En este breve estudio sobre Stevenson me propongo seguir un método algo insólito al trazar lo que podría considerarse como un bosquejo algo excéntrico. Ello






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títuloEn este breve estudio sobre Stevenson me propongo seguir un método algo insólito al trazar lo que podría considerarse como un bosquejo algo excéntrico. Ello
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III
JUVENTUD Y EDIMBURGO
Es la idea de este capítulo que cuando Stevenson salió por vez primera de su primer hogar de Edimburgo, resbaló en el umbral. Puede no haber sido nada peor, para empezar, que el ordinario resbalón sobre la mantequilla de la broma juvenil, broma parecida a la que llena el típico cuento edimburgués titulado Las desventuras de John Nicholson. Pero este cuento por sí solo indicaba que había algo un poco mugriento y hasta ceniciento en la mantequilla. Es una extraña historia para ser escrita por Stevenson; y ningún stevensoniano tiene ningún deseo especial de detenerse en aquellas pocas de sus obras que casi podían haber sido escritas por cualquier otro. Pero tiene una importancia biográfica que no ha sido debidamente apreciada, aun en relación con una biografía tan trabajada como la de Stevenson. Es una comedia curiosamente desagradable y penosa, aunque no lo bastante penosa para ser una tragedia. El héroe no solamente no es heroico, sino que apenas es más divertido que atractivo, y la broma que se hace de él no solamente no es genial, sino que ni siquiera es especialmente divertida. Es extraño que tales desventuras salgan de la misma mente que nos dio la brillante bufonada de The Wrong Box. Pero yo la menciono aquí porque está llena de una cierta atmósfera en la que Stevenson fue sumergido bruscamente, creo yo, cuando pasó de la adolescencia a la juventud. Es exacto llamarlo la atmósfera, o una de las atmósferes de Edimburgo; pero, no obstante, es absolutamente lo contrario de muchas cosas que asociamos legítimamente con la árida dignidad de la Atenas moderna. Hay algo muy especialmente sórdido y escuálido en los atisbos de mala vida que nos ofrecen las disipaciones de John Nicholson; y algo del mismo género nos llega, como un chorro de gas, de los estudiantes de medicina de El ladrón de cadáveres. Cuando digo que este primer paso de Stevenson le desvió algo abruptamente, no quiero decir que haya hecho nada, ni la mitad de malo que lo que multitud de educadas personas han hecho en los más refinados centros de la civilización. Pero quiero decir que su ciudad no era, en aquel particular aspecto muy educada o refinada o, si se quiere, especialmente civilizada. Y lo noto aquí porque ha sido poco observado; y algunas otras cosas se han observado demasiado.

Es una verdad evidente que Stevenson nació de una tradición puritana, en un país presbiteriano, donde todavía resonaba el eco de los truenos teológicos de Knox; donde el Sabbath a veces se parecía más a un día de muerte que a un día de descanso. Es fácil, demasiado fácil, aplicar esto representando al padre de Stevenson como a un rígido presbiteriano que miraba con ceño los brillantes talentos de su hijo; y esta simplificación aparece por doquier en tintes blanco y negros. Pero como muchas otras afirmaciones en blanco y negro, no es cierta; y ni siquiera leal. El anciano mister Stevenson era un presbiteriano y presumiblemente un puritano, pero no era un fariseo y ciertamente no nesitaba ser un fariseo para condenar algunos actos de la conducta de su hijo. Es probablemente cierto que casi cualquier otro hijo podía haber disgustado del mimo modo; pero también es verdad que casi cualquier padre se habría disgustado del mismo modo. El hijo habría sido el último en pretender que la culpa estaba toda de un solo lado; lo único que puede interesar a la posteridad, en este caso, son ciertas condiciones sociales que dieron a aquellas faltas un sabor particular, que se tuvo en cuenta aún mucho tiempo después que las faltas en sí hubiesen pasado a la historia. Y al paso que se ha escrito demasiado sobre la sombra del Kirk y las restricciones de una sociedad puritana, hay algo que no se ha visto en lo que podría llamarse el bajo fondo de una ciudad puritana como aquella. Hay algo extrañamente repelente y desagradable no sólo en las virtudes, sino también en los vicios, y especialmente en los placeres, de una ciudad así. Esto puede percibirse, como digo, en las mismas historias de Stevenson y en muchas otras historias sobre Edimburgo. Tufaradas de whisky puro, nos llegan traídas por ráfagas de aquel húmedo viento; hay a veces algo estridente como el chillido de las gaitas en la risa escocesa; a veces algo muy próximo a la demencia, en la embriaguez escocesa. Yo no lo relacionaré, como hacía un amigo mío, con la hipótesis de que los paganos escoceses originalmente adoraban a los demonios; pero probablemente se relaciona con la misma intensidad algo salvaje que les dio su radicalismo teológico. Sea como fuere, es verdad que en un mundo así hasta la misma tentación tenía tanto de terrorífico como de tentador, y no obstante, al mismo tiempo, algo de degradado y bajo. Esto es lo que se cruzó con la natural ambición o aventura poética del joven poeta; y dió a aquella primera parte de su historia un carácter de frustración, si no de aberración.

Lo que pasaba en Stevenson, me imagino yo, si es que le pasaba algo, fue que había un contraste demasiado vivo entre las delicadas fantasías de su protegida infancia y la clase de mundo con que topó, como con el viento, en el umbral de su puerta. No era meramente el contraste entre la poesía y el puritanismo; era también el contraste entre la poesía y la prosa, y una prosa que era casi repulsivamente prosaica. El no creía le bastante en el puritanismo para aferrarse a él; pero creía mucho en una potencial poesía de la vida y le confundía su aparentemente imposible posición en el mundo de la vida real. Y su religión nacional, aunque hubiese creído en su religión tan ardientemente como creía en su nación, nunca habría resuelto aquella dificultad.

El puritanismo no tenía ninguna idea de la pureza. Casi podríamos decir que hay todas las virtudes en el puritanismo, excepto la pureza; a menudo incluyendo la continencia, que es una cosa distinta de la pureza. Pero no tiene muchas imágenes de inocencia positiva; de las cosas que son a la vez blancas y sólidas, como la blanca cal o la blanca madera que tanto gustan a los niños. Esto no rebaja en modo absoluto las nobles cualidades puritanas: la simplicidad republicana, el espíritu luchador, el ahorro, la lógica, la renuncia al lujo, la resistencia a los tiranos, la energía y su espíritu de iniciativa que han contribuído a dar al escocés su emprendedora preeminencia por todo el mundo. Pero no es menos verdad que ha habido en su credo (el de Stevenson) cuando más una pureza negativa más bien que positiva: la diferencia entre la blanca ventana falsa y la torre de marfil. Ya sé que un prejuicio victoriano todavía considera esta interpretación de la historia por la teología como un ejemplo del más penoso mal gusto. También sé que este tabú sobre el tema principal de la humanidad se está convirtiendo en un engorro intolerable; y está privando a todo el mundo, desde el papista al ateo, de decir lo que realmente piensa sobre los temas más reales del mundo. Y me tomaré la libertad de hacer constar, a pesar del Tabú, que es pertinente recordar aquí este defecto puritano. Es un hecho tan real el de que el Kirk del país de Stevenson no tenía culto del Niño Dios, ninguna fiesta de los Santos Inocentes, ninguna tradición de los hermanitos de San Francisco, nada que pudiera en ningún modo encender el infantil entusiasmo por las cosas sencillas. Todo esto es un hecho tan cierto como que los cuáqueros no son una buena escuela militar o los buenos musulmanes unos buenos catadores de vinos. De aquí se siguió que cuando Stevenson dejó su hogar, cerró la puerta a una casa guarnecida con el oro del país de las hadas, pero salió a un contraste terrible; a tentaciones a la vez atreyentes y repulsivas y a terrores que eran deprimentes aún cuando se les desestimase. El muchacho, en un medio así, se halla desgarrado por algo peor que el dilema de Tannhauser. Se pregunta por qué es atraído por cosas repelentes.

Yo haré aquí una conjetura a ciegas, y en un muy oscuro asunto del espíritu. Pero sospecho que fue de esta sima de fea división, de donde salió originalmente aquel monstruo bicéfalo, el misterio de Jekyll y Hyde. Hay ciertamente una particularidad en aquella siniestra historia que no he visto anotada en ninguna parte; aunque me atrevo a decir que podía haber sido anotada más de una vez. Se objetará que no soy, ¡ay!, un estudioso tan atento de lo stevensoniano como muchos que parecen apreciar menos a Stevenson. Pero me parece que la historia de Jekyll y de Hyde, que, presumiblemente está presentada como ocurrida en Londres, ocurre todo el tiempo, de una manera inconfundible, en Edimburgo. Más de uno de sus personajes parece ser un escocés puro. Mister Utterson, el abogado, es un abogado inconfundiblemente escocés ocupado estrictamente en cosas del derecho escocés. Ningún abogado inglés moderno se ha puesto a leer por la tarde un libro de árida teología sólo porque aquel día fuese domingo. Mister Hyde posee ciertamente el encanto cosmopolita que une a todas las naciones; pero hay algo resueltamente caledoniamo en el Dr. Jekyll; y especialmente algo que recuerda aquella cualidad de Edimburgo que indujo a un observador poco amable, probablemente de Glasgow, a describirla como «un lugar del oeste azotado por el viento del este». El tono particular de su respetabilidad y el horror a su reputación con la fragilidad mortal, pertenece a las clases altas de sólidas comunidades puritanas. Y, viniendo más especialmente al caso del presente razonamiento, hay un sentido en que aquel puritanismo se halla todavía más expresado en mister Hyde que en el Dr. Jekyll. El sentido del súbito hedor del mal, la inmediata invitación a entrar en la pura inmundicia, la brusquedad de la alternativa entre aquella limpia y aseada acera y aquel negro y maloliente arroyo. Todo esto, aunque indudablemente incluido en la lógica del cuento, es demasiado franca y familiarmente ofrecido para no tener alguna base en la observación y la realidad. No es así como el ordinario joven pagano de climas más cálidos, concibe la alternativa entre el Cristo y Afrodita. Su imaginación y la mitad de su mente están ocupadas en defender la belleza y la dignidad del placer de dioses y hombres. No es así como el mismo Stevenson vino a hablar de estas cosas después de haber sentido caer la sombra de la antigua Atenas sobre el lado pagano de París. Comprendo todo el horror necesario en la concepción de Hyde. Pero esta sórdida cualidad no pertenece exclusivamente a las diabólicas hazañas de Hyde. Se halla implícida, de un modo u otro, en cada palabra que se refiere a los furtivos vicios de Jekyll. Es la tragedia de la ciudad puritana que recuerda la leyenda que gustó a Stevenson, en la cual el bastón del mayor Weir echó a andar solo por la calle. Espero decir algo dentro de un momento, sobre la muy profunda y, en realidad, muy justa y sabia moraleja que se halla contenida en aquel feo cuento. Sólo hago notar aquí que la atmósfera y el marco de éste son los de un cuento de rígida hipocresía en una rígida secta o pueblo provinciano; podría ser un cuento de aquel Middle West cruelmente disecado en la Spoon River Antology. Pero lo esencial de él es que la humana belleza que hace el pecado más peligroso no aparece ni por asomo; este Belial nunca es gracioso o humano; y en esto me parece que hay algo indicador del orden invertido y el feo contraste con que se presenta la licencia en un mundo que desaprueba la libertad. Es la expresión de alguien que, por decirlo con palabras de Kipling, conoció lo peor demasiado joven; no necesariamente en sus propios actos o por su propia culpa, sino por la naturaleza de un sistema que no veía diferencia alguna entre lo peor y lo moderademente malo. Pero cualquiera que fuese la forma que hubiese tomado en Stevenson el choque con el mal, yo pienso que le desvió bruscamente del normal desarrollo de su naturaleza romántica y es responsable de mucho de lo que pareció extraño y retardado en su vida.

No quiero dar a entender que la moral de la historia en sí tenga nada de falso o morboso, sino todo lo contrario. Aunque la fábula pueda parecer loca, la moral es muy cuerda; la moral, de hecho, es estrictamente ortodoxa. Lo malo es que muchos que la mencionan no conocen la moral, posiblemente porque nunca han leído la fábula. De vez en cuando, estas anónimas autoridades periodísticas que desechan a Stevenson con tan lánguida gracia dirán que hay algo muy común y trillado en la idea de que un hombre sea realmente dos hombres, y pueda hallarse dividido entre el bien y el mal. Desgraciadamente para ellos, ésta no parece ser la idea. La verdadera clave de la historia no está en el descubrimiento de que un hombre sea dos hombres, sino de que los dos hombres no son más que un hombre. Después de todas las luchas y peripecias de estos dos seres incompatibles hay un solo hombre nacido y un solo hombre enterrrado. Jekyll y Hyde han llegado a ser un proverbio y una broma; sólo que es un proverbio leído al revés, una broma que no entiende nadie. Pero podía habérseles ocurrido a los lánguidos críticos, como una parte de la broma, que el cuento es una tragedia, y que esto es sólo otra manera de decir que el experimento fue un fracaso. El quid de la fábula no está en que el hombre pueda desprenderse de su conciencia, sino en que no puede. La operación quirúrgica es fatal en la historia. Es una amputación a consecuencia de la cual las dos partes mueren. Jekyll, al morir, afirma la conclusión del caso: que el peso de la lucha moral del hombre está unido a él y no se puede rehuir de este modo. La razón es que no puede haber nunca igualdad entre el mal y el bien. Jekyll y Hyde no son dos hermanos gemelos. Son más bien, según uno de ellos observa con justicia, padre e hijo. Después de todo, Jekyll creó a Hyde; Hyde nunca habría creado a Jekyll; sólo destruyó a Jekyll.

La idea no es tan gastada como la encuentran los críticos, después que Stevenson la encontró para ellos, hace treinta años. Pero la enseñanza de Jekyll no es que éste sea el primero de estos experimentos sobre la dualidad; sino más bien, que debe ser el último.

Tampoco admito necesariamente la torpeza técnica que algunos han alegado contra la historia, simplemente porque creo que muchas de sus emociones fueron experimentadas antes en el temprano dolor de la juventud. Algunos han entrado en particularidades de detalle para demolerla y Mr. E. F. Benson ha hecho la (para mí) extraña observación de que la estructura de la historia se hunde cuando Jekyll descubre que su combinación química era en parte accidental y que, por lo tanto, no se puede reconstruir. El crítico dice desdeñosamente que hubiera servido lo mismo que Jekyll hubiese tomado una píldora laxante. Me parece extraño que alguien que parece saber tanto acerca del demonio, como el autor de Colin, deje de reconocer la pezuña hendida, en el espíritu evocado por el experimento de Jekyll. El momento en que Jekyll encuentra que su propia fórmula le falla, por un accidente que no había previsto, es sencillamente el momento supremo de toda historia acerca de un hombre que compra un poder al infierno; el momento en que encuentra el defecto en el contrato. Este momento llega a Macbeth y a Fausto y a cien otros más; y todo su significado es que nada es realmente seguro, y mucho menos, una seguridad satánica. La moraleja es que el diablo es un embustero, y más especialmente un traidor; que es más peligroso para sus amigos que para sus enemigos, y, con toda deferencia hacia míster Benson, ésta no es una moraleja trivial o sin importancia. Pero aunque la historia apareció en definitiva como una gárgola muy cuidadosamente esculpida por un acabado artífice, y era además una gárgola de la mayor edificación espiritual, eminentemente a propósito para ser puesta en el más sagrado edificio, lo importante de ese momento es que me figuro que la piedra en que se esculpió fue hallada originalmente por Stevenson cuando era un muchacho, vagando por la calle, por no decir por el arroyo. En otras palabras, no necesitó abandonar la respetable metrópoli del norte para hallar la fragilidad de Jekyll y los crímenes de Hyde.

Yo trato estas cosas en términos generales, no simplemente por delicadeza, sino, en parte, por algo que casi podría llamar impaciencia o desdén. Porque las disputas entre los enjabelgadores victorianos y los embarradores post victorianos me parecen faltas de la ordinaria y decente comprensión de las dificultades de la naturaleza humana. Ambos, los escandalizados y los propagadores del escándalo, me parecen muy necios al lado de la razonable persona de la Biblia, que se limitó a decir que hay cosas que ningún hombre conoce, como el camino de un pájaro en el aire y el camino de un hombre en su juventud. Que Stevenson era, en el sentido sano y normal, un hombre bueno, es cierto, sin que necesite proclamarlo ninguna apologética victoriana; que no hiciese nunca nada malo, es improbable, aunque ello no resulte de ninguna minuciosa rebusca cloacal; y toda la cosa es falseada además por el hecho de que, fuera de una cierta tradición religiosa, ni los enjabelgadores ni los embarradores, creen realmente en la moral implicada. Los primeros no salvan nada mejor que la respetabilidad; los últimos, aun cuando calumnian, apenas saben condenar. Stevenson no era católico; no pretendió haberse conservado puritano; pero era un pagano muy honrado, responsable y caballereso en un mundo de paganos, la mayor parte de los cuales, eran considerablemente menos notables por su caballerosidad y su honor. Yo, por mi parte, si puedo decirlo así, estoy dispuesto a defender mis propios «standards» o a juzgar a otros hombres por ellos. Pero la ficción victoriana de que todo héroe de novela bien vestido con más de quinientas libras al año, ha nacido inmune contra las tentaciones que los más grandes santos han combatido revolcándose en las zarzas, no me interesa y no la volveré a discutir.

Pero lo que me interesa en este particular momento de la historia, no es la cuestión de lo que Stevenson juzgase bueno o malo después que se hubo vuelto consciente y consecuentemente un pagano, sino el modo particular como lo bueno y lo malo se le aparecían en esta edad inmadura y vacilamte en que era todavía, por tradición, un puritano. Y me parece que hay algo con la cola por delante, para usar una de sus expresiones favoritas, en la manera como el mal se insinuó en su existencia como lo hace en la de todas las demás personas. Vió la cola del diablo antes de verle los cuernos. El puritanismo le dió la llave de los sótanos más bien que de los salones de Babilonia; y algo subterráneo, asfixiante y degradado flota como un humo sobre la historia de Jekyll y Hyde. Pero sólo menciono estas cosas como parte de un general despliegue de su mente y de su naturaleza moral, que me parece haber tenido mucho que ver con el posterior desenvolvimiento de su destino. El normal, o al menos, el ideal desenvolvimiento del destino de un hombre va, desde el coloreado aposento de la infancia, hacia un todavía más romántico jardín de la fe y la lealtad de la juventud. Va desde el jardín de versos del niño hasta el jardín de votos del hombre. Ne pienso que el momento de transición fuese normal en Stevenson. Me parece que algo lo falseó o descarrió; me parece que fue entonces cuando el viento del Este del puritanisino de Edimburgo lo empujó fuera de su ruta, de suerte que no volvió hasta mucho más tarde a algo parecido a una segura lealtad y una correcta relación humana. En una palabra, creo que en su infancia tuvo la mejor suerte del mundo; y en su juventud la peor suerte del mundo; y que esto explica mucha parte de su historia.

En todo caso, no halló dónde asentar firmemente el pie en aquellas pinas calles de su bella ciudad y mientras tendía la mirada sobre el semillero de isletas del ancho y resplandeciente estuario, pudo haber tenido algún presentimiento de aquel casi vagabundo destino que acabó en los confines de la tierra. No parecía haber, en un sentido, ninguna razón de carácter social para que no acabase en Edimburgo, como había empezado en Edimburgo. No parecía haber nada contra una carrera normalmente afortunada para un hombre tan brillante, tan amable y, esencialmente, tan humano; su historia podía habier sido tan confortable como una novela victoriana en tres volúmenes. Podía haber tenido la suerte de casarse con una dama de Edimburgo tan deliciosa y satisfactoria como Bárbara Grant. Podía haber presidido las diversiones de un nuevo ramillete de Stevensons, que volviesen a casa desde Leith Wtlk cargados con las alegres carpetas de Skelt. Podían también haber comprado Pickwicks de a penique o haber ido rodeados de linternas; y la estima que tuviese de estas cosas podía haberse alterado, aunque no necesariamente debilitado, con la responsabilidad del que las ve reproducidas en otros. Pero entre sus primeras travesuras de Edimburgo, que ha dejado anotadas, hay una que tiene algo de símbolo. Habla, en cierto lugar, de unas manzanas que cogía, y tal como las describía, podían muy bien ser cogidas de aquellos árboles salados y retorcidos que crecían a orillas del mar. No sé qué fue ni qué forma tomó, ni si tomó nunca alguna forma definida. Pero, de un modo u otro, de pensamiento, de palabra o de obra, en aquél árido lugar comió la manzana del conocimiento; y fue una manzana agria. Creo que fueron, en parte, los sinsabores de la juventud los que más tarde hicieron para él tan vívidos los goces de la infancia. La brecha en su vida fue, naturalmente, debida a la brecha en su salud. Pero fue también debida, creo yo, a algo desgarrado y sucio en el borde de la vida cuando tocó la orla de su vestido; en algo insatisfactorio en todo aquel aspecto de la existencia, tal como aparece accidentalmente al hijo de las convenciones puritanas. El efecto en Stevenson fue que, durante aquellos años, creció demasiado desconectado de su vida doméstica y cívica, si no de sus tradiciones nacionales; conociendo demasiado y demasiado poco a la vez. Nunca se desnacionalizó porque era escocés; y un escocés no se desnacionaliza nunca, aun cuando en teoría sea internacionalista. Pero empezó a internacionalizarse en el sentido de que adquirió una especie de indistinta intimidad con la cultura del mundo, especialmente con la más bien cínica especie de cultura que era entonces corriente. Las convenciones locales y domésticas que en muchos asuntos eran equivocadas, perdieron su poder de dirigirle aún en aquello en que eran justas y razonables. Y de todo aquel pasado nada permaneció tan real como los irreales ensueños de los primeros días. En los credos puritanos no había nada en que pudiera creer ni siquiera tanto como había creído en la ficción infantil. No había nada que le llamara hacia atrás ni la mitad tan claramente como la llamada de aquella rima infantil de que habló más tarde en la conmovedora dedicatoria que tiene por estribillo: «¿Cuánto hay de aquí a Babilonia?» Desgraciadamente Babilonia no está lejos. Aquel mercado cosmopolita del arte, que en la historia de Stevenson está principalmente representado por París, le llamó cada vez más a vivir la vida del completo artista que en aquellos días tenía un poco del completo anarquista. Entró en ella, por fin, en persona y ya en espíritu; no había nada que le llamase atrás, sino el agudo y tenue sonido de una trompeta de estaño; ésta sonó una vez y enmudeció.

Digo que no había nada que le llamase atrás y muy poco que le contuviese; y para que cualquiera comprenda realmente la psicología, y la psicología de aquella época de transición, es en verdad sorprendente que fuese tan moderado. Todas sus aventuras serán mal interpretadas si no comprendemos que dejó tras de sí una religión muerta. A muchos ha engañado el hecho de que usase a menudo como tema el viejo credo nacional, lo cual en realidad significa que éste se había convertido en un objeto. Era un tema que había dejado de ser subjetivo; Stevenson trabajó sobre él y no con él. El y los herederos de su admirable tradición, como Barrie y Buchan, trataron aquel secreto nacional con simpatía y hasta con ternura; pero su misma ternura era la primera señal de que la cosa estaba muerta. Por lo menos ellos nunca habrían acariciado así el tigre gato del Calvinisino hasta que, para ellos, hubiese perdido los dientes. En realidad esto era lo único y lo patético de la situación del calvinisino escocés; ser hundido en la garganta de la gente durante trescientos años como un argumento irrefutable para ser heredado como un casi indefendible afecto; ser expuesto a los muchachos con el ceño fruncido y recordado por los hombres con una sonrisa; aplastar todos los sentimientos humanos y quedar al fin en la comedia sentimental de Thrums. Todo aquel largo esfuerzo de lucidez, de lógica magistral, acabó, por fin, en una risa; y la misma risa fue Robert Louis Stevenson. Con él había llegado la ruptura, y se deduce que algo en él mismo se había roto. Chillaban los zarapitos alrededor de las tumbas de los mártires y el corazón de Stevenson recordaba, pero no su mente; el gran Knox hizo sonar tres veces la trompeta; y lo que le conmovió no fue ninguna palabra, sino un ruido; el «Viejo Mortalidad» parecía tadavía hacer su eterno recorrido para mantener vivo recuerdo del Convenant; pero ya había doblado una campana para anunciar que hasta el «Viejo Mortalidad» era mortal. Cuando Stevenson entró en el mundo más ancho del Continente, con su más graciosa lógica y hasta su más gracioso vicio, fue como algo al que se ha despojado de toda la ética y toda la metafísica de sus lares y expuesto a todas las opiniones y a todos los vicios de una civilización racionalista. Todas las más profundas lecciones de los primeros tiempos de su vida debían parecerle muertas en su interior; y ni él mismo sabía qué era lo que quedaba vivo en su interior.
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