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Franco Passatore pone «las cartas en la fábula»


Lo que he venido diciendo en el capítulo precedente, para salvar la presencia de las fábulas populares en los juegos de invención, no debe interpretarse como una sugerencia, por mi parte, de que esta presencia haya de ser obligatoria. Junto a las «cartas de Propp» y al mismo tiempo que ellas, pueden existir otras diferentes, pero no menos productivas.
Como ejemplo citaré el bellísimo juego inventado por Franco Passatore y sus amigos del «Gruppo Teatro-Gioco-Vita», y que se llama «pongamos las cartas en la fábula». El juego es descrito en el libro lo ero l'albero (tu il cavallo) (Yo era el árbol; tú el caballo), de Franco Passatore, Silvio De Stefanis, Ave Fontana y Flavia De Lucis (Guaraldi, Bolonia 1972), en el capítulo «Quaranta e piú giochi per vivere la scuola» (Cuarenta y muchos juegos para vivir la escuela):
El juego consiste en inventar e ilustrar una historia colectiva; puede ser estimulado por una baraja de cartas ya preparada por el animador, consistente en una cincuentena de cartoncitos, sobre los que habrá pegado recortes e imágenes de los diarios y revistas. La lectura de estas imágenes es siempre diferente, porque cada una de las cartas de la baraja se relaciona con la anterior o la sucesiva sólo por la libre asociación de ideas o por un juego de fantasía. El animador, sentado en medio del círculo de niños, hace escoger una carta al azar a uno de ellos: éste deberá interpretarla verbalmente, dando inicio a la historia colectiva. Su exposición deberá ser acompañada con un dibujo o con un «collage» que realizará sobre una gran hoja de papel, y servirá al compañero que le suceda, en la explicación del cuento, interpretando otra carta, para que su narración se articule con la primera, y para continuar, sobre la misma hoja de papel, con el dibujo o «collage» ya iniciados. El juego continúa así, hasta el último niño, al que se encarga la tarea de acabar la historia. El resultado será un largo y gran panel ilustrado por todos los niños, que podrán releer visiblemente la historia colectiva.
En el libro, el juego era presentado con el título de una especie de espectáculo de participación, como una «especulación» aún no realizada. Espero que ahora ya sean muchos los niños que han puesto «las cartas en la fábula», y que hayan dado material de estudio a sus profesores.
A mí me parece un juego bellísimo. Tan bello que querría haberlo inventado yo. Pero no me siento celoso de Franco Passatore y de sus amigos. Les he visto trabajar en Roma, durante una «Festa de l'Unitá». Conocen un gran número de juegos de invención y disponen de una técnica de «animación» articulada en decenas y decenas de experimentos. Por ejemplo, dan a los niños tres objetos dispares: una cafetera, una botella vacía y una pala, con estos tres objetos les invitan a inventar y representar una escena. Es casi como inventar un juego con tres palabras, pero mucho mejor aún, ya que los objetos ofrecen a la imaginación un soporte mejor y más seguro que las palabras: se pueden mirar, tocar, manejar y obtener de ellos muchas sugerencias fantásticas; la historia puede nacer a partir de un gesto casual, de un ruido... Además, el carácter colectivo no puede hacer otra cosa más que estimularla: entran en juego y se encuentran creativamente experiencias diversas, recuerdos y ritmos personales, la función crítica del grupo.
El «Gruppo Teatro-Gioco-Vita» cree en los objetos. A menudo, cuando quieren hacer dibujar a los niños, les dan a cada uno de ellos una cajita misteriosa conteniendo: un poquito de algodón empapado en gasolina, un caramelo, algo con olor a chocolate. La inspiración nos puede llegar también por la nariz.
En los juegos del Gruppo los niños son a un tiempo autores, actores y espectadores. La situación favorece su creatividad en todo momento, en cualquier dirección.


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Fábulas en «clave obligada»


En honor del juego de «poner las cartas en la fábula» habíamos abandonado por un momento las fábulas populares. Ahora volvemos a ellas para una última aplicación técnica. Tal vez deberíamos haber hablado de ello antes de enfrentarnos a las «cartas de Propp». Habría sido más normal. Pero introducir alguna irregularidad en una gramática es casi «de rigor». Y de otra parte, la técnica a que voy a referirme se puede aplicar muy bien a las «funciones» de Propp, que contribuyen a hacerla más clara.
Dentro de cada «función» son posibles infinitas variaciones, como ya hemos dicho. Esta técnica de la variación puede ser aplicada al conjunto de la fábula, para la que podemos inventar una modulación, o una transposición de tonalidades.
Tomemos el tema fantástico: «Explicad la historia del flautista de Hamelin ambientada en la Roma actual.»
La introducción de esta clave (o si se quiere de esta doble clave, de tiempo y de lugar) nos obliga a buscar el momento de la vieja fábula en que es posible el comienzo de la modulación. Una Roma actual invadida por los ratones es fácil de imaginar sin recurrir al absurdo. Pero sería inútil. Roma está efectivamente invadida, no por ratones, sino por automóviles, que atascan sus calles, ahogan plazas y plazuelas, se suben a las aceras, roban espacio a los peatones, e impiden a los niños jugar. Disponemos, ahora, de una hipótesis fantástica que lleva al campo de la fábula una buena dosis de realidad, que es lo mejor que podíamos desear. Veamos cómo se desenvuelve la historia con la nueva clave:
Roma se halla invadida por los automóviles (aquí sería bueno describir la invasión en términos de fábula; con aparcamientos incluso en la cúpula del Vaticano, pero no tenemos tiempo). El alcalde ofrece un premio: su hija se casará con quien ponga remedio a esta situación. Se presenta un joven flautista, de esos que recorren Roma, en Navidad, con el caramillo bajo el brazo: se ofrece a limpiar la urbe de coches, si a cambio el alcalde se compromete a que las mayores plazas serán reservadas para los niños y sus juegos. Se hace el trato. El flautista empieza su trabajo. De todas las calles, barrios y rincones, los coches empiezan a seguirlo... Él se dirige al Tíber... Tiene lugar una insurrección de los automovilistas... (a fin de cuentas los coches son fruto del trabajo humano, y destruirlos no está bien)... Convencen al flautista, que cambia de rumbo y se dirige al subsuelo. Los coches podrán circular y aparcar allá debajo, dejando las vías de superficie y las plazas a los niños, a los empleados de banco, a los verduleros...
En el capítulo 21 hemos imaginado una Cenicienta en «clave interplanetaria», a Hansel y Gretel en «clave milanesa». En apariencia no debería haber límites para el número de claves. En realidad todas, o casi todas, funcionan en referencia al tiempo y al espacio.
La vieja fábula, tocada en la nueva clave, nos ofrecerá sonidos inesperados. Podrá incluso tener una «moraleja», que aceptare­mos si es implícita y auténtica, sin intentar nunca imponer alguna por el ejercicio de la voluntad.
En una escuela media, entristecida por el efecto burocrático de un encuentro institucional con I promesi sposi (Los novios), en forma de resúmenes, dictados, copias, etc., los niños acogieron con escaso entusiasmo mi sugerimiento de transcribir la historia en clave moderna. Pero el descubrimiento casual de las reglas del juego, al comparar los lansquenetes manzonianos con los nazis, hizo que se entusiasmasen con la idea.
Lucía, en la nueva clave, continuaba siendo una operadora textil lombarda. Pero la época escogida -1944, durante la ocupación nazi- obligaba a Renzo a apuntarse a la Resistencia, para escapar del peligro de ser deportado para trabajar en Alemania. La peste era representada por los bombardeos. El señor local, que asediaba a Lucía, no era otro que el comandante local de las «brigadas negras». Don Abbondio era siempre el mismo, eternamente suspendido entre partisanos y fascistas, entre obreros y trabajadores, entre italianos y extranjeros. El Innombrable era un rico industrial de la zona, antiguo sostenedor del régimen, que durante la ocupación hospedaba en su villa todo tipo de gente...
No creo que Alessandro Manzoni, si hubiera estado presente, se hubiese ofendido por el uso que los chicos hacían de sus personajes. Tal vez incluso les habría ayudado con ciertas analogías. Y aun hubiera sugerido a Don Abbondio, las frases adecuadas al caso.

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Análisis de la Befana1


Llamaremos «análisis fantástico» de un personaje a su descomposición en «factores primos», con la finalidad de hallar nuevos elementos para la construcción del «binomio fantástico»; es decir, para inventar nuevas historias sobre ese personaje.
Tomemos a la Befana. No vive propiamente en las fábulas, pero da lo mismo. Además, usándola para el ejercicio, demostra­remos que el análisis puede ser aplicado a cualquier tipo de personajes, desde Pulgarcito a Ulises, de Pinocho a Texas-Jack.
Respecto a las «funciones» de Propp, podemos describir a la Befana como una «donante». En el análisis, la Befana puede ser dividida en tres partes: Como la Galia de Julio César, y la Divina Comedia:
- la escoba

- el saco de los juguetes

- los zapatos rotos (citados en una famosa cancioncilla popular)
Otros dividirán a la Befana de forma diversa, y serán muy dueños de hacerlo. A mí me basta su partición en tres.
Cada uno de los tres «factores primos» ofrecerá su iniciativa creativa, a cambio de ser interrogado por el método de la posibilidad.
La escoba. Habitualmente, la Befana la usa para volar. Pero si extrañamos el objeto de su contexto, debemos preguntarnos: ¿Qué hace la Befana con la escoba, después de la noche de Reyes? De esta pregunta nacen muchas hipótesis.
a) Acabada su misión en la Tierra, la Befana viaja hacia otros mundos del sistema solar y de la Galaxia.

b) La Befana utiliza la escoba para limpiar su casa. ¿Dónde vive? ¿Qué hace el resto del año? ¿Recibe correspondencia? ¿Le gusta el café? ¿Lee los diarios?

c) No hay una sola Befana. Hay muchas. Habitan en el país de las Befanas, donde el principal negocio, no hay ni que decirlo, es el de las escobas. Sirven a la Befana de Reggio Emilia, a la Befana de Omegna, a la de Sarajevo. El consu­mo de escobas es notable. La Befana dueña del estableci­miento incrementa su negocio lanzando continuamente al mercado nuevos modelos: un año la mini-escoba, el año siguiente la maxi, después la midi, etc. Se enriquece y monta un negocio de aspiradores. Ahora las Befanas circulan en electrodomésticos, causando grandes complica­ciones cósmicas: los aspiradores aspiran polvo de estrellas, pajaritos, cometas, aviones con todos sus pasajeros (que después son reintegrados a sus domicilios haciéndolos bajar por la chimenea).
El saco de los regalos. Lo primero que me viene a la cabeza es que el saco tenga un agujero. Sigo la posibilidad, sin detenerme a pensar, para ahorrar tiempo.
a) Mientras la Befana vuela, los regalos se le escapan por el agujero y van cayendo. Una muñeca cae en la madriguera de unos lobeznos, que se hacen ilusiones: «Ah, -dice la loba- es como en la historia de Rómulo y Remo. Tenemos la gloria en las manos.» Cuidan amorosamente de la muñeca, que no crece, mientras los lobeznos, sin pensar en la gloria, juegan con ella. Pero si escogemos hacer que la muñeca crezca, se le abre un destino de aventuras: será la muñeca-Tarzán, la muñeca-Mowgli...

b) Se prepara una lista de regalos y otra de destinatarios. Se acoplan al azar (el agujero en el saco es en realidad una abertura hacia el azar, no necesariamente hacia el caos). Un abrigo de visón, regalo encargado por el arquitecto para su amiga, cae en Cerdeña, junto a un pastor que cuida ovejas, en la fría noche invernal. Bien hecho...

c) Cosamos el agujero del saco. Partamos de la existencia de muchas Befanas, y por tanto de muchos sacos. Si se produ­ce un error en la salida la Befana de Reggio Emilia llevará sus juguetes a Domodossola, la de Massa Lombarda a Minervino Murge. Cuando se dan cuenta del error, las Befanas se desesperan. Hacen un viaje de inspección, para inventa­riar los daños causados. Ningún daño: los niños son iguales en todo el mundo, y gustan de los mismos juguetes. (Pero no debemos excluir una conclusión menos poética: los niños de todo el mundo gustan de los mismos juguetes porque son las mismas multinacionales las que los fabrican..., todos escogen los mismos juguetes, porque alguien ha elegido por ellos...).
Los zapatos rotos: Como objeto fantástico, los zapatos rotos -generalmente pasados por alto por los analistas- no resultan menos productivos que la escoba y el saco de juguetes.
a) La Befana, decidida a hacerse con unos zapatos nuevos, registra en todas las casas donde va a dejar regalos, y acaba llevándose unos de una pobre maestra jubilada, que sólo tenía ese par.

b) Los niños, al saber que la Befana tiene los zapatos rotos, se apiadan de ella hasta el punto de escribir a los periódicos; la televisión inicia una colecta. Una banda de aprovechados va por las casas recogiendo ilegalmente las ofertas; consiguen reunir doscientos millones y se van a gastarlos a Suiza y Singapur.

c) Los niños buenos, la noche de Epifanía, junto al calcetín para los regalos, colocan un par de zapatos nuevos para la Befana. Pero la Befana de Vigevano, que es la primera en enterarse, pasa por todas las casas, recogiendo todos los za­patos. Después en el país de las Befana, abre una zapatería, se enriquece, y también ella se va a Suiza y Singapur.
No pretendo con esto haber hecho un análisis completo de la Befana. He querido demostrar cómo el análisis fantástico hace trabajar la imaginación sobre datos simples: un nombre, una palabra, el encuentro entre dos palabras, entre un elemento de fábula y otro real nos ofrece las oposiciones elementales sobre las que la imaginación articula la historia, pone en movimiento hipótesis fantásticas, se abre a la introducción de «claves» (por ejemplo la «clave espacial»). Se trata en suma de un ejercicio en que intervienen contemporáneamente numerosas técnicas de invención, como se podría demostrar ahora fácilmente, haciendo el «análisis del análisis». Pero resultaría un poco pedante, ¿no?
1 La Befana es un personaje típico de la mitología infantil italiana. Es una bruja muy fea, siempre a caballo de su escoba, que en la noche de Reyes desciende por las chimeneas de las casas, para dejar regalos a los niños.


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El hombrecillo de vidrio


Tomado un personaje, ya creado (como la Befana o Pulgarcito) o producto de nuestra propia fantasía (como el hombre de vidrio, por decir el primero que me viene en mente) sus aventuras se podrán deducir de sus características, de acuerdo con una lógica fantástica o a una lógica real. O de acuerdo con ambas.
Si aceptamos la propuesta del hombre de vidrio, éste tendrá que actuar, moverse, entablar relaciones, sufrir accidentes, pro­vocar sucesos, atendiendo sólo a la materia de que está hecho.
El análisis de esta materia nos ofrecerá la regla del personaje.
El vidrio es transparente. El hombre de vidrio es transparente. Se le leen los pensamientos en la cabeza. No necesita hablar para comunicarse. No puede decir mentiras ya que se las verían en la cabeza, a menos que lleve sombrero. Mal día, aquel en que todos los habitantes del país de los hombres de vidrio empiecen a llevar sombrero, y empiecen a ocultar sus pensamientos.
El vidrio es frágil. Por este motivo, la casa del hombre de vidrio deberá estar toda tapizada. Las aceras estarán alfombradas con colchones. Prohibido el apretón de manos (!). Prohibidos los trabajos pesados. El auténtico médico del pueblo es el vidriero.
El vidrio puede ser de colores. Y lavable. Etcétera. En mi enci­clopedia se le dedica al vidrio cuatro grandes páginas, y casi en cada línea se encuentra una palabra que podría tener un significado especial en la historia de los hombres de vidrio. Todo está allí, en blanco y negro, junto a una serie de informaciones químicas, físicas, industriales, históricas, meteorológicas, etc. Cada cosa tiene su lugar asegurado en la fábula.
El personaje de madera debe guardarse del fuego que puede quemarlo, en el agua flota con facilidad, su puñetazo es seco como un bastonazo, si lo atraviesan no muere, los peces no se lo pueden comer: justo todas las cosas que suceden a Pinocho, porque es de madera. Si Pinocho fuese de hierro le pasarían otro tipo de aventuras.
Un hombre de hielo, de helado o de mantequilla, puede vivir sólo en un frigorífico, si no se funde: sus aventuras se sucederán entre el congelador y la lechuga fresca.
Un hombre de papel vitela tendrá aventuras diversas a las de un hombre de mármol, de paja, de chocolate, o de plástico; diferentes a las de un hombre de humo, o de leche de almendras.
En este campo, el análisis comercial y el análisis fantástico coinciden casi perfectamente. Y que nadie me venga con que con los vidrios lo mejor que se puede hacer son ventanas, y con el chocolate los huevos de Pascua, en lugar de fábulas: en este tipo de historias, más que en otras, la fantasía juega entre lo real y lo imaginario, en un vaivén que creo muy instructivo, y muy importante para llegar a dominar la realidad, remodelándola.

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