Luis de la Puente Uceda y la guerrilla del mir josé Luis Rénique






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De la ‘traición aprista’ al ‘gesto heroico’
Luis de la Puente Uceda y la guerrilla del MIR



José Luis Rénique



Bíblicamente parecíamos un pueblo elegido integrado por la gente más sacrificada, tenaz e inteligente, pero con un signo fatal: no llegar a alcanzar la simbólica tierra prometida, bajo la dirección de nuestro Moisés.”

Luis Felipe de las Casas1
No me importa lo que digan los traidores, hemos cerrado el pasado con gruesas lágrimas de acero.”

Javier Heraud2
La entrega es el camino del místico, la lucha es el del hombre trágico; en aquel el final es una disolución, en éste es un choque aniquilador (...) Para la tragedia, la muerte es una realidad siempre inmanente, indisolublemente unida con cada uno de sus acontecimientos.”

George Lukács 3

A fines de octubre de 1965 las Fuerzas Armadas del Perú daban cuenta del aniquilamiento --en la zona de Mesa Pelada, parte oriental del departamento del Cuzco-- de la llamada guerrilla Pachacutec. Luis de la Puente Uceda estaba entre las bajas. Sus restos jamás serían encontrados. Caía con él la dirección del movimiento. Barrerían en las semanas siguientes lo que quedaba del alzamiento. Menos de seis meses había tomado suprimir a quienes, “contagiados por el virus del comunismo internacional,” ajenos por ende “al sentimiento de nacionalidad,” habían pretendido obstruir la marcha de la nación “por los caminos del desarrollo.” Conjurado el “peligro rojo” el país podía volver a la vigencia plena de sus instituciones democráticas. Sin olvidar por cierto que se vivía una situación de guerra por el dominio del mundo, distinta que las de antaño, sin fronteras y sin escenarios precisos, con un enemigo ubicuo y multiforme que demandaba estrategias nuevas y una permanente actitud de vigilancia.4
Una mera nota a pie de página de la Guerra Fría latinoamericana. En la literatura de la “era de la revolución cubana” el caso del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) peruano ocupa un lugar marginal. Ni siquiera Regis Debray en su ¿Revolución en la Revolución? supuesta síntesis teórica del castrismo --publicado en enero de 1967-- le dedicaría algo más que una mención al paso.5
Mirada desde la perspectiva de la historia peruana, sin embargo, su efímera existencia adquiere otros significados. Imposible negar, en primer lugar, el impacto que tuvo en los oficiales encargados de su represión, núcleo de origen del “velasquismo” del 68 al cual, paradójicamente, buscarían reclutar a varios de sus sobrevivientes. Su influjo, asimismo, abriría un espacio de acción entre los dos grandes partidos políticos de los años 20 –el APRA y el PC— contribuyendo a la creación de una vertiente --para bien y para mal signada por un activismo militante y por su vocación insurreccional—identificada como la “nueva izquierda.” Si en el caso de los comunistas, la aparición de esta afectó su posibilidad de constituirse en pivote de una izquierda nacional unificada, en el caso del aprismo se constituiría en impedimento para sus posibilidades de reproducción en el mundo campesino y urbano-popular surgido de la “gran transformación” de mediados del XX. Ya en los años 80, en tercer lugar, cuando la mayoría de integrantes de la “nueva izquierda” se había incorporado a la legalidad, descendientes del viejo MIR reclamaría la continuidad de su legado incorporándose al Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA).
Diversos trabajos han delineado el territorio del vanguardismo latinoamericano de los 60 en el que surgieron proyectos como el representado por el MIR.6 Queda aún por explorar la dimensión nacional. No solo rastrear el origen de este fenómeno desde las coordenadas de la historia local, explorar también su impacto simbólico en el desarrollo de nuevas fuerzas contestarias. Interrogante particularmente urgente en el caso del Perú, donde, el fenómeno de la violencia política alcanzaría elevados niveles durante los años 80. Originado en pequeños grupos –lindantes muchas veces con la marginalidad-- compensan sus debilidades con una intensa elaboración mental: imaginan campesinos revolucionarios, “largas marchas” del campo a la ciudad, extrapolan categorías y discursos “internacionalistas” para pintar escenarios locales de absoluta confrontación; entre el idealismo y la tragedia, su historia emite señales no siempre asimilables a través del “análisis ideológico” o las “historia de las ideas.” Para salir del plano individual o grupal, para aspirar a ser el gran catalizador vanguardista, deben construir una identidad capaz de proyectarlos al país, capaz de resonar en la memoria de la gente; entretejiendo para ello lo nuevo y lo cosmopolita con lo tradicional y lo local. El fenómeno insurgente es un fenómeno sincrético cuya comprensión requiere un esfuerzo de contextualización. En el caso del Perú, esa historia desde dentro del fenómeno guerrillero de los 60, conduce, retrospectivamente, a la experiencia insurreccional aprista. Es en referencia a esta que el MIR define su ethos revolucionario.
Este trabajo explora la construcción de una nueva identidad política –militante, guerrillera, subversiva—en un contexto particular de la historia peruana: de emergencia del Perú rural, de un lado, y de revisión y renuncia por parte del APRA de aspectos fundamentales de su propia tradición de lucha. El análisis, para ello, incide en tres dinámicas fundamentales: (a) la de los individuos y sus pasiones, la naturaleza de la opción política de los futuros insurrectos; (b) las redes y espacios públicos en que se estructura lo individual como acción concertada; (c) los contextos del encuentro de proyectos políticos y sociedad. En torno a estos tres referentes analíticos se entreteje una historia cuyo objetivo final es comprender la constitución de identidades legitimadoras del ejercicio de la violencia en el Perú. Cómo, en otras palabras, la experiencia del 65 afectó la cultura política del izquierdismo local, preparando el terreno para la gran tempestad de los 80. En esta historia, Luis de la Puente Uceda emerge como eslabón entre las tradiciones insurreccionales novecentistas –rearticuladas en el aprismo primigenio—y el guerrillerismo contemporáneo. Las huellas escritas y orales de su apasionada trayectoria aparecen por ello como eje de un relato que pretende construirse de lo personal a lo social.

1948

El 3 de octubre de 1948 Lima amaneció con la noticia de una sublevación. En el puerto del Callao, personal de la Armada y “brigadistas” apristas se enfrentaban con fuerzas leales al régimen. El movimiento sería cruentamente debelado. Cuatro décadas después, los implicados y sus descendientes seguirían debatiendo responsabilidades. Los dirigentes del partido, según unos, habían traicionado a las bases.7 Otros, por el contrario, señalaron a un oficial militar de filiación aprista --quien, según ellos, habría actuado “con la prescindencia total del Comité del Ejecutivo”—como el principal responsable.8 Que estaba “dispuesto a jurar que ni yo ni persona alguna de mi partido había tenido nada que ver con la rebelión,” diría en 1954 Víctor Raúl Haya de la Torre.9
Tres años antes el PAP había apoyado la elección del mandatario que aquella madrugada se buscaba derrocar. Hacia mediados de 1947, no obstante, los apristas habían comenzado a conspirar, reactivando en ese afán a sus “equipos de combate.”10 La percepción era que, tras bastidores, la oligarquía –sin representación política explícita desde la desaparición del Partido Civil en 1919—actuaba para frustrar la opción democrática.11 Con el gobierno crecientemente desprestigiado entró en la agenda aprista el esquema de un movimiento cívico-militar. Mientras los líderes buscaban un general “amigo,” las “bases” imaginaron una insurrección.
Cual fuese su trasfondo, el incidente del 3 de octubre aceleró los preparativos de otro proyecto sedicioso; encabezado este por el General Manuel Odría, apoyado por la oligarquía y dirigido contra el partido de Haya de la Torre. El 27 de octubre de 1948, mientras el depuesto presidente Bustamante marchaba al exilio, el aprismo iniciaba un nuevo ciclo en la clandestinidad.
Dieciséis años atrás había comenzado la primera persecución. A fines de 1931 el Coronel Luis M. Sánchez Cerro había ascendido al poder tras derrotar en las ánforas al líder aprista. Denunciando fraude, tras hacerse evidentes los primeros síntomas de persecución, Haya de la Torre delineó el sentido de la lucha por venir: a Palacio –dijo—llegaba cualquiera, porque “el camino a Palacio” se compraba “con oro o se conquistaba con fusiles.” La “misión del aprismo” en cambio, era “llegar a la conciencia del pueblo.”12 Y a ella, solo se llegaba, “como hemos llegado nosotros, con la luz de una doctrina, con el profundo amor de una causa de justicia, con el ejemplo glorioso del sacrificio.” El propio Haya sería una de las primeras víctimas de la represión. Estaba en prisión cuando, en julio de 1932, se produjo la revolución de Trujillo dirigida por dirigentes apristas locales imbuidos aún del espíritu anarquista y montonero del siglo anterior.13 La memoria de dicho movimiento se convertiría en el mito fundador de un combativo aprismo popular. Seis mil muertos y unos ocho mil prisioneros reclamaría el aprismo de aquel ciclo que se iniciaba.14 El “dolor y la muerte,” no obstante, fortalecerían al partido en la clandestinidad convirtiéndole en una suerte de fraternidad de distintiva cohesión moral.15
¿Proponía Haya de la Torre una revolución? ¿Cuál era la naturaleza de la “revolución aprista” a la que sus jóvenes militantes se sentían convocados? Apelando a Tolstoi, a Ghandi, a Engels y a Marx, Haya proponía que lo peculiar del aprismo era proclamar la necesidad de “llegar al poder para operar desde él la revolución, en un sentido de transformación, de evolución, de renovación, pero sujeta siempre a los imperativos y limitaciones de la realidad.”16 Que –“sin eludir la posibilidad de que toda revolución pueda implicar o no violencia en un sentido físico o moral”— era factible una revolución sin violencia. Aludiendo al levantamiento “pierolista” de 1895 --que había tomado Lima tras derrotar al ejército nacional-- Haya hablaba de realizar un “95 sin balas.” De su temible imagen insurreccional del 32, sin embargo, el APRA no podría prescindir. En la medida que su proscripción se prolongaba, más aún, de ella dependería para sobrevivir: como defensa de la represión, para aseverar su compromiso con la lucha antidictatorial, sostener el mito de un “gran ejército civil” subterráneo, garantía de la futura “revolución aprista.”
Una larga lista de movimientos, asonadas, insurrecciones en colaboración con oficiales militares derivaron de aquella estrategia caracterizada, entre otros elementos, por un uso limitado, propagandístico, de la violencia.17 Con sus dirigentes históricos recluidos o deportados, la juventud --personalmente dirigida por su jefe-fundador-- emergió como protagonista de la etapa en la clandestinidad. Diversas organizaciones concibió Haya para canalizar hacia los objetivos partidarios su espíritu de combate. La Vanguardia Aprista de la Juventud Peruana era una de ellas. Como “cuerpo actuante del Partido,” la “acción” era su “norma fundamental.” Como “escuela del sacrificio, la disciplina y el entusiasmo de la juventud aprista organizada militarmente” la definían sus normas. De ahí entonces que, un vanguardista fuese un “apóstol y un soldado” que “no delibera sino actúa” dispuesto siempre a “dar su vida si es preciso” por “los ideales de nuestro gran Partido.”18
La presencia del líder añadía a la lucha cotidiana un elemento épico. Del impacto de su llegada a una base partidario en un barrio de Lima dejó Juan Aguilar Derpich vibrante testimonio: “un ruido de auto, una figura en la oscuridad” es el Jefe en visita de sorpresa, “nada se le escapa, conoce las necesidades y posibilidades de cada base;” escucha primero y luego comienza a hablar, “el incienso de sus palabras lo envuelve todo, un sopor bienhechor y estimulante al mismo tiempo invade los sentidos. Están ante el Gran Sacerdote, el rito es solemne, la entrega absoluta.” Culmina el encuentro con los saludos rituales: “¿En la lucha? ¡Hermanos! ¿En el dolor? ¡Hermanos!” Saludos, rituales, símbolos, pero sobre todo la presencia del Jefe, garantizaban la cohesión. Heroísmo y entrega: valores fundamentales.19 Cobardía y traición: la negación misma del ser aprista. “Ser traidor en esta hora –diría el líder del aprismo-- es no sólo ser el Judas que nos vende, sino el cobarde que da el paso atrás.” Ni para uno y para el otro había “lugar en nuestras filas.”20 Eran las claves medulares de lo que ha sido descrito como una “comunidad emocional,”21 un “simulacro de nación”22 o, simplemente, --en palabras de su propio Jefe aprista—como una “locura colectiva.”23 SEASAP (“Sólo el APRA salvará al Perú”) era el saludo cotidiano. Mística y entrega, más que teoría, caracterizaban a la militancia aprista. Se leía, en todo caso, de Haya, su “Anti-Imperialismo y el APRA” --el breviario básico del aprismo de los 20s, el planteamiento de un estado nacionalista enfrentado con el “coloso del norte”—y sus conmovedoras “Cartas a los Prisioneros Apristas.” En general, sin embargo –según un veterano de la resistencia--, “sólo repetíamos lo que el Jefe y las directivas decían.”24 La visión estratégica de la resistencia quedaba librada a su “genial intuición,” privilegiadamente educada durante su primer exilio, un singular peregrinaje que, entre 1923 y 1931, lo había llevado del Morelos zapatista al Moscú bolchevique, poniéndole en contacto con las altas esferas de la intelectualidad europea y latinoamericana.25 Desde entonces, en base a sus experiencias y a su propio talento, había expandido como nadie las fronteras de la política peruana: la prisión y el exilio, tanto como el sindicato o el partido, se convirtieron bajo su inspiración en ámbitos de acción organizativa; los jóvenes, la mujer, la familia misma, igualmente, devinieron, bajo su impulso, en protagonistas políticos. Coraje, entrega y optimismo redondeaban la fuerza de su liderazgo. “No es la muerte lo que me preocupa –sostuvo Haya en 1935—sino la mejor manera en que ella pueda servir a los altos fines del Partido.”26 De la abrasiva manera en que todos estos valores eran vividos en la cofradía aprista dejaría testimonio Luis Alberto Sánchez, por largos períodos el más cercado al Jefe de todos los líderes partidarios:
Psicológicamente, nada afectaba más a Haya que la deslealtad al partido, personalizado en él y en el CEN [Comité Ejecutivo Nacional] del PAP, también personalizado por él en esas circunstancias. La “traición” al partido era lo que más afectaba a Haya, dominado por la idea de la unidad monolítica, de la disciplina voluntaria, pero férrea.”27
En la situación internacional, sin embargo, fue donde percibió Haya la salida al confinamiento de su partido. Concibió para tal efecto dos importantes acciones tácticas. Acercarse a Washington la primera. Aprovechando de la política de “buena vecindad” de F.D. Roosevelt convencería a los yankees de la filiación democrática del aprismo; que eran un insumo, más que un obstáculo, para el progreso de las relaciones interamericanas; provocando, de ser posible, su intervención moral contra “los tiranos de nuestros países”: un novísimo “frente norte-indoamericano” contra la “internacional negra” fascista. Del antiimperialismo al “interamericanismo sin imperio.”28 El recurso a la revolución incruenta apoyada en las “bases apristas” en alianza con militares nacionalistas como método de la lucha antioligárquica era la segunda de sus propuestas. El inmenso prestigio moral de que gozaba entre sus partidarios, el desgaste natural de la era de las catacumbas, la promesa de que el retorno a la legalidad sería nada menos que la antesala de la “revolución aprista,” fueron algunos de los factores que coadyuvaron a la aceptación del viraje partidario que derivó en su entusiasta participación en la “primavera democrática” que se abría en 1945. Con su inicio, “vanguardistas” y “defensistas” quedaron en compás de espera. La madrugada del 3 de octubre de 1948, las contradicciones engendradas por el ambivalente discurso del “Jefe máximo,” saldrían a la superficie en las calles del Callao.

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