S e dice que Juan Pablo II cargó hasta el final de su vida el peso de los problemas de la humanidad: guerras, miseria, injusticia. Quizá también llevó sobre sus hombros la cruz de su propio templo: oscurantismo, intolerancia religiosa, torturas, enriquecimiento ilícito






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títuloS e dice que Juan Pablo II cargó hasta el final de su vida el peso de los problemas de la humanidad: guerras, miseria, injusticia. Quizá también llevó sobre sus hombros la cruz de su propio templo: oscurantismo, intolerancia religiosa, torturas, enriquecimiento ilícito
fecha de publicación08.04.2017
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El lado oscuro 
de la Iglesia católica

Roberto Bardini

Se dice que Juan Pablo II cargó hasta el final de su vida el peso de los problemas de la humanidad: guerras, miseria, injusticia. Quizá también llevó sobre sus hombros la cruz de su propio templo: oscurantismo, intolerancia religiosa, torturas, enriquecimiento ilícito...

En 1994, el Papa envió una carta confidencial a unos 60 cardenales exhortándolos a aprovechar la cercanía de un nuevo milenio para reflexionar y admitir que la historia de la Iglesia católica ocultaba un “lado oscuro”. El mensaje fue “filtrado” entre algunos medios de comunicación italianos.

En junio de 1995, Peggy Polk, analista de asuntos del Vaticano durante tres décadas, escribió en el Chicago Tribune que, en su escrito, el Juan Pablo II preguntaba: “¿Cómo puede uno permanecer callado acerca de las muchas formas de violencia perpetradas en nombre de la fe: guerras de religión, tribunales de la Inquisición y otras formas de violaciones de los derechos de las personas?”.

Ese mismo año, la estadunidense Helen Ellerbe publicó El lado oscuro de la historia cristiana. A lo largo de 200 páginas, la autora analiza el dogma católico en la era del oscurantismo, la utilización del miedo, la oposición a los avances científicos, su opción por la pena de muerte.

“En una era en que tantos están buscando un significado espiritual más profundo, ¿por qué no hay información más accesible sobre la historia de las instituciones que pretenden transmitir tal verdad espiritual?”, escribe Ellerbe en el prefacio de la edición en inglés (Morningstar Books, California, 1995).

El imperio del miedo

En el siglo IV, el emperador Constantino, quien había mandado a matar a su propio hijo y hervir viva a su esposa, se fija en el cristianismo como un medio para unir el extenso y agitado Imperio Romano. El monarca relata que en sueños vio una cruz en el cielo con la inscripción In hoc signo vinces (“Bajo este signo conquistarás”). Sin embargo, el visionario recién se convierte poco antes de morir, a los 57 años.

Gracias a Constantino, el catolicismo se transforma en la religión oficial del imperio y adquiere un poder sin precedentes. Su sucesor, Flavio Teodosio, estipula en febrero de 380 que "todas las naciones que están sujetas a nuestra clemencia y moderación deben continuar practicando la religión que fue entregada a los romanos por el divino apóstol Pedro". Los no-cristianos son llamados "repugnantes, herejes, estúpidos y ciegos".

La Iglesia se convierte en la clase de jerarquía autoritaria que Jesús había impugnado. Ireneo, obispo de Lyon, declara: “No tenemos necesidad alguna de la ley, puesto que ya estamos muy por encima de ella con nuestro comportamiento divino”.

A medida que el Imperio Romano se derrumba, la Iglesia va tomando el control en Europa. Reinterpreta las Escrituras y también la propia historia. Instiga ataques contra musulmanes, judíos, católicos de Oriente e, incluso, contra grupos cristianos que no reconocen la autoridad papal.

A medida que el Imperio Romano se derrumba, la Iglesia va tomando el control en Europa. Reinterpreta las Escrituras y también la propia historia. Instiga ataques contra musulmanes, judíos, católicos de Oriente e, incluso, contra grupos cristianos que no reconocen la autoridad papal.

La escritora considera que el miedo es esencial para mantener un “orden jerárquico por decreto divino”. La Biblia exhorta constantemente a sentir miedo a Dios: “Teme a Dios y observa Sus mandamientos”, “Bienaventurado aquel que teme a Jehová”, “Temed a Aquel que después de haber quitado la vida, tiene el poder de echar en el infierno”.

San Juan Crisóstomo (347-407), obispo de Constantinopla, explica en el siglo IV la necesidad del miedo: “Si privaras al mundo de los magistrados y el miedo que viene de ellos, casas, ciudades y naciones se desplomarían”.

Pena de muerte: el fin justifica los medios

A partir del año 435, los considerados “herejes” en el Imperio Romano pueden ser ejecutados por ley. “Herejía” deriva del griego hairesis, que significa “elección”, en el sentido de libre albedrío. Todavía se tolera al judaísmo, pero se lo va aislando poco a poco. Está prohibido el matrimonio entre judíos y cristianos. Para las mujeres, el casamiento mixto se castiga igual que el adulterio: la muerte.

San Agustín (354-430), obispo de Hipona, vivió como un libertino hasta los 32 años y tuvo un hijo que nunca reconoció. Luego de convertirse, proclama el principio Cognire intrare (”Obligadlos a entrar”) que durante la era medieval se utiliza para reprimir a los disidentes: “¡Obliga a la gente a entrar! Con amenazas de la ira de Dios, el Padre acarrea a las almas hacia el Hijo”.

La máxima de Maquiavelo acerca de que el fin justifica los medios tiene adeptos en el Vaticano. Todavía a comienzos del siglo XX, León XIII, Papa de 1878 a 1903, afirma: “La sentencia de muerte es un medio necesario y eficaz para que la Iglesia obtenga su fin cuando los rebeldes actúan en contra de ella”. El pontífice agrega: “Si no existe otro remedio para salvar a su gente, se puede y debe dar muerte a estos perversos hombres”.

Mejor creer que pensar

Entre los años 500 y 1000, la Iglesia Católica tiene un efecto demoledor en Europa. Destruye la educación, las ciencias, el arte y la medicina, fundamentalmente griega y romana. Del siglo VI al VII recomienda únicamente la “sangría” para todas las dolencias y, en especial, para evitar el deseo sexual.

La tecnología de la época se echa a perder. La extensa red de caminos que facilitaba el transporte, la comunicación y el comercio cae en el abandono. Los vastos sistemas de acueductos y cañerías dejan de recibir mantenimiento. Se eliminan los retretes en las casas. Mientras se deterioran las medidas sanitarias y se pierden los hábitos de higiene, avanzan las enfermedades. Las pestes diezman poblaciones enteras durante interminables años.

La fe ciega reemplaza a la investigación científica. Trescientos años antes de Cristo, Pitágoras había formulado la hipótesis de que la tierra gira alrededor del sol; la posibilidad es considerada aberrante. Habrá que esperar hasta el siglo XVI para que Copérnico reformule la teoría. Pero cuando en el siglo siguiente Galileo Galilei asegura que el mundo también gira sobre sí mismo, es obligado a retractarse por la Inquisición. La Iglesia retira la condena a Galileo recién en 1965.

Fuera de los conventos, la educación y el aprendizaje son erradicados. La Iglesia se opone al estudio de la gramática y el latín. Se clausuran los institutos de enseñanza y se destruyen bibliotecas enteras. Ya antes, en 391, había sido incendiada la Biblioteca de Alejandría, la más grande del mundo, que conservaba 700 mil rollos y pergaminos.

“Todo rastro de la vieja filosofía y literatura del antiguo mundo ha desaparecido de la faz de la tierra”, se regodea San Juan Crisóstomo. Deberán transcurrir muchos años para que los clásicos latinos, erradicados en la etapa del Oscurantismo, se traduzcan del árabe al latín en la Edad Media.

En el siglo XII, Honorio de Autum se pregunta: “¿Cómo se beneficia el alma con la lucha de Héctor, los argumentos de Platón, los poemas de Virgilio o las elegías de Ovidio?”.

El predicador dominico Girolamo Savonarola (1452-1498), que impulsa la proscripción de los poetas clásicos, escribe en el siglo XV: “La única cosa buena que les debemos a Platón y Aristóteles es que ellos presentaron muchos argumentos que nosotros podemos usar en contra de los herejes. Sin embargo, ellos y otros filósofos ahora están en el infierno”.

Dos siglos de orgías de sangre

En noviembre de 1095, el Papa Urbano II exhorta a los caballeros europeos a marchar a Jerusalén para reconquistar Tierra Santa. Antes, Gregorio VII había sentenciado: “Maldito sea el hombre que impide que su espada derrame sangre”. Los devotos no se andaban con vueltas: en el año 782, el emperador Carlomagno ordenó la decapitación de cuatro mil 500 sajones que no querían convertirse al cristianismo.

Miles de hombres se ponen en marcha hacia Tierra Santa. En Auge y caída de los Templarios (editorial Martínez Roca, Barcelona, 1986), Alain Demurger los describe como “un tropel entusiasta e indisciplinado, que mata en masa a los judíos del Rin, roba a los campesinos húngaros y saquea los campos bizantinos”.

Jerusalén cae en julio de 1099. Hay más de 60 mil víctimas entre musulmanes, judíos, hombres, mujeres, ancianos y niños.

El historiador y arzobispo francés Guillermo de Tiro, testigo ocular, relata: “Era imposible mirar al vasto número de muertos sin horrorizarse; por todos lados había fragmentos de cuerpos humanos y el piso estaba cubierto de la sangre de los muertos. No era solamente el espectáculo de cuerpos sin cabeza y extremidades mutiladas tiradas por todas direcciones que inspiraba el terror a todos los que miraban; más horripilante era ver a los victoriosos chorreando de sangre de pie a cabeza. Dentro del Templo murieron alrededor de diez mil infieles”.

A lo largo de 200 años se realizan cuatro Cruzadas. Decenas de miles -quizá millones- son asesinados sin importar si eran árabes o judíos. La crueldad de los ejércitos católicos no tiene límites. “Hasta los sarracenos son misericordiosos y gentiles comparados con estos hombres que llevan la cruz de Cristo sobre sus hombros”, escribe Nicetas Choniates, un cronista bizantino.

De paso, los cruzados destruyen todo lo que signifique cultura. Queman libros musulmanes y pergaminos hebreos, entre ellos los doce mil volúmenes del Talmud y las obras de Maimónides, filósofo, matemático y físico judío, nacido en Córdoba, España.

La Inquisición: aterrorizar y despojar

La Inquisición medieval se crea durante el reinado del Papa Gregorio IX (1227-1241) con el objetivo de imponer la obediencia mediante el terror. En la historia de la humanidad, no existe registro de otra religión que haya desplegado un aparato tan poderoso y sádico para controlar a la gente. En los tribunales de la Iglesia, a la inversa del derecho común,“se es culpable hasta demostrar la inocencia”.

El inquisidor español Francisco Peña, Doctor en Cánones y Teología, dice en 1578: "Debemos recordar que el principal propósito del juicio y la ejecución no es salvar el alma del acusado, sino lograr el bien público e infundir miedo a otros".

Su colega Bernardo Gui, un cruel dominico, inquisidor de 1307 a 1323, fue conocido por el gran público luego de que Umberto Eco lo hiciera protagonista de su novela El nombre de la rosa, llevada al cine por Jean-Jacques Annaud. Autor de La técnica de la Inquisición, Gui sostiene que el laico no debe discutir con el infiel, sino “meterle con fuerza su espada en el vientre”.

El español Tomás de Torquemada (1420-1498), otro dominico, gana fama por su implacable ejercicio de la Inquisición durante once años. Se estima que bajo su mandato dos mil personas son quemadas en la hoguera. En 1492, aprovecha su función de confesor de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, y promueve la expulsión de los judíos y los moros de España.

Los inquisidores se enriquecen en forma escandalosa. Además de apropiarse del dinero, las propiedades y otros bienes de sus víctimas, reciben sobornos de los ricos que pagan para escapar a las posibles acusaciones.

“La tortura permaneció como opción legal para la Iglesia desde 1252 cuando fue consentida por el Papa Inocencio IV, hasta 1917, cuando el nuevo Codex Juris Canonicifue puesto en vigor”, narra Helen Ellerbe. “Los hornos construidos para matar gente, que adquirieron una notoriedad infame en la Alemania nazi del siglo XX, inicialmente fueron utilizados por la Inquisición”. Para la escritora “no fue sorprendente que los países islámicos ofrecieran santuarios mucho más seguros para los judíos”.

Thomas Jefferson escribió en 1785: “Millones de hombres, mujeres y niños inocentes, desde la introducción del cristianismo, han sido quemados torturados, mutilados, encarcelados; sin embargo, no hemos avanzado una sola pulgada hacia un consenso general”.

Quizá Juan Pablo II se refería exactamente a eso cuando exhortó a los cardenales a que asumieran el “lado oscuro” de la Iglesia.

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