William b arclay






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Lucas 6:39 45
A continuación Jesús les puso un ejemplo:

 Está claro que un ciego no puede guiar a otro, porque correrían peligro de caerse en un hoyo los dos. Un estudiante no sabe más que su profesor; aunque, si persevera, puede llegar a saber tanto como él. ¿Cómo es que ves una pajita de nada en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de que tienes toda una viga en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano que te deje quitarle la pajita del ojo, cuando ni siquiera ves, porque tienes el tuyo tapado por una vigota? Tu fallo consiste en no aplicarte lo que les dices a los demás. Empieza por quitarte la viga que tienes en el ojo, y entonces podrás ver con claridad para quitarle a tu hermano la pajita que tiene en el suyo. Un buen árbol no produce mal fruto, ni tampoco produce buen fruto un árbol que está podrido. Se puede decir qué clase de árbol es por el fruto que da. ¿A que no se cogen higos en los espinos, ni se vendimian uvas en las zarzas? Un hombre que es bueno saca cosas buenas del buen depósito de su cora­zón; y un hombre malo, cosas malas. Lo que habla una persona es lo que rebosa de lo que tiene en el corazón.
Este pasaje parece una serie de dichos aislados. Esto puede ser por dos razones. Puede ser que Lucas haya recogido aquí cosas que Jesús dijo en diferentes ocasiones, y nos las dé como un compendio de reglas acerca de la vida. O puede ser que tengamos aquí un ejemplo de una manera de enseñar típica­mente judía. Le llamaban jaraz, que quiere decir ensartar perlas. Los rabinos decían que un predicador no debe detenerse más de dos minutos en cada asunto, sino que debe pasar pronto de uno a otro para mantener el interés. Por eso la manera de predicar de los judíos nos parece deshilvanada.

Los temas de este pasaje se agrupan naturalmente en cuatro partes.

(i) Versículos 39 y 40. Jesús señala que un profesor no puede guiar a sus alumnos más allá de donde haya llegado él. Aquí tenemos una doble advertencia. En nuestro discipulado tenemos que buscarnos el mejor profesor, porque será el único que nos pueda guiar más y más lejos. Nadie puede enseñar lo que no sabe.

(ii) Versículos 41 y 42. Aquí tenemos un ejemplo del humor de Jesús. A1 trazar la escena del hombre con una viga en el ojo tratando de sacarle una pajita del suyo a un vecino, Jesús debe haber tenido una sonrisa en los labios. Quería decir que no tenemos derecho a criticar a otros a menos que no tengamos ninguna falta. Eso quiere decir sencillamente que nunca tene­mos derecho a criticar a los demás, porque «hay tanto malo en el mejor de nosotros y tanto bueno en el peor de los otros que no nos corresponde a nosotros sacarle faltas a nadie», como ha dicho alguien.

(iii) Los versículos 43 y 44 nos recuerdan que no se puede juzgar a nadie más que por sus obras. Se le decía a un maestro:

< No puedo oír lo que me dices porque estoy escuchando lo que haces.» Enseñar y predicar es impartir < verdad por medio de la personalidad.» Las palabras bonitas no pueden tomar el lugar de las buenas obras. Eso viene muy a cuento hoy en día. Tenemos miedo de ideologías y de sectas extrañas; pero de­bemos darnos cuenta de que no las derrotaremos escribiendo libros o celebrando congresos; la única manera de demostrar la superioridad del Evangelio es mostrando en nuestras vidas que es el único poder que puede producir hombres y mujeres mejores.

(iv) Versículo 45. Jesús nos recuerda que las palabras que afloran a nuestros labios son en última instancia el producto de nuestro corazón. Nadie puede hablar de Dios con sentido a menos que tenga en el corazón el Espíritu de Dios. Nada revela el estado de un corazón humano tanto como lo que dice cuando no está midiendo cuidadosamente las palabras; cuando dice lo primero que se le ocurre. Si preguntamos dónde está un sitio, alguien nos dirá que está cerca de tal iglesia; otro, que está cerca de tal cine; otro, que está cerca de tal campo de fútbol; otro, que está cerca de tal bar. La respuesta a una pregunta casual muestra a menudo hacia dónde se vuelven naturalmente los pensamientos de una persona, y cuáles son sus intereses. Lo que decimos nos delata.
EL ÚNICO CIMIENTO SEGURO
Lucas 6:46 49
 ¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que os digo?  siguió diciendo Jesús . Os voy a decir a quién se parece uno que viene a conocerme, y que atiende a mis palabras, y las pone en práctica: se parece a uno que quiere hacerse una casa, y empieza por cavar bien hondo hasta encontrar la roca, y allí es donde pone el cimiento. Cuando se produce una riada, y el agua alcanza hasta la casa, no le causa ningún daño, porque estaba bien y firmemente construida. Pero al hombre que escucha mis enseñanzas, pero no las pone por obra, a ése le comparo yo con el que hace su casa sin cimien­tos; que, cuando la alcanza la riada, se derrumba y se pierde por completo.
Para tener una idea más completa de esta parábola tenemos que leer también la versión de Mateo (7:24 27). En la versión de Lucas parece que la riada no viene a cuento; tal vez es porque Lucas no era natural de Palestina, y no tenía una idea muy clara de la escena; mientras que Mateo, que sí era de Palestina, la conocía muy bien. En verano, muchos valles pre­sentan el lecho arenoso totalmente seco; pero en invierno, después de las lluvias de septiembre, vuelve el torrente con toda su fuerza. Puede ser que alguien que estaba buscando dónde hacerse la casa vio ese espacio libre y se decidió a construir en él, descubriendo para su mal cuando llegó la época de las lluvias que el río también volvía a su cauce, y se llevaba la casa. Un hombre sensato habría buscado la roca, para lo cual habría tenido que realizar más trabajo; pero, cuando llegara el invierno, se vería que no había sido en vano, porque la casa permanecería segura en su sitio. En cualquiera de las dos versiones queda clara la enseñanza de que es importante que nuestra vida tenga una cimentación firme. Y la única que lo es de verdad es la obediencia a las enseñanzas de Jesús.

¿Qué le hizo al segundo hombre escoger tan insensatamente el sitio para su casa?

(i) Quería ahorrarse trabajo. No quería molestarse en cavar hasta encontrar la roca. La arena era mucho más atractiva y menos trabajosa. Puede que sea más fácil seguir nuestro ca­mino que el de Jesús, pero al final acabaremos en la ruina. El camino de Jesús es el de la seguridad aquí y en el más allá.

(ii) No tenía previsión. No se le ocurrió pensar cómo estaría aquel lugar seis meses después. En todas las decisiones de la vida hay un corto plazo y un largo plazo. Feliz el que no se juega el bien futuro por el placer presente. Feliz el que ve las cosas, no a la luz del momento, sino a la luz de la eternidad.

Cuando aprendemos que lo que cuesta más suele ser lo que más vale la pena, y que la previsión es mejor que la improvi­sación, descubrimos que lo mejor es construir la vida sobre el cimiento firme de las enseñanzas de Jesús, porque no habrá adversidad que la haga vacilar.
LA FE DE UN SOLDADO
Lucas 7:1 10
Cuando Jesús acabó de decirle al pueblo todo lo que quería enseñarle, se fue a Capernaum. Había allí un centurión romano que tenía un esclavo al que quería mucho, que estaba gravemente enfermo y a punto de morir. Cuando oyó hablar de Jesús, le envió un grupo de judíos respetables para pedirle a Jesús que fuera a su casa y le salvara la vida a su esclavo. Ellos se dirigieron a Jesús sin pérdida de tiempo para transmi­tirle el ruego del centurión, y añadieron:

 Se merece que le hagas este favor, porque nos tiene afecto a los judíos y nos ha construido una sinagoga.

Jesús se puso en camino con ellos, y no estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le mandó a unos amigos suyos con otro recado:

 Señor, no te molestes en venir, porque no me me­rezco que entres en mi casa; y si no me he puesto en contacto contigo personalmente ha sido porque no me considero digno. Lo único que te ruego es que des la orden para que mi esclavo se ponga bien. Yo también sé lo que es la disciplina militar, y tengo soldados a mis órdenes. Si le digo a uno que vaya, va; y a otro que venga, y viene; y a un esclavo que haga algo, y lo hace.
Jesús se llenó de admiración cuando oyó aquello, y se volvió a la gente que le seguía para decirles:

 ¡Os aseguro que no he encontrado a nadie que tuviera tanta fe en el pueblo de Israel!

Cuando los mensajeros llegaron a la casa se encon­traron con que el esclavo ya estaba completamente res­tablecido.
El personaje central de este historia es un centurión romano. No era un hombre cualquiera.
(i) El mero hecho de que fuera un centurión indica que no era un cualquiera. El centurión equivalía entonces al coronel de ahora; los centuriones eran la columna vertebral del ejército romano. Todos los centuriones que aparecen en el Nuevo Tes­tamento eran personas respetables (cp. Lucas 23:47; Hechos 10:22; 22:26; 23:17, 23, 24; 24:23; 27:43). El historiador Polibio nos describe las cualidades de un centurión: «Debe ser, más que un militar temerario, uno que es capaz de mandar a la tropa, firme en la acción y de confianza; no demasiado dispuesto a entrar en combate, pero cuando es necesario debe estarlo a defender su posición y a morir en su puesto.» El centurión tenía que ser un hombre especial, o no habría podido conservar su puesto.
(ii) Tenía una actitud muy poco corriente con su esclavo.

Amaba a su esclavo, y habría hecho lo que fuera necesario para salvarle la vida. La ley romana definía al esclavo como una herramienta viva; no tenía derechos; su amo le podía maltratar y matar si quería. Un escritor romano recomienda a los terrate­nientes que pasen revista a sus aperos todos los años, y que tiren los que ya están, v'os o inservibles, y que hagan lo mismo con los esclavos. Era corriente abandonar a los esclavos para que se murieran cuando ya no rendían en el trabajo. Pero la actitud de este centurión era fuera de lo corriente.

(iii) Era un hombre profundamente religioso. Tiene que haber tenido más que un interés superficial para construir una sinagoga. Es verdad que los romanos consideraban que la religión era buena para mantener a la gente en orden; la consi­deraban como el opio del pueblo. Augusto recomendaba que se construyeran sinagogas por esa razón. El historiador Gibbon dice en una frase famosa: < Todas las formas de religión que existían en el Imperio Romano, la gente las consideraba como igualmente verdaderas; los filósofos, como igualmente falsas, y los magistrados como igualmente útiles.» Pero este centurión no era un administrador cínico, sino un hombre sinceramente religioso.

(iv) Tenía una actitud muy poco corriente hacia los judíos.

Si los judíos despreciaban a los gentiles, los gentiles odiaban a los judíos. El antisemitismo no es nada nuevo. Los romanos decían que los judíos eran una raza asquerosa, y consideraban su religión como una superstición bárbara; hablaban del odio que tenían los judíos a toda la raza humana; acusaban a los judíos de adorar a una cabeza de burro y de sacrificarle todos los añosa un gentil. Es verdad que muchos gentiles, cansados de los muchos dioses y de la baja moralidad del paganismo, habían aceptado la doctrina judía de un solo Dios y la ética judía austera; pero el trasfondo de este relato implica un sincero lazo de amistad entre el centurión y los judíos.

(v) Era un hombre humilde. Sabía muy bien que a un judío estricto le prohibía su ley entrar en la casa de un gentil (Hechos 10:28), de la misma manera que le estaba prohibido dejar entrar a un gentil en su casa o tener ningún trato con él. Por eso no fue directamente a Jesús, sino que les pidió ese favor a sus amigos judíos. Este hombre tan acostumbrado a mandar era sorprendentemente humilde en presencia de la verdadera gran­deza.

(vi) Era un hombre de fe. Y su fe estaba basada en los argumentos más sanos. Razonaba del aquí y ahora al allí y entonces, de su propia experiencia a Dios. Si su autoridad producía resultados, ¡cuánto más los produciría la de Jesús! Tenía la perfecta confianza del que mira hacia arriba y dice: «Señor, yo sé que puedes hacerlo.» Si tuviéramos una fe así, nos sucederían milagros y la vida sería nueva.
LA COMPASIÓN DE JESÚS
Lucas 7:11 17
Poco después, Jesús fue a un pueblo que se llamaba Naín, en compañía de muchos de sus discípulos y de una gran cantidad de seguidores.

Cuando ya estaba cerca de la entrada del pueblo  ¡fijaos!  se encontró con una comitiva de entierro; el que había muerto era el hijo único de una mujer viuda, a la que acompañaban muchos del pueblo.

Al Señor le dio mucha pena verla así, y le dijo:

No llores más.

Y entonces se puso delante de la comitiva, y puso la mano en el féretro, de forma que los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo:

 ¡Joven, te estoy hablando a ti, levántate!

Al instante, el que había estado muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo devolvió a su madre. Todos los presentes estaban llenos de santo temor, y se pusieron a dar gracias a Dios y a decir:

 ¡Ha aparecido entre nosotros un gran profeta como los antiguos! ¡Dios ha intervenido en ayuda de su pueblo!

La noticia de lo que había sucedido se fue extendien­do por toda Judea y por las tierras de alrededor.
En este pasaje, como en el inmediatamente anterior, el que hace el relato es el médico Lucas. En el versículo 10 nos había aparecido un término médico que tradujimos como completa­mente restablecido, que indica una total curación de la cabeza a los pies. En el versículo 15, la palabra para sentarse corres­ponde al término médico que se usa para estar sentado en la cama. Naín estaba a un día de camino de Cafamaún, entre Endor y Sunén, donde Eliseo había resucitado al hijo de otra madre (2 Reyes 4:18 37). Hasta el día de hoy, a diez minutos andando desde Endor hay un cementerio de tumbas hechas en la roca.

En muchos sentidos ésta es la historia más bonita de los evangelios.

(i) Nos habla del dolor y de la angustia de la vida humana. La procesión fúnebre iría precedida por una banda de plañi­deros profesionales, con flautas y címbalos, lanzando sus gritos y lamentos en un verdadero frenesí; pero todo el dolor inme­morial del mundo se encierra en la austera frase «hijo único de una mujer viuda.» «Nunca se pasa del crepúsculo matutino al vespertino sin que se quiebre de dolor algún corazón.» Como dice Shelley en su lamento por Keats,
Mientras los cielos estén azules y los campos verdes,

la tarde introduzca a la noche, y la noche espere al mañana;

un mes seguirá a otro con dolor

y un año a otro año con duelo.
El poeta latino Virgilio dedica una frase inmortal a «las lágrimas de las cosas»  sunt lacrimae rerum. Vivimos en un mundo de corazones rotos.

(ii) A lo patético de la vida Lucas superpone la compasión de Cristo. A Jesús se le conmovió el corazón. No hay una palabra más fuerte en griego para la compasión que la que una y otra vez se aplica en los evangelios a Jesús (Mateo 14:14; 15:32; 20:34; Marcos 1:41; 8:2).

Para el mundo antiguo esto tiene que haber sido sumamente sorprendente. La filosofía más noble de la antigüedad era el estoicismo, y los estoicos creían que la característica principal de Dios era la apatía, la incapacidad para sentir. Y lo razo­naban diciendo que, si alguien puede hacer que otro esté triste o apesadumbrado, alegre o gozoso, eso quiere decir que, al menos por un momento, puede influir en el otro, es mayor que él. Ahora bien, nadie puede ser mayor que Dios; por tanto, nadie puede producirle a Dios un sentimiento; por tanto, Dios es incapaz de sentir.

Pero aquí se le presentaba al hombre antiguo la sorprendente idea de Uno que era el Hijo de Dios, cuyo corazón se conmovía de piedad. La frase del profeta de que «en toda angustia de ellos Él fue angustiado» se cumple en el Hijo de Dios hecho «Varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isaías 63:9; 53:3). Para muchos de nosotros esa es la revelación más preciosa del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

(iii) A la compasión de Jesús añade Lucas el poder de Jesús. Jesús fue y tocó el féretro. No sería un ataúd, porque no se usaban entonces, sino una especie de espuerta suficientemente grande para llevar el cadáver a la tumba. Fue un momento dramático; como dice un gran comentarista, «Jesús reclamó para sí al que la muerte había asido como su presa.» Jesús no es sólo el Señor de la vida; es también el Señor de la muerte, porque la ha vencido y ha triunfado del sepulcro, y ha prome­tido que, porque Él vive, los suyos vivirán también (Juan 14:19).
LA PRUEBA FINAL
Lucas 7:18 30
Los discípulos de Juan el Bautista le llevaban noti­cias a Jesús de todo lo que iba sucediendo. Una vez, Juan llamó a dos de sus discípulos y se los envió a Jesús para que le preguntaran: «¿Eres tú el Mesías que había de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?» Y cuando ellos llegaron adonde estaba Jesús, le dijeron:

Juan el Bautista nos ha mandado para que te pre­guntemos: «¿Eres tú el Mesías que había de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?»

En aquel momento Jesús curó a muchos que pade­cían enfermedades o dolencias o bajo la influencia de malos espíritus, y les devolvió la vista a muchos que estaban ciegos.

 ¡Id a contarle a Juan todo lo que habéis oído y visto! Decidle que los ciegos, ven; los cojos, andan; los leprosos vuelven a estar limpios; los sordos, oyen; los muertos, resucitan, y los pobres escuchan la Buena No­ticia. ¡Bendito sea el que no se escandaliza de mí!

Cuando los mensajeros se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a los muchos que estaban escuchán­dole:

 ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Era lo que se ve en el desierto todos los días, las hierbas altas que se doblan con el viento? Si no era eso, ¿qué es lo que fuisteis a ver? ¿A uno que iba vestido de ropas delicadas y distinguidas? ¡Los que visten así, y viven en lujos, están en los palacios reales! Pues entonces, ¿qué fue lo que salisteis a ver? ¿Era un profeta? ¡Sí, os lo digo yo, y más que un profeta! Él era el que estaba anunciado en las Escrituras: «¡Atención! Te mando mi mensajero por delante para que te vaya preparando el camino por donde has de pasar.» Os aseguro que no ha surgido nadie entre los mortales en la Historia de la Humanidad que haya sido una figura más importante que Juan el Bautista; pero también os digo que el más pequeñito en el Reino de Dios es más que él. Y toda la gente, y hasta los publicanos que le oyeron, le dieron la razón a Dios y se bautizaron con el bautismo de Juan; pero los fa­riseos y los escribas, al no aceptar el bautismo de Juan, rechazaron lo que Dios tenía para ellos.
Juan le envió mensajeros a Jesús para preguntarle si era Él el Mesías o si tenían que seguir esperando a otro.

(i) Este episodio ha preocupado a muchos, que se han sor­prendido de que pareciera que Juan dudaba de Jesús. Se han propuesto varias soluciones.

(a) Se ha sugerido que Juan dio ese paso, no para sí mismo, sino por causa de sus discípulos. Él estaba suficientemente seguro; pero tal vez ellos no lo estaban tanto, y necesitaban una prueba irrefutable.

(b) Se ha sugerido que lo que quería Juan era animar a Jesús, porque creía que era el momento de que entrara en acción de una manera definitiva.

(c) La explicación más sencilla es la mejor. Figuraos cómo se encontraba Juan: era un hombre del desierto y de los espa­cios abiertos, y estaba encerrado en una mazmorra del castillo de Maqueronte. Una vez, uno de los Macdonald, los jefes del Norte de Escocia, estaba preso en una celda del castillo de Carlisle en la que no había más que una ventana pequeña. Hasta ahora se pueden ver en la roca arenisca las marcas de las manos y los pies que dejó el prisionero al encaramarse y colgarse del alféizar de la ventana día tras día para mirar, con una nostalgia infinita, las colinas y los valles que no habría de recorrer nunca más. Encerrado en una celda entre estrechas paredes, Juan se hacía muchas preguntas porque el cruel cautiverio le ahogaba el corazón.

(ii) Fijémonos en la prueba que Jesús le ofreció. Le indicó hechos. Los enfermos, los dolientes y los pobres humildes estaban experimentando el poder de Dios y escuchando la Buena Noticia. Esa no era la respuesta que muchos judíos habrían esperado. Si Jesús era el Mesías, el Rey ungido de Dios, habrían esperado: < Mis ejércitos están en marcha. Cesarea, el cuartel general de los romanos, está a punto de caer. Se están borrando del mapa los pecadores. El juicio ha comen­zado.» Pero lo que le dijo Jesús fue: < La misericordia de Dios está aquí.» Esa era la respuesta a Juan, que tal vez otros no habrían sabido comprender. Era más clara que un < sí» rotundo. Está claro que Juan conocía las Escrituras, y esperaba y anunciaba a un Mesías que cumpliría las profecías del < Siervo de Jehová», y que seria «El Cordero de Dios que carga con el pecado del mundo.» Y Jesús le dice que se están cumpliendo las señales por las que los profetas habían anunciado que se reconocería al Mesías. Donde se mitiga el dolor y la tristeza se cambia en gozo, donde se destierran el sufrimiento y la muerte, allí está manifestándose el Reino de Dios. La respuesta de Jesús fue: « ¡Volved a Juan a decirle que el amor de Dios está aquí!»

(iii) Cuando ya se habían ido los mensajeros de Juan, Jesús le dedicó el mayor elogio imaginable. Las multitudes habían salido al desierto para ver y oír a Juan, que no era precisamente una caña que se meciera al viento. Eso podía querer decir una de dos cosas.

(a) Nada era más corriente a orillas del Jordán que un junco que se doblara por la fuerza del viento. Era una frase proverbial que indicaba las cosas normales. Puede querer decir que la gente no fue al desierto para ver algo vulgar y corriente.

(b) Puede querer decir algo vacilante. Juan no era un hom­bre que se plegara ante las circunstancias o los poderosos de este mundo como un junco, sino inamovible como un árbol recio y fuerte.

Tampoco habían salido al desierto a ver a un tipo delicado y vestido de seda como los cortesanos de los palacios.

Entonces, ¿qué era lo que salieron a ver?

(a) El primer lugar, Jesús hace el más grande elogio de Juan. Los judíos esperaban que apareciera un gran profeta del pa­sado, Elías, para preparar el camino y anunciar la llegada del Rey ungido de Dios (Malaquías 4:5). Juan fue ese heraldo del Altísimo. Jesús le coloca por encima de todas las grandes figuras de la historia de Israel y del mundo, entre los que se encuentran hombres como Abraham y Moisés, que los judíos consideraban insuperables y aun incomparables.

(b) En segundo lugar, Jesús reconoce claramente las limi­taciones de Juan al decir que el más pequeñito en el Reino de Dios es mayor que él. ¿Por qué? Algunos han dicho que porque Juan dudó en su fe, aunque fuera sólo por un momento. Pero no es por eso, sino porque Juan estaba antes de la línea divisoria de la Historia. Desde que Juan hizo su proclamación, Jesús había venido; la eternidad había invadido el tiempo, y el Cielo la Tierra; Dios había venido en la persona de su Hijo, y la vida ya no podía ser la misma. Ponemos la fecha de todo lo que ha sucedido diciendo antes de Cristo (a.C.) o después de Cristo (d.C.). Jesús es el que divide la Historia. Por tanto, a todos los que vivimos después de su venida y le recibimos se nos ha concedido una bendición mayor que a los que vivieron antes. La entrada de Jesús en el mundo divide en dos el tiempo y toda la vida. Si alguno está en Cristo, es una nueva creación (2 Corintios 5:17).

Como dijo el mártir cristiano Bilney: «Cuando leí que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, fue como si la oscuridad de la noche se hubiera convertido de pronto en luz del día.»
LA PERVERSIDAD DE LOS HOMBRES
Lucas 7:31 35
 Pero los fariseos y los escribas, al no aceptar el bautismo de Juan, rechazaron lo que Dios tenía para ellos  siguió diciendo Jesús . ¿Con quién se podrían comparar los de estos tiempos? ¿A quién se parecen? Yo diría que son como los chiquillos que se ponen a jugar en la plaza del pueblo, y que se chillan unos a otros: «¡Nos pusimos a tocar la flauta, y no quisisteis bailar; y luego empezamos a jugar a entierros, y tam­poco os dio la gana de poneros de duelo!» Vino Juan el Bautista, que llevaba una vida ascética, y dijisteis: «¡Está endemoniado!» Y vengo yo, que disfruto de la vida como otro cualquiera, y decís: «¡Vaya comilón y borrachín que nos ha caído! Y encima, amigo de pu­blicanos renegados y de otra gente de mal vivir con la que no se relacionaría ningún judío decente. Pero los sabios reconocen ,a la sabiduría.

Este pasaje contiene dos grandes advertencias.

(i) Nos expone los peligros del libre albedrío. Los escribas y los fariseos habían conseguido hacer fracasar el plan que Dios tenía para ellos. La maravillosa verdad del Evangelio es que Dios no se impone por fuerza, sino que se ofrece por amor.

Ahí es donde podemos vislumbrar el dolor de Dios. Siempre es la gran tragedia del amor el ver a una persona amada que ha escogido el mal camino, y ver lo que hubiera podido ser. Es el mayor dolor de la vida. Como ha dicho alguien: < De todas las palabras tristes que captan el ojo o el oído, las más tristes de todas son "pudiera haber sido".»

La tragedia de Dios también es el < pudiera haber sido» de la vida. Como dice G. K. Chesterton: < Dios había escrito, no tanto un poema, como una comedia; una comedia que había concebido perfecta, pero que tuvo que dejar por necesidad a directores y actores humanos, que la han convertido en una tragedia.» Que Dios nos libre de hacer de la vida un naufragio y producirle dolor de corazón al usar nuestra libertad para frustrar sus propósitos.
(ii) Nos expone la perversidad humana. Juan había venido, viviendo con la austeridad de un ermitaño, y los escribas y los fariseos habían dicho que era un loco excéntrico, y que algún demonio le había sorbido el coco. Jesús había venido, viviendo la vida de la gente y participando de sus actividades, y se burlaban de Él diciendo que le gustaban demasiado los placeres terrenales. Todos tenemos una idea de cómo se comportan los niños cuando todo les parece mal y nada les interesa. El co­razón humano se puede perder en una perversidad tal que todas las llamadas de Dios le producirán un descontento pueril.

(iii) Pero hay unos pocos que responden; y «los hijos de la sabiduría» le dan la razón a la sabiduría de Dios. Los hombres pueden usar mal su libertad para frustrar los propósitos de Dios; o, en su perversidad, hacerse ciegos y sordos a todas sus lla­madas. Si Dios hubiera usado una fuerza coercitiva y encade­nado al hombre a una voluntad a la que no pudiera resistirse, el mundo estaría poblado por autómatas, y tal vez todo estaría en perfecto orden; pero Dios escogió el peligroso camino del amor, y el amor acabará triunfando.
EL AMOR DE UNA PECADORA
Lucas 7:36 50
Uno de los fariseos invitó a Jesús a una comida, y Él fue a la casa y se acomodó a la mesa.

Había en aquel pueblo una mujer de mala vida que, cuando se enteró de que Jesús estaba invitado a comer en casa del fariseo, tomó un frasquito de alabastro lleno de esencia y se puso a los pies de Jesús, que estaba reclinado en el sofá. En seguida se puso a llorar de tal manera que le corrían las lágrimas por los pies de Jesús, y ella se los secaba con los cabellos mientras se los cubría de besos y con el perfume que había traído.

Cuando vio aquello el fariseo que había invitado a Jesús, se dijo para sus adentros:

 Este ni es profeta ni es nada, porque ni siquiera se ha dado cuenta de la clase de mujer que le está tocando, que es una de ésas.

 Simón  le dijo Jesús , te quiero decir una cosa.

 Di todo lo que quieras, Maestro  le contestó Simón.

 Había una vez un acreedor al que dos hombres le debían dinero  empezó a contar Jesús . El uno le debía quinientas mil pesetas, y el otro, cincuenta mil; y como ninguno de los dos tenía para devolvérselo, les perdonó la deuda a los dos. Dime, Simón: ¿Cuál de los dos crees tú que le amará más?

 Pues, supongo que el que debía más y se le per­donó.

 Eso es lo más~razonable  dijo Jesús; y añadió, volviéndose a la mujer : ¡Fíjate en esta mujer! Cuando entré en tu casa, tú no me ofreciste agua para lavarme los pies; pero esta mujer me ha regado los pies con lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú tam­poco me diste el beso de bienvenida; pero esta mujer,

desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú tampoco me diste nada para el pelo; pero esta mujer me ha perfumado los pies con esencia. Por todo lo cual te digo que tienen que haber sido muchos los pecados que se le han perdonado, porque da muestras de un gran amor. Pero está claro que el que cree que no necesita gran cosa de perdón, no ama gran cosa.

Y entonces se dirigió a la mujer y le dijo:

 Tus pecados se te han perdonado.

 ¿Quién se ha creído que es éste, que hasta perdona los pecados?  empezaron a decirse los otros invitados unos a otros. Pero Jesús le dijo a la mujer:

 La fe ha sido tu salvación. ¡Vete, y que Dios te bendiga!
Esta escena es tan real, que le hace pensar a uno que Lucas tiene que haber sido un artista.

(i) La escena tiene lugar en el patio de la casa del fariseo Simón. Las casas de la gente acomodada se levantaban alre­dedor de un patio abierto que parecía una placita. A menudo había en el patio un jardín y una fuente; y allí era donde se comía en los días de calor. Era costumbre que, cuando se había invitado a un rabino, viniera toda clase de gente, nadie se lo impedía, para escuchar las perlas de sabiduría que salían de sus labios. Así se explica la presencia de la mujer.

Cuando entraba un invitado en una casa así, era comente que se hicieran tres cosas. (a) El anfitrión le ponía la mano en el hombro al huésped y le daba un beso de paz. Esa era una señal de respeto que jamás se omitía en el caso de un rabino distinguido. (b) Los caninos eran de tierra, polvorientos, y el calzado no era más que suelas sujetas al pie con correas, y por eso se le echaba agua en los pies al huésped para limpiárselos y refrescárselos. (c) O bien se quemaba un poquito de incienso, o se le echaba un poco de esencia de rosas al invitado en la cabeza. Eran cosas que exigían los buenos modales, pero que no se cumplieron en este caso.
' En el Oriente, los comensales no se sentaban, sino  se recli 

naban ante la mesa, en sofás bajos, apoyándose en el brazo

izquierdo para dejar libre el derecho para comer. Tenían los

pies extendidos hacia fuera, y se quitaban las sandalias durante

la comida. Así se comprende cómo llegó la mujer a los pies

de Jesús.

(ii) Simón era fariseo, es decir, uno de los separados. ¿Por qué invitó a Jesús a comer en su casa? Hay tres posibles razones.

(a) Es posible que fuera simpatizante y admirador de Jesús, porque no todos los fariseos eran sus enemigos (cp. Lucas 13:31); pero la atmósfera de falta de cortesía lo hace impro­bable.

(b) Es posible que Simón invitara a Jesús con la intención de pillarle alguna palabra o acción para delatarle ante las auto­ridades. Es posible que Simón fuera un agent provocateur. Tampoco esto parece probable, porque Simón le da a Jesús el título de rabí en el versículo 40.

(c) Lo más probable es que Simón fuera un coleccionista de celebridades, y que hubiera invitado a comer al discutido joven galileo con un despectivo paternalismo. Esto explicaría la mezcla de cierto respeto con la omisión de los detalles de cortesía.

(iii) La mujer era conocida por su mala vida, y lo más probable es que fuera prostituta. Seguramente había oído a Jesús desde el borde de la multitud, y había creído que Él podía tenderle la mano para sacarla del cieno. Llevaba alrededor del cuello, como todas las mujeres judías, un frasquito de alabastro que contenía esencia, que era algo bien costoso. Se lo quería derramar a Jesús en los pies, porque era todo lo que podía ofrecerle. Pero, cuando le vio, no pudo contener las lágrimas, que literalmente le regaron los pies. El aparecer en público con el pelo suelto era una señal de desvergüenza en una mujer judía. Las jóvenes se sujetaban el pelo el día de su boda, y ya no volvían a llevarlo suelto nunca más en público. El hecho de que esta mujer se lo soltara fue señal de hasta qué punto se había olvidado de todo el mundo menos de Jesús.

Esta historia revela el contraste entre dos actitudes de mente y de corazón.

(i) Simón no se reconocía necesitado de nada, y por tanto no sentía amor. Se consideraba un hombre bueno y respetable a los ojos de los demás y de Dios.

(ii) La mujer reconocía su suprema necesidad, y por tanto estaba inundada de amor hacia el Que podía suplirla, y por eso recibió el perdón.

Lo único que nos cierra a la salvación de Dios es el senti­miento de nuestra propia suficiencia. Y lo extraño es que, cuanto más buena es una persona, más siente su pecado. Cuan­do Pablo habla de los pecadores, añade: «de los cuales yo soy el primero» (1 Timoteo 1:15). Francisco de Asís decía: «No hay en todo el mundo un pecador más desgraciado y miserable que yo.> Es verdad que el peor pecado es no tener conciencia de pecado; pero el sentimiento de la necesidad abre la puerta al perdón de Dios, porque Dios es amor, y la mayor gloria del amor es que se sienta su necesidad.
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