Lección inaugural escuela bíblica






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LECCIÓN INAUGURAL ESCUELA BÍBLICA

Curso 2011-2012

¡DISONANCIA BÍBLICA

EN LA SOCIEDAD ACTUAL?


Constantino Quelle1

El obispo de Guadix y miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Ginés Ramón García, ha expresado la preocupación de la Iglesia al indicar que «Hay que devolver la religión a las páginas principales de los medios, para conseguir una presencia normalizada de hechos religiosos en la agenda comunicativa». La Escuela Bíblica es el mejor exponente de este esfuerzo de normalización, porque la religiosidad, que no, a veces, la religión, sigue latente en el ser humano, aunque no encuentre el camino para expresarse. Esta Escuela, hoy, es el mejor exponente de lo que indican los obispos en la Exhortación Apostólica post-sinodal Verbum Domini (leo literalmente). «Los Padre sinodales, además, han recomendado que potenciando en lo posible, las estructuras académicas ya existentes, se establezcan centros de formación para laicos y misioneros, en los que aprenda a comprender, vivir y anunciar la palabra de Dios…» (75). Las religiones, como expresa el Padre Salas, son caminos donde se canaliza la religiosidad. Sin embargo, la historia nos muestra que la mística puede caminar campo a través.

Desde esta Escuela tratamos de canalizar el saber religioso de nuestro pasado, pues solamente cuando lo conocemos, podemos seguir buscando la Verdad ¡Pobre del que crea haberla encontrado! La tarea no es fácil, es apasionante. Aclaro a priori, que vengo a exponer las dificultades que las disonancias bíblicas provocan en la sociedad actual (al menos según el pensar popular, de ahí que el título de esta ponencia venga en interrogante) ¿Qué hacer? Para que la religión vuelva a ser expresión auténtica de la religiosidad, como desea la Comisión Episcopal, se impone previamente conocerla. Únicamente así podremos seguir trascendiéndola.

Comencemos por lo más simple ¿Qué es una disonancia? Según el diccionario de la Real Academia Española es un Sonido desagradable; el lenguaje musical lo expresa como un intervalo definido por las reglas de la armonía como «desagradable» al oído. El concepto de disonancia fue formulado por primera vez en 1957 por el psicólogo, León Festinger. Su teoría plantea que al producirse esa incongruencia o disonancia de manera muy apreciable, la persona se ve automáticamente motivada para esforzarse en generar ideas y creencias nuevas que reduzcan la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí. Por ejemplo, una persona con valores y creencias religiosas y morales inculcadas desde su infancia puede verse involucrada en acciones que él mismo rechazaría (guerras, muertes, torturas...), por lo que se ve motivada a introducir valores superiores que justificarían su actitud: la defensa de la Patria, el evitar males mayores, etc. De no ser así, se entra en lo que se llama una disonancia cognoscitiva donde los valores se contradicen unos a otros, al ser tan diferentes de las acciones. De hecho, las llamadas disonancias bíblicas al no encajar con el pensamiento actual, provoca deserciones o en el mejor de los casos, indiferencia. Esta indiferencia hace imposible que los temas religiosos estén en las páginas principales de los medios de comunicación.

Nuestra visión de las disonancias, una vez aclarado el término que estamos manejando, serán expuestos desde el lenguaje teológico. Y una premisa incuestionable de dicho lenguaje es que el individuo necesita apoyarse en la Fe para poder encontrar la consonancia entre sus cogniciones. Es decir, a partir de la Fe, debe surgir una coherencia entre las creencias del individuo y sus actitudes, pensamientos, ideas y conductas. Es de esta manera como pueden convivir coherentemente la religión y la sociedad (Concilio Vaticano II, con Pablo VI en la constitución pastoral, Gaudium et Spes). Sobre la Iglesia en el mundo de hoy (7/12/65)

Hemos introducido un nuevo término: Fe ¿Qué queremos decir cuando teológicamente expresamos la necesidad que tiene el creyente de apoyarse en la Fe? ¡Qué suerte! –solemos escuchar a nuestro alrededor–, tú tienes fe, yo no creo en Dios porque no tengo fe. Las personas que piensan así dan por sentado que unas personas tienen fe y otras no, cuando la realidad bíblica lo que expresa es que «Dios quiere que todos se salven» (1Tim 2,4). El Libro de la sabiduría viene a responder a los que opinan así de la siguiente manera: «Pero por otra parte, tampoco son estos excusables: pues llegaron a adquirir ciencia que les capacitó para indagar el mundo, ¿cómo no llegaron primero a descubrir a su Señor? ¿Por qué, culpan de su falta de fe a Dios? Porque, con más frecuencia de lo que fuera de desear equivocan la palabra católico, con una concreta expresión de la fe y no, con el significado que expresa la propia palabra, con la fe desvelada de la manera más humana y por tanto, universal posible. La fe desde esta expresión humana, evangélica, es un don que viene dado. Todo ser humano por el simple hecho de serlo tiene fe, nace con fe (de ahí que sea universal, es decir, católica). San Agustín dice en sus Confesiones: «Te invoca, Señor, mi fe, la fe que tú me diste». Pablo expresará esta verdad cuando les dice a los creyentes romanos: «¿Es que Dios es Dios sólo de los judíos? ¿No es también Dios de los no judíos? Sí, también lo es de los no judíos. Si el Dios que justifica a los judíos en razón de su fe, es Uno, justificará también a los no judíos mediante la fe» (Ro 3, 29-30). El A.T con otra cultura expondrá la misma idea, cuando expresa la universalidad de la fe de Abraham con la siguiente frase: «En ti serán bendecidas todas las naciones» (Gn 12,3).

Por tanto, gracias a la fe, puedo libremente escoger mis creencias. La fe parte de Dios al igual que la creencia parte del ser humano (ejemplo de las piernas). La fe es a la mística lo que las creencias es a las religiones. Recuerden que la mística apareció hace unos 60.000 años en la historia de la humanidad, la religión hace apenas 6.000 años.

Estamos viviendo una situación histórica en la que el hombre de fe pareciera que no tuviera acceso a la razón, porque fe y razón son incompatibles. La preocupación por esta realidad social llega hasta el Papa Benedicto XVI cuando afirma que es preciso «Promover un fecundo diálogo entre razón y fe» (recordar la imagen que vale por mil palabras, dialogando con los astronautas). Créanme, sin fe no es posible usar humanamente la razón. Les remito a la obra de Fernández Rañada, Los científicos y Dios, Oviedo 2002. No se trata de demostrar que fe y razón tienen que dialogar se trata más bien de observar a través de la historia y de nuestro comportamiento antropológico que es la fe la que provoca el pensamiento teológico, científico y por tanto humano. Estamos en una casa agustiniana. Dicen que San Agustín constantemente repetía la frase del Libro de la Sabiduría: «Dios ordenó todas las cosas por su medida, su número y su peso» (Sab 11,21). Asimismo El Eclesiástico nos recuerda: «Dios ha impuesto un orden sobre las grandezas de su sabiduría y existe desde el principio al fin de los siglos» (Eclo 41,21).

Les recuerdo la frase literal del doctor en física Stanley Jaki, galardonado como historiador de la ciencia: «No es accidental que la ciencia naciera en un contexto cristiano, y no en un contexto árabe, babilónico, chino, egipcio, griego, hindú o maya donde la ciencia, según la conocemos, nació muerta».

Estos breves ejemplos son una pequeña muestra que es la fe la que nos lleva a creer en otro mundo posible (presente indicativo creer-crear, antropológicamente hablando); a partir del siglo sexto a.C., en el llamado tiempo eje, se transforma el mundo religioso de los siglos anteriores, el judaísmo, primero, y el cristianismo después, rompen el eterno retorno de la historia, y ésta comienza a verse como lineal: Dios no hace la historia, hace que la historia se haga, y desde el primer día de la creación será el hombre el que la haga, de ahí que, como expresa el teólogo Xabier Pikaza, sea imagen del creador porque habla, porque sabe ver las cosas buenas, porque puede dominar la creación, puede descansar y reconocer tal gratuidad, tal gracia.

Esto atributos que son propios de Dios, antes de la creación del hombre, se revelan como don a la humanidad cuando se hace la luz en su mente y escribe, interpreta y reinterpreta el Génesis. La religión al tener la capacidad de seguir creando, gracias a que su creencia, se sabe sustentada en la fe, tiene que provocar disonancias en la sociedad; lo que no es bueno es que existan disonancias religiosas y se culpe de esas disonancias al manantial en donde podemos observar la necesidad de transcendencia en el devenir histórico: La Biblia.

La Biblia es cambio, metanoia: «Habéis oído decir, pues yo os digo». Esta constante en la eticidad evangélica supone no permanecer supeditado a la ley, pues no se hizo el hombre para la el sábado. Jesús con su experiencia de Dioséprovoca tal disonancia en la sociedad que le toca vivir, que cambia hasta el concepto del tiempo a partir de dicha experiencia.

La religión que brota de la fe, como reclaman los textos bíblicos, exige estar pendiente de los signos de los tiempos, pues es en ellos donde Dios se sigue revelando. Por tanto la religión si es católica ha de provocar como en la Biblia y muy especialmente el Evangelio, disonancias en cada época concreta, aunque a los provocadores les vaya la vida en ello. Los provocadores, los cristianos, son los del camino, jamás los de la meta. De ahí que quien crea haber llegado, simplemente es que no ha asimilado el lenguaje teológico que emana del Evangelio y que hay que reencarnar en cada humana experiencia. La fe, como promotora de lo que nos hace genuinamente humanos, marca las pautas del hecho religioso. La creencia especialmente si se autodefine católica, reconoce antropológicamente hablando esta verdad. Pero qué sucede cuando no es así. ¿Qué sucede cuando la creencia se superpone a la fe? ¿Cuando la religión se autodefine como fin y no como medio? ¿Como meta y no como camino?

Lo que sucede es que las disonancias en lugar de provocarlas al abrir constantemente nuevos horizontes, las provoca justamente por lo contrario, porque se paraliza en lo ya adquirido. Al anclarnos creemos salvaguardar la tradición, y la tradición únicamente se la salvaguarda cuando se la asume y se la asume, si es católica, cuando en el devenir de cada instante, se encarna como novedad, o dicho con otras palabras cuando se encarna evangélicamente como buena nueva: una tradición asumida para en el devenir de la sociedad ser trascendida.

Cuando esto no es así, la tradición se paraliza y concretamente en el tema que nos ocupa, se indica que son los textos sagrados los que ordenan tal paralización: las consecuencias son nefastas. Sobre todo si como sucede en la sociedad actual la ciencia, no es que se paralice es que cambia cada día por los conocimientos adquiridos el día anterior. Es entonces, cuando las disonancias, no las produce la religión en la sociedad como en el siglo primero de nuestra era, sino que es la sociedad la que provoca constantemente disonancias en la religión, y la religión pretende avalar su comportamiento en textos de la . Observemos algunas de estas disonancias, pues como dice Rojas Marcos para curar un problema humano, lo primero que se impone es caer en la cuenta de que tal problema existe.

Las disonancias bíblicas tienen al menos dos características que conviene resaltar. La primera es la que se provoca por ignorancia a la hora de interpretar los textos, la segunda es la que provoca la propia religión cuándo, y como ha quedado expuesto, se ancla en el conocimiento adquirido y no lo trasciende, es decir, cuando justamente hace lo contrario de lo que nos enseña la .

Hay ignorancia a la hora de interpretar los hechos bíblicos cuando en lugar de interpretarlos con el lenguaje teológico en el que fueron escritos se interpretan usando otras claves, por ejemplo, la científica. La no informa de cómo es el mundo, sino cómo se aprehende la trascendencia dentro de la historia de ese mundo, o si Vds. lo prefieren, cómo se revela Dios al hombre. De ahí la importancia que tiene saber comprender los presupuesto antiguos para explicarlos con razones nuevas. Cuántos quebraderos de cabeza se hubiera evitado Galileo, que sin dejar de ser creyente y defendiéndose especialmente de los teólogos aristotélicos, afirmó que la enseña a ir al cielo, no cómo van los cielos.

Algunos creyentes han olvidado la experiencia de Galileo y defienden el creacionismo bíblico como verdad revelada, para arremeter contra el evolucionismo. La , a través de su lenguaje teológico muestra, dentro de unas perspectivas concretas de universo, cómo en el instante que se hizo la luz en el homínido, nació el ser humano ¿Cuándo se ha hecho la luz en cada uno de nosotros? y este ser humano que es Adán y Eva, realidad plural, se encontró con todo un universo abierto a la trascendencia, que tenía, tenemos que seguir recreando. Conviene recordar aquí las palabras del suizo Werner Alber, microbiólogo, premio nobel 1978 y actual presidente de la Academia de las Ciencias de Roma «El Vaticano no defiende el creacionismo, lo hacen los protestantes americanos».

Fe y razón se complementan, pero cada uno tiene su propio espacio. El Papa no habría tenido que pedir perdón por el caso Galileo, si el poema de Josué se hubiera interpretado desde su propia perspectiva de universo y en el lenguaje poético que se pronunció. «Detente sol en Gabaón y tu luna en el valle de Ayyalón y el sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos» (Jos 10, 12-14). (Explicar que fue un día grande al vencer los Israelitas a los amorreos).

Créanme, para el erudito la puede ser, y lo es, un problema de lenguaje, para el creyente el problema es de escucha. Desde la primera página hasta la última tenemos que escuchar el «decir de Dios». La es escucha: ¡Cuánta ignorancia hay en la escucha cuando pretendemos, como en Pentecostés, tener el don de lenguas! La glosolalía. ¿Cómo asimilar esta aparente disonancia bíblica en nuestro mundo actual? Para entendernos, en España jamás ha habido tanto reconocimiento a nuestras lenguas, gallego, vascuence, catalán, valenciano, castellano y como en Babel, jamás nos hemos entendido tan mal. ¿Por qué? Porque hemos equivocado, por ignorancia, lo que dice la Biblia. Por favor, escúchenme. No es fácil. Las comunidades cristianas comprobaban por experiencia que donde llegaba el mensaje, al margen de la sociedad, se entendía. No es cuestión de hablar, siempre ha sido, es, y será cuestión de escuchar: «¿Cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?» (Hch 2,8). Los apóstoles hablan y el que escucha, oye el mensaje en su lengua nativa. El milagro, como hoy, no está en aprender idiomas, está en aprender a escuchar al Espíritu que hoy está aquí como estuvo allí. Por eso Lucas, retrotrae su experiencia a María, como símbolo de la Iglesia, añadiendo al evangelio ya existente, los dos primeros capítulos. No se puede comprender lo que ocurrió con María y sigue ocurriendo en la Iglesia, si no pasamos por Pentecostés. La llegada del Espíritu es la apertura, el fiat, la escucha incondicional y virginal que nos permite seguir pariendo al Cristo que llevamos dentro, ser cristianos, al margen de la lengua a través de la que nos expresamos, pues Cristo, trasciende cualquier lenguaje.

Ejemplos de disonancias bíblicas por ignorancia existen para escribir varias tesis doctorales. Una de las que hacen más daño en la sociedad y especialmente en el mundo de la religión es el problema del mal ¿Por qué Dios, siendo bueno y omnipotente, crea o permite el mal? Ya Epicuro tres siglos antes de Cristo se cuestionaba: Dios es bueno y omnipotente. Ahora bien, si Dios porque es bueno quiere y no puede, no es omnipotente, y si puede y no quiere no es bueno y si ni quiere ni puede, ni es bueno ni es omnipotente ¿Da soluciones la Biblia al problema del mal o provoca disonancias?

Job, el gran impaciente bíblico, cuestiona a Dios sobre el problema del mal como sufrimiento de la humanidad. Ciertamente que él no cuestiona el mal en aquellos que no son fieles a Yahvé, el cuestiona el silencio de Dios en aquellos que como él, sufren el mal sin causa que lo justifique. ¿Por qué, quien es justo, sufre el mal? La respuesta bíblica es estremecedoramente actual: «Era yo el que empeñaba el Consejo con razones sin sentido» (Job 38,2; 42,3). Para concluir finalmente: «Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza» (Job 42,5).

Analicemos las sugerencias de Job. La primera indica que «Era yo el que empeñaba el Consejo con razones sin sentido». Es decir, que tenemos que razonar con sentido. Job cae en la cuenta que estaba planteando el problema del mal con razones sin sentido. Hoy un teólogo como Torres Queiruga viene a decir, salvando las distancias, algo parecido. Preguntar por qué Dios permite el mal, no tiene sentido. Es igual que preguntarle por qué el círculo no lo ha hecho cuadrado, o tratar de dividir esta clase en tres mitades. Hay razones sin sentido: no se puede sorber y soplar a la vez. El mal es inherente a la contingencia de nuestro mundo finito. Lo finito no puede ser omnicomprensivo, carece, choca con otras realidades finitas, no puede tener todas las perfecciones. Spinoza decía que toda determinación es una negación. Si soy hombre no puedo ser mujer. Cuestionar a Dios por qué no hace un mundo perfecto, es como decir por que Dios no hace un círculo, cuadrado. Alguien puede estar pensando que en el paraíso todo era perfecto; pues no debió ser así cuando les duro tan poco. Veamos el paraíso, más que como el alfa, como el omega de la humanidad, como expresión de la situación a la que vamos y no de la que venimos. La imperfección produce mal, y todo el mal que se produce en el mundo tiene su causa dentro del mundo. Antes se hacían novenas para pedir que Dios hiciera llover, ahora los chinos lanzan cohetes desde tierra o por avión a las nubes, conteniendo cartuchos con yoduro de plata para acelerar su condensación. Antes se hacían procesiones para que Dios hiciera desaparecer la peste, hoy se crean laboratorios para evitar la pandemia de la gripe aviar o el SIDA. ¿Y ante esta realidad del mundo finito, qué hace Dios, en la Biblia? Dado que el mal no es un problema religioso, sino que es un problema humano, lo padece todo el que habita el mundo (si comemos algo en malas condiciones, tendremos gastritis). Dios ante esta realidad debida a la finitud del mundo, se preocupa hasta tal punto, que toda la Biblia, que es la experiencia humana desde la concepción de nuestras tradiciones, viene a librarnos de esta angustia existencial. ¿Cómo? Introduciendo en este mundo finito algo que lo va a trascender: el Amor. El Amor que procede de su propia infinitud. El amor va a salvar al ser humano del mal, incluso del provocado por él; es decir, el mal que la Biblia llamará pecado. Toda la historia bíblica es la historia de un Dios amoroso, incluso cuando regaña, como una madre a su hijo (te voy a matar), lo hace por amor. Pablo Sacchi en su obra sobre la historia del judaísmo en la época del segundo templo dirá: «A diferencia de Juan, Jesús no pensó en un Israel que se salvaría al lograr no caer en pecado, sino más bien en un Israel que se salvaría porque es capaz de perdonar» (p.365).

El perdón en la Biblia es el máximo exponente del amor (recordemos al Hijo Pródigo). A Jesús, momentos antes de su muerte le oímos decir: «Padre perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,14p). La preocupación de Dios por este mal que produce el mundo debido a su finitud, recorre la Biblia desde el Génesis al Apocalipsis. Y ante la finitud del mal Dios nos brinda el infinito de su amor.

Y es aquí donde entra la segunda sugerencia de Job: «Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza» (Job 42,5). Amando se conoce a Dios. ¿Por qué? Porque aunque somos finitos y no estamos acabados, tenemos en nuestra finitud una apertura al infinito. Quien ama siguiendo la humanidad querida por Cristo en el Evangelio, comprueba por propia experiencia que cuanto más amor da, más tiene. Y es ante esta experiencia amorosa, que el mal, aunque seguirá hasta el fin de los días, el creyente se siente salvado. Como Job, que cuando acepta su finitud, cuando se arrepiente en el polvo y ceniza, es decir, en lo caduco y por tanto finito, alcanza la visión de Dios. Confiemos que nosotros no seamos también de los que conocemos a Dios sólo de oídas. La experiencia de la Biblia siempre será personal: el Dios de Abraham, El Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, el de Moisés, el de Isaías, el de Cristo, el tuyo, el nuestro, siempre el Dios de alguien que sea capaz de seguir amando y en el Amor, encontrarse con Cristo. Que nadie, desde nuestra finitud, nos quiera paralizar en nuestra capacidad de amar. Pedro, fue llamado Satanás por el mismo Cristo: «Quítate de mí vista Satanás. Escándalo eres para mí» (Mt 16,21-23). Pedro pretendía como Job evitar el mal del sufrimiento. Cada uno en nuestra finitud, Jesús también, tenemos que aceptarlo y con el amor, trascenderlo (Lc 13,1-5).

Otra de las disonancias bíblicas que generan crisis en nuestro mundo actual producidas por ignorancia, es lo relacionado con la sexualidad. Vaya por delante que no vamos a decir aquí que todo el campo es orégano (entendamos debidamente la frase de San Agustín, ama y haz lo que quieras). Lo que queremos es no hacerle decir a la Biblia lo que no ha dicho. Un ejemplo, que si no fuera por el daño que hace en la conciencia de muchos cristianos causaría risa, es el de Onán, que narra el capítulo 38 del Génesis (contar el caso de Er, al morir no tiene descendencia y Onán ha de procurársela y por tanto perder la herencia, es la ley del levirato de Dt 25,5). Este y otros errores por una mala interpretación bíblica, nos ha llevado a entender la ley de Moisés con presupuestos ajenos a los que motivaron su promulgación. Siguiendo el ejemplo anterior, el octavo mandamiento nos ha llegado como una prohibición de deseo sexual: No desearás la mujer de tu prójimo. Si leemos el Decálogo observamos que el mandamiento no es sexual, antes bien es un precepto para salvaguardar la posesión privada: No desearás la mujer de tu prójimo, ni la casa, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno.

La disonancia entre los valores del pueblo y los de la religión no provienen de la Biblia. El caso de Onán muestra la ignorancia que tenemos con relación a los textos; esta ignorancia ha provocado, a su vez, la paralización de la forma de entender la sexualidad, y créanme, la Biblia tiene tal dinámica que es imposible echarle la culpa. Cuando en el segundo relato de Génesis se hace ver la desnudez del ser humano: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo?» (3,11). No es por castigo a un acto sexual. La desnudez no es consecuencia de un pecado sexual; en la antigüedad se desnudaba a los prisioneros para manifestar que estaban privados de sus derechos, en la desnudez del paraíso los derechos del uno son reconocidos por el otro. El derecho romano demostraba la pérdida de todo derecho al pasear al reo ante el pueblo, como a Jesús de Nazaret, desnudo. Así se les crucificaba. El tapa rabos, se ha puesto después, para cubrir, no sus vergüenzas, sino las nuestras. El pecado de Paraíso no es sexual, ella quiere apoderarse de la vida, Eva, que es madre, quiere poseer el árbol de la vida, y la vida y el conocimiento del bien y del mal, simbolizado en el otro árbol, no se pueden arrebatar a Dios (comérselos), porque Dios lo ha dado, previamente, como don.

Desde entonces el conocimiento es diálogo: «conoció el hombre a Eva, su mujer» (Gn 4,1) y a través de este diálogo, brota la vida. Los dos árboles del paraíso, marcan y siguen marcando la impronta de la humanidad. La humanidad Adán y Eva, al dialogar, al escucharse mutuamente, se convierten en imagen de la palabra que hizo posible el mundo. No hay sexualidad alguna. Es más, el sexo para la procreación es de origen animal, el sexo para el amor, es de origen humano. Si yo les contara las bodas, que hasta el siglo doce, trece de nuestra era, permitía la Iglesia en relación con las que permite hoy, a lo mejor alguien se levantaba de la silla, pero no, no se preocupen, no voy a ser tan drástico como Jesús de Nazaret, que ante sus provocaciones dice: «Dichoso aquel que no halle escándalo en mí» (11,6).

Sí, es cierto que como teólogo estas disonancias me preocupan ya que no casan ni con la ciencia, ni con lo que la razón va proponiendo cada día. Y sobre todo en estos momentos que nos tocan vivir en los que día a día la ciencia nos descubre como real lo que apenas unas horas antes era ciencia ficción. He apuntado el caso de Onán como disonancia por ignorancia, pero como observador de la moral bíblica y de la bioética me sonrojo cuando por miedo a que algunos pisen el pedal del acelerador, otros no levantan el pié del freno. Soy consciente que dentro de nuestra experiencia religiosa, deben existir personas que sean los guardianes de la ortodoxia (pisan el freno) y personas que van abriendo caminos nuevos de expresión (pisan el acelerador), dejemos que el Espíritu mantenga el equilibrio.

Para acabar con este tipo de disonancias, que nos daría para todo un curso, podemos añadir que el onanismo o placer solitario, casa mal con la historia de Onán, ya que de solitario, nada. Fíjense la importancia que ha tenido a lo largo de la historia y sigue teniendo, este malentendido que la prohibición de la fecundación in vitro, emana de aquí. (Explicar que no hablo de la licitud). Es curioso que la prohibición del onanismo masculino haya ido en paralelo con el olvido del femenino. Supongo que será porque siguen creyendo que la mujer, como en la época de Jesús, no pone nada en la fecundación. Job decía: «¿No me vertiste como leche y me hiciste cuajar como queso?» (Job 14,15). No les extrañe, en el siglo xvii descubrieron en el esperma los llamados homúnculos: hombres pequeñitos. La escasa resolución de aquellos primitivos microscopios, equivocaron la cabeza de lo que hoy conocemos como espermatozoide con un hombre completo en miniatura. Y fue entre los siglos xix y xx que se descubrió primeramente el óvulo y posteriormente la reproducción sexual con la fusión de los dos gametos ¿Cómo habrían tratado de explicar Lucas y Mateo el misterio de la anunciación, de conocer estos adelantos científicos? Repetimos que también en religión, no siempre lo que no es posible en un momento dado, deja de serlo más tarde, la historia bíblica es el mejor ejemplo: La ética de Moisés es constantemente refundida hasta llegar la ética de Jesús: promulgada para comprobar la imposibilidad de su cumplimiento: ¿quién se salva, si sólo por llamar imbécil o renegado a su hermano está condenado, o por una simple mirada con deseo ha de arrancarse el ojo, o cortarse la mano, o el absurdo de obligar a acompañar dos millas al que sólo te pide que le acompañes una? (Mt 5,22-42). Efectivamente no es el cumplimiento de la ley, por mucho que ésta se perfeccione, la que nos lleva al cielo, sencillamente porque es Dios quien, previamente nos lo ha dado. Conocer la ley (el bien y el mal), desde el paraíso, para alcanzar la divinidad, nos ha llevado a la perdición. Por ello Jesús nos propone una ética, que ante la imposibilidad de su cumplimiento, tengamos que descansar en las manos de un Dios que por encima de todo, ama.

Otra de las disonancias religiosas en nuestra sociedad se debe a la forma en la que a veces se mal interpreta el comportamiento humano en los textos bíblicos. Nuestra sociedad ha tenido y tiene (mal que le pese a alguno) una célula primaria de vital importancia. Esta célula es la familia. Al legislar sobre la familia, de hecho se ha legislado sobre el matrimonio, pero dado que lo que une al matrimonio es el amor, finalmente sobre lo que se ha legislado es sobre el amor. Ciertamente cuando el amor une, afirmamos con el evangelio que lo que Dios unió no lo separe el hombre (según Mt 19,1-9) pero debido a esta constante refundación ética, Marcos, en un contexto diferente añadirá, que no lo separe la mujer (Mc 10,12).

¿Qué sucede cuando la defectibilidad de los seres humanos hace desaparecer el amor que un día les unió? La sociedad ha encontrado solución al dilema: divorcio. No así la religión. Y le echamos la culpa a la Biblia, porque lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Y la consecuencia es una disonancia tal que muchas personas no entienden cómo parejas, normalmente de relevada importancia, casadas por la Iglesia, pueden en un futuro volverse a casar. ¿Qué ha sucedido? Que, siguiendo a Leon Festinger se han generado ideas y creencias nuevas para reducir la tensión. En el caso que nos ocupa se ha buscado la forma de declarar nulo el matrimonio realizado. Nulidad, sí, aunque se tengan varios hijos, pero divorcio no. Por tanto si el matrimonio es considerado nulo, es posible casarse posteriormente (ir previamente a un notario).

Como teólogo y creyente me pregunto si no estaría más acorde con la fe recibida seguir los pasos del Evangelio: ¿acaso ante problemas de convivencia matrimonial no encontraron soluciones las primeras comunidades cristianas? ¿Es culpable la Biblia de estas disonancias, o simplemente paralizamos sus enseñanzas por intereses no confesables? Ciertamente que sí: ¿cómo es posible que veintiún siglos después nos sintamos incapacitados para encontrarlas?
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