La prehistoria de la televisión abarca un amplio período que se extiende, aproximadamente, desde finales del siglo XIX hasta 1935. En principio surgirán dos






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Competición: retransmisiones de grandes acontecimientos deportivos de carácter nacional o internacional (por ejemplo, los Juegos Olímpicos, los Mundiales de Fútbol o las finales de las ligas de campeones), o de los enfrentamientos políticos de primer orden como el debate entre el entonces presidente de gobierno Felipe González y el líder de la oposición José María Aznar de 1993.

  • Conquista: retransmiten la actuación de los líderes en sus misiones históricas; por ejemplo, la añorada llegada del hombre a la Luna, en 1969, o la visita del Papa Juan Pablo II a la Cuba socialista, en 1998.

  • Coronación: implica la retransmisión de los ritos de “los grandes” (por ejemplo, los funerales celebrados con motivo del asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy, en 1963; la boda real británica celebrada entre el príncipe Carlos de Inglaterra y la malograda princesa Diana, en 1981 o la boda de la infanta Cristina Borbón en Sevilla).

    Otros grandes acontecimientos no suelen dar preaviso. Irrumpen con la fuerza de lo imprevisible. Es el momento en que un austero presentador suele reclamar la atención y la inquietud de los televidentes con la clásica frase “Interrumpimos este programa para...”

    Ejemplos de este tipo de acontecimientos históricos, fuera de cualquier guión y que tienen a la televisión como testigo privilegiado, podrían ser la noticia del fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 (puedes oír la retransmisión radiofónica en la galería de audio de media-Radio) que culminó en la madrugada del 24 cuando el rey Juan Carlos se dirigió al país a través de TVE condenando el levantamiento militar. Más cerca en el tiempo y de carácter mundial podemos señalar la retransmisión, en gran parte en directo, del ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York el pasado 11 de septiembre de 2001.

    3.9 Ver y leer la televisión: apocalípticos
    La implantación de la televisión como medio de información y entretenimiento hegemónico a lo largo del pasado siglo XX trajo aparejados una serie de debates en torno a los usos y los efectos de la televisión. A riesgo de pecar de cierto reduccionismo y sólo a fines explicativos, vamos a utilizar una célebre clasificación debida al investigador italiano Umberto Eco que dividía los análisis sobre el ejercicio de ver y leer la televisión en dos grandes grupos: aquellos que critican el funcionamiento de la Televisión denominados “apocalípticos”, y aquellos otros que observan a la cultura de masas, en general, y a la Televisión, en particular, como un elemento democratizador y positivo, los llamados “integrados”.

    Las discusiones entre “apocalípticos” e “integrados” lleva produciéndose varias décadas. Se trata de un debate histórico que se actualiza permanentemente a partir nuevas constataciones relacionadas con el consumo televisivo o con la aparición de nuevos formatos de programación (por ejemplo, el programa Gran Hermano en sus diferentes versiones nacionales).

    Los apocalípticos afirman que la televisión es un medio que favorece la manipulación, la alienación, y da lugar a la imitación casi simiesca. Desde los contenidos emitidos por televisión, critican la violencia, sexo, lenguaje soez, reproducción de estereotipos negativos de clase, raza y sexo con frecuencia habituales en las parrillas de la pequeña pantalla.

    Las críticas apocalípticas provienen de intelectuales de procedencia muy diversa tales como educadores; sociólogos; filósofos, artistas, asociaciones de consumidores y amas de casa; sindicatos; ONG’s; congregaciones religiosas; etc.

    En el campo de este tipo de pensamiento uno de los últimos conceptos acuñados es el de “telebasura” utilizado por críticos de muy diversa procedencia para denunciar el amarillismo y el sensacionalismo con que se tiñe la pantalla nuestra de cada día. En España la Asociación de Usuarios de la Comunicación; los sindicatos Unión General de Trabajadores y Comisiones Obreras; la Confederación Española de Madres y Padres de Alumnos; la Unión de Consumidores de España y la Confederación de Asociaciones de Vecinos de España han elaborado un Manifiesto contra la telebasura.

    Debates candentes tiene la relación de la infancia con la pequeña pantalla. Mucho se ha escrito sobre la influencia negativa de la televisión en la formación de los pequeños y muchos informes vincularon la delincuencia y el vandalismo presentes en nuestras sociedades con las imágenes televisadas. La resolución de conflictos apelando a la violencia, el incentivo al consumo desde los programas infantiles o el inculcar en los menores estereotipos sexistas son con frecuencia materia de condena por parte de educadores, padres y legisladores.

    Tales preocupaciones han propiciado en EEUU, por ejemplo, el ensayo de una solución tecnológica: el V-Chip. Como reza el folleto de FCC, el V-Chip es un dispositivo tecnológico que se instala en los televisores para ayudar a los padres a bloquear los programas que consideren inadecuados para sus hijos, sobre la base de la clasificación por edades y las categorías del contenido, tales como sexo, violencia, lenguaje para adultos o diálogo insinuante. 3.10 Ver y leer la televisión: integrados
    Numerosos profesionales del medio, junto a periodistas e intelectuales, constituyen el núcleo de los integrados y juntos unen sus voces y recursos para señalar que la televisión es un fantástico medio de comunicación que, lejos de cualquier elitismo pasado o presente, forma parte del sistema nervioso de las sociedades contemporáneas.

    En la defensa del medio televisivo y de los contenidos que éste transmite subyace una defensa de los gustos masivos y populares, puesto que la cultura de masas de nuestros días es la cultura genuina de la sociedad. En este sentido, la televisión es “una ventana al mundo” y un formidable instrumento de socialización que sirve de elemento de cohesión social y de satisfacción personal al poner al alcance de cualquiera entretenimiento, información y cultura.

    El investigador español Raúl Rodríguez Ferrándiz (2001) explica que las defensas de la televisión pasan en resumidas cuentas por:

    • Proclamar los efectos benéficos del consumo televisivo

    • Audiencia astuta y activa capaz de reapropiarse y de manipular los mensajes que la televisión pone a su alcance.

    En suma, que la televisión elabora los verdaderos discursos pedagógicos que circulan hegemónicamente por la nación: el medio nos tiene al corriente de las amenazas que nos rodean, nos informa sobre el cáncer, el alcoholismo, las enfermedades de transmisión sexual, nos advierte de las precauciones que debemos tomar en las carreteras, en las playas. La Televisión promueve un individualismo narcisista pero tolerante, de principios fluctuantes y moralidad esencialmente abierta; por ejemplo en la representación social e ideológica de los valores ‘políticamente correctos’ que trasmiten las series de ficción.

    De esta manera, los medios, entre ellos evidentemente la televisión, han conseguido completar en un ciclo temporal más corto los valores pedagógicos y de socialización que emanan a medio plazo de otras instancias de socialización y de transmisión del saber, como la familia o la escuela.

    Los integrados consideran que la Televisión es uno de los mecanismos básicos de socialización y una de las principales fuentes de información de los niños. Además, señalan numerosos investigadores, la influencia de la televisión en la conducta del niño depende en gran medida del entorno familiar y social en que se desarrolla el pequeño televidente.

    En otro orden, se señala que la televisión y la “irrefutabilidad” de sus imágenes enseña a considerar la política y la información como bienes consumibles. Lejos de denunciar la función mediadora de la televisión y la construcción de la realidad de cada día, sus defensores apelan la objetividad de las crónicas y reportajes televisivos, el clásico “Así sucedió, así se lo contamos”.

    Por último, señalemos una corriente de pensamiento que en los últimos años viene revalorizando la figura del televidente activo, es decir, un televidente capaz de analizar críticamente los productos audiovisuales ofertados y de dar a los mismos significados funcionales para sus necesidades

    4.1 La señal de video
    A diferencia de otros modelos de representación visual como el cinematógrafo, que generan una imagen fotoquímica obtenida tras procesos de laboratorio, la imagen que vemos en televisión es una imagen eléctrica. La señal de vídeo/televisión se basa en la posibilidad de convertir las variaciones de intensidad de luz en variaciones de intensidad eléctrica a partir de la existencia de materiales fotosensibles que ven variadas sus características al incidir sobre ellos la luz.

    A grandes rasgos el proceso es el siguiente: supongamos una cámara de televisión que enfoca la imagen de un objeto iluminado. Dentro de la cámara se encuentra un tubo de cristal -el tubo de cámara- que contiene en su parte anterior una superficie sensible a la luz, llamada target, y en su parte posterior un cátodo que lanza electrones desde atrás contra el target.

    La óptica de la cámara recoge las imágenes exteriores y las enfoca sobre el target o mosaico sobre el que incide la luminosidad de la imagen real; en cada punto del target, que está compuesto de un material que reacciona a la luz generando electricidad, se generan distintas intensidades en forma de cargas eléctricas, proporcionales a las luces y las sombras que le llegan. Un ejemplo: cuando se enfoca sobre el target un personaje con chaqueta negra y pantalones blancos, la luz reflejada por la chaqueta crea una pequeña carga, mientras que la de los pantalones será de gran densidad.

    En la parte posterior hay un cañón de electrones o cátodo que ‘se dispara’ sobre el target y los electrones ‘disparados’ van detectando, dirigidos por unas potentes bobinas electromagnéticas o bobinas de deflexión, la intensidad de la luz en cada punto, transformando esa luz en una señal eléctrica que varía de intensidad según varía el brillo de los puntos de la imagen. Esa señal eléctrica recibe el nombre de señal de vídeo.

    Esta señal de vídeo es la base de la imagen de televisión; una vez amplificada y sometida a una serie de procesos puede transmitirse a distancia bien por ondas, terrestres o vía satélite, bien por cable. En el televisor, la señal de vídeo realiza el proceso inverso que permite que la electricidad de la señal se transforme en las imágenes que vemos.

    La señal de video se compone del pico de blancos, que corresponde a la máxima señal de luminosidad; el pico o nivel de negro, que corresponde a la mínima intensidad lumínica; y de una serie de impulsos cuya función consiste en sincronizar todos los elementos que intervienen en la creación de la imagen, entre otros: Impulso de sincronismo horizontal, que señala el inicio de lectura de cada una de las líneas; impulso de sincronismo vertical, que señala el inicio de cada campo, como veremos a continuación.

    En realidad, si te acercas con una buena lupa al televisor, verás que una imagen de televisión está formada por pequeñas celdas agrupadas en líneas. Si en la habitación a oscuras te colocas a cierta distancia del televisor y giras completamente la cabeza hacia un lado, podrás apreciar por el rabillo del ojo (no mires hacia la pantalla) el parpadeo que produce el haz de electrones al dibujar las líneas a gran velocidad. Ese parpadeo, aunque no es fácilmente perceptible, es el que hace que tus ojos se sientan cansados si ves la televisión durante mucho tiempo o si la ves en un habitación demasiado oscura.

    Para conseguir la perfecta sensación del movimiento sin ningún centelleo es necesario que la señal de vídeo se produzca con una determinada frecuencia temporal. La imagen de televisión es explorada por el haz de electrones de la cámara o del televisor en el sistema estándar español PAL de 625 líneas, a una frecuencia de 25 veces cada segundo. Lo anterior quiere decir que cada imagen completa de televisión tiene 625 líneas que se renuevan 25 veces cada segundo con una regularidad absoluta. Cada una de esas imágenes recibe el nombre de cuadro o frame y sería el equivalente al fotograma en cine.

    Sin embargo, en sentido estricto, la imagen se forma por un barrido del haz de electrones que va alternando el grupo de líneas pares con el grupo de líneas imapres. Así cada una de esas 25 imágenes por segundo son en realidad dos grupos de líneas, llamados campos o semi-imágenes, de 312,5 líneas cada uno, renovadas a la frecuencia de 50 tramas o campos por segundo. Este procedimiento recibe el nombre de barrido entrelazado. 4.2 La ingeniería del vídeo: televisión de color
    La televisión como el cine nació en blanco y negro. Más tarde surgieron las denominadas normas de color, NTSC adoptada en Estados Unidos y en Japón, PAL en gran parte de Europa y SECAM sobre todo en Francia, y algunos países de  Europa del Este.  Sin embargo, cuando comenzaron a proliferar en los hogares los aparatos en color (genéricamente: en los años sesenta en Estados Unidos y en los setenta en Europa) los ingenieros debieron encontrar una completa compatibilidad entre los aparatos monocromáticos y los de color. Entre otras cosas porque durante muchos años era frecuente que parte de la programación se emitiera en color y otra en blanco y negro. La operación tecnológica y comercial consistió en que todo propietario de un televisor en blanco y negro pudiera recibir la señal de televisión aunque ésta fuera emitida por la cadena en color.

    Para ello se trataba de que si en blanco y negro las cámaras y los televisores operaban con un único tubo que trabajaba tan sólo con la información de brillo, conocida como luminancia; en color la señal de televisión procesa por separado dos tipos de señales: la mencionada luminancia y la crominancia que indica el tono y saturación en cada punto de color. El ‘truco’ consiste en que en la televisión en color la luminancia se crea a partir de la adición de tres señales de color. La luminancia está formada por un porcentaje de los tres colores fundamentales: un 30% de la señal roja (R), un 59% de la señal verde (G) y un 11% de la señal azul (B).

    Obviamente, el color obliga a la cámara a poseer no un tubo de imagen, sino tres, siendo cada uno de ellos correspondiente a uno de los tres colores en los que se descompone la imagen.  En suma que, al salir de los tubos de cámara tenemos tres señales, RGB, que se envían a una matriz que extrae la señal de luminancia por un lado (nominada por los ingenieros como Y) y dos señales que sumadas son la crominancia (C). Sólo son necesarias dos señales porque el tercer color se obtiene de la luminancia y estas dos señales de diferencia de color. Si se mezclan las señales Y/C se obtiene la señal de video compuesto que se puede modular en radiofrecuencia y transmitir fácilmente por ondas hertzianas.

    En los años 80 se desarrolló la técnica CCD (Charge Coupled Device; Dispositivo de carga de acoplamiento). El funcionamiento técnico del dispositivo se basa en unos circuitos integrados formados por elementos fotosensibles dispuestos en columnas y filas. En cada punto de intersección se halla un punto sensible a la luz incidente, llamado píxel; a su vez esa luz es capaz de generar cargas eléctricas de una tensión proporcional a la luz que recibe: más brillo, más densidad de carga. En los CCD, cada fila corresponde  a una línea de video; el detalle y la resolución será proporcionalmente mayor según sea el número de píxeles.

    La ligereza y menor tamaño de los sensores CCD, su carácter robusto y resistente a golpes y vibraciones ha permitido diseñar cámaras más pequeñas que paulatinamente han arrinconado hasta su práctica desaparición a los tubos de cámara.

    4.3 La cámara de televisión
    La cámara es la herramienta técnica que permite la captación de imágenes. En líneas generales puede decirse que una cámara de televisión proporciona las prestaciones de una cámara de cine (véase el bloque 7.2 de Media Cine). Pero, claro está, con la diferencia que en aquélla las prestaciones son realizadas electrónicamente; de lo que se desprende lógicamente que la cámara de televisión necesita electricidad para funcionar.

    La transformación de la luz en señales eléctricas obliga a un patrón unificado de la lectura correcta de esa relación entre la luz y la electricidad. Ese patrón es el balance de blancos que indica a los circuitos internos una referencia de lo que es cien por cien blanco para el ojo humano en un determinado contexto de iluminación, y sirve de referencia para ayudarse en la reproducción de los colores.

    Si tú tomas una hoja en blanco y la colocas a la luz del día, la verás blanca. Si a continuación te la llevas a casa y la colocas a la luz de un tubo fluorescente, la seguirás viendo blanca y si, por último, de noche te vas a una habitación y la colocas a la luz de una bombilla, seguirás siendo capaz de identificarla como blanca. Sin embargo lo cierto es que en el primer caso el blanco tiende a ser bastante azulado, en el segundo caso, algo verdoso y en el tercero bastante amarillento ¿Dónde está el truco? Nuestro cerebro es capaz de trabajar para compensar las diferencias cromáticas permitiéndonos percibir un mismo color como constante (constancia perceptiva del color), aunque objetivamente haya variado. Una cámara no es capaz de llevar a cabo esta operación, por lo que hay que decirle cuál es la referencia para el blanco cada vez que cambiemos de fuente o de contexto de iluminación, de lo contrario los colores podrían ser mal registrados.

    Las cámaras profesionales de televisión pueden ser clasificadas en cuatro categorías generales:
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