Al frente de este libro significa el coto de tiempo que corresponde a los hechos y personas aquí representados. Solemos designar las cosas históricas, o con el






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- V -

     Linda era como un ángel Teresita Villaescusa, como un ángel a quien Dios permitiese abandonar la solemne seriedad del Cielo, adoptando el reír humano. Porque, según los doctores en belleza, la de Teresita Villaescusa no habría sido tan completa sin aquel soberano don de sonrisa y risa que le iluminaba el rostro y le descubría el alma. A todos encantaba su gracia ingenua, y la amistad y el amor se le rendían. La tez de [43] un blanco alabastrino, el cabello castaño, los ojos negros: ¿verdad que no pudo idear combinación más bonita el Supremo Autor de toda hermosura? Pues espérense un poco, y verán qué obra maestra. Hizo el cuerpo de proporciones discretas, ni largo ni corto; el talle esbelto, los andares graciosos, el pecho lozano. Y decían admiradores de Teresa que se había esmerado en la dentadura, haciéndola tan bella y nítida como la de los ángeles, que ni ríen ni comen. La inocente niña, que en sociedad era el hechizo de cuantos la trataban, en la intimidad doméstica se encerraba, según decía su madre Manolita Pez, en una gravedad taciturna, con tendencias a la melancolía. Educada en completa libertad de lecturas, Teresa devoraba cuantos libros caían en sus manos, novelas sentimentales o de enredo, obras picarescas, y hasta tratados ascéticos y místicos. A los diez y ocho años gustaba menos del teatro que de la iglesia, y se dejaba llevar de sus tías, las señoras de Pez, a novenas y triduos. Daba cuenta de los ritos y solemnidades eclesiásticas a que asistía, bien compuesta y acicalada con sencilla elegancia, pues el gusto de arreglarse bien era otro de los dones con que quiso agraciarla el Soberano Fabricante de toda belleza. Su apacible dulzura y su querencia de lo espiritual, y aun su pulcritud modesta, daban motivo a que la madre dijese: «Esta hija mía acabará por ser monja». Confirmábala en tal creencia el tesón con que Teresita, después de sonreír y reír con [44] cuantos muchachos se le acercaban, no entraba con ninguno. Admitía bromas galantes; pero en cuanto le hablaban de relaciones y de noviazgo, se metía en la concha de su seriedad, y desaparecían de la vista de sus admiradores los maravillosos dientes.

     El coronel don Andrés de Villaescusa, excelente militar, era hombre poco doméstico. Pesábale el techo de su casa; ardía el suelo bajo sus pies: las altas horas de la noche le encontraban en tertulias de cafés o casinos. Liberal en política, lo era más aún con su mujer, a quien dejaba en la plenitud de los derechos, sin ningún rigor en los deberes. Las pasiones que al Coronel dominaban eran los caballos, el juego y el continuo disputar en casinos, cafés y tertulias de hombres, llevando siempre la contraria, embistiendo con impetuosa dialéctica los problemas más difíciles. Menos sus obligaciones militares, todo lo dejaba por hablar, y discutir, y defender las opiniones más apartadas del sentir general: era la eterna oposición. En estos placeres de la charla maniática, contrariábale un crónico padecimiento del estómago, que de tiempo en tiempo con violencia le acometía, haciéndole atrabiliario y por demás impertinente. Se dejaba cuidar por su esposa en la crudeza de los accesos; pero cuando estos pasaban, volvía estúpidamente al vivir desordenado, toda la noche en febriles disputas, comiendo mal y a deshora, renegando del Verbo. De su matrimonio con Manolita Pez no tuvo más sucesión que Teresa. [45] De niña la mimaba. Viéndola mujer, no pensó más que en librarse del cuidado que exige la doncellez, casando pronto a la chica, que para eso nacen las hembras. «No andemos con remilgos -decía-. Es locura esperar a que le salgan marqueses, banqueros o accionistas de minas. El primer teniente que pase, o el primer oficinista con diez mil, se la lleva, y a vivir». A risa tomaba lo del monjío, y pensaba que las tristezas de su hija en casa no eran más que ganas de novio, y cavilación en las dificultades para encontrarle bueno.

     A fines del 55, en la tertulia de Centurión, le salió a Teresa un novio, que parecía del agrado de ella. Era un teniente muy simpático, de la familia de Ruiz Ochoa. Pero los sangrientos desórdenes de Valladolid interrumpieron el tanteo de amor, porque el joven oficial salió de la Corte con las tropas destinadas a contener aquel movimiento. Teresa, con fría inconstancia, aceptó los obsequios de otro, Rafaelito Bueno de Guzmán, de familia bien acomodada; pero a los tres meses de telégrafos en el balcón y de cartitas, fue despedido el jovenzuelo, y suplantado por un estudiante de Caminos que sabía sinfín de matemáticas y hablaba el francés con perfección. Al matemático sucedió un poeta; al poeta, un chico del comercio alto, Trujillo y Arnaiz; a este, un médico novel, y un pintor, y un hijo del Marqués de Tellería, y un sobrino del contratista de la Plaza de Toros, con poca bambolla y muchos [46] cuartos, y un joven filósofo medio cegato, y otro, y otro, en cáfila interminable, peregrinación de criaturas hacia el Limbo.

     Rodaba el Tiempo, rodaba la Historia, sin que Teresita encontrase novio de que ahorcarse. Quería, sin duda, que el árbol fuese muy alto, o no había tejido aún cuerda bastante sólida para el caso. Radiante de belleza, y dislocando a cuantos la veían y más aún a los que la trataban, entró la señorita en los veinte años. La Historia, en aquellos días fecundos, traía hoy una novedad, mañana otra, menudencias del vivir público que anunciaban sucesos grandes. Ausente el coronel Villaescusa, que operaba en Andalucía contra milicianos desmandados, y contra otros que se apodaban Republicanos o Socialistas; desentendida Mercedes de su hermano, Centurión y doña Celia eran los encargados de recordar a la niña la obligación de decidirse pronto. Ya se iba haciendo célebre por la descarada seducción con que al paso de los novios los enganchaba, así como por la fría displicencia con que los despedía. Esta conducta de Teresa, que se interpretaba de muy distintos modos, era causa de que se retrajeran muchos candidatos que venían con el mejor de los fines, y de que otros, desairados a las primeras de cambio, hablaran pestes de ella y de su madre y de toda la familia.

     Manolita Pez, la verdad sea dicha, no se cuidaba de dar a su hija ejemplo de seriedad ni de constancia, y en su frívola cabeza no [47] dejaban las ligerezas propias espacio para los sanos pensamientos que debía consagrar a la guía y dirección de la desconcertada joven. Doña Celia prestaba más atención a sus tiestos que al cultivo de su parentela, y don Mariano, sobresaltado noche y día por el mal sesgo que iba tomando la cosa pública, no tenía tranquilidad para poner mano en aquel negocio de familia. «Déjalas, Celia -decía-, que harto tengo yo que pensar en las cosas del procomún, y en las desdichas que vienen sobre esta pobre patria nuestra. Si la madre es loca y la hija necia, y ninguna de las dos sabe hacerse cargo de las realidades de la vida, ¿qué adelantaremos con meternos a consejeros y redentores? Arréglense como quieran, y que se las lleven los demonios».

     Tomaba las cosas el buen señor muy a pechos y era su impresionabilidad demasiado viva. Lo que debía disgustarle, le causaba hondísima pena; lo que para otro sería molestia o desagrado, para él era una desgracia, y su ánimo turbado convertía las ondulaciones del terreno en montes infranqueables. Detestaba el papel satírico llamado El Padre Cobos, considerándolo como la más fea manifestación de la desvergüenza pública. Se había impuesto la obligación de no leerlo nunca, y fielmente la cumplía. Pero no faltaba un amigo indiscreto y maleante que en la oficina o en el café le recitase alguna cruel indirecta del maligno fraile, o graciosas coplas y chistes sangrientos, [48] todo ello sin otro fin que denigrar al vencedor de Luchana y pisotear su figura prestigiosa. Ponía sus gritos en el cielo don Mariano, y tomaba entre ojos para siempre al amigo que tales bromas se permitía. No era buen español quien se recreaba con el veneno de aquel semanario y con la suciedad asquerosa de sus burlas. Leer públicamente El Padre Cobos era hacer cínico alarde de moderantismo; llevarlo en el bolsillo, de ocultis, para leerlo a solas, era hipocresía y traición cobarde, indigna de los hombres del Progreso.

     Los desmanes de la plebe en ciudades de Castilla, sacaban a don Mariano de quicio. En todo ello veía la oculta mano de la reacción moviendo los títeres demagógicos y comunistas. ¿Qué se quería? Pues sencillamente, desacreditar el régimen liberal, y presentarnos a Espartero como incapaz de gobernar pacíficamente a la Nación. Los retrógrados de todos los matices, y los facciosos y clérigos, andaban en este fregado, y, para engañar al pueblo y arrastrarlo a los motines, alzaban maquiavélicamente la bandera de La carestía del pan... ¡Farsantes, politicastros de tahona, y entendimientos sin levadura! ¡Qué tendrá que ver la hogaza con los principios!... «Pero, Señor -decía-, si tenemos Cortes legalmente convocadas, que sin levantar mano se ocupan en darnos una Constitución nueva, pues las viejas ya no sirven, ¿por qué no esperamos a que esa nueva Constitución se remate, se sancione [49] y promulgue, para ver cuán lindamente nos asegura, a clavo pasado, los principios de Libertad, resolviendo para siempre la cuestión del pan y del queso, y de los garbanzos de Dios?».

     En el café de Platerías se reunían a media tarde, después de la oficina, media docena de progresistones chapados y claveteados, como las históricas arcas que en los pueblos guardan las viejas ejecutorias y los desusados trajes. Alzaba el gallo en la reunión el buen don Mariano, como el orador más autorizado y sesudo. Había que oírle: «Hasta los ciegos ven ya las intenciones de O'Donnell. Con sus intrigas, ese irlandés maldito nos pone al borde del abismo... ¿Qué creerán que ha inventado el tío para dar al traste con el Progreso? Pues esa gaita del justo medio, y de que se vaya formando un nuevo partido con gente de la Libertad y gente de la Reacción... o lo que es lo mismo, que seamos progresistas retrógrados, o despóticos avanzados... ¡Vaya un pisto, señores! ¿Saben ustedes de algún cangrejo que ande hacia adelante, o de lebreles que corran hacia atrás...? ¿Quieren decirme qué significa el habernos metido en el Ministerio a ese jovencito burgalés? El tal es un modelo vivo de lo que, según O'Donnell, han de ser los hombres futuros: hombres con un pie en el Retroceso y otro en el Adelanto. No le niego yo el talento a ese Alonsito Martínez, o Manolito Alonso, que a estas horas no sé bien su nombre... pero lo [50] que digo: ¿tan escaso anda el Partido de hombres graves y experimentados, que sea preciso echar mano de criaturas recién salidas de la Universidad para que nos gobiernen?».

     Y otra tarde: «¡Cómo se va realizando todo lo que dije! Ya ven ustedes: el Olózaga nos va saliendo grilla, y aunque parece que tira contra O'Donnell, tira contra el Duque. Uno y otro estorban a su ambición sin límites... ¿Y qué me dicen del Ríos Rosas, ese a quien ha dejado tan mal sabor de boca el deslucido papel que hizo en el Ministerio metralla? Cuidado que el hombre tiene bilis y malas pulgas. Dicen que es moral; pero yo sostengo que Moralidad y Reacción rabian de verse juntas. Ya sabemos cómo estos señores del escrúpulo acaban tragándose medio País. Ríos Rosas tira contra Espartero y la Libertad desde el campo cangrejil, y desde el campo del democratismo tira Estanislao Figueras... otro que tal... Figueras, Fernando Garrido y Orense quieren llevarnos a la anarquía, con esa maldita república que no admite Trono... ¡Como si pudiera existir la Libertad sin Trono!... En fin, que al Duque le tienen aburrido. Él no dice nada; pero bien se le conoce que está más que harto de este paisanaje, y que el mejor día se nos atufa, lo echa todo a rodar, y adiós Libertad, adiós Trono, adiós Milicia. Despidámonos de los buenos principios, y de la Moralidad...».

     Y otras tardes, allá por enero del 56 y [51] meses sucesivos: «El nuevo Ministerio no me disgusta, porque sale de Fomento el joven burgalés, y entra en Gobernación Escosura. Observen ustedes que con Escosura, Santa Cruz y Luján tenemos tres progresistas en el Gabinete; pero no son de los puros, pues estos se quedan, por lo visto, para vestir milicianos, digo, imágenes. Ya no es un secreto para nadie que el irlandés se entiende con Palacio para barrernos. En Palacio le dan la escoba... ¿Conque tenemos de Capitán General al general bonito? ¿Y ese modo de señalar qué significa? Bobalicones del Progreso, ¿no habéis reparado que todos los mandos militares están en manos de amiguitos y compinches de O'Donnell? Ros de Olano, Director de Artillería; Hoyos, de Infantería... ¿Qué tal, Escosura? ¿Qué dices? El Duque, como personificación de la lealtad y de la consecuencia, desprecia las personalidades y se atiene a los principios... Espartero es Cristo; O'Donnell, Iscariote... ¿Y Palacio?... Palacio es la Sinagoga».






- VI -

     Concuerdan todos los historiadores en que fue un día de Febrero del 56 cuando Teresita Villaescusa despidió a su vigésimo sexto novio, Alejandrito Sánchez Botín, joven elegante, con buen empleo en Gracia y [52] Justicia, y además medianamente rico por su casa. Tan bellas cualidades no impidieron que Teresa le diese el canuto con la fórmula más despectiva: «Alejandrito, su figura de usted me empalaga, y su elegancia se me sienta en la boca del estómago. Va usted por la calle mirándose en los vidrios de los escaparates para ver cómo le cae la ropa... y cuando no hace esto, hace otra cosa peor, que es mirarse los pies chiquitos que le ha dado Dios, y las botitas bien ajustadas. Ea, ni pintado quiero ver aun hombre que gasta pies más chicos que los míos... ¿Que tiene usted una tía Marquesa, y en La Habana un tío que apalea las onzas?... Bueno: pues déles usted memorias... y que escriban... ¿Que su papá le ha prometido comprarle un caballo, y que cuando lo tenga me paseará la calle, y hará delante de este balcón piruetas muy bonitas? Ándese con cuidado, no se le espante el animal y se apee usted por las orejas, como aquel otro que conmigo hablaba... No le valió ser de Caballería... Créame: no le conviene andar en esos trotes. Usted a patita, pisando hormigas con ese calzado tan mono, o en el coche de su tía la señá Marquesa... Y otra cosa, Alejandrito: ¿de dónde ha sacado usted que es elegante dejarse crecer una uña como esa que usted lleva, larga de una pulgada, y emplear en cuidarla y limpiarla tanto tiempo y tanta paciencia? ¡Bonito papel hace un caballero mirándose en la uña como si fuera un espejo, y acompasando los movimientos de [53] la mano para que no se le rompa esa preciosidad!... esa porquería, digo yo, por más que la limpie con potasa y la tenga como el marfil... Por todas estas cosas, me es usted antipático, y si admití sus relaciones fue porque mamá se empeñó en ello, y no me dejaba vivir... Alejandrito por arriba, Alejandrito por abajo, como si fuera Alejandrito la flor de la canela... En fin, diviértase, y cuide bien la uña, que esas cosas tan miradas, y en las que se ponen los cinco sentidos, se rompen cuando menos se piensa... Agur... y no se acuerde más de mí...».

     No constan las protestas que debió de hacer el galán de la uña despedido con modos tan expeditos y desusados. Ello es que tomó la puerta, y que Manolita Pez se lió con su hija en furioso altercado por aquella brutal ruptura, que en un instante destruía los risueños cálculos económicos de la egoísta mamá. Entró poco después de la disputa Centurión: iba no más que a preguntar por su primo Villaescusa, que aquellos días había tenido un fuerte y alarmante acceso de su mal en provincia lejana. Manuela le tranquilizó, mostrándole una carta de Andrés de fecha reciente... Hablaron un poco de política, que era el hablar más común en aquel revuelto año, y Teresa, con jovial malicia, se entretuvo en mortificar a su tío con las bromas que más en lo vivo le lastimaban... Cogió de la mesa un número de El Padre Cobos, como si cogiera unas disciplinas, y sin hacer caso del gesto horripilante de Centurión [54] y de la airada voz que decía: «¡no quiero, no quiero saber!», leyó esta cruel sátira: «Se conoce a la Moralidad progresista por el ruido de los cencerros... tapados».

     -¡Déjame en paz, chiquilla!... Lee para ti esas infamias».

     Se tapaba los oídos, retirábase al otro extremo de la sala; pero tras él iba Teresa con el papel enarbolado, y risueña, sin piedad, soltaba esta cuchufleta: «Adoquín y camueso... son la sal y pimienta del Progreso».

     -Te digo que calles, o me voy de tu casa... Una señorita bien educada y de principios no debe repetir tales indecencias. Manuela, llama al orden a esta niña loca».

     Pero la señora de Villaescusa encontrábase aquel día en una situación de sobresalto y ansiedad que la incapacitaba para el conocimiento de los hechos comunes que a su alrededor ocurrían. Distraída y con el pensamiento lejos de su casa, no decía más que: «Niña, niña, juicio». Pero Teresita no hacía caso de su madre, y acosó a Centurión, que huyendo de ella y del maldito fraile procaz, se había refugiado en el gabinete próximo. La diabólica mozuela repetía, poniéndole música, un dicharacho del periódico: «Muchacho, ¿qué gritan? -¡Viva la libertad!- Pues atranca la puerta». Poco valían tales chistes, que como todos los del famoso papel, con menos sal que malicia, eran desahogo de sectarios, dispuestos a cometer en doble escala los pecados políticos que censuraban. Pero en los oídos de don Mariano [55] sonaban a de profundis, y antes muriera que encontrar gracioso lo que en su criterio inflexible era depravado y canallesco. El hombre bufaba, y le faltó poco para poner sus dedos como garras en el blanco pescuezo de la casquivana señorita. Esta volvió a la sala riendo a todo trapo. Su madre, súbitamente asaltada de una idea y propósito que podían ser solución venturosa de la crisis que agobiaba su ánimo, cogió a Teresita por un brazo, y adelgazando la voz todo lo posible, le dijo: «Bribona, me estás poniendo a Mariano en la peor disposición... Yo le necesito cordero, y con tus tonterías está el hombre como los toros huidos... ¡A buena parte voy!... En vez de preparármele y cuadrármele bien, o de entontecerle con finuras y zalamerías, me le has puesto furioso... En fin, quita de aquí ese maldito papelucho; lárgate a tu cuarto, o al comedor, y déjame sola con tu tío... con la fiera... No sé cómo embestirle... no sé cómo atacarle...

     ¡Infeliz don Mariano! Aquel día se tuvo por el más infortunado de los mortales, dejado de la mano de Dios y maldito de los hombres, porque la niña, azotándole y escarneciéndole con El Padre Cobos, y la lagartona de la madre levantando sobre su cabeza el corvo sable de cortante filo, le corrompieron los humores y le ennegrecieron el alma. ¡Vaya un día que entre las dos le daban! En vez de entrar en aquella casa de maldición, ¿por qué, Señor, por qué no se escondió cien estados bajo tierra? No se cuentan, [56] por ser ya cosa sabida, los circunloquios, epifonemas, quiebros de frase, remilgos, pucheros y palmaditas con que Manuela Pez formuló y adornó la penosísima petición de dinero para urgentes, inaplazables atenciones de la familia... A Centurión se le iba un color, y otro se le venía. Suspiraba o daba resoplidos echando de su pecho una fragorosa tempestad... Sintiendo su cráneo partido en dos por el tajante filo, no sabía qué determinar. Acceder era grave caso, porque tres meses antes le saqueó Manolita sin devolverle lo prestado. Negarse en redondo no le pareció bien, porque Andrés, al partir, le había dicho: «Querido Mariano: te ruego que, si fuese menester, atiendas, etcétera... que a mi regreso yo... etcétera...». En tan horrible trance, pensó que amarrado al pilar donde le azotaban, no padeció más nuestro Señor Jesucristo... Por fin, cayó el hombre con mortal espasmo en el consentimiento, bañado el rostro en sudor frío de angustia... No era bastante firme de carácter para la negativa, ni bastante hipócrita para disimular su dolor inmenso ante la catástrofe. Al retirarse diciendo con lúgubre voz volveré con el dinero, parecía un ajusticiado a quien el verdugo manda por el instrumento de suplicio...

     Hallábase doña Celia en el gratísimo pasatiempo de arreglar sus vergeles, cuando vio entrar al buen don Mariano con cara de amargura y consternación. «¿Qué tienes, hijo? ¿Ocurre alguna novedad?» le dijo destacándose [57] del umbrío follaje para llegarse a él y ponerle sus manos en los hombros. Por no afligir a su bendita esposa, Centurión cultivaba el disimulo y se tragaba sus penas, o las convertía en contrariedades leves. Dejándose caer en el sofá y componiendo el rostro, tranquilizó a la señora con estas apacibles razones: «Nada, mujer: no me ocurre nada de particular... No es más sino que... ese maldito Padre Cobos... Un amigo de estos que no tienen sentido común, ni delicadeza, ni caballerosidad... me enseñó el último número. De nada me valió protestar... Yo bufaba, y él me leía un parrafillo asqueroso donde dicen que los del Progreso somos inmorales, que los del Progreso defraudamos y hacemos chanchullos... Ya ves... ¡Y esto se escribe, esto se propaga por los que...! Me callo, sí, me callo; no quiero incomodarme. Es tontería que me sulfure; tienes razón... Punto en boca; pero antes déjame que repita lo que cien veces dije: de estas burdas infamias tiene la culpa O'Donnell... Él, él es el causante... Bajo cuerda, nuestro maldito irlandés azuza, pellizca el rabo a estos sinvergüenzas, todos ellos moderados y realistas, para que hablen mal de nosotros y pongan al Duque en el disparadero... Es mi tema. ¿Que nos insultan? La lengua de O'Donnell. ¿Que estallan motines? La mano de O'Donnell. ¿Que nos piden dinero y tenemos que darlo? El sable de O'Donnell».

     En los días siguientes, cuando arreciaban, [58] según Centurión, los manejos del de Lucena para deshacerse de Espartero, y cuando Escosura lucía su galana elocuencia en las Cortes, la Coronela Villaescusa y su hija subieron un grado en el escalafón social, concurriendo a las reuniones íntimas que Valeria Socobio daba los lunes en su linda casa, calle de las Torres. Halláronse Manolita y Teresita en un ambiente de elegancia muy superior al de la humilde tertulia de Centurión; y si por virtud de la llaneza de nuestras costumbres, algunas figuras concurrentes a la morada de la calle de los Autores se dejaban ver en la de Valeria, como la Marquesa de San Blas, Gregorio Fajardo y su mujer Segismunda, también iban allí personas de pelaje muy fino, como Guillermo de Aransis, y otros que irán saliendo. Es lo bueno que tenía y tiene nuestra sociedad: en ella las clases se dislocan, se compenetran, y van prestándose unas a otras sus elementos, y haciendo correr la savia social por las ramas de diferentes árboles que, injertados entre sí, llegan a constituir un árbol solo.

     Guapísimas eran Manuela y Teresita, cada una según su tipo y edad; la madre, un Verano espléndido derivando hacia los tonos naranjados de Otoño; la hija, plena Primavera rosada y luminosa. A la vera de ambas iban a buscar sombra y frescura los amadores finos, o los timadores y petardistas de amor. Coqueteaba la mamá con arte exquisito, colocándose al fin en un reducto de [59] honradez hipócrita que no engañaba a todos, y Teresilla jugaba al noviazgo con risueña desenvoltura, pasando los galanes de la mano de admitir a la mano de rechazar, como en el juego de Sopla, que vivo te lo doy.

     Con franca simpatía se unieron Valeria y Teresita. Comunes eran los secretos de una y otra, todavía de poca importancia y gravedad. Juntas paseaban los más de los días, y juntas iban al mayor recreo de Valeria, que era el recorrido de tiendas, comprando, revolviendo, examinando el género nuevo acabadito de sacar de las cajas llegadas de París. El furor de novedades había producido dos efectos distintos: embellecer la casa de Valeria hasta convertirla en un lindísimo muestrario de muebles y cortinas, y esquilmar el bolsillo de don Serafín del Socobio, hasta que el buen señor y doña Encarnación pronunciaron el terrible non possumus. De aquí resultó que Valeria, por gradación ascendente de su fiebre suntuaria, que atajar quería sin voluntad firme para ello, se fue llenando de deudas, cortas al principio, engrosadas luego, hasta que, creciendo y multiplicándose, la tenían en constante inquietud. Para colmo de desdicha, Rogelio Navascués, en vez de llevar dinero a casa, se gastaba en el Casino toda su paga, y era además insaciable sanguijuela que desangraba horriblemente el bolsillo de la esposa, nutrido por la pensión que daban a esta sus padres. Tales razones y el absoluto enfriamiento del amor que tuvo a su marido, [60] labraron en el ánimo de Valeria la idea y el propósito de desembarazarse de tan gran calamidad. No había más que un medio: mandarle a Filipinas, con lo cual ella se veía libre de él, y él cortaba por lo sano la insostenible situación a que le habían llevado sus estúpidos vicios.

     Iniciado el proyecto por la esposa, el marido lo encontró de perlas. Quería pasarse por agua, y salir a un mundo nuevo donde no le conocieran. Manos a la obra. Valeria trabajó el asunto con febril actividad en Febrero y Marzo, tecleando las amistades y relaciones de su familia con personajes del Progreso. Moncasi, Sorní, Montesinos, Allende Salazar ofrecían; mas todo quedaba en agua de cerrajas. Dirigiose luego a los amigos de O'Donnell, a Vega Armijo, Ulloa, Corbera, y ello fue mano de santo. No había, no, hombre como O'Donnell: su sombra era benéfica, y en ella encontraban su paz las familias. A principios de Abril recibió Navascués el pase a Filipinas, con ascenso, y no esperó muchos días para ponerse en marcha, porque Valeria, modelo de esposas precavidas, le tenía ya dispuesta toda la ropa que había de llevar: las camisas ligeras como tela de araña, los chalecos de piqué, levitines de crudillo... Todo lo adquirió la dama en las mejores tiendas, y del género superior, por aquello de al enemigo que huye, puente de plata. ¡Qué descansada se quedó la pobre! No podía con su alma de fatiga y ajetreo de arreglarle en tan pocos [61] días el copioso surtido de ropa para países tropicales.

     Horas después de aquella en que la diligencia de Andalucía se llevó a Rogelio, Valeria dijo a su cordial amiga Teresita: «¡Ay, qué descanso!... Si en España tuviéramos Divorcio, no necesitaríamos tener Filipinas».

     Y la otra: «¡Filipinas! Alargar la cadena miles de leguas, ¿no es lo mismo que romperla?».





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