Al frente de este libro significa el coto de tiempo que corresponde a los hechos y personas aquí representados. Solemos designar las cosas históricas, o con el






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- XVI -

     Paulo minora canamus, y de otra crisis hablemos, menos resonante que aquella, porque a menor número de personas afectaba, pero no de inferior interés psicológico. Teresa Villaescusa, sin darse cuenta del valor y significado de las palabras, quería desamortización. Si alguna vez oyó hablar de la Ley a su tío don Mariano, en la memoria no le quedó rastro del nombre ni de las ideas que expresaba. Tenía, sí, un sentimiento vago de la detestable petrificación de la riqueza en manos inmóviles, y una visión confusa del remedio de esta cosa mala, el cual no era otro que coger todo aquel caudal, fraccionarlo, repartirlo en mil y mil manos que supieran hacerlo fecundo. No sería propio decir que Teresa pensaba en esto, sino que por su pensamiento a ratos pasaban como sombras de estas ideas, en abstracción completa, sin que con ellas pasaran [150] los términos usuales con que los entendidos y los ignorantes las designaban en aquel tiempo. Menos abstracto era en el alma de Teresita el aborrecimiento de la pobreza. Por las escaseces que había sufrido, o por ingénito gusto de las comodidades y de los goces, la miseria le causaba horror. Egoísta y al propio tiempo magnánima, no quería ser pobre ni que lo fueran los demás: su anhelo era que hubiese muchos ricos, más ricos de los que había, y mayor número de millonarios... pensando, naturalmente, que de todo este bienestar algo le había de tocar a ella.

     Y sépase ahora que resuelto el buen Fajardo a sacar a Guillermo del nuevo pantano en que había caído, no perdonó medio para este meritorio fin. El destierro del pródigo, disimulado por una posición diplomática, si no se conseguía por O'Donnell, caído ya, se conseguiría seguramente por Narváez. Pero esto no bastaba, y era forzoso impedir a todo trance que Teresa y Aransis volvieran a unirse. Reteniendo a éste cautivo en la casa de Emparán, obligole a escribir la carta notificando a su amada el definitivo rompimiento. Mas no seguro de los efectos de la epístola, ni confiado en la resignación de la cortesana, determinó abordar ante esta, descaradamente, el delicado asunto. No la conocía; deseaba explorarla y sondear su voluntad. Bien podía suceder que fuese bastante discreta y razonable para prestar su auxilio al salvamento del caballero. Casos [151] de abnegación semejante había en el mundo. Dejando, pues, a su amigo en casa, una mañana, bien custodiado por María Ignacia y D. Feliciano, se fue derecho al bulto, se encaminó a la gruta de la fascinadora ninfa, solicitó verla, accedió la ninfa sin recelo, y poco tardaron en encontrarse sentados vis à vis en la elegante salita.

     Sorprendido quedó Beramendi de la tranquilidad con que la hermosa mujer oyó la exposición preliminar, hecha con habilidad pasmosa de explorador. Procurando no causar a su interlocutora la menor ofensa, la trataba como amigo. Guillermo y él eran, más que amigos, hermanos. Teresa se hacía cargo de todo; mostrábase atenta, mirando el caso como medianamente grave en el aspecto moral, gravísimo en el económico. En sus réplicas, mostraba dignidad, aplomo y un interés casi fraternal por Guillermo de Aransis. Cuando Beramendi, alentado por el buen giro que a su parecer tomaba el asunto, hizo a Teresa referencia clara de la situación de su amigo, de sus locuras dispendiosas, de la pérdida de su caudal, del embrollo de sus intereses; cuando le contó que él (el propio Beramendi) había revuelto el mundo por salvar una parte al menos del patrimonio de Loarre y San Salomó; cuando le expuso el contrato con Sevillano y el estado presente de Aransis, que era el de un caballero cautivo de su administrador, y sujeto a una pensión, suficiente para vivir con modestia, cortísima para el vivir [152] grande, con trenes de lujo y la diversión de caballos y mujeres; cuando, por fin, le hizo ver que si Guillermo seguía embarcado con ella, su naufragio era seguro, y no habría de pasar mucho tiempo sin que se viese miserable, degradado, sin dinero y sin dignidad, Teresa palideció, y con arranque dio esta briosa respuesta:

     «No siga usted, Marqués... No necesito saber más. Mucho quiero a Guillermo... y por quererle tanto me aterra la idea de que sea pobre. Aunque me esté mal el decirlo, la pobreza me da horror. No la quiero para él ni para mí. Usted me ha convencido de que le favorezco separándome de él. Bien está que vaya de Embajador o cosa así; bien está que no me vea más. Soy la primera en reconocer que no debemos seguir... que él debe irse por un lado, yo por otro... Ya la carta suya, que recibí anoche acompañada de una cantidad muy lucida, me dio que pensar. He dormido mal pensando que Guillermo me dejaba por no poder sostenerme... Marqués, no me asombre usted; no se enfade conmigo, no vea en mí una mujer mala si te digo que me repugna el contigo pan y cebolla. Esto es pura imbecilidad y cosas ridículas que han inventado los poetas para engañar el hambre... No, no: yo quiero a Guillermo, le querré siempre... pero que por mí no se degrade ni se arruine... Queda usted complacido, Marqués. Su amigo y yo hemos roto para siempre... Cuídese usted de que no venga a buscarme, y yo cuidaré [153] de que no me encuentre si acaso viniera...».

     Dijo esto último con empañada voz y el consiguiente tributo de ternura y lágrimas. Eran sinceras, pues si su aborrecimiento de la pobreza podía considerarse como primer móvil de tal resolución, detrás o debajo de este sentimiento había también cariño, gratitud y una dulce adhesión al hombre, al caballero... A él debía su libertad, la iniciación en alegrías y goces que le fueron desconocidos; debíale las primicias del bienestar humano, hasta entonces no disfrutado por ella. Por Guillermo se le abrían horizontes tras de los cuales creía vislumbrar espacios de felicidad. Había sido su revelador y el primero que dio realidad a su grande ambición... Bien le quería, sí. Bien merecía el homenaje de sus lágrimas... Dejándolas correr, dijo a Beramendi: «No hay que hablar más, Marqués. En seguidita me marcho, me escondo... No, no voy a casa de mi madre, donde Guillermo daría conmigo si (3) en ello se empeñara. Es testarudo; me quiere... Puede usted estar tranquilo. Yo le aseguro que me esconderé bien, y que no volveré a esta casa hasta saber que Guillermo se ha ido a esa Embajada de extranjis... Leeré algún periódico para enterarme. Adiós, adiós... ¡Pobre Guillermo! Pobre, no; no le quiero pobre... que sea feliz, que sea caballero noble, que conserve la dignidad; y usted, tan buen amigo suyo, consuélele... haga porque me olvide. Yo no le olvido, no. Crea usted que Guillermo se pondrá muy [154] triste... ¡Y qué bueno sería que al volver de la Embajada se encontrara su capital sacado de todos esos embrollos, limpio y... En fin, adiós... Dígale usted que me he muerto; no, que me han robado... robado mi persona; que... dígale usted lo que quiera, y ya sabe que tiene en mí una servidora. Adiós, adiós...».

     Salió Beramendi encantado de la sinceridad de Teresa, y de la honradez relativa con que proclamaba su afición a las riquezas y su culto del bienestar. Tenía el mérito de decir lo que otros hacen diciendo lo contrario, con hinchadas protestas de falsa delicadeza. Pensó el caballero que su amigo estaba salvado, no contribuyendo poco a tan lisonjero fin el buen sentido de la coima, cualidad rara en esta clase de mujeres. Ya no había más que esperar el cambio de Gobierno para caer sobre Narváez y no dejarle vivir hasta que diera los pasaportes al Marqués de Loarre para una Corte extranjera, cuanto más distante mejor. Y el cambio de Gobierno fue un hecho al siguiente día, tal y como Don Leopoldo el Largo lo había previsto. Doña Isabel, imitando a su señor padre, dispuso que las cosas volvieran al estado que tenían antes de lo de Vicálvaro, declarando nulo todo lo ocurrido en los dos llamados años de dominación progresista. Resultaba que las lamentables equivocaciones de Su Majestad volvían a cometerse, o a constituir la efectiva normalidad política. Los hechos decían que el Gobierno de liberales [155] y progresistas era el verdadero equivocarse lamentablemente, según el Real criterio, y que Isabel II hablaba con su pueblo en lenguaje socarrón, abusando de la contragramática y del maleante aforismo chispero: al revés te lo digo, para que lo entiendas.

     Fue la subida de Narváez como un trágala de toda la gente arrimada a la cola, que se preciaba de ser la dueña de nuestros destinos. ¡No era mal puntapié el que la España vieja, momificada en sus rutinas absolutistas e inquisitoriales, daba en semejante parte a la España nueva, tan emperejilada y compuesta entonces con su Justo medio, su Unión de hombres listos y pulcros, y su poquito de Desamortización, para mejorar siquiera el rancho que veníamos repartiendo en el hospicio suelto! Y Narváez entraba como en su casa, tosiendo fuerte y trayéndose cogiditos de la mano, como muestra de liberalismo, a Nocedal, a Pidal y a otros ejusdem fúrfuris. ¡Qué país tan dichoso! ¿Quién duda que hemos nacido de pie los españoles? Apenas enfermamos del dengue revolucionario, sale una Providencia benignísima que Dios destina paternalmente a nuestro remedio, y en dos palotadas corta el mal, y por lo sano, dejándonos como nuevos, en el pleno goce de nuestra barbarie... Y apenas entraron los providenciales al mangoneo político y administrativo, empezó el desmoche oficinesco, y la matanza de empleados de la situación caída, para resucitar a los de la imperante, que venían [156] muertos desde el 54. Todo el elemento progresista, que arrimado estuvo a los pesebres desde aquella fecha de las lamentables equivocaciones, fue arrojado a la calle con menosprecio, y entraron a comer los pobrecitos que no lo habían catado en todo el bienio. Los unionistas, amarrados al presupuesto por O'Donnell, también cayeron con los ilotas del Progreso, y a llenar el inmenso hueco entró la caterva moderada, con alegre alarido de triunfo, como si ejerciera un derecho sagrado. Eran los pobres a quienes se había hecho creer que la bazofia nacional les pertenecía, y que no debía comer de ella ninguna otra casta de hospicianos.

     Otra vez el alza y baja de ropa; otra vez el vertiginoso triquitrín de las tijeras de los sastres; otra vez La Gaceta cantando los nuevos nombramientos con grito semejante al de las mujeres que pregonaban los números de la Lotería; otra vez la procesión triunfal de los que subían por las empolvadas escaleras de los Ministerios, y el lúgubre desfile silencioso de los que bajaban. En el coro lastimero y fúnebre de los cesantes, descollaba una voz campanuda que dijo: «¡Cojondrios, ya está aquí la muerte!». Era Centurión recibiendo el oficio en que, con formas de sarcástica urbanidad, se le decía que cesaba... Y el cesar en sus funciones de la Obra Pía, era como suspender las funciones orgánicas de asimilación y nutrición... ¡Comer, comer! De eso se trataba, y toda nuestra política no era más que [157] la conjugación de ese sustancial verbo. El nacional Hospicio no podía mantener a tan grande número de asilados, sino por tandas... Veíase el buen hombre condenado a una nueva etapa de miseria. ¿Por qué, Señor? Porque a nuestra Soberana se le había metido en la cabeza que no debía desamortizar, y el espadón de Loja recogió al vuelo la idea, y con la idea las riendas y el látigo, subiéndose de un brinco al pescante del desvencijado carricoche del Gobierno.

     Pues, siguiendo paso a paso la Historia integral, dígase ahora que al tiempo que Isabel de Borbón decía con desgarrada voz de maja: yo no desamortizo, la otra maja, Teresa Villaescusa, gritaba: «juro por las Tres Gracias que a mí nadie me gana en el desamortizar». No usaba esta palabra, ni daba concreta forma a sus atrevidos pensamientos; pero en la rigurosa interpretación de la idea no fallaba la despejada hembra. Aún persistía en su corazón el duelo de Aransis, cuando puso fundamento al nuevo trato de amor con que debía sustituir al trato roto. Base de su criterio en estos graves asuntos era el principio de que la peor cosa del mundo es la pobreza; de que el vivir no es más que una lucha sistemática contra el hambre, la desnudez, la suciedad y las molestias, y partiendo de esto, eligió entre los tres o cuatro individuos que la solicitaron aquel que ofrecía más templadas armas para luchar contra el mal humano. Ya en los últimos días del breve reinado de Aransis, [158] llegó una emisaria con varias proposiciones que no quiso aceptar. Teresa era leal: no cometería una traición por nada de este mundo. Pero sacada, como si dijéramos, a concurso por la abdicación de Guillermo, no quiso precipitarse, sino antes bien hacer el debido examen y selección de candidatos. No tenía prisa; el dinerillo del testamento de Guillermo le permitía tomarse todo el tiempo que fuera menester para elegir con calma. Cuidó en aquel tiempo de dar mayor realce a su belleza, cada día más interesante; coqueteaba graciosamente con los remilgos mejor copiados del modelo de la honradez; acentuaba su gracia, su donosura, hacia la gran señora; se daba un tono fenomenal... La resolución o sentencia vino por fin informada en esta idea: los grandes fardos de riqueza deben ser manoseados y sacudidos con alguna violencia, para que de ellos se desprenda el exceso, que es carga perniciosa; y si no se dejan sacudir, debe quitárseles lo más que se pueda para remedio de los que van sin ninguna carga por estos mundos de Dios. Aligerar a los demasiado ricos es obra meritoria... et caetera... no lo decía así, pero lo hacía.

- XVII -

     Eligió con exquisita cautela y previsión Teresilla la persona que más le convenía para sus fines estratégicos, consistentes en levantar formidables baluartes contra la pobreza, y para llegar a la final decisión empleó diversas artes, sometiendo al preferido a pruebas de lealtad, de sinceridad, de esplendidez y de otras virtudes que la pícara mujer estimaba condiciones sine quibus non. Era el nuevo contratista de amor un francés de mediana edad, ni joven ni viejo, más gordo que flaco, alto, rubio, sonrosado, de correctísima educación y finos modales, que había venido a Madrid al establecimiento del Crédito Franco-Español, núcleo de capitalistas extranjeros que debía emprender en España negocios colosales, como Los Caminos de Hierro del Norte, el monopolio del Gas de las principales poblaciones, la explotación de Riotinto... Dándose mucho tono, reservándose, como quien aspira por sus propios méritos a una elevada cotización, celebró Teresa más de una conferencia con Isaac Brizard, y mientras exploraba el terreno, su perspicacia descubrió que el tal traía dinero fresco y abundante, harto más lucido que las escatimadas riquezas territoriales de nuestros nobles, los cuales viven comúnmente [160] empeñados, y son esclavos de sus administradores, o del precio que en cada año alcanzan la cebada y el trigo. La importación de capitales extranjeros limpios de polvo y paja estimábala Teresa como una de las mayores ventajas para la Nación. Que aquí se quedara, derramado en cualquier forma, todo el dinero que viene para negocios, era una bendición de Dios.

     Cuando Teresa se hallaba en los días de resistencia, de coquetería, de pruebas, redoblaba Isaac sus galanteos, que a menudo llevaban séquito de regalitos costosos y del mejor gusto. Como dijera un día la moza que su niñez había sido muy desolada y triste, que jamás tuvo una muñeca bonita, el francés le mandó por la noche dos elegantísimas, de la tienda de Scropp, una y otra vestidas con tanto primor como cualquier señorita de la más alta nobleza. La una decía papá y mamá; la otra movía los ojitos, y ambas tenían articulaciones, con las que se les daban graciosas posturas. Agradeció Teresa este obsequio como el más delicado que podía ofrecérsele, y todo el santo día se lo pasó jugando con sus nuevas amiguitas y diciéndoles mil ternuras a estilo maternal, entre caricias y besos. Deseaba Isaac obsequiar a Teresita con un espléndido y delicado banquete, sin más compañía que la de uno o dos buenos amigos, de lo más selecto de la sociedad. Dos comederos elegantes había entonces en Madrid: Farruggia y Lhardy. Pero en ninguno de los dos veía Brizard [161] la disposición de aposentos que la reserva exige. Gabinetes con efectiva independencia no había en ninguna de las dos casas. Como no era cosa de llevar a la sin par Teresa al Colmado de Rueda, en la calle de Sevilla, o a la Tienda de los Pájaros, discurrió el bueno de Isaac un arbitrio que resolvía dos problemas: el del convite y el de la instalación de Teresa, con cuyo rendimiento contaba ya como hecho indudable. Con tanto barro a mano, fácil le fue al extranjero alquilar un bonito piso en casa nueva, calle de Santa Catalina, y amueblarlo, si no totalmente, en la parte de sala y comedor. Lo demás de la casa se completaría pronto: ya estaba todo encargado a Prévost, el mueblista más caro y elegante de aquellos tiempos. Dispuestas así las cosas, Isaac encargó a Farruggia la comida para cuatro personas. Había, pues, dos invitados.

     Si los periódicos pudieran dar cuenta de estas cosas, habrían dicho, en Octubre de aquel año (no consta el día): «Verificose el anunciado banquete... tal y tal...». Pero lo que no dice el periódico lo dice el libro. Bella sobre toda ponderación, y elegante como las propias hadas, si estas se ajustaran a la moda, estaba Teresa, que con seguro instinto sabía combinar en su atavío el lujo y la modestia, y con infalible puntería daba siempre en el blanco de agradar a los hombres de gusto. Admirable era su tez, de blancura un tanto marfilesca, sin ningún afeite ni polvos, ni nada más que lo que al pincel [162] de Naturaleza debía; hechicera su boca fresca, estuche de los mejores dientes del mundo; arrebatadores sus ojos negros, con un juego de miradas que recorrían todos los registros, desde el más burlesco al más ensoñador; deliciosas las dos matas de pelo castaño que se partían sobre la frente, extendiéndose en bandas, no con tiesura pegajosa, sino con cierta ondulación suave, un trémolo del cabello que iba a parar tras de la oreja, bordeándola graciosamente. El cuello era un presentimiento de la garganta y seno, que no se dejaban ver, pues la pícara tuvo la sutil marrullería de no presentarse escotada. La tela vaporosa contaba en lenguaje estatuario todo lo que dentro había. El traje, de color malva claro, apenas lucía sus cambiantes entre una niebla de finos encajes; la cintura delgadísima enlazaba el abultado pecho con la ampulosa magnificencia del bulto inferior, todo hinchazón de telas alambradas. En la jaula del miriñaque desaparecían de la vista las caderas y toda la demás escultura infracorpórea de la mujer. La moda exhibía la mitad de una señora colocada sobre la mitad de un globo.

     Presentados por Isaac los dos amigos, Teresita les acogió con graciosa sonrisa; ocupó su sitio, diciendo a los tres que se sentaran, que no anduvieran con ceremonia, que hablasen con libertad, pues tanto le gustaba a ella la libertad como le cargaban los cumplidos, y los criados de Farruggia, limpios y estirados, empezaron a servir. El más joven [163] de los convidados, Ernestito de Rementería, esposo de Virginia Socobio, poco había cambiado en figura y acento desde la época de su matrimonio, como no fuera que eran algo más orondos sus mofletes, y más chillona y delgada su voz. Desde la desaparición de su mujer, que se escapó con un pintor de puertas, llevaba Ernestito una vida serena, cachazuda y metódica, distribuyendo su tiempo entre los trabajos de La Previsión, junto al papá, el honesto recreo de regir un cochecillo en la Castellana, y la monomanía de coleccionar objetos diversos, que un día fueron bastones, luego petacas y fosforeras, y por último, se había dado a las celebridades europeas en fotografía y grabado. Conservaba el joven Anacarsis el tipo de sacerdote francés con melenita, la escasez de pelo de barba, la finura empalagosa de su trato, y la absoluta insubstancialidad de cuanto decía. El otro convidado era en realidad un grande hombre, figura de primera magnitud en la historia social del siglo XIX, y tan notable por su facha, que era la de un perfecto aristócrata, como por su trato, el más afable y seductor que imaginarse puede. Viéndole una vez, ¿quién olvidaba la corpulenta y gallarda estatura de aquel señor, su cuerpo bien distribuido de carnes y más grueso que flaco, su faz risueña que declaraba el contacto y serenidad de una vida consagrada a los goces, sin ningún afán ni amargura? Don José de la Riva y Guisando era un hombre que parecía simbolizar la posesión de cuantos bienes [164] existen en la tierra, y el convencimiento de que nos ha tocado, para pacer en él y recrearnos, el mejor de los mundos posibles.

     Hay tanto que decir de Riva Guisando (para los íntimos, Pepe Guisando), que no conviene decirlo todo de una vez, sino soltar el personaje en esta historia, para que él mismo hablando se manifieste, y sea fiel pintor de su persona y el intérprete más autorizado de sus ideas... Cuatro palabras ahora para describir el físico y algo del ser moral de Isaac Brizard: Casi tan alto como Riva Guisando, no podía comparársele por la nobleza y arrogancia de la figura. Podía Guisando servir de modelo a todos los duques y aun a los más estirados príncipes de Europa. Isaac, igualando a su amigo en la intachable limpieza, no podía ser modelo de próceres, sino de apreciables sujetos, hijos de negociantes y educados en los mejores colegios de Francia. Guisando fue un elegante genial, que todo lo había aprendido en sí mismo, y nació con la presciencia de cuantas ideas y formas constituyen elegancia en el mundo. Brizard era un producto de la educación, un hombre distinguido y pulquérrimo, de un excelente fondo moral, con tendencias al vivir cómodo y sin bambolla, ni envidioso ni envidiado... Y por fin, para que se vea todo en su propio color y sentido, el tipo de Isaac Brizard revelaba la hibridación franco-germánica o franco-flamenca, un admirable tipo engendrado por trabajadores, sano, leal, ordenado hasta [165] en los desórdenes a que le empujaba su riqueza, de ojos azules que delataban al hombre confiado y bondadoso, la boca risueña, sobre ella un bigote menudo, del más fino oro de Arabia. Hablaba un español incorrecto, mal aprendido en la conversación y sin principios, con modulaciones guturales que le resultaban más feas por su afán de corregirlas o disimularlas. Al reproducir aquí su lenguaje, se tiene con este simpático extranjero la caridad de enmendarle las desafinaciones del acento.

     «Eh, señores, ¿cómo se llama esta sopa? -dijo Teresa riendo con deliciosa sinceridad-. Ya irán ustedes notando que soy muy bruta... Me parece que me pondría más en ridículo dándomelas de fina, y queriendo ocultar mi ignorancia... Pues esta sopa, yo no sé lo que es ni la he comido en mi vida. Casi nada sé de comidas francesas; no entiendo los motes raros que ponen a cada plato... ¿Verdad que soy muy bruta?

     -Usted es hechicera, y esta sopa es, o quiere ser, potage a la Montesquieu -dijo Guisando, erudito y galante-. Cualquier otro nombre le cuadraría mejor».

     Acordándose de su colección de celebridades, Ernesto quiso amenizar la reunión con este comentario: «¿Montesquieu...? Tengo dos retratos del gran francés: uno de ellos en talla dulce, de la época...

     -Está buena la sopa -observó Teresa-. ¿Pero a qué sabe? ¿de qué legumbres está hecha?». [166]

     La opinión de Isaac no pudo ser más sensata: «En culinaria, el cocinero debe saber mucho, y el que come ignorarlo todo. Así come uno más tranquilo.

     -Perdóneme, mi querido Brizard -dijo Riva Guisando-, que no le acompañe en esos distingos. Saboreamos mejor los productos de la culinaria, cuando sabemos a qué saben, y con qué ingredientes han sido compuestos...

     -¿Pero es esto un puré de pepinos, de patatas, o qué demonios es? -preguntó Teresa, sin que las dudas mermaran su apetito.

     -No es más que una mixtificación, a la que ponen el primer nombre que se les ocurre -afirmó Guisando-. Cuando Isaac me hizo el honor de invitarme a esta comida, que, entre paréntesis, sería deliciosa aunque la prepararan los cocineros más malos del mundo, volví a mi cantinela de siempre con el amigo Farruggia: 'Las sopas caldudas y crasas pasaron a la historia... Ya que usted se propone enseñar a los españoles a comer, trate de propagar, de popularizar los consommés finos, tan substanciosos como transparentes...'. Le propuse para esta interesante comida el Consommé a la creme de faisán, que es delicioso, verdaderamente delicioso, Teresa... y sencillísimo... verá usted.

     -¡Ay, enséñeme!... Me gusta cocinar algo... Poco sé... Quisiera poseer el secreto de algún platito delicado...

     -Sencillísimo, como digo. Todo el arte [167] está en preparar los huevos, que se sirven aparte... Se cuecen huevos bien frescos, de polla precisamente, de gallina joven...

     -¡Ay!... ¡Lástima no tener gallinero en casa! Adelante.

     -Luego se les vacía... se saca la yema por medio de un tubito...

     -Tanto instrumento ya es por demás.

     -Con las yemas y el picadillo de pechugas de faisán, se hace la farce a la creme.

     -¿Y esa farsa, qué es?

     -El relleno... Se rellenan los huevos... se ponen al baño María...

     -¡María Santísima!

     -En vez de faisán, puede usarse perdiz, bien fresca...

     -Yo sí que estaría fresca si me metiera en esos trajines tan enredosos.

     -Amiga mía, no necesita usted cocinar. Bien se ve que lo haría con mucha gracia si a ello se pusiera... Ya tendrá usted un buen jefe que la libre de esos quebraderos de cabeza, y del deterioro de sus manos lindísimas».

     Viendo que le servían Jerez después de la sopa, protestó Teresa con sincero desenfado: «¡Eh, caballeros! que el Jerez se me sube al quinto piso... Repito que soy muy bruta... no tengo costumbre de beber tanto, ni de variar de bebidas... ¿Quieren verme peneque?». Aseguró Isaac que todo era cuestión de costumbre, y que debía poco a poco educarse en el comer fuerte, acompañado de bebida confortante. [168]

     «¡Ay, ay! eso no va conmigo... -dijo Teresa, probando el Jerez-. Porque ustedes no me crean demasiado palurda, bebo un poquito; pero no se asombren si me ven perdida de la cabeza, y diciendo algún disparate».

     Ernestito, dando ejemplo de buen tono, equivalente a la poca sobriedad, se atizó dos copas, comentándolas en esta forma: «La sopa y el Jerez no tienen en las comidas otro objeto que preparar el estómago, darle fortaleza...

     -¿Para qué?

     -Para comer, para seguir comiendo... Ahora empezamos, señora mía. Yo, ya lo irá usted notando, como bien. Desde que entré en el Colegio Flaminio, en Saint-Denis, aprendí a comer bien, dando al cuerpo todo lo que pedía. Es un gran sistema para tener siempre la cabeza...

     -¿Cómo?

     -Despejada... y las ideas claritas. Es lo que yo recomiendo principalmente a todos mis amigos: que coman fuerte...

     -Y con la recomendación les mandará usted la comida, porque si no...

     -Eso es cuenta de ellos, y de que quieran tener salud o no tenerla. Repare usted, Teresita, que todos los grandes hombres han sido de buen diente. Federico el Grande, de cuyos retratos poseo la colección más lucida que hay en España, profesaba la doctrina de Rabelais: cinco comidas y tres siestas. Talleyrand consagraba toda su atención a [169] la buena mesa. Mi padre, que es hombre muy entendido en todos los adelantos extranjeros, no cesa de predicar a los españoles que se den buena vida, la mejor vida posible, y sostiene que uno de los mayores atrasos de este país consiste en que aquí no saben comer.

     -Es verdad -dijo Guisando-: reconozcamos una de las deficiencias que nos ponen a la cola de las demás naciones. Los españoles no saben comer».





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