En este breve estudio sobre Stevenson me propongo seguir un método algo insólito al trazar lo que podría considerarse como un bosquejo algo excéntrico. Ello






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títuloEn este breve estudio sobre Stevenson me propongo seguir un método algo insólito al trazar lo que podría considerarse como un bosquejo algo excéntrico. Ello
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V
LAS HISTORIAS ESCOCESAS
Los dichos de la gente son generalmente verdad mientras no sean dichos sobre gente de otros pueblos. Sería poco cuerdo recorrer Sussex para averiguar si los hombres de Kent tienen cola, o Inglaterra para saber si los franceses tienen cuernos. Y hay evidentemente mucho de inexacto en el tipo tradicional del escocés práctico y puritano con su rígida economía y su tiesa respetabilidad. Una figura de tan severo decoro no es evocada muy vívidamente por el título de «Rob the Rauter», o el Hechicero del Norte. Y pocos en nuestra generación han sido convencidos de ello ni siquiera por el rigor científico que nos ha dado Peter Pan o la sobria responsabilidad que envara la narración de Las nuevas Mil y Una noches. A los lectores de esta última obra les sorprenderá oír que un escocés es incapaz de comprender una broma cuando parece tan eminentemente capaz de hacer una y el lector de la primera se sentirá inclinado a pensar que la broma nacional no es demasiado sobria, sino demasiado extravagante. Peter Pan continúa, por tradición directa, el culto del niño que empieza con La isla del tesoro, pero si hay algo que criticar en la bella fantasía de sir James Barrie, es que a Wendy le pasan en una «nursery» de Londres cosas más extraordinarias que las que nunca pasaron a Jim en una isla tropical. La única objeción a vivir en una «nursery» donde el perro es la niñera y el padre vive en la casita del perro, es que no hay necesidad de ir a la «tierra de nunca jamás» para buscar lo que nunca ocurre. Sea lo que fuere lo que podamos decir del genio escocés, éste, en ningún modo, es meramente árido o prosaico; y en realidad el verdadero complejo del genio escocés está tan lleno de contradicciones como el del dibujo cruzado del plaid o faldón escocés. Y aun en esto hay sutileza lo mismo que contradicción; y el tartán puede ser una antigua forma tribal de camuflaje. Hay un color en la montaña o en el páramo escocés que de momento parecerá gris y al menor cambio de luz parece púrpura; lo cual es en sí una imagen de Escocia. Un pasar del color más apagado el más violento, que, sin embargo, no parece ser más que un nuevo matiz, podría muy bien representar el complejo de contención y violencia que informa toda la historia nacional y el carácter nacional. Stevenson representa uno de estos momentos de la historia en que el gris se vuelve púrpura; y no obstante en su púrpura hay mucho de gris. Hay mucho de contención artística todavía más que moral; hay cierta frialdad en el comentario, aun sobre objetos pintorescos; hay incluso cierta ausencia del común concepto de la pasión. Hay matices hasta en la púrpura; hay diferencias entre la purpúrea orquídea y el purpúreo brezo; y la suya parece ser a veces, por fortuna, como el brezo blanco. En otras palabras: su idea de la felicidad es todavía del género vivaz y juvenil; y aunque describió muy felizmente la felicidad de los amantes en Catriona y empezó a prever su felicidad en Weir of Hermiston, atacó el tema relativamente tarde en su vida; y éste entró muy poco en aquella idea original de una vuelta a la simplicidad, que le había llegado como un viento de un patio de juego. Imaginad lo enojado que se habría puesto Jim Hawkins, si se hubiera permitido a un grupo de muchachos que se metieran en el negocio de ir en busca de un tesoro. Tan brillante es esta resurrección de la infancia, que casi podemos creer por un momento que Stevenson debe haber sido tan joven e insensible como Jim. Sólo que, como digo, sospecho que, en cierto modo, había procurado hacerse un poco insensible en aquella materia. En ella sus aventuras habían sido desventuras. No evocaba por mero placer el recuerdo de la juventud como lo hacía con el recuerdo de la infancia.

Las dos novelas sobre David Balfour son ejemplos muy notables de lo que he mencionado generalmente como la nota stevensoniana: la manera viva y brillante; los breves discursos; los gestos tajantes y el agudo perfil de energía, como el de un hombre que avanza recta y rápidamente por el ancho camino. Las grandes escenas de Kidnapped, la defensa de la cámara en el buque o el enfrentamiento del tío Ebenezer y Alan Breck, están llenos de estas frases explosivas que parecen derribar las cosas como pistoletazos. Todo un ensayo sobre el estilo de Stevenson, como el que intentaré, sin muchas esperanzas de éxito, en otra página, pudo ser escrito por un crítico de veras sobre la frase: «Su espada relampagueaba como mercurio (Quicksilver), entre la confusión de nuestros enemigos». El hecho de que el nombre de determinado metal acierte a combinar la palabra «plata» (silver) con la palabra «veloz» (quick), es sencillamente un accidente algo recóndito; pero el arte de Stevenson consistió en aprovecharse de estos accidentes. A los que dicen que estos juegos con fáciles de hallar, lo único que se les puede responder es: «Vayan a buscarlas». Un escritor no puede crear palabras, a menos de ser el feliz autor de Jaberwocky o La tierra donde viven los Jumblies; pero lo más próximo a crearlas que puede hacer, es encontrarlas de éste modo y para este uso. Los personajes de la novela son excelentes; aunque quizás no hay realmente más que dos. Hay más en la continuación titulada Catriona; y el estudio del lord Abogado Prestongrange es un intento, muy interesante, de hacer una cosa muy difícil: describir un político que no ha dejado completamente de ser un hombre. El diálogo es animado y lleno de finos rasgos escoceses; pero todas estas cosas son casi sencundarias en Kidnapped y Catriona, como lo son en la misma Isla del Tesoro. La cosa es todavía simplemente una historia de aventuras, y especialmente una historia de las aventuras de un muchacho. Y hay momentos en que el muchacho es uno solo; y su nombre no es ni Hawkins ni Balfour, sino Stevenson.

Pero aunque la cosa ha de ser criticada (y admirada) estrictamente como una novela de aventuras, hay aspectos interesantes en ella considerada como novela histórica. Lleva en sí una actitud crítica curiosamente equilibrada, heredada en parte de la actitud de Sir Walter Scott; la paradoja de hallarse intelectualmente al lado de los Whigs y moralmente al lado de los Jacobitas. Hay bastante materia moral en la historia del largo asesinato legal de James of the Glens para sublevar a todo un clan de jacobitas, y lanzarlos enfurecidos al desfiladero de Killiencrankie. Pero hay contra ello el vasto supuesto legal de que, en cierto modo, todas estas cosas son para un mejor fin; que es la herencia de la visión providencial de la comunidad presbiteriana. Del mismo modo es evidente, en la primera de estas novelas, que David Balfour no difiere mucho de Alan Breck, en su manera de juzgar la opresión de los campesinos montañeses y en su patética lealtad al pasado. En el balance ético de muerte de Apin, si bien no abona el homicidio, ciertamente no dice nada que abone la tiranía. Es evidente que le conmueve y le impresiona el espectáculo de todo un paisanaje fiel a su ideal y desafiando una presión más civilizada, pero mucho más cínica. Pero, cosa curiosa, cuando Stevenson vió exactamente la misma historia representada ante sus ojos en la tragedia de los campesinos de Irlanda, se dejó convencer por alguna vaguedad periodística sobre la perversidad de la Land Leogne (aguijoneado quizás por el absurdo jingoísmo de Henley) y, con todo, su innato valor y mucho menos de su innato buen sentido, quiso plantarse en una granja reclamada, pertenciente a una familia llamada Curtin, a la cual parecía considerar como la única víctima de la situación social. No parece que se le ocurriera que estaba simplemente ayudando al Master of Loval a atropellar a David Balfour. Parecía suponer realmente que, en aquellas condiciones sociales, los campesinos irlandeses podían pedir justicia a gobiernos imperiales que abolían todos los derechos locales y se llevaban a todo patriota irlandés para ser juzgado ante un jurado amañado, compuesto por forasteros y enemigos. «¡Justicia, David! En todo, la misma justicia que halló Gleaure al borde del camino».

Pero esta curiosa y, a veces, inconsecuente mezcla de la gris «whigeria», con el purpúreo romanticismo jacobita, en el sentimiento tradicional de escoceses como Stevenson, se relaciona con cosas mucho más profundas referentes al imperio que su historia tenía sobre ellos. Es necesario declarar aquí que hay verdadera y seriamente una influencia del Puritanismo escocés en Stevenson, aunque me parece más una filosofía parcialmente aceptada por su intelecto que el ideal especial que fuese el secreto de su corazón. Pero todo filósofo es alterado por la filosofía, aun cuando, como en el caso inmortal de Boswell, el contento esté siempre rompiendo el dique. Y había una parte en la mente de Stevenson que no era alegre; que, según pienso yo, en alguna de sus manifestaciones no era ni siquiera sana. Y no obstante hay que hacer a este especial elemento escocés la justicia de declarar que aun cuando decimos que no era sano, difícilmente podríamos arriesgarnos a decir que no era fuerte. Era la sombra de aquel antiguo fatalismo pagano que en el siglo diecisiete había tomado la forma poco menos pagana del calvinismo; y que había sonado en tantas tragedias escocesas con una nota de predestinación. La apreciamos vivamente cuando volvemos los ojos de sus dos comedias escocesas de aventuras a su tercera novela escocesa que es una tragedia de carácter. Es cierto, como se podrá observar más adelante, que aun en este concentrado drama de pecado y de dolor, entra un elemento curioso y hasta incongruente de historia de aventuras; como un fragmento de las anteriores aventuras de David y de Jim. Pero dejando esto a un lado, por el momento, hemos de hacer justicia a la dignidad que da a la historia misma su más sombrío escenario y su más adusto credo. Stevenson demostró su perfecto instinto cuando lo tituló Un cuento de invierno. Es su única historia en blanco y negro, y no puedo recordar una palabra que sea unae mancha de color.

Al tocar el punto algo olvidado del lado más desagradable de la vida puritana, el primitivo y bárbaro sabor de su mal y sus excesos, puede haber parecido que subestimaba los superiores aunque más duros aspectos del puritanismo escocés. No pienso hacerlo; y ciertamente nadie puede permitirse hacerlo al emprender un estudio competente de Stevenson. El permaneció, en ciertos aspectos, hasta el día de su muerte, leal a la tradición presbiteriana; podría decir a los prejuicios presbiterianos y por lo menos en uno o dos casos a las antipatías presbiterianas. Pero me figuro que era más bien un caso de la moderna religión del patriotismo en cuanto se opone al más extenso patriotismo de la religión. Como muchos otros hombres de francos acerbos y antojadizos prejuicios (que son la clase de prejuicios que nunca nos predisponen contra un hombre) era capaz de ver en algunas cosas extranjeras los males a que estaba acostumbrado en cosas de su país; y de empezar de nuevo la gran disputa internacional de la sartén y la caldera. Es divertido, por ejemplo, hallar al joven escocés de Olalla, desaprobando gravemente el tétrico crucifijo español con su arte torturado y de expresión violenta, y dejando, probablemente aquella tierra de religiosa lobreguez para volver y gozar del encanto y la alegría de Janet la contrahecha. Si nunca hubo un arte lóbrego y violento, uno pensaría que se halla en esta contorsionada figura; y hasta Stevenson reconoce que Olalla sacaba más consuelo del crucifijo que Janet del ministro; o añadiré yo, que el ministro del ministerio. En realidad, cuentos de esta clase con contados por Stevenson con un voluntario entenebrecimiento del paisaje escocés y una exultación en la ferocidad del credo escocés. Pero sería una equivocación no echar de ver aquí cierto auténtico orgullo nacional que informa todo este arte anormal, y una convicción de que la fuerza de la tragedia tribal atestigua, en cierto modo, la fuerza de la tribu.

Podría sostenerse que el mejor efecto de la educación religiosa del escocés fue el enseñarle a pasarse sin religión. Le permitió sobrevivir como una clase especial de librepensador; uno que, a diferencia de sus más corrientes compañeros, no estaba tan embriagado de libertad que se olvidase de pensar. Podría decirse que entre los escoceses en vez de que le religiosidad sentimental haya reemplazado a la religión dogmática (como es el caso corriente entre los ingleses) ha ocurrido algo completamente opuesto. Cuando murió la religión, quedó la teología, o por lo menos quedó el gusto por la teología. Quedó porque, sea lo que sea, la teología es al menos una forma de pensamiento. Stevenson conservó ciertamente esta disposición mental mucho tiempo después de que sus creencias, como las de muchos de su generación, se hubieran simplificado hasta desvanecerse. El fué, como ha dicho Henley, algo así como el catequista breve, aun cuando su propio catecismo se hubiese vuelto más breve todavía. Todo esto, sin embargo, constituía indudablemente una fuerza para él y para su nación, y un motivo real de gratitud para su antigua tradición religiosa. Aquellos áridos deístas y sesudos utilitarios que paseaban por las calles de Glasgow y Edimburgo durante el siglo dieciocho y a principios del diecinueve, eran evidentemente un producto del espíritu religioso nacional. Los ateos escoceses eran inconfundiblemente hijos del Kirk. Y aunque a veces pareciesen absurdamente deshumanizados, el mundo ahora padece por falta de una parecida lucidez. Por decirlo brevemente, siendo teológicos habían aprendido por lo menos a ser lógicos; y al abandonar el prefijo griego como una bagatela superflua contaron con la simpatía de muchos modernos menos ilógicos que ellos. La influencia de esta especie de claridad en Stevenson es muy clara.

No fué su misión figurar como un escocés metafísico; o sacar sus deducciones siguiendo las líneas de la lógica. Pero siempre, acaso por instinto, trazó líneas que eran tan claras y distintas como las de un diagrama matemático. El mismo ha hecho una comparación muy luminosa entre un teorema geométrico y una obra de arte. He tenido ocasión de hacer notar, una y otra vez, en el curso de este ensayo, cierta árida decisión en las pinceladas del estilo de Stevenson. Creo que ello era debido, en no poca medida, a aquella herencia de definición que acompaña una herencia de dogma. Lo que escribió, no estaba, como dijo él mismo, despectivamente, de cierta obra literaria, escrito sobre arena con una cucharilla para la sal; estaba, según la tradición de las escrituras, grabado con acero sobre piedra. Esta fue una de las muchas cosas buenas que sacó de la atmósfera espiritual de sus mayores. Pero sacó otras cosas también; aunque estas son mucho menos fáciles de describir y mucho menos fáciles de alabar.

De vez en cuando, he adoptado insensible e inevitablemente el tono del que defiende a Stevenson como si necesitase defensa. Y, en realidad, creo que necesita alguna defensa; aunque no sobre puntos en que ahora se considera necesario defenderle. Me causa en verdad cierto enojo la mezquina detracción de nuestro tiempo que me parece mucho más frívola y menos generosa que la propaganda de un libro de moda. Siento cierto desprecio por los que califican de afectación toda frase que resulte impresionante o que acusan a alguien de que habla para producir efecto, como si se pudiese hablar para otra cosa. Pero encontraría poco leal atacar a los denigradores de Stevenson sin arriesgarme a decir dónde pienso que debería ser, si no atacado, por lo menos reprendido. Hay, creo yo, un punto flaco en Stevenson; pero es exactamente lo contrario de la debilidad alegada generalmente por los críticos; en realidad es exactamente lo contrario de lo que éstos considerarían probablemente como débil. La excusa para ello, en cuanto ello existe para ser excusado, se halla en la misma dirección de aquel brusco viraje que dió cuando volvió la espalda a los decadentes. He dicho ya y nunca se repetirá demasiado, que la novela de Stevenson era una reacción contra una época de pesimismo. Ahora bien: la objeción real a ser un reaccionario, es que un reaccionario, como tal, difícilmente evita el reaccionar hacia el error y la exageración. Lo contrario de la herejía del pesimismo es la herejía gemela del optimismo. Stevenson no se sintió, en modo alguno, atraído por un plácido y pacífico optimismo. Pero empezó a sentirse demasiado atraído por una especie de insolente y opresivo optimismo. La reacción a la idea de que lo bueno fracasa siempre es la idea de que lo bueno triunfa siempre. Y de allí, muchos se dejan resbalar hasta el peor engaño: que lo que triunfa es bueno siempre.

En los días en que los antepasados de Stevenson, los Covenantes, luchaban con los Cavaliers, un anciano Cavalier de la secta episcopal, hizo una interesente observación: que el cambio que él realmente aborrecía era el representado por decir «El Señor», en vez de «Nuestro Señor». Lo último implicaba afecto; lo primero, sólo temor. De hecho, describía sucintamente lo primero como un lenguaje de demonios. Y esto es verdad en el sentido de que el muy elocuente lenguaje en que ha figurado el nombre de «El Señor» es el lenguaje del poder y la majestad y hasta del terror. Y en se hallaba realmente implicada en diversos grados la idea de glorificar a Dios por su grandeza, más bien que por su bondad. Y aquí volvía a ocurrir la natural inversión de ideas. Puesto que el puritano se limitó a gritar con el musulmán: «Dios es grande», el descendiente del puritano está simpre algo inclinado a gritar con el nietzscheano: «La grandeza es Dios». En algunos de los extremos realmente malos, este sentimiento se enlobreguecía hasta caer en una especie de diabolismo. En Stevenson estaba presente muy débilmente pero ocasionalmente se hace sentir; y para mí (lo he de confesar) se hace sentir como un defecto. Se siente débilmente, por ejemplo, en la gran novela escocesa The Master of Ballantrae; se siente más definidamente, me parece, en la última novela escocesa Weir of Hermiston. En el primer caso, Stevenson dijo en su correspondencia, en un tono asaz humorístico y sano, que el Master era todo lo que él conocía del demonio. No pongo ningún reparo a que el Master sea el demonio. Pero me repugna un algo sutil y subconsciente, que, de vez en cuando, parece insinuar que es El Señor. Quiero decir el Señor en el vago sentido de cierta autoridad en aristocracia o hasta en mero dominio. Quizás, hasta siento oscuramente que hay algo del lejano trueno del Señor en el título mismo de The Master. Este algo, sea cual sea la manera como lo definamos y el grado en que lo reconozcamos, había progresado en muchos grados cuando escribió la última novela. Quizá fuese en parte la influencia de Henley, quien con sus muchas generosas virtudes tenía ciertamente esta debilidad hasta el histerismo. Quiero decir la pérdida de la natural reacción de un hombre contra un tirano. A veces toma la forma del menos masculino de todos los vicios, la admiración por la brutalidad. Se ha debatido mucho si los velentones son siempre cobardes; me limito a hacer notar que los admiradores de los valentones están siempre, por la naturaleza misma de las cosas, tratando de ser cobardes. Si no lo consiguen siempre, es porque tienen inconscientes virtudes que restringen aquel obsceno culto y esto es cierto hasta de Henley; y, más todavía, de Stevenson. Stevenson estuvo siempre entrenado en verdadero valor; porque luchó cuando era débil. Pero no se puede negar que, por una combinación de causas, su propia rebelión contra un inveterado pesimismo, la reaccionaria violencia de Henley, pero principalmente, creo yo, la vaga tradición escocesa de un Dios de mero poder y terror, llegó a familiarizarse demasiado en sus últimas obras con una especie de culto brutal del miedo. Lo siento en el personaje de Weir of Hermiston, o mejor dicho en la actitud de todos los demás, incluso el autor, hacia este personaje. No me molesta que el juez se complazca en el juego de insultar y ahorcar a alguien; porque sé que el juez puede ser más vil que el hombre a quien ahorca. Pero me molesta que el autor se complazca en ello cuando sé que no tiene nada de vil. El mismo fino y desagradable matiz de cosas se puede hallar en las últimas páginas de The Ebb Tide. Mi punto de vista puede verse expuesto «grosso modo», diciendo que no hallo inconveniente en que el autor cree una persona tan repulsiva como mister Attwater; pero sí lo hallo en que lo cree y no lo aborrezca. Creo aun más exacto expresarlo en otra forma: que no habría inconveniente si aborreciera y admirase a Attwater exactamente como aborrecía y admiraba a Huish. En cierto sentido, evidentemente admiraba a Huich, pues era la pasión de su vida el admirar el valor. Pero no esperaba que nadie respetase a Huish; y hay momentos en que parece hallar natural que la gente respete a Attwater. Esta secreta idolatría de lo que un sentimiento femenino llama «fuerza», era la única lesión en la perfecta cordura de Stevenson, la única llaga en la salud normal de su alma; y aun ésta había venido de un esfuerzo demasiado violento para ser sano. Así él, pobre muchacho, podía haber provocado una hemorragia al moverse demasiado vigorosamente en su lecho. Porque no le reprocho por tener este defecto en el sentido de tener ningún exceso de él. Le reprocho, siendo lo que era, por tener siquiera una sombra de él. Pero creo que es desgraciadamente demasiado cierto que tenía una sombra de él. Hay algo casi cruel en buscar así las inocentes fuentes de crueldad. Pero, como se ha dicho tan a menudo y tan simplemente y con tanta verdad, Robert Louis Stevenson era un niño. La moraleja de estos capítulos, sobre su nación, su ciudad y su hogar, es que era algo más que un niño. Era un niño perdido. No había nada para guiarle en los locos movimientos y reacciones de la modernidad; ni su nación ni su religión ni su irreligión, eran aptos para la tarea. Carecía de mapa para aquel osado viaje; poco se le podía culpar si creía tener que escoger entre la salvaje rosa del orgullo de Scylla y el suicida remolino de la desesperación de Caribdis. Sólo que, como Ulises, a pesar de todo su espíritu aventurero, siempre estaba tratando de llegar a casa. Para variar la metáfora, su rostro se volvía siempre, como el girasol, hacia el sol; aunque fuese detrás de una nube; y quizá después de todo no hay nada más cierto que la frase demasiado familiar del diario del doctor o la enfermera: que fue un niño enfermo que se pasaba la vida tratando de ponerse bueno.
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