José Saramago El hombre duplicado Traducción de Pilar del Río






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José Saramago




El hombre duplicado



Traducción de Pilar del Río



El caos es un orden por descifrar
LIBRO DE LOS CONTRARIOS


Creo sinceramente haber interceptado

muchos pensamientos que los cielos

destinaban a otro hombre
LAURENCE STERNE

El hombre que acaba de entrar en la tienda para alquilar una película tiene en su documento de identidad un nombre nada corriente, de cierto sa­bor clásico que el tiempo ha transformado en ve­tusto, nada menos que Tertuliano Máximo Afonso. El Máximo y el Afonso, de uso más común, toda­vía consigue admitirlos, siempre dependiendo de la disposición de espíritu en que se encuentre, pero el Tertuliano le pesa como una losa desde el pri­mer día en que comprendió que el maldito nombre podía ser pronunciado con una ironía casi ofensiva. Es profesor de Historia en un instituto de enseñanza secundaria, y la película se la ha sugerido un cole­ga de trabajo, aunque previniéndole, No es ninguna obra maestra del cine, pero te entretendrá durante hora y media. Verdaderamente Tertuliano Máximo Afonso anda muy necesitado de estímulos que lo distraigan, vive solo y se aburre, o hablando con la exactitud clínica que la actualidad requiere, se ha rendido a esa temporal debilidad de ánimo que sue­le conocerse como depresión. Para tener una idea clara de su caso, basta decir que estuvo casado y ha olvidado qué lo condujo al matrimonio, se divorció y ahora no quiere ni acordarse de los motivos por los que se separó. A su favor cuenta que no hi­cieron de la desdichada unión hijos que ahora le vengan exigiendo gratis el mundo en una bandeja de plata, pero la dulce Historia, la seria y educati­va asignatura de Historia para cuya enseñanza fue contratado y que podría ser su amable refugio, la contempla desde hace mucho tiempo como una fatiga sin sentido y un comienzo sin fin. Para tem­peramentos nostálgicos, en general quebradizos, po­co flexibles, vivir solo es un durísimo castigo, pero tal situación, reconozcámoslo, aunque penosa, ra­ra vez desemboca en drama convulso, de esos de estremecer las carnes y erizar el pelo. Lo que más abunda, hasta el punto de que ya no causa sorpre­sa, son personas sufriendo con paciencia el mi­nucioso escrutinio de la soledad, como fueron en el pasado reciente, ejemplos públicos, aunque no especialmente notorios, y hasta en dos casos de afor­tunado desenlace, aquel pintor de retratos de quien nunca llegamos a conocer nada más que la inicial del nombre, aquel médico de clínica general que regresó del exilio para morir en brazos de la patria amada, aquel corrector de pruebas que expulsó una verdad para plantar en su lugar una mentira, aquel funcionario subalterno del registro civil que hacía desaparecer certificados de defunción, todos per­tenecientes, por casualidad o coincidencia, al sexo masculino, aunque ninguno tenía la desgracia de lla­marse Tertuliano, y seguro que eso habrá significa­do para ellos una impagable ventaja en lo que se re­fiere a las relaciones con sus prójimos. El emplea­do de la tienda, que ya ha retirado del estante la cinta solicitada, ha escrito en el registro de salida el título de la película y la fecha en que estamos, le indica ahora al cliente la línea donde debe firmar. Trazada tras un instante de duda, la firma deja ver sólo las dos últimas palabras, Máximo Afonso, sin el Tertuliano, pero, como quien decide aclarar de antemano un hecho que podría llegar a ser moti­vo de controversia, el cliente, al mismo tiempo que las escribe, murmura, Así es más rápido. No le sir­vió de mucho haberse curado en salud, porque el empleado, mientras iba copiando en una ficha los datos del carnet de identidad, pronunciaba en voz alta el infeliz y rancio nombre, para colmo con un tono que hasta una inocente criatura reconocería como intencionado. Nadie, creemos, por más lim­pia de obstáculos que haya sido su vida, se atreve­rá a decir que nunca le ha sucedido un vejamen de éstos. Antes o después aparece, porque aparece siempre, uno de esos espíritus fuertes para quienes las debilidades humanas, sobre todo las más supe­riormente delicadas, provocan carcajadas de bur­la, es la verdad que a veces ciertos sonidos inarticu­lados que, sin querer, nos salen de la boca, no son otra cosa que gemidos irreprimibles de un dolor antiguo, como una cicatriz que de repente se hace recordar. Mientras guarda la película en su fatiga­da cartera de profesor, Tertuliano Máximo Afonso, con apreciable brío, se esfuerza por no aparentar el disgusto que le ha causado la gratuita denuncia del empleado de la tienda, pero no puede evitar de­cirse para sus adentros, aunque recriminándose por la rastrera injusticia del pensamiento, que la culpa es del colega, de la manía que ciertas personas tie­nen de dar consejos sin que nadie se los haya pe­dido. Necesitamos tanto echar las culpas a algo le­jano cuanto valor nos falta para enfrentar lo que tenemos delante. Tertuliano Máximo Afonso no sabe, no imagina, no puede adivinar que el emplea­do está arrepentido de su maleducado despropósito, otro oído, más fino que el suyo, capaz de captar las sutiles graduaciones de voz con que declaraba siem­pre a su disposición como respuesta a las malhu­moradas buenas tardes de despedida que le fueron lanzadas, habría percibido que se instalaba allí, tras el mostrador, una gran voluntad de paz. Al fin y al cabo, es benévolo principio mercantil, cimentado en la antigüedad y probado en el uso de los siglos, que la razón siempre la tiene el cliente, incluso en el caso improbable, aunque posible, de que se lla­me Tertuliano.

Ya en el autobús que lo dejará cerca del edi­ficio donde vive hace media docena de años, o sea, desde que se divorció, Máximo Afonso, empleamos aquí la versión abreviada del nombre porque ante nuestros ojos lo autoriza aquel que es su úni­co señor y dueño, pero sobre todo porque la pa­labra Tertuliano, estando tan próxima, apenas tres líneas atrás, acabaría perjudicando gravemente la fluidez de la narrativa, Máximo Afonso, decíamos, se encontró preguntándose, de súbito intrigado, de súbito perplejo, qué extraños motivos, qué particu­lares razones habrían sido las que indujeron al cole­ga de Matemáticas, nos faltó decir que es de Matemáticas el colega, a aconsejarle con tanta insistencia la película que acaba de alquilar, cuando la verdad es que, hasta este día, nunca el llamado séptimo arte fue materia de conversación entre ambos. Se com­prendería la recomendación si se tratara de un buen título, de los indiscutibles, en tal caso el agrado, la satisfacción, el entusiasmo por el descubrimiento de una obra de alta calidad estética podrían haber obligado al colega, durante el almuerzo en la cafete­ría o en el intervalo entre dos clases, a tirarle pre­surosamente de la manga diciéndole, No recuerdo que hayamos hablado jamás de cine, pero ahora te digo, querido amigo, que tienes que ver, es indis­pensable que veas Quien no se amaña no se apa­ña, que es el nombre de la película que Tertuliano Máximo Afonso lleva dentro de la cartera, también esta información estaba faltando. Entonces el pro­fesor de Historia preguntaría, En qué cine la po­nen, y el de Matemáticas replicaría, rectificando, No la ponen, la pusieron, la película ya tiene cua­tro o cinco años, no sé cómo se me escapó cuando la estrenaron, y a continuación, sin pausa, preocu­pado por la posible inutilidad del consejo que con tanto fervor ofrecía, Pero quizá ya la hayas visto, No la he visto, voy poco al cine, me contento con el que se exhibe en televisión, y ni eso, Pues enton­ces deberías verla, la encontrarás en cualquier tienda especializada, o alquílala si no te apetece comprarla. El diálogo podría haber sucedido más o menos de esta manera si el filme mereciese los elogios, pe­ro las cosas, en realidad, ocurrieron mucho me­nos ditirámbicamente, No es que me quiera meter en tu vida, dijo el de Matemáticas mientras pelaba una naranja, pero de un tiempo a esta parte te en­cuentro abatido, y Tertuliano Máximo Afonso con­firmó, Es verdad, estoy un poco bajo, Problemas de salud, No creo, hasta donde sé no estoy enfermo, lo que sucede es que todo me cansa y aburre, esta maldita rutina, esta repetición, esta uniformidad, Distráete, hombre, distraerse es siempre el mejor remedio, Permíteme que te diga que distraerse es el remedio de quien no lo necesita, Buena respuesta, no hay duda, sin embargo algo tendrás que hacer para salir del marasmo en que te encuentras, O de­presión, Depresión o marasmo, da lo mismo, el or­den de los factores es arbitrario, Pero no la inten­sidad, Qué haces cuando no das clase, Leo, oigo música, de vez en cuando me voy a un museo, Y al cine, vas, Voy poco al cine, me conformo con el que programan en televisión, Podías comprar vídeos, organizar una colección, una videoteca, como se di­ce ahora, Sí, realmente podría, lo malo es que ya me falta espacio para los libros, Entonces alquila, alquilar es la solución, Tengo unos cuantos vídeos, unos documentales científicos, ciencias de la na­turaleza, arqueología, antropología, artes en gene­ral, también me interesa la astronomía, asuntos de ese tipo, Todo eso está bien, pero necesitas distraer­te con historias que no ocupen demasiado espacio en la cabeza, por ejemplo, ya que la astronomía te interesa, me imagino que también te interesará la ciencia ficción, las aventuras en el espacio, las gue­rras de las galaxias, los efectos especiales, Tal co­mo lo veo y entiendo, los efectos especiales son el peor enemigo de la imaginación, esa pericia miste­riosa, enigmática, que tanto trabajo les costó a los seres humanos inventar, No exageres, No exagero, quienes exageran son los que quieren convencer­me de que en menos de un segundo, con un chas­quido de dedos, se pone una nave espacial a cien mil millones de kilómetros de distancia, Recono­ce que para crear esos efectos que tanto desde­ñas, también se necesita imaginación, Sí, pero la de otros, no la mía, Siempre podrás usar la tuya a partir del punto donde los otros llegaron, O sea, doscientos mil millones de kilómetros en lugar de cien, No olvides que lo que llamamos hoy reali­dad fue imaginación ayer, mira Julio Verne, Sí, pe­ro la realidad de ahora es que para ir a Marte, por ejemplo, y Marte en términos astronómicos está, como quien dice, a la vuelta de la esquina, son ne­cesarios nada menos que nueve meses, después tendríamos que esperar allí otros seis meses hasta que el planeta esté de nuevo en el punto adecuado pa­ra poder regresar, y finalmente hacer otro viaje de nueve meses para llegar a la Tierra, en total dos años de supremo aburrimiento, una película sobre una ida a Marte en la que la verdad de los hechos se respetara, sería la más enojosa pesadez jamás vista, Ya sé por qué te aburres, Por qué, Porque no hay nada que te satisfaga, Con poco, si lo tuviera, me daría por satisfecho, Algo tienes, una carrera, un trabajo, a primera vista no se ven motivos de queja, Son la carrera y el trabajo los que me tienen a mí, no yo a ellos, De ese mal, suponiendo que real­mente lo sea, todos nos quejamos, también a mí me gustaría que me conociesen como un genio de las matemáticas en lugar del mediocre y resignado profesor de enseñanza secundaria que no tengo más remedio que seguir siendo, No me gusto, probablemente ése es el problema, Si me pusieras delante una ecuación de dos incógnitas todavía te podría ofrecer mis talentos de especialista, pero, tratándose de una incompatibilidad de ese calibre, mi ciencia sólo serviría para complicarte la vida, por eso te di­go que te entretengas viendo unas películas como quien toma tranquilizantes, no que te dediques a las matemáticas, que dan muchos quebraderos de cabeza, Tienes alguna idea, Idea de qué, De una película interesante, que valga la pena, De ésas no faltan, entra en la tienda, date una vuelta y elige, Pero sugiéreme una, por lo menos. El profesor de Matemáticas pensó, pensó, y por fin dijo, Quien no se amaña no se apaña, Eso qué es, Una pelícu­la, lo que me has pedido, Parece un refrán, Es un refrán, Toda o sólo el título, Espera a verla, De qué género, El refrán, No, la película, Comedia, Seguro que no es un dramón antiguo, de capa y espada, o uno moderno, de tiros y sangre, Es una comedia ligera, divertida, Voy a tomar nota, cómo has dicho que se llama, Quien no se amaña no se apa­ña, Muy bien, ya lo tengo, No es ninguna obra maestra del cine, pero te entretendrá durante hora y media.

Tertuliano Máximo Afonso está en casa, tie­ne en la cara una expresión de duda, nada grave, sin embargo, no es la primera vez que le sucede esto, contemplar el balanceo de la voluntad entre em­plear su tiempo preparando algo de comer, lo que, generalmente, no significa más esfuerzo que abrir una lata y poner en la lumbre el contenido, o la alternativa de salir a cenar a un restaurante cercano, donde ya es conocido por la poca consideración que demuestra por la carta, no por actitudes so­berbias de cliente insatisfecho, sino por indiferen­cia, abstracción, por pereza de tener que escoger un plato entre los que le proponen en la corta lista de sobra conocida. Le refuerza la conveniencia de no salir de casa el hecho de haberse traído trabajo del instituto, los últimos ejercicios de sus alumnos, que deberá leer con atención y corregir siempre que atenten peligrosamente contra las verdades enseña­das o se permitan excesivas libertades de interpre­tación. La Historia que Tertuliano Máximo Afonso tiene la misión de enseñar es como un bonsái al que de vez en cuando se aparan las raíces para que no crezca, una miniatura infantil del gigantesco árbol de los lugares y del tiempo, y de cuanto en ellos va sucediendo, miramos, vemos la desigualdad de tamaño y ahí nos quedamos, pasamos por alto otras diferencias no menos notables, por ejemplo, ningún ave, ningún pájaro, ni siquiera el diminuto picaflor, conseguiría hacer nido en las ramas de un bonsái, y si es verdad que bajo su pequeña sombra, suponiéndolo provisto de suficiente frondosidad, puede acogerse una lagartija, lo más seguro es que al reptil le quede la punta del rabo fuera. La Histo­ria que Tertuliano Máximo Afonso enseña, él mis­mo lo reconoce y no tiene inconveniente en confe­sarlo si le preguntan, tiene una enorme cantidad de rabos fuera, algunos todavía agitándose, otros ya reducidos a una piel arrugosa con un collarcito de vértebras sueltas dentro. Acordándose de la conversación con el colega, pensó, Las Matemáticas vienen de otro planeta cerebral, en las Matemáticas los ra­bos de lagartija sólo serían abstracciones. Sacó los papeles de la cartera y los colocó sobre el escritorio, sacó también la cinta de Quien no se amaña no se apaña, ahí estaban las dos ocupaciones a las que podría dedicar la velada de hoy, corregir los ejerci­cios, ver la película, aunque sospechaba que el tiempo no daría para todo, ya que no solía ni le gustaba trabajar noche adentro. La urgencia de revisar las pruebas de los alumnos no era sangría desatada, la urgencia de ver la película, ésa no era ninguna. Será mejor seguir con el libro que estaba leyen­do, pensó. Después de haber pasado por el cuarto de baño fue al dormitorio a cambiarse de ropa, se mudó de zapatos y pantalones, se puso un jersey sobre la camisa, dejándose la corbata porque no le gustaba verse desgolletado, y entró en la cocina. Sacó de un armario tres latas de diferentes comidas, y como no supo por cuál decidirse, echó mano, que decida la suerte, de una incomprensible y casi ol­vidada cantinela de infancia que muchas veces, en aquellos tiempos, lo dejaba fuera de juego, y que rezaba así, san roque, san rocó, al que le toque, le tocó, le salió un guiso de carne, que no era lo que más le apetecía, pero pensó que no debía contra­riar al destino. Cenó en la cocina, empujando con una copa de vino tinto, y, cuando terminó, casi sin haberlo pensado, repitió la cantinela con tres mi­gajas de pan, la de la izquierda, que era el libro, la de en medio, que eran los ejercicios, la de la dere­cha, que era la película. Ganó Quien no se ama­ña no se apaña, está visto que lo que tiene que ser, tiene que ser, y tiene mucha fuerza, no merece la pena jugar con el sino, lo que está de Dios a la mano viene. Esto es lo que generalmente se dice, y, porque se dice generalmente, aceptamos la sen­tencia sin mayor discusión, cuando nuestro deber de personas libres sería cuestionar con energía un destino despótico que ha determinado, vaya usted a saber con qué maliciosas intenciones, que lo que está de Dios es la película y no los ejercicios o el libro. Como profesor, y de Historia para colmo, este Tertuliano Máximo Afonso, vista la escena que acabamos de presenciar en la cocina, que confía su futuro inmediato, y por ventura el que vendrá des­pués, a tres migajas de pan y a un juego infantil y sin sentido, es un mal ejemplo para los adolescen­tes que el destino, el mismo u otro, pone en sus manos. No cabrá infelizmente en este relato una anticipación de los probables efectos perniciosos de la influencia de un profesor así en la formación de las jóvenes almas de los educandos, por eso las de­jamos aquí, sin otra esperanza que la de que acaben encontrando, un día, en el camino de la vida, una influencia de señal contraria que las libere, quién sabe si in extremis, de la perdición irracionalista que en este momento las amenaza.
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