Al frente de este libro significa el coto de tiempo que corresponde a los hechos y personas aquí representados. Solemos designar las cosas históricas, o con el






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- XIV -

     Debe decirse, para mejor conocimiento del proceder y fines de Teresita, que esta, en los últimos días de su intimidad con Valeria, se había hecho cargo con sutil adivinación de que el Marqués de Loarre declinaba rápidamente hacia el cansancio en sus relaciones con la hija de Socobio. No lo advertía la dama; su amiga sí, por virtud de una ciencia no aprendida, a la que daban viveza su admiración del caballero y su ardiente anhelo de serle grata. Y algo más sabía Teresa, que en aquel aprendizaje sacaba, como quien dice, los pies de las alforjas, probando y ejerciendo su nativa aptitud para las artes de amor. Sabía que su persona penetraba en los gustos del Marqués: se lo revelaron ciertos medios de experimentación existentes en el alma de toda mujer, y principalmente en la suya, que era de las más afinadas y conspicuas para estas cosas. Por encima de todas las hipocresías y de las conveniencias que ambos guardaban en la casa de Valeria, Teresa sabía que agradaba al Marqués, y que este se lo habría manifestado si no se lo vedara su exquisita delicadeza. ¿Qué invisible enlace psicológico, qué [129] magnetismo pudo establecer entre ellos este preliminar estado de amistad que tuvo repentino acuerdo en medio de una calle? Ni frase furtiva ni mirada indiscreta pudieron delatar la volubilidad del amante o la traición de la amiga. Miradas y frases hubo de gran sutileza, sólo de los criminales comprendidas por clave misteriosa, y con tales antecedentes no más, se lanzó Teresa a la busca y captura del Marqués de Loarre. Acometió la señorita con fe ciega y ardor esta persecución cinegética, y el éxito fue tan rápido como decisivo.

     A los diez días o poco más de estos sucesos, que maldito lo que tienen de históricos, habitaba Teresa un pisito muy mono, calle de Lope de Vega, amueblado con elegante sencillez. Mañana y tarde invadía la casa una caterva de tapiceros, modistas y prenderas, que iban a completar el decorado, a tomar medidas a la señora para diferentes vestidos, o a ofrecerle objetos diversos, gangas y proporciones con que especula el corretaje a domicilio. Gozosa estaba Teresa, la verdad sea dicha, por verse libre, o en esclavitud que no lo parecía, y con ancho camino por delante para correr tras de la risueña Fortuna que desde rosados horizontes le decía: «Ven; aquí estoy». Rota la cadena que la sujetaba al desabrido estado señoritil, ya podía campar a sus anchas, y dar el debido valor a su belleza y a las demás prendas que poseer creía: inteligencia, bondad de corazón, finura social. Bastante tiempo había [130] perdido en la tienta de novios sin encontrar ninguno que le sirviera: el que no era tonto, era malo; el listo pecaba de pobretón, y si algún feo resultaba despejadito, los guapos se caían de bobos. Bien los había examinado ella en el veloz desfile; breve y superficial trato le bastaba para catarlos y calarlos. Si no lo encontró en las condiciones necesarias para fundar un sólido edificio matrimonial con la honradez y ventura consiguientes, no era culpa suya. Su destino le marcaba los caminos irregulares, y por ellos se lanzaba, afirmada su conciencia en la persuasión de que no podría andar por otros. Cada ambición tiene su espacio propio para volar. Que el de la suya era de los más extensos, se lo probaba la grandeza y poder de sus alas.

     Del Marqués de Loarre debe decirse que en aquella nueva caída de su voluntad inválida, tuvo más parte la pasión que la vanidad. Infundíale Teresa un amor travieso, juvenil, de continua ilusión, que constantemente se renovaba empalmando lo más espiritual con lo que al parecer no lo es. Ninguna mujer, como aquella, le había llevado al puro éxtasis contemplativo de la humana belleza, y a la poesía del amor, que inspira elevados pensamientos y gallardas acciones. Preciosa era Teresita antes de meterse en aquel enredo; metida en él, y habiendo soltado ya la compostura y encogimiento de señorita del pan pringado, como las culebras sueltan su piel gastada quedándose [131] con la nueva reluciente, su persona resplandecía en todos los grados y matices de la belleza, desde los más delicados a los más incitantes. Era un libro de poesía incomparable, tan superior en los pasajes de absoluta seriedad, como en los amenos y graciosos... libro satánico, encuadernado en piel de serafines.

     Sabía muchas cosas de la vida y de la sociedad la despabilada Teresa, añadiendo los descubrimientos que hacía su natural penetración a lo que la experiencia le enseñaba. Pero sabiendo tanto, no se había dado clara cuenta de su situación ante el mundo, y sobre este particular tan interesante la ilustró Guillermo con discretas explicaciones: «Tu libertad está limitada al interior de tu casa; fuera de ella has de andar con mucha cautela y disimulo para que de la libertad no te resulte el escándalo. De poco te valdrá tener trajes lindos y variados, los sombreros más elegantes, y los prendidos y adornos más a la última, porque no podrás lucirlos en ninguna parte donde haya lo que llaman buena sociedad, y la otra sociedad, la de las que viven como tú, es muy reducida y no se muestra en público con alardes de riqueza. Coches no debo ponerte, y bien sabe Dios que lo siento, porque no está bien visto que las mujeres de vida irregular gasten otra clase de vehículos que los simones. Al teatro puedes ir, y como no has de ir sola, tienes que acompañarte de otras tales, y esto llama la atención. Has de presentarte muy modestamente [132] en todo sitio público, dándote tus mañas para que nadie te conozca. Esto es difícil: tu belleza te delata, y la sencillez, la pobreza misma en el vestir, no te disfrazarían. Para que pudieras ir libremente a todas partes y echar facha con trajes bonitos y carruajes de lujo, necesitarías ser casada... ¡ya ves qué grande anomalía! Si hubieras entrado en esta vida con marido, o lo adquirieras después casándote con cualquier calzonazos, que te diera nombre y pabellón, ya podrías hacer tu contrabando libremente, y hasta te tratarían muchas señoras que hoy primero se cortan la cabeza que saludarte. Ya ves, chiquilla, qué diferencias tan absurdas en el proceder del mundo con las que no se ajustan a la moralidad. Eres soltera: vade retro. Que tuvieras un maridillo, pararrayos de las burlas y de las iras de la opinión, y ya sería otra cosa. No gozarías la consideración de persona de ley; pero serías tolerada, y tu presencia en los teatros y paseos, desafiando con tu lujo, a nadie chocaría... Con que ya sabes, Teresa: dentro de tu casa eres reina; fuera, esclava, sobre quien tiene puesto el pie la opinión y no te deja respirar».

     Asimilándose al punto estas ideas, Teresa contestó que se conformaba con andar siempre de trapillo fuera de casa, pues si para engalanarse hacía falta marido, más parecido a un trasto portátil que a un hombre, se quedaba muy a gusto en su soltería mal mirada. Como estaban en la luna de miel, o poco menos, siempre que hablaban [133] del porvenir daban por punto indiscutible que no habían de separarse nunca, y que serían los eternos amantes, eternamente embobados el uno con el otro. Lo malo fue que a poco de instalarse Guillermo y Teresa en aquel rincón de los dominios de Afrodita, enterose de ello Beramendi, y si se dice que al saberlo cogió el cielo con las manos, no se expresa bien toda su pena y cólera. Y razón tenía el enojo del caballero y fiel amigo. Sépase que a fines de Agosto revolvió a Roma con Santiago para conseguir la realización del tantas veces aplazado empréstito de Loarre y San Salomó. Gracias a su perseverancia y actividad, apencó al fin con el negocio del señor Sevillano, sin participación de otro alguno. Se firmó la escritura el 10 de Septiembre. Aransis quedó libre de la pesadumbre y esclavitud de onerosas deudas, y recibía el primer plazo de la renta que se le señalaba para vivir en decorosa medianía. ¿No era un dolor que casi en los mismos días de esta felicísima solución, que debía ser fundamento de nueva vida y principio de enmienda, recayese Guillermo en las mismas culpas, en los mismos desórdenes que habían motivado su ruina?

     A la dura filípica de Beramendi, contestó con estos artificiosos argumentos: «Tienes razón, Pepe: yo reconozco que no merezco tu amistad... Quiero conservarla, y la fatalidad no me deja. Un poder superior me arrastra: contra él nada puedo. Cada uno lleva en sí desde el nacer el germen de la [134] enfermedad de que ha de morir... Me he convencido de una cosa: la medicina que intenta curar estos males, que son la vida misma, es peor y más dolorosa que la enfermedad. Déjame vivir con mi muerte, Pepe... Te digo también que este delirio de ahora no es vanidad, sino pasión; la única de mi vida quizás... Ver pasar esta pasión, ver pasar estos rábanos y no comprarlos, ya comprendes que no puede ser... Tener el ideal cogido en la mano y dejarlo escapar, es locura tan grande, que no la tendrías igual sumando las locuras de todos los locos que están en Leganés... Y aunque me injuries, Pepe; aunque me mates, te diré que me apesta el orden acompasado; que odio la administración, y que ese desideratum de la vida práctica, al modo inglés, al modo extranjero, como decís, se me sienta en la boca del estómago... Morir, Pepe, morir en la cruz de... ¿cómo llamaré a esta cruz?... en la cruz del ideal único, del que sólo nos visita una vez...».

     Esto, y algo más en el propio sentido sin sentido, dijo el de Loarre, provocando al de Beramendi a burlonas risas. Despidiéronse, asegurando Fajardo que era para no verse ni hablarse más. «Eres hombre perdido -le dijo-, y cansado de luchar inútilmente por ti, te abandono. Cuando te bailes en las últimas, cuando vayas a un hospital, o cuando mal trajeado y con las botas rotas te pasees en la acera del Casino, pidiendo un napoleón a cualquier transeúnte desdichado, [135] volverás a verme; antes no, Guillermo. Quédate con Dios».

     A pesar del severo propósito, como le amaba tan de veras, pasados algunos días volvió Beramendi a la carga con arsenal nuevo de razones y un plan que creía de grande eficacia. En su casa, recién salido del lecho, oyó Aransis con calma el nuevo rapapolvo de su amigo: «Ya sé que has agotado en tres semanas o poco más el primer trimestre de tu pensión, y que has tenido que acudir otra vez a los usureros para el sostén de la Villaescusa... Olvido lo que te dije aquella tarde en el Casino, y vuelvo a ti considerándote como un niño enfermo. No tendría yo perdón de Dios si te abandonara. Te salvaré, aunque para ello tenga que sacarte de Madrid entre guardias civiles, y encerrarte luego en un castillo, en una torre o casa de campo, como se encierra a los locos furiosos que se golpean a sí mismos y muerden a sus enfermeros. Prepárate, chico. Ahora verás cómo las gasto. Pedí a Pastor Díaz un puesto diplomático para ti, con el interés que puedes suponer. Atenas, Bruselas, Turín, lo mismo da. Me contestó que hay vacante, pero que nada puede hacer sin una indicación de O'Donnell. Fui a ver al General, que, como sabes, es mi amigo. En la Granja he tenido ocasión de tratarle con frecuencia. Vinyals y Vega Armijo tienen gran empeño en llevarme a la Unión Liberal. Don Leopoldo parece estimarme más de lo que yo merezco... Pues como te digo, fui a verle y le solté a [136] boca de jarro mi pretensión. ¿Sabes lo que me contestó? 'Siendo cosa de usted, Beramendi, es cosa mía, y, por tanto, cosa hecha. Parece que una plenipotencia quedará vacante pronto. Se hará una combinación...'. Quedé en volver a Buenavista dentro de pocos días, y allá me voy mañana, pero no solo: irás conmigo, y darás las gracias al General por el honor que te hace».

     El de Loarre nada dijo: creyérase que levantar repentinamente el vuelo hacia un país lejano, con airosa investidura diplomática, no le parecía mal. Antes que formulara una objeción tímida, más sugerida tal vez del disimulo que del convencimiento, Beramendi se precipitó a completar su plan: «Falta la segunda parte. Verás: mañana mismo escribes una carta a esa linda serpiente que te ha trastornado el seso. Ya comprenderás lo que tienes que decirle... Que no puedes seguir, que dé por terminado este chapuzón, pues a ti te saco yo a flote, y ella que busque otro imbécil con quien ahogarse... A la carta acompañarás una cantidad prudencial, que determinaremos, y si no la tienes, que no la tendrás, no has de pedirla a los usureros: yo te la doy... Con que ya ves que te estimo de veras. Te participo, querido Guillermo, que por si cerdeas tú, o se sale tu sílfide con algún ardid para retenerte, ya tengo preparado un lindísimo artificio judicial para meterla en la Galera, o mandarla desterrada lejos, muy lejos... Nada, nada. Hoy me he levantado con la idea y propósito [137] de convertirme en sátrapa. No queda otro remedio. Contra la tontería y la inmoralidad reunidas; contra un loco y una perdularia, ambos sin conciencia, sin idea del honor, sin ninguna rectitud, no hay más que el palo absolutista... Aquí me tienes dispuesto a hollar todas las libertades, y a convertir en pajaritas las hojas del libro de la Constitución. Declaro que desde este momento has perdido todos los derechos del ciudadano, y eres mi vasallo, mi siervo. Aquí vengo a tu conquista y captura. Vístete, arréglate, y te llevo conmigo a mi casa, de donde no saldrás hasta que demos tú y yo cumplimiento a todo mi programa».

     Oyó estas conminaciones Guillermo entre atontado y risueño, como si a veces las tomase a broma, a veces con harta seriedad y recelo. El tono brioso de Fajardo le persuadió al fin de que se las había con una voluntad enérgica, y sintió miedo. La suya, floja y pasiva, no sabía mantenerse en pie contra la razón erguida y brutal de su amigo... Más que nada temía la convivencia con su tirano. Siempre al lado suyo, acabaría por obedecerle, por ser un niño... Como pidiera más explicaciones de aquel cautiverio que le esperaba, Beramendi le dijo:

     «Desde hoy vivirás en mi casa. Que no te suelto, que no te escapas. Verás con mis ojos, andarás con mis piernas y respirarás con mis pulmones. Pensaba yo que fuéramos hoy a ver al Presidente del Consejo, para que quedases cogido y amarrado en el [138] compromiso de tu nombramiento de Ministro de España en una corte extranjera. Pero ahora caigo en que estamos a 10 de Octubre, cumpleaños de la Reina. Gran gala, besamanos; por la noche baile en Palacio. No hay que pensar hoy en visitar a gente política y militar. Para no perder el día, después de almorzar redactarás en mi despacho la carta explosiva que has de mandarle a tu coima... explosiva digo, a ver si revienta cuando la lea... Verdad que irá acompañada de los maravedises, y el topetazo será con algodones... Cree, Guillermo, en la virtud de los maravedises, que vienen a ser colchón blando para la caída de las que se derrumban de desesperación... Ea, vístete y vámonos... ¡Silencio! no se permiten observaciones. No hay derecho a protestar, no y no. Sólo concedo un derecho, el del pataleo... Arréglate, digo, y en casa patalearás a tu gusto».






- XV -

     Esto pasaba en la mañana del 10 de Octubre. En la madrugada del 11 ocurrían otras cosas igualmente insignificantes en apariencia, pero que aquí se refieren porque su simplicidad se nos presenta enlazada, horas después, con hechos de evidente complicación y gravedad. Empezaban a salir los invitados a la fiesta de Palacio; arrimaban [139] los coches a la colosal puerta, por la Plaza de la Armería; entraban en ellos, chafándose en las portezuelas, los hinchados miriñaques, dentro de los cuales iban señoras; entraban plumas, joyas, encajes, bonitas o vetustas caras compuestas, y apenas un coche partía, otro cargaba... De los primeros, más que de los últimos, fue un carruaje sin blasones, de un tipo medio entre los elegantes y los de oficio, alquilados por año, y en él entró doblándose un largo cuerpo, un dilatado capote que por arriba remataba en tricornio con plumas, por abajo en botas de charol con espuelas. Tras el sujeto larguirucho no entró en el coche señora, sino dos militares, que por la traza distinguida y cargazón de cordones debían de ser ayudantes... El coche partió, y ninguno de los tres señores en él embutidos pronunció palabra en todo el trayecto desde Palacio al Ministerio de la Guerra. El Presidente del Consejo, General O'Donnell, el más largo de los tres en estatura y en todo, que nunca ejerció la comunicatividad baldía, fue en aquella ocasión arca cerrada. Llegaron a Buenavista; subieron en callada procesión, algo parecida a la del cura y acólitos que llevan el Viático, y en las habitaciones del General, rompió este el silencio ante su digna esposa, que jamás se acostaba cuando él iba de fiesta palatina, las únicas que le hacían trasnochar, y aquella noche le esperó como de costumbre, para informarse de si volvía contento y en buena salud, con algo más [140] que nunca omite en estos casos la curiosidad femenina.

     Contestando a doña Manuela, luego que se acomodó en un sillón y estiró las piernas, el gran O'Donnell dijo: «¿El baile? Precioso. Allí teníamos todo el lujo y toda la elegancia que hay en Madrid... No hay más. ¿Señoras? No faltaba ninguna: allí estaban las de la sangre y las del dinero... ¿Calor? Bastante, y poco espacio, por el volumen exagerado de los miriñaques. ¿La Reina? Deslumbradora... amable con todos... Traje riquísimo de gasa... el adorno, guirnaldas de violetas... elegantísimo... Soberbio alfiler de brillantes... Bailó conmigo el primer rigodón; luego...».

     Volviéndose a los ayudantes, como para pedirles testimonio de un recuerdo, dijo que la novedad del baile había sido la presentación en Palacio de la Condesa de Reus... «¿Verdad que es muy mona la mujer de Prim? Morenita y simpática... En fin, buenas noches». Ansiaba el descanso, la soledad. Algo de íntimo interés tenía que referir a su esposa; pero por lo avanzado de la hora, determinó dejarlo para el día siguiente. Poco después de esto se hallaba don Leopoldo en manos de su ayuda de cámara, que desenfundó su cuerpo del uniforme, sus desmedidas piernas, de las botas sin fin... Algunos minutos más, y ya le teníamos tendido y estirado en su cumplido lecho, en postura supina, más dispuesto a la meditación que al sueño, porque del baile había traído [141] un resquemor, que hasta el amanecer había de ser cavilación fatigante. Aunque era O'Donnell hombre más reflexivo que apasionado, que sabía mirar con calma los graves acontecimientos y las contrariedades de la vida o de la política, la misma pujanza y frialdad de su razón apartaban su mente del descanso para aplicarla al examen de los hechos, y cuando estos despertaban su enojo, no dejaba de correr por los nervios del grande hombre el hormigueo que determina el insomnio. De la devanadera que en aquella madrugada giró dentro del cerebro del héroe de Lucena, se han podido extraer con no poco trabajo estos fraccionados pensamientos:

     «Es por la Desamortización, por la pícara Desamortización... Ya lo veía yo venir... Pero no creí, no, que tan pronto... Ni pensé que me pusiera en la calle por tal motivo... Narváez llegó hace tres días; fue a Palacio y dijo: 'Señora, sepa Vuestra Majestad que yo no desamortizo. Mi política es tener contentos a los curas y al Papa'. Así le dijo, y las consecuencias bien claras las he visto esta noche... Ha sido una impertinencia, un rasgo de mala educación... No jugar, Señora, no jugar con los hombres ni con los partidos... Con estos juegos y estas humoradas, las coronas se caen de las cabezas... y menos mal que estamos en España, un país de borregos; que hay países donde por estas bromitas caen las cabezas de los hombros... Cuidado, ¿eh?...».

     Dio una vuelta, cargando sobre el lado izquierdo [142] su formidable osamenta. La devanadera echaba esto de sí: «No hay manera de crear un país a la moderna sobre este cementerio de la Quijotería y de la Inquisición. España dice: 'Dejadme como soy, como vengo siendo: quiero ser bárbara, quiero ser pobre; me gusta la ignorancia, me deleitan la tiña y los piojos...'. Y yo digo: Modo de arreglar a esta nación: saco del partido Moderado y del Progresista los hombres que en ellos hay inteligentes, limpios, bien educados; los cojo, con ellos me arreglo, dejando a los fanáticos y a los tontos, que para nada sirven... Con esta flor de los partidos amaso mi pan nuevo... Unión Liberal... Reunimos y organizamos lo útil, lo mejor, lo más inteligente; y lo demás, que se descomponga y vuelva al montón... ¿Cuántas veces, Reina mía, he tratado de meterte en la cabeza esta idea?... Trabajo perdido. La comprendes... ¡como que no tienes un pelo de tonta! pero entra por un oído y sale por otro... Sale porque hay dentro de tu cerebro ideas viejas, heredadas, petrificadas... ¿Y esas ideas, qué son? Reinar fácilmente y sin ninguna inquietud sobre un pueblo, mitad desnudo, mitad vestido de paño pardo... Esto no puede ser... Y tú, Reina, ¿qué piensas trayendo a Narváez con la Constitución del 45, neta, y el palo por única ley, y el tente tieso por única política? Tú, Reina, mira lo que haces. Tú, Reina, no olvides que para mantenerse en esas alturas, hay que tener educación política, educación social, [143] principios, formas... tú me entiendes; tú...».

     El hablar de a Su Majestad era señal de que se dormía. Por un momento, la onda del sueño estuvo a punto de anegarle... De improviso volvió sobre sí: despabilándose y volteando su corpachón hacia el lado derecho, dio nuevo impulso a la devanadera, que decía: «Desamorticemos (2)... País nuevo... Salaverría, que sabe sacar estas cuentas mejor que nadie, ha calculado la Mano Muerta en siete mil millones. Yo digo que debe de ser más... ¡Siete mil millones! Ello es nada: caminos carreteros, ferrocarriles, puertos, faros, canales de riego y de navegación... Y vale más que todo el gran aumento de la propiedad rústica... Serán propietarios de tierra muchos que hoy no lo son, ni pueden serlo... aumentará fabulosamente el número de familias acomodadas; los que hoy tienen bastante, tendrán mucho más; los dueños de algo, lo serán de mucho, y los poseedores de la nada, poseerán algo... ¿Qué es esta España más que un hospicio suelto? Esas nubes de abogadillos que viven de la nómina, las clases burocráticas y aun las militares, ¿qué son más que turbas de hospicianos? El Estado, ¿qué es más que un inmenso asilo? Dice Salamanca que en toda España hay dos docenas de millonarios, unos quinientos ricos, unos dos mil pudientes o personas medianamente acomodadas y ocho millones de pelagatos de todas las clases sociales, que ejercen la mendicidad en diferentes formas. En esta cuenta [144] no entran las mujeres... Pues bien, digo yo: Amigo Salaverría... vendamos la Mano Muerta, hagamos miles de hacendados nuevos, facilitemos el pago de las fincas que se vayan desprendiendo de esa masa territorial muerta... A los pocos años, tendremos agricultura, tendremos industria, y la mitad por lo menos de los hospicianos que forman la Nación, dejarán de serlo... Digan lo que quieran, el español sabe trabajar. No le faltan aptitudes, sino suelo, herramientas, estímulo y mercado que les compre lo que producen... ¡Siete mil millones, que hoy existen en el fondo de un arcón cerrado con llaves que la Iglesia tiene en su mano, y no quiere soltar ni a tiros!... A tiros sí que las soltaría... Pero, señora Reina, ¿hemos de armar otra guerra civil por esas dichosas llaves? ¿No derramamos bastante sangre en la primera, para defender tus derechos y asegurarte en el Trono?... ¡Y los vencidos en aquella lucha, Reina mía, son ahora los que detrás de una cortina te aconsejan y te dirigen!... ¡Y no pudiendo dar el poder a los vencidos de aquella guerra, lo das a Narváez, que entra en Palacio diciendo: 'Yo no desamortizo'...! Cuidado, Reina: no se juega con la vida de un pueblo... de una Nación viril, por más que sea la gran Casa de Caridad. El hospiciano sigue diciendo: 'quiero ser bárbaro, quiero ser pobre'; pero lo dice por rutina... Detrás de ese estribillo suena un querer oculto, suenan otras voces, que apenas se entienden... Tú no sabes oír estas voces; [145] yo las oigo... las oímos muchos... A Palacio no llegan sino cuando nosotros te las decimos y tú no las escuchas... Abre los oídos, Reina; abre los ojos, para que oigas y veas... Estás a tiempo aún... Algún día dirás: ¿qué ruido es ese?... Pues ese ruido, ¿qué ha de ser más que...?».

     Otra vez la trataba de , otra vez se dormía... Por fin cogió el sueño, y la devanadera cedió lentamente en su veloz volteo hasta quedar inmóvil... De día no funcionaba la devanadera, y los pensamientos del General se producían con ponderación y sensatez, en perfecta consonancia con el pensar común y el ambiente intelectual de su tiempo. Se mantenía en el justo medio, y no se apartaba un ápice de la realidad. El libre y atrevido pensamiento quedábase para los instantes que preceden al sueño, o para los que inmediatamente le siguen, cuando aún no ha entrado la plena luz en la alcoba, ni se ha oído más acento que el de los gallos que cantan en la vecindad.

     Levantose el General temprano, como de costumbre: despachada su correspondencia con el Secretario particular, vistiose para ir a Palacio. A punto de las doce, hora de las visitas de confianza, recibió la de dos caballeros, el Marqués de Beramendi y el de Loarre. Al salón pasaron, y ofrecían sus respetos a doña Manuela, que charlaba con su amiga la Duquesa de Gamonal, cuando entró O'Donnell con uno de sus ayudantes, dispuesto ya para ir a Palacio. Saludó a los [146] dos aristócratas; después cogió de un brazo a Beramendi, y llevándole aparte, le dijo risueño: «Nada puedo hacer ya... ¡Estamos caídos!

     -¡Caídos, General!... ¿Por qué?... ¿De veras hay crisis?

     -La plantearemos de hoy a mañana... Caídos... Nos echan...

     -¿Pero esa señora está desatinada, o...?

     -De lo prometido no hay nada, Marqués. En testamento, no podemos proveer vacantes del personal diplomático... Pero ahora tendrá usted en el poder a su amigo Narváez, que le dará eso y cuanto usted le pida...

     -¿Narváez...?

     -Ea, que no puedo entretenerme. Dispénseme. Voy a la Casa grande».

     Mientras duró este aparte, Loarre y la Gamonal hablaron de la inauguración del teatro de la Zarzuela, erigido en la calle de Jovellanos, hermoso coliseo que resultaba como el hermano menor del teatro Real. Inquieto y caviloso Beramendi por lo que el General acababa de decirle, trató de llevar la conversación al terreno político para esclarecimiento de sus dudas, y a la menor indicación que sobre crisis hizo a doña Manuela, esta señora, a quien sin duda se le atragantaba la noticia, se precipitó a echarla fuera en esta forma: «Pues sí... lo digo, porque hoy ha de saberlo todo Madrid. La Reina estuvo en el baile de anoche muy inconveniente. Bailó el primer rigodón con O'Donnell: la etiqueta manda que Su Majestad [147] rompa el baile con el Presidente del Consejo. Terminado el primer rigodón, la Reina le dijo a mi marido: «¿Te parece que baile el segundo con Narváez?». Mi marido, que es la pura corrección, le respondió: 'Señora, Vuestra Majestad me dispense; pero la etiqueta y las conveniencias más elementales mandan que ahora baile Vuestra Majestad con un individuo caracterizado del Cuerpo diplomático...'. ¿Pues qué creerán ustedes que hizo la Reina? Sonreír, alzar los hombros, y sacar a bailar a Narváez... Esto es un desprecio para mi marido... es decirle, no con la boca, sino con los pies: 'O'Donnell, tú...'. En fin, que tenemos crisis».

     Condenaron enérgicamente los dos próceres la forma anticonstitucional y pedestre de cambiar de Gobierno, no sin que Beramendi hiciera gala de su erudición encareciendo la seriedad y rectitud de la Corona de Inglaterra en los procederes constitucionales. La Gamonal, dama que había sido de la Reina, y Duquesa de las de nueva emisión, oía estas cosas de alta política como si fueran cuentos traídos de la China. «Pues yo no sé, no sé... -dijo abanicándose con mayor viveza de ritmo-. ¡Estaría bueno que la Reina, con ser Reina, no pudiera bailar con quien le diera la gana!

     -Hija, no puede ser... -observó Doña Manuela sin cambiar de ritmo en el abaniqueo-. Las Reinas, por serlo, están obligadas a mirar bien lo que hacen, lo que dicen y lo que bailan...». [148]

     ¡Y vuelve por otra!... Era doña Manuela más lista y aguda de lo que parecía. Su figura insignificante, sus vulgares facciones afeadas por una expresión desabrida, y la tez de un moreno harto subido, no predisponían comúnmente en su favor. La cualidad suya dominante, que era el amor intenso a su esposo, no tenía carácter social y de extenso relieve. Para ella no había más Dios ni más Rey que O'Donnell, ni tampoco mejor y más venerado profeta. O'Donnell, hombre de una dulzura grande y de sencillez patriarcal en sus afectos, la amaba tiernamente y la ponía en las niñas de sus ojos azules. Decían gentes maliciosas que la temía. Temía todo lo que pudiera desagradarla, que es el temor de los enamorados.

     Volvió de Palacio don Leopoldo tranquilo, impenetrable. Ya los Marqueses se habían ido, y sólo permanecía en el salón de Buenavista la Duquesa de Gamonal. La presencia de esta señora, de cuño tan reciente, que aún no se había enfriado el troquel que estampara su título, contuvo al General dentro de la mayor reserva: lo que a ella le dijese se haría tan público como si saliera en los periódicos. Entró luego más gente: dos amigos del General, don Santiago Negrete y el Gobernador de Madrid, Alonso Martínez, almorzaron con él. Por lo que hablaron de política, la crisis era inevitable: ya se había citado a los ministros a Consejo, del cual seguramente saldría la dimisión total. ¿Qué había dicho Isabel II a su primer Ministro [149] en la entrevista de aquella mañana? Algo referente a la Ley de Desamortización. Sólo la Condesa de Lucena conocía el texto exacto de las palabras de Su Majestad: «Mira, O'Donnell: te dije que no me gustaba la Desamortización, y ahora digo y repito que en conciencia no puedo admitirla; que no la quiero, vamos, que no puede ser...».





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Al frente de este libro significa el coto de tiempo que corresponde a los hechos y personas aquí representados. Solemos designar las cosas históricas, o con el iconLos nombres o sustantivos es la clase de palabra con las que designamos...

Al frente de este libro significa el coto de tiempo que corresponde a los hechos y personas aquí representados. Solemos designar las cosas históricas, o con el iconLas palabras y los mitos
«historia». En nuestros días empleamos el vocablo «mito» para designar un relato de unas características especiales: el que cuenta...

Al frente de este libro significa el coto de tiempo que corresponde a los hechos y personas aquí representados. Solemos designar las cosas históricas, o con el iconLas palabras y los mitos
«historia». En nuestros días empleamos el vocablo «mito» para designar un relato de unas características especiales: el que cuenta...

Al frente de este libro significa el coto de tiempo que corresponde a los hechos y personas aquí representados. Solemos designar las cosas históricas, o con el iconEste libro puede tratar de muchas cosas pero inexorablemente hablará...






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