, he de confesar que crecí escuchando la grabación en audio de los estudios Walt Disney, donde la Cenicienta platicaba con los ratoncitos y tenía un hada madrina despistada y un rey ansioso de consentir nietos.

Es una gran fortuna que mis alumnos sean estudiantes de Bachillerato, porque entonces puedo contar la realidad de la ficción: Parece una burla que inquiramos por la autenticidad de la fantasía: queremos, por ejemplo, los chismes de primera mano, lo cual resulta absurdo, porque si es verídico no es chisme, y la versión corregida suele ser mucho más sabrosa.

He llegado a saber que hace muchos años, en un pequeño poblado de Francia, una aldea rodeada por bosques exultantes fue asolada por un asesino y pederasta que raptó a una niña, la violó y para acallar sus gritos de auxilio la mató, de modo que no quedara testigo alguno de su horrendo crimen. Después de esta espantosa experiencia, los leñadores y cazadores anduvieron haciendo rondas de día y de noche buscando al monstruo que amenazaba a sus hijas. Las madres, por su parte, sólo tenían el miedo para contener su ansia de juego y su curiosidad, de modo que les decían: “no te metas al bosque, que anda un lobo malo que mata alas niñas”, y cuando había urgencia de enviarla solas a poblados vecinos, les pedían que sólo pasaran por el camino de los arrieros. El camino largo, es decir, merodeando en bosque en vez de seguir la ruta ya trazada, quedó entonces prohibido.

Sin embargo, es fácil suponer que los chismes, incluso sobre las mentiras, cuando van pasando de boca en boca se van poniendo más y más apetitosos, así que el lobo ya no sólo mataba a las niñas, sino que se las comía; luego las descuartizaba y se las comía, después se mostraba seductor, jugaba con ellas, las seducía o aún las violaba, luego las mantenía secuestradas y finalmente las mataba para cocinarlas con verduras y especias finas y se las comía en un delicioso banquete que jamás llegaba a satisfacerlo, así que seguía buscando y buscando niñas para comer.

Esta siniestra versión, aparentemente, surgió de un deseo de suavizar una noticia escandalosa que era imprescindible dar a conocer a las niñas, y acabó siendo una perversión inadmisible en los círculos de la decencia, así que un tal Charles Perrault tomó la anécdota y la convirtió en el hermoso cuento para niñas que hoy llega a nuestros oídos con diversas enseñanzas: en primer lugar, como dice mi hermana que decía mi abuelita que decía el cuento, “si un hombre te pide que te metas a su cama no le hagas caso, en realidad es un lobo que quiere hacerte mucho daño”; en segundo lugar, que el camino más breve, en la ciencia como en la vida, suele llevar a la respuesta correcta (es una fortuna que éste sea un relato sobre la ficción y no uno sobre la verdad…); también se aprende que se debe obedecer a las mamás cuando se es niña, porque sus explicaciones pueden sonar absurdas, pero sus intenciones resultan sabias; además da fe de que a los niños les gusta asustarse con seres irreales, porque siempre es mucho mejor que tener que enfrentarse a un desastre de verdad.

No he intentado demostrar nada con estas palabras, mucho menos pretendo haberles enseñado cosa alguna; pero creo que una reflexión acerca de algo tan cotidiano como narrar un cuento es el modo más sincero de leer en la realidad. Yo aprendí a amar los relatos oyendo a mi madre en torno a la luz de una vela, a mi hermana bajo el dintel de la puerta, aprendí contándoles a mis primos menores y a mis sobrinos todo cuanto había escuchado, y así es como me volví ambiciosa de relatos: a menudo leo para poder contar y así es como he aprendido a seguir la huella, hurgando entre el polvo de la cultura he desenterrado antiguos relatos, versiones prohibidas, anécdotas apropiadas y moralizantes… Cito a este respecto al Lazarillo de Tormes (Anónimo, 2004): “Y a este propósito dice Plinio que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena. Mayormente que los gustos no son todos unos; mas lo que uno no come, otro se pierde por ello”

No he dejado de ser una niña, me aferro a mi infancia mediante la ficción y de ese modo es que me evado de la realidad para luego volver a poner los pies sobre tierra firme y comprender mejor el mundo.

Bibliografía

  1. Anónimo. (2004). Lazarillo de Tormes (Colección "Nuevo Talento" ed.). México: Época.

  2. Báez, C. (2003). El contador de cuentos. En Los mejores cuentos americanos. Antología Didáctica (págs. 8-13). Lima: Ediciones Quipu.

  3. Droke, M. (2000). Cómo contar un cuento. En M. Michaus, & J. Domínguez, El Galano Arte de Leer (Vol. Tomo I, pág. 24). México: Trillas.

  4. Freire, P. (2008). La importancia de leer y el proceso de liberación (18ª ed.). (S. Mastrangello, Trad.) México: Siglo XXI.

  5. Grimm, J. K., & Grimm, W. (17 de marzo de 2008). Educar. Recuperado el 14 de febrero de 2012, de Rumpelstiltskin. Bibliotecas Virtuales: http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/literaturainfantil/cuentosclasicos/rumpelstikin.asp

  6. Janer-Manila, G. (1993). A los seres humanos les encantan las historias. Primer Congreso del Libro y del Niño . Ávila, España.




Casillas, K. 2º Congreso de Investigación en Educación de Occidente. Pág. de


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