William b arclay






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mundo habitado, y le dijo:

 Yo te puedo dar control sobre todos estos, y todas sus riquezas, porque a mí me los han entregado, y yo se los puedo dar a quien me dé la gana. Lo único que tienes que hacer para que todo esto sea tuyo es reco­nocerme como Dios.

 La Escritura dice: «Al SEÑOR tu Dioses al único que adorarás, y no te someterás a nadie más que a Él»  volvió a contestarle Jesús.

Luego le llevó el diablo a Jerusalén, le colocó en la aguja más alta del templo y le dijo:

 Si es de veras que eres el Hijo de Dios, ¡a que no te tiras desde aquí! También dice la Escritura: «Dios dará órdenes a sus ángeles para que te guarden de todos los peligros», y «Te llevarán en brazos para asegurarse de que ni siquiera tropieces con el pie en ninguna pie­dra.»

 También se nos dice  contestó Jesús : «No ha­rás pruebas para ver hasta dónde puedes llegar con el SEÑOR tu Dios. »
Cuando el diablo hubo probado con Jesús todas sus artes en materia de tentación, le dejó, hasta que se le presentará, otra ocasión.
Ya hemos visto que hubo ciertos hitos en la vida de Jesús, y aquí tenemos otro de los más importantes. En el templo, cuando tenía doce años, había llegado a la convicción de que Dios era su Padre de una manera única y exclusiva. Con el surgimiento de Juan el Bautista sonó la hora de Jesús, y en su bautismo recibió la aprobación de Dios. En esta ocasión Jesús está a punto de iniciar su campaña. Antes de iniciar una cam­paña se han de escoger los métodos. El pasaje de la tentación nos presenta a Jesús eligiendo de una vez para siempre el método con el que se proponía ganar a los hombres para Dios.

Le vemos rechazando el camino del poder y la gloria, y acep­tando el camino del sufrimiento y de la cruz.

Antes de entrar a considerar este relato en detalle hay dos puntos que debemos señalar.

(i) Esta es la más sagrada de las historias evangélicas, porque no puede proceder sino de los labios del mismo Jesús. En algún momento tiene que haberles contado a sus discípulos esta íntima experiencia de su alma.

(ii) Ya en este momento Jesús debe de haber sido consciente de poseer poderes extraordinarios. Todo el sentido de las ten­taciones está en que no podían ocurrirle más que a un Hombre que podía hacer cosas maravillosas. No sería una tentación para nosotros el convertir las piedras en pan o el tirarnos desde el pináculo del templo, por la sencilla razón de que nos es impo­sible hacer tales cosas. Estas son tentaciones que sólo se le podían presentar a un Hombre que tenía poderes absolutamente únicos, y que tenía que decidir cómo usarlos.

En primer lugar vamos a considerar el escenario, es decir, el desierto. La parte deshabitada de Judea estaba en la meseta central, que era la columna vertebral del Sur de Palestina. Entre ésta y el Mar Muerto se extendía un tremendo descampado de cincuenta por ochenta kilómetros, que se llamaba Yesimón, que quiere decir «Devastación»: las colinas eran como mon­tones de polvo; las montañas calizas parecían abrasadas y en descomposición; las rocas, agudas y peladas; el suelo sonaba a hueco cuando lo pisaban los caballos; ardía como un horno inmenso, y se abría en precipicios de setecientos metros sobre el Mar Muerto. Fue en aquella horrible devastación donde Jesús fue tentado.

No debemos creer que las tres tentaciones empezaron y terminaron como las escenas de una comedia, sino más bien que Jesús se retiró conscientemente a este lugar solitario, y pasó cuarenta días debatiéndose con el problema de cómo ganar a los hombres para Dios. Fue una batalla larga que no terminó hasta la cruz, porque el relato termina diciéndonos que el tentador dejó a Jesús por algún tiempo.
(i) La primera tentación era convertir las piedras en pan. Este desierto no estaba cubierto de arena, sino de piedras y cantos que parecían panes. El tentador le dijo a Jesús: «Si quieres que la gente te siga, usa tus poderes milagrosos para darle cosas materiales.» Estaba sugiriéndole a Jesús que sobor­nara a la gente para que le siguiera. Jesús reaccionó al ataque con las palabras de Deuteronomio 8:3: «El hombre  dijo­nunca encontrará la vida en las cosas materiales.»
La tarea del Evangelio no consiste en producir nuevas con­diciones de vida, aunque el peso y la voz de la Iglesia deben estar detrás de todos los esfuerzos para hacerles la vida mejor a los hombres. Su verdadera tarea es producir hombres nuevos; dados los hombres nuevos, las nuevas condiciones de vida surgirán.

(ii) En la segunda tentación Jesús se imagina que está en la cima de una montaña desde la que se puede ver todo el mundo civilizado. El tentador le dice: «Adórame, y todo esto será tuyo.» Esta es la tentación del compromiso. El diablo dijo: «Tengo a la gente en un puño. No les pongas el listón muy alto. Haz un trato conmigo. Déjale algo de terreno al mal, y la gente te seguirá.» De vuelta vino el rebote de Jesús: «Dios es Dios, el bien es el bien, y el mal es el mal. No puede haber pacto en la guerra con el mal.» Una vez más, Jesús cita la Escritura (Deuteronomio 6:13 y 10:20).

Es una tentación constante la de tratar de ganar hombres haciendo un compromiso con los principios del mundo. G. K. Chesterton dijo que la tendencia del mundo es ver las cosas en un gris indefinido, pero el deber del cristiano es ver las coas en blanco y negro. Y Carlyle dijo: « El cristiano tiene que e,/tar totalmente poseído por la convicción de la infinita belleza de la santidad, y de la infinita detestabilidad del pecado.»

(iii) En la tercera tentación, Jesús se imagina que está en el pináculo del templo en el que se unían el Pórtico de Salomón y el Pórtico Real: desde allí había una caída a plomo de 150 metros hasta el fondo del valle del torrente Cedrón. Esta era la tentación a darle a la gente demostraciones sensacionales.

« No  dijo Jesús : no se han de hacer experimentos insensatos

con el poder de Dios» (Deuteronomio 6:16). Jesús vio muy claro

que si le producía una gran impresión a la gente, sería una maravi­

lla por algún tiempo, pero que el sensacionalismo no puede durar.

El duro camino del servicio y del sufrimiento conduce a la cruz, pero después de la cruz está la corona.
LA PRIMAVERA GALILEA
Lucas 4:14, 15
De modo que Jesús volvió a Galilea equipado con el poder del Espíritu. En toda aquella región no se hacía más que hablar de Él. Tenía las puertas abiertas para predicar en las sinagogas, y todo el mundo le tenía en gran estimación.
Tan pronto como salió Jesús del desierto tuvo que arrostrar otra decisión: sabía que su hora había sonado, había escogido de una vez para siempre el método que iba a seguir, y ahora tenía que decidir dónde empezar.

(i) Y empezó en Galilea. Galilea era la región del Norte de Palestina, como de ochenta kilómetros de Norte a Sur y de cuarenta de Este a Oeste. El nombre quiere decir círculo, y viene del hebreo galil. Se llamaba así porque estaba rodeada de naciones no judías. Precisamente por eso se hacían sentir allí nuevas influencias, y era la parte más emprendedora y menos conservadora de Palestina. Tenía una gran densidad de población. Josefo, que había sido gobernador de Galilea, dice que tenía 204 pueblos que alcanzaban todos un mínimo de 15.000 habitantes cada uno. Parece increíble que pudiera haber una población de unos 3.000.000 en Galilea.

Era una tierra extraordinariamente fértil. Había un prover­bio que decía: « Es más fácil criar una legión de olivos en Galilea que un niño en Judea.» El clima maravilloso y la
estupenda provisión de agua convirtieron a Galilea en el huerto de Palestina. La lista de árboles que crecían en ella demuestra
su sorprendente fertilidad: vid, olivo, higuera, roble, nogal, terebinto, palmera, cedro, ciprés, morera, abeto, pino, sicomo­ro, laurel, mirto, almendro, granado, cidro y adelfa.

Josefo dice de los galileos que «les encantaban las innova­ciones, eran inclinados por naturaleza a los cambios y les chiflaban las sediciones. Siempre estaban dispuestos a seguir a un líder que iniciara una insurrección. Eran de genio vivo y
dados a enzarzarse en peleas.» « A los galileos  se decía­no les falta nunca coraje.» «Tienen más interés en mantener el honor que en conseguir ganancia material.»

Esa fue la tierra en la que empezó Jesús. Era su propia tierra;
y le dio, por lo menos al principio, una audiencia dispuesta a escucharle y a enardecerse con su mensaje.
(ii) Empezó en la sinagoga. La sinagoga era el verdadero centro de la vida religiosa de Palestina. No había más que un templo; pero la ley decía que donde hubiera diez familias judías tenía que haber una sinagoga, así es que en todos los pueblos y aldeas había una sinagoga en la que la gente se reunía para hacer el culto. En la sinagoga no se hacían sacrificios; eso era cosa del templo. La sinagoga era para la enseñanza. Pero, ¿cómo podía Jesús conseguir entrar en la sinagoga y exponer allí su mensaje si no era más que un laico, el carpintero de Nazaret?

El culto de la sinagoga constaba de tres partes:

(a) Había una parte en la que se hacían oraciones.

(b) Otra era la lectura de las Escrituras: siete varones de la congregación leían el texto en hebreo antiguo, que pocosren­tendíafi, y los targumistas o intérpretes lo traducían al arameo o al griego, un versículo de cada vez en el caso de la Ley, y de tres en tres en el de los Profetas.

(c) La parte de la enseñanza. En la sinagoga no había un ministerio profesional ni ninguna persona especial que hiciera la predicación; el presidente invitaba a hablar a cualquier per­sona distinguida que estuviera presente, y luego había lugar

para la participación de los presentes y la discusión. Así es como Jesús tuvo oportunidad de enseñar en la sinagoga, cuya plataforma no le estaba cerrada todavía en esta etapa.

(iii) El pasaje termina diciendo que «todo el mundo le tenía en gran estimación.» Este período del ministerio de Jesús se ha llamado la primavera galilea. Llegó Jesús como una boca­nada de la brisa de Dios. La oposición aún no había cristali­zado. Los corazones humanos estaban hambrientos de la Pa­labra de Dios, y aún no se habían dado cuenta del golpe que había de dar Jesús a la ortodoxia de su tiempo. El que tiene mensaje siempre atrae una audiencia.
SIN HONOR EN SU PROPIO PAÍS
Lucas 4:16 30
Una vez se encontraba en Nazaret, que era el pueblo donde se había criado; y, como era su costumbre, fue a la sinagoga el sábado, y se levantó a leer la Sagrada Escritura.

Le dieron el rollo del profeta Isaías, y Él lo desen­rolló, y encontró y leyó el pasaje que dice: «El Espíritu de Dios está sobre mí, porque he sido ungido con Él para traer la Buena Noticia a los pobres. Se me ha enviado a anunciar a los presos la amnistía general, y a los ciegos, que van a volver a ver; a poner en libertad a los que la vida ha destrozado, a anunciar que ha llegado el año en que el favor de Dios se va a mani­festar. »

Enrolló otra vez el libro, y se lo devolvió al encar­gado. Entonces se sentó en el lugar del predicador, y todos los presentes tenían los ojos fijos en Él. Y empezó a decir:

 Este pasaje de la Escritura se ha hecho realidad hoy aquí, mientras vosotros lo escuchabais.
Todos estaban de acuerdo en que era verdad todo lo que habían oído de Él, y se admiraban de las cosas

maravillosas que decía.

 Pero, ¿no es éste el hijo de José?  decían. Y Él respondió:

 Está visto que me vais a aplicar el proverbio: «¡Médico, cúrate a ti mismo! ¡Haz aquí en tu pueblo
todo lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún!»  Y prosiguió : Este sí es el dicho que se me puede aplicar: «No hay profeta en su tierra. » Vosotros sabéis

muy bien que era un hecho que había muchas viudas en Israel en los tiempos del profeta Elías, cuando estuvo cerrado el cielo, y no hubo lluvia en tres años y medio,
y sí hambre en todo el país; pero Dios no mandó al profeta a ninguna de las viudas de Israel, sino a una que era de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en
Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero no fue sanado ninguno de ellos, y sí Naamán, un sirio.
La gente de la sinagoga se enfureció cuando le oyó decir eso, y se levantaron de sus asientos, y le sacaron a empellones fuera del pueblo, y le llevaron a la cima de la colina en la que está situada su ciudad para despeñarle. Pero Él echó a andar por en medio de todos, y se marchó.
Una de las primeras visitas de Jesús fue a su pueblo de Nazaret. No era una aldea, sino una polis, que quería decir un pueblo o ciudad; y es muy posible que tuviera tantos como 20.000 habitantes. Estaba edificada en una pequeña vaguada de las'colinas que hay en las laderas más bajas de Galilea, ya
cerca de la llanura de Jezreel; pero un chico no tenía más que subir a la cima de la colina que coronaba el pueblo para

contemplar un maravilloso panorama de muchos kilómetros a la redonda.

El gran geógrafo e historiador de Israel George Adam Smith describe la escena desde la colina: La historia de Israel se

despliega ante los ojos del observador. Allí estaba la llanura

de Esdrelón en la que pelearon Débora y Barac; donde Gedeón

ganó sus victorias; donde Saúl se había hundido en el desastre

y Josías había muerto en la batalla; allí había estado la viña

de Nabot, y el lugar en el que Jehú había matado a Jezabel;

allí estaba Sunem, donde había vivid ó Eliseo; allí estaba el

Carmelo, donde Elías había peleado su batalla épica con los

profetas de Baal; y, azul en la distancia, estaba el Mediterráneo,

con sus islas.

Pero no era sólo la historia de Israel la que se contemplaba desde allí; también la historia universal se desplegaba a la vista de la colina que coronaba Nazaret. Tres grandes carreteras la bordeaban: la que venía del Sur, por la que transitaban los peregrinos que iban a Jerusalén; el gran Camino del Mar, que comunicaba Egipto con Damasco, por el que viajaban las ca­ravanas cargadas con toda clase de mercancías, y la gran carre­tera del Este, que era la que frecuentaban las caravanas de Arabia y las legiones romanas que se dirigían a las fronteras del Este del Imperio. Es falso que Jesús se criara en un ignoto rincón de la Tierra; más bien debemos pensar que su pueblo estaba en una de las encrucijadas de la historia, y que el tráfico del mundo pasaba cerca de sus puertas.

Ya hemos descrito el culto de la sinagoga, y en este pasaje tenemos una escena real que tuvo lugar en él. No fue un libro lo que tomó Jesús, porque en aquel tiempo todo se escribía en rollos. Lo que leyó se encuentra en Isaías 61. En el versículo 20 de la versión Reina Valera se usa la confusa palabra minis­tro. El funcionario en cuestión era el jazzán. Tenía muchas obligaciones: era el que sacaba de un arcón especial los rollos de la Escritura que se habían de leer, y los colocaba luego en su sitio; tenía a su cargo la limpieza de la sinagoga; era el que anunciaba la llegada del sábado con tres toques con una trom­peta de plata desde la azotea de la sinagoga, y era también el maestro en la escuela del pueblo. El versículo 20 nos dice también que «se sentó en el lugar del predicador», y eso nos da la impresión de que había terminado; pero lo que quiere
decir realmente es que se disponía a empezar, porque el predi­cador siempre se sentaba para hacer el sermón, y los rabinos daban las clases sentados. En Mateo S:1 leemos que Jesús se sentó para pronunciar el. Sermón del Monte; y esa misma idea sobrevive en la expresión cátedra, que usamos para designar el sillón del catedrático o profesor.

Lo que enfureció a la gente fue el elogio que Jesús pareció dedicar a los gentiles. Los judíos estaban tan convencidos de que eran el pueblo escogido de Dios que despreciaban a todos los demás. Algunos incluso decían que «Dios había creado a los gentiles para usarlos como leña en el infierno.» Y aquí estaba este joven de Jesús, a quien todos conocían, predicando como si los gentiles fueran los favoritos de Dios. Empezaba a amanecerles la idea de que había cosas en el nuevo mensaje que no se les había ocurrido ni soñar.

Debemos darnos cuenta de otro par de cosas:

(i) Jesús tenía la costumbre de ir a la sinagoga los sábados. Debe de haber habido muchas cosas con las que estaba total­mente en desacuerdo, o que herían su sensibilidad y sin embargo iba. El culto de la sinagoga tal vez distaba mucho de ser perfecto; pero Jesús nunca dejaba de unirse a los que daban culto a Dios el día del Señor.

(ii) No tenemos más que leer el pasaje de Isaías que leyó Jesús para darnos cuenta de la diferencia que había entre Jesús y Juan el Bautista. Juan era un predicador del juicio, y su mensaje debe haber hecho estremecerse de terror a sus oyentes. Pero lo que Jesús trajo fue un evangelio  una Buena Noticia. Jesús también sabía de la ira de Dios; pero sabía que es la ira del amor.

EL ESPÍRITU DE UN DEMONIO INMUNDO
Lucas 4:31 37
Más tarde Jesús bajó á otro pueblo de Galilea qué se llamaba Cafarnaún. El sábado se puso a enseñar, y todos se sorprendían mucho de su manera de enseñar, porque les hablaba como si no dependiera de ninguna autoridad ajena.

En la sinagoga estaba entre los asistentes uno que tenía un espíritu de un demonio inmundo, que se puso a gritar a voz en cuello:

 ¡Déjanos en paz! ¿Qué tienes tú que ver con no­sotros, Jesús de Nazaret? ¿Es que has venido a acabar con nosotros? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!

Jesús reprendió al espíritu, y le mandó:

 ¡Silencio! ¡Sal de él!

El demonio hizo que el hombre tuviera una convul­sión allí mismo delante de todos, y salió de él sin hacerle más daño. Todos los presentes estaban atónitos, y se decían unos a otros:

 ¿Qué manera de hablar es ésta, que da órdenes hasta a los espíritus inmundos con autoridad y poder, y salen?

La noticia de lo que había hecho Jesús se difundió por toda la tierra de alrededor.
Nos gustaría saber tanto de Cafarnaún como sabemos de Nazaret, pero aunque parezca extraño es que hasta hay dudas en cuanto al sitio exacto a orillas del Mar de Galilea en que estaba situada esta población en la que Jesús realizó tantas maravillas.

Este pasaje es especialmente interesante porque es el prime­ro de Lucas en el que nos encontramos con un caso de posesión de demonios. En el mundo antiguo se creía que el aire estaba poblado por una multitud innumerable de malos espíritus que estaban esperando la oportunidad para entrar en las personas.
A menudo entraban con la comida o la bebida. Eran ellos los que causaban las enfermedades. Los egipcios creían que había treinta y seis partes diferentes del cuerpo humano, y que en cada una de ellas se podía introducir uno de esos malos espí­ritus y llegar a controlarla. Había espíritus de sordera, de mu­dez, de fiebre; espíritus que le arrebataban a una persona la salud mental o el sentido; espíritus de mentira y de engaño y de inmundicia. Era uno de esos espíritus el que Jesús exorcizó aquí.

Para mucha gente esto es un problema. Por lo general, la mentalidad moderna considera que el creer en espíritus es algo primitivo y supersticioso que hemos dejado atrás en nuestro desarrollo. Sin embargo, parece que Jesús sí creía en ellos. Hay tres posibilidades.

(i) De hecho, Jesús creía en ellos. En este caso, por lo que se refiere a los conocimientos científicos, Jesús no estaba más adelantado que su época, sino con todas las limitaciones de los conocimientos médicos de su tiempo. No tenemos por qué rechazar esta conclusión, porque Jesús fue realmente un hom­bre, y tuvo los conocimientos que eran asequibles a los hom­bres de su tiempo.

(ii) Jesús no creía en ellos. Pero el paciente sí creía a macha martillo, y Jesús le podía curar solamente asumiendo que sus creencias en los demonios eran ciertas. Si una persona está enferma, y alguien le dice: < No te pasa nada», no la ayuda lo más mínimo. Hay que admitir la realidad del mal para poder efectuar la cura. Esas personas creían que estaban poseídas por un demonio, y Jesús, como sabio doctor, .sabía que no podía curarlas a menos que asumiera que la idea que tenían de su mal era cierta.

(iii) El pensamiento moderno, ha estado v4cilando hasta admitir que tal vez hay algo en la creencia en los demonios después de todo. Hay ciertos males para los que no se acaba de descubrir una causa corporal. No hay razón para que una persona esté enferma, pero lo está. Y ya que no hay una explicación física, algunos piensan ahora que debe de haber

una causa espiritual, y que a lo mejor los demonios no son tan irreales después de todo.

La gente se quedaba atónita con el poder de Jesús, ¡y no nos sorprende! El Oriente antiguo estaba lleno de gente que pretendía poder exorcizar a los demonios. Pero tenían unos métodos fantásticos y maravillosos. Cierto exorcista le ponía un anillo al paciente debajo de la nariz, y recitaba largos encantamientos. Y entonces habría como una salpicadura en un barreño de agua que había colocado allí al lado, y el demonio salía < como por ensalmo». Una raíz que se llamaba baaras era especialmente efectiva. Cuando se le acercaba alguien, se hun­día en el suelo a menos que se la agarrara a toda prisa, y el agarrarla era muerte instantánea. Así que cavaban el terreno alrededor de ella, le ataban un perro, que arrancaba la raíz con sus tirones, y moría el perro como un sustituto del hombre. ¡Qué diferencia entre toda esta parafernalia histérica y la tran­quila y sencilla orden de Jesús! Lo que dejaba estupefactos a los espectadores era su simple autoridad.

La autoridad de Jesús era algo totalmente nuevo. Cuando los rabinos enseñaban, apoyaban todas sus afirmaciones con citas de otros. Decían: «El rabí Tal y Tal dijo...», «Hay una tradición que dice...» Siempre apelaban a autoridades recono­cidas. Por su parte, los profetas decían: «Así dice el Señor». Tenían una autoridad delegada. Pero Jesús decía: «Yo os digo.» No necesitaba otras autoridades que le respaldaran; su autori­dad no dependía de otras: era la autoridad hecha carne. Era un hombre que hablaba como el que sabía.

El experto en cualquier esfera tiene un aire de autoridad. Un músico cuenta que, cuando Toscanini se dirigía al atril, toda la orquesta sentía que de él fluía autoridad. Cuando nos hace falta consejo técnico, llamamos a un experto. Jesús es el exper­to en la vida. Cuando Él habla, todos sabemos que se trata de algo más allá de lo humano  es Dios.
MILAGRO EN LA CABAÑA
Lucas 4:38, 39
Cuando Jesús salió de la sinagoga, se fue a la casa de Simón Pedro. La suegra de Simón estaba aquejada de una fiebre impresionante, y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Él se puso a su lado y reprendió a la fiebre, que al momento la dejó. Sin perder un momento, la que había estado tan mal se levantó y se puso a servirles la comida.
Aquí escribe el médico Lucas. Aquejada de una fiebre impresionante: cada palabra es un término médico. Aquejada corresponde a la palabra médica griega para alguien que padece una enfermedad. Los autores médicos griegos dividían la fiebre en dos categorías: mayor y menor. Lucas sabía dictaminar una enfermedad. Hay tres grandes verdades en este breve in­cidente.

(i) Jesús estaba siempre dispuesto a servir. Acababa de salir de la sinagoga. Los predicadores sabrán cómo se sienten des­pués de un culto. Uno se encuentra agotado, y necesita descan­sar. Lo último que desea es encontrarse con mucha gente que venga a pedirle más esfuerzo. Pero Jesús no había hecho más que salir de la sinagoga y entrar en casa de Simón, cuando se vio asaltado por el grito insistente de la necesidad humana. Jesús no alegó que estaba cansado y que tenía que descansar, y atendió a la petición sin queja ni demora.

El Ejército de Salvación cuenta lo que le sucedió a la señora Berwick en los días de los bombardeos de Londres. Había estado a cargo del trabajo social del Ejército en Liverpool, y se había retirado a Londres. A la gente se le metían en la cabeza unas ideas muy raras durante los bombardeos, y una de ellas fue que, por lo que fuera, la casa de la señora Berwick era un lugar seguro; así es que se agolparon allí. Aunque ella estaba retirada, no había perdido el instinto de ayudar. Reunió una caja

de primeros auxilios, y puso un cartel en la ventana: < Si ne­cesitas ayuda, llama aquí.» Jesús siempre estaba dispuesto a ayudar. Sus seguidores debemos hacer lo mismo.

(ii) A Jesús no le hacía falta que hubiera mucha gente para hacer milagros. Muchos están dispuestos a hacer un esfuerzo ante las multitudes que no harían en privado. Muchos están en su mejor actitud en sociedad, y en su peor en casa. Es corriente que se sea gracioso, cortés y servicial ante extraños, y lo con­trario cuando no se está más que con los de casa. En muchos se cumple el dicho de que < Cuando hay confianza, da asco.» Pero Jesús estaba dispuesto a desplegar todo su poder en una cabaña de la aldea de Cafarnaún, donde no había mucho público.

(üi) Cuando se sintió bien la suegra de Pedro, sin perder un momento... se levantó y se puso a servirles la comida. Se dio cuenta de que se le había devuelto la salud, y su manera de mostrar su agradecimiento fue ponerse a servir a los demás. No quería mimos ni contemplaciones; lo que quería era ponerse a guisar y a servirles la comida a los suyos y a Jesús. Así son las madres. Y todos haríamos bien en tener presente que si Dios nos ha concedido o devuelto el don inapreciable de la salud y las fuerzas, lo mejor que podemos hacer es usarlas para servir a otros.
LAS MULTITUDES INSISTENTES
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