Las palabras y los mitos






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LOS OLIMPICOS


La hegemonía de los Titanes acaudillados por Crono no perduró. Después que Crono hubo derrotado y expulsado a Urano, este viejo dios del cielo predijo que su castigador sufriría el mismo trato de uno de sus propios hijos. Por ello, cada vez que Rea daba a luz un hijo, Crono lo devoraba.

El cuadro de Crono devorando a sus hijos tuvo una singular continuación en la historia de la astronomía. El científico italiano Galileo Galilei fue el primero en utilizar el telescopio para contemplar los cielos. Cuando lo enfocó hacia Saturno (recordemos que es el nombre romano de Crono) apenas pudo ver los anillos.

Por desgracia, su telescopio era demasiado débil para verlos con toda claridad. Sólo pudo atisbar como dos combas, una a cada lado de Saturno. Galileo dijo que era como si el viejo Saturno precisara de dos hijos jóvenes, uno a cada lado, para ayudarle en su titubeante marcha por el espacio.

Sin embargo, los anillos pueden verse bajo diferentes ángulos, según las posiciones que adoptan Saturno y la Tierra en sus desplazamientos en torno al Sol. A veces nos es dado contemplar los anillos justo por su borde, y entonces resultan tan delgados que dan la impresión de desaparecer. Cuando Galileo volvió a contemplar a Saturno, la situación era ésta, y comprobó que las dos combas habían desaparecido. Defraudado y confuso, exclamó: «¡Cómo! ¿Todavía devora Saturno a sus hijos?» Ya no volvió a contemplar el planeta y correspondió a Huygens, casi medio siglo más tarde, ver los anillos tal como eran en realidad.

A pesar de todo, Crono no pudo salvarse devorando a sus hijos. Rea, enojada por esa costumbre de su esposo, disfrazó a una piedra con ropa de niño y se la dio a comer en lugar de su sexto y último hijo. Éste era Zeus.

Zeus creció secretamente en una isla de Creta, al sur de Grecia. Allí fue alimentado con la leche de una cabra llamada Amaltea. Cuando fue mayor, su madre Rea le ayudó a engañar a Crono, dándole una bebida que provocó que el Titán devolviera los otros cinco hermanos y hermanas de Zeus. Como se trataba de dioses inmortales, todos ellos se encontraban con vida.

Zeus, sus hermanos y hermanas y todos sus descendientes fueron llamados los «Olímpicos» porque los griegos los representaron viviendo en el Monte Olimpo. Esta montaña, la más alta de Grecia con sus casi tres mil metros de altura, se encuentra cerca de los límites septentrionales del país. (Por supuesto, más tarde los griegos comprobaron que no existían huellas de dioses en el Monte Olimpo, por lo que concluyeron que el auténtico Olimpo se encontraba arriba, en los cielos.)

En la región de Elis, al sudoeste de Grecia, se celebraban unos juegos especiales cada cuatro años. El valle en el que tenían lugar se llamaba Olympia, en honor al Monte Olimpo, y años más tarde, Fidias, el más grande escultor de Grecia, realizó la estatua del «Zeus Olímpico» para colocarla donde se celebraban las competiciones. Esta estatua fue considerada como una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Los primeros «Juegos Olímpicos» de los que se tiene noticia, se celebraron en el año 776 a.C.. Constituían el mayor acontecimiento del mundo griego. Los triunfadores en las competiciones eran colmados de honores y los griegos llegaron a contar los años basándose en estas competiciones. Cada cuatro años tenía lugar una «Olimpíada», y cada una de ellas llevaba un número de orden. Con la llegada del cristianismo, los juegos fueron tachados de festival pagano. El emperador romano Teodosio les puso fin en el año 394 de nuestra era, tras casi trescientas Olimpíadas.

En el año 1896, fueron resucitados y la primera versión de estos juegos, llamados igualmente Olímpicos, tuvo lugar en Grecia. Desde entonces, se han celebrado en varios países, incluyendo a los Estados Unidos. Exceptuando las interrupciones a causa de la Primera y Segunda Guerras Mundiales, han proseguido cada cuatro años, como en tiempos antiguos. Y, en consecuencia, seguimos honrando al Zeus Olímpico, al menos por el nombre de estos juegos.

Volviendo a los mitos, diremos que los Olímpicos, una vez rescatados de Crono, aceptaron el caudillaje de Zeus y se rebelaron contra los Titanes. Estos eran más poderosos en cuanto a fuerza bruta. Pero Zeus se alió con los Cíclopes, que habían sido encarcelados anteriormente por los Titanes. Los Cíclopes forjaron rayos para Zeus, quien los utilizó para derrotar a los Titanes. Encarceló a algunos de ellos bajo tierra y condenó a Atlas, su caudillo, a sostener los cielos. Algunos Titanes (como Océano, que había permanecido neutral e incluso se unió a los Olímpicos) fueron dejados en paz.

Esta batalla entre Titanes y Olímpicos puede ser una descripción simbólica de la invasión de la tierra que ahora denominamos Grecia por los primeros griegos. Estos llevaron consigo a sus dioses, incluido Zeus, desplazando o absorbiendo a los dioses de los habitantes de la Grecia primitiva.

La población sometida, que se encontró bajo el mando de aquellos extranjeros griegos, fue adoptando gradualmente la lengua y costumbres griegas. Sin embargo, debieron de recordar con cierta nostalgia sus tiempos pasados ya que surgió una leyenda, sin duda exagerada, de que había existido una «edad de oro» bajo el mandato de Crono. Durante ella todo el mundo era feliz comiendo nueces y frutas y bebiendo leche. No existían el dolor ni la enfermedad, la muerte sobrevenía con placidez, como su hermano, el sueño. Todavía hoy, cuando hablamos de una época de la historia de una nación en que ésta fue muy poderosa o llena de prosperidad, utilizamos la expresión «edad de oro».

Los dos hermanos de Zeus eran Poseidón y Hades. Tras la victoria sobre los Titanes, se convino que Zeus continuara siendo el caudillo de los Olímpicos, pero sus hermanos echaron a suertes qué partes del universo debían quedar bajo su cuidado. A Zeus se le adjudicó el aire; a Poseidón, el mar, y a Hades, el mundo subterráneo.

Como Hades se ocupó del mundo subterráneo fue considerado el dios de la muerte, ya que mundo subterráneo y muerte siempre han ido asociados. Ello tal vez se deba a la costumbre de enterrar a los muertos bajo tierra. (Los griegos, en tiempos más próximos a los actuales, quemaban a los muertos, pero anteriormente, cuando se elaboraron los primeros mitos, los enterraban.) Como consecuencia de ello, el lugar donde moraban los espíritus de los muertos era llamado «Hades», de acuerdo con el nombre del dios. La palabra «hades» proviene de otras palabras griegas que significan «invisible», ya que no podemos ver bajo tierra.

Por lo tanto, Hades no era propiamente un Olímpico, puesto que no vivía en el Olimpo. Más bien se convirtió en uno de los «dioses tectónicos», es decir, un «dios subterráneo».

Los griegos tenían otros dioses del mundo subterráneo, y normalmente se les describía como seres terroríficos y monstruosos. Se les creía originados por Caos, pero por una línea genealógica que no involucraba a Urano ni a Gea. Caos dio vida a Nix la diosa de la noche, y a Erebo, el dios de las tinieblas subterráneas.

Continuamos evocando a la diosa de la Noche cuando calificamos de «nocturnas» las cosas de la noche. De modo similar, una composición musical para ser tocada al anochecer es un «nocturno». En lo que se refiere a Erebo, existe un volcán del mismo nombre en la Antártida. Resulta un nombre adecuado si pensamos en la larga y fría noche de la Antártida y en el torvo cráter del volcán que conduce hacia las tinieblas del mundo subterráneo.

A Erebo y Nix (la Noche) se les considera padres de las Moiras, o Hado. También son los padres de Tártaro, que probablemente fue el dios del mundo subterráneo antes de que la invasión de los griegos trajera a los Olímpicos. Hades desplazó a Tártaro, del mismo modo que Zeus desplazó a Crono.

Algunos de los escritores griegos que elaboraban los mitos conservaron los nombres de Hades y Tártaro. Hades era considerado un lugar donde no se trataba mal del todo a los muertos. Pero, más abajo, estaba Tártaro, donde eran enviados los hombres y los dioses malos, como castigo. Probablemente Tártaro dio lugar a muchas de las nociones del Infierno de los cristianos.

Tártaro dejó su huella en un trágico episodio de la historia. En el siglo XIII, las tribus mongoles, dirigidas por Gengis Khan, abandonaron sus tierras del Asia central, invadieron China, Persia, Rusia y Polonia, sembrando la muerte y la destrucción. Probablemente fue la invasión bárbara más desastrosa de la historia.

Los mongoles se llamaban a sí mismos «Tártaros». Tan terrible fue su invasión que diríase que transformaron la tierra en Tártaro, y resultó lógico, aunque erróneo, apodarles «Tártaros».

En lo que concierne a Hades, la mitología dice muchas cosas de él. Por ejemplo, se dice que Hades tenía como frontera el río Éstige. Todo cuanto pertenece a Éstige, y por consiguiente al mundo de los infiernos, es llamado «estigio». Esta palabra se usa especialmente en la frase «oscuridad estigia», que significa una gran oscuridad, la del mundo subterráneo. Por razones desconocidas, el Éstige era muy sagrado para usarlo como juramento. Un juramento hecho en nombre del río Éstige no podía ser roto.

Para penetrar en el Hades, había que cruzar el río Éstige con una barca conducida por Caronte, otro de los hijos de Erebo y Nix. Este nombre se aplica irónicamente a los barqueros.

En la ribera opuesta del Éstige, la entrada al Hades estaba vigilada por un perro monstruoso de tres cabezas, llamado Cerbero. También este nombre se aplica jocosamente a cualquier guardián. Cerbero sólo dejaba pasar a quien primero le lanzara, como pago, un trozo de pan. Por esta razón, la frase, existente en el actual inglés, «arrojar una sopa a Cerbero» significa sobornar mediante un pago a un oficial para conseguir algo.

Una vez dentro de Hades, los espíritus del muerto bebían de una fuente llamada Lete, palabra griega que significa olvido. Al beber, olvidaban su vida pasada y se convertían en espíritus indiferentes y embarullados consigo mismos. Todavía hoy decimos que es «leteo» cualquier cosa que origina el olvido. Y se considera que no tenemos memoria si estamos dormidos o inconscientes, por lo que se dice que estamos en estado «letárgico». Y dado que el olvido completo sobreviene con la muerte, decimos que es «letal» cualquier cosa mortífera.

Los espíritus del muerto no se veían obligados a soportar únicamente la oscuridad y el horror. Los espíritus que se hacían merecedores de ello, podían ir a un departamento de Hades, donde todo era felicidad y alegría. Se creía que este departamento estaba más en manos de Crono que de Hades, lo cual era todavía un resabio de la leyenda de la Edad de Oro. Este lugar feliz tenía por nombre Elíseo o Campos Elíseos. Hoy día seguimos hablando del Elíseo como de un lugar o de un tiempo lleno de felicidad, e incluso lo empleamos como sinónimo de «cielo». En francés, el nombre es Champs Elysées, que es al mismo tiempo nombre de una bella avenida de París.

Algunos de los creadores de mitos consideraron que los Campos Elíseos no podían estar en Hades, y los situaron, junto con otras maravillas, en el lejano oeste. Entonces fueron llamados «Islas Benditas» o «Islas Afortunadas».

Por supuesto el subsuelo no es tan sólo la morada de los muertos. También es la fuente de metales, especialmente el oro y la plata. El dios de la riqueza es Pluto, y de él se deriva la palabra «plutocracia», que significa gobierno de los ricos.

Al ser señor de las regiones subterráneas de las que procedía la riqueza, el dios Hades también recibió otro nombre: Plutón.

Los romanos identificaron a dos de esos dioses con otros suyos. Tenían un dios del cielo llamado Júpiter, que fue identificado con Zeus; y un dios de los manantiales y ríos, llamado Neptuno, que fue identificado con Poseidón.

Ambos quedaron inmortalizados en los planetas. Los griegos pusieron el nombre de Zeus al quinto planeta. Resultaba lógico puesto que el quinto planeta es el más brillante, excepto la estrella del anochecer y de la madrugada. La estrella del anochecer, sin embargo, sólo aparecía durante unas pocas horas tras la puesta del sol, y la de la madrugada sólo unas pocas horas antes del alba, mientras que el quinto planeta brilla durante toda la noche.

Por supuesto, los romanos usaron su propia versión del nombre, y por ello, conocemos el planeta con el nombre de «Júpiter».

Los romanos tenían un segundo nombre para Júpiter, que era Jovis. No se utiliza mucho, excepto en la expresión anticuada «por Jovis». Sin embargo, cuando hacen función de adjetivos, Jovis es más empleado que Júpiter. Por ejemplo, no decimos nunca «satélites jupiterinos», sino «satélites jovianos».

Neptuno tuvo que aguardar hasta los tiempos modernos para conseguir un honor planetario similar. En los primeros años del siglo XIX los astrónomos observaron atentamente el planeta Urano, con objeto de determinar exactamente su órbita alrededor del Sol. Sorprendidos, comprobaron que su movimiento real experimentaba un pequeño retraso en relación con sus cálculos. Algunos creyeron que debía de existir otro planeta detrás de Urano, cuya gravitación frenara un poco a este último.

Un astrónomo inglés, John Couch Adams, y un astrónomo francés, Urbain J. J. Leverrier, sin conocerse entre sí, calcularon al mismo tiempo dónde debía encontrarse este planeta para que pudiese producir tal efecto sobre Urano. Ambos llegaron a la misma conclusión. Leverrier fue el primero en anunciar sus resultados, y en 1846, un astrónomo de Berlín escudriñó el punto indicado por Leverrier y vio el octavo planeta.

Se le puso el nombre de «Neptuno» no por razones especiales, sino simplemente porque Neptuno era un dios importante y carecía de planeta.

A pesar de la presencia de Neptuno, el desplazamiento de Urano seguía retrasándose un poco. El astrónomo americano Percival Lowell, en los primeros años del siglo XX, intentó descubrir otro planeta todavía más distante. Fracasó, pero sus sucesores consiguieron ver el noveno planeta en 1931.

Este noveno planeta se desplaza lejos de la luz solar y se adentra en las tinieblas del espacio, entre las estrellas, por lo que fue nombrado «Plutón». Las dos primeras letras del nombre eran casualmente las iniciales de Percival Lowell.

Plutón es el único planeta importante que tiene nombre griego, y no romano. Los romanos tenían un dios del mundo subterráneo llamado Dis, y a veces Dis Pater («Padre Dis») cuando se referían a Hades, pero por razones ignoradas no se introdujo en el mundo occidental, como sucedió con otros nombres latinos de dioses.

El descubrimiento de Neptuno y Plutón encontró un eco en química, durante la Segunda Guerra Mundial. El uranio era el elemento más complicado que se conocía en 1940. Todos los elementos aparecían relacionados en una lista, llamada «tabla periódica», siguiendo el orden de creciente complejidad. Los elementos iban del 1 hasta el número 92, y el uranio era el 92.

Sin embargo, en 1940, químicos de la universidad de California aprendieron a producir pequeñas cantidades de nuevos elementos que ocuparon los puestos 93 y 94 de la tabla periódica. Estos elementos estaban detrás del uranio en la tabla, y por consiguiente, recibieron el nombre de los planetas que están detrás de Urano. Y así, el elemento número 93 es conocido con el nombre de «neptuno» y el elemento número 94, con el de «plutonio».

El planeta Júpiter, como corresponde al que lleva el nombre del caudillo de los dioses, tiene la familia de satélites más numerosa de todo el sistema solar. Son doce, en total. Cuatro de ellos fueron descubiertos por Galileo, en 1610. Fueron los primeros objetos del sistema solar descubiertos con el telescopio, y todos ellos son satélites grandes. Dos de ellos son mayores que nuestra Luna y los otros dos son tan sólo un poco menores que ella. Cada uno de los satélites recibió un nombre de una persona estrechamente relacionada con Zeus en los mitos.

Por ejemplo, Zeus estuvo enamorado durante un tiempo de una ninfa de río llamada Io. Sin embargo, Zeus estaba casado con Hera, una de las hijas de Crono y Rea, que era muy celosa. Zeus convirtió a Io en una ternera blanca para disimularla, pero Hera sospechó y envió a un gigante llamado Argo para que vigilara a Io.

Argo tenía cien ojos, y siempre tenía algunos abiertos. Por esta razón, cualquier persona observadora y alerta se dice que «tiene ojos de Argo». Pero Zeus sumió a Argo en un sueño mágico que le cerró sus cien ojos, y entonces le mató. Hera colocó los ojos de Argo en la cola del pavo real que era su ave preferida. Por ello, un pájaro muy parecido al pavo real lleva el nombre de «faisán de Argo».

Pero las sospechas de Hera sobre Io se vieron confirmadas, por lo que le envió una mosca para aguijonearla constantemente y alejarla, sin dejarle un momento de reposo. Y el relato dice que Io empezó a vagar por todo el mundo conocido. Cruzó el estrecho que separa Europa de Asia, justo en el punto donde se halla emplazada Estambul, y este estrecho recibió el nombre de Bosphorus, que significa «ternera que cruza». En otra ocasión, Io nadó por la franja del Mediterráneo que separa Grecia de Italia, por lo que fue denominado mar Jónico. Finalmente, se la dejó tranquila en Egipto.

Una historia similar se explica de la ninfa Callisto. Zeus la transformó en osa para esconderla de Hera. O tal vez fuese Hera quien lo hiciera para castigar a la ninfa.

Un caso en que fue Zeus quien se transformó en animal está relacionado con una doncella (no una ninfa, sino un ser humano) llamada Europa. Vivía en Fenicia, en la costa asiática del Mediterráneo. Zeus se transformó en toro blanco y nadó hasta la playa donde ella se encontraba con sus sirvientes. El toro era tan majestuoso y manso que Europa se sentó sobre su espalda. Entonces el toro aprovechó la ocasión, se metió en el agua y nadó hasta la isla de Creta. Europa fue el primer ser humano que llegó a esta parte del mundo, según rezan los mitos, por lo que el continente del que forma parte Grecia, fue llamado «Europa» en honor suyo.

También un joven se encontró involucrado en otro caso parecido. Era Ganímedes, un hermoso muchacho que fue raptado por Zeus, transformado en águila, y llevado al Olimpo. Allí, Ganímedes servía de copero, escanciando las bebidas durante los festines.

Como resultado de estas historias, los cuatro satélites de Júpiter descubiertos por Galileo fueron bautizados con los nombres de «Io», «Europa», «Ganímedes» y «Calisto», siguiendo el orden de distancia del planeta. El tercer satélite, Ganímedes, es el mayor en el sistema solar. Tiene 3.200 millas de diámetro y es más pesado que Titán.

Hasta 1892 no fue descubierto un quinto satélite de Júpiter, gracias al astrónomo americano, Edward Emerson Barnard. Era pequeño, con un diámetro de sólo 100 millas, dando vueltas en torno a Júpiter a una distancia incluso menor que el más cercano de los satélites mayores.

Se le llama a veces «satélite Barnard», en honor a su descubridor y, a veces, «Júpiter V» porque fue el quinto de los satélites de Júpiter localizados. Pero su nombre semioficial es «Amaltea», según el nombre de la cabra que amamantó a Zeus cuando era niño. Parece lógico que la nodriza de su niñez tendría que estar más cerca de él en el cielo que cualquiera de los otros compañeros que tuvo cuando fue adulto.

Poco después del 1900 fueron descubiertos siete satélites más de Júpiter. Todos ellos son muy pequeños y muy distantes de Júpiter. Ninguno tiene nombre.

Pasando al planeta Neptuno, digamos que tiene dos satélites, y ambos están relacionados con él en la mitología.

Poseidón tenía un hijo llamado Tritón, que era mitad hombre y mitad pez (una forma usual entre los griegos de representar a los dioses y diosas del mar). Poseidón se vio arrastrado por una tormenta en el mar, y Tritón salió a la superficie, sopló con una concha marina y, al sonido de esta trompa, el mar se calmó.

Sólo un mes después de haber sido descubierto el planeta Neptuno, un astrónomo británico, William Lassell, comprobó que tenía un gran satélite, casi tan grande como Titán o Ganímedes. Se le dio el nombre de «Tritón».

(Volviendo a la Tierra, existe un caracol marino que también lleva el nombre de «Tritón», porque su concha es parecida a la que se supone utilizó Tritón.)

En 1950, el astrónomo americano G. P. Kuiper descubrió un segundo satélite de Neptuno, mucho más pequeño que Tritón. Lo llamó «Nereida» basándose en las cincuenta ninfas de mar que cuidaban de Poseidón en sus travesías marítimas.

A Plutón no se le conocen satélites. Urano, en cambio, tiene cinco. Pero los satélites de Urano son los únicos del sistema solar que no llevan nombres de la mitología griega o romana, por lo que no es preciso referirnos a ellos.

Además de los planetas, el cielo contiene millares de estrellas. Éstas son «estrellas fijas» porque, al contrario de los planetas, no cambian de posición unas respecto de las otras. Configuran estructuras que son inmutables, noche tras noche, año tras año.

Los pastores y campesinos de los tiempos prehistóricos estudiaron estas estructuras porque les servían de calendario. El Sol se mueve sobre un fondo de estrellas, y en cada época del año se ven estrellas diferentes.

El mejor modo de entender su situación era dividir las estrellas en grupos, que hoy día son llamados «constelaciones» (de las palabras latinas que significan «con las estrellas»). Por ello, podían decir que cuando una determinada constelación aparecía por el este, era tiempo de cosecha; o que la salida de otra al amanecer indicaba que había llegado la hora de la siembra, etc.

A este respecto, las constelaciones más importantes eran las que atravesaba el Sol en su recorrido por el firmamento. Son doce. La razón de ser doce es que las fases de la Luna se utilizaban también para contar el tiempo. La Luna pasaba por sus fases doce veces, mientras el Sol recorría las constelaciones sólo una vez. Es decir, durante el año hay doce meses y el Sol invertía un mes en cada una de las constelaciones.

La manera más natural de diferenciar una constelación de otra es ver la figura que dibujan las estrellas de cada una de ellas. Era inevitable que, a medida que el tiempo transcurría, la gente empezara a elaborar complicadas formas con estas estructuras. Ocho estrellas en forma de «V» podían semejar la cabeza de un toro con sus cuernos. Estrellas formando una «C» podían sugerir inicialmente un saludo, y posteriormente, un arquero.

El resultado es que muchas de estas constelaciones representan animales o personas. De hecho, el círculo de doce constelaciones por las que discurre el Sol en su periplo contiene tantos animales imaginarios que es llamado el «zodíaco», palabra griega que significa «círculo de animales».

Los griegos heredaron la mayoría de estas constelaciones de los babilonios. Cuanto hicieron fue cambiar las figuras para que se adaptasen a sus propios mitos, o bien inventar mitos para explicar las figuras.

Por ejemplo, existe una constelación en el zodíaco que es conocida con el nombre latino de Capricornio, derivado de las palabras que significan «cabra con cuernos».

Los griegos concluyeron que esta cabra era, en realidad, Amaltea, la cual había sido colocada en los cielos por Zeus, reconocido éste por el alimento que recibió de ella cuando niño. Si hubiese sido así, tendríamos que Amaltea también dejó sus huellas en la geografía.

El 21 de diciembre, el Sol alcanza el punto más meridional de su recorrido. Entonces sus rayos caen directamente sobre una línea que pasa por el norte de Argentina, el sur de África y el centro de Australia. Esta línea recibe el nombre de «Trópico de Capricornio» porque en esta época del año el Sol está recorriendo la constelación de Capricornio.

Las constelaciones del zodíaco empiezan a contarse tradicionalmente a partir de la que (en tiempos de los griegos) coincide con el Sol en su equinoccio de primavera. Siguiendo este orden, Capricornio es el décimo «signo del Zodíaco».

Todavía queda otro rastro de Amaltea en el lenguaje. Zeus tomó uno de los cuernos de la cabra y le confirió el poder de estar eternamente repleto de alimentos y bebida. Éste es el «cuerno de la abundancia» que también es conocido en su versión latina (la palabra «cornucopia»). Las estrellas más brillantes de Capricornio (ninguna es muy brillante) componen una figura parecida a una cornucopia. Puede que ello fuese lo que proporcionase a los griegos la idea de que representaba a Amaltea.

Otra constelación relacionada con Zeus implica a una ninfa, Calisto, que ya he mencionado anteriormente. Cuando vivía convertida en osa, su hijo, Árcade, se la encontró e ignorando que era su madre, levantó la espada para matarla. Para evitarlo, Zeus también convirtió a Árcade en oso y colocó a ambos en el cielo. Calisto es ahora la constelación de la Ursa Major u «Osa Mayor», mientras que Árcade es la Ursa Minor o la «Osa Menor».

La Estrella Polar o del norte, pertenece a la Osa Menor. Los griegos sabían que desplazándose hacia el norte, la Estrella Polar se va levantando cada vez más en el firmamento. Con ella nacieron las dos constelaciones de las osas. «Oso» en griego es arktos, por lo que denominaron las regiones septentrionales «artikos».

Por ello, al hablar del área que rodea el Polo Norte, la denominamos «zona ártica» y la reunimos en una línea imaginaria llamada «círculo ártico». Las aguas de esta zona ártica, siempre heladas en su superficie son, lógicamente, el «Océano Ártico».

En torno al Polo Sur tenemos la «zona antártica» delimitada por el «círculo antártico». El prefijo «ant » significa «opuesto a» y el antártico se encuentra, como es natural, al lado opuesto del ártico. El continente helado que se encuentra dentro de la zona antártica es la «Antártida» y el mar que lo rodea es el «Océano Antártico».

Todavía queda otra huella de Calisto en el cielo. Hay una estrella brillante cerca de las dos constelaciones del oso, que parece contemplarlas desde toda la eternidad (tal vez enviada por Hera). Tal estrella lleva el nombre de «Arturo», palabra derivada de las de origen griego que significan «guardar los osos».

Zeus glorificaba a los animales en que él mismo se convertía. Por ejemplo, el toro en que se convirtió para raptar a Europa fue colocado en el cielo con el nombre de Taurus, que es la palabra latina que significa «toro». Éste es el segundo signo del zodíaco.

Es posible que, en su origen, el toro tuviese una significación puramente práctica. El Sol entra en Tauro al comienzo de la primavera y ello puede simbolizar que ha llegado el momento de arar. En tiempos antiguos se utilizaban bueyes para arar, por lo que resulta clara la relación.

También puede ser que el águila, animal en que Zeus se transformó para llevarse a Ganímedes, sea honrada en la constelación de «Aquila», que es el nombre latino de «águila».

Podría dar la impresión de que las estrellas individuales de estas constelaciones eran usadas para recordar los mitos. En realidad, no es así en la mayoría de casos. Muchas estrellas llevan nombres árabes, y los recibieron en tiempos de la Edad Media. Las que llevan nombres de origen griego o romano, como Arturo, son una minoría.

Crono y Rea tenían tres hijas y tres hijos. De ellas, ya he mencionado a Hera, que era hermana y esposa de Zeus. Era la diosa del matrimonio, del alumbramiento y de las cosas femeninas en general. Las otras dos eran Démeter, diosa de la agricultura, y Hestia, la diosa del hogar.

En la mitología, las hijas de Crono no son tan famosas como los hijos. Hera es importante sobre todo como esposa de Zeus, y Hestia apenas es mencionada. Démeter, como diosa de la agricultura, está relacionada con aquellas viejas religiones de los tiempos anteriores a la llegada de los griegos. Se ha conservado un conocido mito acerca de ella.

Démeter tenía una hija, Perséfone, quien, mientras se encontraba jugando en los campos de Sicilia, fue raptada por Hades, enamorado de ella. Démeter la buscó infructuosamente durante mucho tiempo y, entristecida, se negó a que la tierra produjese frutos. La humanidad se vio asolada por el hambre.

Entonces, Zeus convenció a Hades para que permitiese que Perséfone regresara a la Tierra, aunque con la condición de que ésta no hubiese comido ninguno de los alimentos que se encuentran en el infierno. Pero, en el último instante, Hades engañó a Perséfone para que comiese cuatro granos de granada. En consecuencia, Démeter tuvo que aceptar que Perséfone permaneciera bajo tierra, junto con Hades, cuatro meses al año, uno por cada uno de los granos.

Mientras Perséfone se encontraba bajo tierra, ésta dejaba de producir frutos, los árboles perdían sus hojas e incluso el Sol apenas lucía. Sólo al regreso de Perséfone, la diosa de la agricultura permitía que la tierra recobrase la vida.

Este mito intenta explicar la llegada anual del invierno.

Démeter se sentía especialmente atraída por un lugar cerca de Atenas, llamado Eleusis. El mito lo explicaba diciendo que Démeter había pasado por Eleusis en búsqueda de Perséfone, y fue tan bien tratada allí que enseñó a sus moradores ciertos ritos.

Sin embargo, estas ceremonias probablemente existían ya antes de que los griegos invadieran aquellas tierras. Los cultos de Eleusis eran diferentes de los de Olimpia. Los ritos Olímpicos eran celebrados sin restricciones para nadie y todo el mundo podía participar en ellos. En cambio, las ceremonias eléusicas eran secretas y sólo se toleraba la participación de los iniciados en ellas.

Además, el que había sido iniciado tenía que jurar que nunca revelaría aquellos ritos (y nadie lo hizo nunca). El que había prestado este juramento era llamado mystes, palabra griega que significa «boca cerrada». Por ello, aquellos ritos secretos eran denominados misterios. Hubo bastantes «religiones mistéricas» en la antigua Grecia, pero los misterios eleusinos eran los más famosos.

Como es lógico, la palabra «misterio» se fue debilitando gradualmente hasta que significó cualquier cosa secreta o escondida. Actualmente, el uso más común de esta palabra es para el libro que describe un crimen muy enrevesado al que uno tiene que descubrir la solución ingeniosamente disimulada.

Los romanos identificaban a tres de sus diosas con las tres hijas de Crono, y en los tres casos el nombre que nos resulta más familiar es el latino. Hera se identificaba, para los romanos, con Juno, la esposa de su Júpiter. Ceres, la diosa de la agricultura, era identificada con Démeter. Y su diosa del hogar, Vesta, fue identificada con Hestia. (Además, su versión del nombre Perséfone es Proserpina, que es el que nos resulta más familiar actualmente.)

Algunas de las huellas dejadas por estas diosas nos resultan muy conocidas. El sexto mes estaba consagrado a Juno, y por ello, lo llamamos «junio». Juno (Hera) es la diosa del matrimonio y junio es el mes tradicionalmente considerado como el apropiado para casarse.

Ceres (Démeter) es la diosa de la agricultura y especialmente de los granos, como el trigo, el maíz, el arroz, la cebada y la avena. Estos son los alimentos más importantes en una sociedad agrícola y tienen el nombre genérico de «cereales» basado en Ceres.

La huella de Vesta queda un poco anticuada hoy en día. Era la diosa del hogar y cuando fueron inventadas las cerillas, por su semejanza con un pequeño fuego, fueron denominadas durante un corto tiempo «vestas».

Ninguna de las hijas de Crono fue honrada en los planetas conocidos por los griegos. Sin embargo, en 1801, se presenta la oportunidad para remediar la situación, ya que un astrónomo siciliano, Giuseppi Piazzi, descubrió un pequeño planeta que seguía una órbita entre Marte y Júpiter. Era más pequeño que los restantes planetas conocidos en aquella época, ya que sólo medía 485 millas de diámetro.

Ceres siempre había estado especialmente relacionada con Sicilia, ya que era una tierra productora de cereales en tiempos de los griegos y romanos. Además, fue en Sicilia donde Perséfone fue raptada. Por ello, Piazzi honró a su región natal, sugiriendo que este pequeño planeta fuese llamado Ceres. Y su sugerencia fue aceptada.

Una vez hecho esto, Ceres también entró a formar parte de la tabla de elementos. Klaproth, del que ya he hablado anteriormente, tenía la costumbre de denominar a los elementos con nombres míticos y, en especial, con nombres de nuevos planetas relacionados con los mitos. Por ello, en 1803 puso el nombre de Ceres a un nuevo elemento y el «cerio» fue agregado a la lista.

En realidad, se demostró que Ceres era tan sólo el primero de un gran número de pequeños objetos situados entre Júpiter y Marte. Todos ellos son conocidos con el nombre de «asteroides», «planetoides» o «planetas menores». En 1802 se descubrió el segundo planetoide; en 1804, el tercero y en 1807, el cuarto. En el transcurso de los siguientes cuarenta años no se descubrieron más, pero luego, con el uso de mejores telescopios y, a veces, de la fotografía, aparecieron millares de ellos.

El uso del nombre Ceres impuso la costumbre de ponerles a todos los planetoides (con algunas excepciones que señalaré más adelante) nombres de diosa. Ello deparó a los astrónomos la oportunidad de honrar a diosas de segundo orden y ninfas.

Entre las primeras en ser honradas se encuentran las hijas de Crono. El primer planetoide recibió el nombre de Ceres, tal como acabamos de ver. El tercero en ser descubierto llevó el nombre de «Juno» y el cuarto, «Vesta».

Aunque Vesta no es el planetoide de mayor tamaño (es Ceres), en cambio es el más brillante. Es el único asteroide que a veces puede ser visto, aunque confusamente, a simple vista, por lo que le resulta apropiado el nombre de la diosa del hogar.
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