Los aficionados a libros suelen cegarse con frecuencia y prestar a muchas obras literarias un mérito que no tienen, y esperar que logren una popularidad






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Dafnis y Cloe

Juan Valera


Introducción

     Los aficionados a libros suelen cegarse con frecuencia y prestar a muchas obras literarias un mérito que no tienen, y esperar que logren una popularidad que, al cabo, no alcanzan. Es evidente que yo, cuando me he tomado el trabajo de traducir esta novela, y me he atrevido luego a presentarla al público, es porque creo, o bien con fundamento, o bien inducido en error por dicha ceguedad, que esta novela es bonita e interesante, y que ha de gustar y divertir a los lectores.

     Lejos de censurar, disculpo yo, y hasta aplaudo, la publicación del cualquier libro antiguo, por malo que sea. La mayoría no tendrá la paciencia de leerle; pero siempre le leerá con gusto y con interés cierto breve círculo de personas estudiosas que busquen en él, y quizá hallen, nuevos datos para la historia literaria, o curiosas noticias sobre costumbres, usos, hechos históricos, estilo y lenguaje de una época y nación determinadas. De libros publicados con este objeto debe salir a la venta muy pequeño número de ejemplares. No son, ni pueden ser, en realidad, libros para el público, sino para unos cuantos bibliófilos.

     No es así como yo traduzco y publico en castellano la novela de Longo. La publicó como algo que, en mi sentir puede y debe gustar, aun al vulgo; como algo que puede ser popular en nuestros días.

     A fin de manifestar las razones en que me apoyo para pensar así, escribo esta introducción.

     Escasísima cantidad de obras maestras tienen una fama que jamás se marchita. Sus autores se llaman por excelencia los autores clásicos, y toda persona culta, o que presume de culta, las compra, aunque nunca las lea. Si por acaso acomete, en ratos de ocio, la lectura de uno de estos autores, pongo por caso de Homero, de Píndaro o de Virgilio, a las pocas páginas, o se duerme o se aburre. Tres modos principales suele emplear después el lector aburrido o dormido para explicar su aburrimiento o su sueño. Si es muy modesto, se echa la culpa a sí propio, reconociendo que carece de la educación, estética o de la aptitud natural bastante para penetrar el sentido de lo que lee, y apreciar y ponderar todos los primores y bellezas del estilo, teniendo en cuenta, además, que es menester cierto aparato de erudición y cierto esfuerzo de fantasía para trasladarse en espíritu a la edad en que vivió el autor y para ponerse en lugar de uno de sus contemporáneos, participando de sus creencias, afecciones y anhelos, único modo de comprender todo el valor de lo que lee, y de sentir, al leerlo, la misma honda impresión que sintieron, sin duda, los hombres que vivían cuando el autor, y para quienes el libro se compuso. Los que se explican así el no gustar de un autor clásico son los menos, porque la modestia y la humildad son prendas rarísimas. Otros hay que se lo explican todo dejando a salvo al autor y echando la culpa al traductor desgraciado. Busca, por ejemplo, una persona elegante y de mundo, que oye decir que la Iliada es un trabajo prodigioso, una traducción castellana de la Iliada; le dan la de Hermosilla; empieza a leerla, se harta a las seis o siete páginas, y acude, para desenojarse, a una novela de Daudet o de Belot, que le parece mil veces más agradable. No atreviéndose a decir que Homero es insufrible, y que todos los críticos que le han elogiado lo hacían por seguir la corriente, o porque eran unos pedantes que con tales elogios querían darse tono, decide que el traductor lo ha estropeado todo, en lo cual, hasta cierto punto, no se equivoca a veces, y de esta suerte deja a salvo, por una parte, el buen gusto y la agudeza y perspicacia que él cree tener, y por otra, la autoridad de los siglos y el general y constante consentimiento de varias y diversas civilizaciones y de muchas generaciones, que han decidido que los cantos de Homero son de la mayor belleza. Los más atrevidos, por último, se van derechos contra el autor, y decretan que Homero es soporífero; que en la edad bárbara en que vivió, tal vez gustaría; pero que ahora no hay quién le aguante, y que ni los mismos que le encomian le leen, sino que aprenden lo más substancial de lo que dice, en algún compendio o manual de historia de la Literatura, y suponen que le han leído y hasta que se han encantado leyéndole, para darse tono y lustre de discretos y profundos.

     A mí me ha ocurrido con frecuencia que hombres políticos de primera magnitud, que han sido ministros cuatro o cinco veces, abogados famosos, hacendistas y economistas, me hayan excitado a que me desemboce con ellos y las confiese que Homero no puede haberme gustado, si es que le he leído. Y como yo me obstinara en que le había leído y en que me gustaba, me han tenido por hipócrita literario o por hombre disimulado y lleno de fingimiento, a fin de darme importancia de erudito y humanista.

     Lo expuesto hasta aquí debiera arredrarme, en vez de animarme, para publicar a Longo; pero yo discurro de otra suerte. Es verdad que los poetas clásicos, griegos y latinos, no gustan al vulgo de los españoles; pero ¿por qué no han de gustar los prosistas?

     Para que no gusten ni sean populares los poetas, hay, a más de las ya expuestas, otras muchas razones que vamos a exponer. Nosotros poseemos una riquísima poesía nacional, tanto más popular cuanto más se aparta en todo del antiguo gusto clásico. Para el asunto, si es narrativa, nos deleita la Edad Media o los tiempos de la casa de Austria, idealizados de cierta manera y como nunca fueron; para los sentimientos y pensamientos, los católicos y piadosos, aunque el poeta sea ateo y los entreveré y combine con modernas filosofías; y para la forma, o gran riqueza de rimas, o la asonancia del romance, o la castiza y también asonantada seguidilla. Ahora bien; sin entrar aquí a buscar la causa, es lo cierto que Homero y Virgilio se despegarían puestos en seguidillas o en romances, y puestos en octavas reales o en décimas, no sólo se despegan también, sino que es imposible que el más hábil versificador, forzado por el consonante, no ponga mucho de su cosecha, y además, abundantes ripios en su traducción. La versificación clásica antigua, sobre todo los exámetros, han pasado con fortuna a varias lenguas modernas. En inglés y en alemán se escriben y se leen con gusto los exámetros. En castellano casi nadie los ha escrito, y nadie los resiste. Y el verbo endecasílabo libre, que, a mi ver, es muy a propósito para este género de traducciones, y aun para escribir narraciones poéticas originales, inspira en España verdadero aborrecimiento, acaso porque rara vez se ha hecho bien hasta ahora. Como, por otra parte, el vulgo no tiene acostumbrado el oído, no percibe la armonía de esta versificación, ni comprende su valer, y la juzga prosa cansada.

     Longo, que está en prosa y que yo traduzco en prosa, no ofrece ninguna de estas graves dificultades. Es cierto que no debe considerarse como un autor clásico; pero también es cierto que su obra pertenece a un género más de moda hoy que nunca; Dafnis y Cloe es una novela. Y como, a mi ver, es la mejor que se escribió en la antigüedad clásica, y está traducida en casi todos o en todos los idiomas modernos, he creído que debiera estarlo también en castellano, y que una traducción fiel y hecha con alguna gracia, si atinaba yo a dársela, había de agradar a todos.

     Harto sé, no obstante, que los libros, no ya clásicos y capitales, por decirlo así, sino de segundo orden, como suelen ser las novelas, están aún más sujetos a la moda que los demás libros. Homero y Virgilio, aunque ya no divierten al vulgo, siguen y seguirán siempre siendo el encanto de los doctos y aun de los medianamente instruídos; pero, a veces, hasta las novelas, que fueron en su época delicia de todos, no hay quien las sufra en el día: ni los más literatos llevan con paciencia su lectura. ¿Qué portugués, por sabio que sea, lee ahora, sin saltar una página, la Menina e moça, de Bernardín Riveiro? ¿Qué español se traga la Diana, de Jorge de Montemayor? El Amadís de Gaula, que durante dos siglos o más hechizó y deleitó a toda Europa, yace hoy arrinconado, para que algún paciente erudito o algún lector tan incansable como raro le lea por entero.

     Esta efímera popularidad de la novela debe de consistir, sin duda, en que las más estimadas y leídas en esta época se lo debieron, no a cualidades permanentes, sino al estilo de moda: a algo de convencional, que hechiza en un momento y que un momento después empalaga y aburre por falso y afectado.

     Hay excepciones de esta regla; hay algunas novelas que, por encima de la beldad de convención, poseen la beldad absoluta. Tales novelas sólo sobreviven, se salvan del olvido en que las otras caen, y llegan a contarse en el número de los libros clásicos. En toda época, pues, son o deben ser leídos por las personas del buen gusto. No pretendamos por eso que el vulgo las lea también. Algo más las leerá y algo más habrán de agradarle que los grandes poetas antiguos; pero nunca, ni con mucho, le parecerán tan bien como cualquiera novela novísima, según el estilo y la moda vigente. Yo tengo para mí que el mismo Quijote, con ser novela extraordinaria, sin par y única, la más espléndida joya de nuestra literatura, el fruto más rico y sazonado del ingenio español, el libro al lado del cual no se podrá poner acaso sino una docena de otros libros desde que los hay en el mundo, no es hoy leído sino por literatos, mientras que el vulgo y gran multitud de personas cultas, vulgo en esto, se aburre leyéndole, si es que intentan leerle, y apenas perciben algunas de sus bellezas, y los demás se escapan por completo a su percepción, aunque la tengan muy viva, sutil y despierta para comprender hasta los ápices y más menudos primores de Feuillet, Musset, Mérimée, Sue, Balzac, Dickens, Dumas, Víctor Hugo y otra caterva de novelistas contemporáneos, extranjeros, y aun españoles. Claro está que, por patriotismo, por no contrariar la corriente, con lo cual se harían, en este caso, reos de lesa gloria nacional, casi todos afirman y sostienen que el Quijote es obra admirable, si bien la admiran por fe y sin leerla.

     Y no digo esto lamentándolo, sino para consignar un hecho. Esta diversidad de gustos, esta moda vulgar de cada siglo, es conveniente. ¿Qué sería del infeliz escritor si el gusto fuese siempre igual? ¿Qué concurrencia no le harían los autores antiguos? ¿Cómo competir en España con el ignorado autor de la Celestina o del Amadas y con tantos otros famosos novelistas, si sus obras tuviesen hoy la vida, la frescura y el encanto, y si fuesen tan sentidas y comprendidas del vulgo como cuando se escribieron? Muchos, los más de los que hoy escribimos, tendríamos que cruzarnos de brazos, llenos de aflicción y desaliento. ¿Quién escribiría un drama si gustasen y se comprendiesen Calderón y Lope y Tirso, y respondiesen hoy, como en el siglo XVII, a los afectos, pasiones y creencias de la muchedumbre?

     De todos modos, yo entiendo que la novela de Dafnis y Cloe dista poco de ser una obra extraordinaria; pero entiendo también que hay en ella mérito bastante para colocarla en el número de las novelas excepcionales, de belleza absoluta e independiente de la moda. Esto me basta para justificar su traducción y su publicación en castellano. Pero ¿cómo he de fundar en esto la esperanza de que se divulgue y sea popular la novela que, traduzco y patrocino?

     Lo espero, en primer lugar, por su concisión, pues no pasa, traducida por mí, de ciento veinte páginas. Y lo espero también, porque la traducción francesa de Courier, refundiendo la de Amyot, y las disputas de Courier con Furia por ocasión de la mancha de tinta, han dado en Francia no muy distante celebridad y popularidad a esta novela; y como las modas vienen a España de Francia, pudiera ser que viniese esta moda de gustar de Dafnis y Cloe.

     Otra razón para que la novela guste, es la sencillez de su estilo, donde la belleza de convención no entra para nada, pues los autores griegos, hasta en la edad de decadencia, como se cree que fue la de Longo, se dejaban más difícilmente extraviar por los artificios conceptuosos al uso o al gusto de un momento.

     Razón es, asimismo, la de que, a pesar de lo que aseguran muchos, de que los autores griegos y latinos no sentían ni comprendían tan hondamente la Naturaleza como los modernos y los orientales, en Dafnis y Cloe la Naturaleza está viva, cuando no hondamente sentida y pintada. Así lo declaran el sabio Humboldt, en el Cosmos; Villemaín y otros críticos. La brevedad de estas descripciones hace que hieran con más vigor la fantasía de todo lector un poco atento, sin peligro de que fatiguen, como ocurre con frecuencia en las descripciones minuciosas, analíticas e interminables de muchos escritores modernos, de quienes se diría que miran con microscopio, tocan con escalpelo y escriben con plomo derretido.

     Una gran contra, fuerza es confesarlo, tiene, por cierto, Dafnis y Cloe: el realismo de sus escenas amorosas, y la libertad, que raya en licencia, con que algunas están escritas; pero sirva de disculpa que lo que en Dafnis y Cloe pueda tildarse de licencioso no es en el fondo perverso, y si algo de esto último hay en el original, lo hemos cambiado o suprimido. En las impurezas de Dafnis y Cloe resplandecen, además, cierto candor y cierta nitidez, y hasta me atrevo a decir que la desnuda y limpia inocencia d mármol pentélico, trabajado por el cincel de escultor antiguo. Para mí sería no menos injusto tildar de poco decentes algunas escenas de Dafnis y Cloe, como tildar de poco decentes el Apolo de Belvedere y la Venus de Milo. Toda la culpa, si la hay, no está en el desnudo. Vestidas, y bien vestidas, están Fanny, Madame Bovary, La mujer de fuego, La Dama de las Camelias y otras mil heroínas del día, y son harto menos honestas que Cloe. Inmensa, pongamos por caso, es la distancia entre Cloe, que ama a Dafnis sin ningún interés y por él mismo, y jura serle fiel, y le es siempre fiel en vida y en muerte, y la heroína de Goethe, Margarita, a quien las damas más púdicas admiran, no ya a solas, en su estancia, donde no es pública la desvergüenza, si no en pleno teatro, por lo menos haciendo gorgoritos en italiano, y en cuya seducción interviene, no obstante, el incentivo de la codicia, el regalo de las joyas, y donde ella, para estar con más descuido en los brazos de su amante, da a su madre un narcótico, y para ocultar su pecado, mata a su hijo. Todo lo cual no impide que Margarita sea admirada como criatura angelical, modelo de ternura y de otras virtudes, y que se vaya derecha al cielo, sin media hora siquiera de purgatorio, y que después interceda con la Virgen María para llevarse también por allá al bribonazo del doctor Fausto, del cual ha hecho el poeta alemán un extraño Job al revés, ya que, en lugar de padecer con resignación las duras pruebas a que somete el diablo al Job árabe, hace, con ayuda del diablo, cuanta maldad y bellaquería se te antojan, sin escrúpulo de conciencia; y para distraer sus melancolías en la ocasión más terrible, cuando ha deshonrado y perdido a Margarita y causado la muerte de tres personas, se va a bailar el jaleo con brujas jóvenes y bonitas en un estupendo y desenfrenado aquelarre.

     Al lado de Fausto, al lado de gran parte de los más celebrados libros modernos, es inocentísimo el que traducimos.

     Algo podrá también influir para que guste y para que las antedichas faltas se perdonen o se disimulen, el haber indudablemente servido de modelo a la famosísima y con razón encomiada novela de Bernardino de Saint-Pierre, que se titula Pablo y Virginia. No negaré yo que en ésta el pudor y el espiritualismo de los amores se levantan inmensamente por cima de lo que se pinta y refiere en Dafnis y Cloe, como que allí todo está informado, a pesar del autor, que era poco cristiano, por el casto espíritu del cristianismo, mientras que Dafnis y Cloe es obra gentílica; pero en otras cosas, a mi ver, Dafnis y Cloe aventaja a Pablo y Virginia. En esta última novela hay, sin duda, en medio de sus sencillas y naturales bellezas, sobrada afectación y sensiblería malsana, propias de Rosseau, maestro de Saint-Pierre, y teosófico prurito de buscar en la Naturaleza una revelación religiosa, mientras que en Dafnis y Cloe hay religión positiva, aunque sea mala, y todo es más candoroso y menos alambicado.

     Tales son las principales razones que me asisten para creer que Dafnis y Cloe pueden gustar aún al vulgo en España.

     Ya otra novela griega, que ha sido dos o tres veces traducida o parafraseada en español, la única quizá que ha obtenido esta honra, Teágenes y Gariclea, de Heliodoro, gustó mucho durante más de un siglo, como lo prueban, Cervantes imitándola en el Persiles; Calderón tomando asunto de ella para su comedia Los Hijos de la Fortuna; la antigua traducción hecha por Fernando de Mena y publicada en 1516, y la nueva hecha del latín, como la antigua, por don Fernando Manuel del Castillejo, en el año 1722. Ambas traducciones gustaron, aunque son desmayadísimas, y, más que traducciones, desleídas paráfrasis. La novela de Heliodoro, además, hasta en el original peca de fastidiosa, si bien en lo moral apenas tiene punto vulnerable, como obra de un santo varón cristiano que llegó a ser obispo.

     Debe, por último, excitar la curiosidad pública y avivar el deseo de leer la novela de Dafnis y Cloe la consideración de ser la primera por su merecimiento, ya que no en el orden cronológico, de cuantas nos ha dejado la literatura griega, germen fecundo y guía constante de todas las literaturas de la moderna Europa.

     Aunque de la historia de este género de ficciones, que hace tiempo se llaman novelas, y que tan en moda están en el día, pudiéramos excusarnos de hablar, remitiendo al lector a los autores de más valer que sobre ello han escrito, bueno será poner algo aquí, en breve resumen, acerca de la novela griega en general, y singularmente acerca de Dafnis y Cloe, tomando por guía a Chassang, a Chauvin, a Sinner, a Dunlop y a otros.

     Cierto que la novela, escrita en prosa, con alguna extensión, en una forma aproximada a aquella en que hoy la concebimos y escribimos, y contando lances de la vida privada de personas, no históricas, sino particulares y fingidas las más veces, es una aparición muy tardía en la literatura griega, y se puede y debe colocar en época de decadencia, al menos relativa; pero, si por novela hemos de entender toda narración, oral o escrita, en prosa o en verso, de casos inventados, ya se inventen con plena conciencia, ya se imaginen o se sueñen por unos hombres de un modo espontáneo e inconsciente, y por otros se crean verdaderos y reales, la novela es tan antigua como el mundo, desde que vive en el mundo que habla.

     Los griegos la llamaron mytho, y los latinos fábula. Contar o hablar equivalía a referir fábulas o mythos. Hablar viene de fabulor, que a su vez viene de fábula; y mytho en griego significa a la vez palabra, discurso, fábula o tradición popular o cuento. Toda habla tenía, pues, en lo antiguo, sobre todo cuando narraba, mucho de cuento, novela o fábula. Por medio de ellas se explicaban los fenómenos de la Naturaleza: el terror de los bosques, el curso del sol y de las estrellas, la vida misteriosa de las plantas, la voz del escondido eco, la recóndita inmensidad y el prolífico abismo de los mares, el subterráneo origen de las fuentes: el brío devorador a par que plasmante de la llama, la lucha de los elementos, sus afinidades y consorcios fecundos, la fuerza que amontona los metales o que cuaja el cristal en las entrañas de la tierra, el arco iris que se extiende en la bóveda azul, las tinieblas de la noche, el fulgor de la aurora, las nubes, el trueno, el rayo, la lluvia que fertiliza y el viento que destroza; cuanto hiere, en suma, la imaginación de los hombres, cuando la Naturaleza hablaba con más poderosa voz que en el día a sus potencias y sentidos, sin apartar el velo que la cubre ni hacer patentes sus entonces inefables y temerosos arcanos. Los afectos, pasiones y apetitos, que conmovían nuestro ser, no analizados tampoco entonces, ni fisiológica ni psicológicamente, se personifican del mismo modo que los fenómenos naturales externos, y de aquí nacían también dioses y diosas, demonios y genios. Cada uno de estos seres fantásticos tenían su vida propia. Su historia, ya se refería, ya se cantaba en himnos. Los acontecimientos humanos, las conquistas bienhechoras o destructoras, la emigración de los pueblos, la fundación de ciudades, reinos o repúblicas; los viajes por mar y por tierra en un mundo apenas conocido, donde la imaginación ponía lo que el entendimiento ignoraba; todo esto, engrandecido a poco de suceder, y a veces a par que sucedía, sin que nadie lo escribiese, trasmitiéndose y creciendo al pasar de boca en boca, y conservando a menudo en la memoria, merced a la palabra rítmica, dejaba de ser historia, se convertía en cuento, fábula o mytho, y era, en suma, la materia épica diseminada o difusa. En ella se guardaba, oculto en símbolos y figuras, todo el saber de las primeras edades; de donde, con el andar del tiempo, salieron las maravillosas epopeyas, cuando un vate singular y dichoso acertó a reunir los dispersos cantares en armónico conjunto, y de donde la historia brotó más tarde, cuando un observador, curioso y discreto, agrupó esos mismos cantares épicos, hablas y tradiciones, poniéndolos en desatada prosa y procurando dar alguna razón de ellos en virtud de la crítica naciente.

     De aquí que, en fuerza de ser todo novela (religión, geografía, historia, ciencias naturales, moral y política), no viniese hasta muy tarde la novela propiamente dicha.

     Han disputado muchos eruditos sobre la procedencia de la novela griega. Unos, como Huet, suponen que vino del Oriente; otros, que nació en Grecia, original y castiza. Yo creo que, sin duda, los primitivos griegos traían ya sus creencias y sus mythos desde que emigraron de la cuna de la raza aria, en las faldas del Paropamiso; que fueron después inventando mucho, y que tomaron también no poco de Egipto, de Fenicia, del Asia Menor, de Tracia y de otras regiones y pueblos; pero los griegos, admirablemente dotados por la Naturaleza, pusieron en todo el sello de su propio ser: la gracia, la medida, la armonía y el buen gusto instintivo e innato.

     Como quiera que ello sea, la ficción fue, en un principio, candorosa, y no reflexiva: tuvo carácter épico, tanto por el sujeto que fingía, cuanto por el objeto fingido. No era la ficción individual, o se habían perdido las huellas de que lo fuese: era obra de la imaginación colectiva: no era historia fingida adrede, sino creída y soñada; ni era tampoco de casos meramente domésticos, sino importantes al pueblo todo o a todos los hombres: historia de reyes, de patriarcas, de héroes epónimos, de dioses y semidioses, los cuales, ya, como Hércules, Teseo y Belerofonte, altos modelos de los ulteriores caballeros andantes, socorrían doncellas, amparaban menesterosos y libertaban la tierra de monstruos y tiranos; ya, como Baco, Osiris y los Arganautas, se extendían por el mundo, civilizándole en expedición conquistadora; ya, como Hermes, inventaban artes que hacen grata la vida; ya, como Prometeo, arrostraban la cólera del cielo y del inflexible destino, a fin de salvar, mejorar o ennoblecer al género humano.

     Cuando toda esta materia épica pasó de ser oral a ser escrita, y perdiendo el ritmo o forma de la poesía, vino a ponerse en prosa la ficción, o dígase la novela en su más lato sentido, entró en un período importante de su historia, si bien aun apenas aparecía aislada, sino combinándose con todo. Los moralistas se valían de ella para inculcar sus preceptos, y los filósofos y políticos para hacer más perceptibles y populares sus teorías y sistemas. De aquí la fábula de Platón sobre la Atlántida y sobre Her el armenio, la del grave Aristóteles sobre Sileno y Midas, y la de Jenofonte sobre la educación de Ciro.

     Lo inexplorado hasta entonces de este planeta en que vivimos, daba lugar a innumerables utopías; esto es, a tierras incógnitas o muy remotas, donde vivían pueblos extraños, ya por lo monstruoso de su ser y condición, ya por estar gobernados de una manera singular y perfecta, según el gusto de quien transmitía o inventaba, la ficción. Así nacieron, y se pusieron en diversos sitios, reinos o repúblicas de amazonas, de pigmeos y de arimaspes, y así surgieron también islas afortunadas: el país de los hiperbóreos, amados de Apolo; la tierra de los meropes, la nación india de los atacoros, y hasta la Pancaya de Evhemero.

     De la misma suerte que, por ignorancia de la geografía, se creaban países y pueblos fantásticos, por el desconocimiento de los casos pasados, emigraciones de razas, conquistas, victorias, civilizaciones, florecimientos y decadencias, nacieron multitud de historias de pueblos primitivos, donde a veces, sobre la leve trama de algunos hechos reales, la fantasía tejía y bordaba mil prodigios.

     Para dar autoridad a alguna doctrina religiosa o filosófica, casi se forjaba un personaje y toda su portentosa historia, como la de Abaris o la de Zamolxis, y, por el contrario, para glorificación de un personaje real, se forjaba su leyenda. Así se escribieron no pocas vidas, no ya sólo de reyes, héroes y conquistadores, sino también de sabios y de filósofos, como la de Pitágoras por Jámblico y Porfirio, la de Apolonio de Tyana por Filostrato, la de Plotino por Porfirio y la de Proclo por Marino. Hasta para dar una explicación racionalista a la historia divina, para traer a la tierra a los númenes que el vulgo adoraba y reducirlos a la condición y proporciones humanas, se inventaba fábulas no menos increíbles y absurdas que la misma religión, que tiraban a destruir, como ocurría en la ya citada Pancaya de Evhemero, quien cuenta hoy sin las disculpas que él tenía, tan numerosos y brillantes discípulos, v. gr.: Rodier, Renan, Moreau de Jonnes y, sobre todo, el autor de un libro titulado Dios y su tocayo donde se pretende probar que Jehováh era el emperador de la China y Adán un súbdito rebelde, expulsado del Celeste Imperio.

     Es evidente que, al señalar aquí las diversas direcciones que tomó entre los griegos el espíritu de invención novelesca, lo hacemos con rapidez y a grandes rasgos, y no podemos ceñirnos a la cronología, ni marcar con precisa distinción épocas y períodos. Baste que nos atrevamos a afirmar que, hasta los tiempos de Alejandro Magno, apenas queda rastro de lo que ahora podemos llamar novela de costumbres. Toda ficción es sobre algo que toca o interesa a la vida pública, ya religiosa, ya política, ya filosófica. La novela de casos domésticos estaba en germen y reducida al cuento oral, que hasta muy tarde no empezó a coleccionarse.

     Estos cuentos venían principalmente de Mileto, de Sibaris y de Chipre, y eran a menudo amorosos y obscenos. Los más antiguos recopiladores de estos cuentos, de quienes se tiene noticia, son de la edad de Alejandro, o posteriores, como Clearco de Soli, Partenio de Nicea, maestro de Virgilio, y Conón, que vivió en el mismo tiempo.

     Con la novela hubo de suceder lo mismo, en cierto modo, que con el teatro cómico. Aristófanes, en la comedia antigua, habla y trata de la vida pública, política y religiosa. Viene después la comedia media, que trata aún de la vida pública; pero, ya perdidas la actividad y la libertad de la democracia ateniense, olvida lo político y se emplea en representar filósofos y cortesanas. Sólo con Menandro, en la comedia nueva aparece la verdadera vida interior y doméstica, y se pintan caracteres y pasiones de personajes privados.

     En la novela, lo que responde a la comedia nueva en el teatro, esto es, lo que hasta cierto punto pudiéramos llamar novela de costumbres, vino mucho más tarde. Todo novelista de este género puede afirmarse que es posterior a la Era Cristiana.

     No por esto juzgo yo, como los clasicistas severos, que es época de decadencia esta en que apareció la novela de dicha clase. Verdad que el siglo de loro de las letras griegas fue el de Pericles; pero autores eminentes hubo en épocas muy distintas, nuevos períodos de florecimiento y nuevos campos para luchar y vencer se abrieron después en repetidas ocasiones al ingenio helénico; ora bajo los Ptolomeos y otros sucesores de Alejandro, en filosofía, en ciencias exactas y naturales, y en poesía lírica y bucólica; ora bajo la dominación de Roma, en quien infundió Grecia su cultura ora con la aparición y difusión del cristianismo y el gran movimiento de ideas que trajo en pos de sí, aun hasta después de caer el imperio de Occidente. Yo creo que no pueden llamarse épocas de decadencia en una literatura aquellas en que florecen poetas como Teócrito, Bión y Calímaco; prosistas com o Polibio, Plutarco y Luciano; filósofos como Plotino, y escritores tan elocuentes y pensadores tan profundos como tantos y tantos padres de la Iglesia.

     En esta última época, a saber, desde el primero al quinto o sexto siglo de la Era Cristiana, es cuando escriben los principales novelistas griegos de la novela propiamente dicha, o dígase de la novela de costumbres, o más bien de la novela de amor y aventuras, ya que las costumbres no se pintaban entonces con la exactitud de ahora; no se empleaba lo que hoy llamamos o podemos llamar color local y temporal, sino cuando esto salía sin caer en ello los autores; ni mucho menos había, ni era posible que hubiese, este análisis psicológico de las pasiones y afectos, que hoy se usa y agrada tanto. En cambio, el empleo de lo sobrenatural y prodigioso no era tan difícil como en el día, porque los hombres creían sin gran dificultad, por dónde era llano ingerir en las novelas lo fantástico de las antiguas fábulas filosóficas, religiosas, geográficas e históricas.

     Las novelas más famosas y conocidas del expresado género son: la Eubea, de Dión Crisóstomo; el Asno, de Lucio de Patras; Las Efesiacas, de Jenofonte de Éfeso; Teágenes y Clariclea, de Heliodoro; Leucipe y Clitofonte, de Aquiles Tacio, y Las Pastorales, de Longo, o Dafnis y Cloe, que damos aquí traducida, y que es sin duda la mejor de todas, ya que el Asno, de Lucio, es ferozmente obsceno, y la Eubea, de Dion, tiene poco interés, por más que esté lindamente escrita. Las otras novelas de dicha época son en el día harto pesadas de leer. Y las novelas posteriores, del Bajo Imperio, no son más amenas ahora, si bien son en extremo interesantes por lo mucho que influyen en el desenvolvimiento de todas las literaturas del centro y occidente de Europa durante la Edad Media; ya en leyendas y cuentos; ya en poemas y libros de caballerías; ya en el mismo teatro, cuando el renacimiento y después, como sucede por ejemplo, con la historia de Apolonio de Tiro, el poema de Alejandro y las historias troyanas.

     Según ya hemos dicho, aunque nuestro elogio se atribuya a pasión de traductor Dafnis y Cloe es la mejor de todas estas novelas; la única quizá que, por la sencillez y gracia del argumento, por el primor del estilo, y en suma, por su permanente belleza, vive y debe gustar en todo tiempo.

     Contra los ataques que se han dirigido a su poca moralidad y decencia, ya la hemos defendido hasta donde nos ha sido posible. De otras faltas es harto más fácil defenderla. Una, sobre todo, apenas se comprende que haya críticos juiciosos que se la atribuyen: la de la intervención milagrosa de Pan para salvar a Cloe, a quien llevaban robada. Lo extraño es que los críticos se hayan fijado en este momento, como si en él apareciese sólo lo sobrenatural, y no hayan querido comprender que, desde el comienzo de la novela, lo sobrenatural interviene en todo. Sin su intervención la novela no sería verosímil, y por lo tanto, no sería divertida. La verosimilitud estética se funda, pues, en la creencia en ciertos seres por cima del ser humano y que le amparan y guían; en la creencia en las Ninfas; en Amor, no como figura alegórica, sino como persona real, viva y divina, y en Pan, como dios protector de los pastores, belicoso a veces y tremendo.

     Sin la providencia especial de estas divinidades, sin el cuidado que toman por Dafnis y Cloe y sin la elección que hacéis de ello para un caso singular de enamoramiento dulcísimo, ni se hubieran salvado los niños recién nacidos, abandonados en medio del campo, ni los hubieran criado con tanto amor una cabra y una oveja, ni hubieran conservado su rama hermosura a pesar de las inclemencias del cielo, ni hubieran sido tan sencillos e inocentes, ni hubiera pasado, en resolución, casi nada de lo que en la novela pasa. Por esto es de maravillar que los críticos censuren el milagro de Pan para libertad a Cloe, y no censuren los demás milagros ni se paren en ellos.

     Ni yo creo en Pan ni en las Ninfas, ni hay lector en el día que pueda creer en tales disparates; mas, para la verosimilitud estética, es fuerza ponerse en lugar del vulgo gentilicio, que en un tiempo dado (todavía cuando la novela se escribió) creía en las mencionadas patrañas, sobre todo en lugares agrestes, lejos de las grandes ciudades. Una vez concedido esto, todo es verosímil y llano.

     Dafnis y Cloe, en completo estado de naturaleza, aunque sublimado e idealizado por el favor divino, pero por el favor divino de dioses poco severos, se aman antes de saber que se aman, son bellos e ignorantes, contemplan y comprenden su hermosura, y de esta contemplación y admiración nace un afecto bastante delicado para dos que viven casi vida selvática: él, sin colegio ni estudio de moral, y ella sin madre vigilante y cristiana, sin aya inglesa que la advierta lo que es shocking, y sin nada por el estilo. Si el autor, dado ya el asunto, hubiera puesto en los amores de sus dos personajes algo de más sutil, etéreo y espiritual, hubiera sido completamente falso, tonto e insufrible.

     La novela de Dafnis y Cloe es, pues, lo que debe y puede ser, y, tal como es, es muy linda.

     Su autor imita, sin duda, a los antiguos poetas bucólicos, a Teócrito sobre todo; pero le imita con tino y gracia. De aquí que su obra sea la mejor, la más natural, la menos afectada y artificiosa, la única acaso no afectada de cuantas novelas pastorales se han escrito posteriormente, y que, pasada ya la moda, no hay quien lea con paciencia.

     Dafnis y Cloe, más bien que de novela bucólica, puede calificarse de novela campesina, de novela idílica o de idilio en prosa; y en este sentido, lejos de pasar de moda, da la moda y sirve de modelo aún, mutatis mutandi, no sólo a Pablo y Virginia, sino a muchas preciosas novelas de Jorge Sand, y hasta a una que compuso en español, pocos años ha, cierto amigo mío, con el título de Pepita Jiménez.

     De estas novelas en prosa se ha pasado también al componerlas en verso, tomando asunto de la vida común; pintando escenas villanescas, rústicas o burguesas que no carecen de poesía, sino que la tienen muy grande, cuando se aciertan a pintar con la debida sencillez homérica. En vez de cantar a los héroes tradicionales de la epopeya, se ha cantado en estos idilios modernos a sujetos de condición humilde. Los dos más bellos modelos de tal género de composición, en nuestros días son Hermann y Dorotea, de Goethe, y Evangelina, de Longfellow. Algunos de nuestros mejores poetas han seguido un poquito esta corriente desde hace cinco o seis años. Así Campoamor, en los que llama Pequeños poemas, y Núñez de Arce, en otro que titula Idilio.

     Grecia también nos dio el ejemplo de esto, al ir a expirar su gran literatura. En el siglo V, o después (porque así como nada se sabe de quién fue Longo, nada se sabe tampoco de este otro autor, ni del tiempo en que vivió), hubo un cierto Museo, a quien llaman el gramático o el escolástico, para distinguirle del antiquísimo Museo mitológico, hijo de Eumolpo y discípulo de Orfeo, el cual Museo más reciente compuso la novela en verso de Hero y Leandro, que es un idilio por el estilo de los que ahora se usan, un dechado de sencillez y de gracia, un pequeño poema precioso. Ganas se lo han pasado al productor de Dafnis y Cloe de traducirle también y de incluirle en este mismo volumen; pero, como no está seguro de que el público guste de lo primero, deja para más adelante, si el público no le desdeña y le anima, el ofrecerle lo segundo. Entretanto, y por hoy, se despide de él, pidiéndole perdón de sus muchas faltas.
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